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El otro Emperador que Joseph von Trotta descubrió tras la mentira patriótica

noviembre 28, 2017

En La marcha Radetzky, la novela de Joseph Roth, el narrador designa a Joseph von Trotta con el sobrenombre de Caballero de la Verdad porque se opuso ante el mismísimo emperador Francisco José I a la versión adulterada que se publicó en los libros de lectura para escolares de su hazaña en la Batalla de Solferino, donde salvó la vida del joven monarca en el momento justo en que éste, aprovechando un breve alto el fuego, cometió la grave imprudencia de ponerse en pie para mirar al bando enemigo con unos prismáticos. En la lectura “patriótica” se describe a Francisco José I como un guerrero luchando solitario contra los enemigos y al teniente de infantería Joseph Trotta, como un valeroso teniente de caballería que acude en su ayuda, montado a lomos de un alazán blanco, segando las cabezas de los enemigos con su espada, hasta que es herido por una lanza.

El sobrenombre de Caballero de la Verdad encierra cierta ironía cervantina. Trotta amaba la verdad sin rodeos, como Don Quijote, fiel a los principios de la caballería andante, estaba comprometido en ofrecer amparo a los indefensos. Ambos pensaban que aquello que daba sentido a su creencia era genuino, conformando un bloque indivisible. No les cabía en la cabeza que pudiese ocultar algo diferente de lo que mostraba.

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Cartel de la película basada en la novela de Roth “La marcha de Radetzky”

Su bondadosa ingenuidad no estaba preparada para asumir la dialéctica del ser y el parecer en la que, nos guste o no, se halla inmersa la vida humana, y de la que ellos se sentían al margen, en el caso de Trotta debido a su inexperiencia juvenil y en el del viejo Don Quijote, por su locura libresca.

Joseph Trotta tuvo que aceptar que, al contrario de lo que había pensado hasta entonces, su emperador no coincidía con el personaje público al que él, como millones de súbditos del Imperio, veneraba y obedecía con una inocencia feudal; que no era una persona única e indivisible, tal como él, un hijo de campesinos eslovenos, lo había percibido desde que supo de su existencia. En otras palabras, que no había un emperador, sino dos.

Resulta que detrás de Francisco José Primero, conocido por todos dentro y fuera del Imperio Austrohúngaro, se ocultaba un Francisco José Segundo, en las antípodas de aquél que se exhibía en el retrato oficial que colgaba en las paredes de las dependencias estatales y en las casas de sus súbditos, el jefe supremo de los ejércitos y monarca de todos los pueblos dispersos por el Imperio, pero unidos bajo su corona dual; el mismo que se pintaba con gesto combativo en la “lectura patriótica” (y fraudulenta) para escolares, donde se narraba el episodio del “Héroe de Solferino”.

El emperador Francisco José y su amante, la actriz Katharina Schratt

Ese otro emperador era el individuo privado, con sus ambiciones y debilidades, y sólo conocido por su familia, los servidores cortesanos, por sus ministros y por su amante estable, la actriz Katharina Schratt. Era también el emperador de La marcha Radetzky que, en un breve alto el fuego durante la Batalla de Solferino, cometió el error de ponerse de pie para otear al bando enemigo con los prismáticos, arriesgando su vida.

Para consternación de Trotta, se trataba del mismo personaje que adulteró este episodio, con la connivencia de su ministro de Educación, privando  a los estudiantes de la verdad, a fin de que lo imaginaran como un héroe nacional belicoso, invicto e incorruptible, y, por tanto, inmune a los errores.

Era el emperador astuto retratado por Joseph Roth en su novela, que se alegraba “cuando le explicaban detalladamente cosas que ya sabía”; que disfrutaba confundiendo a la gente “con aquella astucia tan propia de niños y viejos”; que se alegraba “de ver la vanidad con que se probaban a sí mismos que eran más sabios que él” y que ocultaba su sabiduría bajo la capa de la ingenuidad.

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Joseph Roth

El encontronazo con la mentira patriótica tuvo en Trotta un efecto análogo al que le provocó el triste hallazgo de un emperador muy diferente del que había imaginado. Como consecuencia de la frustración sufrida a raíz del engaño, también él, Joseph Trotta, se dividió en dos, descubriendo en sí mismo una personalidad que, al menos desde que tenía conciencia, había permanecido oculta y que a partir de ese momento desplazaría a la habitual.

Esa nueva personalidad le empujó a adoptar un modo de vivir, de pensar, de imaginar, de ver el mundo y de relacionarse con los demás radicalmente distinto del que había guiado su existencia. Pero sin duda la faceta de su carácter que resultó más dañada fue la propensión a juzgar las cosas por la apariencia que mostraban y creer en ellas a partir de ese juicio.

La mentira patriótica nubló su existencia, sembrándola de desencanto. Según relata el narrador de La marcha Radetzky, el capitán Trotta se hundió en las sombras de las que no saldría jamás: envejeció pronto, su mirada perdió brillo, hablaba cada vez menos. También se volvió desconfiado y tacaño, y ocasionalmente se dejaba llevar por arrebatos de ira. Además, renunció a participar en campañas bélicas y se opuso a que su único hijo Franz se iniciara en la carrera militar.

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Fotograma de la película “La marcha de Radetzky”, en el que el barón Franz von Trotta habla con su hijo Carl Joseph von Trotta

Para Trotta la vida devino en un mero trámite, limitándose a desempeñar correctamente su función de padre de familia, esposo y súbdito del emperador, y correspondiendo con dignidad a la gracia imperial por la que fue favorecido después de su hazaña en la Batalla de Solferino. Si entonces se curó a las cuatro semanas de la herida que le produjo en el hombro la bala del enemigo, jamás se curaría de la decepción que le causó el emperador a raíz del falseamiento del episodio. Esta otra herida estuvo sangrándole hasta el final de sus días.

A pesar del brillante porvenir que le aguardaba tras el ascenso en la escala social y en el cuerpo militar con el que fue premiado, Trotta no estaba dispuesto a dejarse engañar de nuevo. Prefirió retirarse a la vida privada, donde al menos esperaba mantener a raya a la mentira. ¿Para qué seguir  viviendo en una sociedad en la que ésta campaba a sus anchas? Con ello reconocía implícitamente su impotencia para combatirla.

Quien se oponga a la influencia de la mentira en los destinos del mundo no tiene otra alternativa que desterrarse de la vida mundana, recelar de las palabras propias y ajenas y hablar lo menos posible, puesto que la mentira es social y charlatana por naturaleza. No son necesarias muchas personas para que se manifieste. Dos son suficientes. En el Paraíso terrenal bastó con la presencia de Adán y Eva para que se colara entre ellos la mentira serpenteante.

Orden Militar de María Teresa con la que fue condecorado Joseph Trotta por salvar la vida del emperador en la Batalla de Solferino

Sin embargo, nunca se le oyó a Trotta reproche alguno contra Francisco José I, ni se le ocurrió propagar la mentira patriótica de la que había sido víctima. Sobrellevó la decepción en silencio, sacrificando en el altar de la autorrenuncia la dicha que tendrían que haberle proporcionado los beneficios materiales que obtuvo de la gracia imperial.

La resignación con la que sufrió la herida del desengaño estaba ligada al concepto del honor que se estilaba en aquella vieja época y que, como señala a título de ejemplo el narrador de La marcha Radetzky, explica que un padre se impresionara menos por la muerte repentina de su único hijo que por la noticia de que ese único hijo había cometido una acción deshonrosa.

Su amarga experiencia con la máxima representación del poder imperial le hizo comprender que “la astucia asegura la continuidad en este mundo, la fuerza de las leyes y la fama de los monarcas”. Después de esta conclusión, podemos conjeturar que Trotta se hizo cargo -tampoco le quedaba otro remedio- de una verdad universal: que el poder recurre a la impostura para subsistir y así granjearse la veneración de sus fieles, aun cuando los manipule, para perpetuarse. La servidumbre voluntaria se nutre de esta clase de embelecos.

Dormitorio conyugal en el palacio de Schönbrunn del emperador Francisco José y su esposa, la emperatriz Sissi

Al igual que los niños con respecto a sus padres, el pueblo necesita confiar en la autoridad representativa del poder nacional y admirarla por las virtudes con las que una conveniente educación patriótica se encargará de investirlo. Un monarca tiene que ser un modelo ejemplar de conducta para sus gobernados, por lo que es preciso pintarlo como un dechado de virtudes cívicas y nacionales, aunque en realidad no se ajuste a ninguna de ellas.

Dado que el pueblo desea creer en esta imagen, será suficiente con inculcársela. Es la “noble mentira” que atribuyen a Platón los intérpretes de su diálogo La República, donde se dice que sólo al gobernante le está permitido hacer uso de la mentira ya que con ésta persigue el bien público.

Como en el universo cerrado del poder importa más parecer que ser, quienes lo encarnan buscan la glorificación que sus acólitos se preocupan de fabricarles a su medida no por lealtad incondicional, sino porque también se benefician de ella. Uno de los subterfugios favoritos para salvaguardar su prestigio consiste en adulterar la verdad de los hechos cuando ésta contradice su imagen pública, ocultarla en los archivos secretos o, simplemente, borrarla de la memoria, impidiendo que la posteridad la rescate del olvido.

Ilustración de la época que representa a Francisco José I trabajando en su despacho del palacio de Schönbrunn

El descubrimiento de esta verdad universal tuvo que resultarle a Trotta igual de frustrante que el de la mentira patriótica. En tanto que súbdito leal a su emperador, había confiado en éste con los ojos cerrados. Por eso combatió en el ejército imperial y cuando se le presentó la oportunidad, no dudó en arriesgar su vida por él.

Al igual que la inmensa mayoría de sus compatriotas repartidos por el Imperio Austrohúngaro, Trotta creyó con una fe de carbonero. Fue de esa manera como también creyeron sus padres, sus abuelos y antepasados. Las creencias de este género suelen ser hereditarias. A ojos de los creyentes el destinatario de su credulidad permanece impasible, sumido en la lejanía espacial y temporal, semejante a una divinidad, indiferente a los cambios que acaecen a su alrededor y al mismo curso de los siglos.

Al enterarse de la falsificación del episodio de Solferino debió de parecerle impropio de un emperador, heredero de una dinastía milenaria, incurrir en semejante bajeza. Más grave todavía que eso tuvo que ser la sensación de haber perdido la inocencia, pero no como se pierde un reloj, sino porque se la habían arrebatado. Entonces despertó de su sueño de la Verdad para encontrarse con la repugnante realidad de la Mentira. Un despertar amargo, mucho más que el del  niño que un día se entera de que los Reyes Magos son los padres.

Óleo sobre lienzo con la Batalla de Solferino ( Museo del Risorgimento, Brescia, Italia)

Sin embargo, sería injusto concluir que la mentira urdida por Francisco José y su ministro de Educación fuera malintencionada. En ningún caso pretendía subestimar la hazaña de Trotta sino preservar la imagen legendaria de un gobernante aguerrido e invencible especialmente apta para escolares a los que se trataba de inculcar la admiración por su emperador, el mismo que el 28 de julio de 1914, un mes después del asesinato en Sarajevo de su sobrino el archiduque heredero Francisco Fernando de Austria y su esposa, firmó la Declaración de Guerra a Serbia, encabezándola con el llamamiento “¡A mis pueblos!”, que encendió la mecha de la Primera Guerra Mundial.

Nada más lejos de este tratamiento educativo de la máxima autoridad del Estado que el burdo culto a la personalidad del dictador que caracterizó a los regímenes totalitarios del siglo XX y con el que se perseguía amedrentar a los ciudadanos, obligándolos a que se vigilasen unos a otros para que demostraran fidelidad ciega al adorado líder y denunciar a quienes se atrevieran a burlarse de él o cuestionar su autoridad.

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Ilustración que representa el asesinato en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, por un terrorista serbio del archiduque heredero Francisco Fernando de Austria y su esposa

En una dictadura tiranizada por el culto a la personalidad habría sido inconcebible que la mujer de Trotta y el amigo notario de éste le hubieran dicho, para calmar su enojo ante el descubrimiento de la “lectura patriótica” en el libro escolar de su hijo, que cuando los niños fuesen mayores tendrían la oportunidad de enterarse de la versión verdadera de su hazaña.

Sí, ya tendrían tiempo de desengañarse y de sufrir una decepción similar a la sufrida por el teniente Trotta. Es el destino que le aguarda a la educación patriótica que a lo largo de la Historia han recibido millones de estudiantes en sus países. Tarde o temprano, también la ilusión de una patria arcádica, gobernada por un caudillo heroico y benefactor, termina estrellándose contra el duro suelo de la realidad.

El emperador Francisco José ataviado con el traje de caza

Pero al Caballero de la Verdad le disgustó el maquillaje al que fue sometido el episodio de Solferino no tanto porque su hazaña fuera desvirtuada como porque faltase a la verdad de los hechos. De ahí que uno de los detalles que más le molestó del relato escolar es que se dijera que era teniente de caballería, cuando en realidad pertenecía al cuerpo de infantería.

A los lectores de La marcha Radetzky, publicada en 1932, el enfado de Trotta ante semejante infracción de la verdad tenía que parecerles de una ingenuidad enternecedora. Desde los años previos al  estallido de la Primera Guerra Mundial estaban acostumbrados a leer en los periódicos mentiras políticas de trazo grueso. La agitación nacionalista promovida por la prensa predispuso a las masas de las potencias europeas para acoger el anuncio de la guerra en agosto de 1914 con un entusiasmo suicida. En los cuatro años que duró la contienda la propaganda difamatoria vertida por esa misma prensa contra el enemigo alcanzaría cotas inauditas, siendo Alemania el país más perjudicado por semejante práctica.

Póster editado en septiembre de 1814 con la foto del general británico Kitchener haciendo un llamamiento a filas bajo el lema “Tu país te necesita”

Así que, tras el ascenso al poder del nazismo en enero de 1933, el terreno ya estaba abonado para que Hitler y Goebbels propalaran sus mentiras salvajes sin parpadear. Habían aprendido la lección de los enemigos de Alemania durante la guerra. No tuvieron más que aplicarla en una sociedad de masas atormentada por el miedo y la incertidumbre. Con la mentira podían llegar tan lejos como quisieran. Bastaba con disponer de un eficiente aparato de propaganda y amordazar a los enemigos, arrojando toneladas de calumnias sobre ellos. En cuanto la población se familiarizara con las mentiras no tardaría en aceptarlas con naturalidad.

En esta época prolífica en bulos, noticias falsas, “hechos alternativos” e infundios, el Caballero de la Verdad se sentiría tan fuera de lugar como Don Quijote entre sus contemporáneos. Parapetados tras el anonimato de las redes sociales, los cínicos fabricantes de mentiras al por mayor se burlarían de él, tomándolo por idiota. Su apasionada defensa de la verdad fáctica sería considerada una inútil muestra de candidez con la que no se va a ninguna parte.

Quizá hasta hubiese alguien que, como el estirado capellán de los Duques a Don Quijote, le instara a abandonar su causa, dándola por perdida: “Sea usted ambicioso y mienta. Con la verdad por delante no se va a ninguna parte. En cambio, con la mentira uno puede llegar muy lejos. No se avergüence de mentir ni se ruborice como los niños. Mienta sin rubor, si es posible descaradamente y a lo grande, para que sus mentiras destaquen sobre las demás y merezcan la atención de los candidatos a tragársela. Mire a su alrededor: todo el mundo miente y no pasa nada. Todo el mundo menos usted. ¡Debería darle vergüenza!”.

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3 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    noviembre 29, 2017 11:07 am

    Jaime, mientras hayan escritores como tú habrá esperanza…y hasta que la mentira no conozca la vergüenza, la verdad será derrotada por los arrogantes!!!!!!!!!

    Un abrazo!

  2. noviembre 30, 2017 1:28 pm

    Un abrazo, Rubén.

  3. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    diciembre 3, 2017 7:45 pm

    Muy bonita también esta segunda parte de tu artículo “La marcha de Radetzky”, Jaime. El problema creo yo que no es que nos engañen lo políticos o tantos “predicadores”… El problema es que la sociedad, como tal, está dispuesta a creer sus mentiras y hasta las necesita. La renovación debe empezar por nosotros, no por los políticos mentirosos, porque éstos siempre los habrá.

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