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Tragedia a la orilla del lago Wannsee

enero 8, 2019

El centenario de la muerte del escritor alemán Heinrich von Kleist, el 21 de noviembre de 1911, no pasó desapercibido para Franz Kafka. Dos días después anotó en el Diario que los descendientes de su aristocrática familia habían colocado una corona sobre su tumba a la orilla del lago Wannsee, entre Potsdam y Berlín, con la inscripción: “Al mejor de su linaje”. Hacía un siglo que el poeta, de 34 años, se había matado pegándose un tiro junto al lago, después de disparar contra Henriette Vogel, tres años menor que él, casada con Louis Vogel, poeta y amigo de Kleist, y madre de una niña.

Enferma de un cáncer de útero incurable, la mujer se prestó al pacto de suicidio que le propuso Heinrich. Se habían conocido tres años antes y compartían la misma pasión por la música –a él le encantaba tocar el clarinete- y el gusto por la esgrima, en la que ella deseaba que la iniciara.

Tumba de Heinrich von Kleist y Henriette Vogel a las afueras de Berlín, junto al Pequeño Lago Wannsee, tras la reforma de 2011

Kafka tuvo la oportunidad de visitar la tumba del dramaturgo, donde permaneció un largo rato “sumido en honda meditación”, según el testimonio de Erna Bauer, la hermana de su novia Felice, que lo acompañó. Junto a Grillparzer, Flaubert y Dostoyevski, Kleist era uno de los autores a los que Kafka consideraba maestros y hermanos literarios. De ellos le llamaba la atención que sólo el ruso se casara, como le recordó a Felice.

Por lo que respecta a Kleist, pensaba que halló la salida correcta cuando se pegó un tiro, “apremiado por aflicciones internas y externas”. De este cuarteto de autores, fue el único que murió joven, angustiado por un creciente desajuste entre su mundo personal y la realidad, empezando por la familia. Grillparzer fue ignorado muchos años en Austria, aunque al final de su vida recibió el reconocimiento público, y Kleist murió sin que sus obras teatrales fuesen representadas. Sus contemporáneos leyeron los relatos que publicó con estupor.

Kafka tuvo que sentirse identificado con él no sólo por la precisión de su prosa, por el cultivo del detalle y la riqueza de su imaginación literaria, sino por su conflictivo modo de ser consigo mismo y en el mundo. Los dos trasladaron esa visión conflictiva a sus obras, en las que a menudo se dirimen pleitos en los que el acusado se defiende ante alguna instancia poderosa de la injusticia que inexplicablemente se le ha infligido.

Único retrato que se conserva de Heinrich von Kleist, una miniatura que le regaló a su novia Wilhelmine von Zenge pintada por Peter Friedel alrededor de 1800

Kleist plantea conflictos donde en principio no parecía que pudiera haberlos. Es el conflicto entre el yo subjetivo, que actúa guiado por la razón y la rectitud moral, y la presunta objetividad del mundo, a veces representada por la legalidad vigente o la razón de Estado, que desautoriza los criterios del yo por entender que pecan de una subjetividad que si no se corrige a tiempo, pueden convertirse en letra de ley. Este es el motivo que recorre precisamente Antígona, la tragedia de Sófocles donde la heroína desobedece la inhumana orden de Creonte, rey de Tebas, de no dar sepultura a su hermano Polinices, quien murió junto a su hermano Eteocles combatiendo en el bando equivocado.

También como en Kafka, en Kleist había un muchacho que observaba la realidad circundante con una mirada pura, libre de los prejuicios y mezquindades habituales. Sólo desde esa mirada se entiende el comienzo perturbador de algunas de sus historias. En ellas el protagonista principal se siente de repente víctima de un desorden moral de dimensiones cósmicas que altera por completo su forma inocente de ver la realidad.

Son comienzos parecidos a los que se aprecian en los relatos y novelas de Kafka, aunque desprovistos de la violencia que impregna las historias de Kleist. Sus protagonistas se ven envueltos inesperadamente en situaciones hostiles, que los arrancan de la normalidad en la que vivían hasta ese momento, empujándolos a la aniquilación.

“Antígona dando sepultura a Polynices”, (1825), de Sébastien Norblin

Otra afinidad entre ambos autores fue su predilección por la correspondencia epistolar para mostrar a sus amistades íntimas su convulso mundo interior. Los dos eran tímidos y reservados, se sentían incómodos en las charlas convencionales, y el prusiano padecía de tartamudez. Incluso en el mismo escenario de su muerte, unos minutos antes de matarse, escribe cinco cartas, lo mejor de su obra, según señala Stefan Zweig en el ensayo biográfico que le dedicó. Por cierto, también este autor se suicidó junto a su esposa en 1942, en el exilio brasileño, aterrado por la expansión de la Alemania nazi.

Sabía que es hablando o escribiendo a otra persona como se pueden desenmarañar los presentimientos que anidan en nosotros y que si nos guardamos para nuestros adentros lo más probable es que languidezcan en la oscuridad.

“Para el que habla hay una peculiar fuente de entusiasmo en el rostro del interlocutor; y una mirada que expresa la comprensión de un pensamiento formulado sólo a medias nos regala a menudo la formulación de la otra mitad del mismo”,

anotó en su luminoso ensayo Sobre la elaboración paulatina del pensamiento a medida que se habla. Sin embargo, esta reflexión se solapa con el comentario aparentemente opuesto que consignó en una carta a su hermanastra Ulrike: “Solamente puedo estar satisfecho en compañía de mí mismo, pues sólo entonces puedo ser sincero”. Semejante paradoja resulta comprensible en un hombre cuya vida estuvo marcada por numerosas contradicciones y que no sabía qué decir de sí mismo al tenerse por “una persona inexplicable”.

Stefan Zweig

Además, Kleist y Kafka compartían una sensibilidad singular, que los hacía especialmente vulnerables ante los embates de la vida. Los dos estaban poseídos por una nostalgia de lo absoluto y un ferviente deseo de unidad, imposible de satisfacer en el mundo real. De ahí que se sintiesen extraños en todos los lugares, en un exilio permanente. Si la sensación de desarraigo provocaba en ellos la nostalgia, ésta la exacerbaba a su vez, lo que en el caso de Kleist se manifestaba en una duda lacerante sobre su propia identidad. Esto explica la inestabilidad que los embargaba y que trataban de contrarrestar mediante una constante huida hacia no se sabe dónde.

Pero mientras Kleist, que combatió con menos de veinte años en la guerra contra los franceses, parte muy pronto de Francfort del Oder, errando sin rumbo cierto de ciudad  en ciudad, impulsado por el propósito de convertirse en un escritor independiente y espoleado por las turbulencias que sacudían a Europa, Kafka se quedó en su amada y odiada Praga.

Entre 1916 y 1917 Kafka vivió en el número 22 del Callejón del Oro (la casa de la fachada azul), en el casco viejo de Praga

Atrapado entre las garras de aquella “madrecita”, imaginaba la manera de fugarse dando rienda suelta por las noches a sus fantasías literarias, como el hombre de aquella parábola suya que apareja el caballo, dispuesto a abandonar su casa, sin saber adónde se dirige porque su única meta es partir. Sólo en vísperas de su muerte, asediado por la tuberculosis de laringe que lo mató a los 41 años, salió de Praga, muriendo en un sanatorio cerca de Viena.

Ha habido autores que soportaron una añoranza análoga a la que atormentó a Kleist escribiendo sin parar hasta el último día de sus vidas y con la curiosidad a pleno rendimiento. Quienes fueron agasajados por sus contemporáneos se dieron por satisfechos con este pálido consuelo.

Kleist se distinguió de todos ellos en que su nostalgia rebasaba las fronteras de la vida mortal, una idea que sus contemporáneos ilustrados habrían juzgado cuando menos excéntrica. La felicidad, tal como la entiende el común de los mortales, le parecía mediocre y estrecha de miras. ¿De qué les valía a los enamorados amarse aquí, en la Tierra, durante unos años tan cortos como una primavera, si al final no volverían a verse en toda una eternidad? Hombre de extremos e impulsivo, no se conformaba con una parte del todo; él lo quería Todo y para Siempre. Aborrecía las medias tintas. Su tinta era entera, hasta tal punto que un día se transformó en sangre.

Museo dedicado a Heinrich von Kleist, en su ciudad natal Francfort del Oder

La caída del caballo de Kleist se produjo tras leer a los 24 años la Crítica de la razón pura de Kant. Entonces descubrió que era imposible hallar la verdad, que estamos atrapados en nuestra subjetividad y no podemos salir de nosotros mismos. ¿Para esto habíamos comido el fruto del Árbol del Conocimiento? Su confianza en la razón se vino abajo. Arrojado a las fauces de la incertidumbre, no tenía donde sujetarse. Fue como si él mismo hubiese sido expulsado del Paraíso. Desde entonces no volvió a tocar ningún libro, según le dijo a su novia Wihelmine von Zenge. Pasaba el tiempo ociosamente en su cuarto, sentado frente a la ventana, huyendo de casa “con un malestar interno que me conduce a las tabernas o cafés, buscando distracción, pero sin encontrar ningún alivio”.

Este descubrimiento, que incitó a Cervantes y a Proust a escribir sus grandes novelas, a Kleist le hizo pensar que tenía que haber algo infinitamente más satisfactorio que el amor, la felicidad, el reconocimiento, el prestigio o la fama por los que lucha la mayoría de los seres humanos. Algo que, por su plenitud incorpórea, no tenía cabida en este mundo y que sólo podía alcanzarse después de la muerte, en los vastos jardines de la Eternidad -los “prados celestiales” los hubiese llamado él-, evocadores del Jardín del Edén del que fueron expulsados Adán y Eva.

Si seguimos el hilo de esta interpretación, para el poeta alemán la muerte representaba un retorno no al Paraíso, sino un reencuentro con la inmortalidad paradisíaca de la que fueron privados los primeros humanos tras probar el fruto del Árbol del Conocimiento y la posterior prohibición de acceder al Árbol de la Vida. Lo único que, a modo de sucedáneo, puede compensar esa terrible pérdida es el arte, un vestigio más bien modesto de la estancia en el Paraíso.

Retrato de Wihelmine von Zenge

Esta idea lo persiguió tenazmente hasta aquella tarde del 21 de noviembre de 1811 en que, como reza uno de los versos grabados en su tumba, fue a buscar la inmortalidad a la orilla del lago Wannsee junto a su querida amiga Henriette. Kleist pertenece a esa rara categoría de hombres que, parafraseando a Nietzsche, miraron al abismo y el abismo los miró a ellos.

Once días antes de suicidarse le confesó por escrito a su prima Marie von Kleist, a la que se sintió muy unido siempre, que le resultaba absolutamente imposible seguir vivo:

“Mi alma está tan herida que casi diría que cuando asomo la nariz por la ventana, me lastima la luz del día”.

No era agotamiento por un exceso de trabajo ni una enfermedad. Desde muy joven había vivido en amistad con la belleza y la nobleza. Por ello, la menor contrariedad, “eso que apenas hiere al hijo del vecino”, le afectaba “de forma profunda y duradera”. La misma mañana del suicidio le escribió a su hermanastra Ulrike que nadie en la Tierra podía ayudarle.

Ulrike von Kleist, hermanastra de Heinrich

No obstante, las circunstancias remaron a favor de la fatal decisión. A principios de 1811 pasaba por uno de los periodos más bajos de su agitada existencia. Sus proyectos de convertirse en editor, librero y periodista habían fracasado. En cuanto a sus obras teatrales, no había logrado estrenarlas y la censura prusiana le pisaba los talones. Arruinado, regresó a Francfort del Oder con las manos vacías. Pero sus hermanas, que ya le habían prestado dinero, lo recibieron con caras largas, reprochándole que no hubiese continuado con la carrera militar, siguiendo la tradición de la familia.

Nada le salía a derechas. Era como si a su alrededor todo conspirase en su contra. Los planes estrictos que había trazado para su vida desde muy joven, entonces influido por la idea ilustrada, pero también típicamente prusiana, de que el buen uso de la razón podía conducir a la felicidad, a la verdad y al conocimiento, para no acabar convertido en una marioneta del destino, se habían desmoronado uno tras otro. Tiene que convencerse de que la libertad no es más que una quimera y que “el azar omnipotente” tira de nosotros con “hilos sutilísimos”, como le dijo a Wilhelmine von Zenge.

Una de las últimas cartas de Kleist en la que anuncia a su hermanastra Ulrike su propósito de suicidarse

La gota que colmó el vaso fue la comida familiar con sus dos hermanas en la que éstas le juzgaron como “un miembro enteramente inútil de la sociedad, indigno del menor aprecio”. En la carta a su prima Marie von Kleist le confiesa que semejante apreciación no sólo le amargaba el porvenir sino que invalidaba su pasado. Tampoco fuera de su ámbito privado las cosas iban mejor. Le repugnaba la alianza del rey prusiano con los franceses. Hasta los rostros de las personas con las que se cruzaba en la calle le parecían siniestros.

Los dos estampidos de las pistolas retumbaron más allá de los alrededores del lago Wannsee, como unos años atrás el pistoletazo del joven Werther en la novela de Goethe (en la carta de despedida que Henriette Vogel le escribió a Kleist se refiere a él como “Mi Werther”). La posteridad le tenía reservados malentendidos e ironías que en más de una ocasión rayarían con el sarcasmo.

El primer malentendido se produjo al día siguiente de su muerte. Autor de la nota informativa del suceso que se publicó en la prensa, Ernest Peguilhen, amigo de Kleist y de Henriette, fue acusado de hacer apología del suicidio para escándalo de “las personas dueñas de principios religiosos o morales”. Al año siguiente, Madame de Staël se preguntaba si Kleist no tuvo una patria por la que combatir como para matarse y si en el fondo no había querido provocar con una verdadera tragedia los efectos que no alcanzó con la poesía.

Madame de Staël retratada por Vladimir Borovikovsky

Pero la gran ironía es que el reconocimiento que se le hurtó en vida lo recibiera después de su muerte. Todavía hubo que esperar a los años treinta del siglo XX para que el régimen nazi se apropiase de su figura esgrimiendo que había escrito La batalla de Hermann, el caudillo germano que plantó cara a las legiones romanas, y se opuso al imperialismo napoleónico. En los años setenta se asoció su relato Michael Kohlhaas al terrorismo de la banda Fracción del Ejército Rojo (RAF). También su obra dramática ha recorrido un camino sinuoso. A principios del siglo XX se la catalogó como clasicista. Poco tiempo después la reivindicaron los expresionistas. Más tarde fue considerada precursora de las vanguardias y hasta se la relacionó con el teatro de Samuel Beckett.

A pesar de las cartas redactadas momentos antes del suicidio, en las que exponía los motivos de su desesperación, de su precariedad económica y de las críticas negativas que recibían sus obras, incluida la prohibición oficial de El príncipe de Homburg, la leyenda ha dado pie a interpretaciones diversas. Quizá la posteridad habría desentrañado algunas de las claves del destino de Kleist si hubiesen llegado hasta nosotros las confesiones que, al estilo de las de Rousseau, pergeñó poco antes de su muerte con el título Historia de mi alma. No se sabe si él mismo quemó el manuscrito o si, ya en manos de sus familiares y amigos, las hojas se extraviaron.

Aunque desde su primera juventud venía acariciando la idea del suicidio, lo chocante es que buscase una compañía femenina. Sin embargo, los amigos más íntimos estaban al corriente de esta extravagancia. Pese a haberla tratado poco, en una ocasión le propuso a Caroline von Schiller pegarle un tiro a ella y después pegarse otro él. Horrorizada, la mujer rechazó la idea.

Rühle von Lilienstern, amigo de Kleist

También su prima Marie von Kleist le respondió negativamente cuando le sugirió varias veces que si deseaba morir con él. Unos años antes insinuó a su amigo Rühle von Lilienstern una propuesta similar. En una carta le decía que no le abandonaba la idea de hacer algo juntos. “Ven, hagamos algo bien y encontremos la muerte en ello; es sólo como si pasásemos de una habitación a otra”. ¿Es que no habían sufrido antes millones de muertes?

En la carta que Henriette Vogel le escribió aquel mismo mes de noviembre el lector no encontrará ninguna declaración amorosa al uso, solamente una larguísima relación de palabras en las que la joven expresaba lo que Heinrich significaba para ella. Al “Mi Heinrich, mi dulce música” -la faceta que probablemente más los unía- con el que arranca la misiva le siguen otras setenta acepciones, casi todas metafóricas, precedidas del “mi”, algunas tan curiosas como “mi niñito en las rodillas”, “mi aquelarre”, “mi Werther, mi Leteo”, “mi San Juan”, “mi corona de espinas”, “mi maestro y mi alumno”. Todavía en la postdata de la carta añade otras:

“Mi sombra al mediodía, mi fuente en el desierto, mi madre amada, mi religión, mi música interior, mi pobre Heinrich enfermo, mi cordero pascual, suave y blanco, mi puerta al cielo”.

Retrato de Henriette Vogel

En cuanto a Heinrich, le confesó a su prima Marie que se sentía arrastrado

“por una fidelidad vertiginosa que nunca antes había conocido, y no puedo negar que compartir una tumba con esa mujer me atrae más que el lecho de todas las emperatrices del mundo”.

A ambos los unía el fervor religioso. A menudo cantaban juntos y tocaban al piano salmos antiguos. Eduard von Bülow, amigo, discípulo y biógrafo de Kleist, comentó años después que compartían “sentimientos melancólicos y turbulentos”. Según su versión, fue ella la que, abrumada por los sufrimientos físicos, le pidió que la matara un día en que, después de que cantase algo en presencia de Heinrich, éste exclamó, emulando un juramento estudiantil: “Qué bello sería meterse una bala en el corazón”. Él le habría respondió afirmativamente. Ante las dudas de la mujer, le aseguró que cumpliría su promesa.

Estatua del príncipe de Homburg, por Urban Thiersch, en los alrededores de la ciudad suiza de Thun, donde Kleist residió entre 1802 y 1803

En la carta de despedida a su marido, Henriette le imploraba que no llorase ni se entristeciera ya que iba “a cambiar la felicidad terrenal por la dicha eterna”. Que pensara en la generosidad de su amigo. “Lo ha sacrificado todo por mí, aun su propia vida, y acepta darme muerte con sus propias manos…”. Por último, le encargaba a una amiga que cuidase de su hija.

La escenificación minuciosamente preparada de su suicidio fue el último de los planes que trazó en su vida y el único que le salió bien. También fue la última de sus tragedias y la única que consiguió representar, aunque no en un escenario teatral sino al aire libre y sin público. En ella el dramaturgo se desdobló en actor. Su compañera de reparto se hallaba en una situación parecida a la suya, si bien por otro motivo. Los dos actuaron libremente. No esperaron a que el mundo y una enfermedad decidieran por ellos.

Como en sus relatos y tragedias, en sólo unas horas los dos personajes giraron de un extremo a otro, concretamente de una euforia casi infantil a la muerte violenta. Nadie más que ellos estaba al corriente del final que les aguardaba. Las personas que los acompañaron -el dueño de la hospedería y su mujer, el empleado en ésta y su mujer y la sirvienta- actuaron de comparsas involuntarios, por lo que el desenlace de la tragedia los dejó atónitos. Una sensación análoga a la que experimenta el lector de sus historias, que cierra el libro conmocionado.

Monumento a Heinrich von Kleist erigido en 1910 en Francfort del Oder, del escultor Gottlieb Elster (1867-1917)

Cuanto sucedió aquel día a la orilla del lago Wannsee ya había sido imaginado por Kleist en sus obras. Así, en el relato Los esponsales de Santo Domingo Gustav von der Ried dispara contra su amada Toni y unos minutos después, al enterarse del cruel malentendido que lo empujó a semejante crimen, se descerraja un tiro en la boca, destrozándole el cráneo (“había partes de su cerebro pegadas a las paredes”).

Su fascinación por la violencia y la muerte desafiaba los límites de la normalidad goetheana. El propio Goethe no ocultó el rechazo que le provocaba la obra de Kleist, quizá porque él también fue tentado por el abismo al escribir la historia de Werther y apartó la mirada a tiempo. Pero, además de las diferencias temperamentales, es preciso tener en cuenta los casi treinta años que los separaban. La mentalidad de Kleist estaba determinada en buena medida por su participación en la guerra de Prusia contra los franceses, en la que siendo casi un adolescente luchó en primera línea “matando inmoralmente”, y por su familiaridad con la violencia y el caos.

Basta con comparar la actitud de Goethe ante Napoleón -la plácida conversación que el 2 de octubre de 1808 mantuvieron los dos en Erfurt- con la de Kleist (“Dadle muerte, el tribunal del mundo no os preguntará por los motivos”), quien abogaba por trasladar a Prusia el implacable modelo de guerrilla con el que los heroicos españoles combatían a los soldados de Napoleón, al margen de los mandos militares y de las clases dirigentes. Intuía que el prototipo de guerra prusiana, basado en la férrea disciplina, carecía de sentido ante un enemigo cuyos soldados luchaban electrizados por su jefe supremo.

“Goethe y Napoleón en 1808”, por Eugène Ernest Hillemacher (1818-1887)

Los pormenores de lo que aconteció el 21 de noviembre de 1811 junto al lago Wannsee están desperdigados por la documentación recopilada por Michel Tournier: las cinco cartas que escribieron Heinrich y Henriette aquella misma mañana y las declaraciones del matrimonio que regentaba la hostería Stimming, de la sirvienta, del jornalero y su mujer y del médico forense. La lectura de estos documentos permite la reconstrucción de las últimas horas de la vida de Kleist y de la compañera que eligió para tan extraño viaje.

Todo empezó el miércoles 20 de noviembre, cuando en torno a las tres de la tarde un coche de alquiler procedente de la cercana Berlín se detuvo ante la hostería de Johann Friedrich Stimming, junto al lago Wannsee, y los dos viajeros, un caballero y una dama, llamaron a la puerta. En el rostro de Heinrich destacaban los cabellos negros, la barba también negra y los ojos azules. Vestía un abrigo de tela de color marrón, un chaleco blanco de batista y muselina, pantalones de tela y unas botas de campana. Henriette tenía el rostro picado de viruelas, ojos azules, pelo castaño y una piel “de blancura radiante”. Llevaba puesto un vestido blanco de batista, un abrigo de tela azul muy fino y unos guantes blancos de piel.

Werther a punto de suicidarse, en una versión de la ópera “Werther” que en 1892 compuso Massenet, inspirada en la novela de Goethe

A petición de los huéspedes, se les prepararon dos habitaciones en el piso superior. Lo primero que dijeron es que aguardaban la llegada de otras personas. Después de beber café, salieron a pasear. Al terminar la cena se retiraron a sus cuartos. Habían pedido provisión de velas y algo con que escribir. Durante la noche, el hostelero y sus criados los oyeron ir y venir en el interior de sus habitaciones. Probablemente no durmieron. A las cuatro de la mañana pidieron café. La criada que se lo sirvió halló a Henriette completamente vestida. Pero en el café de las siete ya estaba desvestida.

El nuevo día amaneció gélido y con el cielo despejado. El crudo invierno se había anticipado un mes. A las nueve Henriette le rogó a la criada que le ordenase las cosas y cepillara su ropa. Para desayunar no quiso más que un caldo. Ya cenarían abundantemente. Pagaron la cuenta. Acto seguido ordenaron que un propio enviase una carta a Berlín. En realidad eran dos e iban dirigidas al amigo común Ernest Peguilhen.

En la carta firmada por Heinrich en la hostería le pide que vaya pronto para proceder a “nuestra inhumación”. Los gastos le serían reembolsados por su hermanastra Ulrike. Y que, por favor, le pague a su barbero la cuenta del mes. Lo había olvidado. El dinero está envuelto en un papel en el cofre de Henriette, en el que hallará además algunos encargos que tendrá que hacer para ahorrarle las molestias a Louis Vogel. En la carta firmada por Henriette le urgía a Peguilhen para que viniera a la hostería esa misma noche e hiciese lo posible para que “mi pobre Vogel no se impresione demasiado”. En la habitación verá una valija de cuero negra cerrada con llave y un cofrecillo que guarda algunas cartas, dinero y pequeños objetos y algunos libros. Todo eso era para Vogel.

Entorno en el que se encuentran las tumbas de Heinrich von Kleist y Henriette Vogel

Al preguntarle el hostelero qué querían cenar, Heinrich respondió que esperaban a unos invitados al atardecer. Tenían que comer bien. Henriette replicó que con una tortilla se darían por servidos. “Comeremos mejor mañana al mediodía”, apostilló Heinrich. Entre las dos y las tres, después de un paseo alrededor de la casa, charlaron amablemente con el hostelero, que no los vio preocupados y menos aún angustiados. Preguntaron a qué hora llegaría el mensajero a Berlín y por la manera de llegar a la isla más cercana. ¿Vivía alguien allí? No se sabe a ciencia cierta por qué eligieron ese paraje boscoso para consumar su pacto sangriento, pero todo hace sospechar que debió de atraerles su soledad y amplitud, que les permitía poner en escena la tragedia.

La mujer del hostelero los avistó en el jardín de la hostería entregándose a toda clase de juegos. Heinrich se divertía corriendo y guardando el equilibrio sobre las tablas de la pista de bolos. Cuando le propuso a Henriette que lo imitara, ésta se negó. A la hostelera le pareció que se querían mucho. Le llamó la atención que unas veces se tuteasen y otras se llamaran de usted.

Vista reciente del Kleiner Wannsee

En la cocina le preguntaron a la mujer si podía enviarles café a la otra orilla del lago, en un prado desde el que se divisaba una hermosa vista. Asombrada, la hostelera les dijo que eso quedaba muy lejos y hacía mucho frío. Pero Heinrich prometió una propina a los criados por la molestia. También quería que en la bandeja se añadiera una botella de ron. De camino hacia el prado, Henriette portaba una canastilla tapada con un pañuelo. Los dos correteaban y hacían rebotar piedras planas sobre las aguas del lago.

A las cuatro, el jornalero de la hostería se cruzó en el camino con la pareja, cuando transportaba una carreta de estiércol. Heinrich le pidió que la apartara a un lado para que pudiese pasar Henriette. A cambio de ese pequeño favor le dio una moneda. Más tarde su mujer le comentó que era una locura que esos señores le hubieran pedido que les sirviese café en la orilla del lago. Ahora tendría que ayudarla a cargar con unas sillas y una mesa hasta el prado de la colina.

En la película “Amour fou” (2014), de Jessica Hausner, se recrean las últimas horas de Heinrich von Kleist y Henriette Vogel

Cuando llegaron los dos, Heinrich se había bebido casi todo el café. Incluso delante del jornalero dio cuenta de una taza de ron. Seguidamente le pidió que se la llevase a su patrón y la llenara del licor hasta la mitad. Pero Henriette le interrumpió advirtiéndole que ya había bebido bastante ron por hoy. En total, esa mañana bebieron las dos o tres botellas de vino que traían en su equipaje, otra de ron y ocho groschen de ron que compraron en la hostería.

El jornalero los vio correr colina abajo, persiguiéndose “como los niños cuando juegan al gato y al ratón”. Todo el tiempo se decían “mi niño, mi niña, mi querido niñito”. Parecían realmente felices. Los dos fueron al encuentro de la esposa del jornalero que volvía con el lápiz que poco antes le había pedido Henriette. Heinrich le pasó una taza con algunas monedas dentro para su patrón.

De vuelta a la hostería, la mujer oyó un disparo. Pensó que los desconocidos se divertían disparando al lago con un fusil que no había visto. Siguió caminando sin volverse. Pero apenas había andado cincuenta pasos, oyó un segundo disparo, que no la inquietó menos que el primero.

“Pentesilea” (1891), del pintor Arturo Michelena, que recrea el mito de la amazona, a la que Kleist dedicó una obra teatral

Tras dejar la taza en la hostería, regresó a la orilla del lago. Allí se encontró con Henriette tendida de espaldas, muy pálida. Asustada, se dio la media vuelta para contar en la hostería lo que había visto. Nada más oír la noticia, la esposa del hostelero subió a las habitaciones donde se habían alojado los huéspedes. Las puertas estaban candadas. Dentro había un cofrecillo y una valija cerrados con llave.

De inmediato todos -el hostelero y su mujer, el jornalero y la suya y la sirvienta- se encaminaron hacia el lago. Cerca de donde se hallaba Henritte tumbada  boca arriba, con las manos juntas en el pecho, estaba Heinrich arrodillado, con la cabeza inclinada hacia el lado izquierdo, y dentro de la boca el cañón de una pistola, que aferraba con las dos manos. A su lado había otra pistola y una tercera encima de la mesa.

Tumba de Heinrich von Kleist y Henriette Vogel antes de la rehabilitación de 2011. Se puede apreciar la lápida de ella que se colocó por primera vez en 2003

El hostelero ordenó a dos lugareños que se apostasen junto a los cuerpos hasta que llegase la policía. Él mismo acudió a la comisaría de Potsdam para informar de los hechos. Aproximadamente a las seis llamaron a la puerta de la hostería dos hombres procedentes de Berlín: el marido de Henriette, Louis Vogel, y Ernest Peguilhen. Preguntaron si seguían allí los dos huéspedes que se presentaron el día anterior. El hostelero les comunicó que se habían dado muerte con unas pistolas y que yacían en la orilla del lago.

A las once de la noche la policía aún no había hecho acto de presencia, por lo que todos se fueron a acostar. Por la mañana Louis Vogel pidió al hostelero que hiciesen el favor de traerle un rizo de su difunta esposa. Los dos hombres regresaron a Berlín. A mediodía volvió Peguilhen, quien mandó abrir una fosa a la derecha de donde yacían los dos cuerpos para dos féretros que había encargado en la capital. Por fin a las dos de la tarde llegaron el comisario de la policía y el médico forense, que ordenaron el traslado a la hostería de los cadáveres, ya dentro de los ataúdes, para practicarles la autopsia.

Según el informe del médico, el rostro del difunto sólo presentaba algunas manchas de sangre. Debajo del seno izquierdo de Henriette había un manchón “del tamaño de un tálero” y huellas de quemadura. En ninguno de los cuerpos se advertían señales de violencia. La bala con la que él se suicidó  quedó alojada en el cerebro. La lengua y los dientes estaban intactos. Es probable que se asfixiara  con la pólvora. El informe reveló que la difunta padecía un carcinoma en la matriz, “un mal incurable que la destinaba a una muerte lenta y cruel”.

Placa conmemorativa en la casa donde nació Heinrich von Kleist, reconstruida después de la Segunda Guerra Mundial, en Große Oderstraße 26, en Francfort del Oder

Al tratarse de un pacto de suicidio, Heinrich y Henriette no fueron sepultados en un terreno sagrado sino en el mismo lugar en el que murieron. En 1868 se grabaron en la lápida unos versos del poeta Max Ring:

“Vivió, cantó y sufrió/ en una época turbulenta/ Vino aquí a buscar la muerte/ y encontró la inmortalidad”

Bajo el régimen nazi se borraron los versos de Ring (era judío) para sustituirlos por uno extraído de la obra teatral de Kleist El príncipe de Homburg: “Ahora, oh inmortalidad, eres toda mía”. Después de la guerra se reescribieron los versos de Ring. Durante muchos años se ignoró que junto a Kleist yacía Henriette Vogel. No se la recordó con ninguna lápida, hasta que en 2003 se subsanó esa vergonzosa anomalía. En 2011, aprovechando el 200 aniversario de la muerte de los dos, se reformó la tumba y el entorno.

Max Ring (1817-1901)

El médico forense que firmó el informe de la autopsia de Kleist dedujo, “conforme a los principios de la fisiología”, que el temperamento del difunto era del tipo Sanguino Cholericus. Naturalmente el intento del representante de la ciencia por encajar al poeta en un único prototipo resultaba inútil. La personalidad de Kleist era múltiple. En ella coexistían una cosa y la contraria. Él mismo debió de tomar conciencia de la indefinición de su identidad, según se infiere de una carta a su amigo el escritor Heinrich Zschokke, al leer en la fachada de la casa de unos campesinos, en la ciudad suiza de Thun, esta inscripción anónima:

“Vengo de no sé dónde, soy no sé qué, voy no sé adónde: me asombra que esté tan contento”.

Porque no sabía quién era, ni de dónde venía, ni adónde se dirigía, se pasó su corta vida buscando respuestas a esas preguntas tanto en sus escritos como en las cartas que envió a sus amigos.

Heinrich Zschokke

Por supuesto, no halló respuesta alguna y es probable que tampoco esperase encontrarlas. Para saber quién era tendría que haber sido uno solo. Precursor del “manicomio de caricaturas” que Fernando Pessoa entrevió en cada uno de nosotros, se repartió por los numerosos personajes de sus relatos y piezas teatrales. Podemos reconocerlo en el príncipe de Homburg y en el aguerrido Michael Kohlhaas, pero también en Pentesilea, en la Marquesa de O. y en Toni, la joven enamorada de Los esponsales de Santo Domingo.

Dominado por la ley de la contradicción, de la que era plenamente consciente, no cabía en ningún molde. En primer lugar el molde de la familia, que lo menospreciaba por no haber satisfecho las expectativas que depositaron en él, en tanto que descendiente de un linaje de militares al servicio del estado prusiano; luego en el molde de la literatura de la época, que ignoró sus obras teatrales, y en los gustos de un público que no entendió la potencia explosiva de sus relatos; tampoco el molde de esposo y padre de familia parece que estaba hecho para él: a los 34 años permanecía soltero y sin un compromiso creíble. La única mujer a la que guardó fidelidad fue Henriette Vogel y la conoció para morir con ella en unas circunstancias trágicas. Alguien que no cabía en ningún molde tenía que estar escapando siempre.

Fernando Pessoa

La contradicción se extiende también a la disparidad que se aprecia entre la violencia furiosa de sus historias y el estilo exento de concesiones a la retórica y al adjetivo fácil en que están escritas, y que hace que dos siglos después su lectura “nos quite mil canas”. A la prosa exprimida de Kleist se le puede aplicar perfectamente aquello que Paul Valéry decía del estilo seco: que tiene el raro privilegio de “atravesar el tiempo como una momia incorruptible”. Su principal fuente de inspiración fueron las Novelas Ejemplares de Cervantes.

En Carta de un poeta a otro confiesa que pone todo su empeño en imprimir “claridad a la expresión, sentido a la versificación y donaire a las palabras”. Argumenta que los ingredientes de la forma poética son “un mal natural y necesario”, como la cáscara del fruto. A lo más que puede aspirar el arte es a hacerlos desaparecer para que no distraigan al lector.

La auténtica forma se distingue de la defectuosa en que “hace patente el espíritu instantánea e inmediatamente”. En cambio, la defectuosa lo retiene y no nos remite más que a sí misma. Por ello en los relatos de Kleist el narrador se limita a contar los hechos y acciones de los personajes, eludiendo las disquisiciones psicológicas. Un motivo más para que Kafka se sintiese próximo a él.

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Las siete palabras de Baltasar Gracián

diciembre 11, 2018

“Lo breve si bueno, dos veces bueno”. El jesuita Baltasar Gracián no pudo imaginar la celebridad que alcanzaría este aforismo de su obra Oráculo manual  y arte de prudencia (1647), incluido en el comentario encabezado con la brevísima exhortación “No cansar”. Siete palabras, y no precisamente las últimas, lanzadas contra las murallas de la ciudadela barroca y su retórica autocomplaciente. Abundando en este motivo, en el mismo comentario Gracián dice que “más valen quintas esencias que fárragos” y que es verdad común que “hombre largo raras veces entendido”, para clausurarlo con una sentencia todavía más sucinta: “Lo bien dicho se dice presto”. Hablar lo justo. Ni una palabra más ni una menos.

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Y después de la revolución vino la diversión

noviembre 27, 2018

Georges Perec publicó su segunda novela Un hombre que duerme a los treinta años, en 1967, en vísperas de las revueltas estudiantiles de Mayo del 68. Para el título se inspiró en el comienzo de una frase de Por el camino de Swann, el primer volumen de la obra de Proust En busca del tiempo perdido, cuando el Narrador rememora un episodio de insomnio que padeció en el pasado: “Un hombre que duerme está rodeado por el hilo de las horas, el orden de los años y de los mundos”. Además de con Proust, Perec dialoga en la novela, casi siempre de forma implícita, con otras obras y autores: Kafka, Hambre, Moby Dick, Bartleby, el escribiente, Robinson Crusoe, Allan Poe, Baudelaire, la literatura del paseante urbano, del flâneur.

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La tarde en que Lichtenberg se asomó a la ventana para captar los ruidos de Gotinga

noviembre 13, 2018

Una habitación sin ventana es una habitación a medias, mutilada y poco saludable. Una caverna con luz eléctrica, pero ciega y sorda. Como indica su etimología (de la palabra latina ventus, ventilación) las ventanas son los pulmones por los que respira una casa; también los ojos con los que ve y los oídos con los que oye la vida que se agita ante ellas. Por su oquedad entran los rayos de sol que iluminan y templan las paredes en invierno y la claridad lunar en las noches veraniegas.

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La habitación de los hábitos

octubre 23, 2018

Los hábitos y las costumbres tienen sus lugares favoritos en los que se sienten a sus anchas. Son aquellos en los que pasamos más tiempo todos los días, y que, como el nido para el pájaro, forman parte de nuestra intimidad cotidiana. El principal de esos lugares es la habitación en la que desplegamos con mayor profusión nuestros hábitos, siendo la lectura uno de los más frecuentes. Es también el espacio en el que abrimos la puerta de la memoria a los recuerdos. Y en la época dorada de la correspondencia epistolar, el rincón preferido para escribir cartas íntimas y leer las que se recibían. Por ello a esta habitación se la denominaba antiguamente cámara privada, gabinete, boudoir o tocador.

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Alicia en el País de las Pesadillas

octubre 2, 2018

Los hábitos nos identifican. Somos lo que somos por ellos. Su función es comparable a la del estribillo que aparece al final de la estrofa del poema y que sirve para recordar el motivo principal de éste y dotarlo de unidad. Según Aristóteles, las costumbres conforman la segunda naturaleza del ser, dejando incluso su marca en el rostro. Proust decía que las facciones de nuestra cara son simples gestos que, en virtud de la costumbre, han llegado a ser definitivos. Pascal fue más lejos que el Estagirita al afirmar que las costumbres son la única naturaleza que tenemos: forjan las creencias sin necesidad de argumentar.

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A Andy Warhol le encantaban las rutinas

septiembre 18, 2018

La rutina arrastra una pésima fama incluso como palabra. Rutinaria es uno de los calificativos más tristes que se puede endosar a una persona. Confesar que se tienen rutinas resulta casi vergonzoso, aunque se tengan, naturalmente, y pasemos en ellas la mayor parte de nuestro tiempo. Son como esas habitaciones de la casa que nunca se enseñan a las visitas y en las que transcurre la cotidianidad de sus moradores.

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