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La tarde en que Lichtenberg se asomó a la ventana para captar los ruidos de Gotinga

noviembre 13, 2018

Una habitación sin ventana es una habitación a medias, mutilada y poco saludable. Una caverna con luz eléctrica, pero ciega y sorda. Como indica su etimología (de la palabra latina ventus, ventilación) las ventanas son los pulmones por los que respira una casa; también los ojos con los que ve y los oídos con los que oye la vida que se agita ante ellas. Por su oquedad entran los rayos de sol que iluminan y templan las paredes en invierno y la claridad lunar en las noches veraniegas.

El otro nombre que adopta la ventana en algunas lenguas -finestra, fenestra, fenêtre, fereastră, Fenster o fönster- deriva del que se da a las aberturas en el cráneo situadas detrás de las órbitas de los ojos de muchos vertebrados amniotas. De este vocablo proviene “defenestrar”, en sentido literal arrojar a alguien por la ventana.

“La segunda defenestración de Praga”, de Karel Svoboda, 1844

La defenestración se practicó en tiempos pasados contra los adversarios políticos. Las más famosas son las tres de Praga, asociadas a las guerras de religión. La primera se produjo en 1419, originando la Guerra de los husitas; la segunda en 1483 y la tercera en 1618, que desencadenó nada menos que la Guerra de los Treinta Años. Los insurrectos arrojaban por la ventana a las autoridades contra las que se sublevaban. En fin, una de las tantas tradiciones horrendas que se resistió durante siglos a la defenestración.

Hoy día se defenestra a un individuo destituyéndolo del cargo que ostenta por incompetente o desconfianza. No obstante, en los últimos tiempos el verbo parece estar de capa caída. Se prefiere el uso de eufemismos para que la defenestración parezca otra cosa de lo que es.

A pesar de su simpleza, el dibujo infantil de una casa con un tejado de dos aguas, dos ojos-ventanas y una puerta-boca, se ajusta a la realidad. Una casa con ventanas es como una cara. La humanizan. Estará despierta cuando las tiene abiertas; dormida si permanecen cerradas y muerta cuando estén tapiadas. A Baudelaire le fascinaban las ventanas cerradas. Nada le parecía más misterioso, fecundo y deslumbrante que una ventana iluminada por una vela.

“En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida”.

Charles Baudelaire leyendo, por Courbet

La ventana es un indicio de civilización y de libertad. Sus dos hojas se abren al exterior. Si, además, tras sus cristales cuelgan unas cortinas curiosas y el alféizar está adornado con unos geranios, a estas dos propiedades innatas añadirá la belleza. Ahora ya sólo hace falta el gato sentado contemplando, a modo de esfinge viviente, “lo que pasa en la calle” (dicho en lenguaje poético, como le gustaba a Juan de Mairena).

El cavernícola no sabía lo que era vivir en una casa: ignoraba la utilidad de la ventana. Por ello se limitaba a usar su caverna principalmente para dormir, resguardarse del clima adverso y como despensa. En los calabozos no hay ventanas y la imagen tópica de la cárcel es un ventanuco enrejado. No es casualidad que en las guerras, ante la amenaza de algún bombardeo aéreo nocturno sobre una ciudad, las autoridades ordenen a sus habitantes, bajo pena de sanción grave, el oscurecimiento de las ventanas. Oscurecerlas para ocultarse, para desaparecer de la vista de los atacantes.

Sólo con que se hubiese asomado a la ventana, el hombre de la habitación de Pascal no habría necesitado evadirse de ella en su huida de la soledad y de los pensamientos sombríos que le suscitaba. Pocas cosas tan placenteras como contemplar desde la ventana los nubarrones cenicientos errando en el atardecer o la lluvia matutina cayendo serenamente, sin prisas.

“Mujeres en la ventana”, de Bartolomé Esteban Pérez Murillo

Profesor de Física en la Universidad de Gotinga, Georg Christoph Lichtenberg podía disfrutar ocho días encerrado en casa, siempre que no fuese por imposición. Pero es probable que amenizase sus confinamientos voluntarios asomándose a la ventana para ver lo que pasaba en la calle, incluyendo los entierros. Una hermosa tarde de primavera de 1792, el “hombre en la ventana” (“Der Mann am Fenster”), como lo conocían sus vecinos, tuvo una ocurrencia memorable: asomarse a la ventana que daba al jardín para captar los ruidos que le llegaban “desde la famosa Gotinga”. Se hallaba a unos dos mil pies de distancia de la ciudad, lo que equivale a unos seiscientos metros.

En uno de sus cuadernos registró ocho ruidos: 1) el rumor del agua de un gran molino; 2) el ruido de unos cuantos carros o carruajes: 3) un griterío vivo y persistente de niños, que probablemente estaban cazando abejorros con el bastón; 4) ladridos de perros a diferentes distancias y en una amplia gama de registros sonoros y afectivos; 5) tres o cuatro ruiseñores en los jardines aledaños o en la ciudad; 6) el croar de innumerables ranas; 7) un retintín de bolos que entrechocaban; y 8) una especie de corno mal soplado “que era lo más agradable de todo”.

Litografía en color de la antigua plaza del mercado de Göttingen

Al anotar estos ruidos no sabía que acababa de inmortalizar aquel momento preciso de la hermosa tarde primaveral y que los futuros lectores de su apunte lo imaginarían en un intento de aproximarse a las sensaciones auditivas que tuvo que sentir él mismo. Si hubiese señalado la fecha y la hora exacta, podríamos rememorar ese momento todos los años y hasta festejarlo como se hace el 16 de junio en el Bloomsday.

Su afición ventanera -no me atrevo a llamarla costumbre- encaja con su incansable curiosidad y un espíritu de observación al que no daba tregua ni en sueños. El científico que había en él le llevaba tan pronto a seguir el rastro de un gusano como a escrutar en los sótanos del alma humana. En uno de sus esbozos autobiográfico redactados en tercera persona nos ofrece un retrato de sí mismo asomado en la ventana:

“Él se instala detrás de la ventana, la cabeza apoyada en ambas manos, y mientras quienes pasan a su lado sólo ven un personaje cabizbajo y melancólico, él suele confesarse en silencio que, una vez más, se ha entregado a divagaciones muy placenteras”.

Silueta de Lichtenberg, por Carl Schubert

Naturalmente, su afición excedía los límites del domicilio habitual. Así se deduce de otro apunte, en el que recuerda que una vez en que se alojó en una habitación de Hannover la ventana daba a una calle estrecha que servía de enlace entre dos grandes. Los viandantes no reparaban en la ventana ni, por tanto, en la posibilidad de que fuesen observados. Pero Lichtenberg halló una oportunidad extraordinaria para divertirse a sus anchas, viendo cómo la gente cambiaba de cara al llegar a esa callejuela, en la que se creía menos observada.

“Uno orinaba allí al lado, otro se ataba las medias un poco más allá, éste se reía a solas, mientras aquél meneaba la cabeza. Las jovencitas sonreían pensando en la noche anterior y se acomodaban las cintas para hacer nuevas conquistas en la próxima gran calle”.

Una curiosidad de distinta naturaleza de la mostrada por el sabio de Gotinga aguijoneaba a Emma Bovary, la heroína de Madame Bovary. Dominada por el aburrimiento, se asomaba a la ventana de su casa aguardando el acontecimiento venturoso que la redimiese del tedio. Al igual que la calle Mayor o el paseo principal, la ventana formaba parte del paisaje provinciano y estaba siempre asociada a la mujer, sobre todo al ama de casa. Como dice el narrador de Madame Bovary, en los pueblos la ventana reemplazaba al teatro y al paseo urbano.

“Mujer asomada a la ventana” (1822), de Caspar David Friedrich

En una de las sesiones ventaneras le echó al ojo al que sería pronto su amante, el presumido Rodolphe Boulanger. También en su enamoramiento platónico del pasante de notario Léon Dupuis se sentaba en un sillón, en la sala principal de la casa, junto a la ventana, para vigilar la aparición del joven por la acera. Atrás quedaban los primeros tiempos de su matrimonio con el médico rural Charles Bovary, cuando se asomaba a la ventana, entre dos macetas de geranios y envuelta en un peinador, para verlo marchar montado sobre el caballo hacia algún pueblo limítrofe. A él le aguardaban sus pacientes.

Como no podía ser menos, la tormentosa historia de Emma Bovary concluye con un episodio ventanero: la mañana en que los vecinos de Yonville se asoman para ver pasar el cortejo fúnebre camino del cementerio y a los seis hombres que portaban el féretro en el que yacía la mujer, fallecida al ingerir a manos llenas los polvos de arsénico en la farmacia del boticario Homais, presa de la desesperación.

Emma Bovary, interpretada por Isabelle Huppert, en la película de Claude Chabrol

En la España del siglo XVI a las mujeres que daban la espalda a la habitación y hacían un receso en las labores domésticas  para asomarse a la ventana, se las llamaba “ventaneras”. Mateo Alemán censuró este pasatiempo liviano por considerar que era “un aliciente pecaminoso” con el que las mujeres pretendían “atender a los requerimientos de algún enamorado”, según recuerda Carmen Martín Gaite en su ensayo Desde la ventana. La escritora argumenta que la ventana ha desempeñado para la mujer recluida en el hogar

“la doble función de compañía y consuelo en sus tareas domésticas y de espoleta para echar a volar su fantasía”.

Carmen Martín Gaite

Algunos pintores han plasmado el momento en que una mujer joven se asoma a la ventana, de espaldas a la habitación, como si hubiesen querido reflejar los dos mundos, el interior sombrío, al que da la espalda, y el exterior luminoso, que despierta su atención. Edward Hopper se distingue de estos pintores en que las mujeres no se asoman a la ventana para mirar la calle con curiosidad, sino que parece que la ventana se asomara a ellas, sorprendiéndolas en una actitud meditativa.

Puede que la contemplación desde lo alto del tumulto callejero en una gran ciudad nos haga detenernos en un suceso minúsculo, cuya singularidad sólo nosotros estamos en condiciones de apreciar gracias a la posición privilegiada que ocupamos. Esto fue lo que debió de sucederle a Virginia Woolf en la mañana del 26 de octubre de 1928 en que, sentada junto a la ventana sin cortina de su habitación, interrumpió la lectura y miró para ver “qué estaba haciendo Londres aquella mañana”. La luz solar se colaba en forma de rayos polvorientos.

De pronto su mirada se fijó en una de esas escenas frecuentes en cualquier avenida urbana: una muchacha con botas de charol y un joven que llevaba un abrigo marrón subiendo a un taxi. Sin embargo, esa incidencia anodina significó para ella una especie de epifanía que le hizo preguntarse que quizá la mente tuviese dos sexos correspondientes a los dos sexos del cuerpo y necesitaran también estar unidos para alcanzar la satisfacción y la felicidad completas.

Virginia Woolf

Si para Virginia Woolf levantar la vista de la página de un libro y desviarla hacia la ventana ante la cual discurre el trajín callejero era una forma de volver a la realidad, para Gabriel Conroy, el personaje central del cuento de Joyce Los muertos, fue la única escapatoria que halló en la extraña noche de Reyes que pasó junto a su esposa Gretta, primero durante la velada festiva, con baile y cena, que ofrecieron sus ancianas tías en su casa dublinesa, y luego en el hotel en el que pernoctó la pareja con el propósito de revivir la luna de miel.

En la casa de sus tías, rodeado por los amigos de éstas y de la sobrina soltera con la que convivían, Gabriel se asomó varias veces a la ventana, en un intento de evadirse de aquella atmósfera crepuscular y provinciana y esquivar los recuerdos amargos del pasado. Cuánto mejor habría sido estar en la calle, bajo la nevada suave, igual que un escolar en el recreo, lejos de las responsabilidades propias del esposo, padre y sobrino predilecto de dos viejas damas, supervivientes de una época desaparecida. Para Gabriel Conroy la ventana representa el exilio interior en el que permanecía anclado en Dublín y el anhelo de apertura hacia mundos y mentes más abiertas.

El actor Donal McCann interpretando el papel de Gabriel Conroy, en la escena última de “Los muertos”, de John Huston (1987)

Ya en el hotel, se encontró con la sorpresiva confidencia de su esposa, cuando al preguntarle por el malestar que apreciaba en ella, precisamente en el momento en que tendrían que haber estado dispuestos a satisfacer el común deseo de revivir la noche de boda, le confesó que se sentía acongojada por el recuerdo de un amor adolescente. El enamorado fue el difunto Michael Furey, un muchacho empleado del gas que, gravemente enfermo de tisis, se presentó ante su casa, en su Galway natal, bajo una lluvia torrencial, la noche antes de que ella se marchase al convento de monjas, avisándole de su presencia en la calle con las piedrecitas que arrojó contra el cristal de la ventana de su cuarto. A la semana siguiente el chico murió, estando ella en el convento. Con una mezcla de remordimiento y veneración, ahora Gretta pensaba que había muerto por ella.

Después de esta dolorosa confidencia, la mujer se quedó dormida sobre la cama, agotada por el torbellino de emociones. A solas de nuevo, como durante la velada en casa de sus tías, Gabriel se siente abrumado por la sospecha de que en todos esos años él nunca amó a Gretta como el difunto Michael Furey, quien aquella noche de Reyes había resucitado inesperadamente en la memoria de su esposa, siendo él mismo testigo incómodo de la resurrección.

Presa del desasosiego, se acercó a la ventana, creyendo haber oído unos leves golpecitos en el cristal, similares a los que oyó la joven Gretta la noche en que se presentó Michael Furey ante su ventana, en busca de una salida al callejón emocional al que le había empujado inesperadamente el destino. La tempestad de nieve giraba hacia el oeste de Irlanda, hacia el “desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey”.

“Once de la mañana”, 1926, de Edward Hopper

Pocos escritores como Kafka han sentido la necesidad de tener una ventana a su lado. A ella le dedicó una de sus meditaciones en Contemplación, el primer libro que publicó editado por Kurt Wolff en 1913. Se titula “La ventana a la calle” y describe las circunstancias personales en las que un individuo no puede pasarse sin una ventana que dé a la calle. Por ejemplo, el que vive aislado y anhela relacionarse de vez en cuando en algún sitio, o quien desea un brazo cualquiera al que aferrarse. La meditación concluye con la turbadora imagen del contemplador en mitad de la calle, arrastrado por los caballos

“con su caravana de carruajes y su tumulto, y así finalmente en la armonía humana”.

La condena, su primer relato largo, empieza con la descripción del joven comerciante Georg Bendemann, que vive con su padre viudo, sentado junto a la ventana de casa una primaveral mañana de domingo, observando el curso del río, el puente y las colinas de la otra orilla. Acaba de escribir una carta a un amigo de juventud que hace años emigró a Rusia en busca de la fortuna que no hallaba en su país.

Dedicatoria de Kafka a su novia Felice Bauer en la primera edición de “Contemplación” (Copyright: S. Fischer Verlag)

Sin embargo, las noticias que tiene de él no son halagüeñas. Ha fracaso en los negocios; soltero y enfermizo, está aislado de sus compatriotas. En cambio, a él las cosas le van mejor que nunca: ha conseguido levantar el negocio del padre, viejo y achacoso, y además se ha comprometido con una muchacha. Georg prefirió ocultarle al amigo su prosperidad.

Pronto descubrirá que ese bienestar no es más que un espejismo y que su percepción de la amistad con el joven ruso no se corresponde con la realidad. El padre se encargará de desengañarlo con duras palabras. El cuento termina con el suicidio de Bendemann, condenado por su progenitor a morir ahogado. El puente por el que se arroja al río al final del relato representa el envés de la radiante mañana de domingo junto a la ventana con el que comienza. A la vista de su trágica muerte, la satisfacción con que entonces contempló el río y el puente revela la autosuficiencia engañosa con que Georg veía el fracaso del amigo de Rusia así como el retiro del padre.

Portada de una edición de 1917 del relato “La condena”, en la editorial de Kurt Wolff

En La transformación lo primero que hace Gregor Samsa al despertar en la cama un amanecer otoñal convertido en un bicho monstruoso es mirar a la ventana del dormitorio, en cuyo alféizar repiquetean las gotas de lluvia. Enfrente se alza la fachada negruzca y monótona de un hospital. La estrechez de la vista que tiene ante sí y la grisura del nuevo día presagian el destino infausto del personaje, que morirá poco antes del estallido de la primavera, la estación en que los animales de su especie salen del letargo invernal.

Los protagonistas de las novelas de Kafka se ahogan en la atmósfera cerrada de las salas y pasillos de las oficinas a las que son arrastrados por la fatalidad. En esos espacios lóbregos no encuentran ninguna ventana a la que asomarse para tomar el aire. Al final de El proceso, cuando los dos empleados del tribunal que ha condenado a muerte a Joseph K. se disponen a ejecutarlo en una cantera desierta, a las afueras de la ciudad, el joven ve abrir las hojas de una ventana.

“¿Quién era?” -se pregunta el narrador, anticipándose al pensamiento del reo-,“¿Un amigo? ¿Un hombre bueno? ¿Alguien que se compadecía? ¿Alguien que quería ayudar? ¿Era uno solo? ¿Eran todos? ¿Cabía esperar ayuda aún?”.

Fotograma de “El proceso” (1962), de Orson Welles, basada en la novela de Kafka

Aun tratándose de una última esperanza, la supuesta ayuda no sólo se presentaba incierta sino que llegaba demasiado tarde. Otra posibilidad es que fuese un espejismo provocado por el propio tribunal con el que pretendía ahuyentar en Joseph K. cualquier conato de resistencia.

Precursor del universo kafkiano, Bartleby el escribiente, el personaje del relato homónimo de Melville, trabaja de copista en una oficina de Nueva York, junto a un ventanuco lateral de un despacho, sin vista alguna. A un metro hay un muro y la luz desciende desde muy arriba entre dos imponentes edificios. Fue en ese rincón donde el escribiente, ante el requerimiento de su jefe para que copiara un documento, le respondió por primera vez que prefería no hacerlo, cumpliendo su palabra hasta su muerte en el patio de una cárcel similar a una construcción egipcia, de muros espesos que impedían que llegase cualquier ruido de fuera. La abulia que se apodera de Bartleby, verbalizada en la frase reiterativa con la que responde a las órdenes de su jefe, recuerda a una habitación desprovista de ventanas, refractaria a la luz solar y a cualquier soplo de aire venido de fuera.

Ilustración de Bill Bragg para el relato de Melville “Bartleby, el escribiente”

La desesperanza es como un edificio sin ventanas, una mole pétrea impasible ante el mundo exterior, del que sus moradores no esperan nada. Aborrecen la luz solar y el aire fresco. Adoran las tinieblas, los espacios cerrados a cal y canto, alumbrados únicamente con una débil luz artificial. Son los hijos de la noche, como el vampiro Drácula o el personaje real con el que guarda cierto parecido, el marqués de Sade.

Al igual que las cárceles en las que permaneció recluido a lo largo de su vida, los caserones imaginados por Sade carecen de ventanas y las sesiones de tortura que los verdugos infligen a sus víctimas se desarrollan en gabinetes herméticos, ciegos y sordos al exterior. Podrían degollar allí un buey sin que sus gritos sean oídos. Sólo en esos espacios cerrados y asfixiantes los señores se permiten exponer sus ideas execrables, por las que serían perseguidos si las propagasen en una sociedad abierta: apología de la venganza, del infanticidio y del asesinato de “personas improductivas” y opositores políticos.

“El Marqués de Sade” (1972), por Man Ray

La huida desesperada de la realidad también puede manifestarse en la ausencia de ventanas. El búnker subterráneo de la Cancillería de Berlín en el que los gerifaltes nazis, con su jefe a la cabeza, se encerraron mientras las bombas de los Aliados arrasaban el país, se erigió en una metáfora perfecta de todo cuanto significó la dictadura hitleriana y la ideología en la que se sustentaba: fanatismo, terquedad, cerrazón, huida de la realidad y odio asesino.

Junto a la ventana las mujeres se han sentado para leer, coser a mano y a máquina, para hilar y bordar. También se ha pintado, con el caballete a un lado; se han leído libros y cartas. Cuando había cerca una mesa, se ha escrito, aprovechando la luz natural. A lo largo de cincuenta y un años Paul Valéry se levantó al amanecer, entre dos luces, para sentarse junto a la ventana de su cuarto y anotar los pensamientos que componen las 26.600 páginas de sus Cahiers.

“Muchacha cosiendo a máquina” (c.1921), de Edward Hopper

Sin restar importancia a estas tareas, uno de los servicios más encomiables prestados por la ventana es que inspire esperanzas. Desde la calle, se esperará una respuesta a los golpes en los cristales, como Michael Furey la esperó la noche lluviosa en que fue a despedirse de su amada Gretta, arrojando piedrecitas contra la ventana de su cuarto. A Emily Dickinson le ocurrió al revés: un atardecer, dentro de su habitación, oyó unos golpes en la ventana. Resulta que quien llamaba era el Crepúsculo. En lugar de la “granja con zafiro – y un solo hato-/ de ganado opalino – pastando a lo lejos/ en una desvanecida colina-”, vio

“un mar – desplegándose

y barcos – de un tamaño

que sólo las montañas – pueden proporcionar-

y cubiertas – para fijar los cielos”.

Casa Museo de Emily Dickinson, en Amherst

Pero lo normal es que se aguarde el regreso de alguien que se marchó con la promesa de volver. Es el caso de la mujer del cuento de Saki La ventana abierta, que espera con una fe inquebrantable el regreso de su marido y sus dos hermanos menores que hace tres años, en un día de verano, salieron a cazar, sin que volvieran. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde cazaban quedaron atrapados en una ciénaga traicionera. Jamás encontraron sus cuerpos. Sin embargo, la mujer está convencida de que volverán algún día, entrando por la ventana francesa, como solían hacerlo. Este es el motivo por el que la dejan abierta hasta el anochecer.

Una tarde, minutos después de que su sobrina le explicase al vecino nuevo que ha acudido a conocer a la familia el motivo por el que la ventana sigue abierta, la señora aparece disculpándose ante el visitante, pero es que su marido y sus hermanos han salido de caza y volverán dentro de un rato. Siempre suelen entrar por la ventana. No quiere pensar en el estado en que dejarán sus pobres alfombras.

De repente exclama: “¡Por fin llegan! Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos”. El visitante se estremeció al ver que en el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. La fe de la mujer dio el fruto esperado y la ventana abierta cumplió su cometido de atraer a los desaparecidos, despertarlos de su letargo, resucitarlos o, simplemente, devolverles la memoria.

“La ventana abierta”, de Henri Matisse (1905)

La ventana medio escondida en el callejón de Hannover desde la que Lichtenberg espió a los viandantes ocasionales que aprovechaban su discreto recogimiento para hacer lo que no se atrevían en la calle grande es un ejemplo típico de lo que entendemos por ventana indiscreta. Esta expresión se hizo célebre en España por el falso pero atinado título que, siguiendo la costumbre de la época, se le dio a la película de Hitchcock, originalmente titulada Rear Window (“La ventana trasera”, 1954).

Basada en el relato It had to Be Murder (1942), de Cornell Woolrich, narra la historia de un fotógrafo que aprovecha su encierro obligado en casa, tras romperse una pierna, para espiar con unos binoculares y una cámara de fotos lo que ocurre en las ventanas de los apartamentos de enfrente. Aquel ejercicio de voluntarioso espionaje le sirvió nada menos que para descubrir un asesinato.

Fotograma de la película “La ventana indiscreta”, de Hitchcock

Marcel Proust recurrió a la ventana indiscreta para describir en su novela En busca del tiempo perdido tres citas homosexuales, dos de ellas envueltas en una suerte de ceremonial con tintes sádicos. El Narrador, alter ego del novelista, presencia casualmente estas citas, oculto tras una ventana, aunque en una de ellas sucede a la inversa, siendo la ventana abierta e iluminada de una casa campestre la que le permite observar una escena extraña: la hija del compositor Vinteuil, recientemente fallecido, abrazada a una joven que le susurra al oído su deseo de escupir sobre el retrato del padre. “¿A que no te atreves?”, le responde la señorita Vinteuil, que entonces se levantó para cerrar las maderas y los cristales de la ventana.

Al lector puede parecerle forzado el recurso del Narrador espiando por casualidad estas escenas íntimas. Pero la posible explicación es que Proust pretendía que fuese testigo ocular de ellas para luego contarlas y someterlas a reflexiones tan penetrantes como las que le suscitaban las experiencias vividas en primera persona.

“El viejo y la criada”, de David Teniers. En la parte superior del cuadro, a la izquierda, se ve una cabeza asomada a la ventana, espiando la escena

Al contrario que otros narradores ficticios, el de En busca del tiempo perdido no puede mentir. Su autobiografía es una confesión a corazón abierto, en la que saca a la luz todo cuanto ha vivido y visto, por desagradable que sea. Se supone que no hace falta aclarar que el Narrador no es Proust, aunque, ¡casualidades de la vida!, también se llame Marcel.

Además, el secretismo en el que los protagonistas arropan sus encuentros sexuales sólo podía ser quebrado por un azaroso desvelamiento. De este modo Proust convierte a su Narrador en un voyeur ocasional, no como el fotógrafo de La ventana indiscreta. Su actitud es comparable a la del espectador del cuadro de la casta Susana espiada por los dos viejos, quien involuntariamente espía a los tres.

“Susana y los viejos”, de Guercino (c. 1617)

Por la ventana se ha salido y se ha entrado cuando era imposible hacerlo por la puerta. Salían los reclusos que, hartos de su cautiverio, se las ingeniaban para escapar de la prisión, descolgándose con unas sábanas anudadas del ventanuco situado en lo más alto de sus muros. En sentido inverso, trepaban hasta la ventana, normalmente con la ayuda de una escalera, los que deseaban encontrarse en la habitación con la amada. Eran los amantes secretos, como Julien Sorel, el héroe de la novela de Stendhal Rojo y Negro. Aprovechando la oscuridad nocturna, el joven aventurero sube hasta la habitación de Madame de Rênal, su amante clandestina, para abrazarla después de catorce meses de separación.

Por desgracia, estas utilidades un tanto novelescas de la ventana tienen una trágica contrapartida. Porque lo peor que puede sucederle a una ventana es que alguien se arroje voluntariamente por ella, desesperado. Eso significa la derrota de su razón de ser: ventilar la habitación, alumbrarla con la luz natural, respirar el aire de fuera, contemplar la vista que nos dispensa, el mundo terrenal y el celeste, y, cómo no, esperar el retorno de quien un día se marchó con la promesa de volver.

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La habitación de los hábitos

octubre 23, 2018

Los hábitos y las costumbres tienen sus lugares favoritos en los que se sienten a sus anchas. Son aquellos en los que pasamos más tiempo todos los días, y que, como el nido para el pájaro, forman parte de nuestra intimidad cotidiana. El principal de esos lugares es la habitación en la que desplegamos con mayor profusión nuestros hábitos, siendo la lectura uno de los más frecuentes. Es también el espacio en el que abrimos la puerta de la memoria a los recuerdos. Y en la época dorada de la correspondencia epistolar, el rincón preferido para escribir cartas íntimas y leer las que se recibían. Por ello a esta habitación se la denominaba antiguamente cámara privada, gabinete, boudoir o tocador.

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Alicia en el País de las Pesadillas

octubre 2, 2018

Los hábitos nos identifican. Somos lo que somos por ellos. Su función es comparable a la del estribillo que aparece al final de la estrofa del poema y que sirve para recordar el motivo principal de éste y dotarlo de unidad. Según Aristóteles, las costumbres conforman la segunda naturaleza del ser, dejando incluso su marca en el rostro. Proust decía que las facciones de nuestra cara son simples gestos que, en virtud de la costumbre, han llegado a ser definitivos. Pascal fue más lejos que el Estagirita al afirmar que las costumbres son la única naturaleza que tenemos: forjan las creencias sin necesidad de argumentar.

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A Andy Warhol le encantaban las rutinas

septiembre 18, 2018

La rutina arrastra una pésima fama incluso como palabra. Rutinaria es uno de los calificativos más tristes que se puede endosar a una persona. Confesar que se tienen rutinas resulta casi vergonzoso, aunque se tengan, naturalmente, y pasemos en ellas la mayor parte de nuestro tiempo. Son como esas habitaciones de la casa que nunca se enseñan a las visitas y en las que transcurre la cotidianidad de sus moradores.

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Mirando al abismo

septiembre 4, 2018

Desde que nos levantamos por la mañana hasta que nos acostamos por la noche para dormir ejecutamos una serie de actos mínimos, aparentemente insignificantes, que repetimos casi a la misma hora, y sin los cuales nos resultaría imposible llevar una vida normal. Asearnos, vestirnos y calzarnos, desnudarnos y descalzarnos, las tres comidas, con el posterior lavado dental, tomar  el metro o el coche para acudir al puesto de trabajo y luego regresar a casa, siempre a las mismas horas y por el mismo itinerario, son algunos de los hábitos que nos persiguen todos los días. Tienen la particularidad de orientarnos en el quehacer cotidiano. Son nuestra brújula personal. De ahí que cuando, por alguna circunstancia, tenemos que desprendernos de ellos, nos sintamos desorientados. Leer más…

Pantallas contra libros: la tormenta perfecta continúa perfeccionándose

junio 12, 2018

La Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid, que se celebra a comienzos de la primavera y del otoño en el céntrico Paseo de Recoletos, es una excelente oportunidad para buscar libros normalmente descatalogados y a un precio accesible a cualquier bolsillo. Librerías madrileñas y de otras capitales del país encadenan sus casetas en los distintos tramos del paseo hasta la plaza de Cibeles. Un lugar envidiable para cualquier comerciante.

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Lamento de un lactante de 33 años

mayo 29, 2018

En noviembre de 2014 el recientemente fallecido novelista Philip Roth (Newark, EEUU, 1933), publicaba un artículo en el que ofrecía un sucinto repaso de su obra. Al releer El lamento de Portnoy (1969), su cuarta novela, cuarenta y cinco años después de su publicación, confesaba mostrarse sorprendido por haber sido temerario al publicarla y contento por haberlo sido. Mientras la escribía era consciente de que nunca se iba a librar del protagonista de la novela, Alexander Portnoy, y de que “estaba a punto de intercambiar su identidad por la suya”.

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