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Las vidas imaginadas de Charles Swann y el barón de Charlus

diciembre 12, 2017

En Por el camino de Swann, el primer volumen de En busca del tiempo perdido, se cuenta una pequeña anécdota que, sin embargo, repercutirá a lo largo de la novela, como el tema de una variación musical, adoptando otras formas. Se trata de la sorpresa que representó para la familia del Narrador-niño la noticia de que el marchante Charles Swann, con quien compartían ratos amigables durante las estancias vacacionales de éste en el pueblo normando de Combray, no era el que creían que era, un solterón con una vida oscura en París, que residía en una calle apartada y a quien de vez en cuando, en su oficio de marchante, trataban de darle gato por liebre.

Como casi todas las sorpresas, también ésta se produjo por casualidad (en la novela de Proust la casualidad es más que una licencia poética, poesía pura). Fue el día en que el abuelo del Narrador leyó en la crónica de sociedad de un periódico que el amigable y sencillo vecino, que de vez en cuando los visitaba en Combray y en París, era un asiduo de los salones aristocráticos y se codeaba con la flor y nata de la alta sociedad del Faubourg Saint-Germain.

Jeremy Irons interpretando a Charles Swann en “Un amor de Swann”, la película de Volker Schlöndorff

El Narrador comenta que si a su tía-abuela, la más escéptica de la familia acerca de la suerte de Swann, le hubieran dicho que éste tenía, como a escondidas, una vida muy diferente, y que,

“al salir de nuestra casa, en París, después de habernos dicho que volvía a la suya para acostarse, daba media vuelta, nada más doblar la esquina, y se dirigía a determinado salón, le hubiera parecido tan extraordinario como para una señora letrada la idea de mantener relaciones con Aristeo, quien, después de conversar con ella, iba a sumergirse a los reinos de Tetis, en un imperio sustraído a los ojos de los mortales”.

En la novela de Proust son frecuentes las sorpresas de esta índole: personajes que de pronto desconciertan a quienes creen conocerlos al enterarse casualmente de que llevan una vida distinta de la que ellos habían imaginado; una vida alternativa a la que han mostrado hasta entonces y que, una vez desvelada, hace que también parezcan otros a quienes creían conocerlos del todo.

Este desvelamiento puede producirse ocasionalmente tras la muerte del individuo, como ocurre con Vinteuil, de quien sólo después de morir se descubrió que el oscuro músico de provincias y padre amante de una hija infiel escondía a un compositor original e innovador.

Retrato del músico Vinteuil, por David Wesley Richardson

La anécdota de Swann y la familia del Narrador se explica por una circunstancia ampliamente representada en la novela de Proust: el ascenso por sus propios méritos de una minoría de burgueses al Olimpo de la aristocracia antes de la Primera Guerra Mundial, y después de la contienda, en el París cosmopolita de los años veinte, por la convencional vía del matrimonio. Al fin los burgueses adinerados que habían suspirado por un prestigioso título nobiliario podían satisfacer su deseo, aprovechando el declive económico de la aristocracia.

Proust añade a este factor otros dos, más singulares y específicos, que también propician sorprendentes mutaciones en algunos personajes de la novela, al menos desde la perspectiva del Narrador: la homosexualidad y la rápida asimilación de los judíos a la sociedad burguesa e incluso en algún caso a la aristocrática.

Cubierta de la primera edición de “Por el camino de Swann” (1913), de Marcel Proust

Así, después de la guerra, el judío Albert Bloch, amigo de adolescencia y primera juventud del Narrador, también como él con inquietudes literarias y ligado a su pesar a las tradiciones judías y familiares, verá satisfecha su secreta ambición de integrarse en la alta sociedad parisina, de cuyos salones fue excluido a raíz del caso Dreyfus. Para ello no dudará en renunciar al pasado, renovando su apariencia física y hasta cambiando el nombre de pila por el de Jacques du Rozier, de resonancias aristocráticas, aunque con un éxito discutible: en los salones no se olvidaron sus orígenes ni se tomó en serio su ascenso social.

Antes de esta mutación, Albert Bloch había exhibido una enfática veneración por el helenismo, con la que en realidad buscaba distanciarse de las tradiciones hebreas de su familia. Posteriormente consumaría la ruptura con el judaísmo, abrazando la religión católica, un requisito imprescindible para el anhelado medro en la escala social.

Albert Bloch visto por David Wesley Richardson

Uno de los personajes centrales de la obra, el barón de Charlus, un hombre muy culto y refinado, viudo y sin hijos y emparentado con los Guermantes, pretende ofrecer la imagen de hombre viril y maneras prusianas (en la Primera Guerra Mundial no ocultará sus simpatías hacia el Reich alegando sus orígenes germánicos: era hijo de la duquesa de Baviera). Hasta que el Narrador se percata de su lado femenino, que él procuraba disimular seguramente por motivos bastante más complejos que el temor a ser señalado como homosexual, y su afición secreta por jóvenes viriles.

El descubrimiento casual por el Narrador de un hotel en París que durante la guerra, aprovechando las necesidades pecuniarias de soldados procedentes de familias modestas y de obreros, funcionó como burdel masculino para burgueses, diputados, militares, aristócratas y hasta clérigos, le permite desvelar la doble vida erótica de personajes de los que no se hubiese sospechado su afición por los hombres, como el marqués de Saint-Loup, por aquellos años combatiente en el ejército francés y casado con Gilberte Swann, única hija de Charles Swann y Odette de Crécy. Robert de Saint-Loup es sobrino de Charlus y un viejo amigo del Narrador.

En el momento en que éste lo vio salir deprisa del misterioso hotel, antes de que reparase en su verdadera función, recordó que el aristócrata se había visto envuelto en un oscuro asunto de espionaje de guerra, por lo que enseguida asoció aquel hotel con un nido de espías, una idea que se acrecentó al ver entrar a soldados. En este caso, al Narrador le sucedió como a su familia con respecto a la idea que se formaron de Swann antes de que supieran que llevaba una vida muy diferente de la que habían imaginado.

Retrato de Robert de Saint-Loup durante la Primera Guerra Mundial, por David Wesley Richardson

Otro factor, este universal, por cuanto que nadie puede escapar a su influjo, que propiciará la transformación de todos los personajes de la novela de Proust es el Tiempo. En El tiempo recobrado, el último volumen del ciclo novelístico, el Narrador asiste a un baile organizado por los príncipes de Guermantes en su palacio, donde tendrá la ocasión de reencontrarse con amigos y conocidos que  no veía desde hacía tiempo (fue después de la Guerra del 14). Entonces observa que aquella reunión festiva no es más que un baile de máscaras para viejos decrépitos disfrazados de jóvenes. “Eran jóvenes de dieciocho años extraordinariamente ajados”. También él mismo había envejecido, pese a conservarse bastante bien, como le recordaban los conocidos que lo saludaban como “un viejo amigo”.

Naturalmente, ellos no se percatan de la mutación, de la que sólo tiene conciencia el Narrador, quien, al rememorar el pasado de esas personas, aprecia el desgaste que el Tiempo ha causado en sus rostros y en sus cuerpos. Aunque éste sea el autor material de la mutación física, la autoría intelectual corresponde a la memoria del Narrador, que recordando el pasado juvenil de todas ellas no puede evitar compararlo con la decrepitud del presente.

La idea equivocada de Charles Swann que se formó la familia del Narrador se ajustaba a los límites de su pequeño mundo provinciano. Por eso lo imaginaban viviendo en una calle apartada de París y vulnerable a los timos a los que se exponía en su profesión de marchante. En lo último que hubieran pensado es que frecuentase los salones más exquisitos, perteneciera al Jockey-Club y tuviese amigos aristócratas, como el príncipe de Gales, que lo trataban como a un igual.

Marcel Proust a los 21 años (en 1892), retratado por su amigo el pintor Jacques-Émile Blanche

Ya lo había advertido el Narrador:

“Nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás (…) No somos un todo materialmente construido, idéntico para todo el mundo”.

Cada cual imagina la vida de los otros a imagen y semejanza de la suya y del entorno social en el que se mueve. Cuanto menos mundo se tenga y más encerrado esté cada cual en el suyo, será también más difícil que sospeche de la existencia de una vida en los otros diferente de la que ve con sus ojos, como si fuese la única que pudieran vivir.

Porque lo que nos inquieta de las personas conocidas es la vaga sospecha de que su identidad no coincida exactamente con la que nos muestran, que no sean iguales a sí mismas. Esta incertidumbre puede llevarnos a pensar que esconden una personalidad y una vida que se nos escapa. De ahí la necesidad de forjarnos creencias sobre las personas que tienden a inmovilizarlas en una idea fija, algo que, para tranquilidad nuestra, elimina cualquier duda que podamos albergar al respecto. Pues a fin de cuentas se desea conocerlas para no tener que pensar en ellas y así concentrarnos en los asuntos prácticos que nos unen.

Retrato imaginario de Charles Swann, por David Wesley Richardson

Por falsa que sea la creencia que nos formemos de una persona, al menos nos permite incorporarla a nuestro círculo familiar y tratarla en consonancia con esa creencia, descartando la posibilidad de cambiarla por otra. Si un día nos enterásemos de que lleva una vida muy distinta de la que habíamos imaginado, nos sentiríamos tan desconcertados como la familia del Narrador de la novela de Proust con respecto a Swann. Éste gozaba del raro privilegio de interpretar el papel de mendigo en un lugar y de príncipe en otro. Aunque el mito que mejor se ajusta a su metamorfosis de personaje oscuro y mediocre en estrella de la galaxia aristocrática de París es el del patito feo del cuento de Andersen, que al madurar se transformó en un esbelto cisne (“swan”), después de sufrir el desprecio de sus falsos congéneres.

En otro de sus cuentos, La moneda de plata, pone en boca de un chelín de plata extraviado en un país extranjero y al que todo el mundo toma por falso, una frase que recuerda a la observación que formuló Proust a propósito de la idea que se formaron de Swann las tías del Narrador:

“Se es para el mundo lo que el mundo piensa de uno”.

A las buenas mujeres no se les pasó por la cabeza que en su trato con ellas Charles Swann intentara adaptarse a su mentalidad, a su forma de expresarse, a sus prejuicios, a sus aspiraciones, que conocía demasiado bien por la relación que desde hacía tiempo mantenía con el microcosmos provinciano (su difunto padre, agente de cambio y bolsa, fue también vecino de Combray) en el que estaban inmersas. A diferencia de ellas, el marchante disponía de la experiencia suficiente como para comparar la otra vida que llevaba en París, y de la que las mujeres tenían una idea equivocada, con la que se estilaba en un pueblo normando.

Retrato del popular cuentista danés Hans Christian Andersen fechado en 1869, por Thora Hallager

De hecho, si ignoraban la brillante vida mundana de Swann se debía en parte a la reserva y discreción de su carácter, a su costumbre de evitar temas serios en la conversación, aun cuando se hablase de asuntos artísticos. El otro motivo de su ignorancia era que, como apunta el Narrador, los  burgueses de entonces tenían una idea de la sociedad “un poco hindú”, al considerarla compuesta “por castas cerradas en las que cada cual se encontraba situado desde su nacimiento en el rango que ocupaban sus padres y del que nada podía sacarlo para hacerlo penetrar en una casta superior”, como no fuese por los azares de una carrera excepcional o un matrimonio inesperado. Lo previsible era que si el padre de Swann había sido un agente de cambio y bolsa, su hijo Charles se abriese paso en un mundillo similar.

Sin embargo, en su trato con la familia del Narrador, Swann no mostraba doblez alguna. Simplemente, se adaptaba con naturalidad a ella y a su mentalidad, de igual manera que en su trato con la alta sociedad parisina se adaptaba a las costumbres y mentalidad de ésta. Dotado con el don de la empatía, sabía estar con los demás, acomodándose a ellos y a las circunstancias. Todo lo contrario de lo que habría hecho un esnob como el ingeniero Legrandin, que se mostraba altivo ante convecinos de un estatus similar al suyo y no dudaba en doblar la cerviz ante una duquesa, aunque poco antes hubiese despotricado contra los esnobs que mendigaban el saludo de un aristócrata.

Retrato del ingeniero Legrandin, por David Wesley Richardson

Al adaptarnos a los otros, representamos una personalidad distinta de la habitual, pero transitoria como el tiempo en que nos relacionamos con ellos. En cuanto volvemos a estar solos, recuperamos nuestro genuino modo de ser. De igual manera, se supone que en los momentos en que Swann no se adaptaba a nadie su personalidad más genuina adquiría cierto relieve. Al menos no tenía que esforzarse por ser alguien.

Es en esos paréntesis de recogimiento, sin testigos y liberado del deber de adaptarse a los otros para ser aceptado por ellos, cuando el individuo es enteramente él mismo. Goza de libertad plena para manifestarse, para revelarse delante de nadie, a no ser que se engañe, una posibilidad que en semejante circunstancia sólo cabría tachar de absurda.

Pero en el caso de Swann, ¿cuándo se producían esos momentos en los que al fin no se adaptaba a nadie? ¿Acaso al regresar a casa de alguna velada social y, como habría dicho Nietzsche, sentía “remordimientos de conciencia”? ¿Recordaría aquella sentencia de Schopenhauer de que al final cada uno se queda solo y lo que entonces importa “es quién es ése que ahora está ahí solo”?

Retrato juvenil de Arthur Schopenhauer

No parece que fuese así a la vista de lo que desvela el Narrador: que en esas horas de soledad “había adquirido la costumbre de refugiarse en pensamientos sin importancia que le permitían dejar de lado el fondo de las cosas”. En suma, prefería extraviarse en los detalles para no ir al meollo de los asuntos relevantes, mientras acariciaba el proyecto de escribir un estudio sobre la pintura de Vermeer que apenas esbozó.

La agitada vida social en París terminó ahogando el impulso creador que necesitaba para embarcarse en semejante proyecto. El pato feo que se convirtió en cisne demostró ser incapaz de una segunda transformación, estancándose en el papel de diletante. Un destino inverso al del Narrador, alter ego de Proust, quien, después de su juventud de salonnière, de literato dubitativo y de haber amado apasionadamente a Albertine, a la que perdió en una mortal caída de caballo, fue apartándose del gran mundo para enfrascarse en la escritura de la obra de su vida en la que desmenuzaría su experiencia mundana.

Al fin el pato feo de la literatura, el escritor inseguro que no sabía si era novelista o ensayista y todavía sin una obra consistente en curso, alzó el vuelo para convertirse en el autor que admiramos y que tan honda huella ha dejado en la literatura en los cien años transcurridos desde la publicación del primer volumen de su novela.

Marcel Proust

Pero lo asombroso es que ese Proust para quien la verdadera personalidad del escritor no es la que muestra ante el mundo exterior, sino la que refleja en sus libros, en la soledad de su gabinete, no quisiera ser menos que Swann y Charlus y crease también una vida imaginaria, paralela a la real que había vivido, con un yo ficticio relatando recuerdos, sensaciones y sentimientos ficticios entre personajes ficticios y en escenarios de ficción con nombres tan evocadores y exóticos como ¡Balbec! Una vida imaginaria de la que los lectores participamos para convertirse igualmente en otra vida alternativa a la que vivimos en el mundo real. Por eso hablamos de los personajes de En busca del tiempo perdido como si fuesen conocidos nuestros y hasta el pintor hizo de ellos los retratos imaginarios que ilustran esta entrada.

Aunque el Narrador-Proust se distancie de Charles Swann y del barón de Charlus, tal vez los dos personajes centrales de su novela y en los que se reflejó con más intensidad, paralizándolos en su condición de aficionados -cada uno a su manera, ambos albergaban intereses intelectuales y artísticos-, al menos los dotó de unas vidas interesantes, hasta el punto de que el Narrador se tomó la molestia de contarlas en su novela. Y fueron interesantes porque, en vez de instalarse en una sola vida todo el tiempo, como hacen tantos, se las ingeniaron para metamorfosearse, forjando una vida alternativa a la que, por sus orígenes y formación, estaban destinados y que era la previsible en ellos.

Retrato del crítico, historiador del arte y coleccionista Charles Ephrussi (1849-1905), por Léon Joseph Florentin Bonnat, uno de los modelos reales en los que se inspiró Proust para Charles Swann

Charles Swann salió del cascarón del estatus profesional y social paterno y Charlus rompió los moldes de un aristócrata al uso. Ninguno de ellos creó la obra literaria o erudita que en algún momento de su juventud desearon, pero no se sabe si en un intento de compensar esa carencia, tuvieron la habilidad de reinventarse, dejando un recuerdo imborrable de su singularidad vital.

Sin embargo, en el proceso de reinvención de sus vidas hay una diferencia que separa a Swann de su amigo el barón de Charlus. Si el marchante jamás se preocupó de lo que pudieran pensar de él quienes ignoraban su otra vida de asiduo de los salones aristocráticos, el barón se esmeró en labrarse una imagen pública y, por supuesto, muy distinta de la que se esperaba de él.

Robert de Montesquiou,  conde de Montesquiou-Fézensac, fue uno de los modelos en los que se inspiró Proust para el barón de Charlus

Era la imagen casi estatuaria del prototipo de prusiano, vestido con un austero traje negro y exhibiendo una virilidad sobreactuada, que, además de despistar a quienes ignoraban o no sospechaban de su inclinación homoerótica, se alternaba con gustos estéticos que los de su clase tachaban de extravagantes. Esta imagen pública convivía con la secreta, en la que el barón se abandonaba a sus alocadas fantasías sadomasoquistas adoptando el papel de un caballero teutón surgido de la Edad Media y de rancio abolengo, en cuyo castillo unos recios vasallos satisfacían sus raros placeres.

Así fue como lo descubrió por casualidad el Narrador una noche, durante la guerra, bajo los bombardeos, cuando buscaba un hotel donde saciar su sed y fue a parar al único que encontró abierto en la zona y que en realidad era un burdel masculino: encadenado a un catre de hierro, “como Prometeo en su roca”, mientras los soldados lo azotaban con disciplinas y lo insultaban.

“Prometeo encadenado”, de Rubens

Sin embargo, la realidad era distinta de lo que mostraban las apariencias. Siguiendo las instrucciones del jefe del burdel, aquellos muchachos, por lo demás sencillos y verdaderos patriotas, se hacían pasar ante el barón por delincuentes despiadados, asesinos sádicos y matarifes perversos, fingiendo a duras penas la crueldad que exigía de ellos aquel extraño cliente, al que aun así no era fácil engañar.

Como Don Quijote durante su estancia en el palacio de los Duques, donde el matrimonio ducal y sus sirvientes idearon una sofisticada farsa para que el caballero sintiera que al fin la realidad se acomodaba a sus fantasías caballerescas, el dueño del hotel-burdel instruyó a sus chicos para satisfacer las estrafalarias fantasías del barón.

Recreación del barón de Charlus, por David Wesley Richardson

Impregnado como estaba de literatura y de imaginería medieval,  al igual que Don Quijote, Charlus construye también su identidad artificial a partir de la imaginación historicista a que se prestaba su rancio abolengo y la admiración por La comedia humana de Balzac. No en vano su novela preferida era Ilusiones perdidas y el personaje favorito de ésta, Carlos Herrera, canónigo de Toledo y emisario de Fernando VII ante Luis XVIII, un cuarentón de fuerza hercúlea que se define ateo, cínico, volteriano y sentimental (“llevo encima el hábito, pero no el corazón del sacerdote”) en el momento en que seduce al joven Lucien de Rubempré y lo besa con ternura en la frente.

Pero lamentablemente Charlus no era novelista ni poeta. Y no podía serlo porque sus deseos le obligaban “a tomarse la vida en serio, a vivir el placer de las emociones”, impidiéndole “detenerse, inmovilizarse en una visión irónica y exterior de las cosas”, como si ya tuviera bastante con vivir intensamente su otra vida y careciese de la necesaria energía moral e intelectual para describirla en una novela.

Retrato de Honoré de Balzac. Óleo realizado a partir de un daguerrotipo de Louis-Auguste Bisson, de 1842

Proust halló uno de los motivos principales de En busca del tiempo perdido en el desdoblamiento de las vidas de Swann y Charlus, pero también de la vida del Narrador que, como el propio novelista, un día abandona su ajetreada vida de salonnière para transformarse en el escritor que se retira del mundo, entregándose en cuerpo y alma a su obra. En ella dará cuenta del abismo que separa a la imaginación, determinada por la subjetividad más radical, del mundo real en el que transcurren las cosas al margen del sujeto que, aún falto de experiencia, cree conocer cuando imagina.

Eso que entendemos por verdades de la vida social le fueron reveladas tras los numerosos encontronazos con la realidad, experiencia frustrante que lo hermana con Don Quijote. Una de esas verdades es la falsa idea que nos formamos de las personas, la manía de apresarlas en una identidad única e inamovible, seguramente para así dejar de pensar en ellas. Como el lector podrá comprobar al final de la novela, esta experiencia de aprendizaje constituye una auténtica lección de vida para el Narrador y para los lectores que han seguido sus pasos a lo largo de la obra.

Desde que leímos el Quijote sabemos que la gran virtud de la ficción literaria reside en la libertad que su autor concede a los personajes para labrarse una vida alternativa a la que les fue dada por el destino y sin su consentimiento. El viejo y solterón hidalgo Alonso Quijano hizo realidad su demencial sueño de vivir la caballería andante en un mundo del que ésta había desaparecido para siempre y sólo perduraba en los libros de caballería y en la imaginación de sus lectores.

“Don Quijote leyendo”, grabado de Gustave Doré

Pero, al mismo tiempo, gracias a la locura libresca, escapó del ambiente mediocre en el que vegetaba, siendo como era un hombre imaginativo y dotado de un espíritu magnánimo, y a quien los años se le habían echado encima sin que hubiera podido ofrecer al mundo alguna acción útil y valiosa, como tantos hombres y mujeres.

Había llegado a la vejez con las manos vacías, aunque, eso sí, con muchas lecturas en su memoria. Excepto por su condición de hidalgo, se hallaba al margen de las profesiones que daban un sentido a las vidas de los hombres de su tiempo y los hacían sentirse útiles a la sociedad: próspero negociante en el Nuevo Mundo, soldado, fraile o letrado.

Cervantes se sirvió de la circunstancia-locura de Alonso Quijano para desdoblar la vida del viejo hidalgo en la del entusiasta y anacrónico caballero andante Don Quijote de la Mancha. No importaba que en el mundo real fuese recibido con burla y escarnio, como un fantasma surgido del pasado. La locura, avivada por la lectura frenética de los libros de caballerías, había obrado el milagro de evadirlo de su identidad originaria y de su pasado, haciendo que se sintiera otro muy distinto del que había sido en la vida real.

“Don Quijote leyendo libros”, de Adolf Schrödter (1834)

Más realista, Proust se sirve de circunstancias propias de la época y la sociedad en la que vivió, como la movilidad social o la ambigüedad sexual, para hacer que algunos de sus personajes adopten una vida distinta de aquella para la que estaban destinados por sus orígenes, extracción social, sexo y raíces nacionales, familiares o religiosas.

La imaginación literaria permite saltar de la vida real a otra ficticia, algo que en la realidad hacen pocos y ni siquiera todos desean. En una sociedad extremadamente rígida y jerarquizada como lo era la española del siglo XVII, Cervantes tuvo que volver loco a Alonso Quijano para que cambiase su identidad convencional por otra alternativa e insólita. En la masificada sociedad burguesa de finales del siglo XIX, y en el caso de Francia antes del estallido del asunto Dreyfus, para ascender al selecto estamento aristocrático se exigían unos requisitos y unas condiciones  especiales. Pero al menos no era necesario volverse loco (o hacerse el loco).

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