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La soledad de Lázaro de Tormes (y III)

octubre 31, 2017

Una vez, cuando Rabí Mordejái asistía a la circuncisión del hijo de su amigo Rabí Asher de Stolyn y le trajeron el niño para que lo bendijera, dijo: “Que no engañes a Dios, que no te engañes a ti mismo y que no engañes a la gente”. Cuento jasídico

 

En El Lazarillo de Tormes las malas lenguas son el contrapeso de las creencias y mentiras que sus forjadores intentan vender a los incautos, adornándolas con promesas y palabras persuasivas. Si no hubiese sido por ellas no habrían llegado a oídos de Vuestra Merced las murmuraciones sobre “el caso” –el adulterio del arcipreste de San Salvador de Toledo con su criada, la mujer de Lázaro de Tormes-, ni, por tanto, se habría interesado por el asunto, por lo que tampoco éste le habría escrito la carta para aclarárselo.

En realidad, las malas lenguas son el cuarto personaje involucrado en el enredo erótico protagonizado por Lázaro, su mujer y el arcipreste. Puesto que la carta recuerda a la declaración de un acusado ante un tribunal, el papel de éstas podría compararse al de testigo ocular de los hechos juzgados. Invisible, pero parlante. Se trata de un personaje fantasmal, que desenmascara las mentiras de quienes guardan las apariencias para escenificar el encaje perfecto entre la moral pública, postulada con extremo rigor por las poderosas autoridades religiosas, y la privada. En El Lazarillo las malas lenguas son las únicas que no mienten, como tampoco mentían las murmuraciones del pueblo que apuntaban a la falsedad de las bulas vendidas por el buldero.

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Al contrario que los “buenos” y los “hombres de bien”, a los que Lázaro procura arrimarse, siguiendo el consejo de su madre, las lenguas son “malas”. Dicen lo que sus oponentes, los “buenos”, callan o tergiversan para preservar sus intereses, embaucar a los crédulos y aparentar lo que  no son. Su lema bien podría ser: “Piensa mal y acertarás”.

No sólo traen noticias malas a sus destinatarios sino que, por si esto fuera poco, las propagan. Son lenguaraces. Amparadas en el anonimato y en su pluralidad, pregonan aquello que las personas más próximas no se atreven a decirle al engañado o, como ocurre más a menudo, a quien se engaña a sí mismo, algo frecuente sobre todo en el amante que no quiere enterarse de que la persona a la que ama ha dejado de amarle: tienen que ser las malas lenguas las que se lo digan. No en vano el mensaje que arrojan a las plazas incide casi siempre en algún caso de adulterio, o sea, el engaño que sufre un marido o una esposa por su pareja.

El anonimato las protege de amenazas como la proferida por Lázaro contra el amigo que se atreviera a decirle a la cara lo que ellas proclamaban descaradamente: que su mujer era amante del arcipreste y él desempeñaba el humillante papel de tapadera en esa relación ilícita, a cambio de preservar su puesto de pregonero de vinos y de obtener algunos beneficios suplementarios.

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Que sólo las malas lenguas y las habladurías acierten a decir la verdad ocurre en sociedades cerradas, donde, ante el miedo generalizado a la verdad, ésta tiene que expresarse a través de canales clandestinos, refugiarse en el anonimato o recluirse en el ámbito privado, bordeando el secreto, por temor a las coacciones de los poderes públicos. “En una época en que las verdades son escasas, nada es más creíble que los rumores”, observó el novelista Joseph Roth. La tiranía de la mentira divide a la sociedad que la padece en dos espacios antagónicos: la irrealidad que impera en la superficie y a la que todos fingen dar crédito, y la realidad que se oculta en el subsuelo para escapar de las coacciones que ejercen sobre ella los promotores de la ficción. Es el mundo al revés.

En la sociedad retratada por Lázaro de Tormes con una ironía socarrona, pero punzante, se vislumbra el antagonismo que tanto criticaron los pensadores regeneracionistas de finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, entre la España oficial, en la novela representada por la apariencia de bien y honra que esgrimen los personajes con cierta relevancia en la vida pública y por “nuestro victorioso Emperador” Carlos V, y la España real, con las miserias y derrotas que se ocultan tras la fachada ostentosa de la apariencia.

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Estatua del emperador Carlos V en la Puerta de la Bisagra de Toledo

En tanto que motivo esencial en la explicación del caso, también las malas lenguas desempeñan un papel relevante en los recuerdos de su infancia que Lázaro cuenta en la carta a Vuestra Merced. Aparecen en el episodio en que su madre fue víctima de ellas cuando su nuevo marido y padrastro de Lazarillo, el negro esclavo Zaide, fue acusado por alguien -“llegó a oídos del mayordomo”- de los pequeños hurtos que cometía en la vivienda de éste, siendo condenado por ello. A la mujer se le prohibió acogerlo en su casa.

Para “evitar peligro y quitarse de malas lenguas”, ésta se fue a servir a un mesón de Salamanca, con sus dos hijos y sin la ayuda de Zaide, una circunstancia que motivó su decisión de encomendar el niño Lazarillo al amo ciego. También a su primer marido, el molinero Tomé González, le “achacaron” unos pequeños hurtos y “confesó, y no negó” -como Juan el Bautista cuando los sacerdotes y levitas le preguntaron quién era y confesó que no era el Mesías-, siendo perseguido por la justicia.

De estas amargas experiencias infantiles, recordadas con una evidente segunda intención en la carta a Vuestra Merced, Lázaro aprendió que quien confiesa la verdad es castigado por la justicia, privándosele de la oportunidad de ser “bueno” y vestir el “hábito de hombre de bien”. En cambio, quienes no sólo niegan las acusaciones que se vierten sobre ellos sino que alardean de su inocencia, mintiendo, pueden prosperar y hacer carrera.

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Zaide, el padrastro negro de Lazarillo, es azotado por la justicia tras ser acusado de haber cometido pequeños hurtos

“Malas lenguas” es una expresión viejísima que, a pesar de los siglos y de los cambios en las costumbres, mantiene intacto su significado original. Irrumpen en un escenario caracterizado por la sospecha, la opacidad y la vigilancia permanente, en el que menudean las habladurías y los rumores de procedencia dudosa y, lo que es peor, la difamación. El Diccionario de la RAE asocia las palabras “malsín” y “malsinar” -“acusar incriminar a alguien, o hablar mal de algo con intención dañina”- a las malas lenguas. Ambas circulaban en las aljamas  de la España medieval para referirse a los judíos conversos que calumniaban a sus antiguos correligionarios.

En nuestra época, las malas lenguas aparecen en El proceso, la novela en la que Kafka cuenta la historia de la conspiración de que es objeto su  protagonista, aparentemente inocente, y que, después de un tortuoso periplo por extrañas instancias judiciales, lo abocará a la muerte. La frase con que arranca la novela no deja lugar a dudas:

Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”.

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Fotograma de la película “El proceso”, de Orson Welles , en el que Joseph K. (interpretado por Anthony Perkins) es interrogado por dos agentes judiciales en la escena de la detención en su dormitorio

Aunque el narrador se abstenga de explicar el motivo de su afirmación, el caso es que, a partir de esa denuncia anónima, que el joven gerente bancario considera infundada, éste defenderá su honorabilidad ante el misterioso tribunal que lo juzga. Para demostrar que dice la verdad, planeará incluso redactar una confesión autobiográfica como la que escribió Lázaro de Tormes a Vuestra Merced ante las murmuraciones de las malas lenguas que circulaban sobre el caso.

En el clima de sospecha en el que germinan las habladurías todo el mundo mira a todo el mundo y todo el mundo se mira a sí mismo para que la imagen que proyecta hacia el exterior concuerde con su estatus social. No es casualidad que en El Lazarillo los personajes principales realicen tareas asociadas a la vida pública, siendo Lázaro quien participa más activamente en ésta por su labor de pregonero de vinos y subastas y de los delitos cometidos por los perseguidos por la justicia.

El amo ciego vende plegarias y oráculos a las mujeres devotas; el clérigo de Maqueda predica en la iglesia y reza en los entierros; el buldero vende bulas falsas en las iglesias, el arcipreste ejerce su autoridad sobre los sacerdotes e iglesias de su comarca. Aunque el escudero no se dedica a oficio alguno, ¿qué vida más pública que la de alguien que pasa buena parte de la jornada paseando por las calles de Toledo para lucir la capa y la espada?

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A todos ellos les interesa cuidar la apariencia externa, vestir el “hábito de hombre de bien”, la “imagen”, como decimos ahora probablemente influidos por la omnipresencia de ésta en la vida pública, tratando de demostrar que son tan honestos en el ejercicio de su profesión como en su vida privada.

A un joven como Lázaro, que habiendo salido de la nada y después de infinitas penalidades en el hogar y en su periplo como criado de varios amos insufribles, atisba por vez primera la posibilidad de medrar en la rígida sociedad toledana, le trae sin cuidado lo que digan las malas lenguas sobre su matrimonio con la criada del arcipreste de San Salvador, su amo. Él cumple con su función de pregonar los vinos de éste, un oficio tan digno como otro cualquiera, y recibe un trato correcto de quien le paga por sus servicios, además de haberle prometido “lo que pienso cumplirá”. También el pagador se muestra generoso con su esposa al darle una carga de trigo al año, “por las pascuas su carne y las calzas viejas que le deja”, y los domingos y fiestas los dos comen en su casa.

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Ilustración que representa a Lázaro de Tormes como pregonero de vinos

Como si quisiera demostrar que las malas lenguas mienten, Lázaro refiere al destinatario de la carta la reciente conversación que el arcipreste tuvo con él, en presencia de su mujer, para hablar del asunto. El clérigo le dijo que si quería medrar no hiciera caso de las malas lenguas. Su mujer entraba y salía de su casa “muy a tu honra y a la suya”. Que no mirase lo que puedan decir, sino “a lo que te toca, digo, a tu provecho”.

Lázaro le responde que él ha decidido arrimarse a los buenos, pero que algunos de sus amigos le han dicho “algo deso”, comentándole que su mujer había tenido tres abortos antes de que el arcipreste la casara con él.  La reacción de ésta no se hizo esperar:

“Entonces echó juramentos sobre sí, que yo pensé que la casa se hundiera con nosotros. Y después, tomóse a llorar y echar maldiciones sobre con quien conmigo la había casado, en tal manera, que quisiera ser muerto antes que se me hubiera soltado aquella palabra de la boca”.

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La mujer de Lázaro echando “juramentos sobre sí” y sobre el arcipreste ante las dudas de su marido sobre su honorabilidad

Hasta que entre él y el arcipreste “tanto le dijimos y otorgamos” que cesó su llanto, al tiempo que Lázaro le juraba que nunca más en su vida

“volvería a mentarle aquello y que no pondría ninguna objeción a que ella entrase y saliese, de noche y de día, de la casa del arcipreste, pues estaba bien seguro de su bondad. Y así quedamos todos tres bien conformes”.

En su intento por remarcar la sinceridad de sus palabras, promete que si alguien se atreve a “meter mal” con su esposa, jurará “sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo”. Pero el lector intuye que, si se produjera ese juramento, sería tan falso como la adoración que el niño Lazarillo dedicó al pan destinado a la consagración que hurtó del arca del amo clérigo, quien tampoco creía en la sacralidad de las hostias ni en los ritos religiosos que oficiaba.

Como ocurre con otros motivos fundamentales de la confesión autobiográfica de Lázaro, este incidente no es más que una réplica del que en el Tratado Quinto protagonizan el buldero y el alguacil ante los feligreses de la iglesia, y que Lázaro describe detalladamente en la carta a Vuestra Merced. Recordemos que todo empezó cuando el buldero predicaba en un templo, alabando la bondad de su bula, y de pronto apareció el alguacil, con quien había fingido una riña la noche anterior, para denunciar ante los parroquianos la falsedad de las bulas.

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El buldero discutiendo con el alguacil

En contra de lo previsto, el buldero reaccionó con serenidad, perdonando al alguacil y rogando a Dios que obrase un milagro: que si era verdad lo que decía éste, el púlpito se hundiera con él, pero si era verdad lo que él mismo decía y no el alguacil, fuese castigado. Nada más terminar la oración, el alguacil cayó al suelo

“y comenzó a bramar y a echar espumarajos por la boca, y torcella y hacer visajes con el gesto, dando de pie y mano, revolviéndose en aquel suelo a una parte y a otra”.

Asustados, los feligreses le pidieron al buldero, sumido en una especie de éxtasis en el púlpito, que acabara con el sufrimiento del alguacil, ruego al que accedió perdonando sus injurias y devolviéndole el juicio y la salud, después de recitar una oración larga y devota que conmovió a los fieles. El alguacil volvió en sí y se arrodilló a los pies del buldero, confesando que sus palabras habían sido obra del demonio, ante lo cual el buldero le perdonó y “fueron hechas las amistades entre ellos”, mientras los feligreses se precipitaban para tomar la bula, divulgándose la noticia por los pueblos de la comarca. Desde aquel incidente las gentes tomaban las bulas “como si fueran peras que se daban de balde”. El engaño había surtido el efecto deseado.

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Escena de “El Lazarillo” en la que el alguacil simula haber caído fulminado por denostar las bulas que vendía el buldero y éste lo “resucita” ante el asombro de los feligreses

En la escena en la que participan Lázaro, su mujer y el arcipreste, el papel de víctima de la calumnia encarnado por el buldero se corresponde con el del arcipreste y el del alguacil fingiendo un ataque de ira recuerda a la mujer de Lázaro bajo el acceso de furia y llanto con que interrumpe los comentarios de su desconfiado marido, tras recordar que unos amigos suyos le habían dicho que, antes de casarse con él, “había parido tres veces”.

Al igual que el arcipreste, Lázaro y su mujer quedaron “bien conformes” después de las quejas de ésta contra el inoportuno comentario de su marido poniendo en duda su honorabilidad, el buldero, el alguacil y los feligreses quedaron satisfechos después del simulacro de trifulca que organizaron en la iglesia a propósito de la falsedad de las bulas y el falso milagro en que concluyó. Los fieles creyeron en éste y en la autenticidad de las bulas, acudiendo en masa a comprarlas, y los dos hombres se repartieron tan contentos las ganancias de la venta.

En cuanto al papel de Lázaro, su situación es análoga a la de los fieles, quienes, como él por lo que respecta a su mujer, dudaban de la veracidad de las bulas, alertados por las murmuraciones sobre su supuesta falsedad. Pero, a diferencia de ellos, que sucumbieron al teatrillo urdido por el alguacil y el buldero, Lázaro finge creer en el llanto de su mujer y en el fingido ruego del arcipreste para consolarla -no olvidemos que fue el clérigo quien sacó a colación el asunto- a fin de salvar su dignidad ante los vecinos y ante el destinatario de la carta, y de paso seguir beneficiándose del statu quo derivado del ménage à trois.

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Bula papal

Y así como los feligreses no volverán a replantearse las dudas sobre la autenticidad de las bulas tras la escena de la que fueron testigos en la iglesia, Lázaro finge que no volverá a dudar de la fidelidad de su mujer después de presenciar sus gritos y llantos, ignorando las habladurías de las malas lenguas. Al menos eso es lo que le cuenta en la carta a Vuestra Merced.

Siguiendo el ejemplo de sus amos, Lázaro no cree en lo que pretende hacer que crean los demás, y al igual que ellos, sabe que si quiere ser creído, debe fingir que cree, recurriendo si es preciso al perjurio y la blasfemia. Se diría que para resarcirse de las humillaciones descritas en su autobiografía, se reserva para sí la última risa, por más que deba ocultarla tras la blasfemia, la misma que el autor de El Lazarillo oculta en su “nonada” de libro.

Sólo cree en la verdad del caso en su fuero interno. Ante el mundo exterior tiene que negar las murmuraciones, como las niegan también su mujer y el arcipreste. Es la única forma de que los tres se muestren conformes. Hay que salvar las apariencias y de puertas hacia dentro que cada cual se haga cargo de su circunstancia mientras obtiene los beneficios que le corresponden en el reparto del negocio. El propio Lázaro da cuenta en la carta de los que reciben él y su mujer. Los que obtiene el arcipreste tiene que imaginarlos el lector.

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Ilustración que representa al arcipreste entre Lázaro y su mujer

A raíz de la escena montada por la mujer, en connivencia con el arcipreste, a cuento de las dudas sobre su honorabilidad vertidas por Lázaro, éste levantó un muro entre la verdad y la apariencia, transformando la verdad del caso en un secreto inconfesable incluso ante su esposa, como el secreto del hambre que atormentaba al amo escudero obsesionado por la “negra honra”.

Los tres simulan la inexistencia del caso, reduciéndolo a un infundio de las malas lenguas; en suma, que la criada del arcipreste es fiel a su marido Lázaro y que la mujer sólo visita la casa del clérigo para hacerle la cama y guisarle. Y que el puesto de pregonero de vinos y los regalos que los dos reciben de su amo regularmente son una prueba de generosidad espontánea y no un pago por los servicios sexuales que le ofrece la mujer de Lázaro.

A primera vista, en este extraño trato los perdedores son los pobres, Lázaro y su esposa, y todavía más ésta que él, quien después de todo satisface su deseo de medrar y vestir el “hábito de hombre de bien”. Pero sobre la mujer penden todas las amenazas. En cuanto a la fama, tan ingrato era pasar por cornudo y encubridor como por barragana secreta de un clérigo.

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Lazarillo de Tormes y el escudero

La duda más lacerante para Lázaro tendría que ser si su mujer quiere al arcipreste, si le corresponde no sólo por los regalos que le hace, y más teniendo en cuenta que está unida a él desde antes de que Lázaro entrara al servicio del clérigo. Porque si no siente nada por éste, aunque sea su barragana, entonces su relación se reduce a una mercancía sexual. Pero si, por el contrario, lo quiere, Lázaro pinta poco en el ménage á trois, por mucho que diga que ella es lo que más ama en el mundo. Suponiendo que fuese así, la mujer lo estaría utilizando de tapadera para preservar su papel de amante estable del arcipreste, de igual modo que éste lo utiliza para encubrir su amancebamiento con ella.

En su función de amo de Lázaro y su esposa, el arcipreste los explota por igual, si bien de manera diferente: a ella, por tenerla de amante oculta, además de sirvienta, y a Lázaro, al humillarlo asignándole el papel de tapadera y comprando su silencio con el puesto de pregonero de sus vinos y beneficios futuros. Sin embargo, cada uno de ellos es parásito de los otros dos, el arcipreste de la criada y de Lázaro; éste del arcipreste y de la mujer y ella del arcipreste y de Lázaro.

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“La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades”, edición de Alcalá de Henares

Sólo los une el secreto de la complicada relación que mantienen de cara a la sociedad toledana. No hablando del asunto es como si negasen su existencia. Mientras eviten mencionarlo en su propia casa será también más difícil que se hable fuera de ésta. Que cada cual cargue con el secreto como pueda y que las malas lenguas digan lo que quieran. Con no escucharlas es suficiente.

Sin embargo, los tres se sienten igualmente solos ante su secreto, aunque Lázaro más que el arcipreste y la mujer. Si éstos lo sobrellevan en compañía, él no tiene a nadie con quien compartirlo. En la interpolación del Tratado Séptimo de la edición de Alcalá, Lázaro confiesa que “en este tiempo” había tenido “alguna sospechuela” y que hubo “algunas malas cenas por esperalla, algunas noches hasta las laudes y aún más”.

Hay que imaginar esas largas noches en las que esperó a la mujer para cenar juntos y la humillación por tener que irse a la cama solo. Noches de insomnio y de sueños borrascosos, en las que quizá rumiara los recuerdos de la cada vez más lejana niñez que habría de revivir mientras redactaba la carta-confesión a Vuestra Merced. Seguramente Strindberg, el incisivo especialista en dramas conyugales, habría encontrado en el sufrimiento interior de Lázaro un argumento para una de sus obras de teatro de cámara.

August Strindberg.Bonnierförlagens arkiv.

August Strindberg

A pesar de las mejoras materiales alcanzadas y de la seguridad de que goza, Lázaro está tan solo como lo estuvo en su dura infancia, privado de la autonomía necesaria para no depender de alguien. No obstante, podemos intuir que en su lucha por mejorar su condición social subyace el deseo y la esperanza de alcanzarla en un futuro indeterminado.

Por paradójico que resulte, el pobre consuelo que le queda es saber que su mujer le pone los cuernos con el arcipreste, anticipándose a las malas lenguas. También esta conciencia de su propia situación es un reflejo de uno de los primeros recuerdos infantiles y del que, con su portentosa habilidad para relacionarlos con el caso, dejó constancia en la carta.

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Lazarillo y el amo ciego junto al verraco de piedra de Salamanca

Fue en los pocos años que convivió con su padrastro Zaide y el hermanastro mulato. Un día vio que éste escapaba de su padre porque era negro y corría hacia su madre y Lázaro.

“¡Cuántos debe haber  en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!”

exclama el Lázaro adulto, pensando quizá en quienes, por no conocerse a sí mismos, escapan de sus iguales para irse con los que no lo son y que tal vez también los rehúyan por los mismos motivos por los que ellos escapan de sus iguales.

En este episodio subyace una advertencia en lo que se refiere al caso, probablemente dirigida a aquellos que, al contrario que él, son cornudos sin saberlo, a no ser que las malas lenguas les abran los ojos. Puede que Lázaro engañe a otros, pero al menos no se engaña a sí mismo ni se deja engañar. Esa fue la lección inolvidable que aprendió del amo ciego el día en que le dio “una gran calabazada” contra la cabeza del verraco de piedra de Salamanca por creer ciegamente que si acercaba la oreja a éste oiría “un gran ruido dentro de él”.

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4 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    noviembre 11, 2017 6:08 pm

    Le atribuyen a Descartes aquello de ” los malos libros provocan malas costumbres, y las malas costumbres, provocan buenos libros..” Quizás en la época del Lazarillo, a través de la sátira se podía criticar elegantemente al clero.
    Gracias por enriquecernos con tus entradas!!!!!!!!!

  2. noviembre 14, 2017 1:32 pm

    Gracias por la lectura, Rubén. Sea o no Descartes, la cita viene como anillo al dedo. En fin, confiemos en que no se acuse a los escritores de hacer apología de las malas costumbres.

  3. Luis Ángel permalink
    noviembre 14, 2017 10:21 pm

    Esa también es la forma en que la clase política, los poderes económicos y la religión someten a los menos favorecidos por la fortuna a soportar el dolor y la vejación a cambio de las migajas que dejan caer de su mesa. Es pan de todos los tiempos desde que existe la humanidad.
    Como siempre, juicioso análisis el tuyo Jaime
    Saludos

  4. noviembre 15, 2017 11:46 am

    Gracias, Luis Ángel, por tu comentario. La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro es válida para todas las épocas y sociedades. Un saludo

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