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La novela en la que los libros salvan a los lectores

diciembre 6, 2016

Los surrealistas expresaron una sincera admiración por Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights), la única novela que publicó Emily Brontë en 1847 bajo el pseudónimo de Ellis Bell, porque encarna la exaltación del amor imposible y destructivo que lleva a los amantes a obsesionarse el uno con el otro, como si no hubiese nadie más en el mundo que ellos, en un deseo caníbal de fusionarse, de ser los dos en uno. Buñuel se sintió muy atraído por esta obra que en 1953 trasladó al cine con un título apropiado: Abismos de pasión. Georges Bataille, que le dedicó un ensayo, decía que es “uno de los libros más hermosos de la literatura de todos los tiempos”. Quienes lo hayan leído podrán dar crédito de este elogio nada hiperbólico. Es de las pocas novelas que gozan del privilegio de no dar tregua al lector.

La trama de Cumbres Borrascosas gira alrededor del amor desesperado que sienten Catherine, la temperamental hija del señor Earnshaw, propietario de la granja Cumbres Borrascosas, y su hermano adoptivo Heathcliff. Ante la imposibilidad de encarrilar esa pasión hacia el matrimonio -ella se casa sin amor con Edgar Linton, un joven de carácter y formación en las antípodas de Heathcliff y propietario de la elegante Granja de los Tordos-, ambos se empantanan en los felices recuerdos de la infancia y adolescencia, cuando pasaban todo el tiempo juntos, correteando por el campo como animales salvajes, al margen del mundo adulto y sus normas. Rehenes de ese pasado irrecuperable, los dos sucumben a la frustración, que en el caso de él se manifestará en la venganza contra la familia de Catherine y de su marido, y en el de ésta, en la ansiedad, la depresión y, finalmente, la muerte que le sobreviene a causa del parto de su hija.

Ilustración de Balthus para la novela "Cumbres borrascosas", con Heathcliff y Catherine Earnshow de niños

Ilustración de Balthus para la novela “Cumbres Borrascosas”, con Heathcliff y Catherine Earnshaw de niños

Aunque la historia de los dos amantes, y sus dolorosas repercusiones, constituya el núcleo de la novela, no se suele reparar en el trascendental motivo que subyace en ella: la función redentora que se otorga a la lectura de libros. Si en Cumbres Borrascosas el amor imposible condena a unos amantes, a otros –la siguiente generación- los libros los salvan del desamor que al principio planeaba sobre ellos, uniéndolos en una prometedora alianza.

Esta suerte de escisión entre instinto y racionalidad, ignorancia e ilustración, oscurantismo y luces, brutalidad y refinamiento, recorre toda la historia, mostrándose especialmente visible en el antagonismo que separa a Cumbres Borrascosas, la antigua casa de los Earnshaw que años más tarde pasará a manos de Heathcliff, de la Granja de los Tordos (Thrushcross Grange), la mansión de la culta familia Linton, situada a pocos kilómetros de aquélla. Mientras la primera encarna la vida primitiva, fundida con la naturaleza agreste que la rodea, como su propia construcción pétrea y sus habitaciones inhóspitas, sin cortinas ni alfombras, la Granja de los Tordos simboliza todo lo contrario. Es una mansión acogedora y dotada con una nutrida biblioteca que frecuentan sus propietarios.

Cumbres Borrascosas simboliza el lado instintivo de la vida y todo ese cúmulo de pasiones que Schopenhauer engloba en el concepto de “voluntad”: amor salvaje, odio y rencor, humillación y venganza. Pero también encarna la leyenda, el romance de amor y muerte transmitido de generación en generación al calor del hogar en las largas veladas de invierno; la balada melancólica de origen remoto que siguen cantando los jóvenes; los cuentos de fantasmas y muertos vivientes que refieren los viejos del lugar; las imágenes de niebla densa envolviendo los robledales añosos; la suaves noches de estío, en las que la luz lunar penetra por la ventana mientras en el bosque cercano se oye el canto del búho.

Cubierta de la primera edición de "Cumbres borrascosas" (1847), que Emily Brontë firmó con el pseudónimo de Ellis Bell

Cubierta de la primera edición de “Cumbres Borrascosas” (1847), que Emily Brontë firmó con el pseudónimo de Ellis Bell

Nada más apropiado para Cumbres Borrascosas que la historia del niño expósito de origen gitano adoptado en un breve viaje a Liverpool por el patriarca de la familia, que pronto se enamora de la hija, pero, víctima de las vejaciones a la que lo somete el hermano de ésta a la muerte del padre protector, una noche huye de casa al enterarse del compromiso de la amada con otro hombre de rango social superior al suyo, para regresar tres años después con las manos llenas y la venganza en el bolsillo. O la leyenda del hombre-vampiro que ejerce una irreprimible fascinación sobre sus enemigos, aunque ellos piensen que actúan con plena libertad.

En cambio, la Granja de los Tordos representa la serenidad del jardín; la biblioteca familiar surtida con libros de todos los géneros, países y épocas; el rincón de lectura en la habitación confortable y silenciosa; la curiosidad intelectual; la escritura en forma de diario o correspondencia epistolar; el matrimonio, la amistad, la cortesía.

Los mismos personajes pueden dividirse en dos bandos: quienes no leen casi nunca o leen solamente la Biblia y devocionarios, y aquellos que leen libros variados, además de los Testamentos. Así, de los inquilinos de Cumbres Borrascosas, la única persona que lee no sólo la Biblia, e incluso escribe un diario, es Catherine Earnshaw, una chica curiosa y en absoluto convencional.

Laurence Olivier y Merle Oberon en la película de 1939 "Cumbres borrascosas" que dirigió William Wyler

Laurence Olivier y Merle Oberon en los papeles de Heathcliff y Catherine Earnshaw, en la película “Cumbres Borrascosas” que dirigió William Wyler en 1939

Pero los lectores menos previsibles de la novela son el ama de llaves Nelly Dean, relatora de la historia que se cuenta en Cumbres Borrascosas , y el joven Hareton quien, tras la muerte de su padre Hindley Earnshaw, el antiguo propietario de Cumbres Borrascosas y hermano de Catherine, fue adoptado de mala gana por su nuevo dueño Heathcliff, privándolo de educación y tratándolo como a un criado para vengarse del trato vejatorio que recibió de Hindley.

El papel de Nelly Dean trasciende el de narradora casual que le encomienda Emily Brontë, a modo de máscara.  No sólo ha sido testigo de la agitada historia de las dos familias, los Earnshaw y los Linton, en cuyas casas ha servido desde su juventud, sino que ha ejercido de genio tutelar en los momentos difíciles. Con sus siempre atinados consejos guió a los miembros de ambas familias en su niñez y adolescencia, además de velar por su salud, casi como una segunda madre.

Todavía hay un narrador (y también lector) que se halla por encima de ella y gracias al cual conocemos la historia que se cuenta en Cumbres Borrascosas. Su papel se reduce a transcribir el relato oral que le hace Nelly Dean, aunque al comienzo y al final de la novela añada comentarios de su cosecha que sirven en un caso para dar pie a la historia y en el otro para clausurarla. Se trata de Lockwood, un hombre soltero, cultivado, algo misántropo, que en su propósito de huir de la vida ajetreada de Londres, viaja a los fríos páramos de Yorkshire, alojándose en la Granja de los Tordos que alquila Heathcliff, su flamante propietario, y de cuyo cuidado se encarga Nelly Dean. Allí disfrutará de la lectura de los libros que encierra la biblioteca en la que pasaron tantos ratos leyendo su anterior dueño, el difunto Edgar Linton, viudo de Catherine Earnshaw, y su hija Catherine.

La casa parroquial de Haworth, la casa de los Brontë, actualmente un museo (Brontë Parsonage Museum)

La casa parroquial de Haworth, la casa de los Brontë, actualmente convertida en museo (Brontë Parsonage Museum)

Lockwood será el destinatario del relato que le cuenta Nelly Dean desde el momento en que, incapaz de dormirse, le ruega que le desvele la historia de la extraña familia que acababa de conocer en una visita desafortunada, con noche de perros incluida, que hizo a su casero Heathcliff en Cumbres Borrascosas. Como de regreso a la Granja de los Tordos, contrajo un fuerte resfriado, aprovecha el encierro forzoso en la casa para que el ama de llaves continúe con su relato, que no es más que la novela que está leyendo el lector. Un año después, en 1802, el propio Lockwood completará la historia hasta el tiempo presente.

Al contrario de lo usual, en Cumbres Borrascosas no es el forastero quien relata historias insólitas a los aldeanos que jamás han salido del terruño, sino que es la aldeana que nunca ha traspasado los límites de su tierra la que refiere al forastero la singular crónica de las familias que desde tiempos antiguos habitaron Cumbres Borrascosas y la Granja de los Tordos. Aunque Nelly Dean se formó como lectora en esta última mansión, su talento para la narración oral está enraizado en Cumbres Borrascosas, donde por lo demás residió casi toda su vida y regresará al final, después de su paso por la Granja de los Tordos.

Ponden Hall, 'casa' de los Linton en "Cumbres borrascosas"

Ponden Hall, ‘casa’ de los Linton en “Cumbres Borrascosas”

En cambio Lockwood, el londinense que huye del mundanal ruido para refugiarse en el campo, encarna a la escritura y, en tanto que destinatario del relato con el que le regala los oídos su ama de llaves, será el encargado de transcribirlo e inmortalizarlo. La escritura perpetúa el discurso oral, asegurando su transmisión pura. Ahora bien, sin el relato oral de Nelly Dean no habría podido existir la historia que escribió Lockwood.

El Romanticismo literario añoraba la narración oral que se estilaba en las sociedades primitivas, y que sobrevivió en Occidente hasta bien entrado el siglo XX en las zonas rurales con un elevado índice de población analfabeta o en aquellas otras situadas en países de religión protestante, donde la única lectura era la Biblia. Pero en la práctica se sirve de la escritura propagada en las ciudades por la Ilustración, aunque a menudo se inspire en leyendas, cuentos, baladas o romances de tradición oral.

Al referir a Lockwood la historia de las familias Earnshaw y Linton, Nelly Dean rememora también su pasado, toda una vida al servicio de otras personas, jalonada de sacrificios y renuncias. Llama la atención que nunca hable de sí misma, de sus familiares o amistades, como tampoco de sus aspiraciones, y que se ciña exclusivamente a su papel de informante. Su destino estuvo ligado al de las personas a las que sirvió, con la diferencia de que ella logró sobrevivir a casi todas, permaneciendo en su función de sirvienta.

Patrick Brontë, padre de las hermanas Brontë

Patrick Brontë, padre de las hermanas Brontë

Sin embargo, la oportunidad de narrar la vida de esas personas la convierte en dueña del relato, gozando del privilegio de ceñirse a la verdad de los hechos, de tergiversarlos o de silenciar determinados episodios o detalles. De ella puede decirse lo mismo que de los cronistas e historiadores: que al escribir el pasado en cierto modo lo reconstruyen.

A fin de cuentas el destinatario de su crónica es un extraño que, como el lector de la novela, ignora por completo la historia que se le está contando. Así pues, no tenemos otra alternativa que creer a Nelly Dean. Del desenlace de la historia se deduce que permaneció fiel a la verdad de los hechos. ¿Por qué iba a mentir? Su papel está delimitado desde el principio por su labor de sirvienta, por más que a menudo las circunstancias la obligaran a franquear los límites de ésta.

El único interés personal que hubiera podido interferir en su relato es la preservación de su puesto de trabajo que, a pesar de su implicación en los hechos, mantuvo con un riesgo evidente. Ante el menor indicio de deslealtad, su último amo, el despiadado Heathcliff, al que siempre respaldó en su difícil infancia en el seno de la familia Earnshaw, no hubiese dudado en despedirla.

La arquitectura fantástica de John Martin influyó en la imaginación de las hermanas Brontë

La arquitectura fantástica de John Martin influyó en la imaginación de las hermanas Brontë

Somerset Maugham reprochaba a Emily Brontë que la señora Dean hable de forma libresca, usando expresiones un tanto rebuscadas, un detalle que tampoco escapó a Lockwood. Sorprendido, como el propio lector, por el talento narrativo del ama de llaves, se atreve a confesarle que

“quitando un ligero matiz provinciano, no encuentro en usted ningún rastro de los modales que me parecen característicos de las personas de su clase”.

Nelly Dean le aclara que se considera un ser bastante sensato y equilibrado, pero no por vivir en las montañas y ver siempre las mismas caras y una serie de hechos parecidos a lo largo de todo el año, sino

“por haberme atenido a una rígida disciplina que es la que me ha enseñado la sabiduría y por haber leído mucho más de lo que usted puede imaginarse”.

El cementerio junto a la Casa-museo Brontë, en Haworth

El cementerio junto a la Casa-Museo Brontë, en Haworth

Ha hojeado todos los libros de la biblioteca de la Granja de los Tordos, excepto los escritos en griego, latín y francés, y de cada uno de ellos ha procurado extraer alguna enseñanza. No podía pedírsele más a la hija de una familia pobre.

Intuimos que es la propia Emily Brontë la que habla por boca de la Nelly Dean. También ella, como sus hermanas Charlotte -la única que se casó- y Anne, vivió en un mundo alejado de la gran ciudad y los círculos artísticos y literarios, poco estimulante para unas jóvenes imaginativas y perspicaces. Hijas de un clérigo anglicano de origen irlandés y de una devota metodista fallecida a los treinta y ocho años, y hermanas de un vividor con dotes artísticas, pero con una personalidad débil, alcohólico y opiómano, desde niñas buscaron refugio en los libros, en la fantasía y la escritura de historias y poesías. Las tres murieron en plena juventud, como en Cumbres Borrascosas Catherine Earnshaw (18 años), los hermanos Linton, Edgar (39 años) e Isabella (31 años), y Linton (17 años), el hijo único que tuvo ésta en su desdichado matrimonio con Heathcliff.

Anne, Emily y Charlotte Brontë retratadas por su hermano Branwell (1834). Branwell está representado entre sus hermanas, casi invisible, detrás de ellas

Anne, Emily y Charlotte Brontë retratadas por su hermano Branwell (1834). Branwell está representado entre sus hermanas, casi invisible, detrás de ellas

Emily Brontë falleció con treinta años, en diciembre de 1848, un año después de publicarse su novela; en septiembre había muerto su hermano Branwell, con treinta y un años; Anne en 1849, con veintinueve años y Charlotte en 1855, con treinta y nueve, tras un parto. Antes que todos ellos la tuberculosis mató a sus hermanas mayores, Maria y Elizabeth.

Aunque las enfermedades minaron su salud en la flor de la vida, los libros las salvaron de los efectos perniciosos del aislamiento, la soledad y la estrechez de miras. Abrieron sus mentes y las familiarizaron con el lenguaje escrito, pese a que en sus obras incurriesen en cierto amaneramiento literario, como Nelly Dean al relatar la historia de Cumbres Borrascosas. Cuesta imaginar el día a día en las vidas de las hijas de un párroco rural, imaginativas, cultas e inmersas en un medio social angosto y en una naturaleza ruda y un clima hostil la mayor parte del año, pero con muchas horas para la lectura de libros y de revistas que publicaban cuentos góticos y textos de Lord Byron.

"Byron en su lecho de muerte", pintado por Joseph-Denis Odevaere en 1826

“Byron en su lecho de muerte”, pintado por Joseph-Denis Odevaere en 1826

Las hermanas Brontë debieron de ser conscientes desde muy pronto que la lectura de libros salva a las personas y puede cambiar su destino en un sentido opuesto al que apuntaban las circunstancias antes del encuentro con ellos, despertando la conciencia y abriendo la mente obnubilada por las estrecheces del entorno y la agobiante inmediatez. Hoy esta idea, heredada de la Ilustración, nos parece  un lugar común e indiscutible, al menos en teoría. Pero justamente por ello corre el peligro de degenerar en un eslogan mil veces repetido y otras tantas veces burlado. Los efectos de una lectura de calidad, como los de la educación, no se aprecian al momento, sino a largo plazo y a cambio de perseverar en ella y de trabarla con la experiencia vital.

Desde que en 1847 apareció esta novela fascinante no ha cesado de repetirse la misma pregunta: ¿cómo una joven atrapada en unas condiciones precarias pudo escribir una historia tan compleja y dar vida a Heathcliff, uno de los personajes más desconcertantes de la literatura moderna? Esto demuestra que no existe fórmula alguna para la creación literaria -también aquí donde menos se espera salta la liebre-, y que al novelista le bastan una observación atenta de las propias sensaciones y del ambiente que le rodea, así como una experiencia básica, para levantar una montaña de un grano de arena.

Los aventureros rara vez escriben sus gestas. Tienen más que suficiente con vivirlas. Pero el novelista no se conforma con sentir. Necesita imaginar vidas paralelas a las reales en las que recrear sus sensaciones y, de paso, obtener una amplia y plural panorámica de sí mismo, dividiéndose entre sus personajes, en cada uno de los cuales proyecta alguna faceta de su personalidad. Emily Brontë no sólo prestó su voz a la narradora Nelly Dean, sino que reflejó en ella su rectitud moral y espíritu compasivo. En Heathcliff y Catherine Earnshaw plasmó su doble sensibilidad masculina y femenina. Cuando la joven confiesa a Nelly Dean “Yo soy Heathcliff”, incluso con sus contradicciones (“Tampoco yo me gusto siempre”),  parece como si escuchásemos a la propia novelista.

Retrato de Emily pintado por su hermano Branwell

Retrato de Emily pintado por su hermano Branwell

En el universo literario de Emily Brontë había lecturas bien aprovechadas -en su novela se aprecian ecos de Shakespeare, Lord Byron, Milton y Walter Scott-, una imaginación portentosa, adiestrada desde la infancia, una sensibilidad fuera de lo común y un sentido de la realidad que se solapaba con la fantasía y el aliento poético. Sólo de una imaginación excepcionalmente despierta y reflexiva pudo surgir un personaje como Heathcliff, el sufrido huérfano que soportó sin pestañear las palizas que le propinaba Hindley Earnshaw, hijo de su padre adoptivo, y que ya de mayor se venga de las humillaciones recibidas y de la traición de la amada destruyendo tanto a la familia que lo adoptó como a la del marido de Catherine.

Es Heathcliff quien, al reprocharle a Catherine que después de su matrimonio con Edgar Linton lo tratase como a un perro, le dice que los siervos nunca se revuelven contra el tirano que los oprime sino que “machacan a los que tienen debajo”. Hay que conocer a fondo los repliegues del alma humana para formular un observación tan tortuosa como verídica.

El otro lector poco previsible de Cumbres Borrascosas es el joven huérfano Hareton Earnshaw, hijo de Hindley, con el que al principio de la novela, en 1801, se encuentra el narrador Lockwood en Cumbres Borrascosas, junto a Heathcliff, enemigo acérrimo de su difunto padre; Catherine Linton, la jovencísima viuda del hijo de Heathcliff y de la difunta Isabella Linton, hermana de Edgar, y con la que se casó sin amor, sólo para dar celos a su amada Catherine Earnshaw; el viejo y desabrido criado Joseph y la sirvienta Zillah. Catherine Linton ha perdido también a sus padres Edgard Linton y Catherine Earnshaw, hermana de Hindley. Heathcliff se apropió de Cumbres Borrascosas a la muerte de Hindley, quien le debía todo el dinero que despilfarró en borracheras y en el juego.

Laurence Olivier en el papel de Heathcliff, en la película de William Wyler

Laurence Olivier en el papel de Heathcliff, en la película de William Wyler

Hareton vive como un criado en la casa que fuera de su padre, privado de sueldo e incapaz de hacer valer sus derechos, sin amigo alguno y a expensas de la ignorancia. A tal estado lo redujo Heathcliff en venganza por los malos tratos que recibió de Hindley, el padre del chico. Aun así, su opresor reconoce sentirse satisfecho teniéndolo a su lado. Después de todo, veía en él un reflejo de su pasado, cuando estuvo bajo el yugo de Hindley: una suerte de Calibán.

“Conozco perfectamente el calibre de su sufrimiento -confiesa sin escrúpulos Heathcliff-, y eso no es más que el principio de los que tiene que sufrir”.

Al final de la novela, un año después de su estancia en la Granja de los Tordos, Lockwood vuelve a la casa y se entera de que Nelly Dean trabaja ahora en Cumbres Borrascosas para cubrir el puesto de la criada Zillah. Allí se encuentra con un panorama muy distinto del que vio la última vez. Heathcliff ha muerto hace tres meses -el médico no supo certificar la causa de su fallecimiento, aunque todo indica que se dejó morir-, y Catherine Linton está enseñando a leer a Hareton. Nelly le cuenta que, nada más incorporarse a su puesto por orden de Heathcliff, empezó a traer libros de la Granja de los Tordos y que, después de algunas tentativas fallidas, Catherine consiguió al fin que Hareton se animara a leer con la inestimable ayuda de ella. De este modo los dos primos hicieron las paces y de enemigos pasaron a convertirse en aliados.

"La Toilette de Cathy" (1933), de Balthus

“La Toilette de Cathy” (1933), de Balthus

Al único que no parecía gustarle la idea de ilustrar al joven ignorante era al criado Joseph, lector mojigato de la Biblia y libros de teología de títulos tan temibles como Timón de salvación y Caminos de destrucción. Este personaje, que comparte con Nelly Dean su condición de sirviente más antiguo de Cumbres Borrascosas, representa sin embargo todo lo contrario del ama de llaves. Como para enfatizar esta diferencia, Emily Brontë hace que en su relato Nelly Dean se detenga en el momento en que Joseph vuelve del mercado de ganado y al colocar solemnemente sobre la mesa su gruesa Biblia, la cubre “de sucios billetes de banco”, producto de las transacciones de aquel día.

El ama de llaves le refiere a Lockwood que la naturaleza apasionada, inteligente y honesta de Hareton iba disipando rápidamente las nubes de la ignorancia y envilecimiento que había presidido su crianza, y las leales advertencias de su prima eran como un acicate para su laboriosidad. A medida que el espíritu se ilustraba, sus facciones se iluminaban, “incrementando la vitalidad y nobleza de su aspecto”.

Una vez muerto Heathcliff en circunstancias que recuerdan al final del Vampiro de la noche, los dos amantes lectores, Catherine Linton, de dieciocho años y Hareton Earnshaw, de veintitrés, terminan casándose y se mudan de Cumbres Borrascosas a la Granja de los Tordos, como convenía a dos personas educadas que se han incorporado plenamente a la civilización, lejos de miedos supersticiosos y, por supuesto, de cualquier rescoldo de rencor y odio.

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