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Adiós a la literatura mazacote

mayo 16, 2017

Como el resto de las artes, la literatura no ha escapado a la influencia del mundo líquido en el que vivimos. Mientras en la época sólida se escribían obras también “sólidas” y cerradas, con un principio, un nudo y un desenlace, en nuestro tiempo se impone la literatura fragmentaria. Adiós a los grandes relatos ambientados en el pasado, a los novelones de estructuras complejas y multitud de personajes, a las sagas familiares. Adiós a la cosmovisión (la Weltanschauung germánica).

Este cambio de registro obedece en parte a la dispar concepción del tiempo que rige en ambas formas estéticas. En el mundo sólido las ficciones literarias sucedían casi siempre en el pasado –el “Érase una vez” del cuento tradicional- y eran contadas por un narrador en primera o tercera persona. Se trataba de historias extraordinarias, salpimentadas con una anécdota crucial, en la que no faltaba el suspense. Había que sorprender al lector, de manera que incluso las recordase durante bastante tiempo, como se recuerda una experiencia también fuera de lo común.

Caperucita Roja, ilustración (1939) de Kenneth Whitley

Al confiar en la duración, la época sólida acumulaba un pasado útil, que conservaba en la memoria y del que aprendían las nuevas generaciones. Con el pretexto de transmitir un suceso singular ocurrido en un tiempo no demasiado lejano –el “no ha mucho tiempo” con el que arranca el Quijote– , el narrador refería una historia ficticia, pero tan verosímil como si hubiera acontecido en el mundo real, evitando que cayese en el olvido.

Por tanto, el relato literario cumplía el doble cometido de rememorar un suceso y transmitirlo a la posteridad con la esperanza de que se mantuviese vivo su recuerdo. De ahí que se lo designase con el nombre de “historia”. Aunque los lectores supieran que se trataba de una ficción, de una “mentira”, la mera transmisión la emparentaba con la crónica histórica, en la que el historiador-cronista refería también una serie de sucesos acaecidos en el pasado y que, por su carácter extraordinario, merecía la pena legar a la posteridad antes de que fuesen olvidados por las generaciones venideras.

Portada de la primera edición del “Quijote”, fechada en 1605

Los autores deseaban que los lectores acogieran sus historias con una credulidad análoga a la que dispensaban a las crónicas y leyendas. Por diferentes que fuesen la mentalidad de los personajes del relato ficticio y la de sus lectores, había un hilo común, si bien cada vez más delgado, que las ligaba. Todavía éstos podían comparar el mundo en el que transcurría la historia con el suyo. Al fin y al cabo, ambos mundos, el ficticio ambientado en un tiempo pasado, y el real, compartían la misma solidez.

Los lectores leían las ficciones como si fueran experiencias que hubiesen ocurrido realmente o pudieran ocurrir, sintiéndolas de la misma manera que un hecho real. Así que los autores se las ingeniaban para que se interesaran por ellas como se interesarían por un acontecimiento real. Las tentativas de la literatura de imaginación por renovarse se han justificado por este sencillo pero complejo propósito.

Con la parodia caballeresca encarnada por Don Quijote y Sancho Panza, Cervantes exhortaba a los lectores de la novela a que comparasen su mundo prosaico, huérfano de ilusiones sublimes y elevados objetivos morales, con el que representó en el pasado la caballería andante, tal como la pintaron en sus libros los autores de la época, y que el caballero trataba de revivir con escaso éxito, siguiendo al dedillo los argumentos de los libros de caballerías.

“Don Quijote y Sancho Panza”, grabado de Gustave Doré

Entonces la novela era el espejo en el camino, según la cita de Stendhal, en el que los lectores también se veían reflejados. El presente se miraba en el pasado para conocerse mejor que si no se le hubiese colocado ese espejo delante de los ojos. Y viceversa: el pasado se comprendía mejor desde el momento en que se lo transmitía.

Al contar algo prescindiendo de mistificaciones no sólo “se “empieza a echar de menos a todo el mundo”, como dice Holden Caulfield en El guardián entre el centeno, sino que se da también el primer paso para comprender eso que se cuenta. Por el contrario, el silencio y, por supuesto, el falseamiento, sólo contribuyen a su incomprensión.

Portada de la primera edición de “El guardián entre el centeno” (1951), de J.B. Salinger

Pero en la sociedad líquida se fía todo al presente, a lo instantáneo, a lo efímero. Todavía hoy resuena en nosotros aquella frase brutal  pronunciada hace un siglo por un precursor de la modernidad líquida, Henry Ford: “la Historia es una tontería”. Ni pasado ni futuro; ni ayer ni mañana. Sólo aquí y ahora. Aunque la sentencia del fabricante de coches se entienda en un país de inmigración como Estados Unidos, en ella subyace la idea de la obsolescencia por la que se rige el sistema moderno de producción y consumo, en el que las cosas que se fabrican están destinadas a ser sustituidas por otras en plazos cada vez más cortos. Los únicos objetos con historia se encuentran en los museos.

El presentismo preconizado por el pionero de la producción en cadena (y célebre antisemita admirado por Hitler) no sólo es líquido, sino que también liquida el pasado y la memoria con un procedimiento idéntico al aplicado a las cosas que se producen y se comercializan. Rebajado a la categoría de objeto, el presentismo fordiano sólo acepta el pasado si se lo reviste de sentimientos kitsch para así ponerlo en venta. En consecuencia, carece de relato, al menos tal como se lo ha entendido durante siglos: un ejercicio de transmisión de historias acaecidas en otros tiempos, a veces rescatadas del olvido, y con vistas a ser recordadas por la posteridad.

Privado del relato del pasado, el hombre moderno no tiene espejo en el que mirarse, ni época ni sociedad con la que compararse. Con la memoria desquiciada, se siente rehén de la obsolescencia que imprime a todas las cosas que fabrica, consciente de la fugacidad de un tiempo que sabe abocado al olvido. Hasta el nombre de “postmodernidad” con el que se ha tratado de designar a esta época resulta de la obsolescencia de la etapa precedente, como si el tiempo histórico fuese también un objeto destinado a la caducidad.

Henry Ford

Hace casi un siglo Ramón Gómez de la Serna, el vanguardista inventor de la greguería, anunció el fin de “las construcciones mazacote”, hechas con “el terrible granito que se usaba antes en las construcciones literarias”. Había llegado el tiempo de la metáfora, que se ajustaba como un guante al temperamento oscilante del hombre moderno. Era absurdo reaccionar contra lo fragmentario en un mundo cuya constitución “es fragmentaria, su fondo es atómico y su verdad es disolvencia”.

Los escritores modernos no sólo se liberaron de la escritura de obras sólidas y cerradas como ciudadelas, sino del sentimiento de culpa por no escribirlas. Con ello se liberaban también de la herencia recibida. A su manera, hicieron la revolución contra el feudalismo de las obras acabadas, fraguando nuevas formas estéticas, abiertas y también próximas al mundo del lector. Que éste extrajera, si quería, sus conclusiones. Ellos no iban a ofrecérselas en bandeja.

Portada de la primera edición en 1914 de las “Greguerías”

Por eso la forma estética que cosecha más éxito en el mundo líquido es el fragmento inconexo, piezas sueltas que sus autores atrapan en el vuelo, como si fuesen moscas. En vez de esperar a la inspiración, se precipita sobre la ocurrencia, en busca de la ínfimo e instantáneo. Ya no es preciso armar argumentos articulados en torno a unos cuantos motivos principales que serpentean a lo largo de la historia para darle un sentido.

Al calor de la primacía que se otorga a la actualidad, el autor de ficciones literarias se remite a su experiencia inmediata, involucrándose en ellas como un personaje más y rebasando su función de relator “imparcial” de los hechos que narra en primera persona. Esto no sucedía en la época sólida. Como entonces la obra del escritor importaba más que su vida, éste no necesitaba rebuscar en sus experiencias inmediatas. Le bastaba con la observación de sí mismo y del mundo para ahondar en las pasiones humanas.

gregueria

Greguería ilustrada por Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna no podía sospechar que su propuesta hallaría el encaje perfecto en la revolución tecnológica que veinte años después de sus inicios está a punto de liquidar la era de Gutenberg, dominada por la letra impresa en papel. El lector “digitalizado” sólo parece dispuesto a detenerse en historias que parezcan tan verosímiles y cercanas como esas de las que se informa casi en directo por los diversos canales. No soporta el texto largo y prolijo, ni la lectura monográfica. Inmerso en una distracción permanente, picotea aquí y allá, saltando de un lado para otro, sin permanecer mucho tiempo en un mismo punto, seducido por una curiosidad nerviosa y siempre con prisa por acabar y empezar inmediatamente otra cosa, de la que pronto se cansará también.

La literatura fragmentaria está concebida para que se la lea y disfrute al momento, descartando la posibilidad de que el lector la recuerde con la misma coherencia con la que se recordaban las historias noveladas. Los textos que produce son como piezas sueltas de un rompecabezas, vagones desgajados del tren que acaba de descarrilar. Esta forma de leer cuadra con un modo de vivir también fragmentario, fluctuante y sumido en la provisionalidad.

Héctor Abad Faciolince

Pero no sólo el lector tradicional ha mutado sus hábitos de lectura. También los autores se sienten interpelados por los cambios derivados de las nuevas tecnologías. Por ejemplo, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince no ha tenido reparos en reconocer que la revolución digital ha cambiado sus hábitos de lectura y escritura y que el viejo “tiempo del libro”, en el que se formó como escritor y lector, permanece confinado a pocas horas del día o de la noche. Ahora sus lecturas son “breves y frenéticas”. Le falta paciencia para leer o escribir obras de quinientas páginas. Además, cree que no hay nada comparable a Google, Wikipedia, Facebook, Gmail, Whattsapp o Twitter y que esos contenedores son una creación colectiva.

“Quizá por primera vez en la historia el contenedor es más importante que el contenido, pues cada uno lo llena de lo que quiere, o de lo que es capaz, en pocos segundos”.

Las expectativas que Héctor Abad parece tener en estas plataformas virtuales contrastan con el pesimismo de novelistas más veteranos que él, como Philip Roth o Ian MacEwan. Ambos han advertido del clima de distracción generalizada provocado por el uso obsesivo de las pantallas.

La bitácora digital, el muro de Facebook y los ciento cuarenta caracteres de Twitter han sustituido a la escritura que en la época sólida se reservaba al diario y a la correspondencia epistolar. Convertidos en escritores aficionados y a tiempo parcial, los usuarios de los medios digitales no escriben para sí, en un ejercicio de observación e introspección, como en el pasado. Simplemente, aprovechan la oportunidad que se les brinda para satisfacer la necesidad de expresarse, a sabiendas de que alguien leerá sus mensajes.

De este modo la escritura se ha incorporado a la comedia  de la confesión, antes reservada a las celebridades, en la que, a falta de otra cosa, cada cual se inspira en su yo, siempre presto para teclear alguna ocurrencia en el ordenador o el teléfono móvil. En un arrebato de autoironía, una seguidora de Twitter confesaba en un tuit que había dejado de hablar sola en casa desde que publicaba sus mensajes en esta red social.

En el democrático mercado digital de las habladurías cada cual trata de vender la suya compitiendo con sus iguales en un intento de llamar la atención de no se sabe quién, puesto que el patio de butacas está vacío y en el escenario no cabe un alfiler. Como todos hablan de su presente y todos viven en un mismo presente, las cosas que cuentan se parecen demasiado entre ellas y están escritas hasta con palabras similares. Siempre habrá más probabilidades de coincidir en el relato de experiencias actuales que en el de las vividas en un tiempo pasado.

En la sociedad sólida los cambios podían servir para que, en última instancia, todo siguiera igual, como le dice Tancredi Falconeri a su tío, el anciano príncipe Fabrizio Corbera, en El Gatopardo. Pero en la sociedad líquida, los cambios de los que se espera cierta variedad parecen reforzar la uniformidad en todos los aspectos de la vida pública y privada. También en las formas de expresión escrita.

4 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    mayo 18, 2017 9:12 pm

    Aunque duela, estimado Jaime, la velocidad de los cambios, hace imposible integrarlos a nuestro ” circuito ” de emociones…Ya no podemos repetir “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.” (Eclesiastés)…Debemos resignarnos a recordar a Lavoisier…«Nada se crea, nada se pierde; todo se transforma.» Un gran abrazo!!!

    • mayo 19, 2017 6:11 pm

      Pues tendremos que consolarnos con Lavoisier. La lógica no falla: si nada se crea, entonces nada se pierde. Así pues, ¡viva la transformación! Muchas gracias, Rubén, por estas observaciones. Un fuerte abrazo

  2. septiembre 7, 2017 8:23 am

    He disfrutado muchísimo (a la par que reflexionado), viendo concretadas ideas sobre literatura y sociedad que tenía pero a las que no era capaz de dar forma, gracias por aunarlas sobrevolando el espíritu de Zygmunt. Un saludo desde Málaga.

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