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Mirando al abismo

septiembre 4, 2018

Desde que nos levantamos por la mañana hasta que nos acostamos por la noche para dormir ejecutamos una serie de actos mínimos, aparentemente insignificantes, que repetimos casi a la misma hora, y sin los cuales nos resultaría imposible llevar una vida normal. Asearnos, vestirnos y calzarnos, desnudarnos y descalzarnos, las tres comidas, con el posterior lavado dental, tomar  el metro o el coche para acudir al puesto de trabajo y luego regresar a casa, siempre a las mismas horas y por el mismo itinerario, son algunos de los hábitos que nos persiguen todos los días. Tienen la particularidad de orientarnos en el quehacer cotidiano. Son nuestra brújula personal. De ahí que cuando, por alguna circunstancia, tenemos que desprendernos de ellos, nos sintamos desorientados.

Estos hábitos comparten con las costumbres el que los ejecutamos sin darnos cuenta y con una prontitud  rayana en el automatismo. Como los latidos del corazón, no reparamos en su existencia. Y como los zapatos, los llevamos puestos casi todo el tiempo. Se levantan y se acuestan con nosotros. Los seguimos ciegamente, siendo ellos los que tiran de nosotros, más que nosotros de ellos. ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez que en una casa ajena, al pulsar el interruptor de la luz del cuarto de baño, lo busque con la mano, a ciegas, en el mismo lugar en el que se encuentra en el baño de su casa, sin fijarse que está en un sitio distinto?

Cubierta de la edición española de “Poesía y verdad”

En las páginas de su autobiografía Poesía y verdad que Goethe dedica al hastío, comenta que el gusto por la vida se basa en  un retorno regular de las cosas externas. Los resortes que la estimulan residen en esos cambios periódicos que se dan en la naturaleza y en la vida cotidiana, como la alternancia del día y la noche, de las estaciones, de las flores y los frutos. Cuanto más receptivos nos mostremos para disfrutar de los pequeños placeres que nos proporcionan, más felices nos sentiremos.

Sin embargo, advierte que si la diversidad de estas manifestaciones girase incesantemente ante nuestros ojos, sin participar de ellas, entonces irrumpiría “la más grave enfermedad: ver la propia vida como una carga repugnante”. A continuación refiere la anécdota de un inglés que se ahorcó para no tener que seguir vistiéndose y desnudándose todos los días. Más aún, el propio Goethe dice que conoció a un jardinero, encargado de vigilar un gran parque, que una vez exclamó con disgusto:

“¿Es que siempre voy a tener que ver pasar estas nubes de lluvia del crepúsculo a la mañana?”.

Cita también un comentario de Lessing, quien, ante el desagrado que le provocaba el reverdecer de la primavera, había expresado su deseo de que, para variar, los brotes salieran por una sola vez de color rojo. Algo que la mayoría juzga natural, a él le parecía una muestra de monotonía.

Johann Wolfgang von Goethe

Curiosamente, Goethe es el autor de un aforismo que, al menos en apariencia, corrobora no la terrible decisión del suicida, pero sí el estado de ánimo que le predispuso a tomarla:

“Si la mañana no nos desvela para nuevas alegrías y si por la noche no nos queda ninguna esperanza, ¿es que vale la pena vestirse y desnudarse?”

Con estas palabras insinuaba que la indolencia derivada de la desilusión puede conducirnos al abandono de hábitos simples pero imprescindibles, como el de vestirnos y desvestirnos, que nos permiten vivir como humanos entre nuestros congéneres.

El caballero inglés mencionado por Goethe recuerda a otro compatriota suyo, en esta ocasión ficticio. Probablemente inspirado en algún personaje real, Samuel Johnson publicó en octubre de 1753, en la revista The Adventurer, el relato Las riquezas del comercio en forma de carta escrita por un comerciante acaudalado de Londres en la que le confiesa a su corresponsal, al que se dirige con el título de “señor”, que después de alcanzar la prosperidad material anhelada durante años de trabajo, con la consiguiente reputación social, se retiró  a su casa de campo para disfrutar de los encantos de la intimidad, traspasando los negocios a su joven yerno.

Samuel Johnson (c. 1772), retratado por Sir Joshua Reynolds

Una vez agotado el entusiasmo con que reformó la vieja casa y el jardín, para admiración y envidia de sus amigos, descubrió que aquel esplendor no le producía placer. No hallaba felicidad alguna en las conversaciones con sus vecinos, a los que ofrecía gustosamente el alcohol que él, abstemio confeso, no bebía; tampoco en la  caza, en los paseos a caballo o en la lectura de libros (“no siento la menor curiosidad por acontecimientos que sucedieron hace mucho tiempo”). Cautivo en la lánguida inactividad, se paseaba por las habitaciones de la mansión hasta que se sentía aburrido.

Aunque todos los días cabalgase hacia la colina desde la que contemplaba sus tierras, no lograba ver nada que no hubiese visto antes. Regresaba a casa frustrado, sabiendo de antemano que no podía esperar nada de su cabalgada. En medio de esa vida desprovista de novedades, se despertaba por las mañanas “para caer en un estado de inercia y encarcelamiento”, únicamente ocupado en pensar cómo conseguiría pasar la próxima.

El privilegio de la ociosidad no le trajo el ansiado don de la tranquilidad. Se liberó del negocio a cambio de encadenarse al ocio en el que se encontró inesperadamente con el fantasma de la repetición, adormecido en los años de laboriosidad frenética.

George Lord Vernon, retratado por Thomas Gainsborough

Tanto el hombre que se ahorcó para no tener que vestirse y desvestirse, como el rico hacendado descrito por Samuel Johnson, son hijos de una sociedad en la que el tiempo de ocio, compensatorio del dedicado al negocio, era más un anhelo, una ensoñación forjada en medio del tráfago de la vida activa, que una experiencia con entidad propia. La teoría decía que se trabajaba con ahínco para disfrutar algún día del tiempo libre, pero la práctica cuestionaba el sentido de esa liberación. ¿Libertad para qué? ¿Para aburrirse y encontrarse todos los días con lo mismo? A mediados del siglo XVIII la diversión, accesible a una minoría, estaba muy lejos de ser lo que es hoy: una industria próspera al servicio de una clientela masiva, compuesta en gran medida por personas de edad madura retiradas de su profesión.

Antes de que abandonasen su papel de homo oeconomicus para disfrutar la ociosidad, estos dos personajes no calcularon el desafío que entraña disponer de todo el tiempo para uno, exonerado de dependencias y obligaciones. Tuvieron que sufrir los efectos de su error de cálculo -y el primero de ellos fue la desagradable visibilidad de sus rutinas-, para que se percataran de la trampa en la que habían caído al saltar de la vida activa a la ociosa, sin un esmerado ensayo, sólo para imitar a otros que hicieron lo mismo antes que ellos.

Jamás sospecharon que el desafío que entrañaba vivir para sí mismos, después de haberse pasado toda la vida viviendo para los demás, comenzaba por asumir que en el teatro del mundo no podemos representar siempre el papel de actores, con vistas a engordar la reputación, y que ejercer de espectadores significa atreverse a pensar por uno mismo, aun a riesgo de equivocarse y, por supuesto, de enredarse en dudas insolubles.

Le Matin (les quatre parties du jour), de Nicolas Lancret

Una actitud muy distinta de la adoptada por el hombre de negocios del relato de Johnson fue la de Montaigne, quien desde su juventud supo discernir entre la vida pública, en la que uno se presta a los demás, y la vida privada, en la que se da a sí mismo. Tras haber desempeñado cargos públicos en Burdeos, su ciudad natal, de la que incluso fue alcalde, Montaigne reconocía que buena parte de nuestras ocupaciones “son pura farsa”, por lo que recomendaba desempeñar nuestro papel “debidamente, mas como papel de un personaje tomado de préstamo”, evitando que la máscara y la apariencia se conviertan en una esencia real. El alcalde y Montaigne habían sido siempre dos, “con muy clara separación”.

Si el hombre, seguramente entrado en años y cautivo entre las paredes de la ociosidad, que se ahorcó para no vestirse y desnudarse diariamente, hubiese optado por no mudarse de ropa, es probable que hubiera encontrado otro motivo similar para matarse. Por ejemplo, el de tener que afeitarse, bañarse, comer todos los días, hacer sus necesidades, dormirse y despertar cada mañana. Lo que no soportaba era la realidad, en la que prima la repetición más que la novedad y no digamos la aventura. Esta última abunda en las novelas y películas, donde los personajes viven solamente experiencias extraordinarias y hasta mueren accidentalmente, al contrario que los lectores y espectadores, que por eso mismo se entretienen con ellas.

Una película en la que se nos mostrase con minuciosidad la existencia cotidiana de sus personajes, rutinas incluidas, en los escenarios habituales, acabaría con la paciencia del espectador. Las rutinas no están para que se las contemple, como se contempla, con las debidas precauciones, un eclipse de sol. No se prestan al espectáculo ni son espectaculares.

Torre de Montaigne en Saint-Michel-de-Montaigne, donde el escritor tenía su biblioteca y escribió los “Ensayos”

Empujado por la melancolía y la ociosidad fútil que la engendra, el caballero suicida cometió el grave error de detenerse en sus hábitos cotidianos, algo que sólo se debe hacer ante actividades que rebasen lo normativo. Simplemente, se equivocó de espectáculo. Observar cómo nos vestimos y desvestimos todos los días es algo que puede matar de aburrimiento a quien lo intente.

Ante un caso como éste viene como anillo al dedo la advertencia formulada por Nietzsche:

“Cuando miras largo tiempo un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.

Hay cosas junto a las cuales conviene pasar de puntillas para no despertarlas, si no queremos arriesgar el equilibrio mental. Concentrar toda la atención en los hábitos cotidianos, teniendo ante nuestros ojos un mundo variado y variable, no es más que una muestra insensata de narcisismo que sólo conduce a la esterilidad y al hastío, como le sucedió al caballero inglés que se asomó adonde no debía. Pero la tentación de infringir lo inconveniente, desobedeciendo la voz del instinto, está al alcance de la mano. Nada más fácil que infringirla, sobre todo cuando no se tiene otra cosa que hacer.

Friedrich Nietzsche

En su reflexión, Goethe califica de “grave enfermedad” abandonarse a esta extraña manía. Se trata de una patología de la conducta próxima a la locura. Hoy lo denominamos depresión y antes de la psicología clínica con el bello nombre de melancolía, de la que Robert Burton compuso en 1621 su anatomía salpicada de casos de maniáticos y manías, a cual más extravagante. Entre ellas refiere la que afecta a quienes llevan una vida sin acción, y careciendo de un empleo o un oficio ordinario en los que ocuparse, sucumben a los perniciosos efectos de la pereza y el embotamiento, hasta el punto de mostrarse incapaces de hacer cosas tan simples como vestirse o escribir una carta.

La melancolía y la obsesión extrema suelen ir de la mano. El melancólico buscará el objeto de su obsesión en las cosas que, por su propia naturaleza, mejor se prestan a alimentarla. Ninguna más indicada para este propósito que los objetos en los que predomina la repetición automática, como el tic-tac de un reloj de péndulo en una habitación silenciosa, o los pequeños hábitos personales aborrecidos por el caballero suicida.

Los hay que incluso se las arreglan para forjar ellos mismos la obsesión, como aquel que cuando salía a la calle caminaba siempre por la misma fila de baldosas de la acera. Estos maniáticos no se dan cuenta de que con ello se adentran en un bucle del que difícilmente podrán salir por sí mismos.

Frontispicio de “Anatomía de la melancolía”, de Robert Burton. Edición de 1638

Su situación es comparable a la del hombre libre que se encierra voluntariamente en una celda, canda la puerta por dentro y arroja la llave por el ventanuco enrejado. O como el suicida al que Kafka compara con un preso que ve levantar un patíbulo en el patio de la prisión, y creyendo erróneamente que está destinado a él, se escapa por la noche de la celda, baja y se ahorca.

Pero resulta que, nos guste o no, la repetición es inevitable. Está presente en la mayoría de las facetas de la vida: en el trabajo, en el mundo doméstico -el matrimonio, la familia, la educación-, y hasta en la creación artística: las rutinas son indispensables para los creadores.

Así como la casualidad pertenece al territorio de lo infrecuente, la repetición es la norma, lo habitual, la faceta de la vida más común y que aparece en ella también con más frecuencia. Constituye su prosa, una lluvia fina y persistente, que cala hasta los huesos. En cambio, la casualidad, siempre rara, y el acontecimiento que surge de ella, son la poesía, unas veces feliz y otras, trágica. Aun así, por más que un hecho casual varíe radicalmente el curso de una vida, en cuanto se consolide, no tardará en engancharse a la rueda de la repetición.

Retrato de Robert Burton (1577-1640), por Gilbert Jackson

Tenemos que habituarnos a convivir con ella, acogiéndola con la misma naturalidad con que acogemos las rutinas que nos acompañan a diario. “Hay que aprender a soportar lo que no es posible evitar”, aconsejaba Montaigne a propósito de las dolencias comunes que nos afligen regularmente. Otro tanto sucede con los hábitos. En cuanto nos sintamos atosigados por su presencia, lo mejor es huir temporalmente hacia la variedad, hasta que se disipe la obsesión, o amenizarlos introduciendo alguna reforma, algún giro nuevo. Para eso está la imaginación, de la que el jardinero que conoció Goethe andaba bastante escaso.

Lo aconsejable es aceptar la repetición como una aliada e incluso como un estímulo imprescindible para seguir viviendo. Así fue como la consideró Penélope, la esposa de Ulises, rey de Ítaca, en los veinte años en que estuvo esperando en el palacio real el regreso de éste de la Guerra de Troya. A fin de esquivar el acoso de los pretendientes obcecados en seducirla, la mujer se dedicó a tejer el sudario para el rey Laertes, deshaciendo por la noche lo que tejía por el día. La repetición la salvó de la indeseada infidelidad conyugal.

En su relato El paseo, en el que Robert Walser se explaya en los pormenores del paseo que una espléndida mañana decidió dar por las calles de una pequeña ciudad, intercaló un lúcido comentario acerca de la repetición. Al paseante la Naturaleza y la vida humana le parecen “una serie tan hermosa como encantadora de repeticiones” que contempla “como belleza y bendición”.

“Penélope y los pretendientes”, óleo sobre lienzo de John William Waterhouse (1849-1917)

Aunque en algunos lugares haya cazadores y degustadores de novedades, “echados a perder por un exceso de estímulos, ansiosos de sensaciones, hombres que ansían casi cada minuto goces nuevos”, el poeta no escribe para ellos. Tampoco el músico y el pintor compone y pinta para ellos.

Walser considera “un rasgo de pequeñez, de falta de vida interior, alejamiento de la Naturaleza y mediana o defectuosa capacidad de comprensión” la continua necesidad de goce y de probar cosas nuevas, un afán propio de niños pequeños a los que hay que contentar mostrándoles novedades. El escritor serio, añade, no es un “servidor de nerviosa codicia, por lo que tampoco teme algunas repeticiones naturales”, lo que no obsta para que se esfuerce siempre “en prevenir con celo que no haya demasiadas disimilitudes”.

Robert Walser en unos de sus paseos por el bosque, con el paraguas en la mano

El interés por las novedades que Robert Walser atribuye a los niños se contradice sin embargo con la realidad: las rutinas y la regularidad son esenciales en la infancia. Las necesitan para sentirse seguros, saber a qué atenerse, y, por supuesto, para el aprendizaje y el desarrollo de su autonomía. Lo último que puede esperarse de un niño es que se detenga para contemplar sus hábitos, como lo haría un adulto hastiado, y se aburra de ellos. Al contrario, los echará de menos cuando por alguna circunstancia tenga que abandonarlos.

Tal vez sea Kierkegaard el filósofo que más vueltas le ha dado al concepto de repetición, hasta el punto de dedicarle un ensayo con este título que publicó en julio de 1848 con el pseudónimo de Constantin Constantius. Para el pensador danés la repetición “es la realidad y la seriedad de la existencia”. Aquel que la desea

“ha madurado en la seriedad, vive de veras; no anda, como los niños, a la caza de las mariposas, ni tampoco poniéndose de puntillas; se queda extasiado contemplando las maravillas del mundo porque las conoce de sobra. No está sentado, igual que una vieja, junto a la rueca en la que se tejen los recuerdos”.

Esbozo inacabado de Kierkegaard dibujado por su primo Niels Christian Kierkegaard , c. 1840

Como si estuviese pensando en el hombre que se ahorcó para no vestirse y desvestirse todos los días, comenta que quien no ha comprendido que la vida es repetición y que en ésta radica la belleza de la propia vida, “es un pobre hombre que ya se ha juzgado a sí mismo y no merece otra cosa mejor que morirse en el acto, sin necesidad de aguardar a que las parcas corten el hilo de sus días, pues la esperanza es un fruto sugestivo que no sacia y el recuerdo un miserable viático que no alimenta”.

En cambio, la repetición es el “pan cotidiano que satisface con abundancia y bendición todas nuestras necesidades”. A la pregunta de qué sería la vida si no se diera ninguna repetición, Kierkegaard responde que entonces el ser humano se vería arrastrado como un tronco

“por la corriente de todo lo fugaz y novedoso, que de una manera incesante y blandengue embauca y debilita el alma”.

Casa de Søren Kierkegaard en Copenhague

Confesaba haber sentido siempre una gran repugnancia por cualquier clase de cambios. Una de las cosas que más le irritaban eran las limpiezas generales y, especialmente, las caseras. El día en que, de vuelta a Copenhague de un viaje a Berlín, su criado hizo una limpieza general en su vivienda, en contra de una estricta orden suya, cambiando todas las cosas del sitio habitual, se sintió abatido.

Al abrirle la puerta, el sirviente se quedó pálido como un cadáver. El recién llegado pudo ver el enorme zafarrancho que reinaba en las habitaciones, con los muebles patas arriba. Aturdido y temiendo la reacción de su amo, el sirviente cerró la puerta de golpe. “Mi desdicha no podía ser mayor y todos mis principios se tambaleaban”. Incluso llegó a temer que le tomaran por un fantasma.

A este contratiempo tenía que añadir el que sufrió durante su estancia en Berlín, ciudad a la que volvió por segunda vez para comprobar si todo seguía igual que la primera. Pero también allí habían cambiado demasiadas cosas desde su anterior visita. Había descubierto que no era posible en absoluto la repetición.

Kierkegaard retratado por Peter Klæstrup en 1845

En su retiro de Croisset, Gustave Flaubert, un hombre de costumbres y vida sedentaria, meditó sobre el papel que desempeñan los hábitos en la conciencia. Madame Bovary y su cuento Un corazón simple no se entienden sin el influjo de éstos en los personajes principales de ambas historias. Mientras la criada del cuento, Félicité, y el médico rural Charles Bovary, inmersos en sus obligaciones –atender a los demás-, abrazan con espontaneidad las rutinas de sus vidas sencillas, la ociosa mujer de éste, Emma Bovary, se embarca en una lucha desesperada contra los hábitos previsibles en un ama de casa perteneciente a la pequeña burguesía provinciana. Para contrarrestar el aburrimiento alimentaba fantasías eróticas de segunda mano, menospreciando a su marido, que la admiraba incondicionalmente.

Emma Bovary, interpretada por Isabelle Huppert, en la película de Claude Chabrol

Su ansia de novedades no era más que el resultado de la incomprensión del sentido cíclico de la vida y de la naturaleza, en la que todo lo que ha sido alguna vez vuelve a ser y volverá serlo en el futuro. Como se lee en el Libro de Cohélet, lo que es, ya ha sido, y lo que será, ya fue. No hay nada nuevo bajo el sol. Por muchas veces que el hombre despierte de su sueño, el dinosaurio de la Repetición sigue ahí, en el mismo sitio en el que estaba antes de que durmiera, impasible en su eternidad.

El desenlace de la lucha que Emma Bovary sostuvo contra la repetición fue el hastío, la melancolía y dos tentativas fallidas de trasladar sus fantasías al mundo real, que la abocarán al adulterio, a la frustración amorosa, a la ruina económica y finalmente al suicidio. Impulsada por una ambición insensata y un sentimentalismo kitsch, la narcisista e inmadura Emma Bovary se asomó al abismo de sus rutinas y el abismo miró dentro de ella.

La sirvienta Félicité y el loro “Loulou”

En el polo opuesto se encuentra la sirvienta Félicité, que no sólo se resignó a las sucesivas pérdidas de seres queridos que hubo de sufrir desde su infancia, sino que aceptó las rutinas imperantes en la casa burguesa de Pont-L`Évêque en la que sirvió cincuenta años, desde su juventud hasta la muerte de su ama, la señora Aubain.

Acostumbrada desde niña al devenir de las estaciones, a Félicité jamás se le hubiese ocurrido cuestionar el carácter cíclico de la vida, con sus idas y retornos, como las festividades religiosas que se celebraban anualmente en las mismas fechas en Pont-L`Evêque, las recolecciones de los frutos de temporada o la siega, que los campesinos aguardaban con expectación, aunque se repitiesen todos los años.

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7 comentarios leave one →
  1. septiembre 4, 2018 4:06 pm

    Me has hecho pensar en la conversación que tuvimos en Twitter sobre Perec. Perec entró en una indiferencia completa hacia las cosas en sus años universitarios. De ahí nació “Un hombre que duerme”. El abismo miró dentro de él. Y es ese mismo Perec quien nunca se cansó de interrogar “sea el ladrillo, el hormigón, el vidrio, nuestros modales en la mesa, nuestros utensilios, nuestras herramientas, nuestros horarios, nuestros ritmos. Interrogar aquello que parece haber dejado de sorprendernos para siempre.”
    La anécdota de Kierkegaard y la limpieza es divertida a la par de reveladora. Uno siente la hipersensibilidad del personaje.
    Toda vida cabe en un solo día. Muy sugerente entrada Jaime. Un abrazo

    • septiembre 5, 2018 5:31 pm

      Gracias por el excelente comentario. Kim. Perec levantó cabeza cuando se percató de que el mundo es lo bastante amplio, rico y variado como para dejarnos arrastrar por la apatía, probablemente pasajera, como tantos de nuestros estados de ánimo. Un abrazo

  2. Rubén permalink
    septiembre 5, 2018 2:47 pm

    Qué, bueno Jaime. ..tener de vuelta tus líneas !!
    Entre la cita de Goethe:
    “Si la mañana no nos desvela para nuevas alegrías y si por la noche no nos queda ninguna esperanza, ¿es que vale la pena vestirse y desnudarse? ”.
    Y la cita de Montaigne :
    “Hay que aprender a soportar lo que no es posible evitar”
    Concluimos que el mundo de los valores es traicionero, y las preguntas sobre el sentido de “nuestros actos” es una tortura…Vivimos para cuestionarnos y buscamos equilibrios con conclusiones acomodaticias, de lo contrario nos ahogamos de angustia. Cada cual se acompaña de una música que le permita atravesar el valle de lo desconocido.
    Un fuerte abrazo!!

  3. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    septiembre 6, 2018 10:37 pm

    Precioso comentario, Jaime, mencionando el valor de las cosas pequeñas, del mundo interior, de la reflexión reposada sobre lo cotidiano, el disfrute de las sencillas hermosuras de la vida… No ser capaz de encontrar ese tesoro tiene su castigo: la melancolía o la depresión. Ya decía santa Teresa: “Tristeza y melancolía no las quiero en casa mía”. Gracias por ese precioso artículo recordandoa escritores que han reflexionado o escrito sobre ese tremendo abismo…

  4. septiembre 7, 2018 4:07 pm

    Lamentablemente yo miré al abismo y ya estoy tomando pastillas para olvidar esa mirada que me devolvió.

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