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¿Por qué a Flaubert le repugnaba la historia que contó en “Madame Bovary”?

marzo 20, 2018

Flaubert escribió Madame Bovary con la imaginación de un artista y la minuciosidad de un artesano, “como un coloso paciente y minucioso que construyera una pirámide con canicas” (Maupassant). En la novela los motivos principales están calculadamente ensamblados, de manera que cada uno guarda alguna correspondencia con cualquiera de ellos. No hay ni uno solo cuya presencia no esté justificada, obedeciendo al sentido general de la historia.

Por encima de todo, perseguía la claridad de ideas y la expresión justa, la única posible, y que fuese la más armoniosa. De todas las mentiras existentes, le confesó a su amante Louse Colet, el arte le parecía la menos embustera. Pensaba que el estilo se logra “con un trabajo atroz y una obstinación fanática y sacrificada” y que no hay bellos pensamientos sin una forma bella que los exprese. Detestaba a los escritores que anteponían el sentimiento al estilo. Le espantaban las metáforas huecas, que no decían nada, se sentía ultrajado por los adjetivos y le humillaban los que relativos.

La casa de Flaubert en Croisset, pintada en 1897 por René Thomsen (Bibliothèque Municipale de Rouen)

Su estilo literario bebe en la tradición francesa de los siglos XVII y XVIII. A medida que escribía y se enfrentaba a sus propias limitaciones, aumentaba su admiración por los grandes maestros. La Bruyére fue uno de sus predilectos. Estaba convencido de que jamás se convertiría en uno de ellos. Carecía de “cualidades innatas y perseverancia”.

En los cinco años que le dedicó a Madame Bovary en su retiro de Croisset trabajó obsesivamente, trasladando ese clima obsesivo a la escritura de la obra y a su personaje más complejo, Emma Bovary. Sin embargo, reconocía sentir repugnancia por la historia que estaba contando mientras la escribía en un estilo purificado de asonancias y reiteraciones. Buscando la perfección estilística se vengaba de la bajeza del relato. “Diseccionar es una venganza”, le dijo a George Sand. Una venganza servida en el plato frío de una prosa minuciosamente elaborada.

Retrato de Jean de La Bruyère

La disección requería que el autor desapareciera del relato. Como Dios en su universo, debía estar presente en todas partes, pero siempre invisible. “No consentía que fuera siquiera adivinado en sus obras, que dejara caer en una página, en una línea, en una palabra, un ápice de su opinión o su propósito”, escribió Maupassant cuatro años después de su muerte, en 1880. El propio Flaubert anotó que el artista “debe arreglárselas de modo que la posteridad acabe creyendo que nunca existió”, una idea que en estos tiempos de culto desmedido al presente y a la presencia debe parecer estrambótica a la legión de novelistas que pugnan por saltar a la fama abriéndose paso a codazos.

Estaba dispuesto a renunciar al derecho a mostrar su opinión sobre sus personajes y sus acciones, de los que su creador no era más que el espejo, “pero un espejo en el que los reprodujese dándoles ese reflejo inexpresable, ese no sé qué casi divino en lo que consiste el arte”, según comentó Maupassant. Ya era suficiente con penetrar en sus almas y corazones, tratando de comprender “sus entresijos, sus inclinaciones vergonzosas o nobles, toda la complicada mecánica de los móviles humanos”. En lugar de exponer su psicología “mediante disertaciones explicativas, la hacía aparecer por sus actos, de modo que las interioridades eran desveladas por las manifestaciones externas, sin que mediara ninguna argumentación psicológica”.

La impresión de realidad que transmite Madame Bovary proviene de la distancia que Flaubert establece con respecto a sus personajes, a los que deja actuar, sin entrometerse en sus decisiones. Maupassant lo explica con claridad al señalar que

“en principio imaginaba tipos y, procediendo por deducción, hacía que esos seres acometieran los actos propios que debían fatalmente llevar a cabo con una lógica impecable de acuerdo con sus temperamentos”.

Guy de Maupassant

A George Sand, amiga de Flaubert, le disgustaba esta impasibilidad, a la que achacaba la incomprensión con que fue acogida La educación sentimental, lamentando que sus personajes principales sufriesen los hechos y no se adueñaran nunca de éstos. “Si me hubiera llegado tu libro sin firma, lo habría encontrado bello pero extraño, y me preguntaría si eres un inmoral, un escéptico, un indiferente o un derrotado”, le confesó en una carta.

Un breve prólogo o la expresión de un propósito, un simple epíteto para condenar el mal, habrían orientado al lector que, en opinión de Sand, quiere penetrar en el pensamiento del novelista, no que se lo abandone a la indefinición derivada de la escueta descripción de las acciones que acometen los personajes. Esa voluntad de pintar las cosas como son, las aventuras de la vida tal como se presentan, no estaban pensadas para ella. Otra cuestión es la pintura  realista o poética de las cosas inertes. Pero tratándose de los movimientos del corazón, el novelista no puede permanecer imparcial.

Flaubert respondió a su “querida y buen maestro” reafirmándose en su rechazo a juzgar la conducta de sus criaturas. Que fuese el lector quien extrajese por su cuenta la moralidad del libro. Si no la encontraba es que era un imbécil o el libro era falso desde el punto de vista de la exactitud. En otra de sus cartas a Sand le decía que un artista pierde el respeto a su conciencia y deja de serlo

“si se esfuerza sistemáticamente en glorificar a la humanidad, en maquillarla, en atenuar las pasiones que considera deshonrosas en beneficio de las que considera honrosas”.

George Sand fotografiada por Nadar en 1864

En la sordidez de la historia provinciana de los Bovary proyectó su sombría visión de las relaciones humanas, de la sociedad de su tiempo, de la realidad áspera en la que halló el germen de la novela: los amores adúlteros de la joven Delphine Delamare, en el pueblo normando de Ry, el suicidio de la mujer y la ruina familiar, sucesos de los que el escritor se enteró por la prensa regional. Delphine estuvo casada con Eugène Delamare, médico rural como Charles Bovary y antiguo discípulo del prestigioso doctor Achille Flaubert, padre del escritor.

Lo llamativo de Madame Bovary es el contraste entre la pureza estilística y la vulgaridad de la historia. El aparente exotismo que aportan a ésta las aventuras amorosas de Emma y su trágico desenlace no pueden disimular las miserias pedestres que la envuelven: mezquindad, mentira, estupidez, ingratitud, necedad, autoengaño, codicia, envidia, rencor, hipocresía, vanidad. Personajes y miserias desfilan ante los ojos del lector como las figuras de un retablo de marionetas.

Antiguo Hôtel-Dieu de Ruán, donde nació en 1821 Gustave Flaubert. Su padre Achille era médico jefe del hospital

La maldad se esconde hasta en los recovecos más ocultos, como en aquel rincón donde “cuatro o cinco invitados” a la boda de Emma y Charles, azuzados por un primo del padre de la novia, Théodore Rouault, al que tachaba de orgulloso, se reunieron para criticarle “por haberles tocado casualmente en la mesa del banquete los peores trozos de carne”. El narrador dice que

“murmuraban contra el anfitrión y con palabras encubiertas deseaban su ruina”.

En vez de huir de ese mundillo ruin por el atajo de la evasión autocomplaciente, como hizo su heroína, la fantasiosa Emma, Flaubert lo escudriñó fríamente, ciñéndose a una rigurosa forma artística y contraviniendo su preferencia por el drama histórico, imbuido de pasiones fatales y protagonizado por personajes excepcionales ubicados en épocas y países remotos.

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Retrato de Gustave Flaubert

El novelista priva al lector de cualquier lenitivo que suavice los rasgos de la realidad. Que no espere encontrarse con un personaje modélico, del estilo de Lievin en Anna Karenina, que con su buen ejemplo reste influencia a los estúpidos o malvados, relegándolos a un segundo plano. A quien no le guste la dolorosa verdad que desprende Madame Bovary, que interrumpa la lectura y busque sosiego en otras novelas.

Tampoco las descripciones de la naturaleza nos alivian del malestar que sentimos en ese universo claustrofóbico. Todo lo contrario que en los relatos de Chéjov, donde la pintura evocadora de un bosque, de un camino rural iluminado por la luna, de un cielo estrellado, mitigan la desazón causada por la mezquindad de las acciones humanas o la estrechez del ambiente en el que se mueven los personajes. ¿Será porque Flaubert no era “hombre de Naturaleza”? El campo le parecía a veces insulso y no le interesaba nada de un país que careciera de historia. “Daría todos los glaciares de Suiza por el museo del Vaticano”, le dijo a George Sand.

Lo único que le consolaba era viajar al pasado y mejor cuanto más alejado estuviese del presente. Por eso trabajaba con ahínco en La tentación de San Antonio, para perderse en las regiones de Persia, en la Antigüedad, cansado como estaba “del innoble obrero, del inepto burgués, del estúpido campesino y del odioso clérigo”; del culto al humanitarismo, al sentimiento y al ideal; de la hegemonía del número y de la masa “siempre idiota”. Y de la prensa, “esa escuela de embrutecimiento porque ahorra tener que pensar”. No obstante, admitía que su época no era muy distinta de otras, y que los tiempos de Pericles  o de Shakespeare fueron atroces. A pesar de todo, también entonces se hicieron cosas bellas.

Anton Chéjov

Una década después de la muerte de Flaubert, Oscar Wilde compartía un repudio similar por la mezquindad que veía a su alrededor, señalando a “algunos periódicos y periodistas” empeñados en ofrecer “los hechos más descarnados, sórdidos y repugnantes de la vida”, y relatar

“con degradante avidez los pecados de la gente mediocre y las prosaicas andanzas de personas totalmente carentes de interés”.

Sin embargo, el escritor francés no se instaló en el simple repudio, sino que se atrevió a diseccionar las “prosaicas andanzas” de esas personas mediocres, transformándolas en seres ficticios. Sabía que, por mucho que su existencia desagrade al artista exquisito, configuran el mundo real en el que, nos guste o no, hemos de vivir y del que formamos parte (a Flaubert le repelía el burgués que llevaba dentro).

Sus pequeñas miserias resultan fácilmente perceptibles en nuestro entorno, en la familia -su nicho favorito-, en el trabajo, en el grupo de conocidos. Al autor de Madame Bovary le bastó un imaginario pueblo de Normandía para reunir un catálogo detallado de ellas. Son la lluvia ácida que cae de manera pertinaz sobre la cotidianidad y que va corroyendo lentamente las almas hasta hacerlas irreconocibles.

Oscar Wilde fotografiado en 1882

El asco que le provocaba a Flaubert la bajeza de sus personajes se parece más que al repudio de Wilde, a la repugnancia que a Franz Kafka -ferviente admirador del novelista francés- le suscitaba el mero hecho de convivir con su familia, no porque fuesen sus parientes sino porque eran seres humanos. Así se lo transmitió en una carta a su novia Felice Bauer, en la que le aconsejaba que se cuidara de considerar banal la vida, si por banal entendía monótona, simple y mezquina.

“La vida es sencillamente terrible, puede que nadie lo sienta así como yo”.

La mayoría de esos personajes representa a la multitud de individuos-tipos desprovistos de algún rasgo que los singularice, y que en todas las sociedades y épocas se dejan llevar por la corriente, creyendo a ciegas en las promesas, sin reparar en la catadura de quien promete y menos aún en sus palabras mendaces, a la espera de obtener algún provecho personal.

Estampa de la casa de Flaubert en Croisset

Sus vidas liliputenses están gobernadas por la estupidez y el egoísmo vil. Aunque cada cual va a lo suyo, a todos ellos los une la cortedad de miras y la cicatería de sus intereses. Aquejados de una incurable ceguera moral, se muestran incapaces de conducirse siguiendo el dictado de su conciencia, embotada por los clichés, por un lenguaje encorsetado, la inercia de las modas y la inmediatez, que les impide ver más allá de la punta de su nariz.

Si en algún momento se interrogan por la deriva de sus existencias, lo hacen para medirse con aquellos que les rodean y que albergan unas pretensiones tan banales como las suyas. A los más ambiciosos los reconcome el ansia de reconocimiento y aspiran a medrar esquivando la moralidad de los medios para  alcanzar sus objetivos.

En Madame Bovary las medallas y condecoraciones desempeñan un papel destacado. No por casualidad en la última frase de la novela, después del suicidio de Emma Bovary y de la muerte de su marido fulminado por la pena, la pobreza y el aislamiento, el narrador nos informa de que el avieso boticario Homais “acaba de recibir la cruz de honor”, que venía anhelando y que logró a costa de manipulaciones y mentiras.

El Pabellón es el único vestigio que se conserva de lo que fue la casa de Flaubert en Croisset, junto al Sena, que adquirió su padre en 1844

Flaubert oponía al subjetivismo asfixiante que envilece a sus personajes la amplitud de miras del artista, quien se hace a un lado para ceder el paso a la obra que habla por sí misma, sin necesidad de embadurnarla con sus opiniones. Quizá la consecuencia más peligrosa de este subjetivismo es que quienes lo padecen, al vivir encadenados a la inmediatez y a las costumbres, no tienen ni idea del lugar que ocupan en el mundo. Y lo que es aún peor, ni siquiera tienen conciencia de su inopia. Por ello se sorprenden de las desgracias que les ocurren, como si hubiesen caído del cielo, y no se explican cómo han podido sucederles a ellos, que simplemente se han limitado a vivir como de costumbre.

La simplicidad de Charles Bovary le lleva a dar por hecho que las cosas son como él las ve. Sólo percibe la superficie de la vida, los efectos de las causas, a las que permanece ciego. Nunca desconfía, mientras lo engañan a su espalda: su mujer, para satisfacer sus fantasías eróticas y caprichos, y Homais, para desprestigiarlo con vistas a detentar la gestión sanitaria en Yonville, sin que nadie le haga sombra.

Estatua de Flaubert en Ruán

Después del suicidio de Emma, el descubrimiento de sus infidelidades y de las deudas apabullantes que le dejó, se sintió como herido por un rayo, incapaz de hallar una explicación que aclarase las causas de la desgracia que se había abatido por él. Puesto que necesitaba una respuesta urgente y no sabía dónde buscarla, preso como estaba del venenoso hábito –tan letal como el arsénico ingerido por Emma- de no ir al fondo de las cosas, tenía que culpar a la fatalidad, ese cajón de sastre en el que caben todas las explicaciones, por inverosímiles que sean.

Más evidente aún es el caso de Emma Bovary. Ofuscada por sus fantasías, por el sentimentalismo barato que aprendió en las novelas de amor y por la espiral de pasiones y deseos, que la zarandean como si fuese una muñeca de trapo, ni siquiera sabe que se halla fuera de la realidad.

Emma Bovary ingiriendo el arsénico que la mató en la versión de la novela de Flaubert que Jean Renoir estrenó en 1933

Ninguno de los dos se pregunta por el móvil de sus decisiones, casi siempre forzados por las circunstancias, por su sometimiento a las costumbres del medio social al que pertenecen o arrastrados por los instintos. De ahí que sufran pasivamente las consecuencias de sus actos, Emma con más intensidad que Charles por la naturaleza pasional de los suyos.

Sólo así se explica que unos momentos antes de ingerir el arsénico en la farmacia de Homais, la mujer, acosada por la amenaza de embargo, acudiese al domicilio del notario Guillaumin para pedirle un préstamo y, mientras le aguardaba en el comedor, deseara para su vivienda un mobiliario lujoso como el que veía. Pero lo único que consiguió de aquella visita fue la tentativa del notario de chantajearla para que se plegase a su lascivia.

Emma Bovary padece lo que hoy entendemos por adicción al consumo de objetos lujosos, inaccesibles para la esposa de un modesto médico rural, y con los que pretende colmar el vacío que subyace en sus ilusiones de pacotilla. Los hábitos de manirrota la convirtieron en pasto del vampirismo del tendero y prestamista Lhereux, quien satisfacía sus caros antojos, esperando que la acumulación de las deudas desembocase en el embargo de todos sus bienes. No sólo los amantes se aprovechaban de ella, también la nodriza de su hija y, después de su muerte, hasta la criada Félicité, que se encargó de “limpiar” el amplio y elegante vestuario de la difunta…

Jennifer Jones en el papel de Emma Bovary, en la película de Vincente Minnelli (1949)

Su alejamiento del mundo real explica que sea el personaje de la novela más absorbido por la subjetividad. Encastillada en las ensoñaciones de demoiselle de pueblo con aires de dama parisina, se negó a adaptarse a microcosmos provinciano en el que se sentía a disgusto, sin mover un dedo para mejorarlo en lo que pudiese tener de mejorable. Su máxima aspiración era dar rienda suelta a las fantasías que alimentó en el convento de monjas de Ruán y que hasta su muerte determinaron el rumbo de su personalidad narcisista. Ni el matrimonio con Charles, un hombre simple, algo tosco, pero trabajador y afectuoso, ni la maternidad, lograron desviar su curso.

El lector puede juzgar entre la simpleza de Charles, quien obnubilado por la admiración que profesaba a Emma, pero también por su hábito de no ir al fondo de las cosas, se enteró del mal que padecía la mujer cuando ya no había remedio, y el desdén con que ella lo trataba mientras se postraba ante unos hombres más apuestos y charlatanes que él, pero que, tras aprovecharse de su cuerpo, la despreciaron huyendo de la pasión amorosa que les ofrecía.

Hugo von Hofmannsthal

Parece como si Hugo von Hofmannsthal hubiese pensado en ella cuando dijo que si cada época tiene su propia manera de exagerar ciertos niveles del sentir, la del presente, o sea la misma que cultivaba la generación leída de Emma, era egoísta y sin amor.

“No exagera los sentimientos del amor, sino el sentimiento del yo”.

Flaubert redobló su repugnancia hacia el boticario Homais, un sabelotodo cargante y taimado, que presume de volteriano, pero ferozmente egoísta y devorado por el ansia de reconocimiento. Con tal de satisfacer su ambición y engordar su notoriedad no le importará infringir la ley, practicando el intrusismo profesional y el fraude, mintiendo descaradamente y adulando al Poder (la mayúscula es del narrador).

Así como Emma necesita llenar su vacío con la avidez de objetos lujosos, Homais tiene que colmar el suyo con una charlatanería interminable. Además de un saco de malicias, el farmacéutico es un costal de ideas recibidas. Mientras finge preocuparse por todo lo que no le incumbe, se ocupa únicamente de sus intereses y de su reputación.

Ilustración que representa al boticario Homais en su farmacia de Yonville

Es el precursor del espectador contemporáneo, que no hace más que mirar y opinar acerca de los asuntos variopintos que encuentra en la actualidad. Al igual que Homais, se da aires de experto en los temas que la prensa le sirve en bandeja. Encarna al prototipo de hombre perfectamente informado, del que Oscar Wilde dijo que

“su mente es algo horrible, como una tienda de baratijas, llena de atrocidades y polvo, donde todo cuesta menos que vale”.

Los otros personajes sobre los que Flaubert arrojó su asco son los dos amantes de Emma, el cínico Rodolphe Boulanger y el falsamente sensible, trepador y cobarde Léon Dupuis, que acabará de notario. También ridiculiza la intolerancia e inutilidad del párroco de Yonville, Bournisien, la rapacidad del prestamista Lhereux y la cursilería y el esnobismo del notario Guillaumin.

El párroco de Yonville con Emma Bovary en la versión de Jean Renoir

Si hubiese que buscar un personaje que se libre de alguna miseria sería el mozo de farmacia Justin, un pariente pobre de Homais. Al igual que Charles Bovary, el chico admiraba en silencio a Emma, sin que la mujer reparase nunca en él. Pero solamente el doctor Larivière escapa a la mediocridad que los atenaza a todos. El ilustre médico acude a Yonville atendiendo a la petición urgente de Charles, antiguo alumno suyo, para salvar la vida de Emma en los angustiosos momentos en que, bajo los efectos del arsénico, se debatía entre la vida y la muerte.

Larivière pertenecía a la generación de médicos filósofos que ejercían su profesión “con exaltación e inteligencia”. Desdeñaba las condecoraciones, los títulos y las academias, y era “hospitalario y generoso, paternal con los pobres y amante de la virtud sin creer en ella”. Porque si hubiese creído, como Homais y el cura Bournisien, probablemente se habría limitado a predicarla. Sin embargo, a pesar de su competencia, el doctor no pudo salvar a la paciente.

Emma Bovary en su lecho de muerte, abrazada por Charles

Se ha escrito mucho -“ríos de tinta”, habría consignado Flaubert en su Diccionario de ideas recibidas– sobre la atracción del escritor por objetos aparentemente insignificantes y su afán por desmenuzarlos hasta el último detalle. Maupassant recordó que la primera lección que recibió de él fue que la originalidad consiste en hacer que cada objeto que se describa no se parezca a ninguno de su especie. Para lograrlo basta con que se lo observe largo tiempo, hasta descubrir en él los rasgos que lo singularizan. De esta manera fue como Flaubert exploró los objetos anodinos que pueblan sus novelas y cuentos.

En Madame Bovary escasean los diálogos. Cada vez que los personajes dicen algo son frases hechas, que han leído u oído en alguna parte, como los loros. Ninguno habla por sí mismo. No piensan lo que dicen porque simplemente no piensan nada, excepto en sus intereses mezquinos.

Reproducción de la habitación de Flaubert en el Museo Flaubert de Ruán

También en esta ocasión Charles Bovary se distingue por la sinceridad de su simpleza, la misma que manifestó el día en que se presentó en el estudio del internado de Ruán. A él no le vienen las palabras a la boca, al contrario que a su esposa, a los dos amantes de ésta, a Homais o a Bournisien.

En el momento en que tiene que pedir la mano de Emma a su padre, el granjero Théodore Rouault, se las ve y se las desea para dar con una frase apropiada. Ya a solas con la joven no encuentra las palabras, no como ella que, habituada a las novelas de amor, estaba versada en el lenguaje relamido en el que se expresaban sus personajes.

Poco después de casarse, la mujer se percata (el narrador adopta su punto de vista) de que la conversación con Charles “era llana como la acera de una calle”, y que por ella “desfilaban las ideas de todo el mundo con su traje ordinario, sin suscitar emoción, risa o ensueño”. A la vuelta del trabajo, le hablaba de los pacientes a los que había visitado, de las recetas que había apuntado, de los pueblos en los que estuvo y, satisfecho de sí mismo, cenaba.

Charles Bovary y Emma en la película de Renoir

El narrador afirma que la única gran frase que Charles articuló en su vida fue la que dijo al encontrarse con Boulanger, el antiguo amante de su difunta mujer: que el final de ésta había sido culpa de la fatalidad (“C´est la faute de la fatalité”). No se le ocurrió otra cosa. A Boulanger aquella idea le pareció algo “muy benévolo para un hombre en su situación, hasta cómico, y un poco vil”. Sin embargo, él mismo había escrito una frase similar (“Oh, Dios mío. No, no, ¡acuse sólo a la fatalidad!”) en la carta que envió a Emma con un criado para anunciarle la ruptura con ella, adornándola con falsas disculpas. La diferencia es que, al contrario que Charles, jamás creyó en sus propias palabras.

Los diálogos amorosos de Emma con Boulanger y Léon Dupuis son réplicas de los que se estilaban en las novelas del género que habían leído. Cada vez que el charlatán Homais abre la boca repite los clichés que circulaban en la prensa de la época, de la que era un lector asiduo. No sólo habla como un periódico sino que las noticias que redacta para el diario regional son falsas.

Emma Bovary bajándose de la diligencia de Yonville “La Golondrina”

A la vista del lenguaje estúpido en el que se expresan sus personajes, se entiende la importancia que Flaubert otorga a las cosas que les rodean. Dicen más de ellos que las frases y las palabras trilladas que pronuncian. Son sus verdaderos portavoces. De ahí que en Madame Bovary los objetos superfluos, a pesar de su “muda fealdad”, resulten tan expresivos -las “profundidades de expresión” perceptibles en “el rostro de un imbécil” que ocultaba la gorra de Charles Bovary- y que el narrador omnisciente los describa con una exasperante meticulosidad.

Con ello Flaubert nos demuestra, además, una dura verdad en la que ahonda el narrador con motivo de la secreta incredulidad de Boulanger ante las palabras de amor que le dedicaba Emma, similares a las que había escuchado en boca de otras mujeres: que es infinitamente más fácil penetrar con el lenguaje en las profundidades de un objeto, como una fea y enrevesada gorra de colegial, que en los pliegues de un dolor, de una necesidad o de una idea. El propio Flaubert le comentó a Louise Colet que en cada objeto trivial intuía historias maravillosas y que algunos habían sido testigos de las muchas horas solitarias de su vida.

Fotograma de “Madame Bovary”, en la versión de Minnelli, con Emma abrazada a su amante Boulanger

Nuestros sentimientos parecen destinados a estrellarse contra su expresión. Cualquier tentativa de verbalizarlos conduce a una fraseología ridícula y manida, como la que levantó las sospechas del amante de Emma. No tenemos más remedio que aceptar que la palabra humana se asemeja a

“un caldero cascado en el que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando querríamos conmover a las estrellas”.

Menciono algunos ejemplos de objetos que en Madame Bovary lo dicen casi todo de las pretensiones de sus propietarios. Estando todavía soltera, Emma adorna su dormitorio en la casa de su padre, un simple granjero, con una estampa de la cabeza de Minerva, en la que se lee en letras góticas la dedicatoria “A mi papá”. Las figuras de estilo Pompadour con las que el boticario Homais decora el salón de su vivienda en la cumbre de su éxito profesional, y tras la muerte Charles Bovary, revelan su filisteísmo de pequeño burgués con veleidades pseudoartísticas. Son el premio que se otorga por sus recientes éxitos y anticipan la concesión de la cruz de honor con la que será condecorado poco después.

El ayuntamiento de Yonville imita un templo griego. La virgen  de la iglesia parroquial recuerda a “un ídolo de las islas Sandwich”. Cupidos, escudos y jarrones de hierro colado ornamentan el jardín del notario Guillaumin. Sólo en el castillo de La Vaubyessard, propiedad de un viejo aristócrata, superviviente de la Revolución de 1789, los objetos son auténticos, como el material de que están hechos. No imitan ni reproducen nada.

Emma con su acreedor Lhereux en la película de Renoir

También los nombres de algunos personajes rezuman falsedad. Lhereux (literalmente, “El feliz”) es el prestamista y tendero que satisface los caprichos de Emma a cambio de arruinarla. Felicidad para hoy y miseria para mañana. Berthe, el nombre de la hija de los Bovary que eligió su madre por haberlo oído en una conversación durante el baile en el castillo de La Vaubyessard al que fueron invitados, terminará de obrera en una hilatura de algodón.

El pedante Homais bautizó a sus hijos con nombres tan ostentosos como ridículos: Napoleón, “por la gloria”, Franklin, “por la libertad”, Irma, “una concesión al romanticismo” y Athalie, un “homenaje a la inmortal obra maestra de la escena francesa”. La cobardía y la sumisión a los poderosos de Léon Dupuis desentonan con su nombre.

Emma Bovary junto a su amante Léon Dupuis en la versión de Chabrol

El único personaje cuyo nombre se ajusta a su forma de ser es el de Charles Bovary, al igual que la gorra fea y muda que portaba el día en que se rieron de él sus compañeros se ajustaba a sus maneras de pueblerino. Si entonces pagó la autenticidad con las burlas de aquellos, en el futuro la pagaría con el menosprecio de la fatua Emma y de su vanidoso amante Boulanger y con la trampa que le tendió Homais a cuento de la fallida operación del pie zopo de Hyppolite.

Otro tanto ocurre con  los nombres de algunas cosas que se contradicen con su presunta utilidad. Así, el bello nombre de la diligencia de Yonville, “La Golondrina”, disimula su lentitud e incomodidad. La  fonda “El León de Oro” luce en la fachada un viejo león de oro descolorido por la lluvia y una melena de perro de aguas.

Napoleón III, por Franz Xaver Winterhalter

Este festival de ornamentación y nombres kitsch con connotaciones paganizantes en una sociedad católica y en un pueblo normando, no es más que un reflejo de la impostura del Segundo Imperio (1852-1870) y de su falso emperador Napoleón III. Tras la derrota de Sedán, en la guerra franco-prusiana que acabó con el régimen, Flaubert concluyó que en esos años todo había sido falso:

“falso realismo, falso ejército, falsa banca e incluso falsas fulanas”.

Creía que la falsedad era herencia del romanticismo, “predominio de la Pasión sobre la forma y de la inspiración sobre la regla”, algo que se había aplicado sobre todo en la manera de juzgar, hasta el punto de exigir moralidad al arte, a la filosofía “que fuese clara, al vicio que fuera decente y a la ciencia que se pusiera a la altura del pueblo”.

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One Comment leave one →
  1. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    marzo 22, 2018 9:52 pm

    Cuesta creer que Flaubert “confesó sentir repugnancia por la historia que estaba contando mientras se esforzaba por escribirla en un estilo purificado de asonancias y reiteraciones…”. Pero verdaderamente, como dices, Jaime, el tema frívolo y superficial de la novela contrasta co depurado estilo con el que el autor la cuenta. Es curioso. Y tienes razón en que en ese contraste está precisamente el mérito de esta singular obra.

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