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Hannah Arendt rememora viejas poesías tras un accidente de coche en Nueva York

junio 20, 2017

El 19 de marzo de 1962 el taxi en el que viajaba Hannah Arendt por el distrito neoyorkino de Manhattan fue arrollado por un camión a su paso por el Central Park. En los primeros instantes que siguieron al impacto del automóvil lo primero que hizo fue comprobar que no se había quedado paralítica y podía ver con los dos ojos. Luego probó su memoria, con mucho cuidado. “Década por década, poesía, griego, alemán, inglés y número de teléfono. Todo funcionaba”. Arendt tenía entonces 55 de edad.

Así se lo contó a su amiga Mary McCarty en la carta fechada el 4 de abril. Aquel día ya se encontraba en casa, con el aspecto de “una mala copia de Picasso”. Había regresado del Roosevelt Hospital, donde le dieron el alta el día 30 de marzo. Las nueve costillas rotas le molestaban un poco, no sentía dolor alguno en la cabeza y el lunes el dentista le reparó todo lo que había sido dañado en el accidente.

Hannah Arendt

En ese momento crucial en la vida de cualquier persona, en el que toma conciencia de haber escapado de la muerte por pura chiripa, lo primero que le vino a la mente fue alguna poesía en alemán o en griego que seguramente aprendió de memoria en la adolescencia. Dos años después del accidente, en la entrevista que le hizo Günter Gaus para la televisión alemana, le confesó que siempre había amado la poesía griega y que la poesía en general había tenido una gran presencia en su vida. A los catorce años ya leía esta lengua clásica, por lo que es probable que por entonces hubiese memorizado poemas escritos en griego.

Cuando Gaus le preguntó qué quedaba de la Europa prehitleriana y qué se había perdido, le respondió que no la añoraba en absoluto y que lo único que quedaba era la lengua materna, el alemán, incluso en el momento más amargo (“Me dije a mí misma: ¿qué puede hacerse? No fue el alemán el que enloqueció”). Siempre mantuvo distancias tanto con respecto al francés, que llegó a hablar muy bien, como con respecto al inglés, en el que escribía. “Hay una diferencia abismal entre tu lengua materna y todas las demás”. Prueba de ello es que se supiera de memoria una buena parte de la poesía alemana.

“Son poemas que se mueven siempre, de algún modo, en el fondo de mi cabeza –in the back of my mind-“. Y esto naturalmente es irrepetible”.

También en aquellos instantes de confusión que siguieron al accidente en el taxi, tuvo que removerse en el cuarto de atrás de su mente alguno de esos poemas que quizá no visitaba desde hacía años.

Fotografía de la entrevista televisiva que Günter Gaus le hizo a Hannah Arendt en 1964

Se trata de esa clase de recuerdos de los que no nos acordamos nunca y que ni siquiera sabemos que guardamos en el sótano de la memoria hasta que afloran en una circunstancia insólita, en los márgenes de la cotidianidad. A menudo son recuerdos como los poemas que Hannah Arendt rememoró en el taxi accidentado: una canción, un estribillo, una cita, un proverbio, una poesía que aprendimos en la infancia, en el hogar, de boca de la madre, o en el colegio, en la clase de literatura. Como reza un viejo refrán: “Lo que se aprende con las babas no se olvida con las barbas”.

Parece como si en unos momentos tan cruciales la memoria auditiva se afinase bajo los efectos del terremoto que sacude al sistema nervioso, capturando al instante el eco de las palabras que desde tiempos lejanos enmudecían en un rincón del cerebro. Son palabras vivas, aunque se encuentren aletargadas y nunca nos acordemos de ellas, apremiados por los requerimientos del presente.

Hasta que ellas se acuerdan de nosotros en las situaciones de peligro  y acuden generosamente en nuestro auxilio para recordarnos que estamos aún vivos, como le sucedió a Hannah Arendt en aquel fatídico taxi. Es como si de esa manera quisieran agradecernos el que las acogiésemos con los brazos abiertos cuando en los primeros años de la vida llamaron a nuestra puerta. Al contrario que nosotros, no olvidan jamás el cálido recibimiento que les dispensamos, por lo que aguardan la ocasión propicia para pagarnos su deuda de amor.

“Mnemósine”, por Dante Gabriel Rossetti

Sólo aquello que aprendimos en las primeras etapas de la vida, sin utilidad alguna, por puro juego, por capricho, porque nos sonaba bien al oído y sentíamos un placer secreto en recitar, sólo eso perdura en la memoria mientras, a espaldas de nuestra voluntad, espera el momento oportuno para volver y salir a la luz, para revelarse. Mnemósine, la diosa de la memoria, no tiene prisa. Su noción del tiempo es muy distinta de la nuestra. Para ella los años son como para nosotros los días. El tiempo no hace mella en los tesoros que custodia con celo.

Hermann Hesse comentó que la escuela de los años ochenta del siglo XIX en la que estudió no se ocupaba de esas disciplinas serias que se consideran imprescindibles para la vida, sino principalmente “de entretenimientos bonitos y divertidos”. Algunas de las cosas que aprendió entonces le fueron fieles toda su vida. Así, sabía

“muchas palabras, frases y versos hermosos y chistosos del latín, y también el número de habitantes de muchas ciudades de todos los continentes, naturalmente no con la cifra actual, sino la de los años ochenta”.

Hermann Hesse

En cambio, muchos de los conocimientos que presumían de útiles, y cuyo aprendizaje era imprescindible para aprobar los exámenes, se esfumaron pronto de la memoria, se disiparon por el sumidero del Tiempo, sin posibilidad alguna de retorno. Simplemente, cumplieron el mediocre cometido que se les encomendó: ser desembuchados. Esos conocimientos prácticos que se aprenden con alguna finalidad, como aprobar un examen o aumentar la nota, rara vez dejan una huella duradera en la memoria. Es lo que en la jerga estudiantil se conoce con el verbo “empollar”, o sea, memorizar un texto mecánicamente, por obligación, deseando olvidarlo cuanto antes, rumiarlo, como Kafka decía en la Carta al padre que aprendía las lecciones de Derecho cuando cursaba la carrera en la Universidad de Praga:

“Durante los pocos meses que precedían a los exámenes, con un notable desgaste nervioso, mi espíritu se alimentaba literalmente de serrín que, por añadidura, habrían masticado mil bocas antes que yo”.

franz-kafka

Franz Kafka, en 1904, cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Praga

Como consecuencia de esta tergiversación del sentido de la memoria, siempre tan receptiva en el periodo de aprendizaje estudiantil, durante años se consideró que memorizar en la escuela equivalía a matar la curiosidad. Asfixiaba el aprendizaje razonado y el análisis crítico al promover la asimilación automática de conocimientos, como si éstos fuesen cosas y no algo con vida propia. Desde este limitado punto de vista, memoria era sinónimo de conservación de un conocimiento muerto, no deseado.

En su memorable poema Recuerdo infantil, en el que se evoca “una tarde parda y fría” probablemente en la escuela polvorienta de algún pueblo perdido de Castilla de finales del siglo XIX, Antonio Machado dedica un estribillo al momento en que los estudiantes cantan  a coro la lección: “Y todo un coro infantil/ va cantando la lección:/mil veces ciento, cien mil, /mil veces mil, un millón”. ¿Cuál sería el futuro de esa lección cantada y vuelta a cantar en la memoria de aquellos niños? ¿La recordarían muchos años después, cuando ya no tenían necesidad de recordarla, como el poeta recordaba en su poema la lejana tarde escolar?

Lo curioso es que el propio poema alusivo a un recuerdo infantil reúne todas las características para que se lo memorice y cante, como seguramente recordarán los antiguos alumnos que tuvieron la oportunidad de leerlo y aprenderlo quién sabe si también en una escuela rural, en “una tarde parda y fría/ de invierno”, donde “los colegiales/ estudian. Monotonía/de la lluvia en los cristales”.

Antonio Machado

En la obra poética de Machado está muy presente la poesía de tradición oral. En Campos de Castilla (1912) dedicó incluso una sección a “proverbios y cantares”. Su padre Antonio Machado y Álvarez fue el primer folclorista español. Esta faceta machadiana tuvo un perspicaz continuador en Federico García Lorca, en cuya obra ocupa un lugar relevante el foclore de tradición oral. Poeta dotado con un agudo sentido para la música y una extraordinaria memoria auditiva, escribió numerosos poemas inspirados en la lírica y la música popular española y en el folclore infantil, armonizando incluso algunos de ellos.

En este enlace se puede escuchar la Nana de Sevilla, de su Colección de canciones populares españolas (1931), cantada por La Argentinita y acompañada al piano por el propio García Lorca:

En sus viajes por España, “cansado de catedrales y de piedras muertas, de paisajes con alma”, descubrió que, mientras una catedral

“permanece clavada en su época, dando una expresión continua del ayer al paisaje siempre movedizo, una canción salta de pronto de ese ayer a nuestro instante, viva y llena de latidos como una rana, incorporada al panorama como arbusto reciente, trayendo la luz viva de las horas viejas, gracias al soplo de la melodía”.

Federico García Lorca tocando el piano

Lorca se percató del inmenso caudal de memoria viva que latía aún en aquella España rural, mayoritariamente analfabeta, en la que sin embargo permanecía vivo el viejo legado de la tradición oral. Niños, hombres y mujeres de todas las edades y condición social se transmitían verbalmente ese bagaje, un Arca de Noé de la memoria poblado por un centón de piezas minúsculas y variadas que los especialistas catalogan de literatura popular: romances, jácaras, proverbios, consejas, dichos, refranes, adivinanzas, fábulas, poesías, baladas, leyendas, coplas, nanas, canciones, parábolas, historias bíblicas, cuentos de vieja, “patrañas”, como las que Juan de Timoneda recopiló en El patrañuelo (Valencia, 1567), villancicos, chaconas, los “pliegos de cordel” que vendían por los pueblos los ciegos y sus lazarillos, y rezos, como las letanías lauretanas, que durante siglos se salmodiaron en las iglesias cristianas. Unamuno decía que este rico caudal literario y oral era el “sedimento poético de los siglos” que rodaba “de boca en oído y de oído en boca”.

A pesar del auge imparable de la alfabetización, casi hasta el siglo XX la cultura libresca, aún minoritaria, convivió con la oralidad por la que se regía la mayoría de la población. Uno de los grandes aciertos de Cervantes en el Quijote fue compaginar armoniosamente el universo libresco, encarnado por Don Quijote y los lectores que desfilan por la novela, con la tradición oral, personificada por el analfabeto Sancho Panza, ese saco de refranes que, ante la perplejidad de su amo, soltaba a troche y moche, no siempre con la debida oportunidad.

(Versión de la chacona “A la vida bona”, de Juan Arañés, por La Capella Reial de Catalunya- Hespèrion XXI. Pueden leer la letra de la canción si pulsan en “Mostrar más”).

Intrigado por su habilidad para sacar a colación algún refrán a cuento de cualquier circunstancia, Don Quijote le pregunta cómo se las ingenia para ensartarlos, cuando él  para decir un solo refrán sudaba y trabajaba “como si cavase”. Pero Sancho le ruega que “no se pudra” de que él “se sirva de su hacienda”, puesto que “no tiene ninguna otra, ni otro caudal alguno”.

Al igual que García Lorca, James Joyce tenía un oído privilegiado no sólo para la música por la que sentía algo más que afición –al igual que su padre, era un tenor brillante-, sino también para memorizar poesías, canciones y baladas, de las que dejó numerosos rastros en sus novelas y en los quince relatos de Dublineses. En Retrato del artista adolescente (1916) plasmó recuerdos de su infancia y adolescencia en un ambiente familiar y escolar dominado por la religión católica en la que se educó. Pero también otra clase de recuerdos, quizá menos llamativos, y que habrían de resultar determinantes en el destino de su obra literaria al menos tanto como los otros: los que conservaba de la variedad de palabras y textos que oyó y leyó en su etapa de formación.

Retrato del artista adolescente comienza con el recuerdo de los “buenos tiempos” de la infancia del héroe de la novela, el adolescente Stephen Dedalus, cuando su padre le contaba un cuento en el que había una niña que vendía trenzas de azúcar y limón y cantaba canciones, las que el narrador transcribe como si él mismo fuese el propio Stephen.

James Joyce en 1915

En las primeras páginas de la novela se recuerdan pequeños poemas, rezos y cancioncillas infantiles, alguna con imágenes de una crueldad que en estos tiempos tan pacatos en las formas y tan crueles como siempre, los pedagogos tacharían de impropias, como aquella en la que al niño Stephen se le obligaba a pedir perdón por esconderse debajo de la mesa y su tía, una católica muy devota, le decía, recitando un poema anónimo, que de lo contrario vendrían las águilas y le sacarían los ojos.

Stephen se muestra maravillado con las frases de un libro de lectura que “eran como versos, sólo que eran únicamente frases para aprender a deletrear: “Wolsey murió en la Abadía de Leicester/ donde los abades le enterraron./ Cancro es una enfermedad de plantas; cáncer, una de animales”. En esta curiosidad por el lenguaje oral y escrito se agazapaba el artista que sembró sus obras posteriores de los recuerdos verbales de diverso género que guardaba en su portentosa memoria. El novelista del tiempo presente, que en Ulises describió minuciosamente el itinerario mental de un ciudadano medio de Dublín en una sola jornada, inundó sus obras de palabras escritas y orales rescatadas del pasado.

Portada de la primera edición inglesa de “Retrato del artista adolescente”

La presencia de la memoria textual en la obra de Joyce contrasta con el espacio limitado que Marcel Proust, el novelista del tiempo pasado, le reservó en su gran novela. La memoria proustiana se concentra principalmente en las sensaciones captadas por los sentidos: el gusto, olfato y el oído musical familiarizado con la melodía culta, no popular.

No obstante, el Narrador muestra curiosidad por el lenguaje “incorrecto” de la vieja Francia, rural y católica, encarnada por la criada Françoise, natural del pueblo normando de Combray, donde sirvió para la tía del Narrador hasta que a la muerte de ésta pasó a servir para la refinada familia de éste, residente en París. En las distorsiones en las que incurría la mujer al pronunciar determinadas palabras que sólo conocía de oídas, puesto que era analfabeta, el Narrador veía “el genio vivito y coleando, el porvenir y el pasado de la lengua francesa”. Una curiosidad análoga muestra por la forma de expresarse de la duquesa de Guermantes, en la que adivinaba reminiscencias de sus remotos orígenes rurales y una resistencia innata a la evolución.

Alguien tan poco sospechoso de fomentar una enseñanza rutinaria, como Bertrand Russell, pensaba que no se podían conseguir buenos resultados en la escuela sin aprender de memoria. Creía que se equivocaban los educadores que prescindían de ella, no en cuanto su utilidad para desarrollarla, sino por lo que respecta a sus efectos “en el lenguaje bello de la palabra hablada y escrita”. Aprender textos de memoria favorecería un “conocimiento íntimo de la buena literatura” y, por tanto, un hábito de pensamiento encaminado a recuperar “los primitivos impulsos estéticos”.

Bertrand Russell

Para ello recomendaba evitar el aprendizaje de fragmentos estereotipados, haciendo que lo aprendido de memoria se asocie con la representación, “porque entonces no es más que un medio para conseguir algo que encanta al niño”. Russell argumentaba a favor de su propuesta que a partir de los tres años a los niños les seduce representar algo y lo hacen espontáneamente. Recordaba el placer exquisito con el que él mismo representó la escena de Julio César, de Shakespeare, en la que Bruto y Casio mantienen una disputa, declamando:

“Preferiría ser un perro que ladra a la Luna, a ser un romano despreciable como tú”.

La advertencia de Russell a los educadores que prescindían de la memoria en la enseñanza escolar en nombre del pomposo utilitarismo que en estos tiempos sigue en sus trece, era un indicio del declive de la memoria con el que estamos familiarizados desde hace muchos años. En la cultura impresa el debilitamiento de la memoria textual se agudizó con la pérdida del monopolio ejercido por la escritura desde la invención de la imprenta. El auge de la imagen y el acceso masivo a los medios audiovisuales han relegado a la memoria a un papel secundario no sólo en los centros de enseñanza sino en la vida social.

Cayo Casio (a la izquierda) y Marco Bruto en la película “Julio César”, interpretados respectivamente por John Gielgud y James Mason

La incesante cascada de novedades segregada por los canales informativos resulta demasiado tentadora como para ocuparse de retener conocimientos a los que, gracias a las tecnologías, se accede fácilmente. Ante la posibilidad de almacenar todo tipo de textos, imágenes incluidas, en archivos y contenedores digitales, ya no es necesario memorizar nada mientras se satisface la avidez de novedades, por efímeras que sean muchas de ellas. Dicho con otras palabras, mejor consumir conocimientos nuevos que memorizar conocimientos inútiles como aquellos a los que aludía Hermann Hesse. Para eso está la memoria del disco duro del ordenador.

Si los conocimientos nuevos son cada vez más efímeros, tampoco tiene sentido conservarlos y menos aún transmitirlos. En el nuevo escenario los herederos potenciales no heredarán nada. Ellos mismos se encargarán de producir cosas nuevas y de consumirlas, hasta que surjan otras que las superen para sustituirlas por otras. Tampoco transmitirán nada porque no tendrán nada que transmitir. Conservar para transmitir pertenece al pasado, a los tiempos sólidos, cuando las cosas duraban, merecía la pena conservarlas y se legaban a los descendientes.

George Steiner

Tras recordar que para la filosofía y la estética antiguas, la madre de las musas era la memoria, George Steiner sostiene que la cultura libresca ha debilitado el arte mnemónico. “La educación moderna se asemeja cada más a una amnesia institucionalizada”, al aligerar el espíritu del niño “de todo peso de referencia vivida”, de tal manera que se sustituye el saber de memoria, “que es también un saber de corazón”, por “un caleidoscopio transitorio de saberes siempre efímeros”.

No amamos verdaderamente todo lo que no aprendamos y no sepamos de memoria, dentro de los límites de nuestras facultades. “Saber de memoria supone tomar posesión de algo, ser poseídos por el contenido del saber del que se trata”. Esto significa que “se autoriza al mito, a la oración, al poema a que vengan a injertarse y a florecer en nuestro propio interior, enriqueciendo y modificando nuestro paisaje interior”.

Con respecto a la literatura o la música, memorizar “es dar una primera respuesta”, añade Steiner.

“Es comenzar a aprehender lo que los antiguos pensadores y poetas querían decir cuando proclamaban que la Memoria era la madre de las Musas. Aprender de memoria es filología en acción. O, dicho de otro modo, debe leerse a los clásicos lápiz en mano”.

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Adiós a la literatura mazacote

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