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La habitación de los hábitos

octubre 23, 2018

Los hábitos y las costumbres tienen sus lugares favoritos en los que se sienten a sus anchas. Son aquellos en los que pasamos más tiempo todos los días, y que, como el nido para el pájaro, forman parte de nuestra intimidad cotidiana. El principal de esos lugares es la habitación en la que desplegamos con mayor profusión nuestros hábitos, siendo la lectura uno de los más frecuentes. Es también el espacio en el que abrimos la puerta de la memoria a los recuerdos. Y en la época dorada de la correspondencia epistolar, el rincón preferido para escribir cartas íntimas y leer las que se recibían. Por ello a esta habitación se la denominaba antiguamente cámara privada, gabinete, boudoir o tocador.

Pascal concluyó que la infelicidad del hombre radica en su incapacidad para permanecer tranquilo en una habitación, en vez de navegar por el mar o participar en el asedio de una ciudad. El hombre en el que pensaba era uno que disponía de suficientes rentas para vivir y, por tanto, disfrutar de la paz hogareña junto a su familia y entre sus libros, cuadros y objetos personales (hoy añadiríamos los recursos proporcionados por la tecnología moderna: la música y el cine, por ejemplo).

“Hombre escribiendo una carta”, del pintor holandés Gabriël_Metsu (1662-1665)

El filósofo atribuye esta actitud evasiva a que, encerrados en un cuarto, sin nadie, recapacitaríamos en nuestra “condición débil y mortal”, dejándonos atrapar por el tedio y sus secuelas: tristeza, pena, despecho, desesperación. Pensar en las propias miserias es hurgar en la conciencia, recordar y reconocerse, algo de lo que el caballero imaginado por Pascal huía despavorido.

Pero en realidad son la impaciencia y la ansiedad las que hacen que se sienta extraño en la habitación, como un recluso en la celda carcelaria. La diferencia con éste es que él, al fin y al cabo un individuo libre y dueño de sus actos, puede asomarse a la ventana para distraerse con el espectáculo callejero.

El hombre pascaliano no quiere darse tiempo para habituarse a su habitación, familiarizarse con los muebles y objetos personales que la pueblan, sintiéndolos incluso como una prolongación de su personalidad. Al igual que el fruto en los árboles, se necesita tiempo para que los hábitos arraiguen en la sensibilidad y en la memoria, para que maduren. Tal vez con unos cuantos libros al alcance de la mano, ese hombre impaciente hubiese atendido la sugerencia que Laurence Sterne propone en Viaje sentimental:

“Con nueve libros al día, una pluma, tinta, papel y paciencia, si un hombre no puede salir afuera, puede, por lo menos, estar a gusto dentro, un mes o seis semanas, al final de las cuales, si se trata de un sujeto inofensivo, su inocencia se esclarece, y sale más bueno y más sabio que entró”.

Laurence Sterne, por Sir Joshua Reynolds

También en Viajes alrededor de mi cuarto (1795), una obra emparentada con la de Sterne, Xavier de Maistre promete ofrecer un recurso seguro contra el fastidio que sufren los aburridos del universo y un dulce lenitivo a los desgraciados que no encuentran un refugio en el que resguardarse de las desdichas que azotan en el mundo exterior.

El príncipe de Ligne, de quien Goethe dijo que había sido el hombre más feliz del siglo XVIII, discrepaba radicalmente de ese prototipo de caballero incapaz de permanecer solo en su habitación por miedo a aburrirse. En una de sus anotaciones se lee que cuando uno pasa en su casa mucho tiempo, “aporta más alegría al mundo”. En cambio, quienes no saben quedarse en ella “son gente que se aburre siempre, y que por lo tanto aburren”.

Ligne desconfiaba de quienes no saben leer ni escribir, o sea, que no saben entretenerse y quedarse tranquilos en una habitación. Más aún, creía que esta clase de personas si no nacieron buenas, serán chismosas,  y “si la virtud no asistió a su nacimiento, serán, como poco, malignos, cuando no malvados”. Esto lo decía un hombre que en sus setenta y nueve años de vida recorrió media Europa, combatió en la Guerra de los Siete Años, tuvo tratos con reyes, emperadores y gobernantes, recelaba de los sabios que no sabían sino palabras, ignorando que “no hay mejor libro que el mundo” y convencido de que para saber algo

“hay que haber sido actor y haber actuado en muchos teatros”.

Charles-Joseph_de_Ligne2_(1735-1814)

Charles-Joseph, príncipe de Ligne (1735-1814)

Algunas décadas antes de que Pascal anotara su pensamiento, Cervantes confrontó en el Quijote a dos personajes  que, pese a sus afinidades superficiales -mismo estrato social y edades parecidas-, mantenían puntos de vista opuestos en algunos aspectos, también en su forma de estar en la habitación de los hábitos: el hidalgo Don Diego de Miranda y el también hidalgo, aunque pobre, Alonso Quijano, por entonces autoinvestido caballero andante con el pomposo sobrenombre de Don Quijote de la Mancha.

Don Diego, el “Caballero de Verde Gabán”, como lo apodó Don Quijote por el atuendo que vestía cuando se encontró con él, es un rico hacendado, felizmente casado y padre de un hijo estudiante de Leyes y aficionado a la poesía. En cambio, Alonso Quijano es un soltero cincuentón y amante de la caza, pero muchísimo más de los libros de caballerías que devoraba noche tras noche en su biblioteca.

Casa del Caballero del Verde Gabán en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), considerada el lugar de origen de don Diego de Miranda

Hombre de costumbres, el Caballero de Verde Gabán permanece tranquilo en su casa, silenciosa como un monasterio de cartujos -así la percibió con admiración contenida Don Quijote cuando entró en ella, invitado por su dueño-, pasando horas en su biblioteca, nutrida con seis docenas de libros “de honesto entretenimiento”, de los que hojea más los profanos que los devotos. Eso sí, los libros de caballerías no han atravesado el umbral de su puerta.

Siendo ambos lectores cultivados, cada uno de ellos lee de manera diferente. Así, mientras Don Diego lo hace con un ojo en la página del libro y otro en su confortable habitación de lector, Alonso Quijano leía con los ojos absortos en las páginas del libro, como si no estuviera en ningún sitio. Su habitación-biblioteca no era para él más que una circunstancia, un lugar de paso que le permitía aislarse de la realidad. Inmerso en la lectura, no pudo habituarse a sus paredes, por lo que tampoco necesitaba evadirse de ella: los libros de caballerías cumplían con creces este cometido.

Ilustración con la llegada de Don Quijote y Sancho Panza a la casa de Don Diego de Miranda

Al contrario que él, Don Diego es un lector convencional, que distingue perfectamente entre la realidad y la lectura. Por mucho que le guste un libro, nunca le conmoverá lo suficiente como para alterar su ritmo de vida. Padece la esquizofrenia propia del lector normal: las emociones que le depara la lectura nunca afectan a su realidad personal, disipándose en cuanto cierra el libro.

En cambio, para Don Quijote cada libro de caballerías que leía era como un pequeño seísmo. Hasta que aquellas conmociones lo condujeron al “más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo”: hacerse caballero andante en busca de aventuras que le granjeasen nombre y fama. La imaginación literaria venció a sus hábitos; tanto que los quemó, como cuando decimos que alguien incendia sus naves antes que caer en manos del enemigo. Los enemigos de Alonso Quijano eran la decrepitud inminente, el anonimato de la mortalidad ineludible y la pasividad del lector que lee con veneración, pero también con impotencia, las aventuras que emprenden sus admirados caballeros andantes.

Contra estos enemigos se alzará una calurosa mañana de julio para transformarse en uno de ellos. Adiós a los platos exquisitos que le cocinaban en casa, a las cacerías, a las charlas con sus amigos el cura Pero Pérez y el barbero Nicolás. Y adiós también a los libros. Más valía vivir aventuras al modo caballeresco que vegetar en casa al calor de los hábitos cotidianos y de la lectura diaria de las novelas de caballerías.

“Don Quichotte à la tête qui éclate”, litografía de Salvador Dalí (1956)

Al sustituir las aventuras por los hábitos, Alonso Quijano seguía el ejemplo evangélico de Jesús, quien había exhortado a sus discípulos a que no se preocupasen por el sustento o por el vestido e imitaran a los pájaros, que ni siembran, ni siegan ni recogen en graneros, porque el Padre celestial se encarga de alimentarlos. Que observasen cómo crecen los lirios del campo: no se fatigan ni hilan. Ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos. Esas preocupaciones eran propias de los gentiles. Por encima de todo estaba la búsqueda del reino de los Cielos y la justicia, ya que lo demás, las necesidades materiales, se les daría por añadidura. Así que no debían preocuparse del mañana, “que el mañana se preocupará de sí mismo. A cada día le basta su malicia” (Mateo, 6: 25-34).

Al igual que Don Diego de Miranda, Montaigne, que también como éste menospreciaba las novelas de caballerías, se las arregló para estar a gusto en su castillo gracias a la biblioteca, a la que se retiraba con frecuencia, sobre todo en los últimos años de su vida. Situada en la tercera planta de una torre, su forma circular y sus tres ventanas le permitían divisar no sólo todos los libros que albergaba sino también su hacienda: el huerto, el corral, el patio y el interior de la mayoría de las alas de la casa.

Torre de Montaigne en Saint-Michel-de-Montaigne, donde el escritor tenía su biblioteca

En aquella habitación permanecía la mayor parte de la jornada, menos de noche, que dormía en una alcoba con vestidor, calentándose con el fuego de la chimenea que ardía en una salita contigua “bastante coqueta” y luminosa. Hojeaba algún libro, sin orden alguno. Unas veces meditaba, otras apuntaba o  dictaba “estas divagaciones mías” -los Ensayos–  mientras paseaba. Allí tenía su sede y se hacía la corte, aislándose de toda comunidad  conyugal, filial o cívica.

También  el viejo Goethe residía en una casa grande en Weimar. Sin embargo, reconoció que hacía vida en dos pequeños cuartos, a los que se había acostumbrado. En una de las conversaciones que sostuvo con él, Eckermann da cuenta del motivo que suscitó esta confidencia. Goethe empezó comentando que la obra de su amigo Schiller estaba marcada por la idea de la libertad, “una cosa bien extraña” en tanto que cualquiera podía obtenerla “sólo con saber conformarse y encontrarse a sí mismo”.

Fachada de la casa de Goethe en Weimar

Además, añadía, ¿de qué sirve la libertad excesiva si luego no se hace uso de ella?

“Mire esta habitación –le dijo a Eckermann- y esta cámara adyacente, desde cuya puerta puede ver mi cama: ninguna de las dos es muy grande y, por si fuera poco, aún resultan más pequeñas a causa de numerosos artilugios, utensilios, libros, manuscritos y objetos artísticos”.

Sin embargo, a él bastaban. Había pasado en ellas todo el invierno, prácticamente sin poner el pie en el resto de las habitaciones. De nada le servían su espaciosa vivienda y su libertad para ir de una estancia a otra si no sentía la necesidad de utilizarlas. Walter Benjamin describió la casa de Goethe como “una sucesión de pasillos enjalbegados como los de una escuela”.

La relación de los hábitos con el tiempo es inversamente proporcional a la que mantienen con el espacio. Su necesidad de perdurar, a fin de que arraiguen y maduren, contrasta con la pequeñez del espacio que precisan para desenvolverse. Les basta y sobra con una o dos estancias reducidas, como las que utilizaban Montaigne y Goethe en sus respectivas mansiones.

Interior de la casa de Goethe

El hábito sólo respira en espacios limitados, acordes con su parvedad y concreción. En las estancias grandes, de techos altos y dimensiones palaciegas, se difumina, se evapora, no echa raíces. Sus enemigos son la vaguedad y la indefinición, los mismos que acechan la escritura.

Emily Dickinson pasó la mayor parte de su vida en la casona de ladrillo que mandó construir su abuelo Samuel Fowler Dickinson en 1814, conocida como The Mansion o The Homestead, en el número 280 de Main Street de Amherst (Massachusetts), entonces una localidad agrícola de Nueva Inglaterra poblada por unas quinientas familias. Y dentro de esa casa grande, en una alcoba situada en el piso de arriba, desde cuya ventana veía el jardín y a lo lejos los prados y el bosque. Allí escribió cerca de dos mil poemas, sus “cartas al Mundo, que nunca le escribió”, y 1.045 cartas que se conservan y que leemos como una continuación de aquellos.

La escritura era su forma predilecta de conversar consigo misma y con los demás. El trato íntimo de su habitación con la poesía es una constante en su obra. “He visto un Ojo Moribundo /Recorrer una y otra vez la Habitación-/En busca de Algo –parecía-“, reza este poema. Entre sus paredes imaginó su propia muerte:

“Al morirme –una mosca oí zumbar-/En el Cuarto, la calma/ Era como esa Quietud que hay en el aire-/ Entre dos Golpes de Tormenta”.

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Alcoba de Emily Dickinson en su casa familiar de Amherst

Proust fue todo un maestro en el cultivo de los hábitos. En su ciclo novelístico En busca del tiempo perdido adquieren peso propio en la conciencia del Yo narrador. No es casual que el primer volumen de la novela, Por el camino de Swann, empiece con la descripción minuciosa de uno de ellos: la costumbre de acostarse temprano que el Narrador cultivó durante mucho tiempo (“Longtemps, je me suis couché de bonne heure”) y los minúsculos percances que sacudían la sensibilidad y la memoria del durmiente después del primer sueño.

Uno de los recuerdos que le visitaban inesperadamente en ese despertar inoportuno a media noche era el de las distintas alcobas en las que pernoctó en el pasado. La evocación nostálgica que hace de cada una de ellas, con metáforas alusivas al “nido” y “la caverna cálida”, es una reminiscencia del calor maternal, pero también del deseo de revivirlo mediante sucedáneos.

Dormitorio de Proust en el apartamento de la calle Hamelin, donde murió el 18 de noviembre de 1922

Marcel Proust fue un niño enfermizo, padeció asma toda su vida y estuvo muy apegado a su madre, que veló sin descanso por su delicada salud. La mujer falleció cuando él tenía treinta y cuatro años y dos después de la muerte de su marido, el doctor Adrien Proust. Abrumado por la pena, el joven Marcel escapó de la casa familiar en París, buscando refugio en Versalles, en el Hôtel des Réservoirs, donde permaneció casi cinco meses, sin apenas salir de la habitación.

En una carta a su amiga Jeanne Pouquet le confesó, exagerando un poco, que en los cuatro meses que llevaba residiendo en Versalles no se había levantado de la cama, ni había podido visitar el palacio, ni el Trianón ni ninguna parte. Abría los ojos en la noche cerrada y se preguntaba “si el nido herméticamente cerrado y alumbrado con electricidad en el que vivía no estaría situado lejos de Versalles”. Fue por entonces, en 1906, cuando gestó su gran novela, que arranca con los recuerdos de su infancia en el pueblo normando de Combray.

Fotografía de época del Hôtel des Réservoirs, en Versalles

A pesar de la ajetreada vida de salonnier en su juventud, era un hombre de habitación y de hábitos ligados al sedentarismo, aptos para la escritura nocturna de una novela-río como la que escribió a lo largo de casi quince años y que a él le gustaba comparar con los cuentos de Las mil y una noches o con las caudalosas Memorias de Saint-Simon que escribía por la noche. También sus misteriosos amoríos estuvieron ligados a la habitación cerrada a cal y canto.

El mito preferido de Proust, junto la leyenda bíblica de la reina judía Esther, era el de Noé y su Arca bajo el Diluvio universal de cuarenta días. En los periodos en que estuvo enfermo y permaneció encerrado largos días en el “arca” se identificó con el longevo Noé contemplando el mundo desde el arca, “a pesar de que estuviera cerrada y fuera de noche en la tierra”.

En su novela la habitación de los hábitos tiene un espacio propio. Así, durante sus estancias vacacionales en Combray, el Narrador niño se resguarda durante horas en un cuarto  situado en lo más alto de la casa, bajo los tejados, que perfumaba un grosellero silvestre que crecía fuera y una de cuyas ramas entraba por la ventana abierta. En este cuarto “destinado a un uso más especial y vulgar” y que le autorizaban a cerrar con llave, hallaba un refugio

“para todas mis ocupaciones que reclamaban una soledad inviolable: la lectura, la ensoñación, las lágrimas y la voluptuosidad”.

Habitación de la tía Léonie (en la realidad, Élisabeth Proust), en la casa que la familia de Proust poseía en Illiers-Combray

También en Combray, la tía-abuela del Narrador, Léonie, desde la muerte del marido yace postrada en la cama de su alcoba, en un estado incierto “de pena, debilidad física, enfermedad, idea fija y devoción”, atendida por la familia y la criada. En ese encierro  sigue a pie juntillas un ritual de hábitos: tomar la pepsina, beber agua de Vichy, la comida frugal, los rezos del santoral y la charla con una vecina encargada de mantenerla al corriente de los sucesos locales.

El propio Proust escribió su novela recluido en un apartamento de la calle Hamelin, en el bulevar Haussman, junto a su inseparable ama de llaves Céleste Albaret. Para neutralizar cualquier ruido mandó forrar las paredes de su cuarto con placas de corcho. Allí le sorprendió la muerte en noviembre de 1922, a los cincuenta y un años, poco antes de que diera por concluida la escritura de En busca del tiempo perdido.

La habitación de los hábitos está ligada al modo de vivir de la burguesía decimonónica. Para el burgués la casa es un escaparate, un escenario en el que exhibe con orgullo el estatus social alcanzado. De ahí el papel relevante que desempeñan el mobiliario, la decoración y los objetos de adorno. Alfombras, tapices, cuadros, aparadores, vitrinas, sillones y sofás, lámparas de bronce, plantas exóticas y el inevitable piano estaban allí para que durasen tanto como las pirámides de Egipto. Estas muestras de ostentación denotaban un deseo de estabilidad en un terreno propenso a los terremotos.

Gabinete de Freud en su apartamento de la calle Berggasse, 19, de Viena, fotografiado por Edmund Engelmann en 1938, poco antes del traslado a Londres

En una carta fechada el 6 de junio de 1938, en su nueva casa londinense de Elsworthy Road, Sigmund Freud le transmitía a su amigo Max Eitingon la sensación de irrealidad que reinaba a su alrededor, como si estuviese viviendo un sueño, “la realización  maravillosa de un deseo onírico”. Él y su familia habían escapado de las garras del régimen nazi, dejando en Viena, en su casa de Berggasse 19, los recuerdos de toda una vida entregada al conocimiento de la mente.

Freud tenía entonces 82 años y había sido operado de un cáncer de mandíbula. Gracias a la intervención de influyentes amigos extranjeros, logró emigrar y llevarse consigo su colección de arte y antigüedades a la que la Gestapo había echado el ojo. Desde 1891 el entresuelo de un edificio de apartamentos de cuatro plantas alojaba el hogar y la consulta de Freud. Si no hubiese sido por los nazis, habría permanecido en la casa hasta su muerte.

La vivienda albergaba las dos habitaciones del gabinete de trabajo en el que pasó tantas horas de su larga vida, presidido por el diván cubierto con un tapiz oriental y almohadones, y abarrotado de antigüedades dispersas por las paredes, mesas, estantes y vitrinas, que le proporcionaban un “solaz insuperable”. Muchos de aquellos objetos eran de origen funerario. Su presencia demostraba no sólo el interés del fundador del psicoanálisis por la arqueología, sino el peculiar objetivo de su labor: desenterrar los recuerdos que se esconden en la memoria inconsciente.

Freud en su gabinete con su perra “Topsy”, en 1937. Foto de Marie Bonaparte

En la carta a Max Eitingon le decía que “al sentimiento de triunfo que experimentamos al vernos en libertad se suma un porcentaje excesivo de tristeza, pues, a pesar de todo, yo amaba grandemente la prisión de la que me han liberado”. Habían tenido que liberarle porque él, que ahora se mostraba tan satisfecho de la liberación, no se habría liberado por sí mismo. Estaba demasiado apegado a los hábitos propios de la habitación.

Nacido a mediados del siglo XIX, Freud se formó en el modo de vivir burgués (aunque en el ensayo biográfico que en 1931 le dedicó Stefan Zweig le reprochaba que incidiese en “la corrección burguesa de mi persona”), con su culto a la estabilidad, a la seguridad, a la vida privada, a la habitación y a los hábitos arraigados en el tiempo. Pese a haber advertido de las consecuencias indeseables que puede acarrear la presión ejercida por el sistema de coacciones que rige en la civilización, nunca imaginó que viviese lo bastante como para padecerlas en propia carne.

Una de esas consecuencias fue el desarraigo de millones de personas provocado por la barbarie totalitaria, que no sólo mató el espíritu burgués -símbolo del Padre y de la Razón- sino todo cuanto representaba. En su lugar se impuso el culto al peligro -el vivir peligrosamente pregonado por el fascismo-, la violencia,  la persecución de la individualidad, la extinción de la vida privada y el griterío de las masas. Las secuelas de estas lacras no se hicieron esperar: estados policíacos, guerras, persecución de las minorías, destierro de millones de personas, deportaciones y exterminios masivos. Y el declive de la habitación de los hábitos.

En la fotografía fechada en 1922, de izquierda a derecha, sentados: Sigmund Freud, Sándor Ferenczi y Hanns Sachs. De pie: Otto Rank, Karl Abraham, Max Eitingon y Ernest Jones

El mundo sombrío que Kafka desplegó en sus novelas y relatos anticipó la hecatombe que habría de abatirse sobre Europa a partir de la Primera Guerra Mundial. Nadie como él describió la experiencia del desarraigo, el asalto a la libertad personal y a la privacidad. Sus personajes nunca consiguen echar raíces en ningún sitio. En cuanto se proponen emprender una vida normal, según los cánones de la mentalidad burguesa -estabilidad, seguridad, vida privada- un suceso tan terrible como inesperado se lo impide.

Son personajes condenados a estar siempre de paso, a no asentarse en un lugar que les permita habituarse a una habitación. Cuando ocupan alguna, ni siquiera llegan sentirla como propia porque en el momento en que menos lo esperan alguien (o un suceso extraño) entra en ella sin su permiso, violando su intimidad y forzándolos a una actividad frenética con la que pretenden en vano recuperar el estatus que les ha sido arrebatado y la anhelada privacidad.

Portada de la primera edición de “La transformación”

El joven viajante de comercio Gregor Samsa se encuentra en la habitación de la casa de sus padres como el huésped en una pensión, hasta tal punto que se ha acostumbrado a echar el pestillo. En los pocos ratos que tiene libres para estar a solas en su cuarto se dedica a una afición un tanto extravagante: trabajos de marquetería. La lluviosa mañana de otoño en que despertó transformado en una especie de insecto gigantesco corroboró el sentimiento de extrañeza con el que convivía habitualmente en la casa familiar. Fueron inútiles sus esfuerzos para evitar que sus padres y su jefe entraran en su cuarto y le sorprendiesen en aquellas penosas condiciones.

Hoy día la habitación de los hábitos atraviesa una crisis rara. Las comunicaciones telemáticas hacen que el individuo se sienta más fuera que dentro de ella. Si el hombre imaginado por Pascal se evadía de su cuarto con tal de no estar a solas y con sus hábitos, para correr detrás de una liebre o aventurarse en alguna guerra, en estos tiempos puede evadirse del suyo sólo con pulsar la tecla de un dispositivo tecnológico.

No es preciso que salga de la habitación para contactar virtualmente con un montón de gente, lugares y situaciones en su mayoría insulsas -muy lejos del aventurismo del hombre pascaliano-, con las que satisface su afán por distraerse y matar el aburrimiento, el Gran Enemigo. En cualquier caso, la individualidad y los hábitos que la definen vuelven a estar en peligro.

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6 comentarios leave one →
  1. octubre 27, 2018 2:45 pm

    Excelente e interesante post, sumado a las fotografias. Al leerlo me recordo la tematica del libro “Especies de espacios” del escritor francés Georges Perec. Gracias por compartir la calidad de sus letras, lo sigo.

  2. octubre 27, 2018 5:34 pm

    Gracias por la lectura y por seguir el blog.

  3. Luis Ángel permalink
    octubre 30, 2018 10:44 pm

    Sigo con asiduidad tus entradas acerca de los hábitos; gracias por ese motivador empeño con que trabajas, a través del que enriqueces la visión y el conocimiento de quienes te leemos.

  4. octubre 31, 2018 11:11 am

    Gracias a ti, Luis Ángel, por la lectura. Es un privilegio tenerte de lector del blog.

  5. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    noviembre 1, 2018 11:19 am

    Muy hermoso e interesante tu repaso, Jaime, del mundo de los hábitos y de la intimidad a través de los apuntes y comentarios de algunos grandes escritores. Vivir el momento presente, aunque sea en una sencilla alcoba y acompañados de algún buen libro, es una delicia que hoy en día se está perdiento por causa de la telemática y las redes sociales. A veces quedamos despersonalizados.

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