Skip to content

El imitador más original

septiembre 12, 2017

En el ámbito de la creación artística, en la literatura y en el pensamiento el término imitación despierta sospechas, mientras que su oponente, la originalidad, goza de un enorme prestigio. De una obra considerada original se dice que es innovadora, que rompe moldes y aporta cualidades inéditas si se la compara con las ya existentes, a las que se menosprecia por convencionales y rutinarias.

Originalidad se ha convertido no sólo en sinónimo de ruptura con el canon establecido sino en una virtud muy deseada, algo que probablemente se explique por la excesiva producción artística y, como consecuencia de ello, por su uniformidad. Cuanto más aspiran los autores a ser originales, más terminan pareciéndose unos a otros.

De ahí la proliferación de escuelas, corrientes, “generaciones”,  etc., que practican estilos parecidos y el afán de la crítica -también ella afectada por el prurito de la originalidad- por encontrar un mirlo blanco que destaque sobre la medianía. El epíteto de original es el mayor elogio que puede recibir un novelista de un crítico reputado, mayor incluso que los elogios, ya un tanto manidos, que se atrevan a calificarlo de “un nuevo Proust” o “un nuevo Thomas Mann”, y con los que se bendijo anteriormente a otros de quienes no se supo más.

Sin embargo, hasta el siglo XIX la imitación en el arte era un concepto comúnmente aceptado. A nadie se le ocurría que la obra artística tuviera que nacer ex nihilo, sino que se inspiraba de forma natural en otras ya reconocidas o en algún estilo, tomando de ellas aspectos que el artista consideraba útil para sus fines, sin temer que se lo tachara de imitador.

Las obras realmente innovadoras, no las que buscaban impresionar al público, han reinterpretado la tradición, liberándola de los clichés establecidos. Sus autores se dejaron influir por las enseñanzas de los viejos maestros. Beethoven adornó las paredes de su alcoba con los retratos de Haendel, Bach, Gluck y Mozart para implorarles que la ayudaran a sobrellevar sus sufrimientos. Nada de ex nihilo.

Retrato de Ludwig van Beethoven, por Joseph Karl Stieler –

También por lo que respecta a la conducta humana durante siglos prevaleció en la Cristiandad la idea de la imitación de Cristo. La imitatio Christi era el objetivo maximo al que podía aspirar el fiel devoto. El manual de devoción De imitatione Christi (1418), redactado por el fraile agustino alemán Thomas de Kempis, fue entre los cristianos la obra más influyente después de la Biblia. El Kempis, como se lo conocía en el lenguaje familiar, se editaba en un formato pequeño, para que sus usuarios pudieran llevarlo consigo, como si fuera un libro de bolsillo, del que se puede considerar un precursor.

En el prólogo de la primera versión al español del libro (1536), su traductor, Fray Luis de Granada, se dirigía al lector explicándole que se publicaba en ese formato para que pudiera llevarlo consigo a todas partes donde fuere, como si se tratase de “un compañero fiel, consuelo en los trabajos, un maestro en tus dudas, un arte para orar al Señor, una regla para vivir, una confianza para morir, uno que dice de ti lo que tú mismo no alcanzas”. Aunque “pobre en pompa de palabras”, era rico “en sentencias”.

En la sociedad uniformada por el consumo, la adicción al entretenimiento tecnológico y la moralina que segrega la costumbre de ver desde el salón de casa tragedias más o menos lejanas, la búsqueda de la originalidad se manifiesta en la reivindicación identitaria, en sus distintas variantes, y en el adanismo de quienes se empeñan en hacer tabla rasa del pasado, resucitando la polarización de “lo nuevo contra lo viejo”. En realidad, la expresión de las identidades colectivas ha sustituido a las antiguas ideologías de masas, en las que cualquier amago de singularidad era sofocado sin piedad.

Retrato de Thomas de Kempis

Al contrario de lo que se cree, la originalidad se basa más en el reconocimiento de lo existente que en inventar lo que no existe, descubriendo alguna faceta inexplorada en aquello que todo el mundo puede ver y en lo que, sin embargo, hasta ese momento nadie apreciaba nada de particular. Por ello cualquiera puede ser original y muy pocos lo son en realidad. Además de ingenio, se necesitan dotes de observación y perseverancia. Cuando alguien le preguntó a Newton cómo había llegado a su descubrimiento, respondió: “Pensando siempre en lo mismo”.

Los humanos estamos atados a una cadena de interdependencias, incluso cuando creemos actuar con absoluta libertad de criterio. Nadie inventa nada de la nada, excepto Dios, que, según el libro del Génesis, creó el mundo de la nada. Las criaturas sólo creamos a partir de algo que estaba en el mundo antes que nosotros. La imitación no es más que el resultado de esa descendencia y el reconocimiento de que lo que cada uno es o llega a ser se lo debe parcialmente a algún precursor.

“The Damsel of the Sanct Grael”, de Dante Gabriel Rossetti

La búsqueda de la originalidad es como la del Santo Grial: no está en ningún sitio porque no existe. Como tantas leyendas que circulan y han circulado por el mundo, surge sólo por oposición a su contraria: la imitación, por lo demás nada legendaria.

Mucho antes de que los publicistas y los manuales de autoayuda convirtieran el propósito de “ser uno mismo” en un eslogan publicitario, Ortega y Gasset se refirió a unos hombres dispuestos a no contentarse con la realidad y que se niegan a repetir los gestos establecidos por la costumbre y la tradición. Los llama héroes porque “ser héroe consiste en ser uno, uno mismo” y resistirse a que la herencia y las circunstancias  determinen el curso de nuestras acciones. Son las personas más profundamente originales, cada uno de cuyos movimientos

“ha necesitado primero vencer a la costumbre e inventar una nueva manera de gesto”.

Georges-Louis Leclerc de Buffon

La idea recuerda a la famosa frase de Buffon: el estilo es el hombre. Una vida así sólo puede ser “un perenne dolor, un constante desgarrarse de aquella parte de sí mismo rendida al hábito, prisionera de la materia”. Es la dificultad de ser en un medio hostil a la individualidad creadora, imaginativa y con un acusado sentido moral, y en el que predomina la imitación de modelos estandarizados.

Al anotar esta reflexión, Ortega estaba pensando en Don Quijote. Sin embargo, la primera pregunta que se nos ocurre es cómo podía ser él mismo alguien que, violentado por la enajenación mental, decide dejar de ser quien era, en este caso un viejo hidalgo rural y lector ávido de libros de caballerías, para transformarse en otro muy distinto, o sea, un juvenil caballero andante como los que se describen en esos libros. ¿Desde cuándo imitar a otros significa ser uno mismo?

José Ortega y Gasset

Cervantes respondió a estas cuestiones en su novela, en la que la dicotomía imitación y originalidad constituye un motivo crucial que planea sobre la obra, justificando incluso la escritura de la Segunda Parte a raíz de la publicación del Quijote apócrifo firmado por el pseudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda. Para ello recurrió a la ironía y la paradoja.

En el Prólogo de la novela, el amigo al que alude Cervantes que se presentó en su casa mientras lo estaba redactando con desgana, le dice que cuanto más perfecta sea la imitación mientras se escribe “tanto mejor será lo que escribiere”, siempre que se refleje en ella la “intención” del escritor, en este caso “deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y el vulgo tienen los libros de caballerías”, de una forma “llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas”.

El Quijote arranca con la locura que se apodera de Alonso Quijano -“el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo”- al hacerse caballero andante e

“irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama”.

Portada de la primera edición del segundo Tomo del “Quijote” firmado por Alonso Fernández de Avellaneda

Sin proponérselo, más aún, proponiéndose incluso todo lo contrario, con su demencial imitación Alonso Quijano se transformó en el caballero andante más original de todos cuantos existieron en la realidad y en los libros. Por eso hoy seguimos hablando de él, mientras que de los caballeros andantes librescos se ocupan los eruditos y especialistas en ese tipo de literatura.

La originalidad de Don Quijote se explica por el hecho de que, al contrario que los imitadores corrientes, que imitan los modelos contemporáneos encumbrados por la ambición en boga, emulase a unos personajes inexistentes en el mundo real y únicamente redivivos en unos libros y en la memoria de sus lectores. Así que cuando trataba de insertar la imitación en la realidad, ésta no podía ni sabía corresponderle como él esperaba, es decir, en consonancia con las fantasías caballerescas. Por más que el imitador se muestre fiel al modelo imitado, los derroteros de su imitación son inescrutables para él, sobre todo cuando ésta se desarrolla en un lugar y en un tiempo distintos de los vividos por el modelo.

El desfase entre lo ficticio y lo real ponía a prueba la imaginación de Don Quijote, por lo que debía ingeniárselas para superarlo, reconvirtiendo las experiencias anodinas con las que se cruzaba durante su travesía en compañía de Sancho Panza en auténticas aventuras dignas de un caballero andante. Tenía que ser él mismo, o sea, el personaje en el que había decidido transformarse en una sociedad en la que la profesión andante había desaparecido hacía un siglo y no entendía que alguien en sus cabales se propusiera resucitarla.

Don Quijote arremete contra Juan Haldudo, conminándole a que desate del árbol a su criado Andresillo (Gustave Doré)

Entonces la locura visionaria acudía en su ayuda a fin de facilitar el acoplamiento de la imitación a la realidad, aunque los resultados dejasen mucho que desear. Hasta el león enjaulado y hambriento que transportaba un carretero se negó a hacerle caso cuando el caballero osó desafiarlo, para espanto de los que estaban a su alrededor.

La imitación en la que se embarca Don Quijote parte de criterios inspirados en la moral cristiana que guiaban las intenciones de los caballeros andantes. No podía elegir el sendero de la imitación artística, como hicieron los autores de libros de caballerías de su tiempo que, a cambio de una fama efímera, traicionaron a la gloria inmortal. Esa clase de fama es la que Don Quijote denigra en los seres humanos, aun sin dejar de reconocer que “el deseo de fama es activo en gran manera”.

“Don Quichotte”, de Honoré Daumier

En el polo contrario se encuentra la gloria de los siglos venideros que deben perseguir los “cristianos, católicos y andantes caballeros”, venciendo  a los gigantes en la soberbia, a la envidia, “en la generosidad y buen pecho”; a la ira, “en el reposado continente y quietud del ánimo”; a la gula y el sueño, “en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos”; a la lujuria y lascivia, “en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos”; a la pereza, “con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros”. Estas máximas bien podrían haber figurado en el devocionario de Thomas de Kempis.

Con su proverbial sentido común, Sancho le replica que la “buena fama que pretendemos” debería alcanzarse por el camino de la santidad, como cualquier “humilde frailecito”, en lugar del de la caballería andante. Pero su amo le responde que “no todos podemos ser frailes”, y que “religión es la caballería” y “caballeros santos hay en la gloria”.

Para Don Quijote los caballeros andantes eran el equivalente de los santos para el cristiano devoto. La calidad de esta clase de imitación, inspirada en la imitatio Christi, se funda en la humildad y autorrenuncia con que el imitador emula a sus admirados modelos, aunque los modelos adoptados por Don Quijote no fueran precisamente Cristo y los santos sino sus aguerridos servidores, los caballeros andantes de la Cristiandad.

Portada de la Imitación de Cristo traducida a idioma holandés y publicada en Amberes en 1505

Cervantes opone la imitación quijotesca, en la que el Verbo se hace Carne, a la imitación libresca, en la que el Verbo se reproduce a sí mismo y se verbaliza, representada en la novela por el Canónigo de Toledo. Exponente del típico autor de libros de caballerías de la época, este clérigo culto no pasó de las cien páginas cuando se sentó a la mesa para escribir uno, no tanto porque estuviera haciendo una cosa ajena a su profesión cuanto “por ver que es más el número de los simples que de los prudentes, y  que, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo, a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros”. En suma, carecía de sentido escribir uno más de los muchos que se publicaban entonces, desprovisto del aliento innovador de los pioneros.

El Canónigo es un hombre razonable, preocupado por la clase de lectores a la que podría interesar su futuro libro. Como amante de la verdad y estudioso de la literatura, su honestidad le induce a sacrificar la tentación de la vanidad y del fácil favor de unos lectores que leían por puro entretenimiento y sin exigir nada especial al libro y a su autor.

También Alonso Quijano podría haber escrito un libro de caballerías, e incluso una vez le rondó la tentación de concluir las aventuras de alguno de los héroes de una novela del género en la que su autor prometía continuarlas en una próxima entrega. Sólo que no leyó las grandes obras de este género para imitarlas y mucho menos con la esperanza de superar a sus autores.

“Don Quijote leyendo”, de Honoré Daumier (1867)

Esa opción hubiera sido demasiado fácil para él, pues memoria e imaginación no le habrían faltado si lo hubiese intentado. Prefería la inmortalidad de primera mano, la que sólo podía alcanzarse imitando las acciones de los inmortalizados caballeros andantes, por el camino de la vida y no por el del mimetismo artístico. Sin embargo, con su enloquecida decisión demostró ser mucho más original que los repetitivos autores de libros de caballerías.

El dilema que plantea Cervantes en su novela no oscila entre la originalidad y la imitación, como pretende el mundo moderno, atenazado por la superproducción artística y literaria y la obsesión por distinguirse de los estilos y obras canónicas, superándolas en la forma con el propósito de relegarlas al cuarto trastero de las antiguallas. El dilema cervantino es entre la verdadera y la falsa imitación.

En el escrutinio de la biblioteca de Alonso Quijano, el Cura, alter ego de Cervantes, salva de la hoguera aquellos libros de caballería, como Tirant Lo Blanch (Tirante El Blanco), el “mejor libro del mundo”, porque “aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas que todos los demás libros deste género carecen”, así como Amadís de Gaula o Palmerín de Inglaterra, muy influido por aquél. En cambio, arroja a las llamas Sergas de EsplandiánAmadís de Grecia y todos los del linaje de Amadís. El Cura justifica el auto de fe alegando que “no le ha de valer al hijo la bondad del padre”, lo que puede interpretarse como que imitar por imitar es el camino más directo para llegar a la falsa imitación.

Portada de “Los cinco libros del esforzado e invencible caballero Tirante el Blanco”, primera traducción al castellano de “Tirant lo Blanc”, de Joanot Martorell, impresa por Diego de Gumiel.

Mientras Don Quijote encarna a la imitación auténtica de la profesión andante, y la mejor prueba de ello es la fe y el entusiasmo con que se zambulló en la imitación de los caballeros andantes genuinos, el resto de los personajes de la novela que pretenden emularlos con propósitos dispares -ya sea para liberar a Don Quijote de la locura o para burlarse de él y de Sancho Panza- incurren en la falsa imitación.

Curiosamente, el bandolero catalán Roque Guinart, prófugo de la justicia, es el único personaje de la novela con el que Don Quijote se identifica plenamente, apreciando en su forma de vida, caracterizada por la aventura y el riesgo, unos atributos que la hermanan con la caballería andante. Guinart es también de los pocos personajes que está limpio de cualquier influencia de la literatura caballeresca.

Por cierto, para Don Quijote el estatus social no era un factor imprescindible para establecer lazos personales, como se deduce de su frío encuentro con el también hidalgo acomodado Don Diego Miranda, enemigo acérrimo de los libros de caballerías, ejemplar esposo y padre de familia y cristiano devoto. Hasta su vínculo meramente literario con el campesino y analfabeto Sancho Panza termina contagiándose del inevitable trato cotidiano que mantienen.

Don Quijote con Roque Guinart y sus bandoleros, por Gustave Doré

La moraleja que puede inferirse del fenómeno de la imitación que impregna el Quijote es que la originalidad no existe. Tampoco nadie se inventa a sí mismo. Imitamos sin percatarnos de ello, porque no nacemos aprendidos y necesitamos mirarnos en los demás, que saben cosas diferentes de las que nosotros sabemos.

Pero si no elegimos imitar, sí podemos elegir el modelo imitado, que sería el que mejor se adapte a nuestra condición, no para inmovilizarlo sino para mejorarlo en lo que tenga de mejorable. Don Quijote eligió el riguroso código de comportamiento por el que se regían los caballeros andantes porque él mismo en su vida de hidalgo se regía por sólidos principios morales. No en vano en su aldea manchega se le conocía con el sobrenombre de El Bueno.

Así pues, no era extraño que se identificase con los  caballeros de las novelas del género, protectores de los indefensos y seguidores del amor cortés. Don Quijote ya era todo un caballero antes de su transformación, aunque sin andanzas en curso. Sólo que él, a diferencia de Don Diego Miranda, no se conformó con su destino de hidalgo satisfecho.

Ilustración que representa la llegada de Don Quijote a la casa del hidalgo don Diego Miranda

Aunque abandonara la condición de hidalgo que había sido durante su larga vida para transformarse en un caballero andante como los descritos en los libros de caballerías, no por ello dejaba de ser él mismo. Más aún, nunca lo fue tanto como entonces. En cambio, en su época de hidalgo se vio obligado a reprimir su verdadera personalidad, de la que se entreveían rasgos significativos, como su bonhomía e imaginación.

Al adoptar la identidad prestada, la locura lo liberó no sólo de la timidez de lector nocturno de libros de caballerías y amante platónico de la campesina Aldonza Lorenzo, sino de las coacciones vigentes en la sociedad de la época, exacerbando sus cualidades y defectos. Como al loco se le perdona casi todo en razón de su locura, se le permite exhibir sus manías, siempre que no cause daños mayores.

Escultura que representa a Aldonza Lorenzo, en el monumento a Cervantes de la plaza de España, de Madrid

El caso Don Quijote demuestra que la identidad pública por la que se nos conoce en sociedad no resulta tan determinante como parece en la conformación de nuestro ser. Esa identidad es la verdaderamente prestada, por lo que, pese a su visibilidad, nunca podrá hacer sombra a la auténtica.

Como decía Ortega (y antes que él,  Emerson), el héroe tiene que sufrir para ser él mismo, sufrimiento que se manifiesta no sólo en el desencaje social que le acarrea semejante propósito, al prescindir del mimetismo y sus pompas, sino por cargar sobre sus espaldas con una identidad pública que siente como impropia y reñida con su deseo de ser él mismo.

La imitación es un camino, no una meta; un punto de partida, no de llegada; un medio, no un fin. Doma y adiestra al yo potencialmente indomable. Su propósito es formativo, pero no tanto por el contenido que transmite o que se extrae de él, cuanto por la forma: imitar instruye al requerir del imitador un humilde deseo de instrucción.

Ralph Waldo Emerson

Durante ese largo camino el imitador tendrá la oportunidad de descubrir en él aquellas cualidades que permanecían dormidas o latentes y que moldearán su carácter. Ese descubrimiento marcará el comienzo de la emancipación de la propia imitación, un proceso natural y hasta cierto punto inconsciente como el crecer.

Una señal de que este proceso ha culminado es que el antaño imitador se convierta en modelo susceptible de ser imitado por otros si no en todas sus facetas, al menos en algunas. La imitación genuina deja descendencia. Sancho Panza termina emulando a su amo tras la derrota sufrida por éste en la playa de Barcelona a manos del Caballero de la Blanca Luna. Ante la imposibilidad de seguir ejerciendo de caballero andante, el escudero le propone jugar a disfrazarse de pastores, como los jóvenes desengañados por el amor que imitaban a los personajes de las novelas pastoriles. Por el contrario, la imitación espuria, la que se utiliza para destruir el modelo imitado por el turbio sendero de la superación envidiosa, termina cobrándose su venganza en forma de esterilidad.

Don Quijote imita a los caballeros andantes sin ningún afán de superarlos. Al contrario, se lamenta de que su imitación no esté a la altura del modelo imitado, como les ocurría a los cristianos que tomaban a Jesucristo y a los santos como ejemplos. Es tanta la admiración que les profesa que ni siquiera se considera digno de imitarlos. Y es que cuando el modelo elegido para la imitación no provoca esta clase de admiración humilde, porque se considere que si no se parece bastante al imitador, puede parecérsele cuando empiece a imitarlo, se tiende a disimular la imitación y a ocultarla no ya ante los demás sino ante la propia conciencia. De modo que el quid de la imitación reside más que en la calidad del modelo imitado, en la percepción que el imitador tenga de éste.

Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, derrota a Don Quijote en la playa de Barcelona

La originalidad no presume de ello. Nada menos original que esa jactancia. Lo original suele ser reconocido por la posteridad. Hasta los contemporáneos permanecen ciegos ante ella y quizá la juzguen como una extravagancia. Es su unicidad la que le confiere el privilegio de ser original. Entonces surgen los imitadores que, deslumbrados por la excepcionalidad de la obra original, pretenden hacerle sombra, sin conseguirlo.

La verdadera originalidad es inimitable, aunque muchos traten de imitarla y lo único que consigan es parecerse entre ellos. El falso Don Quijote y el falso Sancho Panza retratados por Avellaneda en el Quijote apócrifo no pudieron con los personajes auténticos creados por Cervantes, quien aprovechó la falsificación para enriquecerlos, dotando aún de mayor verosimilitud a su historia.

Pero si en el juego de la invención literaria fue posible desenmascarar al imitador, confrontando a los falsos personajes con los verdaderos, en el mundo real la falsa imitación se salió finalmente con la suya. Así se entiende que Don Quijote fuera derrotado en la playa de Barcelona por el bachiller Sansón Carrasco disfrazado de Caballero de la Blanca Luna. Esta vez la falsa imitación venció a la verdadera.

Anuncios
4 comentarios leave one →
  1. septiembre 12, 2017 5:45 pm

    La imitación forma parte de la vida y, naturalmente, de la literatura. Siempre me dio mucha risa la respuesta de Musset (¡un romántico!) cuando le criticaron por imitar a Byron.

    “On m’a dit l’an dernier que j’imitais Byron…
    Vous ne savez donc pas qu’il imitait Pulci ?…
    Rien n’appartient à rien, tout appartient à tous.
    Il faut être ignorant comme un maître d’école
    Pour se flatter de dire une seule parole
    Que personne ici-bas n’ait pu dire avant vous.
    C’est imiter quelqu’un que de planter des choux.”

    No tengo la traducción, pero en resumidas cuentas dice que Byron imitaba a Pulci, que “nada pertenece a nada, todo pertenece a todo”, que hay que “ser ignorante como un maestro de escuela para jactarse de decir algo que no se ha dicho antes” y que cuando uno planta coles ya está imitando.

    Montaigne escribe en los Ensayos:

    “Cuando leí a Felipe de Comines hace algunos años (autor excelente en verdad), advertí esta frase, considerándola como riada vulgar: «Que precisa guardarse de prestar a su dueño un tan grande servio el cual le imposibilite de encontrar la debida recompensa», debí encomiar la invención, no a quien la escribió, pues la encontré en Tácito poco ha […] y en Séneca […] y Cicerón con consistencia menor […].”

    ¿Ser uno mismo? “El talento como la vida se transmite por infusión”, escribió Flaubert. ¿No pasamos toda nuestra vida queriendo hacer lo que aprobamos o admiramos en los otros? Vivir es, a fin de cuentas, comenzar a imitar. Leer es comenzar a imitar. Y, como bien muestras en el artículo, Don Quijote, figura del lector por excelencia, acaba siendo el imitador más original. ¡Qué libro!

    Muchas gracias por este gran artículo -primero de la temporada!- y por la dedicatoria en Twitter. Nada nuevo bajo el sol. ¡Un abrazo!

    • septiembre 14, 2017 1:00 pm

      Gracias, Kim, por las citas estupendas. Un oportuno complemento para los lectores de la entrada. Un abrazo

  2. Rubén permalink
    septiembre 13, 2017 2:33 pm

    Qué buena entrada !.. Y más que nada disfrutar de tu regreso al ruedo virtual´.
    Al nacer aprendemos el lenguaje, al crecer comenzamos a liberarnos de las imitaciones, y al madurar buscamos romper los moldes ajenos…
    La esencia de tu argumento lo encuentro cuando expresas:
    “Imitamos sin percatarnos de ello, porque no nacemos aprendidos y necesitamos mirarnos en los demás, que saben cosas diferentes de las que nosotros sabemos.”
    Siempre habrán voces que nos susurren..: Cambia la realidad antes que la realidad cambie tus sueños…

    “ Quien tiene el valor de cambiar , siempre será visto como un traidor por aquellos que son incapaces de renovarse, y se mueren de miedo de los cambios”
    Amos Oz El evangelio según Judas
    Un gran abrazo!!!!!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s