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El Caballero de la Verdad contra la mentira del Emperador

noviembre 14, 2017

Los hechos son como son, pero la verdad que encierran puede darse de bruces contra el relato que se haga de ellos. Su pertenencia al tiempo pasado los coloca en una posición de desventaja ante la posteridad que, pese a no haberlos conocido in situ, tiene el privilegio de contarlos según sus conveniencias, prescindiendo de la verdad, la verdad de los hechos. No siempre se dispone de pruebas documentales que la corroboren ni de testigos directos que la defiendan.

Claro que, aun habiendo hechos, puede que nadie deje un testimonio de su paso por el mundo, como si no hubiesen existido. Aunque no se sabe qué es peor, si dejar que se hundan plácidamente en el olvido, como suele suceder, o que la posteridad se haga eco de ellos para manipularlos en función de sus intereses y sin nadie que denuncie la impostura.

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Cubierta de la primera edición de “La marcha Radetzky”, de Joseph Roth (1932)

Es probable que Joseph Trotta, el personaje de La marcha Radetzky (1932), la gran novela de Joseph Roth, se hubiese inclinado por el olvido el día en que se enteró por casualidad, leyendo el libro de lecturas de su hijo escolar, de que el episodio que cambió radicalmente su destino había sido manipulado en contra de la verdad de unos hechos en los que él fue parte activa.

Los hechos, narrados al comienzo de la novela, son los siguientes: en la Batalla de Solferino, acaecida el 24 de junio de 1859 junto a la localidad italiana del mismo nombre, el teniente de infantería Joseph Trotta, hijo de una familia campesina de Eslovenia, salvó la vida del joven emperador Francisco José I (Franz Joseph en alemán). En esta batalla, una de las más sangrientas de la Historia, el ejército del Imperio Austrohúngaro, formado por 160.000 soldados, fue derrotado por la alianza militar del Segundo Imperio francés, al mando de Napoleón III, y del Reino de Cerdeña, con la ayuda de tropas piamontesas. Entre todos sumaban 150.000 hombres.

A mediodía, durante un alto el fuego, y en el momento justo en que el monarca se disponía a mirar con los prismáticos que le ofreció uno de sus acompañantes, el teniente Trotta se percató del peligro mortal al que se exponía en semejante postura. Era un blanco fácil para las balas de la retaguardia enemiga.

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“La batalla de Solferino”, de Carlo Bossoli (1859)

Así que no se lo pensó dos veces. Agarró con ambas manos al emperador por los hombros para que se agachara, sólo que lo hizo con tanta fuerza que éste cayó al suelo. Cuando los acompañantes se precipitaron sobre él, una bala atravesó el hombro izquierdo del teniente. Esa bala iba dirigida al Káiser.

El herido se desplomó y cayó al suelo. Entonces el emperador se inclinó sobre él y le preguntó por su nombre. Inmediatamente el teniente fue atendido por los servicios sanitarios. Se le extrajo la bala de la clavícula “en presencia del jefe supremo de los ejércitos”, mientras el herido se debatía entre rugidos salvajes de dolor. A las cuatro semanas estaba curado. Al regresar a su guarnición, al sur de Hungría, recibió la más alta condecoración del Imperio, la Orden de María Teresa, y fue ascendido al grado de capitán.

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“Bataille de Solférino”, de Adolphe Yvon

Trotta tenía motivos para quejarse de la versión de este episodio que algún tiempo después leyó en el libro escolar de su hijo. Allí se contaba que, viendo que el emperador se había adentrado peligrosamente en el frente de guerra hasta rodearse de enemigos, un joven teniente, o sea, él mismo, corrió al galope en ayuda del Káiser montado en un sudoroso alazán, y blandiendo el sable, se puso a asestar golpes sobre las cabezas y los pescuezos de los enemigos.

Entonces “una lanza atravesó el pecho del joven héroe, pero la mayor parte de los enemigos ya habían sido puestos fuera de combate” y “empuñando la daga, el joven e impávido monarca pudo hacer frente fácilmente a los ataques, cada vez más débiles, del enemigo. Al joven teniente le fue concedida la más alta condecoración que nuestra patria otorga a sus héroes, la Orden de María Teresa”.

Indignado con aquella mentirosa e “infame narración”, Trotta le transmitió su enfado a su esposa, que ya conocía el texto. Pero ésta le respondió que  no se preocupase. A fin de cuentas estaba escrito para niños. Una de las falsedades que más le sublevaba era que se lo tomase por un soldado de caballería cuando en realidad pertenecía al cuerpo de infantería. Eso fue lo que le dijo a su amigo el notario con el que jugaba al ajedrez.

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“Bataille de Solférino et de San Martino, 1859”, de Felice Cerruti-Bauduc

Pero, como su esposa, éste le respondió que también conocía la historia por los libros de sus hijos y que no hiciera caso: estaba escrita para niños. Además, procuró tranquilizarlo con un argumento similar al esgrimido por su mujer: que todos los hechos históricos se redactan de forma especial para los escolares y que eso era lo apropiado, ya que los niños necesitan ejemplos que puedan comprender y se les queden grabados. Ya sabrán la verdad exacta más adelante.

Estos argumentos irritaron todavía más al capitán. Por fin reclamó explicaciones al Ministerio de Guerra, que le remitió al de Educación. Muchas semanas después, el ministro del ramo le comunicaba en una carta que “los hechos heroicos de nuestros guerreros” se presentaban a los alumnos del reino “en forma acorde con el carácter infantil, la fantasía y los sentimientos patrióticos de las nuevas generaciones y en un lenguaje familiar”. Todo ello adecuado a la comprensión de los escolares y en consonancia con los mejores procedimientos pedagógicos.

Naturalmente, la respuesta no le convenció. Trotta pidió una audiencia con el emperador, que no dudó en recibirle. Por más que el asunto fuese desagradable, le dijo Francisco José, al menos ninguno de los dos salía malparado. Pero Trotta insistió: “Majestad, es una mentira”. Se cuentan tantas mentiras, replicó el emperador. Él confiaba en sus ministros. Ya se arreglaría el asunto.

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Ilustración de la época con una escena de la Batalla de Solferino

El capitán regresó a su guarnición para solicitar la separación del servicio, retirándose con el grado de comandante. La gracia imperial no dejó de velar por él. Al cabo de unas semanas se le comunicó que el emperador le concedía el título de barón y otorgaba una beca de estudios de cinco mil florines al hijo de su salvador. De ahora en adelante se llamaría Joseph Trotta von Sipolje, por la localidad eslovena en la que nació. Sin embargo, él aceptó estas prebendas como una ofensa.

No obstante, por voluntad expresa del monarca, el texto falsificado desapareció del libro de lecturas y el nombre de Trotta perduró únicamente en los anales secretos del regimiento. Pero el daño ya estaba hecho. Desde que supo la verdad de la mentira que rodeaba al episodio que cambió tanto su vida, ésta experimentó otro giro radical, ahora en sentido contrario.

Se negó a participar  en la campaña contra los prusianos, en la que fue derrotado el ejército imperial. Pese a encontrarse en sus mejores años, su cabello empezó a encanecer, su mirada perdió brillo, caminaba lentamente, hablaba menos. Se casó con la hija de un terrateniente y tuvo un hijo, Franz von Trotta.

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Retrato del emperador Francisco José I en 1853, en uniforme de húsar

En la finca de su suegro realizaba pequeñas tareas agrícolas, como su padre, entretenido con la caza y el cuidado de la granja y las cosechas. Casi retornó a sus orígenes de campesino esloveno. Se volvió tacaño y desconfiado. Sólo a veces se dejaba llevar por los viejos arrebatos de ira. Empezó a envejecer prematuramente.

“Expulsado de la fe sencilla en el emperador y en la virtud, en la verdad y en el derecho, se hallaba encadenado ahora al silencio y la resignación, por más que se diera cuenta de que la astucia asegura la continuidad en este mundo, la fuerza de las leyes y la fama de los monarcas”.

El narrador lo designa con el sobrenombre de Caballero de la Verdad, de reminiscencias quijotescas, y alternativo al oficial de “Héroe de Solferino” con el que fue bautizado por las autoridades para ejemplo de los millones de escolares repartidos por los centros educativos del Imperio.

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El Káiser Francisco José de Austria a los 35 años de edad

Pasaron los años “como ruedas apacibles, siempre iguales”. Murió su anciano padre, luego su suegro y dos años después su mujer. El hijo Franz estudió Derecho. Joseph von Trotta no quiso que cursara la carrera militar. Al concluir sus estudios el joven se hizo funcionario, ocupando el cargo de comisario del distrito de Silesia. A los dos años de ser nombrado jefe de distrito murió el padre, que fue enterrado con solemnidad y frialdad. El hijo no lloró. Nadie lloró al muerto. Sobre la lápida se grabaron su nombre, rango y regimiento y el sobrenombre oficial: “Héroe de Solferino”.

La vida de Franz von Trotta transcurrió monótona y gris. El narrador casi nunca lo designa por su nombre de pila, sino por el cargo oficial que ocupaba. Se casó y tuvo un hijo, Carl Joseph, al que, seguramente para resarcirse de la decisión de su propio padre ante su deseo de hacerse militar, alentó para que ingresara en el ejército imperial con el grado de teniente de caballería. Sin embargo, su escasa vocación, acentuada por el fallecimiento en un duelo absurdo de su mejor amigo, el comandante médico Max Demant, lo abocó a una vida tan poco heroica como su muerte en la Guerra de 1914. Carl Joseph no se casó ni tuvo descendencia.

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Pintura de la época con la escena de un duelo

No era una simple casualidad que los nombres del abuelo, del hijo y del nieto girasen en torno a los dos nombres del emperador Franz Joseph. Esa convergencia se erigía en un símbolo de la pesada sombra que el monarca y su larguísimo reinado habrían de proyectar sobre sus vidas. En este periodo, que abarca desde 1848, el año de las revoluciones europeas, hasta 1918, el Imperio Austrohúngaro, conformado por quince nacionalidades en las que se hablaban trece lenguas, se sostuvo en medio de constantes tensiones internas, sin que lograra sobrevivir al la Primera Guerra Mundial.

La muerte del emperador el 21 de noviembre de 1916, a los 86 años, simbolizó el final de una época marcada por la personalidad de un hombre de mentalidad autoritaria que, embotado por las rutinas burocráticas y el ceremonial cortesano, no entendió la complejidad de las convulsiones políticas y sociales que agitaban a Europa. Durante sesenta y ocho años los súbditos de su Imperio se familiarizaron con su fotografía oficial en las escuelas, hospitales y demás centros estatales: un hombre viejo, calvo, vestido con la casaca blanca de mariscal y luciendo las patillas canosas y el frondoso bigote.

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El emperador Francisco José I en 1910

A imagen y semejanza de su emperador, la administración de aquel Imperio destilaba una impresión de envejecimiento perpetuo, aunque extrañamente resistente a la muerte que, no obstante, se iba adueñando de los espíritus. La grotesca burocracia judicial y administrativa que Kafka, súbdito del Imperio hasta su descomposición en 1918, describió en sus novelas está impregnada de la atmósfera polvorienta que, como el retrato del emperador, se propagaba por las dependencias estatales. No es casual que el joven protagonista de El proceso se llame Josef K. Por cierto, también Franz Kafka llevaba el primer nombre del emperador, como Joseph Roth el segundo. El bucle onomástico excedía los límites de la ficción literaria.

El propio Kafka dejó un testimonio impagable de la poderosa influencia que irradiaba el estilo de gobernar de Francisco José I en los estamentos directivos de la sociedad imperial en una carta fechada entre el 8 y 9 de enero de 1913 que escribió a la que por entonces era su novia, la berlinesa Felice Bauer. Franz le relataba con todo lujo de detalles el ataque de risa -una risa nerviosa, franca, espontánea y aterradora- que le asaltó en presencia de su jefe, presidente del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, con sede en Praga.

El hombre era “tan importante” que durante la entrevista que él y otros dos compañeros, solemnemente vestidos con un traje oscuro, mantuvieron en su despacho para agradecerle el ascenso al que habían sido promovidos, tuvo la sensación de asistir a una audiencia oficial del mismo emperador Francisco José. Seguramente la entrevista hubiese transcurrido de una manera más apacible si en la postura del jefe y en su forma de expresarse, siguiendo las pautas imperiales, no hubiese apreciado rasgos “suficientemente ridículos”. Al final de la audiencia, Kafka se disculpó como mejor pudo por sus carcajadas ante aquel hombre tan importante. “Nunca obtuve el perdón ni lo obtendré”, le confesó a Felice.

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Fotograma de la película “El proceso” (1963), de Orson Welles, basada en la novela de Kafka

Francisco José reinaba no sólo sobre un extenso territorio multinacional sino también sobre el tiempo. La lentitud de la burocracia imperial, cuyo lema era “puede esperar”, agudizada por la negligencia, la incompetencia (“Schlamperei”) y el clima de corrupción, era como una muestra del excedente de tiempo del que parecía gozar el propio emperador, como si hubiese nacido para durar más que para vivir. Tanto duraba que algunos empezaron a sospechar que la permanencia del Imperio dependía de la duración de su vida y que el día en que muriese no le sobreviviría, como así fue.

Entonces supieron que Francisco José Primero había nacido para desempeñar el triste papel de Último; el último monarca de la Casa de Habsburgo, el último del Imperio Austrohúngaro y el último de su estilo. El dios Cronos le había regalado dosis masivas de tiempo para que ejerciese a sus anchas ese papel excepcional. Con él se desvanecía toda una sociedad y una época, el “mundo de ayer” que vivió en su infancia y juventud Stefan Zweig y que con tanta sensibilidad y talento describió en su autobiografía. Tras su muerte a duras penas perduraría el recuerdo de su largo reinado. Los viejos que lo representaron en las esferas influyentes murieron inmediatamente después que él y los jóvenes lo olvidaron de la misma forma que se olvida un sueño confuso al despertar.

En la novela de Roth el emperador por el que no parecía pasar el tiempo confunde al hijo Franz von Trotta con su padre Joseph von Trotta, saturado por el ofuscamiento de quien lleva viviendo una eternidad. Como tampoco se acordaba de sus nombres, no podía saber que coincidían con el suyo, aunando así no sólo a dos generaciones sino las dos grandes etapas que dividían su imperial existencia: la efímera juventud que compartió con Joseph von Trotta, el joven y audaz teniente al que envejeció repentinamente el descubrimiento de la mentira de Solferino, y la larguísima vejez, conservada en el formol de la rutina y el inmovilismo, que compartía con su hijo Franz.

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Stefan Zweig y Joseph Roth en Ostende (Bélgica) en 1936

Pero no fueron sólo el inmovilismo y su salud de hierro las causas que explican la longevidad del emperador retratado por Joseph Roth. El instinto de supervivencia le dictaba que más le valía pasar por ingenuo que por listo, que “había vivido lo bastante para darse cuenta de que es pura necedad querer decir la verdad”, por lo que dejaba que la gente viviera engañada.

Francisco José estaba convencido de que con la verdad no se iba a ninguna parte, una convicción que si bien sofocó el necesario impulso renovador en la gobernanza del Imperio, a cambio le permitió perpetuarse en un sempiterno “como si” y mantenerse en el trono, a pesar de las amenazas continuas que se cernían sobre aquella frágil estabilidad. En la vida pública la mentira blanda del “como si” conserva las cosas como están en una ficción duradera, pero por dentro va corroyendo lentamente los cimientos de la sociedad, hasta que el edificio se viene abajo por su propio peso.

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Cripta de los Capuchinos en Viena, donde están enterrados los emperadores de la dinastía de los Habsburgo

En el capítulo de La marcha Radetzky donde detalla algunos rasgos característicos de la forma de ser del Káiser, el narrador cuenta que dejaba que le explicaran cosas que ya sabía, como si no las supiera, disfrutando del espectáculo de la vanidad que le brindaban sus sabios consejeros.

“Si se reían a sus espaldas hacía como si no se diera cuenta. Porque no es digno de un emperador  darse cuenta de que se están riendo de él; y mientras  él no quisiera darse cuenta de ello, seguirían siendo unos necios los que así se rieran”.

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Joseph Roth

Parece que fue esa misma astucia la que guió su conversación con Joseph von Trotta cuando éste le expuso su queja por la falsificación del episodio que protagonizaron ambos en la batalla de Solferino. En vez de justificarla con la consabida excusa de que se trataba de estimular el patriotismo de los estudiantes, el emperador imprimió un toque personal al asunto, algo infrecuente en él,  poniéndose incluso a la misma altura que el capitán con aquella frase memorable: “Ninguno de los dos sale malparado”.

Si él pasaba a la posteridad como un guerrero valeroso abriéndose paso entre hordas de enemigos, Trotta sería recordado como un héroe que irrumpía en el campo de batalla para defender al emperador del ataque. Era una forma de decirle que el más beneficiado de la impostura era el propio Trotta, puesto que de un emperador debe esperarse un comportamiento como el que se describía en la lectura patriótica.

De esa manera se intentaba despertar la vanidad del soldado desconocido al que se presentaba como un fiero combatiente dispuesto a dar la vida por su emperador. No lo consiguió. Trotta amaba la verdad por encima de todo. Años más tarde, Francisco José recordaría aquella audiencia “ridícula” como un asunto “íntimo”, o sea, no oficial, y enojoso. La tozudez del capitán, su amor inquebrantable a la verdad, había roto los esquemas con los que estaba habituado a despachar los asuntos de Estado y probablemente también los personales.

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Joseph Radetzky von Radetz, militar del Imperio Austriaco que dio nombre a la popular marcha

Esta vez el chantaje de la vanidad que solía utilizar con sus subalternos no le funcionó. A Trotta le importó un bledo que el jefe supremo de los ejércitos pretendiera ponerse a su altura -la altura de un teniente de infantería, ¡que no de caballería!- con aquello de que ninguno de los dos salía malparado en la versión espuria del episodio de Solferino. A él sólo le importaba la verdad. Nada de mentiras patrióticas, pías o piadosas. Fidelidad absoluta, sin fisuras, a la verdad de los hechos.

Si bien se mira, la falsificación no fue tan inocua como se desprende de la respuesta del emperador o de la simple lectura del texto escolar. La excusa esgrimida por aquellos a quienes Trotta transmitió su enfado -que, después de todo, era una lectura destinada a escolares, unas criaturas impresionables y crédulas- cojeaba más de lo que parecía a primera vista.

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Johann Strauss, padre, autor de la célebre Marcha Radetzky

¿Por qué todos pensaban exclusivamente en los destinatarios de la historia y no en sus protagonistas y particularmente en el que había promovido la falsificación? Quizá porque en ellos pesaba demasiado el objetivo práctico de ésta: adaptarla a la imaginación de los niños para impresionarlos y hacer que no la olvidaran. Al menos hasta que, ya de mayores, se enterasen de la verdad. Es la misma táctica que siguen los padres con la fantasía de los Reyes Magos. ¿Para qué desengañar a los niños mientras disfruten con la creencia en esta inocente leyenda? Ya tendrán tiempo de saber que los Reyes Magos son los padres. La vida es lo bastante larga como para anticipar el choque inevitable con el principio de realidad.

Pero este argumento ocultaba algo que sólo podían conocer con exactitud los actores principales del episodio tal como lo refiere el narrador. Era preciso adulterarlo por un motivo elemental, insinuado por el astuto emperador con la excusa de que ninguno de los dos salía malparado. Porque si nos atenemos a la verdad de los hechos, Francisco José no salía tan bien parado como el teniente que le salvó la vida.

En la versión auténtica que nos transmite el narrador de La marcha Radetzky el jefe supremo de los ejércitos aparece como un patán que, al mirar de pie con unos prismáticos, aprovechando un breve alto el fuego, demostró carecer de la perspicacia suficiente como para reparar en el peligro mortal al que se exponía ante la retaguardia del bando enemigo. Tuvo que ser un simple teniente quien, gracias a su intuición y rapidez de reflejos, enmendara aquel error con una decisión fulminante. Unos segundos más y Francisco José habría muerto acribillado por la bala que hirió su salvador.

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Escudo de armas ornamentado del Imperio austríaco (1846)

Por tanto, había que ocultar a los escolares que el jefe supremo de los ejércitos cometió un error de bulto, uno de los muchos que en la vida real jalonaron su mandato. Además, la mera posibilidad de imaginar a Su Real e Imperial Majestad Apostólica arrojada al vulgar suelo por un vulgar teniente, aunque fuese para salvarle la vida, habría suscitado dos sensaciones opuestas: profanación para los adeptos y ridiculez para los críticos con la pomposidad cortesana.

Lo propio era imaginar a un emperador inmerso en un peligro real en su lucha contra los enemigos, debatiéndose solitario como un auténtico héroe. Hasta que de pronto surgía de no se sabe dónde un joven teniente cabalgando un alazán blanco y segando cabezas con su espada temible, presto para liberarlo de aquella horda de enemigos. Una historieta tan fantástica como la de los Reyes Magos.

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Palacio de Schönbrunn, en Viena, en el que residió Francisco José I la mayor parte de su vida

Pero aún existía otro motivo para falsificar el episodio. Sus dos protagonistas no podían estar a la misma altura, pese a la insinuación engañosa que el emperador le hizo a Trotta en sentido opuesto. Si Francisco José había nacido y fue educado desde su tierna infancia para pasar a la Historia, Joseph Trotta no era más que hijo de unos campesinos eslovenos y teniente de infantería, de los muchos que combatían en la batalla de Solferino en el ejército imperial formado por unos cien mil hombres.

Se trataba de impedir que en la versión “patriótica” del episodio un don nadie hiciese sombra nada menos que al emperador (en la vida real Francisco José no toleraba que sus ministros le hicieran sombra, prohibiéndoles incluso que publicaran sus memorias) y que se adjudicara al teniente el heroísmo que realmente le pertenecía. Así que se adoptó una solución salomónica con la que sus artífices calcularon que Trotta estaría conforme: repartir el heroísmo entre los dos, a ser posible en partes iguales. Para asegurar la esperada conformidad del “héroe de Solferino” el emperador lo gratificó con las prebendas oportunas, haciéndolas extensivas incluso a sus descendientes.

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Fotografía del cortejo del funeral del emperador Francisco José I, fallecido a los 86 años en Viena el 21 de noviembre de 1916

Desde el momento en que Trotta se introdujo en la vida oficial de Francisco José I por la casualidad, que lo situó en el lugar adecuado y en el momento oportuno para hacer lo que hizo, su destino se contagió de la historicidad en la que flotaba el emperador en una época en la que el culto a la Historia, o mejor dicho, a la idea que interesaba tener de ella, constituía una señal distintiva de la aristocracia y la alta sociedad europea. De este modo Trotta quedó fatalmente atrapado, como una mosca en la telaraña, en lo que podríamos denominar “síndrome del Emperador”, tomando prestado el nombre con el que se conoce un trastorno de la conducta infantil.

A pesar de los beneficios materiales que le granjeó su hazaña, tuvo que pagar un elevado tributo: el sacrificio de la verdad en aras de la mentira patriótica. Mucho antes de que millones de europeos fuesen víctimas de ésta en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, el humilde Caballero de la Verdad y “Héroe de Solferino” fue derrotado por la mentira del emperador Francisco José I. Parafraseando la cita de Samuel Johnson –que el patriotismo es el refugio de los canallas-, las mentiras patrióticas son también el refugio en el que esos mismos canallas pretenden ocultar su corrupción, los errores de los que no quieren rendir cuentas, sus fracasos y, cómo no, sus ambiciones vergonzantes.

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