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La mujer automática que tenía un corazón simple

abril 10, 2018

El 15 de julio de 1876 Flaubert viajó a Ruán desde su casa de campo en Croisset con el extraño cometido de ver loros disecados en el Museo de Historia Natural de la capital normanda y pedir permiso para llevarse uno. Algunos días después, en una carta a su amiga Edma Roger des Genettes, le dijo que empezaba a cansarle la presencia del animal sobre su mesa. No obstante, lo conservaba “para llenarme el alma de loro”. Por aquellas fechas estaba terminando de escribir el cuento Un corazón simple (“Un coeur simple”).

Un mes antes había asistido al entierro de su gran amiga, George Sand, con la cual mantuvo una asombrosa correspondencia epistolar en los diez años de amistad. Desde la muerte de su madre en 1872 no había sentido tanto dolor. Mientras escribía el cuento pensaba constantemente en ella. En una carta fechada en mayo le había comentado que cuando lo leyese reconocería su influencia benéfica y “la tendencia moral, o más bien el fondo humano” de esta pequeña obra. No se mostraba tan testarudo como ella creía.

Estudio de Flaubert en el Pabellón de Croisset

A los 55 años se sentía viejo y sin fuerzas, con más pasado que futuro. Estaba convencido de que a esa edad no se rehace la vida ni se cambia de hábitos. “El futuro no me ofrece nada bueno y el pasado me devora. Sólo pienso en los días transcurridos y en las personas que ya no pueden volver”, le confesó a Roger des Genettes. Tres años después moriría de un infarto cerebral en su estudio de Croisset.

Llevaba décadas familiarizado con la melancolía del ocaso. A una edad temprana ya había asistido “a mil funerales interiores”. Fue la época en que los amigos se casaban, se iban, cambiaban, apenas si se reconocían después y no tenían nada que decirse. La juventud, con su carrusel de ilusiones, le duró poco. Con sólo 22 años dio por clausurada una “vida activa, apasionada, llena de emociones y sobresaltos opuestos, de sensaciones múltiples”, según le dijo por carta a su amante Louise Colet en 1846, a los 25 años. Probablemente los largos encierros en la casa de Croisset acentuasen esta tendencia.

Eso no significaba que hubiese renunciado a la vida, ni que rechazase el amor y la amistad. Al contrario, se había puesto las lentes para distinguirlos con más claridad. La madurez prematura le permitía observar el mundo exterior, multicolor, variado e inmenso y hasta gozar de su espectáculo, una idea que su contemporáneo Schopenhauer habría compartido plenamente.

Retrato de Flaubert fechado en 1836, a los 25 años

Estaba hecho para vivir hasta viejo y ver cómo todo perecía a su alrededor y dentro de él. ¿Es que a medida que se envejece no se va desnudando el corazón, como los árboles, sin que nada resista ciertas ráfagas de viento? La primavera no renace para los humanos, su verdor se esfuma para siempre.

Pero los funerales interiores se transformaron en exteriores al adentrarse en los cincuenta. Su corazón se estaba convirtiendo en una necrópolis. En los últimos tiempos habían fallecido, además de su madre y George Sand, algunos de sus mejores amigos: Louis Bouilhet, su “comadrón”, su “testículo izquierdo”, que veía sus pensamientos más claramente que él mismo, Louise Colet, Théophile Gautier, Jules Goncourt, Sainte-Beuve… ¿Con quién hablaría de literatura a partir de ahora? Para colmo, su sobrina Caroline Commanville se arruinó por la inepcia de su marido, arrastrando consigo al tío rentista que los avaló en sus negocios.

Con tantos muertos a su alrededor, se sentía un superviviente, él, que impresionable y siempre alerta, soportaba la vida con estoicismo en un mundo en el que la individualidad, de la que se nutren la ficción literaria y la poesía, estaba cada vez más amenazada por la tiranía de la masa y el número.

Théophile Gautier

Menos mal que los libros aliviaban esa angustia y le hacían olvidarse del yo. “Amó las letras de una manera tan absoluta -anotó Maupassant después de su muerte, en 1880-, que en su alma rebosante de este amor no cabía ninguna otra ambición. Era casi imposible que hablara de otra cosa. Su mente volvía una y otra vez a la literatura, y declaraba inútil todo aquello que suele interesar al resto de la gente”.

En sus breves estancias en París, a la salida de algún salón en el que la mediocridad de la conversación había durado toda la tarde, se sentía abatido,

“como si le hubieran molido a golpes, convertido él mismo en un idiota, decía, pues hasta ese punto tenía la facultad de penetrar en el pensamiento de los demás”.

“Le bureau de travail de Gustave Flaubert à Croisset”, 1874, por Georges Rochegrosse

Durante las recientes excursiones a Pont-l´Évêque y a Honfleur, localidades normandas próximas a Croisset en las que transcurre Un corazón simple, le invadieron los recuerdos de la infancia. En la historia de la sirvienta Félicité plasmó buena parte de los recuerdos que llamaban a las puertas de su memoria.

Flaubert encontró en este personaje secundario, pero imprescindible en la vida doméstica de las casas burguesas, la oportunidad para escarbar en los recuerdos de los viejos tiempos, en su infancia, regresar a los lugares que frecuentó la mujer e imaginarla en los últimos años, sola en el mundo, abandonada por los seres queridos que la precedieron en el camino hacia la muerte, aferrándose al loro Loulou cuando estaba vivo y, ya disecado, deseándole un sucedáneo de inmortalidad inconcebible en las personas.

En suma, la música de fondo de Un corazón simple es la memoria de los muertos, de los recuerdos que se conservan de ellos, de los lugares en los que vivieron, de las cosas y de los momentos dichosos y amargos que compartieron.

Portada de la primera edición de “Tres cuentos” de Flaubert

Esta pequeña joya de la literatura francesa y universal se editó en 1877 en un volumen titulado Tres cuentos, junto a La leyenda de San Julián el Hospitalario y Herodías. Habían pasado veinte años de la publicación de Madame Bovary y en sus páginas se perciben ecos de la novela no sólo porque ambas historias compartan escenarios geográficos parecidos sino por el contraste entre sus principales protagonistas, las dos mujeres.

Emma Bovary es la atractiva y juvenil esposa de un médico rural, madre de una hija y ama de una sirvienta casualmente también llamada Félicité. Se distingue por su afición lectora, sobre todo de novelas románticas, y por las ensoñaciones eróticas que ha aprendido de éstas y que intentará trasladar a la realidad con unos resultados nefastos para ella y su familia. La Félicité del cuento nació para servir, es soltera y sin hijos y analfabeta. Por su aspecto físico, siempre pareció mayor de lo que era. Al contrario que Emma, murió vieja, en paz consigo misma, desgastada por la edad, el trabajo y las penas propias en alguien que ha visto morir a todos los seres queridos.

Naturalmente, Félicité es el “coeur simple” al que alude el título, y no por un hecho significativo sino por su larga vida, desde la niñez hasta su muerte, anciana, sorda y medio ciega. Aunque lo más recordado del cuento sea el episodio del loro Loulou, y Flaubert bien hubiera podido titularlo aludiendo a la anécdota, se decantó por “un corazón simple” quizá porque era el que mejor resumía la historia de la criada.

Cartel de la película “Un corazón simple”, basada en el cuento de Flaubert (2008)

Merece la pena detenerse en las dos palabras del título, corazón y simple. El novelista abominaba del sentimentalismo romántico y de su lenguaje almibarado, en cuyo léxico destaca la palabra “corazón”. Como para desbaratar la leyenda grandilocuente que suele acompañarla, le agregó el epíteto simple. Un corazón simple es lo que se entiende por un buen corazón, algo más bien instintivo, liberado del fardo retórico y de la ostentosa imaginería que tradicionalmente se asocia al corazón exhibicionista y charlatán.

El corazón simple no se aprende, no necesita alimentarse de estímulos externos, ni aspira a exhibirse a saber con qué fines. Calla. Tampoco engorda el sentimiento del yo. Por el contrario, pasa desapercibido, no persigue ningún propósito y quien lo alberga ni siquiera es consciente de tenerlo. Un corazón simple se tiene o no se tiene. La criada Félicité lo tenía.

Sus pensamientos estaban ocupados más en las personas a las que servía y amaba a su manera -siempre con hechos, nunca con palabras-, que en sí misma. No era de esas que constantemente le dan vueltas a su pasado, aunque le sobraran motivos para recordarlo. Ya fuese por instinto de supervivencia o por sentido práctico, miraba hacia delante, sobreponiéndose a la cadena de desdichas y contratiempos que se abatieron despiadadamente sobre ella desde la infancia.

Fotografía antigua de la casa del guarda, próxima al Pabellón de Flaubert, en Croisset

En la sociedad burguesa al sirviente rara vez se lo llamaba por su apellido y su amo se permitía tutearlo. Sin embargo, a él le estaba vedada cualquier familiaridad con su “señor”. Es como si careciese de padres -los de Felicité murieron siendo apenas una niña- y, por tanto, de pasado. Su apellido sólo existía a efectos burocráticos, en los registros civil y eclesiástico y en la sencilla lápida funeraria.

Como sucede con el nombre de otros personajes flaubertianos, el de Félicité contrasta con su destino. Si algo no conoció ésta fue la felicidad, aunque gozase de momentos felices, los que coincidieron con aquellos en los que hizo felices a otros. En el Diccionario de ideas recibidas, Flaubert le dedicó una entrada al nombre de Félicité:

“Siempre perfecta. Su criada se llama Félicité, luego es perfecta”.

 

“Un coeur simple”, Marion Laine, 2008 (adaptación del cuento homónimo de Gustave Flaubert)

La sirvienta del cuento tiene un contra-modelo del mismo nombre en Madame Bovary. La joven doncella de los Bovary sirve con eficacia a Emma, pero tras la muerte de ésta, y aprovechando la confusión derivada del embargo de bienes, se encargará de saquear su vestuario.

Eso jamás lo habría hecho la otra Félicité, un modelo de honradez y fidelidad a su estirada ama, la señora Aubain. Además, la sirvienta de Emma la abandonó al fugarse con su novio Théodore, criado del notario Guillaumin. Por cierto, así también se llama el único y efímero novio de la Félicité de Un corazón simple, quien la dejó plantada después de acariciarle los oídos con promesas de amor.

En el primer capítulo de los cinco de que consta el cuento, el narrador introduce al lector en la casa de la señora Aubain y en el cuarto de Félicité, situado en la segunda planta e iluminado por una claraboya. En unas pocas líneas describe sus labores domésticas y las principales cualidades por las que destacaba entre el resto de las criadas de Pont-l´Évêque: era extremadamente limpia, ahorrativa y tenaz en el regateo. Y devota: por la noche, después de despachar las tareas, se dormía ante los rescoldos de la lumbre con el rosario en la mano.

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Ilustración para el cuento “Un corazón simple”, con Félicité rezando el rosario ante la lumbre

De  cara enjuta y voz chillona, a los veinticinco años le echaban cuarenta y a partir de los cincuenta, ya no representaba ninguna edad.

“Siempre silenciosa, erguido el talle y mesurados los ademanes, parecía una mujer de madera que funcionara automáticamente”.

Sin embargo, como para contrarrestar esta última observación, el narrador pasa a contarnos el primer amor que, como cualquier otra muchacha, tuvo en su juventud, a los 18 años. Fue un episodio breve y acabó mal. Théodore, el chico atildado que la eligió para bailar en una romería de Colleville y que luego la convidó, intentó forzarla junto a un campo de avena. Pero en cuanto la muchacha empezó a gritar, él escapó. Una noche lo reencontró en una carretera. El joven le pidió perdón culpando a la bebida. Le arrancó algunas citas. Él insistía con sus acaloramientos. Hasta le propuso casarse. Félicité le rogó que no se burlase de ella. “La razón y el instinto de la honra le impidieron caer”, apunta el narrador. Luego le  hizo “grandes juramentos” de amor.

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Fotograma de la película “Un corazón simple”

Como Théodore trataba de esquivar el servicio militar, algo que la joven interpretó como una señal de cariño, y temía que lo llamaran, le anunció que pensaba ir a la prefectura para enterarse y que al domingo siguiente le diría el resultado. No se presentó. En su lugar envió a un amigo para notificarle que Théodore se había casado con una dama anciana pero rica. Félicité fue presa de “un dolor desmesurado”. Estuvo llorando sola en medio del campo hasta el amanecer.

De vuelta a la alquería, se despidió de sus dueños. Se fue a Pont-l´Évêque. La señora Aubain, que buscaba una cocinera, la contrató a pesar de su inexperiencia. Joven viuda, era madre de dos hijos pequeños, Paul y Virginie, los mismos nombres de los dos personajes de la novela homónima de Bernardin de Saint-Pierre que leyó Emma Bovary en el convento de monjas.

El desengaño amoroso sufrido por Félicité presagia el motivo conductor del cuento: la pérdida de los seres a los que quiso y que al cabo de los años la convirtieron en una superviviente a su pesar. Estas pérdidas no fueron compensadas con ningún nacimiento y el narrador se abstiene de informarnos si Paul, el hijo de la señora de Aubain, le trajo algún nieto a su madre. Sólo sabemos que se casó, que su esposa se daba humos de princesa, tratando con desprecio a la sirvienta, y que chocaba con la suegra.

Fotograma de la película “Un corazón simple”

A los primeros seres queridos que perdió Félicité fue a sus padres, siendo una niña. El padre, que era albañil, murió al caer de un andamio. Ya instalada en casa de su ama, la siguiente pérdida, esta vez previsible, fue la marcha de Paul a un internado de Caen para estudiar. Félicité se consoló llevando a su hermana Virginie a la iglesia para preparar la Primera Comunión.

Esta experiencia resulta clave en el relato porque en ella la sirvienta, que en su juventud no recibió ninguna instrucción religiosa, aprendió el catecismo y se familiarizó con las leyendas bíblicas, que la transportaban a un medio campesino idéntico al suyo, con los ritos sagrados y con las imágenes que revestían las paredes de la iglesia de Pont-l´Évêque. Una de ellas llamó su atención: la paloma que representaba al Espíritu Santo. El hecho de que una figura divina adoptara la forma de un animal tan común para ella la acercaba a aquel misterio un tanto complicado para su mente.

Viñeta de “Un corazón simple” con la Primera Comunión de Virginie

Virginie corrió la misma suerte que su hermano y fue internada en un colegio de monjas ursulinas de Honfleur. Con el fin de distraerse, Félicité pidió permiso a su ama para recibir a su sobrino Victor, hijo de una hermana a la que apenas trataba. Pronto se encariñó con el chico, despertando en ella su instinto maternal. Pero éste se embarcó en el puerto de Honfleur y le dijo que tardaría dos años en volver. Félicité acudió a despedirlo. A los seis meses no tenía noticia alguna de él. Hasta que recibió una carta de su cuñado notificándole la muerte de Victor en La Habana a causa de la fiebre amarilla. La pobre mujer se derrumbó de dolor.

Poco tiempo después Virginie, la hija de la señora Aubain, murió en el internado de una dolencia pulmonar. Félicité visitaba su tumba a diario. Pasaron los años, todos iguales. Se marcharon de Pont-l´Évêque los viejos amigos de la señora Aubain y hasta el administrador de ésta se ausentó misteriosamente. Más tarde el lector se enterará de que se suicidó tras arruinarla, una deriva parecida a la de Emma Bovary. Llegó al pueblo un subprefecto que había sido cónsul en América, junto a su familia, “un negro y un loro”. Entretanto, Paul llevaba una vida disipada. No sentaba cabeza.

Puerto de la ciudad normanda de Honfleur

Un día ama y sirvienta abrieron el armario de la habitación de Virginie y sacaron su ropa apolillada. Aquello las unió como nunca. Félicité quiso aún más a su señora. “Su bondad fue desarrollándose”, observa el narrador. Asistía a los enfermos de cólera y ofrecía sidra a los soldados que desfilaban por la calle. Cuidaba de un viejo enfermo que vivía a la orilla del río, en un cuchitril, hasta que murió.

Ascendieron al subprefecto, por lo que tuvo que irse del pueblo con su familia. Como no sabían qué hacer con el loro y Félicité mostró interés por el animal, ya que venía de América y le recordaba a su sobrino, se lo llevaron a la señora Aubain, que se lo regaló a la sirvienta. Ésta se dedicó a enseñarle. Un día el loro se escapó. Félicité creía haberlo perdido, pero finalmente lo encontró por casualidad. Se encariñó con él, como si fuese un hijo, un novio.

Pero al pájaro le llegó su hora, muriendo de viejo en el terrible invierno de 1837. Lo lloró tanto que su ama le dijo que mandara disecarlo. Félicité lo puso en su cuarto, en el que iba acumulando objetos variados: medallas, vírgenes, una pila de agua bendita, objetos de Virginie. La cómoda estaba cubierta por un paño como un altar. Se adueñaba de todas las antiguallas que no quería su ama.

La señora Aubain falleció a los 72 años, sin que ningún vecino lamentase su pérdida. Sin embargo, Félicité la lloró como no se llora a los amos. Sorda por culpa de un resfriado mal curado, se fue quedando ciega. Pasaron muchos años. Enfermó de neumonía. Murió un día de Corpus Christi, durante la procesión del Santísimo.

Antes de expirar, la vecina caritativa que la cuidaba le acercó el loro para que se despidiera de él. Lo devoraban los gusanos y se le salía la estopa por el vientre. Al exhalar el último suspiro

“creyó ver el cielo entreabierto un loro gigantesco planeando sobre su cabeza”.

Ilustración con la aparición del loro “Loulou” a Félicité en su lecho de muerte

Aunque el narrador condensa el relato de la vida de la sirvienta, reseñando los hechos más relevantes, esta sucesión de pérdidas -y las más dolorosas para ella, la de Théodore y la de su sobrino Victor, no fueron precedidas por la despedida- se produjo en un amplio margen de años. Y es que el Tiempo constituye, junto a las pérdidas sufridas por Félicité, el otro motivo conductor de Un corazón simple.

En los dilatados períodos en los que a la sirvienta no le pasó nada significativo, lo único que pasaba para ella era el Tiempo. Eso lo sabemos porque el narrador, después de relatarnos algún suceso destacado, señala que “pasaron los años” desde que ocurriera, y con éstos la repetición de las principales fiestas religiosas -las Pascuas, la Asunción y Todos los Santos-, que se celebran anualmente, pase lo que pase.

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Fotograma de la película “Un corazón simple”

Sin embargo, en esos paréntesis en blanco acaecieron pequeños hitos de orden doméstico que perduraron en la memoria del ama y de la sirvienta, haciéndose eco de ellos el narrador. Así, en 1825 los vidrieros enlucieron el vestíbulo de la casa; en 1827 se cayó al patio una parte del tejado y por poco mata a un hombre, y en 1828 le tocó a la señora ofrecer el pan bendito. Además, por entonces se marcharon de Pont-l´Évêque algunos de los viejos amigos de ésta.

Félicité convivía armoniosamente con el tempo lento que regía en Pont-l`Évêque, con sus trabajos y sus días, guiada por la costumbre, por el cumplimiento de las obligaciones cotidianas, porque no conocía otra cosa y por carecer de estímulos que enardecieran su imaginación, como las novelas cortesanas que leía Emma Bovary. Por ello la guerra que ésta declaró al tiempo provinciano con el que le había tocado lidiar, acuciada por su deseo de huir de Yonville a la capital, constituía una rareza que animó al novelista a describirla detalladamente. No sospechaba la joven que se trataba de una guerra perdida de antemano, que la conduciría a una interminable espiral de insatisfacción.

La dispar percepción del tiempo que tenían las dos mujeres se aprecia en la edad que aparentaban. Si Emma se agitaba en la burbuja de la eterna juventud preconizada por la mentalidad romántica, con sus ilusiones y expectativas irreales, Félicité siempre pareció mayor de lo que era, como si nunca hubiese sido joven. En correspondencia con estas disimilitudes, Emma se abrasó en el fuego de la efímera inmadurez que ella misma atizaba con la insatisfacción y la sirvienta se consumió lentamente en la calma de la madurez duradera. El corazón simple aceptó la realidad y el tiempo en el que transcurría; el corazón enrevesado optó por sublevarse contra los dos.

Emma Bovary, interpretada por Isabelle Huppert, en la película de Claude Chabrol

Precisamente Un corazón simple arranca con una referencia temporal: “A lo largo de medio siglo, la burguesas de Pont-l`Evêque le envidiaron a madame Aubain su criada Félicité”. Por las fechas que menciona el narrador -la muerte en 1809 del marido de la señora Aubain, siendo muy pequeños sus dos hijos, y el fallecimiento de ésta en 1853, a los 72 años-, podemos calcular que Félicité entró a servir en su casa aproximadamente en 1810,  a los 18 años, por lo que debió nacer en torno a 1792,  siendo unos doce años más joven que su ama.

En la primera mitad del siglo XIX Europa vivió una aceleración de la Historia, iniciada en 1789, con la Revolución francesa, y continuada por las guerras napoleónicas. A pesar del retroceso político que representó la Restauración monárquica de 1815, la Revolución Industrial prosiguió su avance, si bien a una velocidad desigual en los países europeos.

El tiempo transcurría a un ritmo diferente, según se tratase del mundo urbano o del agrario, en el que residía la mayor parte de la población. Este último continuaba sumido en un ensimismamiento secular, sobre todo en las regiones del interior, a las que aún no llegaba el ferrocarril. En los pueblos el tiempo se regía por las festividades religiosas anuales. Cada vez que se festejaba alguna parecía que la del año anterior se hubiese celebrado tan sólo unos días antes, como si en los últimos doce meses no hubiera sucedido nada digno de recordarse. El tiempo se acortaba como los días de invierno, y también al igual que éstos, los años se iban asemejando unos a otros, hasta el punto de que a las personas de cierta edad les costaba distinguirlos.

Manuscrito de una página de “Un corazón simple”

La referencia al “medio siglo” con la que empieza Un corazón simple es como un guiño de Flaubert al cuento viejo, de tradición oral, con su “erase una vez”. Pocos autores modernos han dominado con tanta maestría el pretérito perfecto y el relato inspirado en la remembranza. El tiempo pasado en el que acaecen los hechos que va consignando el narrador es la base sobre la que se asienta la historia de la sirvienta. Porque, al igual que en Pont-l´Evêque, en la vida de ésta no ocurrieron muchas cosas, pero tuvieron tal trascendencia en su destino que el narrador decidió que merecía la pena desvelarlas.

Así como en Madame Bovary, Flaubert imbricó un suceso trágico, típicamente novelesco -el suicidio de Emma Bovary en Yonville- en la insípida vida cotidiana de este pueblo imaginario de Normandía, en Un corazón simple se explaya en el relato de episodios de tono menor y anécdotas aparentemente triviales que surcan la existencia de su protagonista. La anécdota más relevante es el enfrentamiento de Félicité con un toro bravo en una noche otoñal, cuando ella, la señora Aubain y sus dos hijos pequeños atravesaban un prado. Los cuatro se salvaron por los pelos. El narrador subraya que el episodio fue objeto de conversación durante muchos años entre los vecinos de Pont-l`Évêque, sin que Félicité se envaneciese de su heroicidad.

Ilustración de la época para el cuento “Un corazón simple”

La anécdota recuerda a la primera visita (frustrada) que, siendo unos adolescentes, hicieron Frédéric Moreau y su amigo Deslauriers al burdel de una prostituta apodada la Turca y que casi dos décadas después evocan en las últimas páginas de La educación sentimental. El incidente causó tal revuelo que en los tres años siguientes todavía se comentaba en los alrededores. Los amigos llegaron a la conclusión de que fue lo mejor que les había sucedido en todo ese tiempo en el que, sin embargo, compartieron aventuras amorosas y participaron en la vida pública de París.

Ambos episodios demuestran que la memoria no sólo camina en una dirección distinta de la que tratamos de señalarle, sino que carece de sentido jerarquizar nuestros recuerdos siguiendo criterios convencionales. Es posible que los destinados a influir en la posteridad se difuminen antes que aquellos otros que, pese a su aparente insignificancia, revolvieron nuestros sentidos.

El pavor al toro enfurecido que sintieron Félicité, su ama y los dos hijos de ésta o el temor al ridículo de los amigos adolescentes que pisaban por primera vez un prostíbulo se grabaron en sus memorias con una fuerza muy superior a otras experiencias de mayor calado, pero desprovistas de la aspereza de aquellas.

Iglesia de Saint-Michel de Pont-l’Évêque

El único acontecimiento histórico que se coló en la vida de Félicité y de Pont-l`Evêque fue la noticia de la Revolución de Julio de 1830 que una noche llevó al pueblo el cochero de la diligencia. Por entonces era raro que los periódicos se recibiesen en los pueblos. Sus habitantes se enteraban de los sucesos importantes que ocurrían en el país gracias a los pocos paisanos que viajaban a la capital por motivos laborales, como un cochero o un comerciante. Involuntariamente, éstos desempeñaban la función de corresponsales.

Mientras en las ciudades sucedían los acontecimientos históricos, a los pueblos llegaban solamente las noticias de éstos. Sin embargo, a menudo la simple noticia dejaba una huella más profunda en la memoria de aquellos que la escuchaban, que el acontecimiento mismo en la de quienes lo vivieron de cerca.

En los pueblos pasaban tan pocas cosas que la noticia de un hecho inusual, como la entereza de Félicité ante el toro bravo que estuvo a punto de embestirla, bastaba para que se la recordase durante cierto tiempo. En cambio, en las ciudades ocurrían y ocurren tantas cosas que el recuerdo de un acontecimiento extraordinario termina desvaneciéndose entre los muchos que le sucederán. De ahí que, al evocar su pasado común, Frédéric Moreau y Deslauriers coincidiesen en que el recuerdo más jugoso que guardaban de aquél era la anécdota anodina de la visita al burdel provinciano y no cualquiera de los numerosos lances vividos en París.

Caroline Commanville, sobrina de Flaubert

La memoria conserva los recuerdos cuando el presente depara pocas novedades y languidece en la repetición, de la misma forma que los olvida ante una cascada de cambios. La crisis de la memoria en la sociedad líquida obedece a una sobreexcitación de la curiosidad ante la oferta incesante de cosas nuevas y a la consiguiente merma del tiempo necesario para escarbar en el pasado. Se tiene prisa por concluir lo que se ha empezado hace poco y comenzar con lo nuevo que se desea apurar con una prisa análoga.

Flaubert opuso a la supuesta trascendencia de lo noticioso, del suceso estelar del que habla todo el mundo, la vida sencilla pero singular de Félicité, que ni siquiera tuvo unos hijos que la recordasen después de muerta y cuyo destino era ser olvidada mucho antes de morir, cuando, vieja y sorda, perdió su trabajo al fallecer la señora Aubain y los familiares de ésta pusieron en venta la casa en la que sirvió cincuenta años (al menos tuvo la suerte de morir antes de que lograran venderla).

Para el novelista el relato de unas vidas ínfimas podía decir mucho más de los hombres que la retahíla de hechos actuales que la prensa, anticipándose al juicio del tiempo, consideraba dignos de ascender al Olimpo de la memoria, aunque pronto naufragasen en un olvido merecido. Esto explica su “profundo asco” por los periódicos, es decir, “por lo efímero, lo pasajero, lo que es importante hoy y no lo será mañana”. Según Flaubert, la prensa era la “lepra celosa” de la literatura. En el siglo que encumbró al periodismo, condicionando las opiniones de los individuos, él prefirió novelar las vidas de seres insignificantes, como Félicité, o de personajes legendarios de la Antigüedad y de la Edad Media, como Salammbô, Herodías, san Antonio o san Julián el Hospitalario.

“Salammbô” por Alfons Mucha (1896)

En Un corazón simple aparecen tres loros con el mismo nombre y hechura: el vivo, el disecado y el resucitado. Félicité conoció a Loulou en las tres identidades. Al fin y al cabo a ambos los unían el que saliesen a la fuerza de su tierra natal, siendo adoptados por unos amos; que sufrieran la humillación del abandono y que, por motivos diferentes, fuesen unas rara avis en Pont-l´Évêque.

Si acaso se diferenciaban en que, mientras la sirvienta respondía al nombre previsible en una mujer de su oficio, el loro no se llamaba como todos sus hermanos de especie, Jacot (Perico en español). Y en que ella nunca se hubiera fugado de casa así por las buenas, como hizo Loulou el día en que se escapó por el pueblo.

El loro irrumpe en la vida de Félicité después de la muerte del viejo enfermo Colmiche, al que cuidó hasta el final. Así pues, fue un encuentro oportuno para los dos. Desde el momento en que lo adopta, se dedica a enseñarle expresiones que se consideran apropiadas en un loro: “¡Niño bonito!”, “¡Servidor, señor!”, “¡Dios te salve, María!”. Ignoraba que en su ausencia uno de los vecinos, Fabu, le enseñaba palabrotas, las mismas que seguramente él pronunciaba como si fuese un loro.

La sirvienta Félicité y el loro “Loulou”

El pájaro se asemeja a los humanos no sólo en el habla, sino en la risa, siendo Bourais, el corrupto administrador de la señora Aubain, quien se la provoca en cuanto lo ve. Otra faceta que tiene en común con ellos es que le gusta estar en su compañía. En lo que difiere es en el sadismo de quienes le infligen tormentos variados.

También repite las palabras que oye decir a otros. La tentativa de Fabu por enseñarle a decir palabrotas no es más que un reflejo de la actitud de quienes las aprenden enseguida en cuanto las oyen en su entorno social, comportándose igual que los loros. Loulou es todo un breviario de vocablos trillados, los que oía en boca de los humanos y que tanto recuerdan a las frases que sueltan algunos personajes en las novelas de Flaubert, que hablan de oídas, con el automatismo de los loros, como si les dieran cuerda.

Desde que Félicité se quedó sorda a raíz del enfriamiento que contrajo cuando buscaba a Loulou, hablaba con él para combatir el aislamiento. El animal repetía hasta la saciedad las tres frases de su repertorio y ella le contestaba con palabras carentes de sentido, pero en las que, según señala el narrador, rebosaba el corazón. Ese diálogo de sordos entre el loro y la vieja sorda es un compendio, y no tanto una parodia, de los diálogos que sostienen los humanos en las tediosas veladas de la vida.

Ilustración para el cuento “Un corazón simple”

La idea de la señora Aubain de consolar a Félicité de la muerte de Loulou encargando que lo disecaran era una forma de perpetuar su recuerdo. A partir de entonces sería suficiente con que lo mirase para que se acordara de él. Después de todo, la taxidermia es una especie de memoria artificial. Al conservar intacto el cuerpo muerto de un animal, se pretende conservar su recuerdo, dotándolo de materialidad.

Como se deduce del cuento de Flaubert, la impotencia humana ante la desaparición de los seres queridos y de los afectos se agrava por la fragilidad de los recuerdos que guardamos de ellos. No es posible disecarlos para preservarlos del olvido. Hemos de ser nosotros quienes los mantengamos vivos en la memoria, dedicándoles el tiempo necesario antes de que se marchiten.

Versión teatral de “Un corazón simple” dirigida por Marie Martin-Guyonnet, en el Théâtre Guichet-Montparnasse de París

Aunque en la práctica el embalsamiento transformase al loro en un objeto, para Félicité siguió vivo. Sólo estaba muerto para el mundo. Vivía en su memoria y en su corazón simple, en igualdad de condiciones que los objetos dispares que acumulaba en su cuarto y que jamás consideró meros adornos: eran una prolongación de su personalidad, restos del naufragio en que el destino convirtió su vida jalonada de pérdidas.

Por ello, momentos antes de expirar, el loro momificado y medio pocho por dentro cobró vida a sus ojos, reencarnándose en una figura espléndida y alada, semejante a la del Espíritu Santo. ¿Qué tenía de extraño que en esos instantes se le apareciese el último ser al que se había apegado con la ternura con que lo hizo a otras personas estando sana y en posesión de sus facultades?

El loro en el que se inspiró Flaubert para su “Loulou”

Con la mutación de Loulou en un loro gigantesco, Félicité dejaba de ser por primera vez en su larga vida la sempiterna superviviente que había visto morir a otros y llorado su muerte. Ahora que le tocaba a ella marcharse de este mundo, después de haber despedido a tantos seres queridos (menos al cobarde Théodore, que la dejó plantada, y a su sobrino Victor), Loulou resucitaba no sólo para despedirla sino para sobrevivirla. Gracias a él por fin no era la última, la olvidada de siempre a la que, por un motivo u otro, todos iban abandonando en un mundo cada vez más hostil.

Porque para Félicité, cuya máxima aspiración había sido hacer felices a los demás, sobrevivir a sus seres queridos representó una carga pesada que soportó pacientemente, en ningún caso una victoria sobre los muertos. Nada más lejos de su temperamento que regodearse en la voluptuosidad de la supervivencia que, según advirtió Elias Canetti en las reflexiones que dedicó a este asunto, puede degenerar en una pasión abyecta. Hasta en el delirio de la agonía demostró tener el corazón simple que, sin alarde alguno, se dio generosamente a los demás.

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  1. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    abril 15, 2018 10:45 pm

    Desde luego, Jaime, queda confrmado con “Un corazón simple”, cuento de Flaubert, que en la narrativa tiene más importancia la redacción, el saber contar las cosas, que los temas que se narran, en sí. Ése es el misterio y eso es lo difícl de la iteratura. Por eso es un arte. Gracias por estas reflexiones, Jaime.

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  1. La emoción tiene prioridad sobre todo lo demás, Virginia Woolf – Calle del Orco

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