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Una gorra, una tarta nupcial y un ataúd

febrero 20, 2018

La lectura y, sobre todo, la relectura de novelas, hace que olvidemos la primera vez que las leímos, cuando ignorábamos la historia que narran y no teníamos referencia alguna de sus personajes. Esa primera vez significó para nosotros un viaje hacia un mundo ignoto, en el que nos topábamos con personajes de los que no sabíamos nada y que el narrador nos iba presentando no siempre con el orden y el concierto que esperábamos.

Por ejemplo, al comienzo de la lectura del Quijote el célebre caballero andante no aparece por ninguna parte. Antes de encontrarnos con él, se nos presenta a un viejo hidalgo llamado Alonso Quijano, aunque ni siquiera el narrador está seguro de que ése sea su apellido: que si Quijada, que si Quesada o Quijana. El suspense prevalece a lo largo de la novela, puesto que sólo en el último capítulo es el propio personaje quien nada menos que en su lecho de muerte se identifica al fin con su nombre verdadero, por el que era conocido.

“Muerte de Don Quijote”, grabado de Gustave Doré

También en la primera lectura de Madame Bovary (1856) el lector tiene que sentirse desconcertado nada más comenzar. ¿Dónde está la señora Bovary, esa mujer truculenta de la que tanto le han hablado? Antes de conocerla, tropezará hasta con dos señoras Bovary que, excepto en el nombre, no guardan ningún parecido con ella…Y por si fuera poco, al principio se encontrará con un muchacho pazguato que lleva el apellido de la importante señora del título. ¿Será su padre?, ¿su abuelo?, ¿algún antepasado?

Para el lector novel la sorpresa empieza por el narrador, un hombre adulto del que jamás sabremos su nombre (el lector puede estar tentado de identificarlo con el propio Flaubert), que, parapetado en la primera persona del plural, recuerda un lejano episodio vivido por él en un internado escolar de Ruán. Es el momento en que el director entra en la sala de estudio, seguido de un alumno nuevo y del conserje cargando con un gran pupitre, y lo presenta al maestro que imparte la lección.

El chico comenzará en la clase de quinto, pero si se aplica y demuestra buena conducta, ascenderá a un nivel superior, el que le corresponde por su edad. Sin embargo, el director no tiene el detalle de revelar su nombre al maestro, ni a los que serán sus compañeros de aula. Por el momento es un alumno nuevo, nada más, y así es como el narrador se refiere a él: el nuevo.

Portada de la primera edición de “Madame Bovary” (1857), editada por Calman Levy en París

El arranque de la novela es original y atractivo por el movimiento -los tres personajes entrando por la puerta del estudio-, que le confiere un toque teatral a esa escena costumbrista, en la que irrumpe un individuo extraño, escoltado por otros dos ya conocidos. El narrador se detiene en su descripción. Aunque sea mayor que sus colegas y su estatura se ajusta a la edad, exhibe modales de novato.

El aspecto de pueblerino y su azoramiento le hacen sentirse fuera de lugar hasta dentro de la chaqueta entallada, del pantalón y de los zapatones de clavos y mal embetunados. Al reanudar los escolares el recitado de las lecciones, atiende con los oídos muy abiertos, como si escuchara un sermón en la iglesia. Cuando sonó la campana, el docente tuvo que indicarle que se incorporase con los colegiales en la fila.

Acto seguido, el anónimo narrador evoca una escena inolvidable, característica de Flaubert, y que, a pesar de su aparente simpleza, constituye una de las claves de la novela. Al entrar en clase los alumnos arrojaban las gorras al suelo, de tal modo que cayesen debajo del banco y chocaran con la pared. Ya habían acabado el rezo y el alumno nuevo seguía con la gorra sobre las rodillas, bien porque no se hubiese fijado en la maniobra o por no atreverse a imitarla. El narrador dice de ella que es

“una de esas pobres cosas cuya muda fealdad tiene profundidades de expresión como el rostro de un imbécil”.

Representación de la gorra de Charles Bovary a partir de la descripción de Flaubert

Cuando el profesor ordenó al alumno que se levantase, la gorra cayó al suelo. “Toda la clase se echó a reír”. Al inclinarse para recogerla, un compañero se la volvió a tirar de un codazo. Pero el chico la recogió de nuevo. “Deje en paz su gorra”, le dijo el maestro, un hombre de mal carácter. Los colegiales estallaron en una carcajada que desconcertó al muchacho. No sabía qué hacer con la dichosa gorra.

El ambiente estaba caldeado para la siguiente secuencia en la que el maestro le pregunta por su nombre -¡al fin!- y el escolar responde: Charbovary. El narrador dice que súbitamente se produjo un alboroto, con gritos agudos, de los que, sin embargo, no parece que él participase. Bastante tenía con observar aquel barullo de acosadores desatados y consentidos. “Aullaban, ladraban, repetían a coro: “¡Charbovary, Charbobary!”, añade entre paréntesis, hasta que fueron calmándose.

Ilustración de la época para “Madame Bovary”

El maestro zanjó la algarabía castigando a la clase con copiar quinientos versos y veinte veces el verbo ridiculum sum al alumno  nuevo. El relato del recuerdo termina con que Charles Bovary no descendió de nivel sino que pudo salir adelante, gracias a su esfuerzo -se esmeraba en buscar las palabras en el diccionario-, y las nociones básicas de latín que le enseñó el cura en su pueblo.

La descripción prolija que el narrador ofrece de la gorra, seguramente hecha en casa, es todo un reto para la imaginación del lector, que a lo sumo se hace una idea vaga de ella: una gorra nueva, con la visera reluciente y de “orden compuesto”, con tres rodetes circulares. Su intrincada confección ha desanimado a los pintores a la hora de reproducirla. Aunque Flaubert demostró que ese obstáculo podía vencerse con la palabra, es irrepresentable, como Dios. Y al igual que éste tiene sus ateos, a la gorra de Charles Bovary le surgió uno, por surrealista que parezca. Sí, André Breton, el padre del surrealismo, negó que existiera, como si se sostuviese únicamente sobre las palabras y frases que la describen.

André Breton

La idea de la gorra se la sugirió a Flaubert un dibujo de Gavarni que vio durante su viaje a Egipto, en un hotel de El Cairo perteneciente a un tal señor Bouvaret, un apellido parecido al de Charles. George Steiner ha comentado que la gorra en sí desempeña un papel fugaz e insignificante y que este pasaje no es más que

“uno de aquellos asaltos a la realidad visible con los que Flaubert trató de apresar la vida en las redes del lenguaje”.

En cambio, considera exagerada la tesis de los críticos que la perciben como un símbolo del carácter de Charles Bovary y hasta que prefigura su tragedia. Entre estos críticos destaca Mario Vargas Llosa, autor del ensayo La orgía perpetua que dedicó a la novela, para quien la gorra “humanizada” revela la personalidad de su dueño, “su estatuto social, su economía, sus costumbres, sus aspiraciones, su imaginación”, mejor que sus palabras y actos.

George Steiner

Algunos han visto en la gorra un indicio de la vulgaridad de Charles, de su débil personalidad y falta de gusto. Quizá deberían achacar esta última a quien la confeccionó (el narrador no dice que fuese su madre). La vulgaridad de Charles asociada a su gorra de colegial revive cuando Emma lo observa con una gorra puesta cerca de su admirado y futuro amante, el pasante de notario Léon Dupuis. En ese momento lo ve estúpido, como también en la clase debieron verlo sus compañeros y el maestro.

Probablemente la gorra carecería de la relevancia que le atribuyen los críticos si no fuese por la aparición en otros capítulos de la novela de dos objetos que tienen un significativo rasgo común con ella. Son la tarta de la boda de Charles con Emma Rouault y el ataúd en el que fue sepultada ésta.

El rasgo común de estos tres objetos tan dispares es su triple composición. La gorra tiene tres rodetes circulares, la tarta nupcial tres pisos, el último coronado con una figurilla de Cupido balanceándose en un columpio de chocolate, y el ostentoso ataúd de Emma, elegido por Charles para extrañeza de sus allegados, consta de tres cajas, una de roble, otra de caoba y la tercera de plomo.

Emma Bovary (Isabelle Huppert) con su amante Léon Dupuis (Lucas Belvaux) en la versión cinematográfica de “Madame Bovary” que dirigió Claude Chabrol (1991)

Otra peculiaridad es su extravagancia. Desentonan en medio de los numerosos objetos estereotipados que pueblan la novela y que, precisamente por ello, llevan el sello de la imitación reproductora. En cambio, estos tres objetos tan heterogéneos se distinguen de sus semejantes en que, al haber sido manufacturados atendiendo a los gustos de sus futuros propietarios, por dudosos o estrambóticos que nos parezcan, se alejan del esquema reproductivo e impersonal propio de los objetos que se fabrican en serie. Son originales a su manera, si bien dentro de los límites establecidos por el modelo básico en el que se inspiran.

Los tres se corresponden con los acontecimientos más trascendentales ocurridos en la vida de Charles. La estrafalaria gorra simboliza su infancia, anodina si se la observa aisladamente, pero singular comparada con la de sus burlones compañeros del internado, hijos de padres pudientes, al contrario que Charles. Además, está ligada a los dos escenarios en los que transcurre, la familia y el internado de Ruán, que le permitió salir de casa -era hijo único de un matrimonio mal avenido- y trasladarse a una ciudad, donde estudiará para oficial de sanidad, estimulado por su madre.

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Fotograma de la película “Madame Bovary”, de Vincente Minnelli (1949), con la escena de la boda de Charles y Emma Bovary en Tostes

Así como el agua bautismal que el oficiante vierte sobre la cabeza del niño introduce en la Cristiandad al recién nacido, la gorra que Charles luce en la cabeza representa la señal no elegida por él de su iniciación en la vida mundana y la salida del ambiente protector de la familia y de la tutela materna.

Fabricada por un pastelero de Yvetot, la tarta de su boda en Tostes, convencional, aparatosa y cursi como todas las tartas nupciales, y un tanto inoportuna en un banquete de campesinos, simboliza su matrimonio con Emma Rouault, la mujer que deseó y admiró por su belleza, sus refinamientos extravagantes en un pueblo, sus gustos exquisitos y la idea empalagosa y manida que tenía del amor. Esa tarta de arquitectura compleja y decorada con motivos dulzones presagia la fragilidad del matrimonio Bovary y su desmoronamiento.

 

Cartel de la versión de para el cine de “Madame Bovary” que dirigió Jean Renoir en 1933

Aunque con la elección del caro ataúd de su esposa, Charles quiso rendir un homenaje a la mujer sofisticada y derrochadora, su triple estructura representa la rápida disolución de la familia Bovary y el olvido absoluto al que se precipitó tras la muerte de los esposos, puesto que la hija del matrimonio, la pequeña Berthe, que fue a parar a casa de unos parientes lejanos, acabará de obrera en una fábrica de algodón, un mundo en las antípodas del que conoció hasta su orfandad.

El plomo de la tercera caja que asegura la duración del ataúd en el que yacen los restos mortales de Emma, frente a la inconsistencia de la caoba y el roble de las otras dos, no podrá evitar la corrosión del cadáver. Del mismo modo, Charles tampoco podrá evitar que, para su desesperación, el recuerdo de la difunta se debilite en su memoria paulatinamente, pese a su propósito de preservarlo.

En Madame Bovary el número tres encarna lo singular y extraordinario en un medio dominado, más aún, tiranizado, por lo vulgar y ordinario, como lo es la sociedad de Yonville, el pueblo normando en el que, después de un año de estancia en el vecino Tostes, se instalaron los Bovary, y donde Charles ejercerá de oficial de sanidad hasta su muerte repentina en el cenador de su casa.

“La muerte de madame Bovary”, de Albert-Auguste Fourie

Es también la cifra que rompe la cadena de duplicidades, paralelismos y antagonismos duales que menudean en la novela y que en alguna ocasión pueden resultar irritantes para el lector, por forzados. Buen ejemplo de ello es la escena del velatorio de Emma, en la que el cura de Yonville, Bournisien, rocía la habitación con agua bendita al mismo tiempo que el boticario Homais, volteriano y anticlerical, vierte en el suelo un poco de cloro.

Como se deduce del recuerdo evocado por el narrador anónimo en las primeras páginas de la novela (que, por cierto, consta de tres partes), la acción propiamente dicha de ésta arranca con la entrada por la puerta de la clase de tres personajes: el director, seguido de Charles Bovary, el verdadero protagonista de Madame Bovary -aunque no lo parezca-, y del conserje portando el pupitre.

Y también con la mención de tres personajes concluirá la historia, cuando el narrador aclara que desde la muerte de Charles se sucedieron en Yonville tres médicos que no lograron consolidarse en su puesto, para regocijo del boticario Homais, quien se benefició de la incompetencia de los galenos sin necesidad de recurrir a tretas aviesas, como la que urdió contra el ingenuo Charles con motivo de la desastrosa operación del pie zopo a la que sometió al pobre Hyppolitte y que lo dejó sin pierna.

Gustave Flaubert (1821-1880)

El número tres reaparece en los tres matrimonios fallidos que persiguieron a Charles a lo largo de su vida: en primer lugar, el de sus padres, en el que la esposa desempeñó el papel de sufridora de un marido fanfarrón, bebedor, mujeriego y poco amigo del trabajo -en el pasado ejerció de antiguo ayudante de capitán médico-, y del que se enamoró por su tipo, al contrario que él, que se casó con ella por su fortuna de hija de tendero. No era extraño que el hombre se entendiera con Emma: ambos adolecían de la misma inmadurez egoísta y de una irresponsabilidad análoga ante la realidad.

Los otros dos matrimonios fallidos retratados en la novela son los que contrajo Charles, primero con Héloïse Dubuc, que duró catorce meses, y luego con Emma Rouault. Nada más terminar sus estudios, la madre de Charles se las arregló para que se colocara de médico en Tostes. El siguiente paso era casarlo. Así que le buscó una viuda de 45 años, con una renta apetecible, siguiendo el mismo criterio al que se acogió su marido Charles-Denis-Bartholomée para casarse con ella. Aunque “fea, seca como un escajo seco y con más botones en la cara que una primavera”, Charles la aceptó pensando que el matrimonio le depararía una vida mejor, que estaría más libre y podría disponer de su persona y de su dinero.

Pero Héloïse Dubuc asumió el mando, vigilaba sus pasos, le abría las cartas y cuando atendía a mujeres en su consulta, escuchaba a través del tabique. La mujer se quejaba de los nervios, del pecho, de los humores. Le decía que la estaba olvidando, que amaba a otra.

Cartel anunciador de la versión cinematográfica argentina de “Madame Bovary” (1947)

Se sintió celosa cuando Charles empezó a frecuentar la casa del padre de Emma tras curarle la pierna rota, atraído por los encantos de su hija. Al cabo del tiempo, se descubrió que la señora Dubuc no tenía la fortuna que dijo tener. Había mentido. Los padres de él montaron en cólera. El aluvión de disgustos precipitó la muerte de la mujer.

En su matrimonio con Emma Rouault, en el que por fin él eligió a la novia, cambiaron las tornas y fue ésta la que menospreció a Charles, al que encontraba vulgar y desprovisto de los atributos que buscaba en su modelo de hombre ideal, con la diferencia de que le fue infiel, además de arruinarlo, y Charles nunca engañó a la señora Dubuc; el engañado por ésta fue él y su familia.

Con la historia de estos tres matrimonios malogrados, Flaubert mostró la desesperante incompatibilidad a la que están abocadas tantas parejas, en las que unas veces a uno de los amantes le toca desempeñar el ingrato papel de amar y no ser correspondido, y en otras es él quien no corresponde al amor que le profesa el otro. El destino hizo que Charles Bovary representara ambos papeles en sus dos matrimonios.

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Cartel de la versión de “Madame Bovary” que en 1949 dirigió Vincente Minnelli

Las tres señoras Bovary de la novela desempeñan papeles diferentes en sus respectivos matrimonios. La madre de Charles (primera señora Bovary) fue engañada por su marido, Charles-Denis-Bartholomée Bovary; la primera esposa de Charles Bovary, Héloïse Dubuc (segunda señora Bovary), temía ser engañada por éste, aunque finalmente fuese ella la que lo engañó al hacerle creer que era rica. Su segunda esposa (y tercera señora Bovary), Emma Rouault, no sólo lo engañó con dos amantes sino que lo arruinó. Pese a todo, él siguió queriéndola.

Tres fueron los hombres de los que se enamoró Emma: su marido Charles, a quien dejó de amar enseguida, defraudada por su vulgaridad; su primer amante, el vividor y mujeriego Rodolphe Boulanger, quien se desentendió de la mujer en cuanto la vio demasiado apasionada con él, y un poco más tarde su sucesor, el tímido joven aspirante a notario, Léon Dupuis, que la abandonó en el momento en que dejó de interesarle. De estos tres hombres, el tercero que se distinguió de los otros dos fue Charles. No era como ellos, falsos, aprovechados, parlanchines y cobardes, ni amaron a Emma con la sinceridad y el mutismo de él.

 

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