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El marido, la mujer, el arcipreste y las malas lenguas (I)

octubre 17, 2017

“El marido, la mujer y el cura: este es el verdadero ménage à trois”. Jules Renard

El pasado no sirve solamente para que se lo recuerde; también para que se lo tergiverse. Los hay que, en contra de la verdad de los hechos, lo manipulan con el fin de supeditarlo a los intereses que persiguen en el presente. Son los Procustos de la memoria: el pasado ha de ajustarse a su peculiar visión de la realidad. Más sutiles, otros prefieren seleccionar cuidadosamente sus recuerdos para enlazarlos con su interpretación del presente y así justificarlo si es preciso. Siempre encontrarán en los recuerdos que alimentan de su pasado un chivo expiatorio y una justificación para abstenerse de cambiar. Buena parte de las profecías autocumplidas tienen su origen en esta falacia. Así es como el pasado se erige en el dictador de la posteridad y en el carcelero del presente con el que se lo relaciona.

Habría que preguntarse hasta qué punto estamos condicionados más que por el pasado, por el recuerdo que conservamos de él. ¿Somos lo que somos, y aun lo que lleguemos a ser, por la pervivencia en la memoria de esos recuerdos selectivos? Entonces, ¿qué papel desempeña la libertad si dejamos que éstos determinen el rumbo de nuestras decisiones? ¿No será que, al permitir que los recuerdos intencionadamente seleccionados y edulcorados nos señalen ese rumbo, eludimos la responsabilidad ante algún episodio que exige de nosotros una decisión comprometedora que nos negamos a adoptar ya sea para preservar el statu quo en el que nos sentimos cómodos, por engañoso que resulte, o para culpar al pasado de las frustraciones actuales?

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Portada de la edición de “La vida de Lazarillo de Tormes” de Medina del Campo (1554), impresa por Mateo y Francisco del Canto

Hace casi cinco siglos, alrededor de 1550, una novela de apariencia simple -una “nonada”, como la definió su autor anónimo-, pero fascinante por tantos motivos, planteó tangencialmente esta cuestión. Por entonces ni siquiera existía el concepto de novela tal como la conocemos, pero el relato autobiográfico de un hombre marginado y solitario, que lucha por hacerse un hueco en una sociedad rígidamente estratificada, ensanchó las posibilidades creadoras de la ficción más allá de la tradicional historia narrada por un cronista en torno a un personaje principal.

En Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, el joven Lázaro González Pérez escribe una carta en respuesta a la petición de “Vuestra Merced” destinada a despejar las murmuraciones de las “malas lenguas” que lo señalan como cornudo. Es lo que en la carta se menciona con el nombre de “caso”. Sólo que el tercero en discordia es nada menos que el arcipreste de la iglesia de San Salvador de Toledo, nuevo amo de Lázaro.

Ilustración que representa al arcipreste entre Lázaro y su mujer

Según los rumores que circulan por la ciudad, el clérigo estaría amancebado con su criada, esposa de Lázaro, con la que se ha preocupado de casarlo, como reconoce éste, soslayando cualquier explicación en un narrador tan escrupuloso en los detalles. En cuanto a la identidad de “Vuestra Merced”, probablemente se trata de un hombre con cierta autoridad, a cuyo servicio está el arcipreste, aunque también se le considere amigo suyo, según precisa el propio Lázaro en la carta.

El relato en primera persona redactado por un pobre diablo, pero inteligente, observador y astuto, que por su condición de criado ha tratado a nueve amos de diverso pelaje, era un pretexto eficaz para ofrecer una descripción implacable de la sociedad de la época y de sus lacras. El autor aprovechó la confesión autobiográfica de Lázaro  para denunciar la corrupción de la casta clerical y los abusos que se cometieron en la concesión de indulgencias y la venta de bulas a los fieles. Precisamente la revuelta luterana estalló por el escándalo de las bulas. Todo ello narrado en un lenguaje directo, con los eufemismos en clave sexual y religiosa que se estilaban bajo la mirada escrutadora de la Inquisición, que prohibió el libro en 1559, hasta que en 1573 se autorizó una edición expurgada, conocida como El Lazarillo castigado.

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Portada de una edición del “Lazarillo de Tormes castigado”

El autor de la novela, anónimo como ese “Vuestra Merced” al que Lázaro escribe la carta, juega con la ilusión de que, tratándose de un documento privado, lo leerá no sólo su destinatario sino los lectores de la obra, que, al compartir la confesión de Lázaro, se convierten también en testigos de ésta. Y en jueces.

Las investigaciones para averiguar la identidad del autor apuntan en dos sentidos: que fuese un judeoconverso o un intelectual próximo al grupo de erasmistas, impulsor de una reforma en las costumbres del clero y de una religión anclada en el ritualismo. En 1526 se tradujo al español el Enchiridon militiis Christiani de Erasmo con el título de Manual del caballero cristiano. En cualquier caso, parece que fue alguien que, por su condición o circunstancia, percibía la realidad desde fuera, como un extraño, o que estaba con un pie dentro y otro fuera de ella.

Retrato del humanista Erasmo de Rotterdam, por Hans Holbein

Hijo de la aldeana Antona Pérez que, al enviudar de Tomé González, un molinero al que en cierta ocasión se acusó de ladrón, ejerció la prostitución hasta que se unió al negro Zaide, un mozo de caballos, con quien tuvo un hijo mulato, Lázaro describe los hechos sin hacer concesiones al sentimentalismo, a sabiendas del terreno escurridizo que  pisa. Los casi cinco siglos que nos separan de este personaje ficticio y del “grosero estilo” en que redacta su autobiografía, no han hecho mella en su vivacidad. Lázaro de Tormes es para nosotros mucho más que un personaje ficticio. Es nuestro hermano, con sus virtudes y defectos, sus fortalezas y sus debilidades.

El héroe de la novela moderna nace con esta “nonada” de libro en el que leemos los pormenores de la lucha por la supervivencia emprendida desde su misma niñez por un hijo de la nada -al contrario que el hidalgo, hijo de algo-, nacido a orillas del río Tormes a su paso por una aldehuela próxima a Salamanca. A partir de Lazarillo de Tormes el protagonista de la novela ya no será un héroe de noble cuna que con su valeroso brazo se propone defender a los desfavorecidos, sino precisamente uno de estos últimos, un hombrecillo de baja cuna, un desheredado, víctima de la injusticia y de la desigualdad social, que ha de valerse por sí mismo, con los precarios recursos de que dispone, en su intentos por escapar de la miseria y la marginación.

Será este joven antihéroe, el último de entre los últimos, como el paupérrimo Lázaro del Evangelio, el que mate al idealizado héroe medieval, perteneciente a una casta de guerreros al servicio del rey, y que, fiel a un código de honor, combate las injusticias, protegiendo a los indefensos. Un crimen edípico con el que el hijo desamparado parece como si se hubiese resarcido de la inutilidad demostrada por el caballero paternal que, pese a su fama de benefactor, no hizo acto de presencia cuando más lo había necesitado aquel niño huérfano y maltratado por unos amos crueles. En este sentido, El Lazarillo de Tormes se anticipó al Quijote. Cervantes se habría limitado a sepultar al difunto.

El pobre Lázaro a la puerta del rico (entre 1886 y 1894), obra de James Tissot que se conserva en el Museo Brooklyn

Ante tan escandalosa abstención, el indefenso no tuvo más remedio que optar por la autodefensa, confiando en sus propias fuerzas, tenacidad e ingenio para salir del desamparo e incorporarse a la sociedad como uno más, con vistas a un deseado ascenso en la escala social. Debieron de ser muchos los lectores que por primera vez se sentían identificados con semejante personaje, como si hablara y pensara por ellos.

El Lazarillo de Tormes presagia el declive del feudalismo y el advenimiento de una sociedad en la que el individuo, arrojado al mundo sin más recursos que su instinto de supervivencia, puede fantasear con la idea de hacerse a sí mismo, sin vivir sometido al yugo de nadie, como quizá soñaba Lázaro de Tormes mientras escribía la carta a Vuestra Merced, aunque sus deseos se estrellen contra la realidad. Por pragmático que resultara el propósito de “arrimarse a los buenos”, obedeciendo el consejo que le dio su madre si quería medrar en una sociedad dominada por el parasitismo y el cultivo de las apariencias, Lázaro continúa encadenado a la vieja servidumbre y a una concepción feudal de la vida.

“La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades”. Burgos, Juan de Junta, 1554

Pero todavía hay un matiz que separa a la épica caballeresca del “grosero estilo” lazarillesco: así como al caballero andante de los libros de caballerías un cronista le escribe sus hazañas para inmortalizar su nombre y erigirlo en ejemplo para aquellos de su mismo estatus que quieran imitarlo, el pobre Lázaro tiene que escribirse su propia vida nada menos que para rendir cuentas de un escabroso asunto privado que amenaza con manchar su nombre y obstaculizar su acceso a uno de los puestos más humildes del escalafón cortesano.

En cuanto al papel de la religión, si el caballero medieval se presentaba como un devoto cristiano, mitad monje y mitad soldado, para Lázaro el catolicismo no es más que una máscara bajo cuyo ritualismo se agazapan la falsedad, el cinismo, la avaricia, el latrocinio y la blasfemia. Ni rastro de caridad o temor de Dios. Las nefastas actitudes que vio en sus amos le bastaron para formarse esta opinión que sólo por instinto de supervivencia se cuida de expresar, aunque el lector la deduzca del relato de su historia.

En el momento en que redacta la carta, Lazarillo de Tormes, el nombre por el que es conocido y con el que él mismo se identifica, trabaja como eficiente pregonero de vinos -los vinos del arcipreste- y de subastas. Además, acompaña “a los que padescen persecuciones por justicia” y “declara a voces sus delictos”. Se trata de un oficio “real”, cortesano,  que para él supone un ascenso si se tienen en cuenta su baja extracción y las penalidades que padeció en la infancia, marcada por la servidumbre y el hambre. Reside con su esposa en “una casilla” contigua a la del arcipreste, donde sirve la mujer.

Grabado que representa a Lázaro de Tormes como pregonero de vinos

No obstante, el que Lázaro comience la carta relatando su vida, en vez de por “el caso”, como se le ha pedido, trasciende el mero pretexto. De hecho, la clave de la novela reside en esta decisión, como se deduce de la apostilla que hace al principio, dando a entender que se comprenderá mejor “el caso”, y particularmente su delicada posición, si empieza por el principio y no “por el medio”, a fin de ofrecer “entera noticia de su persona”. Entera y no solamente la que se pueda inferir del “caso”.

Quiere que el destinatario de la carta sepa quién es Lázaro de Tormes y por qué ha llegado a ser el que es (y no el que insinúan las malas lenguas), o sea, el resultado de todo cuanto ha visto y oído, de las adversidades que ha sufrido desde su nacimiento y también de todo lo que ha aprendido de los adultos que trató desde su infancia errante: la madre, el padre, el padrastro, el hermanastro mulato, los nueve amos a los que ha servido y su mujer.

Sin embargo, la entera noticia resulta ser una calculada selección de recuerdos concebida para hacerlos encajar en su versión del caso, persuadir a Vuestra Merced de la falsedad de las murmuraciones propaladas por las malas lenguas sobre la supuesta relación de su mujer con el arcipreste, el amo de ambos, y así limpiar su imagen de encubridor y beneficiario de ese supuesto adulterio aparentemente consentido por él.

“La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades”, nuevamente impresa, corregida, y de nuevo añadida en esta segunda impresión. Alcalá de Henares, Salcedo, 1554.

Como consecuencia de esta estrategia la carta se divide en dos partes: la historia de la infancia de Lazarillo contada por él mismo y su versión del caso, apenas una página al final de la carta-novela. El lector tendrá que establecer las conexiones soterradas entre ellas que el propio Lázaro deja entrever, leyendo atentamente su testimonio para que no se le escape ningún detalle. De esta manera, la primera parte -los recuerdos de su infancia seleccionados por Lázaro- hace de espejo en el que se mira la segunda, el relato del caso en el que, a modo de réplicas, están condensados los motivos esenciales de la autobiografía de Lazarillo.

Aún esgrime otra razón para empezar la carta por la historia de su ajetreada vida desde su nacimiento en el río Tormes: para que

“consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron a buen puerto”.

Se sobreentiende que él mismo se incluye en el segundo grupo, los desafortunados que, tras ímprobos esfuerzos y contrariedades, llegan a buen puerto. Un destino merecido para quien padeció una infancia desvalida, en la que tuvo que valerse por sí mismo, sin la ayuda de nadie y luchando contra todo tipo de adversidades, como criado de unos amos explotadores. Al igual que el Lázaro del Evangelio, él también resucitó, pero no milagrosamente sino por su empeño en valerse por sí mismo.

“El Lazarillo de Tormes” de Francisco de Goya (1808-1812

Que “Vuestra Merced” y los lectores de la carta lean primero el relato de esa infancia terrible y luego comprueben si aquel niño maltratado por la vida y la Fortuna, pero ansioso por medrar y vestir alguna vez el “hábito de hombre de bien” arribó o no a buen puerto. Lázaro confía en que, después de la lectura de ese relato, no dudarán de la feliz conclusión a la que él mismo ha llegado y que le lleva a subrayar que alcanzó “la cumbre de toda buena fortuna” cuando el “victorioso” emperador Carlos V celebró Cortes en Toledo, capital imperial.

La ironía reside en asociar la clase de cumbre alcanzada por el personaje -los réditos que obtiene por su humillante papel de cornudo y encubridor del adulterio de su mujer con el arcipreste- con un suceso histórico de esa naturaleza. Es como si Lázaro quisiera medirse con un emperador al que él es el primer interesado en juzgar como “victorioso” para garantizar la eficacia de la comparación. Pero tal para cual: si el éxito del pregonero resulta discutible, no lo es menos el cosechado por un Imperio zarandeado por derrotas externas y bancarrotas internas y sumido en un brutal proceso de unificación religiosa con tintes de guerra civil.

El Emperador Carlos V con el bastón, por Rubens

Al final de la carta el lector (y se sobreentiende que Vuestra Merced) podrá verificar el duro tributo que ha de pagar por su ascenso desde la miseria a la “cumbre de buena fortuna”. Quizá su conclusión se parezca más a la de Groucho Marx que a la de Lázaro:

“Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria”.

Como en todas las épocas y sociedades, medrar no sale gratis y el individuo con aspiraciones tiene que pasar por el aro de las normas establecidas, aunque para ello deba acallar su conciencia y olvidarse de su dignidad.

En la España de El Lazarillo el medro empezaba por la adquisición del “hábito de hombre de bien”, o sea, el cuidado de la apariencia externa, como la que proyectaba el amo escudero. Según le dijo éste a Lazarillo “hombres de bien” son los que “sienten las cosas de la honra”, la “negra honra” que lo atormentaba. Había que hacer creer a los demás que se era lo que se aparentaba ser.

Groucho Marx con su hermano Chico en “Una noche en la Ópera”

La constante exhibición de una identidad respetable requería del individuo una atención desmesurada  a su apariencia y a la parte más visible de sí mismo, en un intento por demostrar que esa identidad pública congeniaba con la privada,  mientras permanecía vigilante, a la espera de recibir el reconocimiento acorde con ella. Como todos los que albergaban alguna aspiración de ascenso social seguían este guión, todos se vigilaban unos a otros bajo un clima de sospecha. Al supeditar las perspectivas de ascenso a la opinión ajena y no a las cualidades personales, ser se convirtió en algo mucho más importante que hacer.

El historiador Antonio Domínguez Ortiz resumió la tensión que se palpaba en la sociedad española:

“El español, sobre todo el hidalgo, vivía en un estado de angustia y de excitabilidad que reflejaba su inseguridad interior. Le faltaba la tranquila certeza de su propio valor y, llevado por la corriente, concedía más valor a las apariencias que a los hechos”.

El historiador Antonio Domínguez Ortíz (1909-2003)

Medio siglo después de la publicación de El Lazarillo, Cervantes puso en boca de Don Quijote una idea contraria a ésa, cuando le dice a Sancho que “no es un hombre más que otro si no hace más que otro” porque la verdadera nobleza reside en la práctica de la virtud. En definitiva, que cada uno sea hijo de sus obras.

La sustitución del hacer por el ser representaba un salto hacia delante en el progreso humano. A partir de entonces la identidad no sería determinante en el destino de las personas sino las acciones que emanasen de su voluntad libre. Si algo hemos aprendido de este cambio es que cualquier retorno al esencialismo del ser, a la supremacía identitaria, en detrimento de las obras, constituye también una regresión moral.

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“Don Quijote y Sancho Panza”, grabado de Gustave Doré

Las expresiones “arrimarse a los buenos” u “hombre de bien” a las que alude Lázaro carecen del sentido ético que les damos nosotros. Entonces las palabras “bueno” y “bien” se asociaban a la máxima calificación del estatus social  que ocupaba el individuo. En Lazarillo de Tormes son “buenos” quienes ostentan algún poder y no escatiman medios para preservar su reputación.

Parece que el término ha sobrevivido en las expresiones “ser de buena familia” o “de familia bien”. Nada más lejos de esta acepción de la palabra “bueno” que la apuntada por Antonio Machado en su poema Retrato:

“Y, más que un hombre al uso que sabe de su doctrina/ soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Antonio Machado

Pero el astuto Lázaro procura lavar la imagen de pobre diablo que le ha tocado representar en la vida con el ascenso al puesto de pregonero de vinos –el vino siempre le trajo suerte, como le vaticinó su primer amo, ciego como el adivino Tiresias-, por más que las malas lenguas traten de manchar esa imagen pregonando su condición de cornudo y parásito-tapadera de aquél que le pone los cuernos. Ciertamente, no deja de ser una ironía del destino que quien se considera víctima de las malas lenguas se dedique a declarar “a voces” los delitos de “los que padescen persecuciones por justicia”.

Respecto al caso para el que se le solicitó la escritura de la carta, Lázaro le dedica apenas una página, a modo de epílogo, que enlaza con el relato del reciente encuentro con su último amo, el arcipreste de la iglesia de San Salvador de Toledo, quien, además de proporcionarle el puesto de pregonero de vinos, lo casó con su criada, una “buena hija y diligente y servicial”. Al contrario que los otros amos, de éste recibe “todo favor y ayuda”. Cada año le da “una carga de trigo, por las pascuas carne”, así como “el par de los bodigos y las calzas viejas que deja”. También les hizo alquilar una casilla junto a la suya. Los domingos y fiestas los dos comen en su casa.

Este panorama venturoso se ve ensombrecido sin embargo por las “malas lenguas”, cuyas murmuraciones han inducido a Vuestra Merced a pedirle explicaciones por escrito acerca del caso. Lazarillo de Tormes empieza reconociendo que éstas “dicen verdad”. Pero él sigue el consejo de su amo: que nunca medrará si se fía de ellas y no mire lo que “puedan decir” sino lo que le toca, o sea, “tu provecho”.

“El Lazarillo de Tormes”, por Luis Santamaría Pizarro

Lázaro le responde que él decidió arrimarse a los buenos, como le recomendó su madre al despedirse de él para arrojarlo en brazos de su primer amo. En el relato de su infancia precisa que ella misma se aplicó el cuento tras la muerte de su marido en la campaña contra los moros en Túnez, y de pronto se vio “sin abrigo”. De nuevo Lázaro proyecta sobre el caso un recuerdo extraído oportunamente de su pasado para justificar su papel de parásito de los “buenos” si quiere medrar.

Al insistir en que sus amigos le dijeron antes de casarse que la mujer había parido tres veces, ésta, que se encontraba delante, se echó a llorar y a soltar maldiciones “sobre quien conmigo la había casado”, el arcipreste. Entonces los dos hombres la calmaron y le dieron la razón. Desde ese incidente Lázaro decidió no mentarle jamás el asunto. “Y así quedamos todos tres bien conformes”.

Ahora está seguro de la bondad de su esposa. Cuando algún amigo le recuerda el asunto, le responde que no se lo vuelva a mentar, que no tiene por amigo al que le hace pesar. Y si le quieren malmeter con su mujer, replica que “es la cosa del mundo que yo más quiero, y la amo más que a mí”, llegando incluso a jurar sobre la hostia consagrada “que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo”. Más aún, quien diga otra cosa, “yo me mataré con él”. De esta manera, no le dicen nada y él tiene paz en su casa.

Cartel de la pelócula “Lázaro de Tormes” que en 2001 dirigió Fernando Fernán-Gómez

A propósito del juramento sobre la hostia consagrada de un hecho falso, el lector recordará que en el relato de su infancia Lazarillo adoró el pan que, después de muchas dificultades, logró hurtar del arca en el que el avariento amo clérigo guardaba los bodigos (los panecillos que utilizaban los sacerdotes para consagrarlos en la iglesia). El  juramento del adulto Lázaro sobre la hostia consagrada de un hecho falso no es más que una réplica de aquella irreverencia infantil rememorada en la carta.

La decisión de iniciar la misiva por la historia de su vida le exige al destinatario (y de paso al lector de la novela) creer en el relato de esos recuerdos. Lázaro quiere que se le crea. Lo necesita para que se comprenda “el caso”, para que no se le juzgue erróneamente y se le castigue o condene por ello. Pero es inevitable que nos preguntemos por qué al referir las adversidades que sufrió en su infancia selecciona esos recuerdos –recordar equivale a olvidar- y no otros, y, sobre todo, si guardan alguna relación con el objetivo de la carta: esclarecer “el caso”. Al no disponer de más testimonios que el suyo, al lector no le queda otra alternativa que sopesar sus palabras y desconfiar de ese discurso unilateral, concebido tanto para la autopromoción de alguien empeñado en ascender en la escala social como para limpiar su apariencia enturbiada por las “malas lenguas”.

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