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El relato de Chéjov que horrorizó a Lenin cuando todavía no era Lenin

enero 9, 2018

En 1893 el joven Vladímir Ilich Uliánov, que años más tarde sería mundialmente conocido con el pseudónimo de Lenin, se encontraba en una pequeña finca que el novio de su hermana mayor Ana, abogado de profesión, había comprado, a instancias de la madre de ambos, María Aleksandróvna Blank, en Samara, al suroeste de Rusia y próxima a Simbirsk, la ciudad de los Uliánov. Una noche del último invierno que pasó allí, leyó la narración larga de Antón Chéjov El pabellón número 6, publicada en 1892. Según cuenta Edmund Wilson en su ensayo Hacia la estación de Finlandia, al terminar la lectura fue presa de un horror tal que no pudo permanecer en la habitación. Salió en busca  de alguien con quien hablar. Pero era tan tarde que todo el mundo se había acostado. Al día siguiente le comentó a su hermana que había experimentado la completa sensación “de estar yo mismo encerrado en la sala número 6”.

El pabellón o sala número 6 (algunos traductores han optado por esta segunda denominación) es un mísero caserón ubicado en el patio del hospital de una ciudad rusa a doscientas verstas del ferrocarril, que acoge a cinco enfermos mentales, uno de ellos de “ascendencia respetable”, Iván Dmítrich Grómov. Se trata de un hombre de treinta y tres años que sufre manía persecutoria, pero que en los momentos de lucidez se expresa con inteligencia y sensibilidad.

Vladímir Ilich Uliánov en 1895

Un día el director del hospital, Andrei Efímych Raguin, un hombre ya viejo y deseoso de encontrar a alguien en la ciudad con quien mantener una conversación inteligente, en una de sus raras visitas al centro, repara en ese curioso paciente. Tras escucharle, se siente seducido inmediatamente por sus palabras, así que empieza a visitarlo con frecuencia.

Pronto los compañeros y conocidos del doctor Raguin sospechan de su inusitado trato con el loco, vigilando su comportamiento, a la espera de algún indicio claro de que ha sido contagiado por la locura del enfermo. Al fin deciden que lo mejor es encerrarlo también en el pabellón. A pesar de la resistencia que opone, el médico no soporta el confinamiento y muere de una apoplejía a los pocos días de su ingreso.

Antón Pávlovich Chéjov

Vladímir Ilich tenía motivos para sentirse horrorizado tras la lectura de El pabellón número 6. La familia Uliánov cargaba sobre sus espaldas tres desgracias en la época en que el joven de 23 años leyó el relato de Chéjov. A la muerte del padre, inspector de Educación, en 1866, a causa de una hemorragia cerebral, se sumaban la ejecución en la horca de su hermano Aleksandr al año siguiente, acusado de participar en un complot para asesinar al zar Alejandro III, y la muerte repentina en 1891, por tifus, de su hermana Olga.

Aleksandr tenía cuatro años más que Vladímir Ilich y su escritor favorito era Dostoyevski, aunque eligió estudiar una carrera de ciencias (Zoología). Vladímir prefería a Turguéniev, cuyas novelas leía tumbado sobre el diván de su habitación. La historia y las lenguas clásicas eran sus asignaturas predilectas.

Aleksandr Uliánov, hermano de Lenin

En Samara ejerció la abogacía, pero sus verdaderos intereses eran la actividad revolucionaria y la lectura. Allí habló con los campesinos y se informó de sus condiciones de vida y manera de pensar. Por entonces era considerado en las instancias oficiales como “un sujeto poco recomendable”.

En 1890 fue expulsado de la Universidad de Kazán y de la ciudad, donde cursaba la carrera y residía con su madre y dos hermanos. Se le acusaba de participar en una revuelta para exigir el restablecimiento de algunos derechos de los que habían sido privados los estudiantes. Gracias a las gestiones de su madre, al año siguiente pudo examinarse por libre en la Universidad de San Petersburgo con vistas a la obtención de la licenciatura en Derecho, que logró en menos de año y medio. Empezó a leer el primer tomo de El capital, de Karl Marx, en la cocina de la casa que la madre habilitó como sala de estudio. Después de numerosas gestiones, la familia consiguió regresar a Kazán.

En los años noventa del siglo XIX los jóvenes intelectuales más inquietos, hastiados de la parálisis y la corrupción en la que estaba inmersa la sociedad rusa, se preguntaban qué podía hacerse para cambiar el deplorable estado de cosas. Precisamente la novela de tesis ¿Qué hacer?, que Nikolái Chernyshevski, líder el movimiento populista, escribió durante su confinamiento en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, se proponía  responder a esta  pregunta. Lenin leyó la obra fascinado por la “claridad de sus miras revolucionarias y su despiadado talento de polemista”. En 1902 redactó un tratado político con el mismo título.

Nikolái Chernyshevski

El pabellón número 6 puede ser una metáfora de la Rusia zarista gobernada por una burocracia corrupta y de una sociedad provinciana sumida en la desidia, donde los más lúcidos, sin margen de maniobra, se lamentan de su impotencia. Pero también de un mundo al revés, una especie de distopía regida por un régimen bipolar, en el que los visionarios, una exigua minoría, están cautivos en un manicomio -una pequeña Bastilla que, como la grande, habría que derribar sin dejar piedra sobre piedra- y la multitud de ciegos encargados de vigilarlos campan a sus anchas.

Es posible que mientras escribía este relato, Chéjov tuviera en mente el “viaje al infierno helado” que, en calidad de médico, realizó desde Moscú en abril de 1890 a la isla de Sajalín, situada en el océano Pacífico, en el extremo oriente de Rusia, para documentarse acerca de la colonia penitenciaria establecida en aquella isla inhóspita. El resultado de su estancia fue un amplio reportaje publicado en 1895 y que obligó al régimen zarista a mejorar las penosas condiciones de los presos.

Presos con grilletes en los pies en la isla Sajalín

Enfermo de tuberculosis (“hay algo siniestro en la sangre que emana de la boca, como en el resplandor de un incendio”), Chéjov proyectó algunos rasgos de su personalidad en el también médico Andrei Efímych. A fin de cuentas su condición de médico mortalmente enfermo, que curaba a los demás pero no a sí mismo, era comparable a la del doctor Raguin cuando, por una cruel ironía del destino, fue a parar al pabellón de locos que había dirigido hasta entonces con displicencia y donde habría de morir, del mismo modo que Chejov moriría de tuberculosis doce años después de la publicación de El pabellón número 6.

Fatalidad, impotencia y desesperanza son las notas características del relato de Chéjov, en el que sus dos personajes principales hablan más que actuar, como si el lenguaje fuese el último recurso que les queda para reafirmar su humanidad. Escrito en un estilo conciso, el narrador cuenta la historia en tiempo presente. Sólo salta a la primera persona para expresar su atracción por el rostro del paciente más joven del pabellón, Iván Dmítrich Grómov.

El caserón en el que se alojan los cinco locos está rodeado de maleza, ortigas y cañas, tiene el techo herrumbroso, la chimenea medio derruida, los escalones medio podridos. Una fachada mira al hospital y la otra al campo, del que lo separa una tapia gris con clavos. En el zaguán se amontonan desperdicios del hospital, colchones, ropa vieja y zapatos inútiles. Al frente de estos escombros está Nikita, el guardián, un viejo soldado retirado, obtuso, amante del orden y dotado con “puños demoledores”, que a menudo descargaba contra los enfermos.

Antón Pávlovich Chéjov con su perro en Mélijovo (1897)

El narrador describe a los cinco pacientes que comparten el pabellón, para detenerse en Iván Dmítrich Grómov, de treinta y tres años y antiguo secretario judicial. Después de una cadena de adversidades familiares que lo abocaron a la soledad y el desamparo, el joven se hundió en la paranoia, yendo a parar al insalubre pabellón número 6, tras pasar por el pabellón de enfermedades venéreas del hospital, donde molestaba a los enfermos. Hasta que el director del centro, el doctor Andrei Efímych Raguin, que había atendido al paciente en su domicilio, decidió trasladarlo a la sala número 6.

Grómov se distingue de sus cuatro compañeros por su cultura. Estudió en la universidad de San Petersburgo, pero a raíz de la ruina familiar, la pobreza y la muerte de sus padres, abandonó los estudios. Luego trabajó de copista y dio lecciones para sobrevivir. Aquejado de manía persecutoria, vive en un estado permanente de ansiedad, “excitado, inquieto, a la espera de no se sabe qué acontecimiento oscuro e indeterminado”. Cualquier ruido lo altera, preguntándose si le estarán buscando y cuándo vendrán a por él.

Algunas tardes pasea por la habitación y entre las camas, envuelto en la bata, mirando a sus compañeros. Se ve que quiere decir algo importante, pero imaginando que no lo escucharán o no le entenderán, continúa andando. Hasta que, superado por sus ganas de hablar, se suelta la lengua. Sus palabras son “desordenadas, febriles, como una pesadilla, entrecortadas y no siempre comprensibles”.

Grómov hablando con el doctor Raguin. Ilustración de una edición rusa para “El pabellón número 6”

En esas alocuciones delirantes “se reconoce en él al loco y al hombre”. Habla “de la ruindad humana, de la opresión  que pisotea la verdad, de la vida maravillosa que con el tiempo habrá en la tierra, de las rejas en las ventanas que le recuerdan la torpeza y crueldad de los opresores”. El narrador compara ese discurso con

“un revoltijo desordenado e inconexo de canciones viejas pero todavía no acabadas de cantar”.

Sus juicios sobre los hombres carecen de matices y de término medio; o blanco o negro. Habla con entusiasmo de las mujeres y del amor, pero nunca se ha enamorado. Desconfiado e irascible, no tiene verdaderos amigos. Con todo, en la ciudad se le quiere por su cortesía y honestidad. Las desgracias familiares infunden un sentimiento afable, cálido y triste hacia su persona.

Portada de una edición rusa de “El pabellón número 6” fechada en 1893

Desde hace veinte años el doctor Andrei Efímych vive solo con la sirvienta y lleva una existencia monótona. Apenas visita el hospital del que se hizo cargo con indiferencia. Es partidario incluso de echar a la calle a los enfermos y clausurarlo. Pero, finalmente, se ha limitado a introducir algunas reformas ínfimas.

Confiesa sentir un amor profundo por la inteligencia, sólo que le falta carácter y el convencimiento de estar en su derecho de rodearse de “vida inteligente y honrada”. No sabe ordenar, ni prohibir, ni insistir. Su visión estoica de la vida podría resumirse en un lema: “No hay nada que hacer”. Piensa que en este mundo todo es insignificante y carece de interés, “salvo la expresión espiritual de la inteligencia humana”.

Grómov y el doctor Raguin en una escena de la adaptación teatral de “El pabellón número 6”, a cargo de la compañía Aidos, dirigida por Mariana Kmaid Levy y adaptada por Alex Rojo

A veces recibe la visita del jefe de Correos, la única persona cuya compañía no le resulta pesada. Mientras fuman y beben cerveza, el doctor lamenta que en la ciudad no haya nadie con quien mantener una conversación profunda. Como el amigo suele responderle con algún lugar común, el doctor oye sin escuchar y retorna a su monotema: la añoranza de personas con las que mantener conversaciones inteligentes.

A pesar de su fervor por la inteligencia, Raguin reconoce los límites de ésta. Prueba de ello es que cuando el pensador alcanza la plenitud y llega a la madurez de su conciencia, descubre que ha caído en una trampa sin salida. No encuentra respuesta alguna a sus preguntas sobre el sentido y el fin de su existencia. Luego llega la muerte y se acabó.

Adaptación teatral de “El pabellón número seis”

Si al menos pudiese hablar con alguien de estos asuntos, su situación sería comparable a la de los presos que, unidos en la común desgracia, se sienten mejor estando juntos. También en la vida la trampa pasa desapercibida si los hombres se reúnen y pasan los ratos intercambiando ideas audaces y libres. Ante estos argumentos el jefe de Correos se limita a darle la razón, añorando la época en que en Rusia había una intelectualidad inteligente y se apreciaba la amistad.

Pese a la violenta hostilidad y la desconfianza con las que Iván Dmítrich Grómov recibió su tentativa de acercamiento, recriminándole que lo mantuviese encerrado en el pabellón, junto a sus cuatro compañeros, la cita con el paciente representó para el doctor toda una revelación. Por fin vio cumplido su sueño. Después de veinte años de búsqueda infructuosa, hallaba a una persona en aquella ciudad muerta con la que conversar como a él le gustaba. No importaba que se tratase de un loco.

Al igual que otros personajes de Chéjov, el doctor Raguin y Grómov no saben qué hacer en un ambiente que consideran hostil a sus inquietudes morales e intelectuales. Se limitan a añorar una vida auténtica junto a sus congéneres, exenta de superficialidad, engañifas, mezquindades y falsas ilusiones.

Adaptación teatral de”El pabellón número 6″, por el Teatro de Cámara de Madrid

Aunque el médico desempeña una respetable función social y aparentemente está integrado en la ciudad, y Grómov ha sido marginado por la enfermedad mental, los dos comparten el diagnóstico de los males que aquejan a sus habitantes y la protesta contra su vulgaridad y embrutecimiento, la hipocresía y el libertinaje. Creen que estos males desaparecerían si hubiese más escuelas, un periódico local que fuera honesto, un teatro, lecturas públicas y una sociedad que se mirase a sí misma y se horrorizara de su degradación.

Ambos se lamentan de su impotencia para cambiar el estado de cosas, un sentimiento del que participaban otros compatriotas, aunque ni siquiera tuviesen la oportunidad de comunicárselo entre ellos. Ya en Crimen y castigo (1866) Dostoyevski trasladó al juez de instrucción Porfiri Petróvich, que se hará cargo del doble crimen cometido por Raskólnikov, un malestar semejante al que aflige al doctor Raguin y a Grómov. De una edad aproximada a la de este último y soltero como ellos, Porfiri se queja de que en los círculos petersburgueses, cuando dos hombres inteligentes se encontraban, no tuvieran nada que decirse durante una hora y hasta se mirasen con embarazo.

También había observado que las personas de clase media “como nosotros” se mostraban hoscas y taciturnas, acaso miedosas, al contrario que la gente común, que siempre disponía de temas de conversación. ¿Sería porque eran demasiado honestos para engañarse unos a otros?

El actor Innokenti Smoktunovski encarnó a Porfiri Petrovich en la versión soviética para el cine de “Crimen y castigo” que en 1969 dirigió Lev Kulidzhanov

Además del aislamiento y de la impotencia, al doctor Raguin y al joven Grómov los une la afición por la lectura, si bien en grados diferentes. Antes de su enfermedad, Iván Dmítrich se pasaba las horas leyendo libros y revistas. En la ciudad se comentaba de él que era como un diccionario enciclopédico con dos pies. Pero, según informa el narrador, más que leer, “devoraba lo que tenía delante sin poderlo masticar”. La lectura era

“una de sus costumbres enfermizas, ya que se lanzaba con igual codicia sobre todo lo que caía en sus manos, hasta los periódicos y almanaques del año anterior”.

Probablemente con esa manera voraz y caótica de leer mantenía la imaginación ocupada en algo que no fuese el miedo que le acechaba a todas horas.

Andrei Efímych también lee mucho y siempre con interés, sobre todo libros de historia y de filosofía, en los que se gasta la mitad del sueldo. De las seis habitaciones de su casa, tres están repletas de libros y de viejas revistas. En materia de medicina sólo recibe una, El Médico, que siempre empieza leyendo por el final.

Chéjov leyendo su obra teatral “La gaviota” ante un grupo de amigos, en 1899

El narrador describe la distinta forma que tenían de leer. A la vuelta del hospital, Andrei Efímych se encerraba en su despacho con un libro, deteniéndose a menudo en los párrafos que le gustaban o no entendía. Acompañaba la lectura con un vasito de vodka, que renovaba cada media hora, y unos pepinos o una manzana macerada.

Iván Dmítrich permanecía días enteros sentado en el club de lectura, “estirándose nerviosamente la barba”. En su casa se acostumbró a leer siempre acostado. No se preocupaba de imprimir una formalidad al acto de la lectura, ni de aliñarlo con alguna pequeña distracción, a modo de rito, como hacía Andrei Efímych.

Parece que el doctor Raguin encontraba en los libros las respuestas morales que buscaba. De ahí que sus sesiones de lectura representaran para él una suerte de liturgia. Ese hallazgo le permitía formarse una cosmovisión, tal como se estilaba entre las personas ilustradas de la época que, además de la prensa, frecuentaban libros de historia y de filosofía. Tener una cosmovisión les daba tranquilidad, como quien se toma un calmante por las mañanas con el desayuno.

Ilustración para “El pabellón número seis”

El mundo podía seguir el derrotero que fuese, pero si uno se había formado una opinión fija sobre él no había motivos para preocuparse. Toda cosmovisión aspira a convertirse en una teoría. Pretende subordinar la realidad a sus postulados, descartando de antemano la naturaleza fragmentaria y cambiante de ésta, lo que explica su coherencia granítica, por artificiosa que sea.

Con los debidos matices y diferencias, ambos leían para aliviar su aislamiento. El inconveniente es que en aquel clima hostil al conocimiento, la lectura los aislaba todavía más. No obstante su afición lectora, el doctor Raguin reconoce ante su amigo el jefe de Correos que los libros nunca podrán ser un sustituto de la conversación y del trato con la gente. Para explicarse recurría a una comparación que sin embargo no le parecía muy lograda: “Los libros son las notas y la conversación el canto”. Por su estilo, recuerda a las comparaciones que Schopenhauer solía intercalar en sus pensamientos. ¿Serían las obras de este filósofo las favoritas del médico? Sabemos que eran de las más apreciadas por el doctor Chéjov.

Arthur Schopenhauer

Andrei Efímych es un tipo sociable que, debido a los avatares de su profesión, lamenta no haber participado en algún movimiento intelectual. Como les sucede a quienes alimentan un anhelo inalcanzable a efectos prácticos, no sospechaba que, en el caso de haber tratado a otros intelectuales, quizá hubiese tenido que rebajar sus expectativas hasta el límite de la decepción.

En cuanto a su confianza en la conversación, si hubiese leído obras de teatro o novelas, en vez de libros de historia y filosofía, pronto se habría convencido de que las únicas conversaciones cabales son las que sostienen los personajes ficticios creados por la imaginación del novelista, el verdadero autor de esas conversaciones. En la vida real priman la improvisación, el humor voluble, el balbuceo, la digresión, la intermitencia, y casi siempre el tono menor y lo anecdótico. Hasta cuando conversamos con nosotros mismos nos mostramos dubitativos e inseguros, afirmamos y negamos, nos corregimos constantemente.

Sin embargo, las afinidades que en un principio tendrían que haber unido al médico y al inquieto paciente -el descontento con la gente que los rodeaba y su pasión por los libros- se desvanecieron en cuanto Andrei Efímych comprobó que sus respectivas opiniones sobre los hombres y el mundo diferían bastante y que la visión que cada uno de ellos tenía de la vida chocaba frontalmente con la del otro. Ni siquiera se prestaban al malentendido.

Chéjov (en el centro, sentado), con su familia en 1889

El ideario moral del doctor abreva en el estoicismo, como pronto dedujo Iván Dmítrich. Citando a Marco Aurelio, uno de los autores favoritos de Chéjov, Andrei Efímych le dice al joven enfermo que no hay que hacer caso del dolor, ni quejarse, ya que éste no es más que un pensamiento.

El sabio desprecia el sufrimiento y siempre está contento. Nada logra impresionarle. No merece la pena reparar en todo lo que nos inquieta y apasiona. La verdadera felicidad consiste en comprender el sentido de la vida. Aquél que lo comprenda puede darse por satisfecho. Esta es la regla básica del arte de vivir a la que se ciñe el doctor Raguin. Basta con seguirla a rajatabla para disfrutar de los resultados de su aplicación.

El estoicismo, y en general las corrientes filosóficas o religiosas que propugnan la pasividad, han demostrado ser las más idóneas para sobrevivir en las sociedades cerradas, donde se desprecia la libertad individual. Favorecen el exilio interior de la minoría culta y consciente del clima coactivo en el que tiene que desenvolverse.

Busto del emperador Marco Aurelio

Cómodamente cobijado en su ciudadela, el individuo observa imperturbable la fastidiosa realidad en la que le ha tocado vivir, después de convencerse de la imposibilidad objetiva de mejorarla. “No hay nada que hacer”, repetía Andrei Efímych. En semejante circunstancia, sólo merece la pena esforzarse en la búsqueda de vida inteligente, desligándose de aspiraciones inalcanzables, domando la voluntad y controlando los deseos y los instintos.

Enojado ante semejante argumento, Grómov le replica que entonces él debe de ser un idiota, puesto que sufre, está a disgusto y le sorprende dolorosamente el espectáculo de la cobardía humana. Como ser que es de carne y hueso, con nervios y sangre caliente, reacciona ante cualquier irritación exterior. Grita y llora si le hacen daño. Se subleva contra una cobardía y siente asco ante una mala acción. Tiene que haber caído muy bajo quien desprecia el sufrimiento, se muestra siempre contento y no se asombra de nada. No entiende cómo un médico puede pensar de así.

Los estoicos a los que el doctor Raguin pretende imitar, añade Grómov, eran hombres notables, pero su filosofía murió hace dos mil años y no hay posibilidades de que renazca porque no es práctica ni vital. Únicamente sedujo a una minoría selecta que no tenía nada mejor que hacer. Pero la mayoría de la gente no puede entender a los estoicos, su desprecio e indiferencia por las riquezas y las comodidades. Tampoco entiende el desdén por el sufrimiento, como si la vida no estuviese determinada por el dolor, el miedo a la muerte, las penalidades y las carencias. Hasta Jesucristo fue sensible al propio sufrimiento y en el monte de Getsemaní le pidió a Dios que le ahorrase el suplicio que le aguardaba.

Chéjov y Tolstói conversando

Otra cosa es que se luche para combatir las imperfecciones. Grómov intuye que Andrei Efímych no ha conocido el verdadero sufrimiento. Al preguntarle si le han pegado de niño, le responde que sus padres eran contrarios al castigo físico.

Iván Dmítrich le confiesa que a él su padre le pegaba cruelmente, era un hombre severo, amargado por las hemorroides. “A usted nadie le ha tocado con la punta del dedo”, le reprocha, ni sabe lo que es el temor. Goza de buena salud y no ha padecido la miseria. Al concluir sus estudios, se colocó enseguida de médico y reside en una casa con calefacción, luz y servidumbre. Perezoso e inactivo, se preocupa de que nadie lo moleste.

En el hospital entrega los pacientes a los enfermeros mientras pasa el resto del tiempo leyendo libros, juntando dinero, reflexionando sobre problemas abstractos y bebiendo. Sus nociones de la vida son teóricas, nada más. Desprecia el sufrimiento, niega su existencia y perora sobre la felicidad interior porque no sabe lo que es el dolor. A no ser que se pille el dedo en una puerta.

Antón Chéjov retratado en 1898 por Óssip Braz

Si ve a un campesino golpear a su mujer, mira hacia otro lado con la excusa de que no merece la pena intervenir: ambos tienen que morir un día u otro y el verdugo se daña más a sí mismo que a la víctima. Cuando uno de sus pacientes se queja, le consuela diciéndole que su enfermedad es una imaginación del mal y que sin sufrimientos la vida sería monótona y aburrida. Para Grómov semejante filosofía carece de amplitud de miras y es propia de haraganes y bobos.

La crítica del joven al estoicismo teorizado por el médico coincide con la que le dedicó Schopenhauer, quien decía que el sabio estoico siempre careció de vida y de verdad poética interior, “quedándose en una figura rígida de palo con la que nada puede hacerse”. “No sabe adónde ir con su sabiduría” y su serenidad, satisfacción y felicidad perfectas contradicen la esencia de lo humano. Como Grómov, Schopenhauer opone al sabio estoico el personaje de Jesús de Nazareth,

“esa excelente figura, llena de vida interior, de tan gran verdad poética que, a pesar de su perfecta virtud, santidad y sublimidad, se presenta ante nosotros en el mayor estado de sufrimiento”.

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“Agonía en el huerto de Getsemaní”, de El Greco (c. 1590)

El doctor juzga positivamente estos alegatos, de los que aplaude su originalidad. Incluso califica de brillante el retrato moral que hizo de él. Era un placer escucharle. No se siente molesto por las críticas severas de Grómov, al contrario, quiere continuar la conversación, algo que no era posible con su amigo el jefe de Correos, quien siempre terminaba dándole la razón en todo porque en el fondo sus comentarios y observaciones ni le iban ni le venían. Esta reacción confirma la sinceridad de su anhelo por encontrar a una persona inteligente con la que conversar.

Deslumbrado por el sorprendente encuentro con Grómov, Andrei Efímych no barruntaba la reacción de sus conocidos. Después de observarlo con la debida desconfianza, éstos advirtieron señales extrañas en su comportamiento habitual, por lo que concluyeron que el trato frecuente con Iván Dmítrich estaba a punto de trastornarlo.

Con el pretexto de apartarlo de tan perniciosa compañía, el jefe de Correos le propuso viajar juntos a Polonia. El doctor aceptó de mala gana. La experiencia no pudo ser peor. La compañía del amigo le resultó tan plúmbea como las peroratas con las que le martirizaba. El personaje demostró ser un pelmazo. No hacía más que hablar por los codos y, siempre pagado de sí mismo, lo abrumó con los recuerdos de su juventud, a él, que había decidido correr un tupido velo sobre los suyos.

Antón Chéjov y su madre Eugenia Yakovlevna en su casa de Yalta en 1901. Tres años después moriría a causa de la tuberculosis

Andrei Efímych procuraba quitárselo de encima, recluyéndose en la habitación de los hoteles en los que se alojaron. A la vuelta de aquel viaje desastroso, un día se presentaron en su casa el jefe de Correos y el nuevo médico, éste con la intención de recetarle bromuro potásico. Ante las muestras de preocupación de ambos por su salud, los echó de casa, algo de lo que, avergonzado, se arrepintió enseguida.

Como consecuencia de esta reacción, insólita en él, fue internado en el pabellón número 6. La orden partió del joven doctor que llevaba poco tiempo en la ciudad y que ansiaba ocupar el cargo del viejo médico. Anodino y engreído, el único libro que tenía en su casa era un manual de medicina. En el pabellón de los locos, Andrei Efímych tuvo que vérselas con el implacable Nikita y las penosas condiciones del lugar, donde murió a los pocos días de su ingreso de un ataque de apoplejía.

El féretro con el cuerpo de Antón Chéjov llega a la Estación Nikoláievski de Moscú, en julio de 1904. Murió a los 44 años de tuberculosis en la ciudad alemana de Badenweiler el 15 de julio (2 de julio según el calendario juliano)

En el pabellón no sólo había dado con la persona idónea con la que hablar a fondo sobre asuntos vitales sino que, al mostrarse ante él sin cortapisas, desenmascaró la endeblez de su cosmovisión, liberándolo del encierro voluntario en el que vegetaba para justificar la pasividad ante una realidad contraria a sus principios y aspiraciones. El paciente confinado sanó al médico que lo confinó, aunque el precio que pagara por la curación fuese nada menos que compartir el confinamiento con aquél y sus cuatro compañeros. Pero sólo así pudo comprender el dolor que venían soportando desde hace años y al que él contribuyó, en tanto que responsable del hospital, en igual medida que el guardián Nikita.

Sin embargo, esta comprensión no ocultaba las diferencias que separaban a Andrei Efímych de Iván Dmítrich en su percepción de la libertad personal, determinada por la disparidad de sus respectivos pasados y por la forma también antagónica con que cada uno de ellos afrontaba el suyo. Mientras el médico optó por olvidarlo, considerándolo irrelevante, Iván Dmítrich se sentía atrapado inexorablemente en él, como un ratón en la ratonera.

A falta de una visión de la vida inspirada en la lucha contra la adversidad, Andrei Efímych se aferra a sus teorías, formuladas a partir de pensamientos ajenos y, por supuesto, de la observación distante de la realidad desalentadora que le rodea. Hasta que el encierro en el pabellón número 6, donde recibirá el mismo trato que los otros cinco pacientes que permanecen allí precisamente por orden suya, le conminó a salir de la cómoda ciudadela interior en la que llevaba enclaustrado veinte años y encararse con la privación forzosa de libertad. Sabe mejor que nadie que quien atraviesa las puertas de “esa pequeña Bastilla” que, según sus propias palabras, habría que derribar, es muy difícil que salga de allí por su propio pie. En el pabellón número 6 no se hacen distinciones entre locos y cuerdos. La brutalidad, la miseria y el abandono borran los matices.

Ilustración con el doctor Raguin protestando contra su encierro en el pabellón número 6

Las lecturas desordenadas de Iván Dmítrich no han influido tanto en su amarga visión de la vida como el miedo, la desdicha, la soledad, el desamparo y, para remate de males, el encierro en el pabellón. Su única obsesión, y la causa de su locura, es el temor, que lo mantiene en vilo. Los destellos de lucidez no le sirven para deshacerse de él. De hecho, se encuentra más preso en el miedo que en el pabellón.

Su deseo de libertad choca con el reconocimiento de que, en el supuesto de que se le permitiera salir, volverían a encerrarlo. La manía persecutoria le impide discernir que en el fondo los culpables de su confinamiento no son el doctor Raguin, ni los policías por los que teme ser arrestado si fuese liberado, sino el miedo que lo tiraniza. Por ello en sus protestas se aprecia un tono falso que el narrador captó enseguida, comparándolas con un revoltijo de canciones viejas todavía no acabadas de cantar. Carecen de verosimilitud, no convencen.

Tumba de Chéjov en el cementerio moscovita de
Novodevichy

En el papel de lunático que se le ha asignado, el doctor se duele de la pérdida de su libertad no porque se haya dejado invadir por el miedo, como Iván Dmítrich, sino porque se la han arrebatado hombres reales, contra los que se subleva en vano para recuperarla. Pero como no sentía miedo, se defendió desesperadamente al verse confinado en igualdad de condiciones que sus cinco compañeros.

En última instancia, lo único que verdaderamente une a Andrei Efímych y a Iván Dmítrich es la constatación de hallarse encerrados entre las rejas de aquel caserón inmundo. Esta sí era una trampa de verdad, de la que no había manera de escapar, al menos comparada con aquella a la que conduce la plenitud del pensamiento y la madurez de conciencia, y de la que, después de todo, se puede salir sólo con ahuyentar al pensamiento que la suscita.

En la entrevista que en 1920 mantuvo con Lenin una delegación española del Partido Socialista, Fernando de los Ríos le preguntó si el periodo de transición que atravesaba el Estado soviético daría paso a un régimen de plena libertad para sindicatos, prensa e individuos.

Lenin y Stalin fotografiados en 1922, dos años antes de la muerte del primero

Lenin le respondió que en el Partido Bolchevique que gobernaba el país con rigor dureza nunca se habló de libertad sino de dictadura del proletariado. Y añadió que

“el problema para nosotros no es de libertad, pues respecto a ésta siempre preguntamos: ¿libertad para qué?”.

Si en ese momento hubiese recordado el horror que veintisiete años atrás le produjo la lectura de El pabellón número 6, la sensación de estar él mismo encerrado entre sus paredes, es probable que, antes de responder con esas palabras, se lo hubiera pensado dos veces. Claro que entonces era Vladímir Ilich y no Lenin, el fundador del régimen soviético, el estadista implacable y teórico del comunismo que, después de su muerte en 1924, sería ascendido al rango de momia y estatua por su sanguinario sucesor, Stalin, el Nikita del gigantesco pabellón número 6 en el que convirtió al nuevo Estado.

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5 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    enero 10, 2018 11:24 am

    Aunque los años pasen, podemos extrapolar el relato de Chejov, con la conducta de algunos gobernantes actuales, por sus arbitrariedades o injusticias; en vez de velar por el bien común, utilizan el poder para perpetuarse, favoreciendo a una parte cada vez menor de los ciudadanos. “La impotencia de cambiar el mundo de las cosas” pareciera ser una sensación contagiosa y paralizante, lo que conduce a una búsqueda constante de alternativas que compensen el desaliento. La respuesta de Lenin: “Libertad para qué ?” es el golpe mortal deuna ideología que pregonó la justicia, la igualdad y la solidaridad. Sin libertad , la convivencia es una hipocresía permanente . Gracias, Jaime!

    • enero 10, 2018 8:43 pm

      Gracias, Rubén, por la lectura y el comentario. Lenin no aprendió nada de la lectura del relato de Chéjov. Lo olvidó porque no le interesaba recordarlo. Él estaba en otra cosa, en perpetuar su idea totalitaria del Estado al precio que fuese. Lenin-Procusto. Un abrazo

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    enero 10, 2018 1:27 pm

    Impresionante tu atículo, Jaime. Y capaz de inducirnos al autoanálisis: ¿solucionar los males del mundo, los que nos aquejan, privando de libertad a los demás? Eso han hecho siempre las dictaduras, para beneficio de los dictadores. Opino que la verdadera revolución está en uno mismo, aprendiendo a aceptar el mundo tal y como es y, con paciencia y esfuerzo, trabajar lenta y constantemente por el cambio de las estructuras. Los radicalismos no llevan a nada. Gracias por hacernos reflexionar sobre ello, Jaime, a través de la lectura de la gran obra literaria de Chejov.

  3. Carolus Brigantinus Barbatus permalink
    enero 14, 2018 12:21 pm

    Gracias por tu artículo. Se lo que es invertir tanto tiempo y energías en desarrollar el pensamiento de otro, al compás del propio (que trata de no interferir pero si enriquecer, si se puede, lo comentado). Me ha gustado lo suficiente para releerlo; y esto no es un elogio hueco, por lo menos para mí. Compruebo, una vez más, que las mejores reflexiones no se encuentran en las Redes y su cotilleo incesante, sino en la soledad de los blogs, dónde uno se escribe a si mismo, confiando en que tales pensamientos lleguen a ser compartidos, alguna vez, por alguien desconocido. Gracias, nuevamente.

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