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Emmanuel Bove, el santo patrón de los escritores puros

septiembre 20, 2016

Primero fue André Gide, cuando dijo de él que era “una especie de santo tallado que, pese a estar en la parte más sombría de la iglesia, se hace visible”. Luego, Peter Handke, al otorgarle el título de “santo patrón de los escritores puros”, junto a Anton Chéjov y Francis Scott Fitzgerald. En el lado opuesto, el abad Louis Bethléem, en una obra en la que desde 1905 venía recomendando novelas para leer y otras que deberían prohibirse, decía que sus libros estaban terriblemente mal escritos, despedían pesimismo y bordeaban la abyección. El autor al que se refieren es el novelista francés Emmanuel Bove (1898-1945), que en el peculiar Index del abad Bethléem comparte la prohibición nada menos que con Proust (“particularmente repugnante”), Joyce y Thomas Mann.

El abad de marras, pésimo imitador de otro clérigo censor, el cura Pedro Pérez que aparece en el Quijote, estuvo a punto de conseguir su propósito por lo que respecta a Bove. Sus novelas y relatos cayeron casi en el olvido después de su muerte, al final de la Segunda Guerra Mundial. Hasta que en 1977 la editorial Flammarion reeditó dos de sus mejores novelas, Mis amigos y Armand. Con el renacimiento de la obra de Bove, ésta conquistó nuevos lectores dentro y fuera de Francia. La  biografía de Raymond Causse y Jean-Luc Bitton redondeó el rescate. Abad, a tu abadía.

Cubierta del libro del abad Louis Bethléem

Cubierta del libro del abad Louis Bethléem

En España la editorial Hermida Editores ha dado un paso más para difundir la obra de este novelista, admirado por Rilke, Gide, Colette, Beckett, Camus o Handke, con la reciente publicación de los siete relatos agrupados bajo el título Henri Duchemin y sus sombras, en una cuidada traducción de María Teresa Gallego y Amaya García Gallego. Para los lectores que no hayan leído nada de Bove, ni siquiera su espléndida novela corta Mis amigos (de la que publiqué una entrada en este blog en octubre del año pasado: “Robinson Crusoe en París”), los relatos breves pueden servirles de introducción a su singular mundo y estética.

Los héroes nada heroicos de Bove son hombres relativamente jóvenes, hijos sin hijos y normalmente también sin padres, pero siempre hijos, como tantos personajes de la literatura del siglo XX, solitarios en busca de iguales -amigos y mujeres-, desarraigados, pobres y errantes por las calles de la gran ciudad en la que malviven. Antiguos combatientes en la Primera Guerra Mundial, se encuentran perdidos en la masificada sociedad urbana de los años veinte y treinta.

Edición de "Henri Duchemin y sus sombras", publicada en Hermida Editores

Edición de “Henri Duchemin y sus sombras”, publicada en Hermida Editores

Inquilinos de hoteles y buhardillas de mala muerte, residen en barrios periféricos de París, lejos del centro neurálgico, representativo y monumental, entre calles estrechas, débilmente alumbradas, pero en las que no faltan los cafés, las tabernas y los restaurantes. Son pobres hombres acostumbrados a las estrecheces, sensibles y retraídos, en busca de calor humano. Nada que ver con el prototipo de flâneur, el dandi rentista y autosuficiente que disfruta paseando por las avenidas de París mientras contempla con las manos en los bolsillos.

Se tienen por buenas personas, pese a que su ineptitud para establecer vínculos duraderos les haga sentirse culpables. Les cuesta desenvolverse en la vida e ignoran el método y la norma para acceder a todo eso que desde su punto de vista está al alcance de la mayoría: la compañía, la amistad, la confianza mutua. No logran adaptarse ni hacer lo que hace todo el mundo. No encajan en ninguna fila.

Perseguidos por la soledad hasta el punto de dudar de sus beneficios (“¡Qué poco se valora la libertad cuando se está solo!”, dice uno de sus personajes solitarios), no se resignan a aceptarla. Pero cuanto más se empeñan en huir de ella, más se alejan de cualquier posibilidad de quitársela de encima. Sus tentativas concluyen en fracasos estrepitosos.

Emmanuel Bove

Emmanuel Bove

Las ilusiones que depositan en las personas que conocen casi siempre casualmente, en sus vagabundeos por las calles y plazas, pronto se transforman en decepciones. La amistad es un bello nombre pronunciado frívolamente por muchos -¿quién no presume de tener amigos?-, que no suele corresponderse con lo que promete. A la hora de la verdad los amigos lo son únicamente en apariencia. Demasiada gente para un sentimiento nada pretencioso. Todo lo demás se reduce a un cúmulo de palabras y malentendidos.

Así le ocurre a Bâton (palo), el personaje del relato Otro amigo apellidado como el protagonista de la primera novela de Bove Mis amigos, la mañana en que coincide en una plaza de París con un desconocido, un hombre entrado en años y bien vestido, que le mira con ojos bondadosos. La conversación amigable terminó con la invitación de éste para que acudiera a almorzar a su casa.

Pues bien, cuando a los pocos días Bâton se presentó a la cita, cuál sería su sorpresa al descubrir que en la mesa del comedor había otro invitado: un pobre como él. Resulta que el anfitrión tenía la costumbre de invitar a almorzar a pobres, más por una inclinación filantrópica que amistosa. En ese momento se percató de que no lo quería a él, sino a los pobres en general. Sin sentarse a la mesa, Bâton abandonó la casa, aunque al final de su relato reconozca, quién sabe si para aliviar la pesadumbre del desaire, que habría aceptado la invitación si el otro comensal hubiese sido rico.

Cubierta de la primera edición de "mis amigos", fechada en 1924

Cubierta de la primera edición de “Mis amigos”, fechada en 1924

Sus denodados esfuerzos por atraerse la confianza de los otros son inversamente proporcionales a los resultados que obtienen de ellos:

“Sólo pido un poco de amistad. Sé que es una muestra de una gran sabiduría no pedirles a los hombres más de lo que pueden dar. Lo sé. Soy un sabio. Me conformo con tomarlos como son. Pero incluso esto se me niega”, dice Bâton.

El sentimiento de extrañeza no los deja en paz ni de día ni de noche, acaso porque esperan demasiado de algo tan ambiguo como la amistad, en la que nunca es fácil conciliar los intereses dispares y conjugar las afinidades. Jules Renard debió de intuir todo esto cuando anotó en su Diario que no hay amigos sino momentos de amistad. A la luz de este aforismo, se trataría de una experiencia irregular, intermitente, no perdurable, supeditada a impresiones subjetivas, que a menudo escapan a los designios de los interesados, o a contingencias de diversa índole, como el hecho de compartir una enemistad (“El enemigo de mi enemigo es mi amigo”).

Jules Renard

Jules Renard

Ni siquiera el pasado común garantiza la consistencia de la relación amistosa, sobre todo cuando está determinado por alguna circunstancia o aventura pasajera. En Visita por la noche, Paul, un joven casado, acude a visitar de noche al que considera su mejor amigo, Jean, para desahogar la pena que acaba de ocasionarle su esposa al notificarle su ruptura con él. Sin embargo, Jean no le comprende, aunque intente ayudarle, y además admite que Paul y él ya no son amigos, que lo fueron sólo durante la guerra.

“Así que era lógico –confiesa Jean en su relato- que para dar a nuestro trato superficial de hoy la dimensión que antes no había tenido, me hablase de lo que fuimos un día uno para otro”.

El deseo malogrado de recibir el afecto de los demás puede sugerir la idea contraria: la ruptura imaginaria como resarcimiento por la frustración. En Historia de un loco el joven de veintiún años Fernad Blumenstein, exsoldado en la Primera Guerra Mundial, redacta una confesión destinada al lector solitario como él, en la que, tras presentarse como un ser tan bueno que incluso ha sido objeto de burlas, cuenta la faena que acaba de hacerles a sus seres queridos: su padre (nunca conoció a su madre), su novia, su único amigo, su hermana y el marido de ésta. El día anterior se presentó en el domicilio de cada uno de ellos para anunciarles a bocajarro que no quería volver a verlos, a sabiendas del dolor que les causaría semejante anuncio.

Retrato de Emmanuel Bove en la fachada de una casa del suburbio parisino de Bécon-les-Bruyères que describió en un libro

Retrato de Emmanuel Bove en la fachada de una casa del suburbio parisino de Bécon-les-Bruyères que describió en un libro

Ahora admite que por primera vez no está sufriendo, que se ha cumplido la ambición de su vida y se siente muy bien. Otra cosa es que hubiese disgustado sólo a una persona; entonces sí se sentiría desgraciado. Pero como por su culpa están llorando todos, sonríe. Al fin está solo. Termina su confesión sugiriendo una idea que piensa poner en práctica a la mañana siguiente y que de momento el lector sólo puede imaginar: ir por la orilla del Sena y….

Tanto interés en que se le crea (“para mí es de vital importancia que todo lo que va a leer [el lector] es cierto. No me he inventado nada”) resulta algo sospechoso. ¿Quién sabe si el lector solitario al que se dirige no será la proyección de su propia soledad e incluso ese amigo perfecto que no encuentra en el mundo real y espera encontrar en el futuro, como Victor Bâton en Mis amigos? Desde esta perspectiva cabe aventurar que Fernad Blumenstein nunca rompió con sus seres queridos por la sencilla razón de que estaba solo y esa decisión enloquecida fue el producto de la imaginación de un solitario sediento de compañía, o sea, todo lo contrario de lo que se infiere de su confesión.

Ante las decepciones a las que le conducen los intentos de hacer amigos -así, en plural- se resarce imaginando que ahora le toca a él devolver el dolor derivado de sus fracasos, rompiendo con esos seres queridos imaginarios, carentes de una individualidad reconocible, y pagarles con la misma moneda con la que se le paga a él en la dura realidad.

Nathaniel Hawthorne

Nathaniel Hawthorne

Fernand Blumenstein recuerda a Wakefield, el hombre del cuento homónimo del Nathaniel Hawthorne que, después de diez años de feliz matrimonio en Londres, abandonó una tarde de otoño el hogar tras anunciar a su esposa que se marchaba unos días de viaje y que quizá regresara el viernes a la hora de la cena. Pero lo que hizo fue alquilar un apartamento en una calle vecina, se compró una peluca roja en una ropavejería y se instaló en su nueva casa durante veinte años, el doble de los que llevaba casado. Su mujer lo dio por muerto  y aceptó su papel de viuda. Al principio Wakefield espiaba los movimientos en su antiguo domicilio para estar al corriente de las reacciones que suscitó su desaparición en la esposa y en sus allegados.

La inverosimilitud de la historia hace pensar que ésta no fue más que una fantasía de Wakefield, de quien se dice que era vanidoso y dado al secreteo, dos tendencias que explicarían su delirante conducta. El caso de Blumenstein es distinto. En su fantasía subyace una especie de revancha contra los seres queridos, que podría resumirse en una frase: “Que se fastidien y sufran todo lo que yo he sufrido”.

Regreso del hijo puede leerse como una variación del tema de la ruptura con los seres queridos. En este caso se trata de un joven que regresa a la casa familiar después de cinco años de ausencia y de incomunicación (hurtó algún dinero a los padres para subsistir). Pero cuando está a punto de cruzar la puerta del jardín y divisa al padre deambulando por él, pasa de largo y sigue su camino. ¿Qué sentido tenía alterar con su regreso imprevisto el clima de normalidad de un día cualquiera en la casa familiar, en la que quizá se hubiera sentido como un extraño? Con esa resolución imprevisible sofocaba la alegría con la que seguramente le habría acogido su familia y él mismo se privaba de satisfacer el deseo de volver al hogar. ¿Fantasía o realidad? Como siempre tratándose de Bove, que el lector decida.

Emmanuel Bove y su hija

Emmanuel Bove y su hija

En este relato el hijo pródigo de la parábola evangélica que, arrepentido de su disipación, retorna al hogar del padre, donde se le recibe calurosamente, se transforma en el hijo pródigo olvidado por quienes se supone que en los cinco años de fuga tendrían que haberlo recordado todos los días. ¿Para qué interrumpir ese olvido, forzando sentimientos probablemente falsos, por sinceros que pareciesen en los primeros momentos del reencuentro?

Historia de un loco y Regreso del hijo remiten al dilema del erizo planteado por Schopenhauer en una de sus parábolas más célebres. A fin de evitar la muerte por congelación, un día gélido los erizos buscan el calor en sus congéneres. No pudiendo librarse de los pinchazos que se propinan mutuamente, se ven obligados a guardar la distancia necesaria como para no herirse con sus pinchos y al mismo tiempo darse calor.

Elias Canetti abordó con una perplejidad similar las contradicciones que acompañan a la soledad. En uno de sus apuntes se preguntaba cómo había de estar si no podía estar con los hombres y tampoco sin ellos. No era una pregunta retórica. Simplemente, carecía de respuesta. Pensaba que la soledad absoluta no existe:

“Únicamente estamos solos cuando tenemos a cierta distancia personas que nos esperan. Tan sólo existe la cruel soledad frente a los que esperan”.

Elias Canetti

Elias Canetti

Por solos que nos sintamos, siempre tendremos a alguien en la mente. También en los sueños vemos y hablamos con personas conocidas y desconocidas, vivas y muertas. Robinson Crusoe llegó a sentirse libre y hasta feliz en la isla aparentemente desierta a la que arribó tras el naufragio, pero no por eso dejaba de reconocer que la estancia forzosa en aquellos parajes, separado de la sociedad humana y condenado a una vida muda, era un auténtico cautiverio.

Antes de cruzarse con el nativo Viernes sólo deseaba encontrar a un cristiano con quien conversar de igual a igual, algo que para él habría significado volver de la muerte a la vida. El diálogo con los propios pensamientos no calmaba su anhelo de compañía. Necesitaba un interlocutor que le hablase y a quien escuchar.

Las fluctuaciones entre la soledad y la compañía, la ilusión que precede a la cita y la posterior decepción, el choque del deseo de confraternizar contra la frustración en que desemboca, hacen de Bove un escritor dialéctico, como también lo fue Kafka, con quien guarda cierto parentesco también en la descripción de detalles aparentemente imperceptibles. El desasosiego en el que viven los personajes de sus novelas y relatos, sus incansables idas y vueltas de un sitio para otro, son un reflejo de la aflicción que los atribula en sus relaciones con los demás.

Primera edición en 1719 de "Vida y aventuras de Robinson Crusoe"

Primera edición en 1719 de “Vida y aventuras de Robinson Crusoe”

Se sienten solos y desean tener amigos. Pero cuando están a punto de tenerlos, se esfuman o se transforman en otra cosa. Anhelan ser ricos, e incluso sueñan que matan a un millonario para robarle, pero después de asesinarlo (con un martillo, como Henri Duchemin en su sueño) caen en la cuenta de lo absurdo que fue matar para robar. Con el dinero robado esperan hacer amigos, su verdadera y última obsesión. El sentimiento de culpa los persigue hasta que despiertan del sueño y se regocijan de no haber matado ni a una mosca en su vida. Aun así, la pobreza y la soledad continúan ensañándose con ellos.

De poco le servía a Duchemin que el anciano del sueño le dijera que para redimirse de su crimen tenía que sufrir, las mismas palabras que el juez Porfirio Petróvich le dijo al asesino Raskolnikov en Crimen y castigo. ¿No era suficiente expiación sobrellevar una existencia de pobre y solitario, pese a no haber cometido ningún crimen?

La soledad llama a la imaginación y ésta a la subjetividad más extrema, provocando la ruptura entre las apreciaciones razonables y las imaginarias. Los celosos, esos seres infelices en compañía del ser amado e infelices cuando están solos, conocen de sobra las secuelas de semejante ruptura. ¿Será cierto que lo que uno ve con sus propios ojos se corresponde con lo real? ¿Y si fuese fruto de la imaginación y más cuando se halla bajo los efectos de la fiebre?

Imagen de Bove en Bécon-les-Bruyères

Imagen de Bove en Bécon-les-Bruyères

En el relato Lo que vi, un novelista celoso redacta una confesión dirigida a un “estimado señor” en la que le ruega que le ayude a aclararse. Todo empezó la radiante tarde invierno en que salió pasear con algo de fiebre y descubrió a su amante con la que vivía besando a un hombre dentro de un taxi. Poco antes, ella le había expresado en casa su deseo de dar una vuelta sola: ¿es que no tenía unas décimas? Al hombre no le agradó la idea.

Antes de salir a la calle, la mujer estuvo ojeando una de las novelas publicadas por el amante en las que describía a una esposa infiel. Ella le comentó que tal vez hubiese conocido a una mujer como ésa. Además él mismo se parecía bastante al marido celoso que describía en el libro.

Montaje fotográfico con la cara de Emmanuel Bove

Montaje fotográfico con la cara de Emmanuel Bove

El novelista volvió a casa abatido, convencido de que su amante le era infiel. Cuando a las dos horas ésta hizo acto de presencia, él le pregunto que dónde había estado, a lo que ella le respondió que de compras. Pero él no se cortó: la había visto besando a un hombre en un taxi. La mujer lo negó, tachándolo de loco. Aunque, después de muchas indagaciones, finalmente la creyó, las dudas siguieron corroyéndolo. Estaba seguro de que le engañaba.

Un desconcierto similar se adueña de otro celoso, el protagonista del relato ¿Será mentira?, un cincuentón jorobado, bajo de estatura y recientemente casado con una joven médico que había roto su noviazgo con un estudiante de medicina por quien se consideró menospreciada. La muchacha llevaba una vida relativamente independiente. Después del almuerzo salía de casa y no volvía hasta la noche. El marido aceptaba la situación, hasta que una noche en que no volvió, creyó volverse loco. La joven apareció por la mañana. Al pedirle él explicaciones, ella contestó que había estado en casa de unos amigos. Tenía tanto que contarle, siempre que él no la interrumpiera con preguntas inútiles.

 

Al final el marido termina fingiendo que la cree, aunque en su fuero interno piense que le mentía. Pero como se acercaba a la vejez, antes que perderlo todo y quedarse solo, más le valía sufrir en silencio para no perder a la mujer a la que amaba y que, después de todo,

“sentía por él suficiente respeto y amistad como para tomarse la molestia de mentirle”.

En las ficciones de Bove apenas hay acción en el sentido novelesco de la palabra. El narrador recorre con la lupa de su escritura la realidad inmediata, captando impresiones y detalles en pleno movimiento, análogos a los que percibe también el lector en su cotidianidad, pero que desecha al instante por considerarlos irrelevantes. El verbo “fijar” adquiere aquí un significado especial. Nos fijamos en algo que nos llama la atención, que seleccionamos de entre otras muchas cosas que vamos descartando y que probablemente conservemos en la memoria algún tiempo.

Son los momentos de la sensación verdadera -así es como Peter Handke, uno de los más fervientes admiradores de Bove, tituló una de sus novelas-, que se nos escapan y dejamos escapar, atraídos por el reclamo de los hechos, siempre tan llamativos. Bove se detiene en el “entretanto”, en esos paréntesis breves que preceden o suceden a la acción propiamente dicha, en los que las cosas cobran sentido gracias a la forma con que las perciben los personajes. El relato de ese “entretanto” constituye el meollo de su narrativa.

Peter Handke

Peter Handke

La prosa de Bove, tejida con frases cortas, de una claridad y sencillez pasmosas, obra el prodigio de estimular la atención embotada por la costumbre. Por ello después de la lectura de alguna de sus historias el lector regresa al mundo real más rico en vida y en sensaciones que antes de leerla y con la sensibilidad más despierta.

Su estética desciende de Stendhal y de la escuela de Flaubert, no de la de Emma Bovary, versada en la expresión de los sentimientos grandilocuentes que aprendió de sus lecturas de novelas románticas, ésas que el sarcasmo de Lichtenberg habría catalogado en el género del “corazón con escroto”. Por el contrario, cuando los personajes de Bove tienen que expresar algún sentimiento lo hacen en voz baja, como si les costara, y con pocas palabras.

¿Qué fue de Berthe Bovary?

septiembre 6, 2016

El revuelo vivido en 1848 en la localidad normanda de Ry y en los alrededores a raíz de la muerte de Delphine Delamare se habría esfumado a los pocos años si Flaubert no hubiese escrito Madame Bovary. Casada con un oficial de sanidad, Eugène Delamare, viudo y diez años mayor que ella, la mujer se entregó a amores adúlteros para saciar la insatisfacción que le producía su matrimonio. Además de guapa, Delphine se daba aires de grandeza  y soñaba con imitar las costumbres de la aristocracia. Las deudas acumuladas para satisfacer sus gustos caros y las decepciones amorosas la empujaron al suicidio cuando sólo tenía veintiséis años. El marido murió al año siguiente también en Ry. El matrimonio tuvo una hija.

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La mesilla de noche de Hermann Kafka

julio 12, 2016

Al contrario que los hijos, que desde que vienen al mundo son miembros de pleno derecho de la familia y crecen y reciben las primeras destrezas educativas en su seno, un libro nace con una clara vocación de universalidad y no para ser leído solamente por los parientes, amigos, conocidos y simpatizantes del autor. Más aún, un libro exitoso puede hacer sombra a éste, rebajando el peso de la autoría. Ello no obsta para que los escritores noveles esperen de sus padres algún interés por sus libros, participando también de la satisfacción ante la obra terminada.

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Bartleby, Akaki y otros copistas originales

junio 28, 2016

Las sucesivas innovaciones tecnológicas acabaron con el viejísimo oficio de copista, amanuense, escribiente, escriba o escribano, que son los sinónimos con los que también se lo designaba. Pero la literatura se encargó de inmortalizarlo en dos personajes que seguramente les resultarán familiares a numerosos lectores: Bartleby y Akaki Akákievich. El nombre del primero encabeza el título del relato Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, en el que el jefe del copista, un abogado de nombre desconocido y entrado en los sesenta, narra su extraña y triste historia. Publicado en 1853 anónimamente, pasó desapercibido para los lectores y los críticos.

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Viejo castigo para un crimen nuevo

junio 14, 2016

150 aniversario de Crimen y castigo

Este año se cumplen ciento cincuenta años de una de las novelas más fascinantes y probablemente también más leídas de la historia moderna de la literatura. En enero de 1866 la revista literaria “El mensajero ruso” publicaba la primera entrega de Crimen y castigo. Fiódor Dostoyevski, que entonces tenía cuarenta y cuatro años, concibió la trama de la novela en la ciudad alemana de Wiesbaden, después de perder mucho dinero jugando a la ruleta y de acudir a una prestamista para empeñar un objeto apreciado por el que la mujer le pagó la tercera parte de su valor. Esperaba que la publicación periódica de la novela le reportase el suficiente dinero como para saldar sus deudas. Pero los catorce mil rublos que ganó con ella se esfumaron pronto por el hostigamiento de los acreedores. Hasta el final de sus días vivió acosado por la miseria y las deudas que acumulaba.

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Leer para vivir, aunque parezca lo contrario

mayo 31, 2016

George Steiner ha advertido del riesgo de que el escritor, y el artista en general, se entreguen a su obra con tal ensimismamiento que se abstraigan por completo del mundo real, permaneciendo insensibles al dolor ajeno que gime tras la puerta de su estudio pero compartiendo el que sufren sus personajes. Flaubert vomitó después de describir los vómitos de sangre que sacudieron a Emma Bovary tras ingerir el arsénico que habría de matarla unas horas después y Balzac lloró la muerte de la duquesa de Langeais ante la perplejidad del amigo que acaba de visitarle y que no conocía a ninguna mujer en París con semejante título nobiliario. Steiner ilustra su advertencia con una cita de Coleridge: “La poesía estimula en nosotros sentimientos artificiales; nos hace insensibles a los verdaderos”.

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Edipo en el Capitolio de Roma

mayo 17, 2016

La conmemoración del cuarto centenario de la muerte de William Shakespeare constituye un buen pretexto para releer algunas de sus obras que cuatro siglos después nos siguen planteando interrogantes cuyas respuestas no hacen más que sugerir nuevas preguntas. El universo shakespeariano es como un tapiz en el que las figuras y las escenas aparecen representadas con una primorosa economía de medios. Sin embargo, el reverso de ese tapiz está formado por un amasijo de hilos ante cuya desconcertante visión sólo cabe preguntarse cómo es posible que de semejante laberinto resulte una obra tan perfecta.

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