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Libros con los que nos encontramos y libros que nos encuentran

abril 24, 2018

Quien más y quien menos ha tenido la grata experiencia durante la visita a una pinacoteca de cruzarse de sopetón, al pasar de una sala a otra, con una pintura desconocida de un autor cuyo nombre ignoraba, pero que le llamó la atención por algún motivo difícil de explicar. Ese cuadro solitario, de tamaño mediano e incluso pequeño, colgado en un rincón, en el que probablemente no suele reparar casi nadie, le impresionó más que las célebres pinturas en las que, siguiendo el ritual acostumbrado, se detuvo unos minutos, compartiendo la contemplación con una tropa de turistas provistos de móviles.

Una experiencia análoga a ésta puede repetirse con otros objetos artísticos, desde una conmovedora pieza musical que descubrimos navegando por Internet hasta una iglesia románica en un pueblo desierto de Castilla, al que llegamos por extravío, tras desviarnos por una carretera solitaria, apenas señalizada y con el asfalto plagado de baches.

“Retrato de muchacha con un libro”, de Alexander Alexandrovich Deineka (1934)

Felizmente, tampoco los libros escapan a estos encuentros fortuitos. ¿Quién no entró una vez en una librería con la idea de comprar un libro del que procuró informarse antes y salió con éste, sí, pero también con otro de cuya existencia no tenía noticia? Allí estaba, expuesto tímidamente entre otros muchos, como por casualidad, para que nuestra mirada se fijara en su título y en la ilustración de la cubierta.

El hallazgo resulta más meritorio si avistamos su título en medio de los volúmenes que, dispuestos sólo de canto, lo flanqueaban en una estantería repleta. La lectura de unos párrafos sueltos hizo el resto. Ya en casa comprobamos lo acertado de nuestra elección. El flechazo se hizo realidad, y sin que mediara recomendación, ni siquiera el boca a boca.

Ese libro quizá descatalogado, último ejemplar vivo, estaba esperando su hora para elegirnos, aunque aparentemente fuésemos nosotros los que lo eligiésemos. Cada vez que volvamos a él, recordaremos aquel momento providencial en el que se tropezó con nuestra curiosidad. En este blog he comentado algunos libros-flechazos, como Padre e hijo, de Edmund Gosse, Mis amigos, de Emmanuel Bove o Historia de la vida y aventuras verdaderas del hombre pobre de Toggenburgo, del suizo Ulrich Bräker.

Emmanuel Bove paseando por París

Mientras tengamos memoria asociaremos el libro en cuestión con la singular circunstancia que nos llevó a él. Será “nuestro libro”, en el que proyectamos no sólo nuestro gusto sino una manera de percibir y de sentir. Al resto de los libros que más apreciamos llegamos por caminos previsibles. Los buscamos y los encontramos, entrando en ellos por la puerta grande del canon, por la lectura de una reseña o la recomendación de un amigo en cuyo criterio confiamos.

También puede ocurrir que compremos un libro para leerlo más adelante, ya sea porque estemos enfrascados en la lectura de otro o porque dudemos de que nos vaya a gustar en ese momento. En caso de duda, la experiencia nos aconseja que nos inclinemos por adquirirlo. Más vale libro en mano que lamentarnos por haberlo perdido de vista después de postergar su compra para un futuro indeterminado.

Ya con el libro en casa, lo colocamos con desgana en el lugar que le corresponde en la biblioteca o sobre la mesa de lecturas inminentes. Pero la tibieza que mostramos al comprarlo empieza a surtir sus efectos y sobre su cubierta flamante se va depositando una capa de polvo cada vez más espesa.

La legendaria librería de París “Shakespeare and Company”

El olvido al que lo relegamos es como una especie de destierro involuntario. Ya ni siquiera nos acordamos de mantenerlo en la lista de espera. Está en nuestra biblioteca, pero en realidad es como si continuase en la estantería de aquella librería de la que decidimos sacarlo con la perspectiva lejana de leerlo algún día. A pesar de llevar mucho tiempo con nosotros, lo miramos de reojo, bajo la influencia de un prejuicio innombrable, una sospecha opaca, como si una fuerza superior nos impidiera abrirlo e hincarle el diente.

Hasta que un día nos acordamos del libro olvidado, acaso seducidos por una extravagante asociación de ideas, y corremos a su encuentro, tanteando con la mano el lugar en el que creemos que debe estar (¡para algo tiene que servir el orden bibliotecario!), en el que esperamos que esté.

“Hombre leyendo junto a una ventana”, de Jean Louis Ernest Meissonier (1853)

A pesar del tiempo transcurrido desde que lo adquirimos, si de algo estamos seguros es de que no hemos soñado que lo tenemos en casa. En efecto, allí está, en el hueco en el que lo depositamos la última vez, con la inevitable capa de polvo acumulada en el lomo. Pero qué contentos nos sentimos del reencuentro con este hijo al que abandonamos arbitrariamente a su suerte desde el principio.

La alegría se redobla cuando desde las primeras páginas tenemos la certeza de hallarnos ante uno de esos libros que no olvidaremos, que nos acompañarán el resto de nuestra vida, como una nueva amistad. Ahora nos enorgullecemos de la decisión de comprarlo aquel lejano día en que se cruzó en nuestro camino. Gracias al poder que concedimos a la intuición, entre el libro elegido y nosotros se establece una especie de lazo familiar, como dos personas que descubren su parentesco después de haberse conocido por azar.

A esta clase de libros rescatados de la desconfianza o de la indiferencia les dedicó Nicolás Gómez Dávila uno de sus aforismos:

“Los libros de que no quisiéramos despedirnos suelen ser aquellos a que rehuíamos acercarnos”.

Nicolás Gómez Dávila (1913-1994)

La experiencia vuelve a enseñarnos que, ante la duda, más vale optar por la adopción. Que la memoria es demasiado frágil como para confiarle decisiones futuras, y las novedades y circunstancias tienden a diluir las promesas en el olvido. Al menos teniendo el libro a mano le damos la oportunidad de que un día nos topemos con él.

Estos hallazgos suelen producirse mientras buscábamos algo que goza de un notorio reconocimiento público y de lo que nos hemos informado previamente (sí, en esta vida a veces encontramos lo que no buscamos). Y lo mejor de todo es que son los más duraderos, los que arraigan en nosotros con más vigor. En cambio, eso que buscamos al calor de la fama, del prestigio canónico y la adhesión inquebrantable de la muchedumbre de admiradores, puede que defraude nuestras expectativas.

“Bibliophile”, de Jean Louis Ernest Meissonier (1862)

Sin salir de nuestra biblioteca, más frecuente que el reencuentro con los libros cuya lectura postergamos sin una causa concreta es el provocado por la relectura de aquellos otros que no visitamos desde hace años. También el retorno a un libro tiene algo de misterioso, aun cuando esté motivado por una circunstancia determinada.

Como sucede con todos los regresos, existe un elevado riesgo de frustración. Es muy probable que en ese largo periodo de ausencia, el tiempo no haya pasado en balde ni para el lector ni para el libro. Sin embargo, al contrario de lo que ocurre con el reencuentro entre personas, delimitado por el recuerdo que conserva cada una de ellas de la otra, tratándose de un libro el olvido relativo de la última lectura juega a favor del lector y del propio libro.

“Caballero elegante en la biblioteca”, del pintor austríaco Johan Hamza (1850-1927

De ahí que la relectura se convierta prácticamente en una primera lectura, aun cuando sobre el retorno pese el recuerdo de la impresión que nos causó antaño. En cualquier caso, la vuelta a un libro entraña un desafío para el lector en el que cabe un amplio abanico de reacciones, desde la frustración y la extrañeza, pasando por la indiferencia, hasta el reconocimiento entusiasta.

Lo peor que puede ocurrir es que la relectura se quede en una simple tentativa, al devolvernos a un pasado en el que apenas nos reconocemos. Entonces nos preguntamos qué nos atrajo de ese libro que ahora nos deja indiferentes, y, sobre todo, quién era aquel lector con el que años después no nos identificamos.

Por suerte, la relectura también puede depararnos una satisfacción inesperada al hacer que nos encontremos con el viejo libro como si fuese la primera vez, bien porque no recordemos casi nada de él o porque la experiencia de la que carecíamos entonces nos permita leerlo con unos ojos nuevos. En este sentido, la relectura es como un espejo que nos confronta con nuestro pasado, con el recuerdo de lo que fuimos, brindándonos la oportunidad de comparar a aquel lector joven con el maduro de ahora.

“Mujer leyendo a la luz de la vela” (1908), del pintor danés Peter Ilsted

En las antípodas de la elección personal, en la que priman la intuición y la aventura, está la admiración adocenada por objetos artísticos que Thomas Bernhard ridiculizó en su “comedia” Maestros antiguos (1985). En ella el novelista presta voz a Reger, un viejo musicólogo que arremete contra los admiradores incondicionales que acuden a los museos, iglesias o conciertos con unos “andares repulsivamente encorvados” Todos ellos son exponentes de la admiración adocenada que “hace estúpido al admirador”.

Se parecen a los turistas que fotografían monumentos célebres antes de detenerse para mirarlos así sea unos segundos. Porque si los observasen quizá dudaran, formándose una opinión propia, alejada de la fama que rodea al monumento de marras. Reger piensa que admirar resulta más fácil que estimar y que “la verdadera inteligencia no conoce la admiración”, sino que “toma nota, respeta, estima, eso es todo”.

Thomas Bernhard

La relación del lector con los libros es compleja y múltiple, como ellos mismos. Quizá el flechazo sea la más singular e inolvidable, como sucede en las relaciones humanas. Pero también hay otras que nos hablan tanto de la variedad de lectores como de lecturas. He aquí algunas condensadas en aforismos (el lector puede ampliar el repertorio):

Libros en los que se entra con los ojos cerrados y se sale con los ojos abiertos.

Libros en los que se entra con los ojos abiertos y se sale con los ojos cerrados.

Libros en los que entramos fácilmente y de los que no sabemos salir.

Libros en los que entramos y libros que no entran en nosotros.

Libros en los que no entramos nunca, aunque lo intentemos.

Libros de los que no nos gustaría salir.

Libros que perseguimos y libros que nos persiguen.

Libros que parecen saberlo todo de nosotros y libros que nos ignoran.

 

“Mujer leyendo”, de Corot

Libros en los que confiamos y libros que desconfían de nosotros.

Libros que parecen haber sido escritos para nosotros y libros que nos parecen escritos en un lenguaje indescifrable.

Libros en los que nos perdemos y libros en los que nos encontramos.

Libros con los que nos encontramos y libros que nos encuentran.

Libros que no nos dicen nada, aunque tengan mucho que decirnos.

Libros de los que todo el mundo habla y que no hablan a nadie.

Libros de los que no habla nadie, pero nos hablan a nosotros.

Libros con los que no habla nadie, aunque ellos hablen con todos.

Libros que olvidamos y libros que se olvidan de nosotros.

Libros que caen en nuestras manos y libros que se nos caen de las manos.

Libros que saben de nosotros más que nosotros de ellos.

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6 comentarios leave one →
  1. abril 24, 2018 4:33 pm

    Reblogueó esto en El despacho del vagabundo.

  2. Rubén permalink
    abril 25, 2018 8:47 pm

    Así es amigo Jaime..
    Hay libros que nos persiguen porque nos desnudan y hablan de nuestros silencios…
    Libros que ayudan a esconder secretos y otros nos mantienen en vigilia…
    Libros que ocultan pesadillas y otros nos duermen por aburridos..
    Libros fantásticos que nos cambian las tristezas de cada día..
    Un abrazo!!

  3. abril 28, 2018 6:35 pm

    Muchas gracias por tu aportación, Rubén. Son cuatro aforismos que se complementan bien con los de la entrada. ¡Un abrazo!

  4. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    mayo 6, 2018 8:52 pm

    Ingeniosas, interesantes y curiosas reflexiones sobre encuentros y desencuentros con los libros, Jaime. Siempre termino la lectura de tus artículos con ganas de enfrascarmen en la lecutra de un buen libro. Pero tengo que decirte que en mi vida profesional y de inquietudes literarias siempre ha jugado un papel curioso la “fortuna” de encontrar en un momento determinado precisamente el libro que necesitaba y cuya existencia desconocía. Estamos entos días en un buen momento para visitar la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión del Paseo de Recoletos de Madrid.

  5. junio 18, 2018 3:45 pm

    Magnífico artículo. Buen punto de vista, cercano y acertado. Qué suerte tengo de conocerte, abrazos…

  6. junio 18, 2018 8:11 pm

    Gracias por la lectura, Nicolás. Me alegro de que te haya gustado. Un abrazo

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