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Lamento de un lactante de 33 años

mayo 29, 2018

En noviembre de 2014 el recientemente fallecido novelista Philip Roth (Newark, EEUU, 1933), publicaba un artículo en el que ofrecía un sucinto repaso de su obra. Al releer El lamento de Portnoy (1969), su cuarta novela, cuarenta y cinco años después de su publicación, confesaba mostrarse sorprendido por haber sido temerario al publicarla y contento por haberlo sido. Mientras la escribía era consciente de que nunca se iba a librar del protagonista de la novela, Alexander Portnoy, y de que “estaba a punto de intercambiar su identidad por la suya”.

En 1969 Philip Roth tenía 36 años, tres más que su personaje, y, por si el lector no ha reparado en este detalle, el apellido Portnoy, de origen judío asquenazí, contiene tres de las cuatro letras de que consta el apellido del novelista. Los abuelos judíos de Roth emigraron a finales del siglo XIX a Estados Unidos, procedentes de Rusia y Polonia, y sus padres nacieron en Nueva Jersey y se consideraban americanos “desde el primer día”.

Foto del joven Philip Roth (1933-2018)

También sospechaba que muchos lectores lo confundirían con su criatura y que, como consecuencia del malentendido, recibirían lo que no era más que una novela en forma de confesión, como una confesión de su autor en forma de novela. ¿Quién sabe si esa misma sospecha, en este caso impregnada de un temor justificado, fue la que hace cinco siglos llevó al autor de El Lazarillo de Tormes a ocultar su autoría?

Philip Roth podía temer con razón que después de El lamento de Portnoy cambiarían sus relaciones con gente conocida y desconocida. Los hubo que se negaron a estrechar su sucia mano, confundiéndola con la de Alexander Portnoy, un masturbador compulsivo, y en una carta a la Liga Antidifamación un rabino de Nueva York exigió que “se silenciase a este hombre”, recordando que “los judíos de la Edad Media habrían sabido qué hacer con él”. Afortunadamente para Roth, en 1969 la Edad Media quedaba muy lejos en Estados Unidos. Peor suerte que él tuvo el autor de El Lazarillo, quien temía con razón que si revelaba su nombre, le aguardaba un proceso inquisitorial que daría con sus huesos en la cárcel.

A la luz de esta diferencia notoria entre ambas reacciones, habrá que reconocer que algo hemos progresado en los últimos quinientos años y que el progreso no ha servido solamente para disponer de pastillas que calman los dolores y curan enfermedades mortales, de medios de transporte que nos llevan en tiempo récord a lugares lejanos y de Internet, por supuesto.

Roth comentaba también que, al contrario de lo que creyeron algunos, con esta novela singular no perseguía una catarsis como neurótico o hijo, sino emanciparse de los métodos narrativos tradicionales.

“Aunque es posible que el protagonista se esfuerce por huir de su conciencia moral, yo trataba de liberarme de una conciencia literaria construida por mis lecturas, mi educación y mi meticulosidad, de mi habitual sentido del decoro prosístico”.

Portada de la primera edición de “El lamento de Portnoy” (1969)

Sin embargo, fue su experiencia con el psicoanálisis la que le inspiró el argumento y la forma de la novela. Se trataba de “avanzar atropelladamente, frenéticamente, como el clásico paciente de psicoanalista en plena libertad asociativa”, prestando voz a un joven con la lengua tan desatada como su sexo y

“poseído por sensaciones peligrosas, opiniones desagradables, quejas despiadadas, sentimientos siniestros y acosado por la implacable presencia de la lujuria”.

No había escrito un libro repulsivo para ser repulsivo sino para representar lo repulsivo, airearlo, exponerlo. Roth apelaba a Chéjov, para quien la tarea del escritor no consiste en resolver problemas, sino en plantearlos adecuadamente.

Antón Chéjov

¿Qué mejor forma de mostrar esa faceta antisocial que la mayoría de la gente lleva dentro y que, por pudor, miedo a los demás y a perderse el respeto, se guarda para sí? Por ejemplo, en Recuerdos de egotismo Stendhal dice que cuando tenía que hablar de sí mismo se sentía como una mujer decente que se hiciera prostituta. A cada instante necesitaba vencer “ese pudor de hombre honesto” al que le horrorizaba hablar de sus cosas.

El lamento de Portnoy ha sido probablemente la primera novela moderna en la que su único protagonista, con la excusa de confesarse ante su psicoanalista, se permite revelarle al lector todo lo que arde dentro de él, sin autocensura ni límite alguno. Nadie habrá sido más infiel que este joven ficticio a la máxima de Talleyrand según la cual al hombre se le concedió la palabra para encubrir su pensamiento. La infracción de la cita del astuto diplomático francés bien merece esta otra: que a algunos hombres, como el imaginario psicoanalista Spielvogel, se les ha concedido la paciencia necesaria para escuchar a narcisistas aquejados de diarrea verbal, como Portnoy. ¡Que al menos no les resulte gratis!

Aun así, Portnoy no supera ni de lejos a algunos de los personajes de las novelas del marqués de Sade, el precursor de los escritores que se atreven a franquear las barreras que impiden a los hombres expresar todas las fantasías salvajes que anidan en esa zona antisocial a la que se refería Roth y de las que, por cierto, el civilizado siglo XX ofreció un amplio muestrario.

Retrato imaginario de Sade, por Man Ray

Nunca antes se dispuso de un catálogo tan amplio de asesinos de masas dotados de una educación refinada y excelentes modales. Parece que los hombres se muestran más refractarios a la hora de decir las barbaridades que imaginan que a la hora de ponerlas en práctica, siempre que estén a resguardo de las miradas y juicios ajenos.

Hace veinte años escribí este comentario sobre El lamento de Portnoy que ahora publico por primera vez en el blog.

La novela tiene una estructura muy simple: la confesión que hace el paciente Alexander Portnoy, hijo de unos padres judíos de clase media, soltero y sin hijos, brillante abogado y subdelegado de la Comisión de Igualdad de Oportunidades de la ciudad de Nueva York, a su psicoanalista, un judío europeo emigrado a Estados Unidos. La historia termina con las palabras del paciente doctor Spielvogel, anunciándole que “ahora podemos empezar”. Ahora le tocaba hablar a él.

Como nota curiosa, el también psicoanalista Bruno Bettelheim, austríaco de origen judío que huyó a América escapando del nazismo, publicó un incisivo ensayo en el que diagnosticaba el trastorno de Portnoy que los lectores hubiesen querido conocer por boca del doctor Spielvogel.

Bruno Bettelheim

Nacido en un hogar de clase media en Newark, la ciudad en la que también nació y se crió el propio Roth, y en la que ha ambientado otras novelas suyas, Portnoy habla de sus atormentadas relaciones con sus padres, con el judaísmo, con las mujeres y con su sexualidad. Pese a haber cumplido 33 años, apenas ha salido todavía del vientre materno. No es que esté muerto, pero algún día tendrá que empezar a nacer.

Para rehuir la responsabilidad de vivir como un hombre maduro se refugia en su madre, su particular chivo expiatorio. Por lo que respecta al padre, lo ve como un pobre diablo, un fracasado con problemas de estreñimiento, al que aspira a superar para redimir en sí mismo ese supuesto fracaso con su éxito social. En cuanto a su hermana, simplemente carece de entidad real dentro de su limitado mapa personal. En el fondo, no la reconoce porque en su fuero interno se percibe como el hijo único que desearía ser.

Mientras se niega a crecer y a independizarse de sus padres, los acusa de impedírselo, y no duda incluso en medirse con Gregor Samsa, el joven viajante de comercio de La transformación, comparando a sus progenitores con los del personaje del relato de Kafka. Una vez más se confirma el peligro que tienen algunos intérpretes de Kafka que, como Portnoy, no vacilan en manipular a favor de sus turbios intereses la honesta lucha que el escritor de Praga sostuvo toda su vida para emanciparse y dedicarse por entero a la escritura al tiempo que, astutamente, transformaba los pormenores de esa lucha en material literario.

Portada de la primera edición de “La transformación”

Se mire por donde se mire, los padres son para Portnoy el pretexto ideal para sus frustraciones y eludir su responsabilidad. Confiesa que no quiere ser el hijo perfecto en que, según su versión, han querido y quieren convertirlo, con lo cual parece justificar la perversidad sexual en la que se regodea así como su incapacidad para ser libre, amarse y amar a los demás.

Sólo madurará, conquistando la autonomía moral, cuando al fin los padres dejen de ser para él esa indispensable referencia de la que se niega a prescindir y que le permite evadirse de sus responsabilidades sin por ello sentirse culpable y culpando a otros. Entre tanto, su existencia carece de rumbo. No es más que un desarraigado que va contagiando su desarraigo a los lugares que pisa y a las personas con las que establece algún vínculo. Se odia a sí mismo porque nunca ha sabido amar a nadie. Ese odio es la expresión más visceral de su desarraigo.

Philip Roth, fotografiado en su casa en Upper West Side, Manhattan, en enero de 2018 (Philip Montgomery para The New York Times)

La autarquía sexual en la que permanece cautivo es el reflejo de su mundo limitado y de su incapacidad para salir de él. De Portnoy puede decirse que no ve más allá de su pene, sólo que ya no tiene 14 años. Es un ser anacrónico, desfasado, que vive en una edad que no es la suya, ni la de sus contemporáneos con los que, quiéralo o no, debe de entenderse.

Hasta tal punto ha interiorizado la mentalidad de gueto en la que se educó, que él mismo se ha convertido en una suerte de gueto ambulante, del que en vano trata de escapar. Para ello tendría que autodestruirse. Tal vez le deba a su insaciable apetito sexual el que no haya llegado aún a ese extremo.

Se ha pasado la vida comparándose con quienes tenían raíces en su propio mundo no para aprender de ellos, sino para vencerlos. La inteligencia sólo le ha servido para consolidar la victoria, cuando tendría que haberla utilizado para sofocar su resentimiento y amarse de una vez a sí mismo. Su desgracia consiste en haber conseguido su malsano propósito. Portnoy es un ejemplo del daño que puede causar la inteligencia en un individuo enclenque desde el punto de vista de los sentimientos.

Fotografía antigua del centro histórico de Newark

Ignora por completo la existencia de los demás. A lo sumo tolera la de quienes se le parecen. Por eso viaja a Israel. La perspectiva de encontrarse en un lugar sólo habitado por judíos como él, cree que le devolverá la paz de espíritu. Pero su sorpresa será mayúscula al descubrir que también allí viven seres humanos como los que ha conocido en Estados Unidos y que lo tratan como si fuera una persona corriente y no como miembro del “pueblo elegido” que cree ser.

La clase de relación que entabla con una muchacha apodada La Mona es la que podría esperarse de este eterno, incurable hijo-víctima. En lugar de aprovechar la oportunidad de enamorarse, de percibir por primera vez en su vida a una persona de manera objetiva, de intentar conocerla y aceptarla por lo que es, se limita a proyectar en ella los recelos que abriga hacia la madre.

El psicoanalista Erich Fromm calificó esta clase de proyección malsana de “incestuosidad destructiva” que consiste en poseer a una persona para explotarla (sexualmente en el caso de La Mona, aunque en la relación de Portnoy con su madre también se aprecian indicios de explotación sexual, si bien sólo en el ámbito de la fantasía) y manipularla en función de los propios deseos e intereses. Así se conduce Portnoy: una vez satisfechos los objetivos que perseguía en La Mona, la desecha con el pretexto de que pretendía robarle su falsa independencia que disfraza de idealizada soltería.

El pensador y psicoanalista Erich Fromm en 1974

El mártir de la Tiranía de Mamá ahuyenta el compromiso amoroso con el pretexto de liberarse de la Tiranía de la Esposa. Como no puede deshacerse de la primera, se venga de su impotencia destruyendo a la segunda. ¿No se trata a fin de cuentas de una mujer vulgar, una prostituta? Este género de incestuosos que se quejan todo el tiempo de la tiranía de sus “santas” y estrictas madres resulta que siempre acaban arrojándose en los brazos de alguna “prostituta” para resarcirse de la tiranía materna y así eludir cualquier compromiso.

En cuanto consiguen su fantástico propósito despiden a la “prostituta” con un puntapié. La bofetada que no pueden propinar a la “santa” y tirana madre se la dan a ella (y en el caso de Portnoy con doble motivo, puesto que encima no es judía).

Cartel de la versión para el cine de “El lamento de Portnoy” (1972)

Pero es durante su estancia en Israel, en la ridícula escena de seducción a la mujer del kibutz, donde Portnoy dará rienda suelta a su trastorno, cuando, vencido por la fortaleza y la gozosa salud de la seducida, se arrastra por el suelo exclamando: “¡Tengo que tener!”. Tiene que tener porque no “es”, ni dispone de la suficiente libertad para “ser”.

A lo largo de su vida de lactante insaciable no ha hecho otra cosa que pedir y poseer. No ha aprendido a dar. Sus éxitos eróticos, de los que con lógica necedad no deja de jactarse, le han allanado el camino hacia el infierno de su insaciable deseo de tener, del que difícilmente podrá salir mientras persista en su diabólica dialéctica de abogado de su causa, a saber, la tiranía materna, la debilidad paterna, etcétera. Y por brillantemente que defienda la igualdad de oportunidades de los desfavorecidos en su puesto de trabajo, para satisfacción de su gigantesco ego.

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5 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    junio 2, 2018 10:43 am

    Siempre agradecido de tus comentarios …pues traen a la memoria lecturas pasadas,personalmente lo que más me gustó de Roth fue su Pastoral Americana.. aquí incluyo algunas citas de ese libro …para no centrarlo solamente en su PORTNOY…

    “En cualquier caso, sigue siendo cierto que de lo que se trata en la vida no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, malentenderlo una vez y otra y muchas más, y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo. Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos.”
    “¿Sabe lo que he llegado a comprender sobre ustedes, los amables y ricos liberales que poseen el mundo? Que nada está más alejado de su comprensión que la naturaleza de la realidad.”
    “La tragedia del hombre que no está hecho para la tragedia…, ésa es la tragedia de cada hombre.”
    “La autoridad de la belleza es muy irracional.”
    Un fuerte abrazo !!

  2. junio 4, 2018 12:39 pm

    “Pastoral americana” es una novela admirable en todos los sentidos. Esa reunión de antiguos alumnos del instituto, ya sesentones, me recuerda al baile de los antiguos amigos del Narrador de “A la Recherche” en el palacio de los Guermantes. “Había aprendido la peor de las lecciones que puede dar la vida: la de que carece de sentido. Y cuando sucede tal cosa, la felicidad nunca vuelve a ser espontánea, sino que es artificial”. Un fuerte abrazo, Rubén

  3. Alberto Mrteh permalink
    junio 7, 2018 11:57 am

    La Calle del Orco me ha traído hoy hasta aquí. Es un placer descubrir tu blog. Me gusta lo que he encontrado.
    Será un placer charlar contigo en El zoco del escriba y debatir mientras tomamos un té con hierbabuena del último libro que te ha entusiasmado.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

  4. junio 7, 2018 6:51 pm

    ¡Gracias, Alberto! Cuando quieras nos tomamos ese té en El zoco del escriba y hablamos del libro. También tu blog es interesante. Un estilo personal.

  5. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    junio 10, 2018 7:41 pm

    Interesante y hermoso tu análisis de “El lamento de Portnoy”, de Philip Roth. Caso frecuente el de culpar a otros de los males que nos aquejan, en el màs puro estilo egocéntrico. Tú mismo dices lo que le ocurría a Portnoy: “A lo largo de su vida de lactante insaciable no ha hecho otra cosa que pedir y poseer. No ha aprendido a dar”. Pero dar con amor, con generosidad, porque hay tipos de altruismo que en realidad se buscan a sí mismos. Gracias por traernos este comentario con ocasión del reciente fallecimiento de este escritor.

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