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Pérdidas irreparables

mayo 23, 2017

En su IX Tesis de filosofía de la historia Walter Benjamin se inspiró en la acuarela Angelus Novus que Paul Klee pintó en 1920 para comentar que el Ángel de la Historia, cuyo rostro está vuelto hacia el pasado, se ve empujado por un fuerte vendaval procedente del Paraíso que lo arrastra hacia el futuro, mientras el montón de ruinas crece ante él alzándose hacia el cielo. Aunque al ángel le gustaría detenerse, ese vendaval se enreda con tal fuerza en sus alas que ya no puede plegarlas. “Es el huracán que llamamos progreso”.

El progreso, adalid del olvido, se revuelve contra el pasado, cuyas ruinas no cesan de aumentar, y ante el cual el Ángel de la Historia se siente impotente, incapaz de despertar a los muertos y de recomponer los escombros amontonados.

La avalancha de novedades, en constante crecimiento por los efectos previstos e imprevistos del progreso tecno-científico, nos distrae de las pérdidas que se producen todos los días, haciendo que nuestro duelo por ellas se disipe pronto. En vez de mirar hacia atrás, hacia las ciudades devastadas, como la mujer de Lot, abrazamos las cosas nuevas, entregándonos a ellas incondicionalmente. Si la memoria sirve para volver, el olvido está para no perpetuarse en el recuerdo al que se ha vuelto.

“Angelus Novus” (1920), de Paul Klee

En la retórica de las necrologías suele colarse con frecuencia la expresión “pérdida irreparable”, con la que se quiere homenajear al difunto aludiendo a su extraordinaria valía y a la relevancia de las obras o acciones que emprendió en vida. Pero también al hecho de que era la única persona que, por sus cualidades, experiencia, conocimientos e intuición, pudo emprenderlas y por las que se le recuerda en la necrología y se espera que se le recuerde al menos mientras sus obras permanezcan vivas.

“Pérdida irreparable” significa también que nadie podrá cubrir el vacío dejado por el difunto; que no hay reemplazo posible ni sustitución que valga. Ningún nacimiento podrá suplir la pérdida ni revocar su carácter definitivo. Las reparaciones sólo tienen cabida en las estadísticas de población y en la base de datos de la Seguridad Social, para que los demógrafos calculen si los nacimientos compensan las defunciones que se producen diariamente.

No hay memoria humana ni artificial que pueda guardar todo lo que se pierde y se ha perdido definitivamente y cuyo valor escapa a cualquier cálculo. Se pensará que las pérdidas son susceptibles de recuperarse con las ganancias, restaurando así el equilibrio en la balanza. Pero en este caso no se trata de una cuestión de balances y menos aún de medidas.

Walter Benjamin

Si hubiera un gigantesco almacén de antigüedades en el que pudiera guardarse todo el pasado de cada una de las personas muertas -en el ámbito colectivo, la Historia cumple parcialmente ese cometido-, comprobaríamos que ninguna es igual que otra, como tampoco ningún acontecimiento o periodo histórico es equiparable a otro, por muchos rasgos que tengan en común. Incluso en las vidas paralelas al estilo de las que escribió Plutarco o en los acontecimientos históricos en los que los historiadores aprecian determinadas analogías, algo distingue a cada uno de ellos de su par, haciéndolo único e irrepetible.

Las pérdidas irreparables refutan la idea de que todo aquello que sido volverá a ser; que a fin de cuentas todo se repite y no hay nada nuevo bajo el sol. Lo cierto es que nada es igual a lo que fue ni a lo que será, aunque confluyan en algunas semejanzas. La frase de George Santayana, según la cual quienes no pueden recordar su pasado están condenados a repetirlo, presupone que, si los hombres no lo impiden, los acontecimientos futuros pueden ser idénticos a los que ocurrieron en el pasado. Sólo que el futuro, además de improvisador, es un gran bromista y a menudo gasta bromas pesadas.

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George Santayana (1863-1952)

Si algo hemos aprendido de la Historia es la cantidad de “accidentes” que han surgido en ella, en contra de las previsiones, y que incendiaron países y continentes, dejando a su paso un reguero de destrucción. Valgan a modo de ejemplos nada ejemplares el accidente “Lutero”, el accidente “Napoleón”, el accidente “Primera Guerra Mundial”, el accidente “Lenin”, el accidente “Hitler”…Por cierto, a partir de 1918 este último no hizo más que recordar la Primera Guerra Mundial en la que combatió (entonces se la conocía con el nombre de Gran Guerra o Guerra de 1914). Tanto la recordó que acabó provocando la Segunda, que él mismo se apresuró a bautizar con ese nombre. Cuánto mejor le hubiera ido al mundo si la hubiese olvidado para siempre.

Pero si por algo se caracteriza lo vivo es por su infinita variedad. No hay nada que tenga su equivalente exacto; siempre habrá alguna cualidad, por ínfima que sea, que los distinga, que los haga irrepetibles. Las analogías se dan solamente en los objetos, en lo que carece de vida y de movimiento. Seguro que hasta dos gotas de agua difieren en alguna molécula. Por eso también es un error comparar episodios del pasado con los del presente -una práctica  con la que se pretende aliviar la incertidumbre-, dejándose llevar por las similitudes que sugieren una equiparación. Puede que se parezcan bastante, hasta que irrumpe la diferencia que desbarata la tentativa de equipararlos, alejándolos cada vez más.

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“Napoleón en el trono imperial”, por Ingres

Las pasiones son las mismas en todos los tiempos, pero no los individuos que las viven a su manera. Tampoco lo son las circunstancias. Precisamente las ficciones literarias que narran esas pasiones universales –historias de amor y desamor, de adulterios y celos, de lealtad y traición, de codicia y generosidad, de crímenes y suicidios- las dotan de singularidad en cuanto descienden a los detalles y se adentran en la intrahistoria, desmenuzando la individualidad de sus principales protagonistas, que los lectores recordarán como si hubiesen existido en el mundo real.

Después de todo, el propósito de la literatura de imaginación es infundir a las experiencias humanas la singularidad que pretenden hurtarles el moralista y el legislador con sus visiones generales de las costumbres y comportamientos y su afán normativo. En cambio, el novelista y el historiador –más aún aquél que éste-, al narrar los pormenores de los sucesos que describen en sus obras, penetrando en sus entrañas, las liberan de las cadenas de la generalización y de la homogeneidad, un propósito que en una época como la nuestra, embrutecida por las cifras astronómicas, las estadísticas y las generalizaciones toscas, cobra un significado especial.

Busto de Plutarco, en Queronea

La sensación de unicidad de todo lo vivo se observa ante la muerte de un ser querido, de quien sabemos que con él muere algo que ya no volveremos a encontrar en el mundo, en ninguna otra persona –ni siquiera en el familiar más cercano-, por mucho que se le parezca. Porque ningún ser vivo es igual que otro, cuando alguien muere se lleva a la tumba la idiosincrasia que lo distinguió de los demás y de la que él fue el único portador.

Cuando antiguamente moría un rey, el notario mayor del reino anunciaba al pueblo su muerte con aquellas famosas palabras “El rey ha muerto. ¡Viva el rey!”, con las que se aseguraba la continuidad de la Corona en la figura de su sucesor. Pero seguramente los cortesanos y los súbditos del reino pensarían que la continuidad institucional, simbolizada en la palabra “rey”, no daba por hecho que el monarca sucesor del difunto gobernaría exactamente igual que éste, por muy fiel que fuese a su legado. Algo irremplazable había muerto con el viejo rey.

Sören Kierkegaard

Como recordó Kierkegaard, al contrario de lo que sucede en el mundo animal, en el humano los individuos son (o tendrían que ser) superiores a la especie. El destino de los hombres no es ser como los demás, sino el de poseer cada uno su peculiaridad. Ahora bien, el propio Kierkegaard advirtió que el crimen máximo ante los ojos de los hombres, aquel que castigan más cruelmente, es el de no ser como los demás, lo que, a su juicio, prueba nuestra naturaleza animal. El clamor de la especie ensordece la voz personal.

Los totalitarismos políticos, en su tentativa de despojar a los hombres de su individualidad para adiestrarlos en el odio y el asesinato masivo, son un terrible exponente de esta tendencia. Aquellos que no eran como los que los gobiernos decretaban que debían ser todos o a quienes, por su nacimiento u origen social, se rebajaba a la categoría de infrahumanos, estaban destinados a la masacre. En cambio, los que se ajustaban al patrón dominante, y cuyo destino sería ejecutar los mandatos criminales de sus jefes, eran todos iguales, como muñecos fabricados en serie. “¡Siempre el mismo rostro!”, exclamaba eufórico Goebbels, el ministro de Propaganda de Hitler, cuando presenciaba algún desfile de las Juventudes Hitlerianas.

Solamente son desechables los artilugios fabricados en cadena que, al ser sometidos a una continua revisión de sus funciones, se vuelven obsoletos en cuanto son superados por otros más prácticos y funcionales. El final de los objetos desechables es el cementerio de chatarra o a lo sumo el reciclaje. El problema es que, contaminados por la obsolescencia que impera en el mundo de los objetos, ésta se traslade a los hombres y sean tratados también como los objetos de usar y tirar.

Lev Tolstói

Tolstói ejemplificó en su relato La muerte de Iván Ilich la lucha que ha de sostener el individuo frente a los intentos de la sociedad que le rodea por anularlo, disolviéndolo en un arquetipo. Iván Ilich es un juez de instrucción de mediana edad, casado y con dos hijos jóvenes, y aparentemente feliz. Pero ante la dolorosa enfermedad que le sobreviene, se percata de que su  vida no ha sido la de una persona con conciencia sino la de una marioneta que desde su juventud se ha limitado a cumplir con los códigos de conducta establecidos por la sociedad burguesa de la que forma parte: estudiar, aprobar los exámenes, ingresar en la carrera judicial, ascender, ejercer su oficio rutinariamente, casarse con una mujer como es debido, residir en una casa amueblada conforme al estilo de su clase social y tener dos hijos.

Ya sólo le faltaba morirse para completar la comedia. Pero justamente aquí se torcieron las cosas. Por fin, a raíz de la dolencia mortal, Iván Ilich comenzó a ser Iván Ilich de verdad y no el Iván Ilich repetible que había sido hasta entonces. La enfermedad y el sufrimiento le hicieron recapacitar, recobrando la conciencia que había permanecido atrofiada en él desde los lejanos y ya olvidados años de adolescente.

Ninguna de las personas de su entorno -esposa, hijos, amigos y colegas de profesión-, tuvo noticia de su transformación. El día de su entierro creyeron que daban sepultura al Iván Ilich que habían conocido cuando estaba sano. El lector del relato es el único que está en el secreto. Mejor así.

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4 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    mayo 24, 2017 3:01 pm

    Estimado Jaime, no sé realmente “si no recordamos el pasado, estaremos obligados a repetirlo”, como sostiene Santayana, ya que el presente nos sorprende cada día con otra “aplicación” tecnológica….donde debemos recordar qué botón presionar, para dividir o multiplicar…
    Traduzco del último libro de Yuval Noah Harari (“Sapiens, de animales a Dioses”. En el original se titula “La historia del mañana”): “Es probable que en el transcurso del siglo XXI se borren los límites entre la historia y la biología, no porque descubramos finalmente explicaciones biológicas a los fenómenos históricos, sino porque la realidad entre “los subjetivos ,” (los pensantes)comenzarán a diseñar la realidad biológica…”…….” Las historias humanas se traducirán a un código genético electrónico, la realidad objetiva será absorbida por la realidad subjetiva, y la biología se unificará con la historia…”
    De ahora en adelante, la ciencia ficción del pasado será como el cuento de la Caperucita roja..
    Tú frase ” El lector del relato es el único que está en el secreto” me recordó a Unamuno, en su libro San Manuel Bueno, mártir, con personajes que se independizan de su autor…y el que lee, o sea el lector, en última instancia, por el desdoblamiento entre autor y narrador, debe meditar,siendo juez y parte a la vez.
    “don Manuel y Lázaro se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa; pero, sin creer creerlo, creyéndolo…”.
    Un fuerte abrazo!!!!

    • mayo 24, 2017 10:37 pm

      Por el camino que lleva la actual revolución tecnológica, los relatos de ciencia-ficción nos parecerán cuentos de niños. Aunque el momento que estamos viviendo recuerda en muchos aspectos a las distopías de Huxley (“Un mundo feliz”) y Bradbury (“Fahrenheit 451”). Confiemos que en el futuro las pérdidas sigan siendo irreparables.En cuanto a lo que dices de “La muerte de Iván Ilich”, creo que el narrador (o si prefieres Tolstói) dejó por imposibles a los personajes del entorno de Iván: no tenían arreglo.
      Gracias por tus comentarios y las interesantes referencias. Un fuerte abrazo

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    mayo 25, 2017 7:10 pm

    Maravillosa tu capacidad, Jaime, de atraer a colación todas las semanas un tema de reflexión serio y más o menos profundo, y analizarlos la luz de la literatura. Supone, por tu parte, tomarse la vida en serio y conjugarla con el pensamiento de grandes escritores. Enhorabuena por ello y enhorabuena por este artículo tuyo sobre la historia y el tiempo.

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