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La mesilla de noche de Hermann Kafka

julio 12, 2016

Al contrario que los hijos, que desde que vienen al mundo son miembros de pleno derecho de la familia y crecen y reciben las primeras destrezas educativas en su seno, un libro nace con una clara vocación de universalidad y no para ser leído solamente por los parientes, amigos, conocidos y simpatizantes del autor. Más aún, un libro exitoso puede hacer sombra a éste, rebajando el peso de la autoría. Ello no obsta para que los escritores noveles esperen de sus padres algún interés por sus libros, participando también de la satisfacción ante la obra terminada.

La maternidad y la paternidad no sólo equiparan en cierto modo a los hijos con sus progenitores, sino que también refuerzan su autonomía de ellos. Al mismo tiempo, los padres tienen motivos para regocijarse de que sus hijos los hayan hecho abuelos. Es como si el ciclo de vida que abrieron en su día se completase satisfactoriamente para todos unas décadas después. Pero, a la vista de la experiencia, parece que estas reacciones no tienen su equivalente en lo que se refiere a los escritores que, en vez de traer hijos al mundo, publican libros.

En sus escritos personales algunos han dejado constancia con cierta pesadumbre de la indiferencia o el desconcierto, cuando no la hostilidad, que manifestaron sus padres ante la obra que acababan de publicar. El nacimiento del libro no fue acogido por éstos con el alborozo que esperaba su autor-hijo. La indiferencia de los padres les resultaba cuando menos enigmática. Apesadumbrados por esa reacción, no sabían a qué atenerse, a la espera de alguna señal de reconocimiento para la obra que quizá escribieron pensando en ellos.

Jules Renard

Jules Renard

Normalmente estos padres se hallaban al margen de la actividad literaria y tampoco eran lectores habituales de libros, aunque sí de periódicos. En las expectativas que el hijo depositaba en el padre al ofrecerle su obra pesaba más el sentimiento que la literatura. No es que esperase de él una crítica literaria, pero sí un reconocimiento a la labor creadora del escritor en ciernes que aún estaba lejos de recibirlo en el ámbito literario.

Jules Renard le confesó a su amigo el dramaturgo Tristan Bernard que durante mucho tiempo su padre, François Renard, contratista del Departamento de Obras Públicas, vio sobre la mesa de su casa de campo La Gloriette, en Chaumot, sus Historias naturales y La amante, pero que nunca se los pidió ni él se había atrevido a regalárselos. “No tenía más que cogerlos: no los ha cogido”, anotaba compungido por la indiferencia paterna.

"La Gloriette", la casa de Jules Renard y su familia en Chaumot

“La Gloriette”, la casa de Jules Renard y su familia en Chaumot

Mucho tiempo después el padre le comentó por carta a la esposa de Jules, Marinette, que si estuviera en París quizá compraría los dos últimos libros de su hijo. A los pocos días éste se los envió por correo, pero el padre ni siquiera acusó recibo. François Renard volvió a escribir a su nuera para decirle que quería hacer algunas observaciones sobre los libros de Jules, aunque, pensándolo bien, le parecía inútil.

En la misma confesión a Bernard, que transcribe para el Diario, Renard le comenta que, pese a la admiración que profesaba a su padre, tenía que admitir el malestar de éste por  el desinterés que le manifestaba ante las cosas que él amaba.

“Vivimos como enemigos que nunca se hacen daño, que sólo discuten por los detalles, y que si fuera necesario se arrojarían a una hoguera para defender al otro”.

François Renard

François Renard

Con esta confesión daba a entender que la indiferencia paterna ante sus libros era el pago que recibía por la que él le mostraba. Quid pro quo.  Tras recibir una carta del padre, en la entrada de 9 de octubre de 1888 del Diario lamenta que no le dijera una sola palabra sobre su libro de relatos Crimen de pueblo, que le dedicó, y que además tenía el mérito de haber pagado de su bolsillo. Era “otra vanidad” a la que debía renunciar.

El día en que falleció François Renard, disparándose un tiro en el corazón, Jules, que entonces tenía treinta y tres años, estaba felizmente casado y era padre de dos hijos, se reprochó no haberle comprendido. Las palabras filial y paternal no habían significado nada entre ellos. A ambos los ligó una mezcla de estima, estupefacción y temor. Jules había tenido la precaución de decirle que no era como los otros mientras se preocupaba de demostrarle  que no le temía.

No sabemos si la madre del escritor leyó su novela más conocida, Pelo de zanahoria, pero en sus páginas ofrece un retrato despiadado de una madre insensible que amarga la vida a su hijo pequeño, al que no ama. Esa mujer guarda mucho parecido con el modelo real en el que se inspiró. Dos años después del suicidio del padre, la madre se cayó a un pozo, al parecer a causa de un mareo.

Jules Renard con su esposa Marinette Morneau

Jules Renard con su esposa Marinette Morneau

Charles Baudelaire amaba “apasionadamente” a su madre, Caroline Dufayis, con la ambigüedad que caracteriza a ese adverbio. En cambio, aborrecía a su padrastro, un ex sacerdote y militar de alta graduación con el que su madre se casó al año siguiente del fallecimiento del anciano padre del poeta. Caroline tenía una cultura superior a la media de las mujeres de su estatus social y Baudelaire trató de despertar en ella cierto interés por sus obras.

A raíz de la publicación en 1857 del poemario Las flores del mal, al principio pensó en no mostrárselo, pero, aunque sólo fuera por las reseñas que pensaba enviarle por correo, eludió el pudor que le inspiraba darle a leer a la madre aquellas poesías que tanto escándalo habían suscitado en la pudibunda sociedad francesa de la época. Por lo que el propio Charles comenta en una carta a la madre, ésta le había censurado que publicase “ese maldito libro que, al fin y al cabo, no es más que una obra de arte muy defendible”.

La lectura del diario Mi corazón al desnudo tampoco agradó a la buena mujer que, sin embargo, trasladó a su hijo su admiración por la obra de Edgar Allan Poe, traducida por Charles. Éste no dudó en reprocharle que esa admiración le hiciese olvidar su propia obra “que parecería mucho más considerable si pudiese reimprimirse todo”. A continuación le decía que es muy cierto que “las familias, los padres, las madres saben muy poco del arte del elogio. Es una observación antigua”.

Charles Baudelaire

Charles Baudelaire

En realidad, a los padres, en su mayoría pertenecientes a la burguesía o a la pequeña burguesía acomodada, no les hacía ninguna gracia que sus hijos se dedicaran a la literatura; que en vez de decantarse por profesiones útiles para la sociedad, perdiesen el tiempo escribiendo y publicando libros que comprarían unos pocos y leerían menos. No ignoraban que el puñado de escritores célebres sólo alcanzó la fama después de muchos años de sacrificios y oscuridad y algunos incluso tras su muerte. Demasiada incertidumbre para unos resultados tan inciertos.

¿No era más razonable que ejercieran una profesión normal, formaran una familia y se olvidaran de algo tan etéreo como la literatura? Si tenían que traer algo al mundo, que fuesen hijos, pero no libros que pronto se desvanecerían en el olvido. Al menos de un hijo se puede hacer algo, pero lo que es de un libro, uno más de los muchos que se publicaban, no cabía esperar nada.

Aparte de la desconfianza con que juzgaban el oficio literario, quizá intuyesen que en los libros que escribían sus hijos reflejaban un mundo propio que se les escapaba, como si el autor fuese un extraño, un desconocido. En algunos casos los padres apenas disimulaban los celos que les inspiraba la nueva criatura. No era lo mismo que un hijo trajese hijos al mundo, hijos que eran también carne de su carne, que escribiese unos libros que generalmente no satisfacían su vanidad. Se es abuelo de un nieto, no de un libro escrito por tu propio hijo.

Mère de Baudelaire

Caroline Baudelaire, madre de Charles Baudelaire

Además, también aquí parece cumplirse la vieja sentencia, de la que Baudelaire dejó constancia en una carta a su madre: nadie es profeta en su tierra. Si ya los contemporáneos tienden a mostrar indiferencia ante la obra, imagínense los familiares y amigos que conocen, o creen conocer, demasiado a su autor como para tomarse en serio las cosas que escribe. Que sean otros quienes juzguen esa obra. Al menos tienen la ventaja de no conocer a su autor.

Uno de los escritores que sobrellevó con más pesadumbre la indiferencia de su padre ante los pocos libros que publicó en vida fue Franz Kafka. En la Carta al padre le reprochó la “aversión” que mostraba hacia su labor literaria y todo lo relacionado con ésta. Su vanidad y amor propio se resentían ante la fría acogida que Hermann Kafka, propietario en Praga de una tienda de objetos de regalo, dispensaba a sus libros. En el momento en que Franz le llevaba en mano algún ejemplar, le respondía siempre de la misma manera: “¡Déjalo encima de la mesilla de noche!”, mientras seguía jugando a las cartas.

Los padres de Kafka con una de sus hijas, su yerno y el nieto

Los padres de Kafka con una de sus hijas, su yerno y el nieto

En la carta que nunca le envió, Franz confiesa que prefería esta reacción del padre “no sólo por malicia o rebeldía, no sólo porque me alegraba ver confirmado una vez más lo que yo pensaba sobre nuestra relación, sino también porque esa fórmula me sonaba a una especie de: “¡Ahora eres libre!””. Era un engaño, por supuesto, “no era libre o, en el caso más favorable, todavía no lo era”. Todo lo que él escribía trataba precisamente de la conflictiva relación con su padre, por lo que sólo se lamentaba en sus libros “de lo que no podía lamentarse reclinado en su pecho”.

La escritura era la única puerta abierta que encontró Kafka al callejón sin salida de su impotencia para comprender la ley por la que se rige la mayoría de los humanos, y que desde su punto de vista su padre encarnaba con rigurosa fidelidad. También era la única forma de dialogar con él, aunque éste no se diese por aludido y, haciendo caso omiso al ruego del hijo para que prestase atención a sus palabras dolientes, las relegara a la mesilla de noche, donde esperaban en vano, como el desdichado campesino de la parábola Ante la ley aguarda inútilmente a que el vigilante le abra la puerta que conduce a ella.

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Franz Kafka

La relación de Arthur Schopenhauer con su madre Johanna Trosiener nunca fue buena. Dotados de temperamentos parecidos, los dos chocaban. A ella le desagradaban la visión pesimista, la soberbia y los modales bruscos de su vástago. Él le reprochaba su egoísmo. Discutían a menudo. Por fin sellaron su ruptura en 1814, cuando el filósofo contaba veinticinco años. Hasta 1831 no reanudaron la correspondencia, que continuó de forma esporádica.

Madre de dos hijos, Adele y Arthur, Johanna tenía treinta y nueve años cuando perdió a su marido, el acaudalado comerciante Heinrich Floris Schopenhauer, veinte años mayor que ella. La viuda era salonnière, amiga de celebridades literarias como Goethe, Wieland, los hermanos Schlegel o Tieck, y autora de libros de géneros variados: una biografía, diarios de viaje y novelas con las que se granjeó cierta fama en Alemania. Fue la primera mujer que firmó sus obras con su nombre verdadero, en contra de la costumbre de la época. Pero al final de su vida sus libros cayeron en el olvido.

Retrato de Johanna Schopenhauer

Retrato de Johanna Schopenhauer

En este caso un tanto singular la actividad intelectual que podría haber unido a la madre y al hijo se convirtió en un obstáculo. El estudio de la filosofía al que el joven Arthur se entregó con verdadera pasión y rigor y el oficio literario que Johanna practicaba con más entusiasmo que talento, al dictado de las modas de la época, se revelaron como dos nuevos motivos para azuzar la hostilidad que sentían el uno por el otro. En este caso, la mezcla del sentimiento con la común vertiente intelectual se tradujo en un desasosiego análogo al que sentía el hijo escritor ante la indiferencia que manifestaba su padre por sus libros.

La antipatía que se profesaban madre e hijo derivó en enemistad cuando ambos coincidieron en Weimar, en noviembre de 1813, ciudad en la que residía Johanna y en la que el filósofo permaneció todo el invierno. El conflicto hasta entonces más o menos sostenido estalló el día en que éste le mostró a la madre un ejemplar de su tesis doctoral, titulada Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, de la que había mandado imprimir a su costa una tirada de quinientos ejemplares.

Ante semejante título, Johanna le preguntó si se trataba de un escrito para farmacéuticos. Arthur le replicó que era una obra filosófica que seguiría leyéndose cuando de los libros que ella escribía no se encontrase ni un solo ejemplar en ningún trastero. La madre no se mordió la lengua: “Sí, pero de tu libro se encontrará aún la primera edición entera”. Johanna no vivió lo suficiente como para conocer el éxito tardío de su hijo, del que al menos disfrutó los últimos años de su vida.

Retrato juvenil de Arthur Schopenhauer

Retrato juvenil de Arthur Schopenhauer

Gustave Flaubert y Guy de Maupassant no tenían ningún parentesco, pero mantuvieron siempre una fructífera relación paterno-filial. Incluso hubo un tiempo en que circuló el rumor de que Guy era hijo ilegítimo del soltero Gustave. Después de múltiples averiguaciones, se concluyó que no se trataba más que de un bulo. En su juventud, Flaubert fue amigo de la madre de Maupassant, Laure Le Poittevin. En las familias de ambos se barajó la posibilidad del matrimonio. Además, el autor de Madame Bovary también mantuvo una estrecha amistad con el hermano de Laure, el poeta Alfred Le Poittevin, quien murió con sólo treinta y dos años. Posteriormente, Flaubert confesó que era el hombre que más había querido en el mundo.

Laure se casó con Gustave de Maupassant, el padre de Guy. El matrimonio fue un fiasco, lo que sin duda contribuyó a alimentar el rumor sobre las supuestas relaciones secretas del otro Gustave, el escritor, con la vieja amiga y ahora esposa frustrada.

Desde su adolescencia, Flaubert trató a Guy como si fuera su hijo, además de discípulo. Éste asumió de buen grado semejante papel: detestaba a su padre legítimo. A los siete años del fallecimiento del maestro, Maupassant contó que en las primeras visitas que le hacía a su casa le llevaba algunos trabajos para que se los leyera y corrigiera. Pronto Flaubert se percató del talento del joven, aconsejándole que continuara trabajando. Trabajó y volvió con frecuencia a su casa. Entonces empezó a llamarlo discípulo y a tratarlo como tal.

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert

La primera de las enseñanzas del maestro, que Maupassant no olvidaría jamás, era que la originalidad consiste en hacer que cada objeto que se describa no se parezca a ninguno de su especie, que sea único. Sólo se necesita observar largo tiempo el objeto en cuestión, hasta que se aprecien en él los rasgos que lo singularizan.

“Cuando pasáis –le decía Flaubert- ante un abacero sentado a la puerta de su tienda, ante un portero que fuma su pipa, ante una parada de coches de alquiler, mostradme a ese abacero y a ese portero, su actitud, toda su apariencia física indicada por medio de la maña de la imagen, toda su naturaleza moral, de manera que no los confunda con ningún otro abacero o ningún otro portero”.

Cuatro meses antes de la muerte de Flaubert, en mayo de 1880, Maupassant tuvo la oportunidad de que al fin éste elogiara un trabajo suyo sin la menor reticencia. Se trataba del relato largo Bola de Sebo (“Boule de Suif”), una auténtica obra maestra que a los treinta años lo consagró como cuentista y que la crítica y las sucesivas generaciones de lectores han considerado como una de las cimas del género.

Guy de Maupasannt fotografiado por Nadar

Guy de Maupassant fotografiado por Nadar

La dedicatoria que Guy escribió en el ejemplar del libro era a su vez un reconocimiento filial del discípulo al maestro-padre:

“A Gustave Flaubert, al ilustre y paternal amigo al que quiero con toda mi ternura, al irreprochable maestro que admiro entre todos”.

Aquella dedicatoria removió viejos recuerdos en el novelista que cuatro meses después moría en su casa de Croisset. En cuanto recibió la triste noticia, Maupassant viajó a la pequeña localidad normanda para hacerse cargo de las honras fúnebres, como habría hecho un hijo con su padre.

En la admirable relación de Flaubert con Maupassant el sentimiento armonizó con la literatura, confirmando además la vieja verdad apuntada por Baudelaire: que el escritor no suele ser profeta ni en su familia.

Bartleby, Akaki y otros copistas originales

junio 28, 2016

Las sucesivas innovaciones tecnológicas acabaron con el viejísimo oficio de copista, amanuense, escribiente, escriba o escribano, que son los sinónimos con los que también se lo designaba. Pero la literatura se encargó de inmortalizarlo en dos personajes que seguramente les resultarán familiares a numerosos lectores: Bartleby y Akaki Akákievich. El nombre del primero encabeza el título del relato Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, en el que el jefe del copista, un abogado de nombre desconocido y entrado en los sesenta, narra su extraña y triste historia. Publicado en 1853 anónimamente, pasó desapercibido para los lectores y los críticos.

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Viejo castigo para un crimen nuevo

junio 14, 2016

150 aniversario de Crimen y castigo

Este año se cumplen ciento cincuenta años de una de las novelas más fascinantes y probablemente también más leídas de la historia moderna de la literatura. En enero de 1866 la revista literaria “El mensajero ruso” publicaba la primera entrega de Crimen y castigo. Fiódor Dostoyevski, que entonces tenía cuarenta y cuatro años, concibió la trama de la novela en la ciudad alemana de Wiesbaden, después de perder mucho dinero jugando a la ruleta y de acudir a una prestamista para empeñar un objeto apreciado por el que la mujer le pagó la tercera parte de su valor. Esperaba que la publicación periódica de la novela le reportase el suficiente dinero como para saldar sus deudas. Pero los catorce mil rublos que ganó con ella se esfumaron pronto por el hostigamiento de los acreedores. Hasta el final de sus días vivió acosado por la miseria y las deudas que acumulaba.

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Leer para vivir, aunque parezca lo contrario

mayo 31, 2016

George Steiner ha advertido del riesgo de que el escritor, y el artista en general, se entreguen a su obra con tal ensimismamiento que se abstraigan por completo del mundo real, permaneciendo insensibles al dolor ajeno que gime tras la puerta de su estudio pero compartiendo el que sufren sus personajes. Flaubert vomitó después de describir los vómitos de sangre que sacudieron a Emma Bovary tras ingerir el arsénico que habría de matarla unas horas después y Balzac lloró la muerte de la duquesa de Langeais ante la perplejidad del amigo que acaba de visitarle y que no conocía a ninguna mujer en París con semejante título nobiliario. Steiner ilustra su advertencia con una cita de Coleridge: “La poesía estimula en nosotros sentimientos artificiales; nos hace insensibles a los verdaderos”.

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Edipo en el Capitolio de Roma

mayo 17, 2016

La conmemoración del cuarto centenario de la muerte de William Shakespeare constituye un buen pretexto para releer algunas de sus obras que cuatro siglos después nos siguen planteando interrogantes cuyas respuestas no hacen más que sugerir nuevas preguntas. El universo shakespeariano es como un tapiz en el que las figuras y las escenas aparecen representadas con una primorosa economía de medios. Sin embargo, el reverso de ese tapiz está formado por un amasijo de hilos ante cuya desconcertante visión sólo cabe preguntarse cómo es posible que de semejante laberinto resulte una obra tan perfecta.

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¿Por qué tantos quieren escribir si es tan difícil?

mayo 3, 2016

¿Por qué si escribir es tan difícil, como decía Thomas Mann, hay tantos aspirantes a la escritura? No hay una respuesta única para esta pregunta, pero una de ellas, quizá la más elemental, es que se empieza escribiendo porque se ha leído, poco o mucho, bien, regular y hasta mal. Se trata de una reacción inédita en otras artes, que no pueden ejercitarse sin el conocimiento y el dominio de unas destrezas básicas. Esa ignorancia obliga a conformarse con admirar la obra y disfrutar de su belleza.

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Lengua zarrapastrosa

abril 12, 2016

El director del Instituto Cervantes y antiguo director de la Real Academia Española de la Lengua, Víctor García de la Concha, afirmaba no hace mucho que en España se habla “un español zarrapastroso”. “Hay una gran dejación en la forma de hablar, estamos en un momento más bien zarrapastroso”. Añadía que no se trataba de proponer el uso de expresiones cursis o relamidas, sino de corrección normal.

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