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Las aventuras insignificantes del “insignificante” Monsieur Bovary

marzo 6, 2018

El lector de Madame Bovary se preguntará por qué Flaubert empezó la novela con el episodio de la llegada del colegial Charles Bovary al internado escolar de Ruán, procedente de su pueblo, y a continuación se nos cuenta la historia de su vida hasta que conoció a Emma Bovary y se casó con ella. ¿No podría haber comenzado por la boda y ahorrarnos la insulsa infancia y juventud de Charles, los detalles penosos sobre sus padres y su primer matrimonio con la difunta Héloïse Dubuc?

Todavía hubiera sido más atractivo arrancar con el suicidio de Emma Bovary, y retroceder en el tiempo hasta la boda de ambos. Una novela que comienza con un acontecimiento trágico despertará el interés del lector. Le anima a interrogarse por sus causas y a esperar impaciente la respuesta que el novelista se encargará de desgranar paulatinamente.

Jean-François Balmer e Isabelle Huppert, en los papeles de Charles y Emma en la versión cinematográfica de “Madame Bovary”, de Claude Chabrol (1991)

En cualquier caso, ¿adónde trataba de llevarnos Flaubert con esa anécdota banal del primer día de clase de Charles Bovary, evocada por un antiguo compañero suyo en el internado? Para averiguarlo tendremos que hacer un ejercicio de novela-ficción, valga la redundancia, y plantearnos algunas preguntas. ¿Quién es el narrador-testigo que refiere la anécdota en primera persona del plural, pero que se abstiene de presentarse ante el lector? ¿Por qué la recuerda ahora, después de tantos años? La respuesta es sencilla: leyendo en un periódico de Ruán la noticia del suicidio de Emma Bovary en Yonville-L`Abayye se enteró de que su esposo se llamaba Charles Bovary.

Ese nombre le resultaba familiar, aunque a bote pronto no supiera por qué. Entonces le vino a la memoria el recuerdo de aquel muchacho pueblerino que una mañana se presentó azorado en la clase del internado, con una gorra estrafalaria en la mano. Además, sus compañeros se alborotaron cuando, al preguntarle el profesor por su nombre, respondió con una palabra tan absurda como su gorra: Charbovary. Pagó cara su respuesta. A las chanzas de los estudiantes hubo que añadir el castigo del maestro: copiar veinte veces ridiculus sum.

También recordaba que, pese a ser hijo de una familia modesta y a las burlas que sufría por su atuendo, se adaptó al internado y que en los tres años de estancia allí tuvo un comportamiento correcto. Como no destacó en nada ni por nada, tampoco había motivo alguno para acordarse de él. Hasta que vio impreso su nombre en el periódico, y no porque recibiera una condecoración o un homenaje público.

Calle principal de Ry, el pueblo normando del matrimonio Delamare en cuya historia se inspiró Flaubert para su “Madame Bovary”

A partir de ahí, el narrador-testigo adopta el papel de cronista omnisciente, dispuesto a desentrañar la intrahistoria del caso, esa que jamás se publicaría en ningún periódico y que ningún periodista se preocuparía de escrutar. De este modo, la información periodística, escueta e incompleta, es relevada por el relato amplio, profundo y detallado: la novela que los lectores leerán con el título de Madame Bovary.

Quizá esta explicación no convenza del todo al lector, que insiste en su pregunta: ¿por qué  empezar por la vida de Charles Bovary y no por su matrimonio con Emma, que es lo que realmente interesa al lector? Porque el narrador, que conoció al médico rural en el internado y luego le perdió la pista, desea indagar en los antecedentes de la desgracia que se abatió sobre él, la última persona de la que habría imaginado que le ocurriese algo así.

Se trataba de averiguar qué fue de él desde que abandonó el internado, sin terminar el bachillerato, por qué estudió para oficial de sanidad (“officier de santé”), una especie de médico rural o practicante. ¿Tendría algo que ver en ello el que obtuviese un primer accésit en historia natural? Probablemente. Y la pregunta esencial: ¿qué sucedió para que su matrimonio naufragara hasta el punto de que su esposa se quitase la vida envenenándose con arsénico? La única manera de descifrar aquel misterio era empezar por el principio.

Página manuscrita de “Madame Bovary”

Si bien se mira, aunque la trama de Madame Bovary gire alrededor de la frustración que se apodera de Emma tras su boda con Charles, el argumento abarca la vida de éste, desde aquel lejano día en que, procedente de su pueblo, se incorporó al internado de Ruán para estudiar, hasta su muerte repentina en la casa familiar del pueblo normando de Yonville, poco tiempo después del suicidio de su esposa.

Los dos primeros capítulos de la novela, en los que se narra la niñez de Charles, hijo único y mimado de una madre amargada por un marido borracho y mujeriego, su adolescencia en el internado, su juventud de estudiante, el trabajo de médico rural en Tostes, la boda con Héloïse Dubuc, y la breve viudez que siguió a la muerte de ésta, después de catorce meses de matrimonio frustrante, pueden leerse como un relato con entidad propia.

El narrador condensa en veinte páginas este periodo de su vida, desgranando a un ritmo casi vertiginoso las peripecias anodinas que lo jalonan en un ambiente costumbrista. Esa forma sumaria de narrar se corresponde con la insignificancia del protagonista y la futilidad de los hechos descritos, como si el Tiempo tuviera prisa por engullirlos y apremiase al narrador para que acabe de una vez.

Charles Bovary interpretado por Jean-François Balmer en la película de Chabrol

Ya en el  colegio, Charles dio muestras de la simplicidad que determinaría el curso de su existencia. “Ninguno de nosotros podría recordar nada de él”, subraya años después el narrador-testigo y antiguo compañero de clase de Charles. Dotado de un temperamento pacífico,

“jugaba en los recreos, trabajaba en el Estudio, atendía en clase, dormía bien en el dormitorio, comía bien en el refectorio”.

La ausencia de la conjunción “y” en la frase indica que la lista de actividades que Charles hacía correctamente era bastante más larga. En suma, el chico era previsible como el sol de todas las mañanas.

Ilustración de Albert Fourié para “Madame Bovary”

¿Qué sentido tenía extenderse en la descripción del pasado trivial de un individuo insignificante, de quien sólo el narrador que presenció su llegada al colegio de Ruán se acordaba ahora con el propósito de ahondar en los antecedentes de la historia singular que contará en los siguientes capítulos de la novela y de la que Charles Bovary será protagonista involuntario?

“Un peu gringalet” (“un poco insignificante”, “un poco blando”, “algo enclenque”, se lee en las traducciones al español) fue el epíteto con el que lo catalogó el padre de Emma, el granjero Théodore Rouault, al que acababa de curarle una pierna fracturada, previendo que le pediría la mano de su hija y no encontraría las palabras apropiadas a la hora de decírselo.

También su esposa lo percibe “chétif, faible, nul, un pauvre homme” (“insignificante, débil, despreciable, un pobre hombre”) cuando lo vio apesadumbrado por la muerte reciente del padre de él. Por entonces Emma lo estaba engañando con el pasante de notario Léon Dupuis, con quien se citaba los jueves en Ruán, sin reparar en gastos, que cargaba a cuenta de su marido. Aunque el padre y la hija alberguen una opinión tan pobre de Charles en circunstancias diferentes, ambos convergen en un pensamiento que el narrador silencia pero que el lector puede deducir: que nunca llegaría lejos en su profesión, estancándose en su puesto de medicucho de pueblo.

Diapositiva1

La boda de Charles Bovary y Emma Rouault en una ilustración de la época

¿Qué podía esperarse de un hombre al que su madre le buscó la plaza de médico en Tostes, aprovechando el fallecimiento de su anciano predecesor, y luego la mujer con la que se casaría, la viuda de 45 años (y nada atractiva) Héloïse Dubuc que, sin embargo, los engañó al hacerles creer que poseía unas rentas apetecibles? Parece que ni al padre ni a la hija les importaba que Charles Bovary demostrara competencia en su oficio y que fuese apreciado por los vecinos y los pacientes, incluido el propio Théodore Rouault.

La normalidad o, si se prefiere mejor, la insignificancia, se vive, no se la recuerda, ni, por tanto, se escribe sobre ella. Está destinada al olvido. Nadie se acuerda de las trivialidades que se repiten todos los días del año. La repetición no las protege del olvido en el futuro. Más bien al contrario, el olvido es la venganza que se toma la memoria por haberse repetido. Ésta tiende a seleccionar aquellos recuerdos que han influido en el destino de las personas o rompieron el molde de la costumbre. Se rememora lo extraordinario, lo nunca visto ni oído anteriormente, bien porque nos parezca placentero, doloroso, fascinante, turbador, ridículo o grotesco.

El colegial Charles Bovary en su primer día de clase en el internado de Ruán

De ahí que el narrador-testigo de Madame Bovary, en su intento por evocar a aquel oscuro compañero de internado cuyo nombre aparecería muchos años después en el periódico por haber sido el marido de la mujer que, tras serle infiel con dos hombres y de arruinarlo, se suicidó, le viniesen a la memoria la gorra estrafalaria que llevaba el primer día de clase, el nombre  extraño –Charbovary– con el que se presentó a petición del maestro y las carcajadas malignas de los alumnos al oírlo. Esas anécdotas banales eran infrecuentes en el colegio de Ruán.

Las novelas, relatos y poemas, pero también la crónica histórica, refieren hechos que, por su carácter inaudito, franquearon en algún momento la frontera del inmenso país de la normalidad, quebrando el esquema de lo consuetudinario. En una carta a su amigo Flaubert, George Sand sintetizó este propósito en una frase espléndida: “En los viajes pasa como en las novelas: lo que sucede es lo que manda”. El matiz que en este caso distingue al relato ficticio del histórico es que si éste se ocupa principalmente de los acontecimientos, la ficción literaria profundiza en la individualidad de los protagonistas del suceso singular.

Dedicatoria de Flaubert a Victor Hugo en un ejemplar de “Madame Bovary”

Uno de los hechos excepcionales más recurrentes en la literatura (y en el cine) es la muerte violenta, el asesinato o el suicidio, del personaje o personajes principales. Mucho antes de que el periodismo descubriera que lo noticioso no era que un perro mordiese a un hombre sino al revés, la ficción literaria se basaba en la anécdota excepcional, digna de ser recordada por la posteridad, que se encarga de transmitirla, antes de que el tiempo la borre de la memoria de las generaciones venideras.

Se escribe contra el olvido que se cierne sobre lo que se considera memorable. Para neutralizar este peligro la novela tradicional narraba acontecimientos acaecidos varios años antes del momento en el que su autor la escribía. Es el “no ha mucho tiempo” que precede a la crónica del estrambótico hidalgo Alonso Quijano que el narrador del Quijote se dispone a contarnos.

El recuerdo de esos acontecimientos estaba aún vivo en la memoria de última generación que los custodiaba. Pero nadie tenía la certeza de que perdurasen en la memoria de las siguientes. Era necesario que alguien diera cuenta de ellos por escrito, evitando que se hundiesen en el olvido, como tantos otros sucesos extraordinarios de los que nadie dejó constancia.

Grabado que representa a Cervantes escribiendo el Prólogo del “Quijote”

En Madame Bovary la ruptura de la normalidad charbovariana se inicia en cuanto Charles conoce a Emma Rouault y se casan. A partir de entonces comienza la historia que justifica el título de la novela, el desasosiego creciente de una mujer singular que se ahoga entre los muros de un pueblo normando y de su matrimonio con un hombre simple, que no se cuestiona la realidad inmediata en que vive, y a quien ella juzga vulgar, mediocre, débil y carente de ambición.

En esta parte, que abarca el grueso de la obra, la esposa expulsa al marido del primer plano para ocuparlo ella y sus borrascosas aventuras extramatrimoniales que la empujarán al suicidio. Al fin la heroína releva al antihéroe, tomando un rumbo radicalmente opuesto al de éste, es decir, no conformándose con el destino que le aguarda, soñando con escapar de su lugar de origen, deseando sentir más que pensar, no amoldándose a la realidad y luchando contra todo lo que se resiste a sus fantasías y caprichos de demoiselle. Y todo ello sin que le importe su reputación, su matrimonio, su familia y hasta el porvenir de su pequeña hija Berthe. Nunca se había visto algo semejante en Yonville.

Lástima que las aspiraciones de Emma se alimentasen del romanticismo acartonado de la época -el “corazón con escroto”, que decía el perspicaz Lichtenberg-, de su retórica vacua y autocomplaciente y de un sentimentalismo empalagoso como la tarta nupcial que se sirvió en su banquete de boda. Finalmente, la heroína inconformista sólo buscaba satisfacer sus ensoñaciones de segunda mano y saciar la sentimentalidad ególatra que se estilaba en la época (y me temo que en la nuestra), al amparo de la mentira y el autoengaño.

Placa en el cementerio de Ry dedicada a Delphine Delamare, uno de los modelos reales de Emma Bovary en los que se inspiró Flaubert

Con un ritmo narrativo angustiosamente lento como la agonía que precedió a la muerte de Emma tras ingerir el arsénico, el narrador se adentra en el relato pormenorizado de la desesperación que se va adueñando de la mujer al percatarse de que con su vulgar marido jamás descubrirá el amor ideal con el que soñaba desde su adolescencia y que aprendió en las novelas rosas. ¿Acaso ella se había casado para aburrirse con un hombre de conversación monótona, por la que desfilaban “las ideas de todo el mundo”, que madrugaba para asistir a los pacientes, que llegaba tarde a casa, fatigado y con pocas ganas de hablar, que cenaba de cualquier manera, sin pelar la manzana, y que luego se acostaba boca arriba, se dormía al instante y encima roncaba?

¿Dónde estaba el amor, aquel “gran pájaro de plumaje rosa” con el que ella había soñado, el que le habían prometido las novelas cortesanas? ¿Dónde el amante aventurero e intrépido, de verbo brillante, apuesto, calzado con botas altas, flexibles y relucientes, con el que intercambiaría intensos diálogos románticos, similares a los que mantenían los enamorados en las novelas?

Ya viudo de Emma -su segunda viudez-, Charles recuperará su protagonismo malgré lui en los tres últimos capítulos de la novela, que enlazan con los dos primeros. Al igual que entonces, el relato del narrador se vuelve vertiginoso. Si se observa la novela desde esta perspectiva, el matrimonio de Charles con Emma no habría sido más que el segundo acto de su biografía, en el que se difumina casi por completo el tibio protagonismo que ejerció en el primero.

[Vídeo de la película de Vincente Minnelli (1949) con la presentación de la adolescente Emma Bovary]

El tercero y último acto comprende el breve paréntesis que va desde el suicidio de Emma hasta su repentino fallecimiento en el cenador de su casa. Es un retorno a su primera viudez, antes de que se enamorase de Emma y se casara con ella. Sólo que en esta segunda viudez aparece como un hombre extenuado, una piltrafa, listo para morir en cualquier momento.

Pese al plano secundario al que es relegado Charles durante su matrimonio con Emma, el personaje está presente a lo largo de toda la novela. Por ello Flaubert podría haberla titulado con su nombre, en vez de con el de su esposa (aunque ésta lleve su apellido). De hecho, es su título alternativo, por no decir secreto.

Pero no habría sido pertinente encabezarla con el nombre de un personaje tan anodino, al que su novelesca mujer hace sombra incluso después de su trágica muerte. Porque no merece el rango de héroe de novela quien jamás se plantea la posibilidad de ser otro distinto del que es, de vivir otra vida diferente de la que vive; que se conforma con lo que tiene, que no aspira a salir de sus orígenes; que se amolda a todo: a su tierra, a su profesión y a su tiempo; que no lucha contra algo, que no se resiste a nada. Y que, para colmo, no lee más que la revista de su gremio profesional en lugar de novelas apasionantes.

Emma Bovary (interpretada por Jennifer Jones) en un fotograma de “Madame Bovary”, de Vincente Minnelli

A fin de cuentas, la historia de Charles no habría existido sin su matrimonio con Emma Rouault, como no existió, aunque el narrador-testigo se sienta obligado a desvelarla al lector, en su juventud de estudiante en Ruán, ni en los catorce meses de matrimonio con la señora Dubuc, en Tostes. Sin ella no habría sobrevivido al vendaval del tiempo y su vida se habría esfumado por el sumidero del olvido.

Su caso podría compararse al del campesino Sancho Panza. También él habría pasado sin pena ni gloria por este mundo de no haberse cruzado con Don Quijote. En este sentido, Emma Rouault, la lectora que quería imitar a las heroínas de las novelas románticas que devoraba, fue el Don Quijote de Charles Bovary y éste, su fiel escudero, sólo que la mujer, al contrario que el caballero por lo que respecta a Sancho Panza, lo rechazó en su papel de admirador incondicional. Pensaba que se merecía admiradores de categoría que supieran corresponder a sus ambiciones de dama novelesca.

Siguiendo el hilo de esta comparación, Flaubert, al empezar y concluir su novela con la vida de Charles es como si Cervantes hubiese iniciado el Quijote contándonos la vida insignificante de Sancho Panza antes de convertirse en el escudero de Don Quijote y luego el viaje aventurero que emprendieron ambos desde su aldea, para terminarla con la posteridad de Sancho tras la muerte de su amo, hasta su propio fallecimiento.

La muerte de Don Quijote

Ahora volvamos a la frase del primer capítulo de la novela, aquella en la que el narrador-testigo nos dice que en el internado de Ruán el colegial Charles Bovary acreditó un temperamento pacífico y “jugaba en los recreos, trabajaba en el Estudio, atendía en clase, dormía bien en el dormitorio, comía bien en el refectorio”. Esta frase, tan simple que parece redactada por un alumno de Primaria, no aporta información relevante sobre el muchacho. El narrador podría haberla simplificado señalando que, una vez integrado en el colegio, era un chico normal, igual que la mayoría de sus compañeros.

La única novedad que sigue a esa observación aparentemente superflua es que, a partir del tercer curso, los padres de Charles decidieron sacarlo del colegio para que estudiara medicina, convencidos de que se las arreglaría solo. Pero el estudiante suspendió las asignaturas, seducido por los placeres que ofrecía la ciudad, y volvió al pueblo con la cabeza gacha. No obstante, se preparó las materias por su cuenta, memorizando las preguntas, y aprobó con buena nota. Y al fin pudo ejercer el oficio en su primer destino, Tostes. ¡Adiós a Charbovary! ¡Bienvenido doctor Bovary!

Tampoco hasta aquí se aprecia nada fuera de lo común. Muchos estudiantes de pueblo que cursaron la carrera en la capital de provincia siguieron los pasos del joven Charles. En vez de acudir a clase, de esforzarse por aprobar, se entregaron a la juerga y suspendieron la carrera. Pero al poco tiempo se recuperaron estudiando por su cuenta, aunque sólo fuera para satisfacer a los padres, obtuvieron la titulación académica y se incorporaron a su primer trabajo.

Postal de una calle de Ruán en el siglo XIX

Entonces, ¿por qué el empeño de Flaubert en dejar constancia de la normalidad que la tradición literaria consideraba innecesaria en una novela? En este caso concreto, pretende comparar los respectivos “años de aprendizaje” de Charles y de Emma, para que apreciemos las diferencias que los separan, a pesar de las afinidades de orden circunstancial: los dos eran de un pueblo e hijos únicos de padres pertenecientes a la pequeña burguesía rural y estudiaron en un internado de Ruán.

Así, en el capítulo seis de la primera parte, después de algunas semanas de felicidad conyugal, al menos para Charles, que siguieron a la boda de ambos, Emma se pregunta un tanto perpleja si aquello era realmente el amor que había esperado. Entonces el narrador, en un intento de aclarar el motivo de esa extraña inquietud, retorna a su infancia y a la época del internado en el convento de las monjas ursulinas de Ruán, donde probablemente coincidiese con la estancia de Charles en el colegio de la capital normanda.

Casi desde niña se inició en la lectura de novelas. En el convento se sentía fascinada por el ritual católico, las leyendas sentimentales en torno a Jesús, la Virgen y los santos, la Pasión, la Cruz, el Sagrado Corazón herido por las flechas, el Esposo, el Amante celestial, las bodas eternas. Más tarde vinieron las novelas de amor que le pasaba la solterona de antigua familia de nobles arruinados que iba al convento ocho días al mes para trabajar la ropa blanca. Y Walter Scott, María Estuardo, Juana de Arco, Eloísa…

Retrato de Walter Scott, por Reaburn

Las monjas advirtieron que aquella jovencita era menos piadosa de lo que parecía. Cuando su padre la sacó del convento, no lamentaron su partida. Resulta que había amado a la Iglesia por sus flores, la música por la letra de las romanzas y la literatura por las excitaciones pasionales. No había sido una alumna normal (ni ejemplar), como lo fue Charles en el internado, ya saben el chico que jugaba en los recreos, trabajaba en el estudio, atendía en clase, etc. Apuntaba maneras.

La otra explicación por la que el narrador-Flaubert aclara con una frase simple que Charles Bovary se comportaba con absoluta normalidad en el colegio no es más que una conjetura: recordarnos que las anécdotas susceptibles de transmitirse por su rareza son infrecuentes en el mundo real y en la imaginación del novelista, y que la norma general es…la norma. Hasta que irrumpe una Emma Bovary que con su locura ególatra y destructiva lo trastorna todo.

La  experiencia nos demuestra que la vida de las personas transcurre en su mayor parte en un clima de normalidad. Las incidencias que la alteran son tan comunes e irrelevantes que pronto se disuelven en el olvido, sin dejar huella alguna. Hay que esperar a que pase bastante tiempo para que se detecte en ella algún suceso de cierta trascendencia.

Cartel de “Madame Bovary”, de Claude Chabrol

Al comenzar su novela refiriendo la vida de Charles por el principio, en vez de por su noviazgo y boda con Emma, como quizá habría hecho un novelista convencional, Flaubert aceptó el difícil desafío de narrar la insignificancia, con sus pequeñas miserias y sus satisfacciones efímeras, algo inconcebible en los autores de estilo romántico. Para éstos la clave del relato residía en un lance prodigioso, digno de ser narrado para la posteridad, y en la omnipresencia de un héroe de altos vuelos que deslumbraban a la lectora Emma Rouault.

Con ello nos hizo ver que los larguísimos periodos en los que no nos ocurre nada de particular o de suficiente relieve como para transmitirlo, son también descriptibles; que la provincia de la normalidad -la espuma de los días-, de apariencia banal, no tiene por qué excluirse de la ficción literaria, aunque en ella las personas se levanten por las mañanas para cumplir con los deberes profesionales, regresen tarde al hogar, cenen sin ceremonial alguno, se acuesten fatigadas y se duerman en el lecho conyugal o, si tardan en conciliar el sueño, piensen en el porvenir de sus hijos.

En el episodio en el que Charles, de vuelta a casa en mitad de la noche, se acuesta en la cama en la que yace Emma, aparentemente dormida, al mirar la cuna en la que descansa Berthe se imagina a la niña caminando hacia la escuela. Luego habría que mandarla interna a un colegio, para que recibiera una buena educación, lo que sin duda costaría mucho. ¿De dónde sacar el dinero para pagar el internado? ¡Qué bonita estaría a los quince años! Se parecería a su madre. La veía trabajando junto a ellos, a la luz de la lámpara. Se ocuparía de la casa, llenándola de gozo y alegría. Por último, pensarían en casarla con un muchacho de posición sólida. Pues bien, mientras Charles se deja arrullar por estas cavilaciones, Emma finge dormir, envuelta en una nube de ensoñaciones con su amante Rodolphe Boulanger. Hasta que la niña se ponía a toser y Charles roncaba más fuerte.

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Jennifer Jones en el papel de “Madame Bovary”, en la película de Minnelli

Pero a los héroes de las novelas que leía Emma no les ocurrían esas cosas tan corrientes ni lucubraban sobre asuntos pedestres. Ajenos a los compromisos familiares y profesionales, permanecían siempre jóvenes. El tiempo no hacía mella en sus cuerpos esbeltos y rostros aniñados. El frenesí de la aventura los mantenía en forma. Por ello, Emma, que se identificaba con sus amados héroes y heroínas, se ve a sí misma y a sus dos amantes bendecidos por la eterna juventud, no como su marido Charles Bovary, en quien pronto apreció una tendencia irresistible a engordar. Semejante detalle no podía escapar al esteticismo novelero de una mujer tan exigente. ¡Ay!, es que el tiempo sólo se ceba con las personas vulgares.

Si hasta Flaubert los novelistas se habían preocupado de inmortalizar las hazañas del héroe, él invirtió esta tendencia volcándose en el lenguaje para describir todo eso que escapa a la mirada de la mayoría por considerarlo insignificante, pero que encierra toda una gama de grises mucho más variada que los colores vistosos que luce lo interesante.

Son las vidas minúsculas que transcurren en los momentos minúsculos, las cosas pequeñas que nos rodean, mudas y casi imperceptibles, las sensaciones que intuimos en los márgenes de la conciencia y en los interludios de la acción, y que, al contrario que los sentimientos, no se dejan aprehender por las palabras trilladas y sonoras en las que éstos suelen expresarse para que se les preste atención.

Fotograma de la película “Madame Bovary”, con Charles Bovary y su esposa Emma

El propio Flaubert definió la gris normalidad en una carta a su amante Louise Colet, una mujer con acusados rasgos bovaristas, en la que le decía que ni las grandes desgracias forjan la desgracia, ni las grandes felicidades hacen la felicidad, sino

“el tejo fino e imperceptible de mil circunstancias banales, de mil detalles tenues, que componen toda una vida de paz radiante o de agitación infernal”.

Mediante la escritura charbovariana de la anti-novela de Charles Bovary -que es también la contra-novela de la pretenciosa Emma Bovary-, en la que sólo sucede la vida corriente, Flaubert no sólo salió airoso del desafío sino que forjó una manera innovadora de narrar que sus contemporáneos no estaban preparados para entender, pero que la posteridad encontró casi revolucionaria.

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Louise Colet con su hija Henriette

Quizá este experimento fuese una suerte de esbozo de aquel deseo que expresó en otra carta a Louise Colet, mientras escribía Madame Bovary en su retiro de Croisset, de componer

“un libro sobre nada, un libro sin apoyos exteriores, que se sostuviera solamente por la fuerza intrínseca del estilo, como la tierra se mantiene en el aire sin necesidad de sostén; un libro casi sin sujeto, o al menos cuyo sujeto fuera, si fuese posible, casi invisible”.

En el afán de Flaubert por sostener su prosa únicamente sobre el estilo, reduciendo a la mínima expresión la presencia del protagonista y despojándola del suceso inusitado en el que tradicionalmente se ha basado la ficción literaria, latía la novela del futuro que hoy seguimos leyendo con el mismo asombro que sus lectores contemporáneos.

Página manuscrita de “Madame Bovary”

Es la novela de Knut Hamsun, desnuda de incidentes y prolija en sensaciones, “sin bodas, sin excursiones campestres ni bailes en casa del director”; la novela “paralítica” de Proust, como la definió Ortega y Gasset; de gestos invertebrados vistos bajo la lupa de Kafka; de la vulgaridad cotidiana en el Ulises, de Joyce (el soliloquio de Molly Bloom en la cama, mientras a su lado duerme su marido Leopold Bloom, recuerda a la escena en la que Charles y Emma yacen en el lecho conyugal, separados por pensamientos dispares).

Es también la novela de la vida en minúscula (Alfred Polgar), tejida de impresiones fugaces y poblada por hombrecillos desvalidos e inseguros de sí mismos, siempre en busca de afecto (Emmanuel Bove), parecidos a los jóvenes contemplativos, auténticos ceros a la izquierda, de las obras de Robert Walser; la novela de la introspección ralentizada (Thomas Mann, Musil, Svevo y el propio Proust) y de la vida “infraordinaria” (Georges Perec).

Georges Perec

En las ficciones de estos autores rara vez hay asesinatos o suicidios. Y cuando a algún personaje le ocurre algo insólito, como a Gregor Samsa en el relato de Kafka La transformación o a Joseph K., en El proceso, el lector intuye que esas experiencias anormales se desarrollan en el ámbito del sueño, fuera de la realidad mundanal, por lo que jamás se publicarán en las páginas de sucesos de los periódicos.

En cambio, la aventura de los amores adúlteros de Emma Bovary y su trágico final pertenece a la novela del pasado, igual que en la época de Cervantes los libros de caballerías y las fantásticas aventuras de los caballeros andantes que leía el viejo hidalgo Alonso Quijano. Lo único excepcional es el relato del narrador-artista en el que, sin más recursos que el lenguaje, desmenuza la angustia interior de Emma, su lenta y secreta agonía en Yonville, la crónica desgarradora de su aburrimiento, de su lucha a muerte contra el costumbrismo encarnado por su marido.

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Portada de la primera edición de “La transformación”

Se trata de un ejercicio de introspección del que ella, rehén de una mentalidad impermeable a las influencias del mundo real, se mostraba incapaz, cegada por las pasiones que la consumían. Emma Bovary es todo subjetividad y voluntad irracional, en el sentido que Schopenhauer imprimió a este término, por la que el sujeto “se conoce a sí mismo sólo como volente, no como cognoscente”.

Cautiva en el estadio estético definido por Kierkegaard, la búsqueda constante del placer inmediato, de lo novedoso, bajo la férula de la imaginación solipsista y el cultivo exclusivo de lo sensitivo, termina por frustrarla al descubrir que el goce tampoco se libra de la repetición y del tedio. De ahí que sus estados emocionales oscilen entre el deseo y su satisfacción y el sufrimiento y el hastío. No hay realidad que calme esa voluntad siempre sedienta de algo y eternamente insatisfecha.

3 comentarios leave one →
  1. Pablo permalink
    marzo 7, 2018 10:52 pm

    Muy bueno, gracias.

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    marzo 10, 2018 2:28 pm

    MIentras leía tu artículo, Jaime, me daba la impresion de estar escuchándote en una conferecnia sobre “Madame Bovary”. A veces me daba la impresión de estar en una charla-fórum sobre la novela. Es como una disección de la misma, dejando al descubirto todos los entresijos. O como verla a modo de un caleidoscopio. En fin, una delicia. Gracias.

  3. marzo 11, 2018 6:26 pm

    Gracias, Ángel. “Madame Bovary” es inagotable.

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