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La fascinación de Kafka por la historia del pobre músico vienés

febrero 6, 2018

Un año después de que se conocieran en Praga, en agosto de 1912, la relación entre Franz Kafka y Felice Bauer permanecía encallada no sólo por la distancia geográfica que los separaba -ella residía en Berlín y él en Praga, cada uno con sus familias y atados a sus respectivos trabajos-, sino por la forma dispar con que vislumbraban su futuro en común. Kafka no había logrado persuadirla de que la escritura y la soledad eran para él una cuestión de supervivencia y ella no estaba dispuesta a renunciar a un matrimonio convencional.

Sin embargo, ninguno de los dos se atrevía a romper ese noviazgo todavía no formalizado (“sin ella no puedo vivir, y con ella tampoco”, se decía constantemente Franz). Aunque se comunicaban por carta, con periodos de hasta dos diarias, se habían encariñado. Él se sentía más cómodo que Felice con la extenuante correspondencia epistolar, por lo que a menudo se quejaba de su mutismo, que consideraba un castigo.

Fotografía del compromiso de Felice Bauer y Franz Kafka

Las pausas de silencio, ocasionalmente achacables a Correos, se le hacían insufribles. Desde aquel 13 de agosto de 1912 se habían visto únicamente un par de veces, la primera, nueve meses después, el 23 de marzo de 1913, cuando él viajó a Berlín y ella acudió tarde a la cita, ofuscada por las dudas de Franz ante el viaje, y apenas tuvieron tiempo para hablar, y luego en mayo, para presentarse ante la familia Bauer.

En junio de ese año Felice aceptó la propuesta de matrimonio de Franz, quien aprovechó la fecha de su treinta aniversario, el 3 julio, para notificárselo a su madre. En la carta que le escribe ese día le pregunta si no es un ser extraño para ella, si no siente temor ante

“un hombre que, precisamente por el hecho de que tiene miedo de todo, se hace, por eso mismo, más digno de temer”.

En los meses siguientes le insiste en la idea de que la literatura es su vida y no una mera inclinación que pueda extirparse en el futuro. Si se casan, tendrá que pasar mucho tiempo sola mientras él, al que le repele hablar, se dedica a escribir. Que no espere encontrarse con un marido ideal.

Estatua de Kafka en Praga, su ciudad natal

Ante esta perspectiva desalentadora, Felice adopta una decisión un tanto arriesgada: elige a una amiga suya como intermediaria para intentar salvar la relación. A finales de octubre Kafka conoció en Praga a la elegida, Margarethe Bloch (Berlín, 1892- KZ Auschwitz, 1944). Le había reservado una habitación en el hotel Schwarzes Roß. En lugar de una “señorita ya mayor, con aire maternal”, alta y robusta, se encontró con una muchacha de 21 años, dulce y “algo singular”. Diplomada en la Escuela de Comercio de Berlín, Grete, que era cinco años menor que Felice, trabajó como estenotipista en Frankfurt y Viena entre 1908 y 1915. Luego ejerció de secretaria y más tarde de secretaria ejecutiva en una empresa berlinesa que fabricaba máquinas de oficina.

Felice y ella se conocieron cinco meses atrás, en la exposición industrial celebrada en Frankfurt, donde se presentaba el material más avanzado para oficinas. Felice trabajaba de secretaria ejecutiva en la firma Carl Lindström, especializada en parlógrafos. Por cierto, Kafka sufrió lo más parecido a un ataque de celos a cuento de esa feria, al imaginar a su novia rodeada de representantes de todas las firmas comerciales,

“jóvenes brillantes, bien vestidos, fuertes, sanos, alegres, es decir, jóvenes ante los cuales, si se me colocara a su lado para compararme con ellos, no tendría otro remedio que pegarme una puñalada”.

Grete Bloch

Las dos eran hijas de familias judías de clase media, emprendedoras y seguras de sí mismas. Kafka admiraba a esta clase de muchachas resueltas, todo lo contrario de las mujeres de la generación de su madre, por regla general demasiado dependientes de sus maridos. Desde el principio se entendió mejor con Grete que con su novia. Le gustaba de ella el sentido de la vivacidad, la sensatez y la alegría propia de una “criatura sana y natural”.

Enseguida empezaron a intercambiarse cartas con asombrosa regularidad -unas veinte por mes-, en las que el asunto de la mediación pasó a un segundo plano. Franz se interesaba por la vida un tanto desordenada que Grete llevaba en Viena, despertando en él la vena de protector que le gustaba cultivar con su hermana pequeña, Ottla. Parecía que la novia era ella y no Felice.

Franz Kafka junto a su hermana Ottla

La correspondencia se interrumpió tras la ruptura del compromiso oficial, el 12 de julio de 1914, entre Felice y Franz, en el hotel Askanischer Hof de Berlín. En la cita estuvieron presentes Grete Bloch, que actuó en defensa de su amiga, el novelista y médico Ernst Weiss, amigo de Franz y “enemigo” declarado de la novia, y una hermana de Felice, Erna. Apenas había transcurrido un mes y medio desde que ese compromiso se formalizase en casa de la familia Bauer, con el ceremonial propio de la época. Entonces Kafka se sintió “atado como un criminal”, según consta en el Diario.

El encuentro en el Askanischer Hof resultó violento para todos. Grete le mostró a Felice los pasajes de algunas de las cartas de Kafka más comprometedores, seguramente para quitarse de encima el sentimiento de culpa por la sensación de haberle usurpado su rango de novia oficial, al dejarse querer por Kafka, quien realmente le cobró afecto y jamás le reprochó su papel de acusadora. Unos días después éste consignó en el Diario: “El tribunal en el hotel”. El 29 escribe un boceto de relato que presagia el argumento de  El proceso. El día anterior el emperador Francisco José había declarado la guerra a Serbia, que marcó el inicio de la Primera Guerra Mundial.

Foto del Hotel Askanischer Hof antes de la Segunda Guerra Mundial. Archiv Klaus Wagenbach

Pese a su juventud, Grete Bloch viajaba bastante por motivos laborales, sobre todo a Berlín, Budapest y Viena. Trabajaba mucho, cobrando un sueldo elevado, que a Franz le pareció poco común en una persona de su edad. Durante una de sus largas estancias en Viena, en febrero de 1914, Kafka le confiesa por carta que no guarda un buen recuerdo de su última visita a la capital del entonces agonizante Imperio Austrohúngaro.

Cuando estuvo en septiembre del año anterior para asistir al II Congreso Internacional sobre Socorrismo y Prevención de Accidentes y al XI Congreso Sionista, que se celebraba simultáneamente (y que era el que le interesaba), se alojó en el hotel Matschakerhof. Era el mismo en el que el dramaturgo y poeta vienés Franz Grillparzer (1791-1872) “tomó un almuerzo sencillo pero bueno”, según le contó a Felice Bauer en una tarjeta postal, citando la biografía del escritor publicada por Heinrich Laube en 1884, que recibió la tarde anterior. Aquella noche había sufrido un “insomnio implacable”.

En unas anotaciones personales fechadas en Viena el día 6 de septiembre de 1913, volvía al asunto de su noviazgo con Felice: “Imposible llevar la única vida posible, a saber: vivir juntos, cada cual libre, cada cual para sí, no estar ni externa y realmente casados, simplemente estar juntos”. También Grillparzer, cuya biografía estaba leyendo, hizo exactamente eso en la relación con su eterna novia, Katharina Fröhlich: hacer posible lo que a él se le antojaba imposible.

Katharina Fröhlich

Casi un año después de aquel viaje desagradable a Viena, “ese gigante urbano moribundo”, le dice a Grete Bloch que si tuviera que volver a la ciudad, lo único que visitaría con gusto sería la habitación de Grillparzer en la Casa Consistorial, que no pudo ver entonces porque se enteró demasiado tarde de su existencia. También quiere saber si ha leído el relato largo de éste El pobre músico (“Der arme Spielmann”). “El que en Viena se pueda sufrir a base de bien es cosa que Grillparzer demostró cumplidamente”, añade.

Así pues, Kafka asociaba Viena a los sufrimientos diurnos y nocturnos que padeció en la visita de septiembre de 1913, pero también a lo único en lo que halló un consuelo: la lectura de la biografía de Grillparzer, en la que supo de las tribulaciones del escritor y de su relación conflictiva con Katharina Fröhlich. Se parecía demasiado a la suya con Felice.

Exactamente al mes siguiente de la carta a Grete Bloch en la que le mencionó a Grillparzer y le preguntó si había leído El pobre músico, le vuelve a preguntar si conoce la obra, y también si no se lo ha preguntado ya una vez. Grete debió de expresarle su discrepancia acerca del juicio negativo que le merecía Viena porque en la misma carta Franz le comenta si es un error lo que le ha dicho de la capital. “Viena parece tenerla a usted firmemente agarrada, y eso que aún desconoce sus bellezas”. No se olvida de pedirle que visite la habitación de Grillparzer en el museo municipal.

Franz Grillparzer

Sin embargo, en esta ocasión le sugiere que quizá no tenga mucho sentido visitarla sin haber leído El pobre músico, “y después su autobiografía, y después quizá sus diarios de viaje a Alemania, Francia e Inglaterra”. Luego sí le gustaría que la visitara y que le escribiera sobre ello. Más aún, le suplica que, antes de abandonar Viena, se pase por la habitación de Grillparzer. “Acto seguido, márchese cuanto antes”. Él quería que se trasladase a Berlín. Además de estar cerca de los suyos, los jefes de la empresa la tratarían dignamente, no como en Viena.

En otra carta del 7 de abril vuelve a la carga: ¿piensa visitar la habitación de Grillparzer “por usted y por mí”? A modo de anzuelo, le anuncia el envío de El pobre músico, “como guía a través de la habitación”. Probablemente si él fuera vienés tampoco le sería posible visitar jamás la habitación de Grillparzer.

Por la carta que remite el día 15 se deduce que Grete ya ha leído el relato (“Es bonito, ¿verdad?”), aunque no parece que haya visitado la habitación. Luego le confiesa que una vez se lo leyó a su hermana la menor, o sea, Ottla, la más pequeña de las tres que tenía -él era el primogénito-, “como jamás en su vida había leído otra cosa”.

“Me sentía tan henchido de aquel texto que no quedaba lugar para error alguno de entonación, de respiración, de sonoridad, de simpatía, de comprensión, las palabras me salían con una naturalidad no humana, cada una de ellas me hacía feliz al pronunciarlas”. Es algo que no se volvería a repetir jamás. Nunca se atrevería a leer de nuevo ese texto en voz alta.

Grete Bloch

Ante el pronto retorno de Grete a Berlín, Kafka le recuerda en una carta del 26 de abril que no se despida de Viena sin visitar la habitación de Grillparzer. Esta vez la muchacha cumplió el ruego del amigo porque en otra misiva del 12 de mayo Kafka le agradece que le haya enviado una foto de la habitación.

Era como si Grete hubiera querido demostrarle que, a pesar del retraso y de los reiterados ruegos de él, había cumplido, y ahí estaba la prueba documental de la visita. Aun así, Kafka le plantea una duda tremenda: ¿la foto era de la auténtica habitación o de la sala del Consistorio? No importaba. De todos modos es una hermosa estancia, “en la que se podría vivir bien y dormir bien, en el crepúsculo, sentado en un sillón”.

Todavía había una cuestión crucial que le intrigaba y que por nada del mundo deseaba que quedase sin respuesta. Había conseguido de Grete que leyera el relato de Grillparzer y que visitara la habitación en el Consistorio de Viena, como lo probaba la fotografía que le envió.

Franz Grillparzer, alrededor de 1865.

Pero faltaba por averiguar lo principal del asunto: ¿había tenido “el deseo espontáneo” de ver la habitación después de leer El pobre músico? A continuación le dedica unas palabras al propio Grillparzer:

“Era un hombre terrible (…) Si nuestra desdicha se desprendiera de nosotros y se pusiera a andar libremente por ahí, tendría por fuerza que parecérsele a él, aquel hombre era una desdicha viviente y tangible”.

¿Por qué Kafka tenía tanto interés en que Grete visitara la habitación de Grillparzer y que leyese su relato? Es posible que, aprovechando la estancia de la joven en Viena, pensara que sería una forma idónea de iniciarla en el papel de intermediaria en su problemático noviazgo con Felice. Quizá confiaba en que, tras leer la historia del pobre músico, no tardaría en asociarla con la causa por la que él se mostraba tan vacilante en la relación con Felice.

Felice Bauer (1887-1960)

Los libros y autores de cabecera de Kafka eran aquellos en los que veía reflejadas sus preocupaciones más íntimas, de las que no hablaba con nadie. En cierto modo esos libros lo explicaban a él, por lo que cuando deseaba que fueran leídos por una persona determinada esperaba que lo explicasen mejor de como lo habría hecho él personalmente en el caso de haberlo intentado.

Con Felice fue más lejos, al enviarle sus relatos publicados, La condena y El fogonero. Confiaba en que le entendería antes si los leía que si se franqueaba con ella de viva voz. Kafka apenas concedía valor a la palabra hablada en tanto que instrumento para abordar los asuntos que más le preocupaban. Para éstos prefería la escritura, en la que se sentía como pez en el agua. De ahí la importancia de las cartas en sus relaciones amorosas, que consideraba una prolongación del Diario que llevaba desde 1910, una nueva vía para continuar sometiéndose a un examen constante y tan implacable como sus insomnios.

Franz Grillparzer publicó El pobre músico en 1848. Sólo escribió dos historias de estas características. Su obra principal es poética y teatral. El autor proyectó sus obsesiones en esta pequeña joya de la literatura en lengua alemana. En primer lugar, la relación difícil con el padre, un abogado con pretensiones de quien Grillparzer dijo que fue un “hombre frío y cerrado”, por el que no se sintió querido, y el desamparo familiar, ya que tras la muerte del padre, la familia se arruinó por completo y la madre se suicidó, después de una lenta depresión.

Portada de una edición de 1917 del relato “La condena”, en la editorial de Kurt Wolff

A la amargura que le causaba el trabajo engorroso en la administración estatal -un obstáculo para su actividad literaria-, se sumaba la relación jalonada de rupturas y reconciliaciones con la que fue su amante durante casi medio siglo, Katharina Fröhlich. Pero, por encima de todo, destacaba su entrega a la creación poética, pese a las incomprensiones y fracasos. Como escritor se consideraba “alguien que camina vivo detrás de mi propio cadáver” (el también vienés Stefan Zweig reprodujo esta cita en sus memorias El mundo de ayer para referirse a sí mismo en el exilio brasileño). No obstante, cosechó éxitos notorios y murió envuelto en una aureola de reconocimiento.

Prueba de ello es que, como recuerda el historiador William Johnson en El genio austrohúngaro, el día de su entierro, en enero de 1872, la sociedad vienesa se volcase en una furiosa competición por ver quién colocaba más coronas en el féretro, en un intento de compensar los años que el poeta y dramaturgo había pasado sumido en el olvido más absoluto.

Stefan Zweig

Al parecer los vieneses eran así: preferían erigir una estatua al genio cuando yacía bajo tierra a transmitirle su admiración mientras estaba vivo “y aún podía acosarles con sus teorías e ideas”. Una reacción que ya observó Madame de Staël durante su visita en 1808 a Viena,

“la más cosmopolita y la más provinciana de las capitales”, en la que encontró pocos hombres verdaderamente distinguidos porque “cuando alguien lo es no se le envidia, sino que se le olvida, lo que es aún más destructivo”.

Al igual que el propio Grillparzer y el pobre músico que protagoniza su relato, Kafka mantenía una relación difícil con su padre, al que juzgaba autoritario y distante. Sin embargo, precisamente en una carta a Grete Bloch le dijo que, por lo general, los padres “se portan para con sus hijos de un modo más justo que viceversa”. Pensaba que el número de padres incomprendidos, “o que al menos son objeto de una incomprensión más duradera”, es mayor que el de hijos incomprendidos.

Madame de Staël retratada por François Gérard hacia 1810

La escritura significaba para él un territorio relativamente libre del subyugante mundo paterno, que sin embargo sublimó en sus relatos y novelas al transformarlo en materia viva de la que se nutrían sus fantasías literarias. Mientras escribía, dejaba de ser el hombre pusilánime, inseguro y extraviado en el laberinto de la vida. Sólo se sentía él mismo ante la mesa de su escritorio. También para Grillparzer y su pobre músico, el arte y el impulso creador eran el único alimento que los mantenía vivos en un ambiente hostil a la poesía y determinado por el utilitarismo mezquino.

Como el escritor vienés, Kafka vivió entregado a su vocación literaria mientras se debatía contra la función de asesor jurídico que desempeñó con impecable profesionalidad en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo hasta su jubilación por enfermedad, y nunca se casó. A Felice le comentó que Grillparzer figuraba, junto a Dostoyevski, Flaubert y Kleist, entre sus escritores favoritos, subrayando que de los cuatro, el ruso fue el único que optó por el matrimonio.

En una entrada del Diario fechada el 27 de agosto de 1916 matizó este juicio. Debería abandonar  el “insensato error” de compararse con Flaubert, Kierkegaard o Grillparzer. Aunque la comparación con este último quizá fuese la idónea, no le parecía que fuese un modelo digno de ser imitado.

“Es un ejemplo desdichado a quien las generaciones futuras agradecerán que haya sufrido por ellas”.

Heinrich von Kleist (1777-1811)

La única querencia de Grillparzer con la que Kafka no se identificaba era la debilidad por Viena y su rica tradición musical. El autor de El pobre músico confesó que “no era alemán sino austríaco y, sobre todo, vienés”. En cuanto a la música, Kafka la percibía como una especie de muralla que se alzaba entre él y su capacidad de observación, impidiéndole concentrarse en la escritura. Nada le daba más miedo que una casa en la que sonase alguna música.

Entre la lista de deseos sacrificados en el altar de la escritura que anotó en el Diario -los goces del sexo, del comer, del beber y de la reflexión filosófica-, destacó la afición musical. Como para Ulises los cantos de las sirenas, para Kafka la música representaba un obstáculo que amenazaba con apartarlo del mundo real, el que tenía ante los ojos, así como de la escritura.

Gustave Flaubert

La historia del pobre músico de Grillparzer comienza con una caída, una culpa originaria, que desencadena en la vida del personaje una secuencia de desgracias amortiguadas por su amor a la música, nacido a su vez de otro amor, primero, único y eterno, el que profesó a la joven Barbara, de una extracción social muy distinta de la suya.

Narrada en primera persona por un hombre culto y entendido en la técnica musical, arranca en el momento en que, tras una descripción detallada del ambiente a las afueras de Viena en una tarde festiva de julio, se cruza casualmente con un músico llamado Jakob, que tocaba el violín en una calle de las afueras de la ciudad. El hombre tiene cerca de setenta años, es calvo, bajo de estatura, de piernas cortas y manos finas y viste un gabán raído pero limpio.

Lo primero que le llamó la atención al narrador fue el contraste entre el entusiasmo y el celo artístico con el que tocaba el violín y la torpeza de su interpretación -una sucesión de notas sin compás ni melodía-, pese a tener delante un atril con unas partituras sucias y manoseadas, al contrario que los otros músicos.

“El violinista verde”, de Marc Chagall

El gentío que pasaba ante él se burlaba de su manera de tocar el viejo y rayado violín y nadie arrojaba monedas en el sombrero. También le llamó la atención que de repente dejase de tocar y abandonara el lugar, pronunciando una frase latina de Horacio con un acento correcto, propio de una persona formada.

Después de perderlo de vista, el narrador vuelve a su casa. Pero en el camino se reencuentra con Jakob en otra calle. Ahora las gentes que pasaban por allí le pedían que tocara un vals. Como hacía oídos sordos a la petición, prefirieron agruparse en torno a un organillero.

Justamente cuando empezaba a anochecer y el ambiente festivo se caldeaba, Jakob se marchó a su humilde casa, junto a una buhardilla, que compartía con otros dos compañeros de oficio. El viejo le explica al narrador que nunca ha sido un trasnochador, que le gusta el orden y, puesto que dedica el día a la gente bulliciosa que le da algunas monedas para una comida templada, se reserva la noche consagrándola a su pobre arte.

Edición antigua de “El pobre músico”

Esta revelación sorprendió al narrador, perplejo ante la seriedad con la que se tomaba su oficio y su evidente incapacidad para interpretar un simple vals. Aun así, intuía que le había desvelado una especie de secreto. Luego le dice que le gustaría visitarle en su casa para compartir sus ejercicios solitarios con el violín. “Usted sabe que la oración debe hacerse en privado”, le responde Jakob. Mejor que vaya a verlo por la mañana, aunque para él ésta se rige también por un reglamento.

Dado que su memoria no es fuerte y las composiciones de algunos músicos son complejas, necesita transcribir las partituras a limpio en un cuaderno que lleva consigo. Es a esta tarea a la que dedica las mañanas. Él se niega a tocar  algunas canciones callejeras aprendidas de memoria, valses alemanes o canciones groseras.

Entonces el narrador apreció “con horror” una letra cuidada pero rígida, composiciones muy difíciles de viejos maestros conocidos, “totalmente negras de secuencias y de acordes dobles”. Cuando él tocaba esas piezas magistrales mostraba su admiración por aquellos compositores ya muertos.

Niccolò Paganini

Convencido de que Jakob es un “tipo raro” y que había recibido una educación esmerada, el narrador siente curiosidad por su pasado. ¿Cómo había llegado a convertirse en un músico callejero? Cumpliendo su promesa, una mañana se presentó en su casa. El músico estaba ensayando feliz con el violín. Al narrador aquello le pareció “un concierto infernal”, en el que todo eran desarmonías.

Al fin creía haber descubierto el hilo del laberinto, al mismo tiempo que “el método en la locura”. Para sacarlo de su embelesamiento, dejó caer intencionadamente el sombrero. Quiere que le cuente su historia. “¿Historia? -le replica Jakob- No tengo ninguna historia”. Hoy es como ayer y mañana como hoy y pasado mañana y así sucesivamente. El narrador insiste: ¿cuál fue su anterior destino? Jakob se dispuso a hablar.

Hijo del consejero imperial y hermano de otros dos varones, ya difuntos, que llegaron lejos como funcionarios del Estado, el padre era ambicioso y enérgico como ellos. En cambio, él tenía una cabeza lenta. Habría podido aprender cosas, siempre que fuese con tiempo y orden. Mientras sus hermanos aprendían enseguida, él no podía dejar nada atrás. Con una sola palabra que le faltase, tenía que volver al principio. Se sentía atosigado. Le disgustaba que lo nuevo ocupase el sitio que lo viejo no había abandonado todavía. Por eso comenzó a mostrarse terco.

Franz Grillparzer

De esta manera le hicieron aborrecer la música que ahora era la alegría y el báculo de su vida. Cuando por la noche tocaba el violín sin partitura, se lo quitaban de las manos para que no les martirizara los oídos. En aquella época aborrecía el instrumento. Su padre no dejaba de reñirle, amenazándole con hacerle aprender un oficio, una idea que a él le agradaba.

El examen público en la escuela fue un fiasco. Los profesores fracasaron en sus intentos por facilitarle las respuestas a las preguntas. El padre, que asistió a la prueba, avergonzado de la torpeza de su hijo, lo rechazó cuando éste fue a besarle la mano. Incluso lo insultó: “Ce gueux [mendigo]”. “Los padres tienen ideas proféticas cuando hablan”, le dice al narrador, aunque el suyo era “un hombre bueno, sólo que enérgico y ambicioso”.

A partir de entonces le retiró la palabra. Sus órdenes le llegaban a través de otros miembros de la casa. Al día siguiente se le comunicó que ya no estudiaría más. Él prometió esforzarse si le dejaban asistir a la escuela, pero el padre nunca se volvía atrás cuando tomaba una decisión.

“El violinista azul”, de Chagall

Después de permanecer desocupado en casa y de rechazar la propuesta de entrar en el ejército -le desasosegaba la mera visión de un uniforme y aún más el derramamiento de sangre-, se incorporó a la Cancillería como copista, donde permaneció dos años y sin sueldo. Siempre le había gustado escribir. Nada le entretenía más que configurar con trazos perfilados palabras o letras solamente, para lo cual bastaban una buena tinta y un buen papel.

A pesar de su tenacidad, también fracasó en este oficio. Era demasiado nervioso y le amargaba un signo de puntuación incorrecto o una palabra ilegible u omitida en el texto. Además, le atemorizaban las dudas sobre si atenerse al original o añadir ideas propias. Pronto adquirió fama de negligente, por más que nadie como él se esmerase tanto en el trabajo. Vivía solo en la casa paterna -sus dos hermanos ya habían salido fuera-, ocupando una habitación del fondo, que daba a un patio de vecinos. A fin de que los criados no cocinaran exclusivamente para él, se decidió asignarle una pensión y que comiese en una fonda.

Una vez oyó en la habitación una canción que entonaba una joven vendedora de pasteles, llamada Barbara. Le pareció tan sencilla y conmovedora que intentó reproducirla con el violín. Cuando Jakob identificó a la cantante, le pidió una copia con la partitura de la canción. La joven le dijo que la había aprendido inmediatamente después de oírla, algo que suscitó la admiración de Jakob, quien se enamoró de ella con tanta intensidad como de la canción. ¿Qué importaba que fuese una chica de familia pobre? Después de todo, también él era un pobre hombre. La muchacha no le hacía ningún caso y se burlaba de sus intenciones y propuestas de futuro, como abrir un despacho de copias, incluidas las de partituras. “¡Deje usted la música y piense en la necesidad”, le replica Barbara.

Ilustración para “El pobre músico”

Entretanto, fue expulsado de la casa paterna y se le alquiló una habitación en un suburbio. Poco tiempo después de la muerte del padre recibió una herencia de once mil florines, que se difuminará al ser estafado por un intermediario al que entregó buena parte del dinero para que se lo administrase.

Jakob vivirá enamorado de Barbara y su hermosa canción, la única que interpreta correctamente con su violín. Pero la mujer, dotada con un extraordinario sentido práctico, prefirió casarse con un carnicero. El matrimonio prosperó en el negocio y tuvieron dos hijos. El músico se consolaba pensando que si se hubiera casado con él, habría vivido pobremente. No obstante, jamás rompió los vínculos con ella y terminó dando clases de violín al hijo mayor del matrimonio, un chico de escaso talento, al que le enseñó la canción de Barbara, que ésta cantaba también.

El relato termina con el regreso a Viena del narrador después de un viaje. A raíz de las graves inundaciones sufridas en la ciudad, se entera de la muerte del Jakob a causa del resfriado que contrajo cuando salvó la vida de los hijos de Barbara y los ahorros de la familia, a punto de ser devorados por el agua.

Tumba de Franz Grillparzer, en Viena

Una de las singularidades de El pobre músico es que su protagonista sea un solterón viejo y sin descendencia, marcado por la maldición que el padre arrojó contra él. En las novelas románticas de la época la norma era que sus protagonistas fuesen jóvenes, hijos sin hijos atormentados por la pasión amorosa y que morían, no siempre heroicamente, sin haber agotado la juventud.

Pero Jakob no es sólo pobre en el sentido material de la palabra, sino un pobre hombre, como él mismo reconoce, que ni siquiera se presenta ante el narrador por su nombre, del que nos enteramos incidentalmente en el curso de su relato. La ausencia del apellido paterno simboliza su desprendimiento del pasado, que recuerda porque el narrador se lo pide. Pero antes él mismo le responde que carece de historia. La única vida que le interesa es la que le depara el presente.

El “otro” Jakob, el de antaño, el hijo del consejero, está desgajado del actual y en la práctica es como si no hubiese existido. La señal de identidad que lo define es la pasión por la música que toca por las calles con el violín, y que, por suerte, se halla libre de las influencias de su pasado. ¿Qué habría sido de él sin la música? ¿Cómo habría podido sobrevivir sin su violín en medio de tantas adversidades?

Retrato juvenil de Grillparzer

Hasta que descubrió las virtudes del arte musical, Jakob fue un inútil, alguien que no sabía hacer nada, y que cuando intentaba hacer algo se equivocaba, como si Dios lo hubiera creado con dos manos izquierdas. No sabía estar a la altura de las circunstancias. Era el inútil perfecto e insuperable. Pero ponía tanto empeño en sus tentativas que daba lástima.

Demostró su inutilidad como hijo de un padre poderoso, de quien se esperaba que al menos siguiera sus pasos; como alumno en la escuela, donde no aprobaba los exámenes ni con la ayuda fraudulenta del maestro; como estudiante de violín; como empleado en la Cancillería, donde trabajó gratis para que no estuviera cruzado de brazos, ejerciendo de copista con fama de descuidado; como heredero, que fue engañado por un intermediario; como pretendiente de una mujer del pueblo, la despabilada hija de un especiero, de la que le seduce una canción que la mujer canta espontáneamente.

Su propia familia pareció contagiarse de su inutilidad, arrastrándola a la perdición, pues el poderoso padre, el temido consejero imperial, acabó hundido en la desgracia y en la humillación que le acarreará la muerte, y a sus hermanos tampoco les fue mucho mejor.

“El Sueño de Tartini”, por Louis-Léopold Boilly

A la vista del testimonio del narrador, del nulo éxito de sus conciertos callejeros y de las protestas de los vecinos que tienen que soportar sus penosas sesiones de violín, tampoco la música escapa de la inutilidad que le acompaña desde la remota infancia. La única pieza que toca con gracia es la canción de Barbara, a la que ama devotamente, como Don Quijote a la tosca Aldonza Lorenzo desde que la transformara en Dulcinea del Toboso.

Jakob cree con todas sus fuerzas en la música y la ama de verdad, pero sin que se sepa por qué, ésta no le corresponde, como tampoco le correspondió Barbara. Sin embargo, persiste en su fe, el único bastión que resiste a los embates de su pertinaz inutilidad. Al no tener conciencia de su fracaso como músico, al contrario que en las restantes facetas de su vida, tampoco hace mella en él. Su vocación musical es más poderosa que el rechazo del público.

¿Cómo es posible que la inutilidad se ensañe de esa manera tan cruel con un ser humano? Hay cuestiones que nacen y mueren sin causa que las explique. Puesto que la razón nos apremia para que busquemos una respuesta a la pregunta, podemos aventurar que quizá la causa del desgraciado destino de Jakob radique en la maldición paterna que lo condenó a la mendicidad, y que, como la señal que Dios marcó en la frente de Caín, habría de acompañarle siempre. Sólo al final de su vida la inutilidad se transformará en todo lo contrario, aunque el precio que deba pagar por ello sea la muerte. Fue el día en que salvó la vida de los hijos de Barbara y los ahorros de la familia.

Milena Jesenská en 1917

En la correspondencia epistolar de Kafka reaparecen Grillparzer, Viena y El pobre músico en 1920, cuando intima con otra muchacha, trece años menor que él, que entonces tenía 37: Milena Jesenská, casada y residente en la capital de Austria. En esta ocasión el retorno será mucho menos intenso y sin la lentitud de la vez anterior.

En los seis años transcurridos desde 1914 habían sucedido demasiadas cosas en la vida de Kafka y en Europa, concretamente en Viena, la ciudad que, ahora huérfana de imperio y despojada de su antiguo esplendor, retrocedió a la oscuridad provinciana. En ese periodo también en la vida de Kafka se había librado una especie de guerra como consecuencia de su atormentada relación con Felice Bauer, que incluyó otro compromiso de matrimonio y otra ruptura, esta vez definitiva, en 1917. El desenlace fue la tuberculosis de laringe que se le diagnosticó en 1916 y de la que moriría el 3 de junio de 1924, en un sanatorio próximo a Viena.

En julio de 1920 Kafka le remite a Milena, periodista y traductora -se conocieron en Praga, cuando ella le propuso traducir sus relatos al checo-, un ejemplar de El pobre músico “no porque tenga gran importancia para mí, la tuvo hace años”. Se lo envía porque “es tan vienés, tan mal músico, conmovedor hasta las lágrimas”, y también porque “todo es tan burocrático y porque amaba a una muchacha hábil para los negocios”. También él, atrapado durante años en un trabajo burocrático, se enamoró de Felice Bauer, y probablemente se hubiese enamorado de Grete Bloch en otras circunstancias, por el mismo motivo que el inútil Jakob de la eficiente Barbara.

Franz Kafka, en 1923, un año antes de su muerte

No fue una casualidad que el día anterior también le enviase la extensa carta que escribió a su padre, y que hoy conocemos con el título de Carta al padre. Le ruega que la guarde bien y que nadie la lea. Puede que algún día se la entregue. “Comprende cuando la leas todas las mañas de abogado, es una carta de abogado”.

Le recuerda que, al pasar junto al parque Volksgarten, la estatua de Grillparzer los miraba desde lo alto, mientras ella caminaba a su lado. Unos días después, Milena le respondió con un comentario sobre la obra que ignoramos, al no disponer de sus cartas. A Kafka le pareció acertado. Si le dijo que el relato no significaba nada para él fue por prudencia, porque no sabía qué pensaría ella de él, pero también porque se avergonzaba de esa historia como si la hubiera escrito él.

“En efecto, comienza mal y tiene un montón de cosas incorrectas, ridículas, diletantes, amaneradas hasta lo insoportable”, lo que se notaba sobre todo si se leía en voz alta.

Monumento dedicado a Franz Grillparzer en el Volksgarten de Viena, con la estatua del escritor

Ahora le parece que la forma con que Jakob ejerce de músico es “una invención de una ridiculez deplorable, apta para inducir a la joven a que, en un ataque de furia, en el que participará todo el mundo, yo sobre todo, arroje contra esta historia todo lo que tenga en la tienda, hasta que la historia se vaya a pique, destrozada por sus propios elementos”. En cuanto al narrador, “ese extraño psicólogo”, dice que es

“en realidad el pobre músico, que nos interpreta esta historia de la manera menos musical posible”.

El pobre músico Jakob pertenece al gremio de los copistas Akaki Akákievich, el héroe de El capote de Gógol, Bartleby y los jóvenes oficinistas retratados por Robert Walser. Todos ellos creyeron con una fe ingenua en su humilde oficio, en el que concentraron sus energías, esquivando la mezquindad circundante. Sólo que, a diferencia de éstos, Jakob  copiaba torpemente, abrumado por los nervios y un insensato perfeccionismo. Y hasta dudó entre mostrarse original o guardar fidelidad a la copia, una vacilación imperdonable en un amanuense que se precie de serlo.

No sabemos en quién pensaba Elias Canetti cuando anotó que los inadaptados “son la sal de la Tierra, son el color de la vida, son su propia desdicha, pero también nuestra dicha”. Puede referirse tan pronto a Grillparzer, como a Kafka o al pobre músico Jakob. También Canetti estuvo estrechamente ligado a Viena en sus años de formación, admiró a Kafka, con quien se comparaba para rebajarse, y dedicó un perspicaz análisis a su correspondencia con Felice Bauer y Grete Bloch.

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2 comentarios leave one →
  1. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    febrero 6, 2018 9:12 pm

    Precioso comentario, Jaime, al leerlo parece que recreas las narraciones de los escritores que describes. Eres buen analista de las obras de esos escritores y de esos propios escritores. De esa forma descubirmos todos la grandeza del alma (más bien la complejidad y riqueza del alma) de los personajes que tratas en tus artículos. Gracias.

  2. Leo Castillo permalink
    febrero 7, 2018 9:09 am

    Impagable.

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