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Y después de la revolución vino la diversión

noviembre 27, 2018

Georges Perec publicó su segunda novela Un hombre que duerme a los treinta años, en 1967, en vísperas de las revueltas estudiantiles de Mayo del 68. Para el título se inspiró en el comienzo de una frase de Por el camino de Swann, el primer volumen de la obra de Proust En busca del tiempo perdido, cuando el Narrador rememora un episodio de insomnio que padeció en el pasado: “Un hombre que duerme está rodeado por el hilo de las horas, el orden de los años y de los mundos”. Además de con Proust, Perec dialoga en la novela, casi siempre de forma implícita, con otras obras y autores: Kafka, Hambre, Moby Dick, Bartleby, el escribiente, Robinson Crusoe, Allan Poe, Baudelaire, la literatura del paseante urbano, del flâneur.

El protagonista es un estudiante de Sociología -la carrera de moda en aquella época- de veinticinco años de edad, cuyo nombre no se menciona nunca. Narrada en segunda persona del singular, la novela desgrana minuciosamente todo lo que siente desde que tomó una decisión extravagante: romper sus vínculos con los humanos y llevar una vida solitaria en París, vagabundeando noche y día por la capital, como un sonámbulo, perdido entre la multitud, comiendo algo y durmiendo y sin cruzar una palabra con nadie, rehén de su propio silencio.

Cartel de la película “Un hombre que duerme”, basada en la novela de Perec y dirigida en 1974 por Bernard Queysanne, con guión del propio Perec

Tan pronto acude a cines de barrio, como frecuenta bares, verbenas, museos, mercados, estaciones y bibliotecas, pero sin un interés concreto y vivo. Algunos días se encierra en su cuarto abuhardillado para releer novelas policíacas que ha leído veinte veces o haciendo crucigramas de un viejo diario. Se muerde las uñas hasta causarse dolor.

Aunque sus padres residen en una ciudad de provincias, tiene amigos de ambos sexos que, ante su repentina e inexplicable desaparición, se interesan por su suerte. No es un chico retraído. Libre al fin de ataduras, se margina de la sociedad en la que vive y de la regularidad temporal por la que se rige la mayoría de la gente en su vida cotidiana. Sin embargo, al lector no se le escapa que esa existencia solitaria destila toneladas de aburrimiento.

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Georges Perec (1936-1982) y su gato negro

La historia puede leerse como una exégesis de la cita de Kafka que la encabeza, escrita también en segunda persona: “No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera escuches, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies”. Sólo que cuando el lector aplica la reflexión de Kafka al episodio de aislamiento voluntario del estudiante de Un hombre que duerme y su desenlace tiene la impresión de hallarse ante una novela de tesis, que se sirve de la cita kafkiana para justificar su argumento. Perec parece decirnos: “Bien, Kafka se equivocó, como lo demuestra el personaje de mi novela”.

No ocurre lo mismo con la frase de Proust, que se lee como la constatación del destino del joven: el durmiente no se encuentra aislado del mundo, aunque no participe de la actividad mundanal, sino que forma parte de él y vive en el mismo marco temporal que las personas despiertas. En las fábulas que refieren historias de individuos que, por alguna circunstancia especial, permanecieron dormidos muchos años, e incluso siglos, al despertar se encontraron con el mundo muy cambiado, entre gentes desconocidas, pero el tiempo no pasó en balde por sus cuerpos inertes; también envejecieron como los despiertos, sólo que bastante más que ellos porque vivieron más tiempo.

“Rip Van Winkle”, el hombre durmiente del célebre cuento de Washington Irving, por John Quidor (1801-1881)

Un hombre que duerme acaba con que el estudiante descubre que la soledad y la indiferencia no enseñan nada. Al contrario de lo que se deduce de la reflexión de Kafka, el mundo no se prosterna  extático a sus pies:

“Todo fue un engaño, una ilusión fascinante y traicionera. Estabas solo y eso es todo, y querías protegerte”.

El tiempo no se detuvo para él, como no se detiene para nadie. Siempre termina respondiendo, incluso cuando no se le pregunta. Perec se remite de nuevo a Kafka, esta vez con una alusión indirecta a la leyenda Ante la ley, cuando la voz narradora concluye que el estudiante ha vivido como un falso prisionero. La puerta de su celda estaba abierta, ningún guardián había ante ella, al contrario que en la puerta de la Ley ante la cual estuvo esperando hasta su muerte el campesino de la fábula de Kafka.

El relato del aislamiento del joven resulta tan persuasivo como el del náufrago Robinson Crusoe, prototipo del solitario forzoso que aprende a sobrevivir sin la ayuda de nadie en un medio desconocido y hostil. Pero al que más recuerda es al protagonista de Hambre (1890), la novela de Knut Hamsun, un joven anónimo, al igual que el de Un hombre que duerme, y con vocación de escritor, como tantos estudiantes de la generación de fines del siglo XIX y principios del XX. Ambos provienen de ciudades provincianas y pertenecen a familias modestas de clase media, por lo que tienen que apañárselas solos en la capital.

El joven Knut Hamsun, retratado por Alfredo Andersen (1860–1935)

Llama la atención la diferencia significativa entre las pretensiones literarias de aquella generación finisecular y el gusto por la sociología académica que acreditaba la generación estudiantil de los años sesenta, y de la que el chico de Un hombre que duerme podría ser un exponente típico. Independientemente de los esnobismos cultivados por cada época, la predilección por la literatura concuerda con el individualismo característico de la sociedad burguesa, mientras que el interés sociológico es propio de una sociedad masificada que desea conocerse a sí misma partiendo de esquemas presumiblemente científicos.

La diferencia en los gustos intelectuales del joven de Hambre y el de la novela de Perec repercute en sus diferentes formas de desenvolverse en las situaciones límites -el aislamiento de la realidad- que ellos mismos han elegido. La creatividad, la fuerza imaginativa y el apasionamiento de uno contrastan con la grisura y la mediocridad del otro. La sociología y la literatura nunca podrán jugar en el mismo campo, pese a la cantidad de novelas “sociológicas” que venimos soportando desde hace años. El material de trabajo de la literatura es la persona concreta, con sus peculiares circunstancias y sentimientos, no el individuo abstracto de la estadística, susceptible de multiplicarse por millones como él.

En cuanto al anonimato de los dos personajes, puede interpretarse como una expresión más del antiheroismo que impregnan las acciones insignificantes del héroe de la novela moderna, pero también de indiferencia ante su posteridad. Todo lo contrario del héroe o la heroína de la novela clásica, que se presenta al lector con su nombre completo y aspira a ser recordado por sus aventuras y hazañas, prestando incluso su nombre al título de la novela.

El protagonista de “Hambre” en la película de Henning Carlsen

El nombre no sólo designa la identidad pública de quien lo ostenta sino que lo reafirma en su pasado. Un nombre es también la historia de su portador. De ahí que cuando el héroe novelesco adopta un pseudónimo, como el hidalgo Alonso Quijano adoptó el de Don Quijote al transformarse en caballero andante, manifieste su voluntad de romper con la vida anterior e iniciar una nueva bajo el nombre nuevo, elegido por él.

En cambio, el anonimato simboliza la ruptura con el pasado, el olvido del camino recorrido y la indiferencia ante el devenir de la vida, que para el antihéroe se reduce a una lucha por la supervivencia en un presente incierto y adverso y cuyo final huele a derrota. En lo último en que piensa el héroe anónimo de la novela moderna es que sus desventuras lo trasciendan y que sean recordadas en el futuro.

El joven de Hambre rememora algún tiempo después sus peripecias “en aquella época cuando vagaba pasando hambre por Christiania”, mientras esperaba en vano el encargo de algún periódico para colaborar con artículos y costearse el sustento con el salario que le paguen. Pero tras gastarse el poco dinero que obtiene de la venta de sus pertenencias personales, el hambre se apodera de él.

Una avenida de Christiania

Christiania, nombre con el que era conocida la actual Oslo hasta 1925, es una ciudad próspera y en ella no hay hambrientos. El lector intuye que en el fondo el joven pretende probar su resistencia física para soportar el ayuno y experimentar las sensaciones nuevas que puede proporcionarle. Sus charlas incidentales con viandantes, policías, empleados o patronas de pensión son más fantasmales que reales. Ante cualquier persona que se le acerca, extiende una muralla de hostilidad a su alrededor.

Al igual que el protagonista de la novela de Perec, se ha propuesto estar solo para encerrarse en una burbuja de sensaciones que se niega a compartir con alguien y que explora minuciosamente, como si pensara en describirlas en un futuro próximo. Sólo en un momento determinado muestra cierto interés por una chica.

También el estudiante de Un hombre que duerme deambula por París, pero, en lugar de rememorar su experiencia en primera persona, como hace el protagonista de Hambre, es descrita en segunda persona y en tiempo presente por una voz narradora que tan pronto parece la del propio joven como la de una sombra que caminase junto a él, siguiéndole en sus andanzas y escrutando sus pensamientos. Esa forma de narrar imprime al relato una sensación de inmediatez que recuerda a las confidencias de un diario íntimo.

Jacques Spiesser interpretó al estudiante en la película “Un hombre que duerme”

Perec hace un guiño al personaje de la novela de Hamsun cuando la voz narradora dice de su héroe que “tu propósito no es dejarte morir de hambre sino solamente alimentarte”. Alimentarse, o sea, llevar una vida casi vegetativa, parasitaria, cómoda, gris, sin sorpresas, “como una rata de laboratorio” olvidada por un investigador negligente. Nada más lejos del ánimo de este muchacho que el sufrimiento físico y moral que con un voluntarismo demencial se inflige el joven de Hambre.

Si en Christiania éste no tiene motivos reales para padecer hambre, aparte de la voluntad de sufrir los suplicios que acompañan al ayuno, el chico de Un hombre que duerme carece de algún motivo objetivo para aislarse. Sus amigos le quieren y en la universidad se le espera para que prosiga sus estudios. Pero, sintiéndose poco apto para vivir, hacer cosas, emprender proyectos, elige dormirse, dejar de existir para el mundo y acunarse en los brazos del tiempo, que ve pasar sin hacer nada y sin nada que hacer. Su única ambición es durar, esperar no se sabe qué y olvidar.

Georges Perec durmiendo

La elección del verbo dormir para el título de la novela se corresponde con el propósito del joven de olvidar. El olvido es indispensable para conciliar el sueño y deshacer los lazos con el mundo, que no duerme nunca; liberarse de las responsabilidades, de los miedos que nos atenazan, de la incertidumbre, de los deseos, afanes y expectativas. “Sin rebeldía”. Dejar que el tiempo se deslice indiferente. Que el mundo siga existiendo, pero sin uno, como transcurre para los muertos, que al fin descansan en paz en sus tumbas.

Se trata de alejarse del tráfago mundanal para que no hiera, de hacerse a un lado, de quitarse de en medio, permaneciendo al margen del devenir de los acontecimientos, de los sucesos que ocurren indefectiblemente. Evadirse de una realidad hostil o, cuando menos, incómoda.

Curiosamente, este hombre que duerme estando despierto no sueña cuando duerme de verdad, o al menos en la novela no se describen sus sueños. Éstos nos permiten recordar experiencias vividas en el pasado y a las personas que hemos tratado. Tampoco sabemos si en algún momento siente impulsos eróticos, lo que hubiese sido un acicate para salir de su aislamiento. Parece que también la libido del joven ha decidido dormirse.

El joven protagonista de “Un hombre que duerme” en la película dirigida por Queysanne

Su caso recuerda al del padre de Victor Klemperer, quien comenta en sus Diarios que el hombre esperaba la hora de dormirse por miedo a la vida, deseando que durante el sueño “hubiera pasado todo”. Aquel que busca protección en el sueño, más que descanso, como suele ser lo habitual, percibe el dormir como un regreso a la primera infancia, cuando éramos unos bebés y estábamos groguis buena parte del día.

El joven de la novela de Perec eligió aislarse de los demás, haciendo realidad eso que Philip Roth denominó la “utopía del aislamiento”, anhelada por el alter ego de sus novelas, el también escritor Nathan Zuckerman, un hombre viejo y con achaques que se retira a un pueblo de la costa este de Estados Unidos para escribir, lejos del mundanal ruido, llevando una existencia solitaria y productiva. Hasta que “el embrollo de la vida”, con “toda su desvergonzada impureza”, desbarata su utopía. Pero el estudiante de Un hombre que duerme se encuentra en el mundo sin vivir en él, no con el objetivo de emprender algún proyecto, por irreal que fuese, sino para abandonarse al tedio.

Philip Roth (1933-2018)

Se puede entender el anhelo de aislamiento en un viejo. En un joven resulta chocante, a no ser que nos hallemos ante un caso de depresión psíquica. Es precisamente la juventud la edad de la vida en que la soledad se hace más cuesta arriba. De hecho, juventud y soledad se miran con desconfianza. Los jóvenes la temen como si no supieran qué hacer con ella; les intimida el vacío de las horas solitarias, una reacción comprensible puesto que la juventud es la etapa en la que se desea aprender de los demás, principalmente de los coetáneos, sentir con ellos, compartir experiencias.

El mundo de los adultos se les antoja distante, por lo que es difícil que se conviertan en sus confidentes favoritos. Necesitan contarse las cosas importantes que les pasan -la mayoría por primera vez- para calibrar las coincidencias y las disimilitudes. Schopenhauer decía que para el muchacho supone “una gran penitencia” estar solo y que los jóvenes traban amistades con facilidad. En cambio, el adulto puede pasar mucho tiempo a solas, una virtud que se va agudizando con los años y “no sin lucha contra el propio impulso de sociabilidad”.

Arthur Schopenhauer en 1854

En 1967 la tendencia de los jóvenes de clase media urbana era contraria a la decisión del estudiante de Sociología de Un hombre que duerme. Entonces anhelaban unirse a otros de su edad para compartir no sólo intereses y experiencias, como han hecho en todas las épocas, sino romper con el  aislamiento que sentían en el universo adulto, al que veían más que lejano, hostil y tedioso, y del que pensaban que no tenían nada que aprender.

Era una actitud hasta cierto punto insólita, al menos en la sociedad burguesa, en la que, si bien con un interés menguante, tradicionalmente los jóvenes habían emulado a los que eran mayores que ellos y ocupaban un puesto de responsabilidad. Aun así, no podemos olvidar el precedente de la primera revuelta contra sus padres protagonizada por hijos de familias burguesas, principalmente intelectuales y artistas nacidos en torno a 1890, en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Por entonces el conflicto paterno-filial era un “material explosivo” en la literatura, como señaló Kurt Wolff, editor de las obras de Kafka, Hasenclever y Werfel, tres autores que trataron este asunto en sus obras. Después de la guerra, la revuelta no hizo más que extenderse entre amplios sectores de la juventud, que acusaban a sus progenitores de haberlos engañado al empujarlos a la masacre bélica.

Kurt Wolff, editor de las obras de Kafka

Los jóvenes de los años cincuenta y sesenta, la generación de Perec, se identificaban cada vez menos con el mundo de sus padres, percibiéndolo incluso como un obstáculo que coartaba sus anhelos de liberación y de realización personal en una época de crecimiento económico generalizado, de expansión de las redes de consumo y publicidad comercial y con una industria de entretenimiento en alza. Esta percepción reforzó los lazos entre ellos, despertando un deseo de unirse para mostrarse fuertes ante el mundo adulto.

Las revueltas de Mayo del 68 chocaban frontalmente con el experimento del protagonista de Un hombre que duerme de aislarse de los demás, empezando por sus amigos y compañeros de estudios. El espíritu sesentayochista se basaba en la idea de compartirlo todo con el grupo social. Quienes participaron en las manifestaciones callejeras destacaban el clima generalizado de “solidaridad y espontaneidad” entre individuos que no se conocían de nada y que se identificaban con una causa común. Lo difícil era cruzarse con gente indiferente.

En el París de 1967 la presencia de ese joven ficticio, entusiasta del aislamiento, resultaba inverosímil, aunque su fracaso pudiera interpretarse como una advertencia: quien se aísla de sus coetáneos no va a ninguna parte y, por supuesto, no llegará muy lejos. El tiempo no pasa en balde para nadie, tampoco para quien con una arrogancia temeraria y absurda pretende desviarse de su curso, como si pudiera escapar a su influjo.

El joven de “Un hombre que duerme” paseando por París

Sin embargo, el deseo de fundirse con los compañeros de generación para huir del aburrimiento encerraba un riesgo: que la individualidad fuese absorbida por el grupo. Uno se aburre solo, pero se entretiene con los demás. Aburrirse en soledad es necesario para pensar, una actividad (sí, “actividad”, han leído bien) que nadie puede hacer por nosotros. Pensar en el mundo, en la realidad que nos rodea, no solamente en uno mismo, y plantearse esa clase de preguntas incómodas que nunca nos haremos si renunciamos a la soledad, lejos de la presión a la que nos someten los reclamos de la cotidianidad. El que piensa preguntando no se aburre, ni siente el vacío de la soledad. El mundo y la realidad están en sus pensamientos, como pueda estarlo el recuerdo de un ser querido ausente.

Qué sorpresa se hubiesen llevado los sesentayochistas que  tachaban de contrarrevolucionario el aburrimiento si hubiesen sabido que el jefe nazi del Frente del Trabajo, Robert Ley, opinaba lo mismo. Al impulsor de la campaña “Al Vigor por la Alegría”, destinada a ofrecer  diversiones y espectáculos a los empleados, el aburrimiento le parecía subversivo porque de él “surgen ideas y pensamientos estúpidos, heréticos e incluso criminales”, lo que incitaba a la gente a quejarse y a “una sensación de desamparo” que le hacía pensar que “todo es absolutamente superfluo”.

Los regímenes totalitarios perseguían a muerte la soledad y el aburrimiento. Querían que los jóvenes estuvieran siempre juntos. Con este propósito crearon las Juventudes de partido, para que no se aburrieran ni se planteasen preguntas problemáticas, con lo cual todos terminarían por asemejarse, como muñecos fabricados en serie a los que manejar a su antojo. Goebbels, el ministro de Propaganda de Hitler, disfrutaba en los desfiles de las Juventudes Hitlerianas porque todos presentaban el mismo rostro.

Miembros de las Juventudes Hitlerianas

Mayo del 68 contribuyó a fortalecer el corporativismo juvenil y a distanciar a los jóvenes de los adultos, aislándolos a unos y a otros en sus respectivos compartimentos estancos. Una de las numerosas paradojas de aquel movimiento fue que mientras pretendía despertar la autonomía individual, de modo que cada cual eligiese siguiendo exclusivamente su criterio, vinculaba esa reivindicación de libertad personal a la de alguna colectividad. Finalmente, el yo autónomo y liberado de coacciones al que se aspiraba –Sartre llegó a decir que el legado de Mayo del 68 había sido “el yo”- se convirtió en nosotros, allanando el camino hacia el mercado de consumo y el exhibicionismo identitario.

Aunque, como es natural, los jóvenes necesiten hablar entre ellos de sus cosas, y cada edad de la vida tiene su propia conversación y un modo específico de conversar, han de mostrarse valientes para desviarse, así sea esporádicamente, de las tendencias gregarias propias de la edad, y estar a solas consigo mismos, familiarizarse con la soledad poco a poco, no con la radicalidad del estudiante de Un hombre que duerme y menos todavía con el fanatismo del muchacho de Hambre.

El joven protagonista de la película “Un hombre que duerme”

Los jóvenes que no saben estar solos ni elegir la soledad en determinados momentos, se asemejan al de Un hombre que duerme en que tampoco aprenden nada. Eso sí, puede que se entretengan con tan numerosa compañía y las interminables ofertas que les dispensa la sofisticada industria del entretenimiento.

Bajo el título Elogio del aburrimiento, en 1989 el poeta y Premio Nobel Joseph Brodsky dio una conferencia en la ceremonia de graduación de ese curso en el Darmouth College en la que  advertía a los estudiantes que una parte sustancial de lo que les aguardaba estaría dominada por el aburrimiento, una experiencia para la que no prepara ninguna escuela o universidad. Puesto que la esencia de la vida consiste en la repetición, fuesen ricos o pobres, no se librarían de sufrir la redundancia característica del tiempo, a pesar del esfuerzo de las nuevas tecnologías por hacer olvidar su carácter repetitivo.

Joseph Brodsky

Brodsky comparaba al que corre todos los días detrás de novedades con un drogadicto en busca de su dosis diaria. El aburrimiento

“sitúa la vida en su justa perspectiva, lo cual da como resultado la precisión y la humildad (…) Somos intrascendentes porque somos finitos”.

Cuanto más finito es algo “viene más cargado de emociones, de goce, de miedos, de compasión”; en cambio, la infinitud encierra poca vida o emoción.

La pasión es el privilegio de lo intrascendente y el mejor remedio contra el aburrimiento. Por ello les pedía que intentasen alimentarla, dejando la frialdad para las constelaciones. Después de todo el aburrimiento, la angustia y la percepción de la propia intrascendencia, o la de los demás, no son engañosos. Así que cuando se sintieran golpeados por el aburrimiento, les recomendaba que fuesen por él. “Dejad que os inunde; sumergíos, tocad fondo (…) Tended los brazos al aburrimiento o a la angustia, o dejad que los de ellos, mucho mayores, os rodeen. Cree en tu dolor”. De este modo se convencerían de un hecho ineludible: nuestra insignificancia ante la vastedad del tiempo.

Georges Perec

Volviendo a Un hombre que duerme, ¿por qué Perec se inspiró en la cita de Kafka para contarnos su historia del joven durmiente? Antes de responder habrá que recordar que con ella el autor de El proceso quiso decir que no es preciso correr detrás del mundo para que éste se nos revele; que cuanto más nos afanemos para atraerlo a nosotros, más nos rehuirá, y que, a fin de cuentas, la inacción puede ser otra forma de acción, digamos que a la inversa.

La cita enlaza con el pensamiento quietista, de honda tradición en Oriente y Occidente, y remite al comentario que Pascal dedicó al hombre que, incapaz de permanecer quieto y solo en una habitación, la abandona para salir en busca de alguna aventura. Tal vez al escribirla Kafka tuviera en mente el consejo del Rabí Pinjas de Koretz (1728-1791), uno de los grandes maestros del jasidismo a los que leyó en la recopilación de sus historias publicada por Martin Buber. Según esta referencia, el rabino acostumbraba a decir que

“lo que persigues no lo logras. Pero lo que dejas crecer lentamente, a su manera, viene hacia ti”.

Martin Buber en 1963

La reflexión de Kafka contrastaba con la guerra que por entonces afligía a Europa. A fin de cuentas, si hay alguna actividad humana frenética, ésa es la guerra. Eximido de participar en la contienda al considerársele no apto por su debilidad física, Kafka redactó en 1916 un llamamiento para crear una institución psiquiátrica que atendiese a los soldados aquejados de estrés.

En el informe detallaba que sólo en junio de aquel año en la Bohemia alemana se habían contado más de cuatro mil víctimas de guerra afectadas por enfermedades nerviosas. Al igual que en los últimos decenios de paz el maquinismo intensivo había perturbado los nervios de los implicados en él, la presencia de las máquinas de guerra estaban destrozando los nervios de los combatientes.

Franz Kafka sentado a la derecha junto a unos amigos (Archiv Klaus Wagenbach)

También a Georges Perec tuvo que parecerle que la cita iba a contracorriente de la tendencia de su generación, la de los hijos satisfechos de la burguesía que, cansados del gris formalismo que transmitían sus padres, partícipes en las catástrofes bélicas de 1914 y 1939, deseaban un cambio de rumbo. Después del aburrimiento había llegado la hora de la diversión.

En cuanto a la última frase de su cita -“y el mundo se prosternará extático a tus pies”-, refutada por la voz narradora de Un hombre que duerme, fue justamente Kafka quien anotó en uno de sus aforismos que en la lucha entre el mundo y uno mismo la elección está fuera de dudas: el mundo. No sólo porque el yo forme parte indisociable de éste sino porque sólo así se lo podrá desenmascarar. Romper con el mundo a favor del yo es romper con la realidad, encerrarse en una burbuja, algo impensable en Kafka, el hombre que no dormía, aquejado de largos episodios de insomnios, y que estaba siempre alerta, con los oídos en vilo y los ojos escrutadores.

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4 comentarios leave one →
  1. noviembre 28, 2018 8:15 pm

    Jaime, qué ilusión que escribas sobre ‘Un hombre que duerme’ y de manera tan personal. A modo de apunte, Perec no se sintió muy solicitado por los eventos de mayo del 68. Ese año lo pasó recluido en el Moulin d’Andé, casa de artistas regentada por Suzanne Lipinska, con quien tendría una relación sentimental que acabaría mal. En un borrador de una carta de finales de 1968, Perec escribe: “J’ai vécu cette année comme un songe” (He vivido este año como un sueño). Y no se refiere al sueño de mayo del 68.
    Me han entrado ganas de volver a leer este largo poema en prosa, somnámbulo, gris, que nos recuerda que la vida se sostiene, muchas veces, sobre el vacío.
    Un abrazo.

  2. noviembre 28, 2018 10:29 pm

    Muchas gracias por la información que aportas. Me llamó la atención desde el principio el contraste entre la escritura de este “largo poema en prosa”, como tú defines “Un hombre que duerme” -un título poético como la frase proustiana-, y el sentir de los jóvenes de la época, que se manifestaría un año después en las protestas parisinas y en otras partes del mundo desarrollado. La participación de Perec en la película de 1974, seis años después de Mayo del 68, confirma que probablemente concibió la novela al margen de lo que se estaba cociendo en la sociedad francesa. Soy yo quien ha establecido esa relación, al igual que la que establezco con “Hambre”. Pero, como bien sabes, la ficción se anticipa a veces a la realidad, aunque ésta termine por superarla más pronto que tarde. También puede ocurrir que el novelista no sea consciente de ello, al menos totalmente. Es la posteridad (en este caso los lectores), la que capta el espíritu de la época. De todos modos, mi comentario es fruto de una lectura personal, tan discutible como cualquier otra. Un abrazo

    • noviembre 29, 2018 12:23 pm

      Que no se me malinterprete, la relación que estableces es legítima y tu lectura muy sugerente. Georges Perec es tributario 100% de su época y generación, no cabe la menor duda. Fue marxista, participó en todas las manifestaciones contra la guerra de Algeria etc. Si en el 68 se desentendió del movimiento estudiantil, es debido (creo yo) a sus circunstancias personales.
      La relación entre Kafka y ‘Un hombre que duerme’ (las dos grandes inspiraciones de este libro son, efectivamente, Kafka y el Bartleby de Melville), y la reflexión que sacas sobre el yo y el mundo, dan que pensar: “no es preciso correr detrás del mundo para que éste se nos revele; que cuanto más nos afanemos para atraerlo a nosotros, más nos rehuirá, y que, a fin de cuentas, la inacción puede ser otra forma de acción, digamos que a la inversa”. Un abrazo.

  3. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    noviembre 30, 2018 10:36 pm

    Muy interesante y reflexivo este artículo, Jaime. Me viene a la mente el libro de Fritz Kunkel “Del yo al nosotros”, aunque esta obra tiene objetivo. Pero sí que nos hace reflexionar, como tu artículo, acerca las vinculaciones del yo con los demás. Curiosa y acertada es la observación que haces de que a veces se rompe con el mundo tanto intentando aislarse de él como integrándose en las masas borreguilmente. Filosofía pura, Jaime. Muchas gracias por todas estas observaciones que nos haces descubrir a través de diversos autores.

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