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Las siete palabras de Baltasar Gracián

diciembre 11, 2018

“Lo breve si bueno, dos veces bueno”. El jesuita Baltasar Gracián no pudo imaginar la celebridad que alcanzaría este aforismo de su obra Oráculo manual  y arte de prudencia (1647), incluido en el comentario encabezado con la brevísima exhortación “No cansar”. Siete palabras, y no precisamente las últimas, lanzadas contra las murallas de la ciudadela barroca y su retórica autocomplaciente. Abundando en este motivo, en el mismo comentario Gracián dice que “más valen quintas esencias que fárragos” y que es verdad común que “hombre largo raras veces entendido”, para clausurarlo con una sentencia todavía más sucinta: “Lo bien dicho se dice presto”. Hablar lo justo. Ni una palabra más ni una menos.

En otros de sus aforismos vuelve al tema de la brevedad en la expresión verbal. En el 216, titulado “Tener la declarativa”, afirma que “algunos dicen más de lo que sienten” y otros “conciben bien y paren mal”, mostrándose oscuros en la expresión. En el 136, “Ponerse en las materias”, critica a quienes “se van por las ramas de un inútil discurrir”, o “por las hojas de una cansada verbosidad, sin topar con la sustancia del caso”, ni llegar “al centro de la importancia”. No entran en materia ni a la de tres.

Grabado con el retrato de Baltasar Gracián

De hecho el estilo de Gracián se convirtió en el exponente principal de la escuela conceptista, opuesta a la corriente culterana. El conceptismo persigue la concisión: decir lo necesario empleando el menor número de palabras y mediante el uso de figuras retóricas como la elipsis o el zeugma. Este propósito requiere una esmerada labor de síntesis, o sea, de compresión y, por tanto, de eliminación. Gracián exprime el lenguaje hasta límites que rozan lo telegráfico, lo que exige del lector cierto esfuerzo mental, en absoluto comparable al que hizo el autor para alcanzar semejante grado de condensación verbal sin por ello reducir el contenido de su mensaje. Decir lo máximo con un lenguaje mínimo, un objetivo que ha guiado a veces hasta la obsesión a algunos autores.

En un aforismo, como no podía ser de otra forma, Joseph Joubert confesaba sentirse atormentado “por la maldita ambición de resumir siempre todo un libro en una página, toda una página en una frase, y esta frase en una palabra. Éste soy yo”. Nietzsche ambicionaba decir en diez frases lo que todos los demás dicen en un libro y Karl Kraus aconsejaba a quienes fuesen capaces de escribir aforismos que no se desparramasen en artículos.

foto JOSEPH JOUBERT

Joseph Joubert

Si Gracián acotó en siete palabras su idea del aforismo, Elias Canetti, discípulo en su juventud de Kraus, necesitó tres más: “Eine Aufzeichgnung muß wenig genung sein, sonst ist sie keine” (“Un apunte debe ser lo bastante breve, si no, no lo es”. Traducción de Cristina García Ohlrich). Fiel a esta máxima, se reprochaba no haber sido tan breve como quería. Aunque en otro de sus últimos apuntes insinuaba que la ascesis de la parquedad que había cultivado durante décadas quizá le hubiese privado de lo que merece la pena en las frases: “sus crecidas y estiajes, sus altos y bajos, sus venturas y desventuras”.

Ahora bien, ni por escribir extensamente se dice mucho más que en siete palabras, ni lo expresado con brevedad tiene por qué ser descabalado y prematuro. Aunque no le faltaba razón a Nietzsche al criticar la tendencia del lector novato de aforismos a creer que son textos embrionarios, sin madurar y, por tanto, publicados prematuramente, existe el riesgo de que, al supeditar a la forma aforística la idea que se quiere transmitir, se la adelgace hasta dejarla escuálida. En ese supuesto lo suyo es abandonar la forma breve. Soltarse la melena.

Mientras que la sentencia, el proverbio o el apotegma pretenden enseñar, establecer reglas o dar consejos de índole moral, fieles a la tradición didáctica moralizante, el aforismo incide en los aspectos del arte de vivir, lo “ordinario del vivir”, como lo denomina Gracián. Enfrente de esta sabiduría, accesible a quienes se proponen alcanzarla, sitúa el “saber extraordinario” de los filósofos, que sin embargo apenas sirve para el ordinario desenvolvimiento de la vida, en el que las costumbres y los hábitos marcan el compás. Ni la sabiduría lapidaria, esculpida en máximas que se ocupan más de lo máximo y lo general que de la vida en minúscula, ni la metafísica, con sus recovecos abstractos, nos orientan en el laberinto del propio vivir, siempre demasiado concreto, incierto e ingrávido.

Portada de “Oráculo manual y arte de prudencia” de Baltasar Gracián. Huesca, impresor Juan Nogués, 1647

Fueron los moralistas franceses de los siglos XVII y XVIII quienes, a partir de la observación minuciosa de las costumbres (del latín mores), hallaron en el género breve el medio idóneo para expresar sus juicios y opiniones sobre el “ordinario vivir”. Las costumbres de este siglo fue el título alternativo que Jean de La Bruyère puso a su gran libro Los caracteres. Escritas en estilos muy personales, las obras de estos autores constituyen uno de los hitos más importantes en el interminable camino del conocimiento humano.

A caballo entre la filosofía y la poesía, la intuición y la reflexión, la imaginación y la ironía, el aforismo aspira a desentrañar en una o dos frases simples los detalles ínfimos que conforman la cotidianidad de las personas en todos los tiempos y lugares y que, por tenerlos cerca y alrededor de nosotros, no sabemos apreciar porque los miramos siempre de la misma manera, sin verlos. Al ofrecer una perspectiva distinta de la habitual, hace que se perciba la realidad desde un punto de vista nuevo. También arroja una nueva luz sobre aquello que hasta entonces parecía informe e insignificante. Más que enunciar, establecer o reglamentar, sugiere, llama la atención, da que pensar. Despierta.

Portada de la reciente edición completa de “Los caracteres”, de Jean de La Bruyère

Aunque los estudiosos identifiquen las distintas variedades de aforismos atendiendo a sus aspectos formales, éstas suelen coincidir con el estilo de los autores que los escribieron al menos durante un largo periodo de su vida ya fuese con exclusividad o entreverados en sus diarios o apuntes personales. De todos modos hay un aforismo que podríamos catalogar de clásico, el que trata los motivos que han preocupado a los hombres en todos los tiempos: las pasiones humanas -el amor, el deseo, el miedo, la vanidad, el odio, la envidia, la mentira-, la soledad, la amistad, el autoengaño, la imaginación, los sueños, la costumbre, el lenguaje, las creencias, el tiempo, la memoria y el olvido, la muerte.

La denominación de clásico debe entenderse en el sentido que le dio Italo Calvino a un libro clásico, el que “nunca termina de decir lo que tiene que decir”, atravesando los siglos indiferente a las modas que intentan hacerle sombra. Son las viejas verdades vueltas a decir con menos palabras que en la versión original.  Al tocar el centro nervioso de la condición humana, el aforismo clásico es leído por las sucesivas generaciones con un asombro similar al de sus primeros lectores.

En esta clase de aforismos sobresalen los moralistas franceses y en los siglos XIX y XX, pensadores y filósofos como Kierkegaard, Friedrich Schlegel, Nietzsche, Wittgenstein, Walter Benjamin, Karl Kraus, Canetti o Cioran. Todos ellos estuvieron siempre ligados a la literatura y se opusieron a cualquier sistema filosófico. En la nómina de escritores y poetas que cultivaron el aforismo destacan Leopardi, Goethe, Oscar Wilde, Renard, Wallace Stevens, Simone Weil, Kafka, Valéry, Juan Ramón Jiménez, René Char, S. J. Lec, Nicolás Gómez Dávila o José Bergamín.

El joven Emil Cioran en bicicleta, en Niza, año 1938

Para el físico Lichtenberg, que en sus cuadernos secretos escribió aforismos sin saber que lo eran, éstos son ocurrencias felices -“verdades de a céntimo”- que si cada cual se preocupase de recopilar a lo largo de su vida con ellas podría componer un libro. Pensaba que todos somos genios al menos una vez al año, matizando que sólo en los llamados genios son frecuentes las buenas ocurrencias.

Físico y profesor universitario como Lichtenberg, las series de aforismos que publicó Jorge Wagensberg versan sobre asuntos tan variados como la ciencia, la música, los museos, el lenguaje, el número, la duda, la innovación, las costumbres, los sueños, el gozo intelectual, la comprensión de la realidad, la observación, la trivialidad… Wagensberg tenía al aforismo por el más científico de los géneros literarios, un “pretexto sin contexto que evoca bien un texto”, un pretexto para repensar lo pensado, poner una reflexión a prueba y cazar un pensamiento al vuelo y fijarlo. Cuando salía de casa se palpaba los bolsillos para comprobar que llevaba la libreta en la que le anotaba las ideas que se le ocurrían. Así fue como se hizo adicto al aforismo: el hábito de reducir una reflexión a una frase o dos.

Jorge Wagensberg

Quizá la variedad de aforismo más popular y querida por muchos lectores sea la greguería, engendrada y bautizada por Ramón Gómez de la Serna. Como en este mundo nada se inventa de la nada, tampoco esta invención cayó del cielo. En la greguería se aprecian rasgos de los aforismos que Jules Renard, el maestro de la brevedad -se definió como “un Maupassant de bolsillo”-, anotó en su Diario y que durante muchos años ilustraron los almanaques (“El conejo tiene el gesto humano de un hombre que se mesa la barba”).

El mérito de Ramón fue concentrar su obra literaria en la greguería, siempre con el oído atento a “lo que gritan los seres desde su inconsciencia, lo que gritan las cosas”. La greguería, tan jocosa ella, está tejida con los hilos de la intuición y la poesía. Puro presentimiento. En cualquier caso todo lo contrario de la frase lapidaria y no digamos de la máxima “a la Rochefoucauld”, el moralista francés al que consideraba su “más grave enemigo, su anticuerpo”.

Ramón se demora en los momentos y detalles de la vida cotidiana que por su pequeñez, por su carácter repetitivo y aparente irrelevancia relegamos al olvido o, simplemente, escapan a nuestro juicio, no a los sueños, donde a menudo reaparecen. Su objetivo era arrancar los secretos a los objetos, escrutando desde “el punto de vista de la esponja” las sensaciones mínimas que nos suscitan. Sin embargo, tendremos que reconocer que esos secretos no se dejan arrancar así como así.

Ramón Gómez de la Serna en su estudio en Madrid, antes de la Guerra Civil

En España hubo otros aforistas contemporáneos de Gómez de la Serna que además escribieron poesía, como Juan Ramón Jiménez y José Bergamín. Este último acuño el término “ideas liebre”, detrás de las cuales el autor corre “no para cogerlas, sino para verlas correr. Y no seguirlas –perseguirlas– demasiado, para no acabarlas”. Según Bergamín, el aforismo no es breve sino “inconmesurable”, y lo que importa es que sea certero. Que dé en la diana.

El aforismo ha encontrado su lugar y su tiempo en esta época de fragmentos, iniciada con el estallido de la modernidad y en las antípodas de la anterior, forjadora de sistemas cerrados, renuentes a las contradicciones. La brevedad impide incurrir en las visiones totalizadoras que se estilaban en el siglo XIX, librándonos así de los graves estropicios que ocasionan.

Frente a la simplificación dogmática a la que suelen conducir las cosmovisiones, el aforismo opta por el desconcierto y la incertidumbre que acompañan a la pluralidad, en la que caben todas las hipótesis y contradicciones. Su parquedad-bisturí no es más que un indicio de su naturaleza exploratoria.    

José Bergamín retratado por Ramón Gaya en 1961

El aforismo tiene algo de mosca. Nadie sabe dónde se va a posar ni el tiempo en que permanecerá posado en el motivo elegido. Tan pronto aterriza en una idea como salta a otra muy distinta, para volver poco tiempo después a la anterior y abordarla desde un punto de vista diferente. Leídos aisladamente son como islotes desperdigados, pero cuando se agrupan en un libro, se comprobará que forman un auténtico archipiélago, con características propias, un clima y una orografía similares.

Cada aforismo nace de una manera, unos repentinamente, como un fulgor, en el momento menos esperado y en cualquier circunstancia; otros, después de una lenta gestación; algunos se transforman, casi hasta resultar irreconocibles, en el trayecto que va de la mente al papel.

En cuanto al momento y el lugar del nacimiento, están desde aquellos que lo hacen en una butaca, bajo la luz de la lámpara, hasta los que irrumpen durante un paseo, al calor de un pensamiento caminado. Los hay que surgen en la cama, en la oscuridad nocturna, antes de la duermevela, y que si no se anotan posiblemente se pierdan en el laberinto de la memoria. Más raros son los que nacen en sueños, como Minerva de la cabeza de Júpiter: aforismos-oráculos.

Ludwig Wittgenstein

Ramón Gómez de la Serna reveló que su greguería nació una tarde de junio de 1910, en el piso primero derecha de la casa número 11 de la madrileña calle de la Puebla. No hacía más que asomarse al balcón, volvía a meterse en la habitación y a sentarse. Como sobre su mesa de trabajo las tijeras abiertas le estorbaban la idea, las cerró.  En una última llamada del balcón, tras golpearse contra la esquina del diván, dio con la greguería.

Sin embargo, el nerviosismo que se apoderó de Ramón aquella tarde memorable quizá no sea el estado más propicio para dar a luz un aforismo. En este sentido, Vauvenargues sostenía que las ocurrencias audaces no se ofrecen a un espíritu tenso y fatigado y que demasiada distracción y demasiado estudio agotan por igual al espíritu, dejándolo seco.

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Luc de Clapiers, marqués de Vauvenargues (1715-1747)

Aunque haya aforismos que salen a la primera y tan redondos que apenas se dejan modificar, la norma es que necesitan tiempo para madurar. Puede que en la revisión precisen de un cambio e incluso que aterricen en la papelera, un destino nada extraordinario.

El aforismo suele ser un género propio de la madurez. Lichtenberg observó que en esta etapa uno sigue su sentimiento individual a la hora de expresarse ante las cosas comunes y generales, cuando se da cuenta “de que es tan hombre como Newton o el predicador de aldea”. Liberado de los dictados de la autoridad intelectual y moral que en su juventud secundó por inexperiencia y guiado por el deseo de aprender, ahora siente que su pensamiento ha alcanzado la mayoría de edad y que puede hacer uso de él sólo con atender a su juicio personal. La emancipación no lo exonera del desacierto, por supuesto.

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George Christoph Lichtenberg

En su vejez, Goethe  le tomó gusto a la escritura de aforismos, que se publicaron póstumamente con el título de Máximas y reflexiones (“Maximen und Reflexionen”). A partir de 1818, rondando los setenta años, empezó a publicarlos en revistas de arte. Él mismo no se decidió por designar estas notas con un nombre específico sino que se refería a ellas con varios, uno de ellos el de aforismos.

Se trata de una recopilación de todos los que anotó a lo largo de su vida en algún papel suelto, reversos de facturas, sobres de cartas y entradas del teatro. Algunos fueron extraídos de sus obras. Versan sobre cuestiones misceláneas: arte, literatura, lenguaje, ética, relaciones, amor, pasiones, religión, costumbres, naturaleza…

Son tantos los vicios y defectos que aquejan al aforismo que hasta se lo podría definir por lo que no es. La crítica ha desconfiado y sigue desconfiando del género, quizá por entender que se expone como ningún otro al diletantismo y la arbitrariedad. Admirador incondicional de Lichtenberg y receloso de los filósofos obsesionados con la “voluntad de sistema”, Nietzsche reconocía que en su tiempo no se daba suficiente importancia a la forma aforística, en la que él se tenía por un maestro entre los alemanes.

A Gómez de la Serna le sublevaba que se achacase a la holgazanería el fragmentarismo de las greguerías, pero extensible a su pariente el aforismo. Semejante acusación, proferida por “algún maldito”, ignora lo que cuesta encontrarlas. Prueba de ello era que el tiempo invertido en la búsqueda de dos buenas greguerías podía dedicarse perfectamente redactar con facilidad los más largos ensayos o estudios históricos.

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Retrato de Friedrich Nietszche, por el pintor noruego Edvard Munch, contemporáneo de Hamsun

Por lo demás, la aparente ventaja de la brevedad no exime al aforista del peligro que acecha a los autores de los géneros prolijos: aferrarse a la fórmula feliz (y exitosa) y escribir como de costumbre, al calor hogareño de la experiencia, dando vueltas a la misma noria, como Sansón, a ciegas. Debido precisamente a la brevedad, en el aforismo la fórmula reiterativa salta a la vista todavía más que en otras formas literarias. No hay donde esconderla.

Algunos creen que los autores de aforismos no saben hacer otra cosa, como si éstos fuesen un sucedáneo barato de los géneros mayores, la novela o el ensayo. Parece que Thomas Bernhard pensaba eso de Canetti, autor de una cantidad ingente de aforismos que publicó en varios libros casi hasta su muerte a los 89 años. Tras elogiarlo por su novela de juventud Auto de fe, dijo de él que no era más que “el agente de aforismos de la actualidad”, tachándolo de “extravagante filósofo de final de trayecto”, “una especie de pequeño Schopenhauer y Kant de poca monta”. Canetti no sólo escribió su única novela sino que también fue autor de Masa y poder, un ambicioso ensayo sobre el fenómeno de las masas, de varias obras teatrales y de una maravillosa autobiografía.

Elias Canetti

Sobre el aforismo pende la sospecha de que puede escribirlos cualquiera dotado con una chispa de ingenio y un momento de lucidez. Sin pensarlo mucho. Wagensberg subrayó que su dudoso prestigio procede “de la facilidad con que la que se logra un aforismo malo”. Un obstáculo que podría superarse sólo con cambiarlo de nombre. Un aforismo malo no es más que una frase tonta o estúpida destinada al olvido inmediato.

Autor de numerosos aforismos que hoy leemos como si los hubiese escrito ayer, Kral Kraus pensaba que “a menudo resulta difícil escribir un aforismo cuando se sabe escribirlos”, pero que “es mucho más fácil escribir un aforismo cuando no se sabe”. Saber o no saber, esa es la cuestión. Como sucede en cualquier otra materia, la sabiduría se adquiere con la lectura de los maestros del género y la experiencia.

La prueba del aforismo es, como en cualquier otro género, el oficio, la continuidad. Una golondrina no hace verano, y un puñado de aforismos no hace a un autor ni un estilo propio.  A los 72 años, tres antes de su muerte, Gómez de la Serna se jactaba de haber escrito unas diez mil greguerías, que en la vejez se permitía barajar a su antojo, seleccionando las que le parecían más consistentes.

Karl Kraus

Uno de los escritores más críticos con el aforismo fue el belga Charles-Joseph de Ligne, príncipe de Ligne, quien, además de llevar una vida aventurera y cosmopolita -fue el típico representante de la dulzura de vivir que Talleyrand añoraba del Antiguo Régimen-, anotó apuntes aforísticos, bosquejó retratos de hombres y mujeres de su tiempo, escribió poesías, memorias, cartas, una historia militar y narraciones. Ligne advertía que se debe estar en guardia ante esa clase de filósofos que presumen de serlo y que incurren en la pedantería y en la presunción, abusando de la paradoja, sin entenderse siquiera a sí mismos. Los identificaba por su costumbre de arrojar máximas que no comprenden, pero que impresionan a los bobos, que se rinden ante su supuesta perspicacia, cuando no pasan de ser “chispazos que deslumbran sin alumbrar”.

Sospechaba que al escribir esos pensamientos sueltos estaban más pendientes de ser aplaudidos que comprendidos. Nada más fácil que labrarse una reputación en la literatura y en la filosofía sólo con recurrir al catálogo manido de “definiciones, explicaciones, sinónimos, antítesis, comparaciones, semejanzas y diferencias”.

Ligne cita a Montesquieu, al que sin embargo admiraba, como uno de los pensadores propenso a este defecto. Acababa de leer una de sus reflexiones, una frase, una línea. “Debería decir mucho, pero es falso u oscuro -observa- No me gusta la moral en cohetes”. Esa clase de pensamientos, esparcidos en comedias, libros y conversaciones, le molestaban por el ruido que causaban y porque “no queda nada, absolutamente nada de ellos”.

Charles Joseph de Ligne, príncipe de Ligne (1735-1814)

Vauvenargues fue todavía más lejos al advertir que las buenas máximas tienden a volverse triviales, como si el tiempo, en vez de vivificarlas, las estropease. Arthur Schnitzler sabía de lo que hablaba cuando anotó que “si agitas un aforismo, caerá una mentira y quedará una banalidad”. También consignó que en la variada sociedad de los productos literarios, los aforismos son

“los personajes nerviosos por su apresuramiento, displicentes, por el tono de suficiencia con que se formulan, y arrogantes porque saben muy bien que lo que dicen ya ha sido dicho cientos de veces”.

Su contemporáneo Karl Kraus observó que el aforismo “nunca coincide con la verdad: o es media verdad o verdad y media”.

Las críticas a las “máximas” y las frases categóricas formuladas por el escritor portugués Vergílio Ferreira apuntan en una dirección similar a la de Ligne. No es sólo su afán por fijar una idea y acorazarla, sino el regodeo en la paradoja. Le preocupaba que, pese a la falsedad e inconsecuencia de algunas de ellas, perdurasen. ¿Por qué entonces no se las rebate? ¿Hasta tal punto la contundencia y el tono autoritario que destilan sigue intimidando las mentes? La advertencia de Ferreira nos recuerda que un aforismo que se precie de serlo tiene que dar que pensar al lector, leyéndolo incluso con aprensión, sin olvidar que a menudo su redondez obedece a un coqueto ejercicio de retórica.

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Vergílio Ferreira

A pesar de su concisión, un aforismo corre el riesgo de ser tan mediocre como un poema cursi o una novela kitsch, dándose aires de interesante para perpetrar una simpleza. Sin embargo, la brevedad es muy exigente y ahuyenta a quienes acostumbran a enredarse en artilugios vacuos que rellenan una página más que llenarla. El maestro colombiano Nicolás Gómez Dávila afirmaba en uno de sus miles de aforismos que

“entre pocas palabras es tan difícil esconderse como entre pocos árboles”.

De ahí que, junto a la poesía, sea uno de los géneros literarios que causa más bajas entre quienes se atreven a ejercitarlo. No por casualidad sus mejores cultivadores le han dedicado críticas acerbas. Ellos fueron los primeros en percatarse de sus flaquezas.

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Nicolás Gómez Dávila

Si el autor de aforismos no tiene muchas palabras tras las que esconderse, el lector se encuentra en una situación similar, pero favorable: no necesita esmerarse mucho para elegir, continuar la lectura o descartarla. Es probable que le gusten unos más que otros. Lo mejor que puede ocurrirle es que se anime a releerlos, deteniéndose en aquellos por los que pasó de puntillas y que en la primera lectura le supieron a poco.

A propósito de la lectura de aforismos, Nietzsche aseveraba que un aforismo, si está bien acuñado y fundido, no hay que darlo por descifrado por el simple hecho de leerlo. Por el contrario, es a partir de entonces cuando se debe comenzar su interpretación, para lo cual pensaba que se necesitaba un arte interpretativo. Esa lectura sin duda rigurosa necesita una cosa que en su época estaba olvidada: “una cosa para la cual se ha de ser casi vaca, y en todo caso, un ‘hombre moderno'”. Quizá lo hayan adivinado: rumiar…

La aparición de la red social Twitter y el requisito, ahora ya extinguido, de escribir un máximo de 140 caracteres estimuló la proliferación de “tuits” con pretensiones de aforismos. Pero, salvando algunas excepciones, la calidad de los mensajes dejaba bastante que desear y la mayoría se quedaban en juegos de palabras previsibles y en una carrera por exhibir más piruetas verbales que agudeza.

Estas tentativas cojean del mismo pie que casi todas las opiniones que se publican en las redes sociales de mensajería instantánea: recibir la conformidad igualmente instantánea de los lectores con el ansiado “Me gusta”, granjearse cierta reputación literaria, como decía el príncipe de Ligne, y engrosar la lista de seguidores. Finalmente la escritura de los tuits se supedita a estos propósitos, quizá porque en las cabezas de los autores tampoco hay mucho más y todos los días deben rellenar la ventanita virtual con el puñado de palabras requerido.

No se sabe hasta qué punto la ampliación de los 140 caracteres a 280 ha repercutido en la proliferación de tuits de este estilo, pero todo apunta a una merma de la oferta. La anterior limitación forzaba el ingenio y exigía a los autores un tour de force.

En octubre La Isla de Siltolá publicó mi nuevo libro Maniobras de distracción, primer “Premio de Aforismos La Isla de Siltolá” convocado por la editorial. En ellos el lector podrá encontrar reflexiones sobre diversos motivos: la esperanza, los sueños, el tiempo, la imaginación, el aburrimiento, las costumbres, la amistad, el amor, la muerte, la soledad, el lenguaje, la mentira, las ilusiones, la incertidumbre, la memoria y el olvido. Estos son algunos de los poco más de seiscientos que completan el libro:

Cuando se tiene más miedo que motivos reales para tenerlo es porque alguien está inventando los irreales.

No hay conciencia sin memoria, ni reflexión sin recuerdo.

La promesa sirve para ganar tiempo al que promete a costa de hacérselo perder al que cree en ella.

Descubrimos las trampas que nos tiende la vida cuando caemos en ellas y ya no tiene ningún sentido descubrirlas.

La imaginación nos lleva a lugares y personas equivocadas.

Cuando todos hablan de lo mismo, eso de lo que hablan habla por ellos.

Quien pide que se le crea, está pidiendo más de lo que ofrece. Quien cree, da más de  lo que se le pide.

Las pequeñas ilusiones nos protegen de las grandes.

Hablando con las personas se pasa el rato. Se conversa con los  libros.

Qué atrevimiento interpretar los sueños, cuando son ellos los que nos interpretan.

No hay creencia sin promesa.

Si nos percatáramos de la sabiduría contenida en el lenguaje, la sabiduría adquirida por otros derroteros nos parecería de segunda mano.

7 comentarios leave one →
  1. Florencia Saez permalink
    diciembre 11, 2018 2:24 pm

    ¡me gusto!

  2. diciembre 11, 2018 4:35 pm

    Felicitaciones por el nuevo libro, Jaime!

  3. Rubén permalink
    diciembre 12, 2018 10:35 am

    Impecable, como siempre!
    Detrás de breves palabras, el aforismo sintetiza ideas y entrega al lector , o al que escucha, una invitación a reflexionar…
    De mi propia cosecha:
    Imposible liberarse de la angustia cuando somos esclavos de algún pensamiento indomable…lo que sembramos en la mente, crece en el corazón.
    ………….
    El paso del tiempo no corrige el pasado, sólo ayuda a darle una dimensión distinta a las pasiones.
    …………
    No me odies por ser distinto ni me persigas por ser iguales. Ponte en mi lugar y verás cómo nos aliviamos mutuamente.
    …………..
    FELICITACIONES por el libro, y gracias por lubricar los pensamientos.

  4. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    diciembre 15, 2018 1:35 pm

    Curioso e interesante tu artículo sobre los aforismos, Jaime. Y totalmente de acuerdo en que no es facil hacer o crear un buen aforismo. Por ello, enhorabuena por ese premio alcanzado, cuyo ejemplar voy a comprar de inmedatio.

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