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Pantallas contra libros: la tormenta perfecta continúa perfeccionándose

junio 12, 2018

La Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid, que se celebra a comienzos de la primavera y del otoño en el céntrico Paseo de Recoletos, es una excelente oportunidad para buscar libros normalmente descatalogados y a un precio accesible a cualquier bolsillo. Librerías madrileñas y de otras capitales del país encadenan sus casetas en los distintos tramos del paseo hasta la plaza de Cibeles. Un lugar envidiable para cualquier comerciante.

Desde hace muchos años visito esta feria. La recuerdo con las casetas abarrotadas de curiosos que se agolpaban a la caza del libro que les había llamado la atención. A veces era imposible hacerse un hueco entre aquella reducida multitud. Casi siempre había que pasar de largo ante numerosas casetas hasta dar con una en la que ojear los libros con cierta desenvoltura. Pues bien, en los últimos años he observado un progresivo descenso de público en la feria. Ahora es posible visitar las casetas sin molestia alguna, aunque en los fines de semana estén más frecuentadas. Los visitantes más jóvenes tiene alrededor de 40 años.

Una tarde de sábado en que acudí a la feria de esta primavera me encontré con un espectáculo un tanto extraño: una fila de personas, en su mayoría jóvenes de ambos sexos, sentados en los bordillos de las zonas ajardinadas que se extienden a lo largo de uno de los tramos del paseo, enfrente de las casetas casi desiertas, leyendo el libro que se supone acababan de comprar. Estaban tan concentradas en la lectura que ni el tráfico de coches ni los ruidos propios de la ciudad lograban distraerlas (tampoco escuchaban música por los auriculares). Pasaban las páginas con cierto apresuramiento, embebidas por el pasaje que estaban leyendo. Aquel sitio parecía más una biblioteca al aire libre que un lugar de esparcimiento.

En este breve relato que acabo de hacerles hay una verdad y una mentira. Quizá los lectores más avezados las hayan distinguido. La verdad es que las casetas de la feria estaban prácticamente desiertas. La mentira es que las personas sentadas en los bordillos de las zonas ajardinadas no estaban enfrascadas (¡que verbo más hermoso para definir la actividad lectora!) en la lectura de ningún libro sino…en las pantallas de sus teléfonos móviles.

No era el fantástico Yelmo de Mambrino, o sea, libros, lo que veían mis ojos en las manos de aquella gente, sino la vulgar bacía de barbero, o sea, los teléfonos móviles que sus usuarios miraban extasiados, como a una nueva deidad. Si hubiese estado en mi pellejo, hasta el pobre Don Quijote habría tenido que rendirse ante la evidencia, con lo cual Sancho Panza se habría visto privado de la oportunidad de inventar una palabra conciliadora pero de imposible traslación a la realidad: el libromóvil.

La pregunta que me hacía era: ¿por qué se han sentado precisamente ahí, enfrente de las casetas? ¿No podrían haber elegido otro sitio? Lo cierto es que su elección obedecía a motivos ajenos a la feria libresca. Simplemente, en aquella apacible tarde de mayo se habían tomado un descanso a la sombra de los castaños de Indias, con su recién estrenado verdor primaveral, junto a las parcelas de césped del paseo. Era yo quien reparaba en el amargo contraste que estaban protagonizando involuntariamente con su inocente presencia.

Después de todo, tampoco se trataba de un espectáculo extraño en la gran ciudad. Es el mismo que vemos en cualquier espacio público en el que nos encontremos: un vagón de Metro, una parada de autobús, una sala de espera o, simplemente, en una acera. De hecho, esquivar usuarios de móvil para no tropezarse con ellos empieza a ser algo habitual para el viandante que pasea con las manos liberadas del dichoso artilugio.

Para aquellas personas sentadas enfrente de las casetas de la feria era más tentadora la pantallita del móvil que la lectura de un libro de segunda mano. Leer ya no es una cuestión de dinero (ni lo fue nunca), excepto como excusa para no leer. Recuerden la cita de Groucho Marx: “A un hombre no le importa pagar cuatro o cinco dólares por un par de pantalones, pero lo pensará mucho antes de emplear la misma suma de dinero en un libro”. Cambien la palabra pantalones por teléfono móvil.

El actor Groucho Marx

¿Todavía alguien duda de que las pantallas están robando lectores, sobre todo entre los más jóvenes? Por enésima vez la curiosidad intelectual encuentra un subterfugio para rendirse ante los supuestos atractivos de la curiosidad ociosa, cuyo destino no es otro que consumirse en el olvido. Todo lo contrario de la lectura, que exige un compromiso con el libro, escuchar en silencio y pacientemente las cosas que nos cuenta alguien con palabras y frases, y mantener despierta la atención en torno a un solo motivo. Nada más lejos de esta actitud que el mariposeo al que se presta el teléfono móvil. La impaciencia y la distracción son enemigos acérrimos de la lectura.

Leer un libro es también imaginar sin el estímulo de la imagen con el que en estos tiempos se aliña casi todo. Así leía Don Quijote, quien incluso algunas noches interrumpía la lectura de un libro de caballerías para ponerse a dar cuchilladas a las paredes con una espada, imaginando que, como el caballero andante del libro, también él arremetía contra unos gigantes.

“Don Quijote”, por Celestino Nanteuil (1813-1873)

Las estadísticas y los especialistas en índices de lectura quizá contradigan mi impresión, alegando que el contexto es mucho más complejo, e incluso que la curva de lectores prosigue su ascenso. No importa que el libro impreso esté desapareciendo del único lugar en el que un niño, un nativo digital como se dice en la pedante jerga tecnológica, puede familiarizarse con los libros y una biblioteca: la escuela. Por ejemplo, en Florida rige una ley que obliga a las escuelas públicas a verter sus libros en formato digital y en California una ley exige que en 2020 todos los libros de texto universitarios estén disponibles en formato electrónico.

El argumento que se esgrime a favor de este cambio es que políticos, padres, profesores y estudiantes están convencidos de que la edición digital favorece el aprendizaje. Algunos colegios hasta ofrecen a los alumnos iPads para que accedan a libros de texto electrónicos.

Al final Ray Bradbury y Fahrenheit 451 tenían razón. En Fuego brillante, el prefacio a su novela que escribió cincuenta años después, en 1993, recordó una predicción de uno de los personajes, Beatty, el bombero jefe de la patrulla encargada de quemar libros con mangueras de queroseno: la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Ya no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. “Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al queroseno o persigan al lector”, añadía Bradbury. También apuntaba a la degradación de la enseñanza en las escuelas e institutos. “Si la educación primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?”.

François Truffaut durante el rodaje de “Fahrenheit 451”, en 1966, basada en la novela que Bradbury publicó en 1953

Cuando Bradbury redactó el prefacio de Fahrenheit 451 no existían los smartphones, aunque en su novela las pantallas gigantes, sucedáneos de la televisión, sustituyan a las bibliotecas domésticas y la gente se pase las horas muertas pegada a ellas. A pesar de los obstáculos, pensaba que aún podía repararse el daño siempre que se evaluara adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, y se garantizase que cualquier niño en cualquier país pudiera disponer de una biblioteca y aprender casi por ósmosis.

Además, sugería a los lectores que escuchasen al bombero jefe de su novela, cuando predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo incesante. “Escúchenlo, comprendan lo que quiere decir, y vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan la página”. Bradbury apelaba a la ejemplaridad de los padres como el instrumento  más eficaz para contrarrestar la influencia de la televisión en los niños.

Ray Bradbury (1920-2012)

Es la misma idea transmitida por la viñeta que circula por las redes sociales en la que una madre sentada en un banco con el teléfono móvil en la mano y su hijo con otro, le pregunta a la madre sentada a su lado, que lee un libro junto a su hijo leyendo, cómo ha conseguido que el niño lea. Pero la realidad es tozuda y sigue su curso. Hace unas semanas trascendió una noticia curiosa en Estados Unidos: a la pregunta que una maestra de Luisiana les hizo a los escolares para que respondieran qué invento les gustaría que no existiera, un niño de ocho años fue tajante: “el móvil de mis padres, porque están todo el día con él”. De los 21 alumnos de la clase, cuatro coincidieron en la respuesta (y me alegra compartirla con ellos, aunque por motivos distintos).

También en un reciente reportaje de la cadena ABC de Australia, los niños a los que se les preguntó su opinión sobre el uso del móvil por sus padres, no ocultaron su enfado. “Cuando mi padre está usando el móvil e intento hablar con él, simplemente me ignora”, era una de las respuestas. Otro niño dijo que el suyo “siempre está haciendo el vago en el sillón con su teléfono”.

En 2012 Philip Roth supo que su obra se publicaría en la Biblioteca de La Pléiade, pero recibió la noticia con un punto de melancolía. “Mire eso”, le dijo al periodista que lo entrevistaba mientras sostenía el volumen de Mondadori, grueso como una Biblia, en el que se habían editado sus novelas. “¿Quién lee libros así?”, preguntaba. Esto lo decía un escritor que en casi todas las entrevistas que concedió en la última década no dejaba de vaticinar que la hegemonía de las pantallas acabaría con la lectura y con el lector de novelas, como las que él mismo publicó.

Philip Roth (1933-2018)

Hace ocho años se hablaba de la tormenta perfecta en la que estaba inmerso el mundo de los libros. Todo conspiraba contra su supervivencia: a la crisis económica había que sumar la adaptación al mundo digital, la expansión del libro electrónico, las descargas ilegales, el declive del libro impreso como instrumento hegemónico de conocimiento, el descenso ininterrumpido del mercado editorial (hoy se calcula que ronda el 40%). Todavía no se había producido la explosión de  los smartphones conectados a Internet. Algunos expertos aventuraban que el hábito lector estaba cambiando y no precisamente a mejor. Como no hay tormenta que dure cien años, se esperaba que también aquélla acabase alguna vez, igual que la crisis económica.

Por entonces Philip Roth advertía en una entrevista que las pantallas se multiplicaban y que la cultura visual lo invadía todo, y con ella la distracción. Los libros exigen “concentración, paciencia, tiempo y actividad mental y lectores devotos”. Evocaba con nostalgia la época en que un lector común se pasaba  dos horas y media o tres con un libro. Pero ahora no se tiene tiempo para la lectura y el número de lectores de ficción no hacía más que menguar. “Es la evolución cultural de Estados Unidos y del mundo”.

Primer volumen de las obras completas de Philip Roth en Mondadori

El novelista daba a los libros un plazo de vida de unos 25 años (y según sus cálculos, a fecha de hoy quedan sólo 17), al final del cual se habrían convertido en objetos de culto. Sin embargo, no culpaba a la tecnología, sino al uso que se hace de ella. “Es la impaciencia de la gente, que quiere resultados inmediatos y no acepta que el libro requiere tiempo, concentración, reposo”. La batalla contra las pantallas estaba perdida y ni los nuevos formatos de libros electrónicos, ni los buenos escritores salvarían la literatura.

Dos años después, en 2012, insistía en su vaticinio: los lectores se extinguen a pasos agigantados. Siempre habrá novelistas que seguirán escribiendo, pero serán leídos por menos y menos gente. “Tiene que ser así, simplemente hay demasiadas pantallas”. Aunque su obra se estaba publicando en The Library of America, uno de los mayores reconocimientos para un escritor norteamericano, auguraba que dentro de medio siglo habrá la misma gente leyendo novelas en Estados Unidos que la que actualmente lee poesía del Renacimiento en latín.

Philip Roth falleció el pasado 22 de mayo a los 85 años, por lo que no volverá a reflexionar en voz alta acerca del destino de los libros, de la lectura y de los lectores. Pero la tormenta perfecta que se abate sobre el sector no cesa. Continúa perfeccionándose en igual medida que los juguetes tecnológicos que tanto distraen al personal. ¿Finalmente se impondrá la ordinaria bacía de barbero sobre el singular Yelmo de Mambrino? Todo puede ser, que diría Don Quijote.

La última palabra la tenemos nosotros, como la tuvieron aquellas personas que una tarde de sábado se entretenían en el Paseo de Recoletos con sus teléfonos móviles ante las casetas de la feria del libro antiguo. La oferta de la lectura distaba a sólo tres metros de ellas, pero prefirieron ignorarla.

¿Se acuerdan de los tiempos, ahora tan lejanos, en que se quería promocionar la lectura pregonando a los cuatro vientos que leer era divertido? Pues ya lo ven, una vulgar bacía de barbero, digo un vulgar teléfono móvil, ha sido más que suficiente para despojar a la lectura de esa supuesta virtud. La farsa que asociaba lectura y diversión no podía durar mucho en un mundo en el que la industria del entretenimiento se recicla constantemente para ofrecer al público recursos cada vez más sofisticados con los que entretenerlo, de tal manera que no tenga ni un minuto disponible para aburrirse.

“Don Quijote con el baciyelmo”, de Yakovlev Shalyapin

En la novela de Roth Pastoral americana (1997), el narrador Nathan Zuckerman comenta que a finales de los años sesenta del siglo XX la historia penetró drásticamente en la vida cotidiana de la población local de Nueva Jersey como no lo hacía desde la Revolución norteamericana, irrumpiendo también en la del protagonista de la historia, el apacible Seymour Levov, dueño de una fábrica de guantes en Newark, la capital del Estado. El comentario termina con una reflexión que viene al caso ante la crisis de la lectura y del libro, al menos tal como lo hemos conocido:

“La gente cree que la historia es algo que sucede a la larga, pero la verdad es que se trata de algo muy repentino”.

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7 comentarios leave one →
  1. junio 13, 2018 11:39 am

    Interesantísima reflexión. Los libros, sin adjetivos como digital o electrónico, no deberían desaparecer. Creo que siempre habrá libros porque sin ellos no existiría el silencio, es decir, la lectura sin interrupciones. Quiero pensar que lee un libro una vez, siempre regresa al libro como objeto, casi como lugar. 17 años me parecen pocos, pero quién sabe…

    • junio 13, 2018 6:58 pm

      ¡Gracias, Fernando! Recuerda la cita de Nathan Zuckerman en “Pastoral americana” con la que termina la entrada. Un abrazo

  2. sebastián permalink
    junio 13, 2018 5:09 pm

    Cada vez que viajando en el tren levanto la cabeza del teléfono y veo tanta gente mirando el suyo, no tengo razones para no pensar que seguramente varias de ellas estén haciendo lo mismo que yo, es decir, leyendo un libro.

  3. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    junio 26, 2018 6:52 pm

    No sé, no sé… Jaime. No sé si el futuro del libro será tan pesimista. Las perspectivas así parecen predecirlo, pero es un tema que tendremos que esperar a que se confirme. Cuando no había móviles ni tabletas, en el metro algunos leían la prensa o un libro, si bien la mayoría viajaba con su cabeza agachada y con su mirada indifente. Ahora sonríen a menudo con el móvil en la mano. Yo, por supuesto, leo en el metro, en casa y en la cama antes de dormirfme. Que el libro electrónico en los colegios termine suplantando los libros de texto, puede ser; pero creo que los profesores siguen obligando a los alumnos a leer determinados libros, aunque sea en las tabletas. No obstante, creo que hay razones para preocuparse por el futuro del libro, pero los futuribles… están para confirmarse con el paso del tiempo. Ya digo, no me atrevo a pronosticar nada ni en un sentido ni otro, aunque las pespectivas no son nada buenas. Gracias, por esta tremenda reflexión, ya vaticianda por antiguos escritores.

  4. junio 30, 2018 11:36 am

    Hola señor Fernández,

    Yo quiero traducir este articulo al turco. ¿Usted me da permiso para que traduzca y publique en mi blog?

Trackbacks

  1. Pantallas contra libros: la tormenta perfecta continúa perfeccionándose. Jaime Fernández – Trama editorial

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