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El destierro de las moscas

febrero 21, 2017

A pesar de su tamaño minúsculo e insignificancia, es uno de los animales que más animadversión ha suscitado en todos los tiempos. Se lo ha asociado con las peores lacras de la humanidad: el atraso, la suciedad, la enfermedad, la muerte, la podredumbre y hasta el aburrimiento. El peligro para la salubridad que entraña -nos transmite microbios patógenos- se debe a su intimidad con los excrementos.

Desde que el mundo es mundo, ha acompañado a los hombres como si hubiese sido creado no sólo el mismo día que ellos sino en el mismo minuto, adelantándose con su proverbial celeridad al resto de la fauna. Nos persigue desde la cuna hasta la tumba y aún después de muertos intenta sacar tajada de nosotros.

 Ambrose Bierce retratado por J. H. E. Partington

Ambrose Bierce retratado por J. H. E. Partington

Ambrose Bierce dijo que pasaba de eternidad en eternidad: Alejandro luchó contra ella en Persia sin lograr someterla; derrotó a César en la Galia; incordió a Magallanes en Patagonia. “Está en todas partes y siempre es la misma”. Sobrevive a las religiones y filosofías. Los mares cubrirán los continentes y el hielo polar invadirá los trópicos, extinguiendo imperios, civilizaciones y razas, pero ella seguirá allí. “Es la reina, el jefe, el supremo”. ¡Es la mosca!

El siempre pragmático Voltaire se preguntó con el sarcasmo habitual para qué han nacido, como no sea para que se las coman las arañas. Si desde tiempos inmemoriales se ha escrito mucho sobre las moscas, será que nacieron para eso, para que hablemos de ellas. Porque hablando de ellas, que ni hablan ni nos oyen, terminaremos hablando de nosotros, que es de lo que se trata: de nuestros vicios, debilidades, manías, miedos, frustraciones y deseos inconfesables.

Busto de Voltaire, 1778, por Jean-Antoine Houdon (1741-1828)

Busto de Voltaire, 1778, por Jean-Antoine Houdon (1741-1828)

Los defectos que les atribuimos se parecen sospechosamente a los nuestros: vulgares, latosas, fisgonas, metetes, tercas, escurridizas, inoportunas, insaciables, desaprensivas, avaras, carroñeras. En algunas expresiones coloquiales las hemos ligado con la desconfianza y la sospecha (“la mosca detrás de la oreja”): también con el enfado injustificado (“no se sabe qué mosca le ha picado”) o con la imprudencia en el hablar (“en boca cerrada no entran moscas”).

Ocasionalmente las utilizamos para matar el aburrimiento y alejarnos de una aflicción que no sabemos cómo quitarnos de encima. Todo ello sin escatimar métodos crueles, a menudo de un sadismo diabólico. Aun así, la superstición las ha elevado al rango de representantes en la Tierra de Belcebú (palabra derivada de otra parecida que significa “Señor de las Moscas”), uno de los siete príncipes del Infierno y fundador, cómo no, de la Orden de la Mosca.

Belcebú dibujado por Collin de Plancy para su Dictionnaire Infernal (París, 1863)

Belcebú dibujado por Collin de Plancy para su Dictionnaire Infernal (París, 1863)

Sólo en una circunstancia las vemos como víctimas, sin que nos condolamos por ello, naturalmente: cuando alguna araña acaba con su vida tras quedar atrapada en la fina tela que teje para cazarla sin necesidad de salir de su nido. Esta peculiar forma de cazar moscas nos ha servido de metáfora para explicar un tipo de relación interpersonal en la que un desaprensivo enreda con sus tejemanejes a otra persona que, ignorando las intenciones de su enemigo, cuando quiere escapar de la trampa que le ha tendido, apenas puede dar un paso. También con la metáfora de la araña y la mosca se ha representado la explotación laboral de los asalariados indefensos por sus jefes.

Augusto Monterroso situaba a la mosca nada menos que junto al amor y la muerte como el tercer gran tema que ha acompañado desde el principio a los hombres, invadiendo todas las literaturas. ¿Qué autor no ha encontrado la  ocasión para dedicarles un poema, una página, un párrafo, una línea? Por ello aconsejaba a los escritores que siguieran su ejemplo. “Donde uno pone el ojo encuentra la mosca”, añadía en su comentario.

“Las moscas son Euménides, Erinias; son castigadoras. Son las vengadoras de no sabemos qué; pero tú sabes que alguna vez te han perseguido y, en cuanto lo sabes, que te perseguirán por siempre”.

Augusto Monterroso

Augusto Monterroso

En estos tiempos de profilaxis y epidemias de hipocondría es probable que donde uno pone el ojo, la única mosca que vea sea la del puntero que aparece en la pantalla del ordenador. Los insecticidas, la vida urbana y los progresos materiales de la civilización han contribuido si no a su derrota, sí a un destierro que no tiene las trazas de revertirse. ¿Qué fue de las moscas de antaño?

No obstante, puede que de vez en cuando se cuele alguna en un plató de televisión para distraer al presentador, y hasta en el mismísimo despacho oval de la Casa Blanca, como aquélla que incordió a Obama en una entrevista televisada y a la que el expresidente de Estados Unidos mató de un manotazo después de ordenarle que saliera del despacho.

El incidente mosquil provocó la protesta de una organización defensora de los animales que prometió enviar al presidente un cazamoscas con el que poder atraparlas y luego liberarlas. Unos cuantos siglos antes, Bernardo de Claraval había recurrido a la socorrida excomunión para espantar a un enjambre de dípteros que irrumpió en la iglesia en la que estaba predicando.

Mucho me temo que como las moscas han dejado de ocuparse de nosotros, ya casi nadie se ocupe de ellas. Pese a su destierro, sobreviven no sólo en los textos en los que se han posado -cuentos, novelas, fábulas, refranes, chistes, poemas, aforismos, parábolas, alegorías, leyendas, piezas teatrales-, sino en el recuerdo de quienes las hemos sufrido (porque a este animalito sólo se puede sufrirlo) y en el lenguaje cotidiano.

Giotto pintó esta imagen de Cristo con una mosca en el pecho

Giotto pintó esta imagen de Cristo con una mosca en el pecho

Hasta la orografía de la escritura está impregnada de metáforas mosquiles. “Patas de mosca” denominan los expertos a los signos irregulares que se aprecian en la escritura indecisa y temblorosa de algunas personas. En una de las greguerías que les dedicó, Ramón Gómez de la Serna dice que la mosca “se posa sobre lo escrito, lo lee y se va como despreciando lo que ha leído. ¡Es el más exigente crítico literario!”. En otra comentó que son los únicos animales que leen el periódico. Tendría que haber añadido: y que se cagan en él.

Desde que Ramón escribió estas greguerías la tecnología ha adelantado que es una barbaridad, por lo que a día de hoy sólo podemos constatar que si continúan las deserciones de lectores humanos de periódicos, a este paso las moscas serán las únicas que los lean.

Célebre escena de la película "El hombre mosca" (1923), protagonizada por Harold Lloyd

Célebre escena de la película “El hombre mosca” (1923), protagonizada por Harold Lloyd

En Diccionario del diablo Ambrose Bierce define la cagada de mosca como un prototipo de la puntuación. Según su tesis, los modernos investigadores, con sus instrumentos ópticos y ensayos químicos, han descubierto que toda la puntuación de los antiguos escritos ha sido insertada por la ingeniosa y servicial colaboradora de los escritores, la mosca doméstica o Musca maledicta.

Pero su mordacidad apunta a los novelistas populares cuando afirma que

“para comprender plenamente los importantes servicios que la mosca presta a la literatura, basta dejar una página de cualquier novelista popular junto a un platillo con crema y melaza, en una habitación soleada, y observar cómo el ingenio se hace más brillante y el estilo más refinado, en proporción directa al tiempo de exposición”.

Ramón fotografiado junto a un maniquí

Ramón fotografiado junto a un maniquí

Pascal sólo las percibía actuando en masa. Así fue como las imaginó en una breve sentencia de la que se infiere que el enorme poder de un animal tan pequeño deriva de su facultad para agruparse en una masa en guerra constante contra el hombre en la que ellas llevan todas las de ganar:

“Ganan batallas, impiden obrar a nuestra alma, devoran nuestro cuerpo”.

Pese a la invención del eficaz insecticida tres siglos después de esta sentencia, la retórica pascaliana mantiene intacta su gravedad.

La percepción de la mosca como un animal masificado es una constante en la literatura. Hasta la pulga se ha hecho merecedora de un poema en singular, el que compuso para ella John Donne. La masificación de la mosca ha dado pie a comparaciones tenebrosas con los humanos, sobre todo cuando se las asocia a exterminios o mortandades, como las causadas por epidemias, guerras y catástrofes naturales, en las que los hombres “mueren como moscas”.

Retrato de John Donne según una miniatura de Isaac Oliver, hacia 1616

Retrato de John Donne según una miniatura de Isaac Oliver, hacia 1616

Por suerte no todos los escritores han percibido la mosca como una masa. Algunos centraron su atención en una sola. Marguerite Duras confesó que nunca pudo olvidar a una mosca que veinte años atrás murió en su jardín de Nauphle-le-Château a las tres y veinte de la tarde. La paciencia de Toby, el tío de Tristram Shandy -el héroe de la novela de Laurence Sterne-, era de tales proporciones que “apenas si tenía corazón para tomar represalias contra una mosca”. Un día atrapó a una gigantesca que durante la cena estuvo zumbando alrededor de su nariz. “Vete, ¿para qué iba a hacerte daño?” -le dijo mientras se acercaba a la ventana con la mosca en la mano. Y levantando el bastidor, la soltó:

“Sin duda este mundo es lo bastante ancho para que los dos quepamos en él”.

Marguerite Duras

Marguerite Duras

Jules Renard no sólo se apellidaba con el nombre de un animal (renard: zorro), aunque su favorito fuese el conejo, sino que toda su vida observó a los animales con una mezcla de asombro y devoción, dedicándoles numerosos comentarios y hasta un libro precioso, Historias naturales. En una entrada de 1894 del Diario se preguntaba cómo describir “el delicado momento cuando una mosca resplandeciente se posa sobre una flor”. Ante una escena tan singular las palabras se le antojaban pesadas, abatiéndose sobre la imagen “como aves de presa”.

Pero la mosca solitaria más siniestra es aquella que, rompiendo el respeto sagrado que los vivos rinden al cadáver todavía insepulto, se posa en la cara y las manos, las únicas zonas al descubierto de su cuerpo. Una de estas moscas mortuorias inmortalizadas por la literatura es la que Thomas Mann describió en La montaña mágica en el momento justo en que aterriza en la frente del cadáver del anciano senador Hans Lorenz Castorp, expuesto en el velatorio improvisado en la casa familiar. El nieto del difunto, el niño Hans Castorp, reparó en ella mientras contemplaba

“esa materia lisa, cerúlea y caseificada de la que estaba hecha aquella figura mortuoria de tamaño natural, con el rostro y las manos de lo que había sido su abuelo”.

Thomas Mann

Thomas Mann

Hans captó incluso el instante en que la mosca comenzaba a agitar la trompa. Hasta que Fiete, el viejo y fiel criado del senador, la espantó con precaución, evitando tocar la frente del muerto, “como si no debiera ni quisiera saber lo que hacía”. Pero como mosca que era, en vez de marcharse, insistió, y al poco de levantar el vuelo, volvió a posarse sobre los dedos del difunto, cerca del crucifijo de marfil. Entonces el pequeño Castorp creyó respirar la emanación desagradable que había olido en los velatorios de su madre y de su padre -los dos murieron con dos años de diferencia, cuando él tenía cinco y siete años- y que las coronas de nardos encubrían sin conseguirlo.

Como el novelista alemán, Maupassant era un maestro del detalle, y también estaba obsesionado con la muerte y el miedo a la locura, que finalmente acabó con él. En el cuento La pequeña Roque se detiene en el instante en que el médico y el alcalde del pueblo de Carvelin avistan un punto negro errante en el cuerpo violado y asesinado de la adolescente Roque, que yace medio desnudo sobre el musgo, en el bosque junto a un río.

El punto errante era una mosca de vientre azul que se paseaba a lo largo de un muslo del cadáver, haciendo un alto en las manchas de sangre. Luego ascendió, recorriendo la cadera con “una marcha viva e irregular”, trepando hacia un seno y descendiendo a continuación para explorar el otro. Buscaba algo de beber en la  muerta, apostilla el narrador.

Guy de Maupasannt fotografiado por Nadar

Guy de Maupasannt fotografiado por Nadar

Ante aquella aparición, el médico dijo lo que se le pasó por la mente: “Qué bonita es una mosca en la piel. Las damas del siglo pasado tenían mucha razón cuando se pegaban un lunar en la cara. ¿Por qué se habrá perdido esa costumbre?”. Pero el alcalde parecía no oírlo, perdido en sus reflexiones. Tenía motivos para reflexionar: antes que esa mosca inocente, él fue el último ser vivo que mancilló el cuerpo de la pequeña Roque, violándola y asesinándola. Aunque el muy cobarde borró enseguida cualquier prueba que pudiera inculparlo, el recuerdo del crimen le persiguió y terminaría suicidándose pocos días después al arrojarse al vacío desde la torre de su mansión.

La mosca solitaria profanando la paz del muerto representa para los vivos un símbolo viviente y también un anticipo de la corrupción que en muy poco tiempo se adueñará del difunto. Algo tiene que haber de verdad en la leyenda que atribuye a las moscas una atracción especial por los cadáveres.

Horacio Quiroga, un hombre que toda su vida se sintió perseguido por la muerte, hasta que se adelantó a ella bebiendo un vaso de cianuro, estaba convencido de que las moscas presienten nuestro final. En el relato Las moscas, un hombre solitario que agoniza en medio del bosque con la columna vertebral quebrada -no puede mover las manos ni un solo dedo-, tras tropezar con un raigón, siente un zumbido fijo, que cree causado por la lesión medular.

Horacio Quiroga

Horacio Quiroga

Ante la presencia de unas moscas que han acudido para olisquearlo, atraídas por “la exhalación a través de la carne de la médula espinal cortada”, le viene a la memoria el comentario de un médico que una vez escuchó en un hospital: que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de producirse la defunción del sujeto.

Flaubert se familiarizó en su infancia con las moscas que se posaban en los cadáveres de la morgue del hospital Hôtel-Dieu de Ruan diseccionados por los estudiantes de medicina. Había nacido en ese hospital donde su padre Achille Flaubert ejercía de cirujano-jefe. Junto a su hermana Caroline, el pequeño Gustave trepaba por el emparrado del jardín de su casa colindante con el hospital para observar los cadáveres.

Años más tarde recordó que las mismas moscas que se paseaban por los cuerpos inertes luego se posaban en ellos. Aquella experiencia infantil le hizo perder su miedo a morir.

“He aquí quizá por qué tengo un porte a la vez fúnebre y cínico. No me gusta la vida y no le temo a la muerte”.

Casa de Ruan en la que Gustave Flaubert pasó su infancia y que hoy es el Museo Flaubert

Casa de Ruan en la que Gustave Flaubert pasó su infancia y que hoy es el Museo Flaubert

Al contrario que Flaubert, Monterroso, que veía en las moscas la encarnación del mal y pensaba que el capitán Ahab debiera haber perseguido a este insecto en vez de a la ballena blanca Moby Dick, mostró en un poema su aprehensión ante la posibilidad de que cualquier mosca que se posara en su cuerpo hubiese puesto antes sus patitas en las de un cadáver.

El contraste con la mosca mortuoria son las moscas domésticas, que no domesticadas, “vulgares”, “familiares”, “amigas viejas” y evocadoras de todas las cosas, a las que Antonio Machado dedicó un poema memorable:

“¡Moscas del primer hastío/en el salón familiar,/las claras tardes de estío/en que yo empecé a soñar!/Y en la aborrecida escuela,/raudas moscas divertidas,/ perseguidas/por amor de lo que vuela,/—que todo es volar—, sonoras/rebotando en los cristales /en los días otoñales… /Moscas de todas las horas,/de infancia y adolescencia,/de mi juventud dorada;/de esta segunda inocencia,/ que da en no creer en nada,/de siempre…Moscas vulgares, /que de puro familiares/ no tendréis digno cantor”.

Antonio Machado

Antonio Machado

Una atmósfera similar a la sugerida por Machado rezuma la evocación que hace el Narrador en la novela de Proust En busca del tiempo perdido, de las tardes veraniegas que durante la infancia pasaba leyendo en su habitación de la casa de tía Léonie, en la localidad normanda de Combray. Con las persianas casi cerradas, para protegerse del sol vespertino, en esas tardes vaporosas no podía faltar la compañía de las moscas que ejecutaban “en su reducido concierto, una música que era como la música de cámara del estío”.

Hasta donde sabemos, Machado y Proust fueron condescendientes con las moscas de su infancia, al menos mientras las veían revolotear en alguna habitación, como escolares en el patio de recreo. Pero la paz termina cuando se proponen fastidiarnos una comida, aleteando sobre los platos, fuentes y vasos, o amargarnos la siesta, un hábito estival que aborrecen tanto o más que los niños.

Porque, al igual que las bicicletas, las moscas son para el verano, la estación de las vacaciones en las que disponemos de tiempo suficiente para armarnos de paciencia ante su actividad frenética. Como en los meses calurosos estamos con poca ropa, se  divierten posándose en nuestros brazos, piernas y pies (éstos son su zona favorita, lo que nos obliga a inclinarnos del todo para espantarlas).

La casa de la tía Elisabeth (Leonie en la novela), en Illiers-Combray, en la que Proust pasaba los veranos de su infancia junto a sus padres y su hermano Robert

La casa de la tía Elisabeth (tía Léonie en la novela), en Illiers-Combray, en la que Proust pasaba los veranos de su infancia junto a sus padres y su hermano Robert (Foto de Pedro Galván)

Parece que ven algo en nosotros que las atrae, una fascinación misteriosa a la que somos incapaces de corresponder, aunque sí de responder primero con manotazos y, en el colmo del hartazgo, con toda la gama de venenos disponibles. Tal vez no las entendamos y, tratándose de unos seres tan inquietos, les guste jugar con nosotros, a sabiendas de que juegan con ventaja y también de lo mucho que se juegan.

Deben ser incontables las veces en que nos hemos propinado un manotazo en un brazo o una pierna para matar una mosca cosquilleante y al levantar la mano, bajo la cual esperábamos encontrarnos con el bichito medio muerto, comprobamos que se había fugado. ¿Qué sexto sentido tiene este animal para alzar el vuelo en el momento oportuno, esquivando la muerte y, lo que casi es peor, desafiando hasta el ridículo nuestros movimientos reflejos?

En el combate que sostenemos contra las moscas vamos de fracaso en fracaso, como ellas de victoria en victoria. Son las maestras de la infancia que nos preparan para soportar el dolor de las adversidades que nos aguardan en el camino de la vida. Si Sócrates se consideraba el tábano de los atenienses, destinado a despertarlos, persuadirlos y reprenderles, advirtiéndoles de que no cesaría de posarse durante todo el día en todas partes, las moscas son también (o eran, a la vista de su destierro) nuestro particular tábano.

Escultura de Sócrates, obra de arte romana del siglo I d. C.

Escultura de Sócrates, obra de arte romana del siglo I d. C.

De una persona bondadosa se dice que no ha matado a una mosca ni sería capaz de matarla. Quien seguramente no mató a ninguna fue Fernando Pessoa. En Libro del desasosiego su heterónimo Bernardo Soares se siente incluso mosca en una ocasión. Sucedió ante el pupitre de su oficina lisboeta de la Rua dos Douradores, al lanzar la mirada sobre la mosca de tono verde-azul oscuro que acababa de posarse encima del tintero. Y hasta miró al techo no fuese a caer sobre él algo que los aplastase, “lo mismo que yo podría aplastar a aquella mosca”. Pero al bajar los ojos, afortunadamente ésta había desaparecido.

Tampoco parece que matase moscas Ramón Gómez de la Serna, uno de sus más perspicaces observadores. En una greguería reparó en los gestos que hace la mosca de querer arrancarse la cabeza, como desesperada de ser mosca. En otra se refiere al “gesto que hace de lavarse las manos como diciendo: ¡Ah, nosotras  no tenemos la culpa si somos contagiosas!”. También dijo de ellas que “se andan en las narices”. En realidad con esos “gestos” de apariencia tan humana están limpiando los sensores olfativos que tienen en las patas.

Retrato de Fernando Pessoa, de Almada Negreiros (1954)

Retrato de Fernando Pessoa, de Almada Negreiros (1954)

Salvador Dalí se jactaba de ser feliz tomando el sol y cubierto de moscas, como los filósofos griegos. Su relación con ellas -las llamaba “Musas del Mediterráneo”- estaba además justificada por la leyenda, que como gerundense conocía a la perfección, de san Narciso de las Moscas, un obispo de Gerona que murió mártir en el año 307, en la persecución ordenada por Diocleciano.

Según esta leyenda, en septiembre de 1286, durante el asedio de la capital catalana por las tropas de Felipe III de Francia, el Atrevido, que cometió el atrevimiento de declarar la guerra al rey de Aragón Pedro III el Grande, los soldados profanaron el sepulcro de san Narciso. Entonces un enjambre de moscas enormes de color azul y verde con listas rojas  surgió del túmulo en el que se hallaba el cuerpo incorrupto del santo, atacando a los guerreros y sus caballos que, despavoridos, huyeron hacia Francia, diezmados por los dípteros portadores de gérmenes de la peste.

Grabado que representa a san Narciso de las Moscas

Grabado que representa a san Narciso de las Moscas

El recuerdo de la vieja leyenda, incorrupta en la memoria de las generaciones gracias a las crónicas, forjó otra parecida cuatro siglos después, cuando Gerona volvió a ser invadida en 1653 por tropas francesas. En esta ocasión los defensores de la ciudad asediada probaron suerte con el santo, trasladando su sepulcro a la muralla de Gerona. El efecto fue inmediato: como en 1286, de sus entrañas salió una encolerizada nube de moscas que diezmaron a las huestes invasoras, atacando principalmente a los caballos.

También Marcel Duchamp se sintió cautivado por la historia del santo durante su estancia Gerona y en Cadaqués, donde proliferaban las moscas embelesadas por la abundancia de pescado que se limpiaba en las puertas de las casas. Allí pintó Torture-morte (1959), que representa la planta de un pie por la que se deambulan algunas moscas.

Pero quien más y quien menos ha matado a alguna mosca en su vida, y no siempre porque le molestara sino para combatir el aburrimiento, imitando al diablo del refrán que cuando se aburre, mata moscas con el rabo. Algunos no han dudado en confesar sus crímenes.

"Torture-Morte" de Marcel Duchamp

“Torture-morte” de Marcel Duchamp

No se sabe si con una pizca de remordimiento, parece como si Julio Cortázar se amparase en la generalización del crimen para reconocer que “todos hemos matamos una mosca alguna vez”. En un poema cita los lugares en los que perpetró matanzas mosquiles:

“Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima, / en Cristianía, / en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos, / en el burdel, en la cocina, sobre un peine, /en la oficina, en esta almohada / te tendré que matar de nuevo, / yo, con mi única vida”.

Pero una de las cosas que le llamaba la atención es que cuando el asesino iba a recoger el cadáver de la mosca ¡no estaba!, y no precisamente porque una araña hambrienta se lo hubiera comido. Hace casi dos mil años Luciano de Samósata encontró una respuesta a ese misterio: si inmediatamente después de la muerte de una mosca se la cubre con ceniza, se levantará de nuevo, renaciendo como el Ave Fénix. A la luz de esta teoría se entiende la expresión “mosquita muerta”, de la que se hacen acreedores quienes fingen no haber matado a una mosca en su vida, pero que las matan callando.

Julio Cortázar

Julio Cortázar

Como a finales del siglo XIX aún no se habían inventado los modernos insecticidas, Jules Renard anotó en su Diario un método para matar moscas “carente de elegancia, pero infalible”, que sólo pudo ocurrírsele en una noche de insomnio: “Desnudarse y untarse con pegamento líquido, mezclado con un poco de miel o salpimentado de azúcar, y pasearse por la habitación”. Entonces las moscas se pegarían a la piel y el hombre-trampa las cogería a manos llenas. Este procedimiento recuerda al castigo que se infligía a los condenados en la Edad Media: atarlos a un palo bajo un sol ardiente y untarles el cuerpo de miel para que se lo comiesen las moscas.

Más expeditivo, el conde de Lautréamont proponía matarlas simplemente aplastándolas entre los dos primeros dedos de la mano. Quizá sospechando el misterioso renacimiento que dejaba perplejo a Cortázar, apeló a la conclusión a la que habían llegado los autores especialistas en el asunto: que en muchos casos es preferible cortarles la cabeza. Como a los muertos vivientes.

Los niños se han ensañado con ellas, practicando suplicios crueles, desde arrancarles las alas para verlas caminar desorientadas, con pasitos nerviosos -una mosca alicorta es un animal vejado-, hasta matarlas a alfilerazos o encerrarlas en un frasco. Ya lo dice el rey Lear después de que sus dos despiadadas hijas le cortaran también a él las alas:

“Lo que las moscas son para los chicos traviesos, eso somos nosotros para los dioses. Nos matan para divertirse”.

Isidore Ducasse, conde de Lautréamont

Isidore Ducasse, conde de Lautréamont

Los adultos las han atacado no sólo con las manos sino con cualquier cosa que considerasen apropiada para acabar con ellas. En ocasiones esos ataques surgían del aburrimiento, pero también de una sensación de poder. Dostoyevski, un especialista en desentrañar los entresijos de la humillación, escribió en El jugador que el poder salvaje ilimitado, así sea sobre una mosca, es también una forma de placer, y que el ser humano es por naturaleza un déspota que goza haciendo sufrir.

Katherine Mansfield narra en el cuento La mosca (1922) la anécdota de un hombre ya mayor que tortura y mata a una mosca indefensa para aplacar el dolor provocado por el recuerdo de la muerte de su único hijo seis años atrás. Se parece al caballero imaginado por Pascal que, afligido por la muerte de su mujer y de su único hijo, a las pocas horas ya no piensa en su pena porque acaban de servirle una pelota y tiene que devolverla a su compañero.

Retrato de Fiódor Dostoyevski

Retrato de Fiódor Dostoyevski

Todo surgió durante una conversación en su despacho londinense con un viejo amigo y subalterno. En cuanto éste le notificó que había visitado en Bélgica la tumba del hijo muerto en la guerra, se vio zarandeado por una violenta sacudida de dolor. Aquel joven había dado sentido a su vida, en él había depositado todas las esperanzas en el porvenir de su negocio. Pensaba que jamás se recuperaría de la pesadumbre por la pérdida irreparable.

Tras despedirse del amigo y al fin solo en el despacho, el hombre se sintió abatido por la pena, sin que le brotasen las lágrimas. “No sentía la emoción que habría querido sentir”. De pronto, sentado a la mesa del despacho, observa que una mosca acaba de caer en un gran tintero y trata infructuosamente salir de él. Entonces toma una pluma, extrae al animal de la tinta y lo deposita en un pedazo de papel secante. El insecto empieza a limpiarse el líquido negro de las alas; luego el resto del cuerpo, como los gatos. “Había escapado del peligro. Estaba preparada de nuevo para la vida”, señala el narrador.

Pero acto seguido el hombre hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre ella. “¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta!”, se dijo para sus adentros. El pobre animal se quedó paralizado, acobardado, “temiendo moverse por lo que pudiera acontecer después”. Como dolorida, se arrastró hacia delante, reanudando la penosa tarea de limpieza. El hombre admiró su coraje. Así había que acometer los asuntos, sin dejarse vencer.

Katherine Mansfield

Katherine Mansfield

Una vez que la mosca concluyó su tarea, su verdugo recargó la pluma para descargar a continuación otra gota de tinta sobre el recién aseado cuerpo. Las patitas delanteras volvían a moverse. El hombre se sintió aliviado, e inclinándose sobre la mosca, le dijo con ternura: “Ah, astuta cabroncita”. Incluso se le ocurrió la brillante idea de soplar sobre ella para ayudarla en el proceso de secado. “Pero a pesar de todo -continúa el narrador-, ahora había algo de tímido y débil en sus esfuerzos”.

El hombre decidió que ésta tendría que ser la última vez, mientras hundía la pluma hasta lo más profundo del tintero. Lo fue.

“La última gota cayó en el empapado secante y la extenuada mosca quedó tendida en ella y no se movió. Las patas traseras estaban pegadas al cuerpo; las delanteras no se veían”.

“Vamos -dijo su torturador-. ¡Espabila!” Y la removió con la pluma, pero en vano. “No pasó nada, ni pasaría. La mosca estaba muerta”. Levantó el cadáver con la punta del abrecartas y lo arrojó a la papelera. “Pero -matiza el narrador- le invadió un sentimiento de desdicha tan agobiante que verdaderamente se asustó”. Aquel acto de crueldad no había servido para nada, sólo exacerbó su aflicción.

Misia Sert retratada por Renoir

Misia Sert retratada por Renoir

Leyendo las memorias de Misia Sert, Canetti se cruzó con un caso de sadismo más refinado que el descrito por Mansfield. El escritor lo llamó suplicio de las moscas, y así fue como tituló uno de sus últimos libros de pensamientos. Cuenta Misia Sert que una de sus compañeras de habitación había llegado a dominar el arte de cazar moscas:

“Tras estudiar pacientemente a estos animales, descubrió el punto exacto en el que había que introducir la aguja para ensartarlas sin que murieran. De este modo confeccionaba collares de moscas vivas y se extasiaba con la celestial sensación que el roce de las desesperadas patitas y las temblorosas alas producía en su piel”.

En la biografía de Baruch Spinoza que el pastor alemán Johannes Kohler (latinizado, Colerus) publicó en 1705, veintiocho años después de la muerte del filósofo, relata que durante su estancia en La Haya alquiló una habitación en la casa de Enrique Van der Spyck, donde llevaba una vida retirada. Cuando se sentía fatigado por el estudio, bajaba para hablar de cualquier cosa con otros inquilinos.

Retrato de Baruch Spinoza

Retrato de Baruch Spinoza

Uno de sus entretenimientos favoritos consistía en buscar arañas, a las que hacía batirse entre sí, o moscas que arrojaba en la tela de araña para contemplar la batalla con tanto placer que “a veces rompía en risa”.

La pésima fama que arrastra la mosca suele pasar por alto una virtud beneficiosa para ella, pero fatal para sus perseguidores: su listeza. Se las sabe todas. Un ejemplo de esta habilidad es el que refiere Lichtenberg, profesor de Física y astrónomo, y observador atento de esos detalles minúsculos que escapan a la mayoría:

“La mosca que no quiere ser cazada está más segura cuando se posa en el matamoscas”.

Para Ludwig Wittgenstein la mosca más lista de todas será aquella que logre escapar de un frasco de cristal, por lo que el objetivo principal de la filosofía tendría que ser enseñarle a fugarse de su cautiverio. Algunos exégetas del filósofo han interpretado esta metáfora en el sentido de que la filosofía tiene que enseñarnos a escapar de la mazmorra del lenguaje en la que estamos presos y así dejar de golpearnos una y otra vez contra sus paredes.

Ludwig Wittgenstein

Ludwig Wittgenstein

Luego está la mosca que fue lista la primera vez, cuando rehusó la invitación de la araña para que posara en su mortífera tela, alegando que no veía en ella ninguna mosca muerta, pero se equivocó la segunda vez cuando voló hacia donde había otras muchas moscas a las que vio agitándose en una danza frenética: no sabía que había ido a parar a un atrapamoscas del que sus compañeras trataban en vano de escapar. Narra esta historia el escritor James Thurber en su fábula justamente titulada La mosca medio inteligente, cuya moraleja es que no hay seguridad en la cantidad ni en ninguna otra cosa.

Después de tanto vituperio contra un animal que ni mata ni hiere, aunque moleste, es necesario un contrapeso que nivele el juicio al que se lo ha sometido durante siglos. Probablemente el más celebrado de todos sea el que le dedicó Luciano de Samósata. En el opúsculo Elogio de la mosca alaba su astucia para escapar de su cazadora y enemiga, la araña, así como su arrojo.

James Thurber

James Thurber

También elogia su arte amatoria: al contrario que otros animales, el macho  “se mantiene mucho rato sobre la hembra, y ella lleva al novio, y unidos vuelan sin romper en su evolución ese coito aéreo”. Sobre su capacidad de supervivencia, observa que, aun con la cabeza cortada, vive mucho tiempo y sigue respirando.

Las otras cualidades ponderadas por Luciano de Samósata son su facultad para obtener el alimento sin esfuerzo alguno. Le basta y sobra con una mesa bien servida:

“Los cocineros condimentan para ella los alimentos, que prueba incluso antes que los propios reyes; se pasea por las mesas, participa de sus festines y comparte todos sus goces”.

Allí donde le sorprende la noche establece su hogar y lecho. En la oscuridad permanece inmóvil, “no pretende realizar acción alguna a hurtadillas, ni cometer algo vergonzoso que, hecho a la luz, la avergüence”. Carece de hogar y remonta el vuelo errante, como los escitas. En este punto coincide con Erasmo de Rotterdam, que en Elogio de la locura considera deseable la vida de las moscas y de los pájaros porque viven libres de cuidado y obedeciendo únicamente a su instinto natural, siempre que estén libres de las asechanzas del hombre.

 

Grabado con el retrato ficticio de Luciano de Samósata

Grabado con el retrato ficticio de Luciano de Samósata

En el capítulo de elogios no podía falta el que le rindió Schopenhauer, para quien la mosca es todo un símbolo de impertinencia y audacia porque “en tanto que los demás animales rehúyen al hombre y corren antes de que se acerque a ellas, la mosca se posa sobre su nariz misma”. Como la mosca de Lichtenberg que se posaba en el matamoscas para protegerse del veneno mortal.

Aunque las moscas hayan desaparecido de nuestras vidas, eso no significa que se hayan extinguido. En algún sitio tienen que estar. Nadie nos asegura que un día puedan volver de su destierro. Habrá que estar preparados, por si las moscas.

El “eminentemente práctico” Thomas Gradgrind arremete contra la imaginación

febrero 7, 2017

Estamos obnubilados por las noticias de hechos que nos impiden ver lo que hay detrás de ellos. La actualidad (palabra que viene de acto) y su subalterno, el periodismo, nos las sirven en bandeja al por mayor y en formatos variados las veinticuatro horas del día, a través de los múltiples canales de información. Noticias por la mañana, más noticias por la tarde y otra tanda por la noche. Sin tregua. La máquina de difundirlas no descansa.

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Madame Bovary no era él (Flaubert)

enero 31, 2017

Hay citas literales que serían geniales si no fuesen apócrifas, para fastidio de quienes creyeron en la autenticidad de su autoría y además se preocuparon de divulgarlas esperando impresionar a quienes la desconocían. Recuerdan a las noticias falsas, con sus espléndidos titulares, que suenan a los oídos mejor que la verdad que ocultan. Como las anécdotas también falsas, tienen el raro privilegio de rodar por los años y hasta por los siglos, seduciendo a generaciones de crédulos que las abrazan maravillados por su aparente pertinencia.

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Del “Yo sé quién soy” de Don Quijote al “¿Por qué soy como soy?” de Julien Sorel

enero 24, 2017

Se ha comentado que la novela es el género literario propio de la sociedad burguesa no sólo porque ambientase las historias en alguna familia perteneciente a esta clase social sino porque situaba en primer plano una individualidad, que destacaba sobre el resto de los personajes. De ahí que a esta individualidad fuera de lo común se la denomine “héroe” o “heroína”, si se trata de una mujer.

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Cuando los novelistas escribían contra algo

enero 10, 2017

En 1590 Miguel de Cervantes solicitaba “humildemente” al rey Felipe II un empleo en las Indias “de los tres o cuatro que al presente están vacos”. Uno era en la contaduría del nuevo reino de Granada, otro en la gobernación de la provincia de Soconusco, en Guatemala, de contador de las galeras en Cartagena o corregidor de la ciudad de la Paz. Además de relatar con detalle los servicios que había prestado a la Corona en los últimos veinte años, en particular su participación en la batalla de Lepanto, en la que perdió una mano de un arcabuzazo, le informaba de su cautiverio en Argel y la ruina económica que ocasionó a su familia el coste de su liberación.

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Fuego en la biblioteca

diciembre 13, 2016

En un artículo publicado en 1930 Aldous Huxley arremetía contra el abaratamiento del papel para el que propuso un impuesto del 4.000 o 5.000 por ciento con el objetivo de restringir la producción al por mayor del material de lectura de una calidad inferior. El efecto inmediato de tal medida sería la revalorización de los libros, tanto como lo fueron en las épocas clásicas y medievales, siendo atesorados con un cuidado piadoso y estudiados con fervor. La escasez redundaría en la recuperación de la pasión por la literatura y en el “respeto casi religioso por la cultura que distinguía a los hombres de otros tiempos”. Tachaba de vicio el hábito de leer demasiado y sin sentido. Lo comparaba con el consumo de una droga. “No leemos para enriquecer nuestras almas sino para matar el tiempo y distraer la percepción”. ¿Qué diría hoy de la lectura masiva y líquida en versión digital?

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La novela en la que los libros salvan a los lectores

diciembre 6, 2016

Los surrealistas expresaron una sincera admiración por Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights), la única novela que publicó Emily Brontë en 1847 bajo el pseudónimo de Ellis Bell, porque encarna la exaltación del amor imposible y destructivo que lleva a los amantes a obsesionarse el uno con el otro, como si no hubiese nadie más en el mundo que ellos, en un deseo caníbal de fusionarse, de ser los dos en uno. Buñuel se sintió muy atraído por esta obra que en 1953 trasladó al cine con un título apropiado: Abismos de pasión. Georges Bataille, que le dedicó un ensayo, decía que es “uno de los libros más hermosos de la literatura de todos los tiempos”. Quienes lo hayan leído podrán dar crédito de este elogio nada hiperbólico. Es de las pocas novelas que gozan del privilegio de no dar tregua al lector.

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