Skip to content

Revolución contra aburrimiento

mayo 22, 2018

El ministro de Juventud y Deporte del gobierno del general De Gaulle no estuvo acertado aquel 8 de enero de 1968 en que visitó la parisina Universidad de Nanterre para inaugurar una piscina. Un grupo de unos cincuenta alumnos lo recibió con hostilidad. Uno de ellos, Daniel Cohn-Bendit, estudiante de Sociología y simpatizante del movimiento anarquista universitario, se quejó de que en el informe de 600 páginas sobre la juventud que había elaborado su Ministerio se eludieran las preocupaciones de los estudiantes y no se dijese una sola palabra sobre sus problemas sexuales.

Además, protestó por la prohibición al alumnado de acceder libremente, de día y de noche, a las residencias universitarias femeninas y masculinas. “Oiga, cuando le acometan calenturas,  tírese a la piscina”, le espetó el ministro. Cohn-Bendit le respondió que eso mismo era lo que los jefes nazis aconsejaban a las juventudes hitlerianas. Este incidente aparentemente trivial sería una de las mechas que prendió el incendio de Mayo de 1968.

El líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit en una manifestación en el París de mayo de 1968

La otra fue la detención de seis militantes del Comité Vietnam Nacional, acusados de sabotear las oficinas de American Express en París en protesta contra la guerra. Los detenidos, en su mayoría trotskistas, maoístas, anarquistas y situacionistas, se encerraron el 22 de marzo en el edificio de la administración de la Universidad de Nanterre para debatir la estrategia que debían seguir. Esa reunión fue el origen del Movimiento 22 de marzo. En el documento final se convocaba una manifestación en la universidad para el 29 de marzo. A partir de ahí los acontecimientos se precipitaron, desembocando en las revueltas masivas de mayo.

En uno de los grafitis que salpicaron las paredes de París aquel mes prodigioso se leía: “Desabrochen la mente tan a menudo como la bragueta” (“Déboutonnez votre cerveau aussi souvent que votre braguette”). Aunque sintonizara con el sentir de la revuelta, el grafiti fue fusilado de un folleto publicado en 1943, durante la Ocupación, por los Centros de Acción Surrealistas de París.

También ellos, los surrealistas -precursores del espíritu sesentayochista-, eran jóvenes y en sus obras expresaban la rebelión contra el mundo adulto y la figura del padre, el patriarca de porte autoritario, anticuado y retrógrado, que rinde culto a las normas y presume de su positivismo. En el Manifiesto Surrealista, André Breton decía que si al hombre le quedase algo de lucidez, tendría que volver a la infancia, que siempre le parecerá maravillosa, por mucho que la hayan destrozado los educadores.

“En la infancia la ausencia de toda norma conocida ofrece al hombre la perspectiva de múltiples vidas vividas al mismo tiempo”.

Cincuenta años después vemos Mayo del 68 como el símbolo de un cambio social de amplio alcance que habría de resultar determinante en las relaciones entre hombres y mujeres, padres e hijos, profesores y alumnos. El cambio generó, además, una influyente cultura popular ligada a la industria de entretenimiento.

André Breton

Al propagarse por Estados Unidos, Japón, México, Italia, Holanda y Alemania, Mayo del 68 se convirtió en una advertencia a las élites gobernantes, y en general a quienes ejercían alguna forma de poder sobre las nuevas generaciones del baby boom, para que despabilaran. Los tiempos estaban cambiando y no había manera de parar aquella tormenta. Se trataba de un movimiento horizontal y espontáneo que, al margen de directrices o estrategias premeditadas, se extendía  principalmente por las grandes ciudades de los países industrializados.

En 1964, al otro lado del Atlántico, Bob Dylan compuso la canción titulada “Los tiempos están cambiando” (“The times they are a-changin”), en la que advertía, mediante metáforas un tanto enigmáticas, que las aguas habían crecido y sólo se salvaría quien nadara, de lo contrario se hundiría como las piedras. La advertencia apuntaba en primer lugar a los escritores y críticos, “que profetizáis con vuestra pluma”. Les aconsejaba que mantuvieran los ojos bien abiertos y no se precipitasen al hablar. La ruleta giraba demasiado deprisa “y no ha nombrado al elegido”. El perdedor de ahora sería el ganador más tarde.

A los senadores y congresistas les rogaba que oyeran la llamada, que no bloqueasen la entrada. En el exterior se desarrollaba “una batalla furibunda”, y quien se opusiera resultaría herido. A los padres y madres les pedía que no criticasen lo que no podían entender.

“Vuestros hijos e hijas/ están fuera de vuestro dominio/ vuestro viejo camino/ está carcomido”. Si no podían echar una mano, que al menos dejasen  paso al nuevo.

La canción terminaba con un vaticinio: los lentos de ahora, serían rápidos más tarde. El orden se desvanecía rápidamente y el que ahora ocupaba el primer puesto, más tarde ocuparía el último. La alusión a los padres y a los hijos y al “viejo camino carcomido” ofrecía la clave de la balada. Quien tuviese oídos que oyera.

Bob Dylan en una foto de juventud

La advertencia de Dylan chocaba porque provenía de un muchacho de 23 años y sus destinatarios eran adultos con responsabilidades, cuando lo normal es que sean éstos quienes, desde su experiencia y conocimiento, adviertan a los jóvenes de los peligros a los que se hallan expuestos. La letra de la balada sonaba a revolución, que al fin y al cabo no es más que una inversión del statu quo. No había que ser muy sagaz para deducir que “los tiempos estaban cambiando” iba mucho más allá del previsible reemplazo generacional.

Esta revolución rompía con el esquema de las anteriores, en las que los esclavos se habían levantado contra los amos, los campesinos contra sus señores y los obreros contra sus explotadores. Ahora toda una generación de jóvenes se alzaba contra los adultos, a los que consideraba opresores. Desde esta perspectiva, si adulto era sinónimo de opresión, joven lo era de oprimido.

1525270240683

Manifestación de jóvenes en París en Mayo del 68

De repente, juventud y madurez, ciclos naturales en la evolución del ser humano, se transformaban en identidades antagónicas e igual de inmutables, prestas para una guerra larga. Pero aún más desconcertante que esto era que la juventud, una edad de paso, adquiriese el rango de identidad, con las características propias de un sujeto autónomo, dispuesto a perpetuarse en su condición incluso contra su enemigo natural, el tiempo.

Hasta ese momento la jóvenes habían sido para los maduros no mucho más que un distante “ellos”. Después de Mayo del 68 serían “nosotros”. Que, a pesar de todo, se empeñasen en tratarlos de “ellos” era un problema de “ellos”, o sea, de los maduros, que tendrían que resolver por su cuenta y riesgo.

Manifestación de estudiantes en París, durante las revueltas de mayo de 1968

La juventud dejaba de ser el “divino tesoro” cuya pérdida inevitable añoraba el poeta. Ahora se quedaría para siempre, espoleada por su infatigable combate contra todo cuanto representaba el universo adulto: seriedad, madurez, responsabilidad, aceptación de la repetición, del paso del tiempo, de las contradicciones, y, por supuesto, del dolor, la decrepitud, la enfermedad y la muerte. Su labor de proselitismo, respaldada por el aparato publicitario y la industria de la diversión, alcanzaría a los propios adultos, muchos de los cuales empezaron a pasarse al bando enemigo por si encontraban el elixir de la juventud que la conserva sine die en su vigor y belleza.

Los ecos de The times they are a-changin vibraron en las calles parisinas en plena primavera. Si las revoluciones anteriores habían cambiado el régimen político imperante, ésta cambiaría algo de mucha mayor trascendencia: la mentalidad -esa prisión en la que se está, aunque el recluso sea el único que no lo sabe-, las costumbres, el lenguaje, los pequeños detalles de la vida cotidiana e íntima de las personas. Y todo ello sin decretos, sin cañones, sin cárceles, sin campos de concentración ni exterminios masivos.

Al igual que ocurriera con otras revoluciones, ésta se presentó cuando los cambios que preconizaban los jóvenes más inquietos del Estados Unidos o Europa ya se estaban produciendo desde hacía unos años. Sólo hacía falta un impulso catalizador para que se extendiese y un escaparate vistoso en el que escenificarla. París estuvo a la altura de las circunstancias. El mes se puso de su parte, además de darle el nombre a la revolución.

Grafiti pintado en una tapia de Pasrís durante la revuelta de mayo de 1968

“Sed realistas, pedid lo imposible”, grafiti pintado en una tapia de París en mayo de 1968

Hasta la archiconservadora iglesia católica hizo su particular Mayo del 68 algunos años antes, en el Concilio Vaticano II (1962-65), donde se modernizó a su manera, reformando la liturgia para acercarla a los fieles mediante el procedimiento expeditivo de desterrar el latín, desmontar los púlpitos de los templos y autorizar al clero a despojarse de sus hábitos. Los solemnes acordes del órgano fueron sustituidos por los ágiles de las guitarras. La consigna era actualizarse, un objetivo que se resumió en una exitosa palabra italiana: “aggiornamento”.

La rigidez en las costumbres heredada de la sociedad anterior a la guerra se reveló incompatible con la nueva sociedad masificada del bienestar, dominada por el consumo, el ocio y el espectáculo televisivo, en la que estaban creciendo los hijos del primer baby boom de Occidente. A ello se sumaba el hartazgo ante la polarización provocada por la Guerra Fría, como lo demostraba no sólo su repulsa a la guerra del Vietnam sino el surgimiento de facciones izquierdistas ajenas al Partido Comunista de órbita soviética.

Tarde o temprano la explosión tenía que producirse. Uno de los síntomas del huracán que se avecinaba se manifestó en una difusa sensación de aburrimiento. En Francia el ennui es tan típico como cualquier producto nacional, y desde comienzos del siglo XIX tiene una presencia notable en su literatura. También en la vida política. El 15 de marzo de 1968 el periodista Pierre Viansson-Ponté publicó en la primera plana de Le Monde un artículo titulado “Cuando Francia se aburre”, en el que alertaba de que el país permanecía ajeno a las “grandes convulsiones que sacuden al mundo” y los estudiantes sólo se preocupaban “por saber si las chicas de Nanterre y de Antony podrán acceder libremente a las habitaciones de los chicos, una concepción un tanto limitada de los derechos del hombre”. Viansson-Ponté ignoraba la trascendencia de esa preocupación estudiantil que tachaba de banal en su artículo.

8TsakUWS-n10hZ_mUiFvU-hTqCo

Edición de Le Monde en la que se publicó el artículo de Viansson-Ponté “Cuando Francia se aburre”

No era la primera vez en la historia del país en que se apelaba al aburrimiento como síntoma de un malestar. Tras la caída del imperio napoleónico, una generación de jóvenes se sintió presa de la impotencia, que Alfred de Musset plasmó en Confesiones de un hijo del siglo. “Condenados al reposo por los soberanos del mundo, en brazos del ocio, del aburrimiento y de patanes de la peor especie, los jóvenes veían retirarse las encrespadas olas contra las que habían preparado sus fuerzas”. Musset los comparaba con “gladiadores ungidos para el combate”, pero huérfanos de ilusiones y humillados por sus propias miserias.

Pocos años antes de la Revolución de 1848, que derrocó a Luis Felipe y proclamó la Segunda República, el poeta romántico y diputado Alphonse de Lamartine respondió al ministro que había alabado en la tribuna del Parlamento la prosperidad por la que atravesaba Francia, con una frase que hizo historia:

“Sí, señor, pero Francia se aburre”.

Alfred de Musset

En aquella época los hijos de la burguesía combatían el aburrimiento con el amor, que los poetas y escritores románticos, enlazando con la tradición del amor cortés, convirtieron en un sucedáneo de religión íntima y secreta, con sus libros sagrados -las novelas y las poesías amorosas-, sus ritos, sus héroes y sus mártires. El más famoso fue Werther, el enamorado suicida de la novela juvenil de Goethe al que tantos jóvenes imitaron no sólo en su atuendo: chaqueta azul, chaleco amarillo, camisa abierta, pantalones blancos, botas altas marrones, sombrero redondo y el cabello sin empolvar.

En realidad, el amor era un refugio privado que, además de protegerlos del tedio, les permitía exteriorizar sus sentimientos según los cánones de la sensibilidad romántica con los que estaban familiarizados por las novelas y poesías. Pero el sexo permanecía oculto, sobre todo para las mujeres, que no tenían otra alternativa que el adulterio clandestino. Los hombres disponían del recurso de la prostitución.

La última vez en que se esgrimió el tándem aburrimiento y juventud no sólo en Francia fue en los años previos a la Primera Guerra Mundial. La noticia del estallido de ésta en agosto de 1914 despertó la euforia de muchos jóvenes, que se alistaron a los ejércitos de sus países con la idea de matar el aburrimiento al menos en el par de meses que, según se calculaba, durase la contienda. Pero, finalmente, fue ésta la que los mató a ellos en los cuatro años que duró.

Soldados marchan eufóricas al frente de la Primera Guerra Mundial

Raymond Aron, autor del ensayo La révolution introuvable, (“La revolución inencontrable”), anotó en sus Memorias que las revueltas de Mayo del 68 fueron una “súbita distracción del aburrimiento cotidiano”, una comedia revolucionaria.

“La alegre travesura de los jóvenes saliendo por las tardes a las ‘manis’ refrescaba el corazón de los adultos”.

Se aburrían en un mundo de adultos que se mostraban satisfechos con el bienestar alcanzado tras décadas de penurias: primero, la terrible crisis económica de 1929, luego la guerra y la escasez de la postguerra. A diferencia de ellos, los jóvenes del 68 habían nacido con las necesidades materiales cubiertas, por lo que en apariencia tenían motivos para sentirse satisfechos.

Sin embargo, su insatisfacción era de otra índole y estaba relacionada precisamente con la satisfacción de los adultos, con la que no se identificaban, del mismo modo que tampoco se identificaban con su mentalidad. Les olía a rancio. Mientras todo cambiaba a su alrededor, ellos seguían anclados en sus mezquinas ilusiones: un sueldo fijo, un coche, un televisor, electrodomésticos y vacaciones pagadas.

Raymond Aron (1905-1983)

¿Cómo no iban a sentirse extraños, solos y consumidos por el aburrimiento, al que tachaban de  “contrarrevolucionario”, en ese mundo árido, que no les ofrecía ninguna perspectiva de futuro y en compañía de unos adultos con los que era imposible entenderse porque hablaban un lenguaje distinto del suyo?

También cuestionaban el orden no menos mezquino que regía sus vidas, la jaula de hierro, como la llamó Max Weber, en la que estaban cautivos, aunque ellos se sintieran seguros entre sus barrotes invisibles. El clima de opresión se manifestaba en la multitud de reglas, reglamentos, formalismos y convenciones anacrónicas que coartaban la autonomía y el desarrollo personal, impidiendo al individuo realizarse (otra palabra del léxico sesentayochista) y cumplir sus aspiraciones más auténticas. Ya lo dijo Sartre cuando le preguntaron por el legado de Mayo del 68: “El yo”.

Al fin la juventud arrebataba el poder a los adultos. “Todo el poder para los jóvenes”, podría haber sido el lema de los sublevados, emulando a los bolcheviques que derrocaron al zar en octubre de 1917. El alzamiento juvenil contra los mayores tenía un precedente siniestro en Europa. El fascismo y el nazismo abanderaron sus revoluciones esgrimiendo la fuerza de la juventud –La Giovinezza fue el himno del Partido Fascista-, sólo que sus líderes eran hombres maduros (aunque unos inmaduros en todo lo demás: la inmadurez puede ser peligrosa), a la que adulaban para ponerla al servicio de sus propios intereses: conquistar el poder e implantar regímenes dictatoriales.

Jean-Paul Sartre

En cambio, la revolución del 68 estaba encabezada por jóvenes y concebida exclusivamente para jóvenes. No aspiraba a desalojar del poder a las clases dirigentes y mucho menos destruir la democracia parlamentaria. Pero vista desde una amplia perspectiva histórica, representaba el corolario perfecto para el siglo del hijo que comenzó tras la masacre de la Primera Guerra Mundial.

Entonces los hijos se sublevaron contra los padres al sentirse estafados por la engañifa patriotera que los empujó a la guerra. Medio siglo después los mataban de nuevo por motivos diferentes, pisoteando la herencia que debían recibir de ellos y renunciando a sus derechos de herederos. Simplemente, se negaban a que les dictasen su futuro.

Desde finales de los años cincuenta la Internacional Situacionista venía haciéndose eco del malestar de las nuevas generaciones beneficiarias de la prosperidad económica que les proporcionaba el sistema capitalista contra el que decían sublevarse. Entre el conformismo al que se prestaba la bonanza económica, que favorecía el acceso masivo a la universidad y al consumo, y el inconformismo con el régimen de costumbres, aquellos jóvenes de clase media optaron por este último. ¿Para qué vivir en una sociedad que les garantizaba que no morirían de hambre si luego los mataba de aburrimiento?

Manifestación en París en mayo de 1968

Esa era la cuestión crucial que planteó Raoul Vaneigem, uno de sus miembros más inflyentes, en su Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones (1967). La primera revuelta estudiantil de 1968, en enero, fue organizada en la Universidad de Estrasburgo por este grupo crítico con el capitalismo, que participó en las movilizaciones parisinas. Otro ensayo que avivó las protestas fue El hombre unidimensional (1964), en el que Herbert Marcuse, profesor en la Universidad de Berkeley, criticaba a la sociedad de consumo, el funcionamiento del sistema productivo y la contaminación del medio ambiente.

Las revueltas pillaron a los padres por sorpresa. No entendían que sus hijos se rebelaran cuando tenían todas las necesidades materiales cubiertas. ¿De qué se quejaban entonces? Su experiencia les había enseñado que uno se queja y se rebela cuando la necesidad se lo exige, no porque se aburra. Hacer la revolución por aburrimiento, ¿dónde se había visto tal cosa?

Detrás de la petición estudiantil, incomprensible y banal para el ministro de Juventud francés, de que compañeros de ambos sexos compartiesen espacios de convivencia fuera del horario académico, latía un deseo de autonomía y de libertad personal, frente a las directrices oficiales que las coartaban. Por primera vez cuestiones que afectaban al ámbito de la intimidad, como la libertad sexual, se incorporaban a la agenda política, un hecho insólito en la historia moderna.

Raoul Vaneigem en una foto de los años sesenta

Hasta entonces los gobiernos, los partidos y los sindicatos sólo se habían ocupado de asuntos relacionados con la vida material de los ciudadanos -el crecimiento económico, el coste de la vida, los índices de producción industrial y consumo, la revisión de los salarios, la formación profesional de los futuros empleados. De ahí que la petición de los estudiantes se juzgase extemporánea incluso en los partidos de izquierdas.

Sin embargo, la idea matriz que alentaba Mayo del 68 era que el Estado dejase de entrometerse en los sentimientos de los jóvenes, que no regulara sus vidas personales. El éxito de la insurrección, más que revolución, radicó en su propósito de ir en contra de casi todo. Ya se sabe que estar “en contra” atrae siempre a más público que “estar a favor de”. Normalmente, la lista de “contras” suele ser mucho más larga y amena que la de “a favor de”.

El programa revolucionario abarcaba un extenso pliego de contras que habrá que resumir para no cansar a los lectores. De entre ellos, destacaba el “contra” la autoridad en sus distintas modalidades: el Estado, los padres, el patriarcado (palabra esencial en el léxico de Mayo del 68), las jerarquías, la educación castradora, la represión sexual (concepto freudiano rescatado por los sesentayochistas), los muros escolares, las tarimas de los centros educativos, las cátedras, la clase magistral, el libro de texto, los exámenes (“En los exámenes, responde con preguntas”) y el mandarinato intelectual. Un penoso ejemplo de esto último fue el incidente que sufrió Adorno en 1969.

Theodor W. Adorno

Mientras impartía una clase en la Universidad de Frankfurt, una alumna se dirigió al estrado y escribió un eslogan en la pizarra, al mismo tiempo que tres compañeras se levantaban y descubrían los pechos. Abrumado por la escena, el viejo profesor abandonó el aula. Lacan tuvo que soportar un incidente parecido protagonizado por un alumno seguidor de la corriente situacionista.

Estas anécdotas son reveladoras de los siguientes “contras” que aquellos jóvenes proclamaron a los cuatro vientos: contra la cultura oficial, contra la academia y el academicismo, contra los cánones, contra lo venerable y solemne, contra los formalismos y convencionalismos, contra lo viejo y polvoriento -“No te fíes de alguien que tenga más de treinta años”-, contra cualquier cosa que llevase el epíteto de clásico, contra el “vigilar y castigar”, contra las fronteras, contra las guerras, contra los prejuicios, contra la hipocresía de la doble moral y la doble vida, contra las apariencias, contra “el qué dirán”, contra la idea de la “buena familia”.

Defensores ardientes de la sinceridad, los jóvenes sublevados no querían parecerse a sus padres ni a los adultos que tenían a su alrededor -seres vacíos, enfundados en sus trajes oscuros. Así que lo primero que hicieron fue peinarse de una forma muy diferente de la de ellos y vestir unas ropas de estilo también distinto para que su apariencia externa cuadrase con su espíritu juvenil.

Asamblea estudiantil en la Sorbona

La ropa de sport se impuso sobre la de vestir, el sombrero masculino desapareció definitivamente, al igual que el traje de chaqueta femenino, la permanente y los rulos. ¡Pantalones vaqueros y zapatillas para todos! ¡Viva la minifalda! ¡Melenas al viento! El tuteo desbancó al tratamiento de usted. La música pop cambió la forma de bailar y la discoteca reemplazó al salón de baile. Que cada cual moviese su cuerpo como le diera la gana. ¡Fuera reglas!

Con el aligeramiento del vestuario vino la revolución sexual, tan deseada por las generaciones de los años cuarenta y cincuenta (William Styron confesó en su novela La decisión de Sophie (1979) que si en esas décadas la sexualidad estaba saliendo de la clandestinidad, el modo de tratarla era una preocupación universal), el uso de la píldora anticonceptiva, el divorcio, el derecho al aborto y el acceso libre a la imagen pornográfica, que empezaba a industrializarse.

Ahora se podía hablar libremente de aquello que hasta entonces se había silenciado para guardar las formas, por pudor o por cualquier otro prejuicio. En esta libertad, la vida sexual ocupaba un lugar preferente, como si quisiera resarcirse de siglos de mutismo.

William Styron

El sexo traspasó las barreras de la privacidad para colarse en la escena pública, como lo demostraba el reproche que Daniel Cohn-Bendit hizo al ministro de Juventud por que los problemas sexuales estuviesen ausentes en el informe elaborado por su Ministerio. En vísperas de la rebelión mayo, el dirigente estudiantil transformó aquel reproche en sarcasmo en el curso del interrogatorio al que fue sometido ante el Consejo disciplinario de la Universidad de Nanterre. Cuando el presidente le preguntó dónde había estado en la mañana del 22 de marzo, Cohn-Bendit respondió que en su casa. “¿Y qué hacía en su casa a las 15 horas?”, insistió el presidente:

“Hacía el amor, señor presidente. Eso que probablemente usted no haga nunca”.

Si la generación de jóvenes contemporáneos de Musset combatió el aburrimiento cultivando el sentimiento amoroso, influidos por la literatura romántica de la época, la generación de los años sesenta se propuso neutralizarlo con la liberación sexual anhelada por sus hermanos mayores. Si aquellos hacían el amor, en el sentido galante de la palabra, éstos también lo harían pero en el sentido sexual del término, sin eufemismos ni trampantojos, tal como lo expresó Cohn-Bendit en su respuesta al presidente del Comité disciplinario de la Universidad de Nanterre.

Daniel Cohn-Bendit en mayo de 1968

Los jóvenes de Mayo del 68 alegaron a favor de su causa libertaria que cada cual es dueño de su cuerpo (“¡Mi sexo no es tabú!”) y puede hacer con él lo que quiera (“¡Viva el coito revolucionario!”), sin necesidad de rendir cuentas ante nadie y menos aún ante los poderes, como la religión o el Estado, enemigos tradicionales del placer sexual. El marqués de Sade no lo habría expresado mejor.

Las confidencias en el diván del psicoanalista -el sustituto del confesor en la sociedad secularizada- salieron de la clínica para inmiscuirse en las conversaciones de los estudiantes y jóvenes cultos. Philip Roth las trasladó incluso a la novela. En El lamento de Portnoy (1969) un hombre de 33 años, soltero y sin hijos, le desvela su atormentada vida sexual a su psicoanalista, que el lector lee atónito, sintiéndose como un molesto voyeur. Hasta hubo lectores que creyeron que Portnoy era el alter ego de Roth.

El propio novelista comentó casi a los cincuenta años de la publicación de su novela que la idea grotesca que Alexander Portnoy tiene de su vida se debe “a las normas, a las inhibiciones y a los tabúes” que imperaban en los años cuarenta en Estados Unidos y que “ya no predominan entre los jóvenes eróticamente liberados ni siquiera en las aldeas estadounidenses más remotas”.

Cartel de la versión para el cine de la novela “El dolor de Portnoy”, que en 1972 dirigió Ernest Lehman

El cine se liberó del estricto Código Hays. En las películas se abría la puerta de las alcobas que los amantes solían cerrar ante las narices del espectador. En el terreno sexual, la revolución del 68 fue la revolución del 69.

Saul Bellow se hizo eco de este movimiento pendular en el relato autobiográfico Un recuerdo que dejo (1991). Así como en su adolescencia, los años treinta del siglo XX, los padres “no titubeaban al hablar de la muerte y de los que agonizaban” y rara vez hablaban de sexo, ahora era al revés. No se hablaba de otra cosa. Aunque Bellow se limita constatar la disparidad entre ambas mentalidades, su reflexión sugiere que aquellos padres hablaban de la muerte y nunca de sexo influidos por un exceso de realismo, mientras que sus hijos y nietos procuran evadirse de esa realidad tenebrosa por la puerta trasera de la sexualidad, o sea, la manifestación más palpable de vitalidad (“¡La vida! ¡la vida! ¡Erecciones!”, anotó Flaubert, lector devoto de Sade). T.S. Eliot desveló en un célebre verso de Cuatro cuartetos la respuesta al contraste generacional apuntado por Bellow:

“La especie humana no puede soportar mucha realidad”.

Saul Bellow

En Mayo del 68 los libros ocuparon un lugar secundario, al revés que en las revoluciones comunistas, en las que las obras de los maestros pioneros, empezando por el Manifiesto comunista, guiaban las acciones de los dirigentes. El talante ácrata de las revueltas rechazaba la prosa marxista, farragosa y a menudo escolástica, inaccesible al común de las gentes.

De todos modos, los jóvenes insurrectos parecían no fiarse de los libros mismos, símbolos también de la autoridad, como indica la etimología de la palabra autor. Es probable que esta desconfianza les llevara a elegir un original medio para expresarse: los grafitis. Aquel mes de mayo las paredes, en las que está prohibido escribir, hablaron sin parar.

Grafiti en una pared pintado durante la revuelta parisina de mayo de 1968

El objetivo era que los viandantes leyesen los eslóganes, frases breves, ingeniosas e irónicas unas, otras algo simplonas. Amparado en el anonimato, el grafiti reniega de la autoría, al contrario que el libro, y aspira a ser la voz del pueblo, una especie de escritura colectiva que se expresa en la calle, fuera de la biblioteca doméstica, de la sala de lectura, del aula y del recinto académico. El grafiti era una reminiscencia de las pintadas que abarrotaban las paredes de los urinarios públicos, sólo que sin su chabacanería.

Por suerte, el programa alternativo de los sublevados en Mayo del 68 se reducía a una retahíla de contras, con sus correspondientes deseos. A lo sumo reivindicaban lo nuevo, por oposición a lo viejo, en una dialéctica similar a la promovida por las revoluciones anteriores. Pero disponer de un programa concreto habría significado la posibilidad de implantarlo y eso era lo peor que podría haber ocurrido.

Entre la protesta y la utopía, entre la queja y la añoranza de la Edad de Oro, aquellos jóvenes materialmente satisfechos reclamaban la satisfacción absoluta en un mundo imperfecto y contradictorio y siempre en lucha consigo mismo. De momento tenemos bastante con leer la pesadilla huxliana de un mundo feliz como para trasladarla a la realidad.

Anuncios
4 comentarios leave one →
  1. mayo 23, 2018 1:22 am

    lúcido y tan vigente! : toda la historia de la forja de ideales en que se cambian los viejos odres y se bebe el vino en odres nuevos–

  2. Rubén permalink
    mayo 23, 2018 12:38 pm

    Jaime, aunque extenso, no puedo dejar de citar a Mario Benedetti, en relación a la juventud, amén de celebrar tu nueva entrada…

    “¿Qué les queda por probar a los jóvenes
    en este mundo de paciencia y asco?
    ¿sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
    también les queda no decir amén
    no dejar que les maten el amor
    recuperar el habla y la utopía
    ser jóvenes sin prisa y con memoria
    situarse en una historia que es la suya
    no convertirse en viejos prematuros

    ¿qué les queda por probar a los jóvenes
    en este mundo de rutina y ruina?
    ¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?
    les queda respirar / abrir los ojos
    descubrir las raíces del horror
    inventar paz así sea a ponchazos
    entenderse con la naturaleza
    y con la lluvia y los relámpagos
    y con el sentimiento y con la muerte
    esa loca de atar y desatar

    ¿qué les queda por probar a los jóvenes
    en este mundo de consumo y humo?
    ¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?
    también les queda discutir con dios
    tanto si existe como si no existe
    tender manos que ayudan / abrir puertas
    entre el corazón propio y el ajeno /
    sobre todo les queda hacer futuro
    a pesar de los ruines de pasado
    y los sabios granujas del presente”

    Un fuerte abrazo!!!!

  3. mayo 24, 2018 11:07 am

    Muchas gracias, Rubén, por el poema de Benedetti. La extensión es lo de menos.
    Un fuerte abrazo

  4. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    mayo 24, 2018 9:56 pm

    Cuánto podríamos hablar que aquella revolución del 68. Yo creo que ni nosotros sabíamos a ciencia cierta qué es lo que queríamos. Teníamos claro qué es lo que no queríamos. Y creíamos que simplemente eliminando todo aquello que no nos gustaba (muchas de aquellas cosas eran ciertamente indeseables) el mundo sería mejor. Con el tiempo hemos visto que es más fácil destruir que construir. Y no cabe duda de que si es cierto que muchas de aquellas utopías no pasaron de eso, utopìas, las mejoras revolucionarias políticas, sociales, personales, humanas y económicas, etc. llegaron poco a poco y con el tiempo. Es decir, construyendo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.