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A Andy Warhol le encantaban las rutinas

septiembre 18, 2018

La rutina arrastra una pésima fama incluso como palabra. Rutinaria es uno de los calificativos más tristes que se puede endosar a una persona. Confesar que se tienen rutinas resulta casi vergonzoso, aunque se tengan, naturalmente, y pasemos en ellas la mayor parte de nuestro tiempo. Son como esas habitaciones de la casa que nunca se enseñan a las visitas y en las que transcurre la cotidianidad de sus moradores.

Cuando alguien se reincorpora al trabajo a la vuelta de unas vacaciones se dice que retorna a la gris rutina, de la que hará lo posible para escapar a la menor oportunidad, como se escapa de una prisión. Es la variedad contra la monotonía, lo novedoso contra lo usual, la espontaneidad y la innovación contra la inercia, lo cambiante contra lo duradero.

Su leyenda negra la considera enemiga acérrima de la imaginación y de la curiosidad. Además de ahogar el impulso creador, quien se aferra a ella hará siempre lo mismo y de la misma manera, impidiéndole dar lo mejor de sí. También verá siempre las mismas cosas y desde un invariable punto de vista: la rutina envejece el ojo, decía Nietzsche. No conduce a ninguna parte. Si acaso sólo lleva a la mediocridad. Su valor es comparable al de un céntimo tirado en el suelo que nadie recoge: la molestia de agacharse vale más que él.

Todo el que carece de cualidades para prosperar -imaginación, audacia, iniciativa, ambición- se refugia en la rutina perezosa que le señala el camino sin necesidad de molestarse en buscarlo, obstruyendo el progreso de las ciencias y las artes. Hasta Homais, el boticario arribista de Madame Bovary, advierte a Charles Bovary, recién llegado a Yonville-l’Abbaye en su calidad de médico rural, de que todos sus esfuerzos a favor de la ciencia médica se estrellarán contra la obstinación de la rutina que impera en el pueblo normando.

Sí, las rutinas son obstinadas dando vueltas a la noria de la repetición. Trabajan –es un decir- sin esfuerzo, al margen de la voluntad, propulsadas por la memoria automática. Nos eximen del esfuerzo que requieren las acciones nuevas que emprendemos, aun la más trivial. Al no reparar en sí mismas, tampoco se fijan en lo que hacen ni en cómo lo hacen. Josep Pla observó que los feligreses se persignaban rutinariamente, de cualquier manera y con lo que tuvieran en la mano: los hombres con la petaca de tabaco y las mujeres con la punta del abanico. Pensaba que todo lo que se hace de manera rutinaria se hace mal.

Josep Pla

Pero de todos los reproches que se vierten contra la rutina uno de los más duros es que permanezca indiferente ante hechos que exigen al individuo romper con ella. Al adormecer la conciencia, atrofia los sentimientos morales. El “vivir como de costumbre” en momentos cruciales obstruye la sensibilidad hasta límites intolerables, poniendo en peligro incluso la suerte de quienes se aferran a ella por comodidad e inercia.

Rutina proviene de ruta, o sea, un sendero trillado que no es preciso más que seguir a ciegas porque nos lo sabemos de memoria, como la tabla de multiplicar que aprendimos en la escuela. Un camino angosto, trazado a la medida de nuestras necesidades y compuesto por retazos de tiempo, con sus funciones correspondientes, que recorremos diariamente sin apartarnos un milímetro de sus límites. Y así un año tras otro.

El sociólogo e historiador Lewis Mumford asociaba la rutina a la invención del reloj mecánico que se propagó por las ciudades a partir del siglo XIII y que exigía a sus habitantes una rutina metódica. Pero, según Mumford, el precedente del reloj es el monasterio y la férrea disciplina de la regla benedictina “opuesta a las fluctuaciones erráticas y a los latidos de la vida mundana”. Ya en el siglo VII una bula papal decretó que las campanas del monasterio se tocaran siete veces en las veinticuatro horas. A estas divisiones del día se las denominó horas canónicas. Sólo hacía falta encontrar un medio para contabilizarlas y asegurar su repetición regular. Ese medio fue el reloj que permitió sincronizar las acciones de los hombres.

Lewis Mumford (1895-1990)

Las campanadas del reloj de la torre determinaban el ritmo de la ciudad, incorporando una nueva regularidad al quehacer del trabajador y del comerciante. El reloj programaba las rutinas diarias de la gente, incluidas las funciones corporales: se comía no cuando se tenía hambre sino cuando el reloj marcaba la hora señalada para la comida; se dormía no cuando se tenía sueño, sino a la hora estipulada para irse a la cama.

Poco a poco este instrumento llegó a los hogares de las familias burguesas. “Ser tan regular como un reloj fue el ideal burgués” y poseer un reloj “un inequívoco signo de éxito social”. Mumford señala que en el siglo XVII la nueva burguesía, en la oficina y en la tienda, redujo la vida a una rutina cuidadosa e ininterrumpida, tanto en  el negocio como en las comidas y el placer. Todo era medido cuidadosamente y tan metódico “como el contacto sexual del padre de Tristram Sandy, que coincidía simbólicamente con el momento en que daba cuerda al reloj”.  A partir de entonces nada se hallaría libre del calendario o del reloj. El día y la vida estaban completamente regimentados.

Si damos por válida la tesis de Mumford, quizá se deba buscar en la mentalidad romántica el origen de la fobia moderna que suscita la rutina, con su propaganda a favor de lo novedoso y de las aventuras interminables, pero también en algo tan opuesto a ella como el pragmatismo charlatán que encarna el boticario Homais. Ya sea en una u otra modalidad, en cualquier caso la aversión a la rutina juega a favor de quienes la pregonan, dando por sentado que ellos no son rutinarios en absoluto.

“Vida y opiniones de Tristram Shandy”, de Laurence Sterne

Sin embargo, aunque a muchos les cueste reconocerlo, nuestras vidas están jalonada de rutinas. Nadie se libra de su presencia, ni siquiera sus enemigos acérrimos, que presumen de innovadores y se jactan de prescindir de las rutinas, una declaración falsa, como saben muy bien. ¿Qué sería de nosotros sin ellas? ¿Cómo nos las arreglaríamos para sobrellevarnos y soportar la incertidumbre que nos acecha a todas horas?

Alguien con una vida pública estrafalaria y frívola como Andy Warhol no se avergonzaba de tener rutinas. Al contrario, confesaba estar encantado con cultivarlas. “La gente me llama y dice: ‘Espero no sacarte de tu rutina llamándote de este modo’. Saben cuánto me gusta”. Reconocía que su forma de mostrarse más productivo era apegándose a una rutina que le funcionase.

Andy Warhol junto a “Archie”, fotografía de Jack Mitchell, 1974

Podemos preguntarnos si la sincera querencia de Warhol por las rutinas (una de ellas era asistir a misa diaria en la iglesia de San Vicente Ferrer de Nueva York, al este de Manhattan) estará relacionada con la proliferación en su obra pictórica de objetos anodinos que usaba él mismo -esas cosas aburridas que tanto le gustaban-, desde una cajetilla de tabaco hasta una lata de sopa, y con su obsesión por la serigrafía. También era como si buscase un contraste entre los múltiples objetos de usar y tirar, fabricados en cadena para consumirse en unos minutos, y cuyo único rastro de su paso por el mundo es su envoltorio colorista, y la unicidad de la rutina duradera, reiterativa e incolora.

En su célebre The Factory se rodaron varias películas protagonizadas por Doña Rutina. Por ejemplo, en Sleep (1963) un hombre desnudo (el artista John Giorno) permanece dormido  seis horas en la cama de su apartamento, el tiempo de duración de la cinta. El documental Empire no es más que un plano único e inmutable del Empire State Building de Nueva York, tomado desde el piso 44 del edificio Time-Life, durante más de ocho horas, desde el anochecer del 25 de julio de 1964 hasta casi las tres de la madrugada del día siguiente. La única amenidad del plano es la iluminación nocturna en la parte superior del rascacielos.

Gerard Malanga y Warhol, serigrafía de lata de sopa Campbell. “The Factory” 1965. Phaidon

En Chelsea Girls (1966) volvió a desafiar las leyes de la diversión rodando el trajín cotidiano de las chicas que se hospedaban en el Hotel Chelsea de Nueva York. Le fascinaba dejar que las imágenes se repitiesen por su creencia en que pasamos buena parte de nuestro tiempo viendo sin observar. Además, se preguntaba si al fin y al cabo la vida no sería más que una serie de imágenes que cambian a medida que se repiten, una idea que entronca con la célebre cita de Lampedusa en El Gatopardo: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. Así pues, el cambio no sería más que la astuta apariencia que adopta la repetición para fingir que no lo es ante unos espectadores tan asqueados de la rutina como ansiosos de novedades.

Warhol empezaba su jornada de la misma manera. Nada más despertarse hacía una llamada a su amigo Pat Hackett para contarle todo lo que había hecho la jornada anterior. Fruto de estas conversaciones, o más bien monólogos, fueron los Diarios de Andy Warhol que Hackett publicó en 1989, a los tres años de la muerte del artista. Luego hacía otro par de  llamadas, se duchaba y bajaba a la cocina para desayunar junto a sus perros salchicha.

Cartel de la película “Sleep”

Al terminar el desayuno salía a pasear dos horas por el barrio y retornaba a la oficina al mediodía. Allí trabajaba con su equipo, hablaba por teléfono y revisaba las cuentas con sus managers. Volvía al estudio para continuar con su trabajo hasta las once de la noche. A continuación se reunía de nuevo una hora con su manager personal y salía a cenas y fiestas o para ver una película y regresar temprano a casa tras la cena.

La rutina no es más que la repetición de actos que ejecutamos sin necesidad de forzar la voluntad y la inventiva más allá de lo imprescindible. Nos aferramos a las rutinas en primer lugar porque somos animales de costumbres y porque tenemos memoria. Sólo es preciso obedecerlas, seguir la ruta que nos señalan. Al emplearlas en tareas necesarias pero de poca monta, reservamos lo mejor de nosotros para las importantes.

En una carta a su amada Louise Colet, también escritora, Flaubert le decía que si la vida de ella era uniforme, la suya era como un estanque quieto donde nada se movía ni sobresalía. “Cada día que pasa se parece al anterior. Puedo decirte lo que haré dentro de un mes, dentro de un año, y considero esto no sólo sabio sino afortunado”. Por ello casi nunca tenía nada que contarle. No recibía visitas en su casa ni tenía en Rouen amigo alguno.

“No hay oso  blanco encaramado en su témpano del polo que viva más olvidado que yo en la tierra”.

Retrato de Louise Colet, la amante de Flaubert con la que mantuvo una copiosa correspondencia

Le aconsejaba que se alejase de la idea del artista caótico y bohemio, que trabajara pacientemente todos los días el mismo número de horas y se habituase a una vida tranquila y estudiosa. “Lo que alimenta no son las grandes cenas ni las grandes orgías, sino un régimen continuo, sostenido”. Más le valía que desconfiase de todo lo que se pareciera a la inspiración, que a menudo “no es más que una idea preconcebida y una exaltación ficticia que uno se infunde voluntariamente y no ha llegado por sí misma”. No se vive en la inspiración.

Sin la vida rutinaria que Flaubert llevó durante años en su retiro de Croisset no habría podido escribir sus novelas. Gracias a ella comprendió que la aceptación de la realidad comienza por aceptar las rutinas, cuyos frutos son tardíos pero de una madurez exquisita, frente a los cantos de sirena de las novedades, que nos ensordecen con sus vagas promesas de felicidad y que, al no estar nunca a la altura de nuestras expectativas, al final resultan mucho más adictivas que las rutinas.

En una sociedad que promueve descaradamente la vulgaridad en todos los ámbitos, se tacha de vulgar a la rutina, en las antípodas de la leyenda áurea que ensalza la innovación y la creatividad incluso en ámbitos pedestres, como si ambas estuviesen al alcance de cualquiera y bastase con mencionarlas para que caigan del cielo. El culto a la novedad y a todo lo susceptible de renovarse constantemente, tan ligado al desarrollo tecnológico, relega a la rutina a la categoría de cachivache. No se tolera que dure, que persevere, que se repita.

Zygmunt Bauman falleció a los 91 años en enero del año pasado

Poco antes de su fallecimiento en enero de 2017, a los 91 años, el sociólogo Zygmunt Bauman comentaba que en la sociedad de consumidores la “novedad” había sido elevada al grado más alto de la jerarquía de valores, como si fuese la llave de la felicidad.

“Tendemos a no tolerar la rutina porque desde la infancia nos hemos acostumbrado a perseguir objetos de usar y tirar, que se pueden reemplazar rápidamente. Ya no conocemos la alegría de las cosas duraderas, fruto del esfuerzo y de un trabajo escrupuloso”.

En 1778 Immanuel Kant declinó el ofrecimiento del ministro prusiano Zedlitz para que aceptase la cátedra de Lógica y Metafísica en la Universidad de Halle, famosa entonces por ser la primera universidad alemana en cuestiones filosóficas. Soltero y con  52 años de edad, era profesor de esa materia en la Universidad de Königsberg (hoy integrada en Rusia con el nombre de Kaliningrado), su ciudad natal y capital de Prusia oriental.

Retrato de Immanuel Kant

Al poco tiempo le confesaba por carta a su amigo Marcus Herz que ni el lucro ni el relieve en un gran escenario ejercían atracción alguna sobre él. Había logrado todo cuanto anhelaba. Se sentía tranquilo, aclimatado a sus pocas necesidades, de modo que podía alternar el trabajo con las especulaciones del espíritu y el trato social.

“Cualquier cambio me inquieta, aunque se presente con todas las apariencias favorables y creo que debo seguir este instinto de mi naturaleza si quiero alargar un poco el hilo que las Parcas tejen para mí y que es muy delgado y frágil”.

Aunque agradecía el interés de sus amigos y protectores por su bienestar, les rogaba encarecidamente que dirigieran esos buenos deseos a apartarlo de toda inquietud “en la presente situación”. Ésta situación no era otra que el inicio de la escritura de su obra capital, la Crítica de la razón pura.

Portada de la primera edición de la “Crítica de la razón pura” (1781)

A partir de entonces se enfrascó en una vida “solitaria, mecánicamente ordenada, casi abstracta, en una silenciosa y apartada calleja de Königsberg”, según recordaría Heine en 1834, a los treinta años de la muerte del filósofo. “No creo que el gran reloj de la catedral de Königsberg realizara su eterno trabajo diario con menos pasión y más regularidad que su paisano”, añadía Heine.

A las cinco menos cinco de la mañana, su criado Lampe, un antiguo soldado prusiano con un estricto sentido del deber, se encargaba de despertarlo. A las cinco en punto ya estaba tomando una taza de té. Acto seguido fumaba una pipa y hasta las siete preparaba las clases que impartía de siete a nueve o de ocho a diez. Hasta las doce y cuarenta y cinco minutos se dedicaba a sus trabajos más serios, que interrumpía para beber un vasito de vino. A la una en punto iba a almorzar a un restaurante y después de una larga sobremesa, a las tres y media daba un paseo por el mismo sendero, que concluía con una visita a su amigo John Green, un comerciante británico. Se sentaba a escribir hasta las siete, hora en que cenaba. Antes de acostarse a las diez de la noche leía un rato.

Heine comenta que en aquella vida “todo tenía su tiempo marcado”, hasta el punto de que los vecinos sabían perfectamente que eran las tres y media de la tarde cuando Immanuel Kant, con su abrigo gris y un bastón de caña, salía a pasear hacía la pequeña avenida de los tilos que posteriormente fue bautizada en su honor con el nombre de Paseo del Filósofo. Ocho veces la recorría de arriba abajo en todas las estaciones del año. Cuando hacía mal tiempo o las nubes grises anunciaban lluvia, le seguía su criado Lampe con cara de preocupación, provisto con un largo paraguas bajo el brazo.

Estatua de Kant en Kaliningrado

Kant publicó la Crítica de la razón pura en 1781, pero, tras pasar desapercibida al principio probablemente por su estilo farragoso, alcanzó su máxima difusión en 1789. Había escrito una obra revolucionaria que, por su enorme trascendencia en el campo de las ideas, ha sido comparada con la Revolución francesa que dio al traste con  la vieja monarquía y puso patas arriba a la sociedad del Antiguo Régimen.

Como si fuese consciente del paralelismo entre sus descubrimientos y los sucesos que se desarrollaban en Francia, interrumpió por segunda vez (la primera fue cuando recibió en casa el Emilio, de Rousseau) su paseo vespertino cuando leyó en el periódico la noticia de la revuelta del 5 de mayo de 1789 que estalló en París, con la reunión en Versalles de los Estados Generales, y que culminó con la toma de la Bastilla el 14 de julio. ¿Estarían saliendo los hombres de la minoría de edad y al fin se servirían de su capacidad de entendimiento, sin ser dirigidos por otro, como había propugnado en su opúsculo ¿Qué es la Ilustración? ?

Heine calificó a Kant de “gran destructor del pensamiento”, superando “en terrorismo” a Maximilien Robespierre. Incluso pensaba que compartían una “honestidad despiadada, cortante, sin poesía y sobria” y un talento idéntico para la desconfianza, “sólo que uno la ejercita contra los pensamientos y la llama crítica, y el otro la ejerce contra los hombres y la llama virtud republicana”. Pese a que la naturaleza los había destinado a pesar café y azúcar en una balanza,

“el destino quiso que pesaran otras cosas y puso un rey en la balanza del uno y un Dios en la del otro”.

Retrato de Robespierre (c. 1790), de autor desconocido

A Heine le llamaba la atención el contraste entre  la vida exterior del hombre, regida por un estricto régimen de rutinas, y sus “pensamientos destructores, desmenuzadores del mundo”. Si los buenos vecinos de Königsberg hubiesen adivinado el alcance de las ideas que bullían en la mente de aquel hombrecillo retraído, que pasaba ante ellos a la hora prevista, hubieran sentido “un temor mucho mayor del que podría inspirarles el verdugo que, en definitiva, sólo ejecuta hombres”. Lo cierto es que la existencia rutinaria de Kant abrió una nueva ruta, hasta entonces inexplorada, en la historia de la filosofía occidental, revolucionando la teoría del conocimiento que se barajaba en la época.

Arthur Schopenhauer comparó a los hombres con relojes “a los que se les ha dado cuerda y andan sin saber por qué”. Cada vez que viene alguien al mundo, escribió en un tono rapsódico,

“de nuevo se da cuerda al reloj de la vida humana, para que se repita su rancio sonsonete gastado de eterna caja de música, frase por frase, tiempo por tiempo, con variaciones apenas perceptibles”.

En 1833 el filósofo se estableció en Frankfurt, donde residió hasta su muerte en 1860, rodeándose de rutinas que le permitieron continuar con su labor filosófica, emulando en este punto a su maestro Kant.

Tumba de Kant en la ciudad rusa de Kaliningrado (en alemán, Königsberg)

Se levantaba a las siete, tomaba un baño frío y, después de desayunar una taza de café negro, se sentaba a la mesa de su habitación para escribir hasta mediodía. De doce a una tocaba la flauta, normalmente algún tema de su admirado Jacobo Rossini. Luego almorzaba en el restaurante del hotel Englischen Hof. Regresaba a casa para dormir una hora de siesta y a las cuatro salía a dar un paseo de dos horas por caminos poco frecuentados, con su bastón de bambú y en compañía de su perrito de lanas Atma.

A las seis acudía a una biblioteca para leer The Times y clausuraba la jornada asistiendo a un concierto o al teatro, hasta que la sordera le obligó a privarse de estos placeres. De ocho a nueva cenaba en un restaurante o en el comedor de un hotel y si no entablaba alguna conversación con un conocido, se retiraba entre las nueve o a las diez para acostarse.

El filósofo Arthur Schopenhauer

Pocos escritores han ensalzado tanto la monotonía como Fernando Pessoa, para quien la felicidad consiste en adaptarse a la monotonía que recorre la vida, lo que equivale “a ser igual que la vida y a vivir plenamente”. En cambio, un exceso de novedades fatiga al espíritu al no haber sensibilidad suficiente para absorber tantos estímulos. El sabio “monotoniza la existencia, puesto que entonces cada pequeño incidente tiene para él el privilegio de maravilla”, mientras que el cazador de leones “no tiene aventuras más allá del tercer león”.

La monotonía hace que la vida sea un espectáculo compuesto por pequeñas distracciones. Quien no salió de Lisboa, reflexiona Bernardo Soares, el heterónimo de Pessoa en el Libro del desasosiego, viaja al infinito viajando hasta Benfica, y si un día va a Sintra, sentirá que ha viajado hasta Marte. Pero

“el viajante que pateó toda la tierra no encuentra novedad a cinco mil millas, porque encuentra sólo cosas nuevas”.

Página manuscrita de “Libro del desasosiego”

El cocinero del vulgar restaurante en el que almorzaba Bernardo Soares llevaba cuarenta años metido en la cocina, tenía unas vacaciones breves, dormía pocas horas, de vez en cuando viajaba a su tierra natal para pasar unos días y ahorraba un dinero que no pensaba gastar. Aunque vivía en Lisboa desde hacía cuarenta años, nunca fue ni a la Rotunda, ni al teatro. Se casó “no se sabe cómo ni por qué”, tenía cuatro hijos y una hija y su sonrisa, apoyado en el mostrador del restaurante, “irradiaba felicidad auténtica”.

Pese a que al principio Bernardo Soares observase con pena esa vida, y tantas como la suya, enseguida cayó en la cuenta del error, propio de la imaginación literaria, en el que incurría al creer que los demás deben sentir como nosotros. En una vida rutinaria un acontecimiento insignificante puede alcanzar dimensiones apocalípticas. Un incidente trivial en la calle, una escena de dos tipos dándose bofetadas, será para el cocinero de Lisboa como un “modesto apocalipsis” que le ayudará a escapar a su monotonía.

Fernando Pessoa bebiendo una copa de vino en una taberna, en 1929.

Al propio Bernardo Soares, oficinista en la Rua dos Douradores, la alteración de la rutina sólo le producía la sensación de una “novedad fría, un placer levemente desalentador”. Quien tiene la costumbre de salir de la oficina a las seis de la tarde, si por cualquier motivo sale un día a las cinco, siente “una fiesta mental y algo así como pena por no saber qué hacer de sí mismo”.

Un defensor vehemente de las rutinas fue el escritor colombiano Nicolás Gómez Dávila, contemporáneo de Warhol, aunque de una generación anterior y en las antípodas del artista neoyorquino. En contra de la tendencia de la época, se definió como un reaccionario (“Soy el asilo de todas las ideas desterradas por la ignominia moderna”), al que no le quedaba más remedio que vivir “en un lívido crepúsculo de derrota”.

Nicolás Gómez Dávila (1913-1994)

Una de las cosas que más le irritaba es que “rutinario” fuese un insulto, algo que, a su juicio, demuestra ignorancia en el arte de vivir. “Sólo las más humildes rutinas dan a la vida alguna seriedad y algún peso” anotó en uno de sus aforismos. La rutina “aplaca nuestra inquietud, porque es nuestra cómica manera de participar en lo eterno”. Más aún, la consideraba una liberación. La quietud y la rutina “nos entregan la pulpa de las cosas, de las esencias, de los seres” y el espíritu “florece en el silencio y la rutina”.

Para Gómez Dávila la civilización “no es un proceso de continua ‘creatividad’, sino un sistema de rutinas civilizadas”. Habría que “embalsamar la vida en ritos, para que no se pudra”. Mientras que éstos preservan, los sermones minan la fe. Le disgustaban las innovaciones introducidas por la Iglesia en la liturgia católica, tachándolas de “estupidez”, argumentando que el hombre “venera sólo rutinas inmemoriales”. Proust, Joyce, Kafka y, por supuesto, Pessoa, habrían compartido su creencia de que la rutina “es el escenario predilecto de la epifanía”, o sea, la atmósfera propicia para que sucedan acontecimientos extraordinarios y en apariencia inverosímiles, que cambian radicalmente el rumbo de una vida.

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