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Traficantes de creencias y mentiras (II)

octubre 24, 2017

Lázaro de Tormes guarda dos secretos: uno es el secreto a voces, pregonado por las malas lenguas, el del adulterio de su mujer con el arcipreste de la iglesia de San Salvador de Toledo, el amo de ambos, y otro que calla, pero que el lector puede deducir de su relato: el intento de justificar, no sólo de explicar, en la carta que escribe a “Vuestra Merced” su contradictoria actitud ante “el caso” recurriendo al relato de recuerdos selectivos de su pasado como sirviente de ocho amos (el noveno es el actual, o sea, el arcipreste).

Con ello parece decirnos: “Todo lo que soy, que he llegado a ser, para bien y para mal, se lo debo a mi pasado. Lo que no puedo ser es lo que ustedes querrían que fuese, un héroe capaz de sublevarse contra lo que han hecho de mí las adversas circunstancias que he tenido que padecer desde mi nacimiento. Soy hijo de esas adversidades y a ellas me acomodo, ya que no puedo cambiarlas. Como al mundo le desagrada este hecho, también me acomodo al mundo para complacerlo, aunque  tenga que engañarlo. Pero que conste que lo engaño a él, no a mí mismo. Por cierto, también esto lo he aprendido del mundo”.

Monumento en Salamanca al Lazarillo de Tormes con el amo ciego, de Jaritza Adrian Quijije

Este discurso rezuma un pragmatismo maquiavélico propio de alguien que sufrió en primera persona la tiranía de la mentira y de un lenguaje que sólo servía para ocultar la verdad, algo de lo que ya se quejaba Montaigne cuando denunció en uno de sus ensayos que “es el disimulo una de las cualidades más notables de este siglo” y acusaba a los hombres de su tiempo de “hablar siempre con disimulo en presencia unos de otros”.

Valga de ejemplo esta anécdota extraída de la vida del mismo Maquiavelo. En 1521 el gobierno de los Médici le encargó una misión ante los Hermanos Predicadores de Carpi para tratar con ellos asuntos de jurisdicción de los conventos franciscanos situados en dominio florentino. Ante un encargo sin duda extravagante para un personaje como Maquiavelo, su amigo el historiador Francesco Guicciardini le advierte que no caiga en la tentación de volverse devoto, no sea que la gente piense que chochea, y sobre todo, que evite contagiarse de la “enfermedad de la hipocresía” para que los aires de Carpi no lo vuelvan embustero.

Retrato de Nicolás Maquiavelo, por Santi di Tito

Maquiavelo le responde  que

“desde hace algún tiempo jamás digo aquello que creo, ni creo jamás en lo que digo, y aun si alguna vez me ocurre decir la verdad, la escondo entre tantas mentiras que es difícil volver a encontrarla”.

Ya había pagado bastante por decir lo que pensaba. La simulación y el disimulo se habían vuelto sus mejores armas en un mundo en el que las palabras estaban patas arriba. En El Príncipe había exhortado al príncipe cristiano a que aparentara ser “todo religión”, dado que los hombres “juzgan más por los ojos que por las manos” y “cada uno ve lo que pareces, pero pocos palpan lo que eres y estos pocos no se atreven a enfrentarse a la opinión de muchos”. Ante la tendencia de éstos a alabar los principios morales más sublimes, tales como la caridad, el humanitarismo y la fe religiosa, aconsejaba que se les haga ver y creer que se es fiel a ellos, aunque en la práctica se incumplan.

El éxito de los clérigos que aparecen en El Lazarillo se basa en la obediencia a esta regla. Así, la religión, al favorecer la exteriorización de todas las virtudes, puede ser utilizada como piel de cordero por los lobos-hombres que se esconden bajo ella. No hay engañador sin engañado ni crédulos sin fe.

Estatua de Francesco Guicciardini

En la despiadada lucha por la supervivencia, el perdedor no es el que se conduce con una mayor dosis de moralidad sino quien, sucumbiendo a la verosimilitud de las apariencias, se deja engañar por el que se sirve de ellas para obtener algún beneficio. En uno de sus consejos al Príncipe, Maquiavelo observa que

“los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”.

No se entiende El Lazarillo sin el trascendental papel que desempeñan la creencia y la credulidad en una sociedad en la que el credo religioso se propagó a todos los ámbitos de la vida privada y pública hasta degenerar en una obsesión enfermiza. La propia novela está trufada de referencias explícitas y veladas, y casi siempre paródicas, a los Evangelios y ritos católicos, especialmente la eucaristía y su acto central, la consagración del pan y del vino.

Cubierta de la primera edición de “El Príncipe” de Maquiavelo

Así, en el primer tratado del libro son numerosas las ocasiones en las que aparece el vino deseado por Lazarillo y que le sanará las heridas que sufrió cuando el amo ciego dejó caer sobre su rostro el jarro de vino en el momento en que, con la cabeza entre las piernas del viejo y bocarriba, bebía el anhelado licor que se deslizaba por el orificio que el niño hizo en el fondo del recipiente.

En el segundo tratado Lazarillo sirve a un clérigo avaro en la localidad toledana de Maqueda, que guarda los bodigos de pan en una vieja arca. El niño practica un agujero en el mueble, como ya hiciera en el jarro de vino del ciego, para hurtar los panecillos y saciar su hambre. Lázaro recuerda en la carta a Vuestra Merced el episodio en que adora el pan hurtado como si fuese una hostia consagrada extraída del sagrario.

El mismo nombre de Lázaro evoca a dos personajes homónimos de los Evangelios: el pobre Lázaro de la parábola, que ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico Epulón, y el amigo de Jesús, al que éste resucitó tres días después de su muerte.

Grabado que representa a Lazarillo de Tormes tratando de abrir un boquete en el arca de su amo el clérigo para extraer un pedazo de pan

En la España de mediados del siglo XVI, sometida a los rigores de la unificación religiosa emprendida por las autoridades y bajo el control de la Inquisición, la creencia religiosa determinaba la identidad pública de los individuos, dividiéndolos en dos especies opuestas: los cristianos viejos, de pura sangre y orgullosos de serlo -por entonces los estatutos de limpieza de sangre adquirieron rango de ley-, y los nuevos, judíos conversos, a los que se tachaba de advenedizos y  practicantes inciertos de la nueva religión a la que accedieron gracias el bautismo.

La condición hereditaria de cristiano viejo otorgaba privilegios. Como lo eran la mayoría de los españoles y la mayoría eran también pobres, la certeza de que estaban “limpios de sangre” les llevaba a pensar, y a proclamarlo incluso, que no debían nada a nadie (“Aunque pobre, soy cristiano viejo y no debo nada a nadie”, dice Sancho Panza) y que, además, garantizaba la salvación eterna. En la interpolación del Tratado Quinto de El Lazarillo, edición de Alcalá (1554), el buldero le comenta al escribano y al alguacil que los feligreses que compraban las bulas creían que con sólo decir “cristianos viejos somos”, sin hacer obras de caridad, creían que se salvarían “sin poner nada de su hacienda”.

Condenado por la Inquisición vestido con un sambenito que lleva la cruz de San Andrés (Francisco de Goya)

Exhibir esa identidad era un signo de distinción frente a la minoría de cristianos nuevos, a los que, en tanto que recién llegados al redil católico, se les exigía que demostraran sin ambages su piedad religiosa. Ellos sí debían mucho, por lo que tenían que esforzarse continuamente por acreditar la autenticidad de su nueva fe, exponiéndose a que se los acusara de infieles, con las terribles consecuencias que esas acusaciones podían acarrearles. En una sociedad tan polarizada por la pugna entre identidades públicas, las tensiones eran constantes. Se vivía bajo un clima de sospecha permanente. La delación y la calumnia estaban a la orden del día.

El papel central que la creencia religiosa desempeñaba en este panorama de exhibición identitaria hizo que derivase en una mercancía. Prueba de ello eran la venta masiva de bulas falsas y el auge de la superstición y sus mercachifles. De hecho, en El Lazarillo la religión, sus rezos y ritos, son una mercancía que sus forjadores tratan de vender para obtener algún beneficio de los incautos que, por ignorancia y simpleza, la compran sin mirarle el diente o, lo que es lo mismo, sin reparar en las palabras fraudulentas con las que se las reviste para que muerdan el anzuelo. La mayoría de los personajes son parásitos, o pretenden serlo, de la credulidad ajena.

Bula del papa Urbano VIII con el sello (bulla) de plomo

De todas las lecciones que Lázaro aprendió en su turbulenta infancia -un viaje iniciático que, desde su punto de vista, lo condujo a buen puerto-, ésta es la que más habría de influirle: que gana la partida quien demuestra habilidad para venderle a los demás su creencia en la que él mismo no cree en absoluto, puesto que la forjó con el único fin obtener algún provecho, el “tu provecho” por el que el arcipreste le aconseja a Lázaro que mire, guardando las apariencias y desmintiendo, mintiendo, el adulterio consentido de su mujer con el clérigo. Siempre habrá quien esté dispuesto a creer la mentira que se le intenta colar. Algún provecho esperará obtener también de ella…

Son varios los motivos que pueden explicar el predominio de la creencia y la credulidad en la novela. El primero que salta a la vista es la desproporción entre el elevado nivel de exigencia moral impuesto por las autoridades religiosas y los reiterados incumplimientos por quienes la predicaban. Estos últimos tenían que demostrar públicamente que en su vida privada eran coherentes con esa moral.

Aún había otra causa que explica el papel relevante que adquirió la creencia, y que el autor de El Lazarillo no dejó escapar: la hidalguía como forma de vida. De igual modo que el cristiano viejo se jactaba de su fe religiosa ante el siempre sospechoso cristiano nuevo, el hidalgo se enorgullecía de su estatus ante el resto de la población, mostrando las señas de identidad que lo distinguían: la capa, el sayo, la espada y el criado que estaba a su servicio.

Edición de Amberes de “El Lazarillo de Tormes” (1554)

Como el clérigo por lo que respecta a la moral pública, el hidalgo se sentía obligado a acreditar que vivía en consonancia con su estatus social, exhibiendo las señas externas que lo identificaban y ocultando las pruebas que pudieran contradecirlas, como le sucede al amo escudero. Todos estos personajes-tipos debían esmerarse por ser creíbles o al menos verosímiles.

En la novela no es Lázaro el único que desea ser creído. Su primer amo, el astuto ciego, se afanaba para que las mujeres devotas creyesen el menú variado de oraciones que almacenaba en su portentosa memoria (“que sabía de coro”, matiza Lazarillo con una hermosa expresión hoy olvidada), los consejos medicinales y los sortilegios que repartía a diestro y siniestro para “sacar el dinero” a la gente. “Andábase todo el mundo tras él, especialmente las mujeres, que cuanto les decía creían”, refiere Lazarillo, ganando más en un mes que cien ciegos en un año.

En la iglesia rezaba en un tono “muy sonable, que hacía resonar la iglesia donde rezaba”, evitando los gestos y los visajes con los ojos, “como otros suelen hacer”. Rezar alto pero sin aspavientos; parecer devoto pero sin exageración. Ni fariseo ni publicano, sino a medio camino entre los dos.

Lazarillo de Tormes guiando al amo ciego

Tampoco Lazarillo se libró de su arte para engañar a los demás el día en que, saliendo de Salamanca, en busca de un destino más halagüeño, le dijo que acercara la cabeza al verraco de piedra que aún hoy se conserva a la entrada del puente romano para “oír un gran ruido dentro de él”. Pero al poner la oreja junto a la piedra, el hombre le golpeó la cabeza contra ella.

Ese golpe doloroso lo despertó de su simpleza infantil, advirtiéndole del peligro de creer a ciegas en todo lo que dijeran los demás. Había descubierto su vulnerabilidad ante la creencia. Estaba solo en el mundo, por lo que debía valerse por sí mismo, sin la ayuda de nadie, como le había exhortado la madre al entregarlo al ciego. Ya no podía creer en lo primero que le dijesen. A partir de ahora tendría que desconfiar de las palabras, “avivar el ojo y avisar”. Lázaro se vengará de esta cruel broma del ciego llevándole por caminos intransitables. Antes de despedirse de él, lo engañó provocando que se diera un topetazo contra el poste de un pilar de Escalona en un día lluvioso.

Su segundo amo, el clérigo tan avaro y despiadado como el ciego, hacía lo contrario de lo que predicaba. Por más que le dijera a Lázaro que los sacerdotes tenían que ser templados en el comer y el beber, “comía como lobo y bebía más que un saludador” en las cofradías y velatorios a los que acudía para orar.

Escultura del verraco de Salamanca

El escudero, su tercer amo, un tipo con apariencia de hidalgo de capa y espada, pero en realidad un muerto de hambre, quiere que se crea al personaje por el que se hace pasar en cuanto sale a la calle. Sin embargo, fue justamente el hambre lo que hizo que por primera vez el siempre hambriento Lazarillo se identificase con él (“sentí lo que sentía”). Al menos no lo maltrató, como los otros amos.

La obsesión de este desclasado por la “negra honra”, como la llama Lazarillo, el secreto que lo carcomía, es un reflejo de la que tiene por la limpieza personal, como si el agua no fuera suficiente para limpiarle la suciedad de la que sólo él tenía conciencia, algo que los cristianos viejos reprochaban a los nuevos. Tampoco a éstos el agua bautismal los purificaba de la mancha originaria.

 

Lazarillo conversando con el amo escudero

Su quinto amo, el buldero, desea que los feligreses compren las bulas falsas que les vende. La escena que este clérigo corrupto pacta con el no menos corrupto alguacil para engañar a los parroquianos en la iglesia, simulando una trifulca milagrera entre ellos para que tomaran las bulas por auténticas y se apresuraran a comprarlas como “si fueran peras que se dieran de balde”, no es más que una muestra de su maligno ingenio para conquistar la credulidad de los parroquianos ingenuos. Hasta el propio Lazarillo cayó en la trampa.

Para que el engaño funcione es imprescindible la verosimilitud. Esto requiere de sus artífices una habilidad especial, como la acreditada por el buldero y el alguacil a cuento del falso milagro que urdieron en la iglesia. Ambos demostraron ser unos consumados artistas de la mentira, además de actores con tablas en la comedia del engaño. Aunque sean muchos los que desean engañar, no todos salen airosos de sus tentativas para conseguirlo. Algunos mejoran su arte con la experiencia. Otros parecen haber nacido con él.

Escena de “El Lazarillo” en la que el alguacil simula haber caído fulminado por denostar las bulas que vendía el buldero y éste lo “resucita” ante el asombro de los feligreses

En El Lazarillo se vislumbran tres clases de mentirosos. En primer lugar, los que mienten para obtener algún beneficio material de quienes, cegados por una credulidad ciega, se tragan sus mentiras. Estos mentirosos tienen que fingir que creen en sus patrañas a fin de que los demás puedan también creerlas. Para ello recurren a todo género de argucias, de tal manera que su mentira parezca una verdad fuera de toda duda. En este grupo de mentirosos hay que incluir a cuatro de los amos de Lazarillo: el ciego, el clérigo, el buldero y el arcipreste.

La segunda clase de mentirosos está representada por el amo escudero. Estos mienten con el propósito de hacer creer a los demás que la apariencia externa por la que quieren ser reconocidos coincide con su verdadera identidad, que procuran ocultar de las miradas ajenas. Al contrario que los otros mentirosos, no esperan ningún provecho material de su mentira sino únicamente preservar la reputación. Les importa que los demás tengan de ellos la opinión que desean, aunque para lograrlo se vean forzados a llevar una doble vida: la real, que guardan celosamente amparados en el secreto, y la ficticia, que muestran al mundo exterior.

De éstos dice Lazarillo que “padescen por la negra que llaman honra” y que guardan “grandes secretos”, como el escudero hambriento que engañaba a los demás con “aquella buena disposición y razonable capa y sayo”. El peligro al que se exponen estos mentirosos es que, en su empeño por hacer creíble su propia mentira, acaben creyéndosela, partiendo en dos su personalidad, la que muestran en público y la que esconden en su fuero interno.

Lazarillo de Tormes y el escudero

En este grupo de mentirosos habría que incluir también al arcipreste y a su criada y barragana, la mujer de Lázaro. Así, mientras el clérigo trata de lavar su imagen pública de hombre cumplidor con el voto de castidad, haciendo creer que la mujer sólo acude a su casa en calidad de sirvienta para realizar sus tareas domésticas, ella hace creer lo mismo no sólo a sus vecinos sino a su propio marido. A pesar de las habladurías, no hay pruebas que demuestren lo contrario. Los dos esconden el secreto de sus relaciones, como el escudero escondía el suyo en cuanto cruzaba el umbral de su sombría y destartalada casona. Un secreto de alcoba sin más testigos que las paredes mudas.

Por último, la tercera clase de mentirosos está representada por el propio Lázaro, quien en la meticulosa construcción de su identidad pública, la de alguien que al fin viste el “hábito de hombre de bien”, mezcla la mentira con la verdad, diciendo una cosa y la contraria. Así se infiere de la versión del caso que relata en la carta a Vuestra Merced, cuando afirma, aunque sea negando su veracidad, que las malas lenguas “dicen verdad” sobre el adulterio de su mujer con el arcipreste, y a renglón seguido se desdice, fingiendo creer en las protestas de su mujer ante el arcipreste en la tentativa de ésta por defender su honorabilidad puesta en entredicho por Lázaro.

lazarillo-echo-juramentos-sobre-si

La mujer de Lázaro echando “juramentos sobre sí” y sobre el arcipreste ante las dudas de su marido sobre su honorabilidad

Él es el único que dispone de pruebas fehacientes de la infidelidad de la mujer, y no sólo porque algunas noches sufriera su ausencia o porque el amo ciego acertase en su profecía de que los cuernos le harían sufrir en el futuro, sino por el provecho que obtiene de su papel de encubridor: el oficio de pregonero de vinos, los regalos que de vez en cuando reciben él y su mujer del arcipreste y las prebendas prometidas por éste.

El parasitismo generado por el el tráfico de creencias no es más que una variante de la visión de la vida que transmite Lázaro en la carta. A fin de cuentas su propia existencia ha estado determinada desde la niñez, antes incluso de que ejerciese de criado de varios amos, por el maridaje de la creencia y el parasitismo. Un ejemplo de ello es cómo empezó a perderle el miedo que le provocaba el amante de su madre, el negro Zaide, a causa del “color y el mal gesto que tenía”, al percatarse de que “con su venida mejoraba el comer” y “siempre traía pan, pedazos de carne y, en el inviernos, leños a que nos calentábamos”. A partir de entonces hasta empezó a quererle bien. Después de todo, el miedo, o al menos la clase miedo que sentía el niño Lazarillo ante Zaide, no es más que una modalidad de creencia susceptible de ser sustituida por otra muy distinta.

Tres muchachos (Dos golfillos y un negrito), de Murillo, hacia 1670

La misma palabra “criado” o “criada”, muy común en España hasta hace unas décadas, expresa una estrecha dependencia, que a menudo excede lo meramente material, del sirviente doméstico de su amo y de la casa en la que ejerce su oficio día y noche. Dicha dependencia hace que entre ambos se establezca un vínculo casi familiar.

En el momento en que la madre de Lazarillo, incapaz de seguir manteniendo al niño, lo entrega al amo ciego para que se haga cargo de él, éste le responde que lo acogía “no por mozo, sino por hijo”. En otro pasaje se dirige a Lazarillo con el nombre de “sobrino”. Bien es verdad que tratándose de un ciego, necesitado de un “lazarillo” que lo guiase -la coincidencia del primer oficio de Lázaro con su nombre de pila no es casual-, parecía lógico que el lazo entre ellos fuese más estrecho de lo habitual. El criado, que normalmente se iniciaba en el oficio en sus años de formación, servía a su amo a cambio no sólo del sustento sino también de recibir una instrucción elemental para defenderse en la vida por sí mismo.

En El Lazarillo casi todos los personajes viven a costa de otros y son parásitos de alguien, como Lazarillo lo fue de sus amos desde la infancia y lo sigue siendo del arcipreste en el momento en que escribe la carta. Aunque se enorgullezca de ejercer el oficio real de pregonero de vinos y de los delitos cometidos por los delincuentes, ese puesto se lo debe al arcipreste y al consentimiento del adulterio de su mujer con él. El amo ciego, el clérigo avaro y glotón, el escudero famélico y presuntuoso, el buldero corrupto y tramposo, el fraile de la Merced que apenas pisa el convento, todos ellos viven de otros. En el colmo del parasitismo, el amo escudero hasta le comerá a Lazarillo los mendrugos de pan que éste obtenía de la mendicidad.

Portada de una edición del Lazarillo de Tormes del siglo XVI, encabezada por un grabado en el que aparecen el ciego, Lazarillo y su madre, Antona Pérez

Los únicos que trabajan son el molinero Tomás González, padre de Lázaro, pese a que se lo acusara de sisar trigo molido, la madre Antona Pérez, que tras enviudar cocinaba a los estudiantes y tuvo que prostituirse para alimentar a su familia hasta que conoció al mozo de caballos Zaide, acusado de hurtar cebada, leña y otros objetos para sostener a su hijo, a Lazarillo y a Antona. También trabaja la mujer de Lázaro como sirvienta del arcipreste. Otro asunto es que acepte mantener relaciones sexuales con el clérigo a cambio de preservar su puesto y el de su marido, al que sirven ambos, y de obtener algunos beneficios materiales, como el alquiler de la “casilla”, ropa y alimentos.

Pero todos los demás viven del cuento y de engañar a los crédulos con sus palabras y supercherías mientras procuran salvaguardar su reputación. Son los que visten el “hábito de hombres de bien”, los “buenos” a los que se arrima Lázaro, quizá para seguir su ejemplo en el futuro.

La carta a Vuestra Merced y su versión del caso no serían más que un ensayo orientado en esa dirección, al igual que su oficio de pregonero de vinos. La soñada autonomía, el valerse por sí mismo que el niño Lazarillo aprendió de labios de su madre y luego en su duro aprendizaje con el amo ciego, limita con la dependencia de quienes tienen la sartén por el mango y deciden la suerte de los que se encuentran debajo de ellos.

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One Comment leave one →
  1. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    octubre 31, 2017 9:22 pm

    Hoy en día también vivimos mucho de las apariencias y los políticos son los que más utilizan los “altos” principios para convencer a sus electores. ¿Qué partido político busca nuestro bien, que predicador se cree lo que predica, qué banco se interesa de verdad por nuestra felicidad, qué líder (sindical o político) quiere que le votemos “porque va a servirnos fielmente y en interés nuestro”? Al igual que mantenía Maquiavelo (quien no inventó nada, solo exponía hechos reales, es decir, era un simple analista de la realidad del comportamiento del político, en su tiempo, antes de él y después de él) en nuestra vida todos andamos con más tiento con lo que decimos, cuándo lo decimos, a quién lo decimos y cómo lo decimos que diciendo la verdad. Es decir, la falsedad no era algo exclusivo del siglo XVI ni de nuestra España de la Inquisición. Gracias, Jaime, por esta labor de autoinspeccion a través de “el Lazarillo”. Educa y enseña, como es fácil de ver. Nos pone en guardia para que aprendamos a descubrir la falsedad y a distinguirla de la verdad… entonces y ahora.

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