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Adiós (otro más) a todo lo que era sólido

mayo 9, 2017

La estabilidad de tiempos pasados añorada por las generaciones en todas las épocas convive con la nostalgia de “todo lo que era sólido”, citando una célebre frase del Manifiesto comunista de Marx y Engels, que asocia la solidez con el declive de una era en la que todavía reinaban los mercados nacionales y las pequeñas industrias. Desde entonces el adiós melancólico a “todo lo que era sólido” entona su ritornelo cada vez que un progreso tecnológico de cierta envergadura modifica el sistema de producción en vigor, con las consiguientes repercusiones en el mercado de consumo, en el mundo laboral y, por supuesto, en las sociedades y en los individuos.

La revolución tecnológica derivada de la expansión de Internet y de las nuevas tecnologías de la comunicación han acelerado el declive de muchas cosas que hasta hace pocos se consideraban “sólidas”. El sociólogo Zygmunt Bauman tuvo la perspicacia de acuñar el término “líquido” para oponerlo a la pérdida de “todo lo que era sólido” causada por la revolución en curso. Inspirándose en la cita de Emerson “cuando uno patina sobre hielo fino, la salvación está en la velocidad”, teorizó conceptos básicos como “modernidad líquida”, “sociedad líquida” o “amor líquido”. Bauman no ha sido un sociólogo al uso. En sus análisis la filosofía y la literatura están muy presentes.

Zygmunt Bauman falleció a los 91 años el pasado 9 de enero

Como todas las metáforas, ésta pretende definir un escenario nuevo contrastándolo con el que le precedió y trazando entre ellos una suerte de línea divisoria. Sin embargo, se trata de un proceso gradual del que podemos investigar sus orígenes en la Historia, pero no vislumbrar sus límites, puesto que se halla en una expansión ilimitada

Fueron Marx y Engels los primeros  pensadores en atisbar el ocaso del mundo sólido  y el comienzo de una era nueva determinada por el cambio constante. En el Manifiesto comunista, publicado en 1848, constataron que, al contrario que en etapas anteriores de la Historia, la época burguesa se caracterizaba por revolucionar incesantemente los instrumentos de trabajo y todas las relaciones sociales, propiciando un clima “de agitación e inseguridad perpetuas” ante el cambio continuo de los modos de producción y el incesante derrumbamiento del sistema social.

“Todas las relaciones sociales tradicionales y consolidadas, con su cortejo de creencias y de ideas admitidas y veneradas, quedan rotas: las que las reemplazan caducan antes de haber podido cristalizar. Todo lo que era sólido y estable se desvanece en el aire; todo lo que era sagrado es profanado y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”.

Friedrich Engels y Karl Marx

Además, observaron que la burguesía industrial necesitaba abrir mercados nuevos, “invadiendo el mundo entero”, arrebatando a las industrias su carácter nacional, “con gran sentimiento de los reaccionarios”, y forjando por doquier medios de comunicación. Ni las propiedades intelectuales escapaban de esta apertura, que estaba acabando con la estrechez y el exclusivismo nacionales. Incluso previeron el final de las literaturas nacionales y locales y el surgimiento de una “literatura universal”.

Pese a la brevedad de su juicio, no estaban desencaminados. Dos décadas antes, Goethe le había comentado a J.P. Eckermann que “hoy día la literatura nacional ya no quiere decir gran cosa”. Había llegado la época de la literatura universal (“Weltliteratur”), por lo que cada cual debía poner algo de su parte para acelerar su advenimiento.

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Johann Wolfgang von Goethe

Desde que Marx y Engels publicaron el Manifiesto comunista se han sucedido grandes crisis económicas y políticas -estas últimas casi siempre vinculadas a aquéllas-, como las que ellos vaticinaron sin precisar. La mundialización ha seguido su curso gracias al imparable desarrollo de las comunicaciones, de la tecnología y de la ciencia, que obligan a introducir periódicamente cambios sustanciales en el modelo social vigente y en las costumbres y en las mentalidades. No hay solidez que se resista a la velocidad de estos cambios.

La característica esencial de una sociedad líquida es que las condiciones en las que actúan sus miembros cambian más rápidamente de lo que tardan en consolidarse sus hábitos. Cuando el individuo se ha acostumbrado a algo, un nuevo cambio en esas condiciones le obliga a prescindir de las costumbres adquiridas recientemente. Nada permanece estable y en un mismo sitio. Todo se halla sometido a un continuo cambio de forma y de lugar. Lo único que permanece estable es el cambio mismo.

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“El reverendo Robert Walker patinando en el Lago Duddingston” (1790), de Henry Raeburn

La tecnología informática ha transformado en virtuales muchas cosas que en el mundo sólido eran exclusivamente materiales y que por eso mismo se mostraban reacias a los cambios. Al favorecer la mutación perpetua, la virtualidad ha fulminado la fidelidad y la lealtad, cualidades muy apreciadas en el mercado tradicional y en las relaciones del productor con el consumidor. El cliente habituado a “navegar y “surfear” por las aguas procelosas de la virtualidad cambia de marca asiduamente, en busca de ofertas atractivas, prescindiendo de fidelidades arraigadas.

Al mismo tiempo, la capacidad para mutar las cosas con rapidez exacerba el clima de competencia entre los productores, que en su pugna por ofrecer a los consumidores mercancías atractivas, las someten a cambios continuados. Como no puede ser de otra manera, éstos tienden a quedarse en la superficie de la forma. De ahí que el mundo virtual coseche sus principales éxitos en el proceso de compra-venta y en la publicidad de los productos más que en la calidad de éstos. A fin de cuentas, lo virtual limita con la materialidad de las cosas y, como ha sucedido en todos los tiempos, entre éstas siempre las habrá de mejor o peor calidad.

Aunque la obsolescencia sea el signo distintivo de la vida moderna, en la sociedad líquida  sigue ampliando su radio de influencia. Hoy todo dura menos que ayer y más que mañana. Tanto la expresión usar y tirar como el concepto de caducidad se entrometen en nuestras conversaciones cotidianas. Lo preocupante es su tendencia a propagarse más allá de los objetos que se fabrican, afectando al mundo laboral, en el que, si se atiende a la realidad de los hechos, la palabra precariedad empieza a rozar el eufemismo, y a las mismas relaciones personales. Parece que lo único que escapa a la obsolescencia es ella misma.

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Flexibilidad y adaptación son los dos lugares comunes que más circulan en los centros de trabajo y que políticos y gestores repiten sin descanso. Con ellos se nos insta a que prescindamos de viejos hábitos y rutinas, asumiendo que las cosas ya no serán como antes, cuando el aprendizaje y la experiencia adquirida -los servicios prestados – carecían de fecha de caducidad. A los empleados se les urge a que se reciclen, como si fuesen objetos (la primera acepción del verbo reciclar en el Diccionario de la RAE es “someter un material usado a un proceso para que se pueda volver a utilizar”).

Por lo que respecta a la adaptación, ¡todos camaleones!, como Talleyrand, el político-comodín de los distintos gobiernos de Francia desde la Revolución de 1789. Finalmente, el enaltecedor de los regímenes a los que iba traicionando según la dirección de los vientos que soplaban, se convirtió en el verdadero revolucionario, aunque en privado añorase la dulzura de vivir en el Antiguo Régimen, del que procedía.

El mismo término “régimen” se ha quedado obsoleto. Si desde la Revolución francesa, las revoluciones que se sucedieron en el mundo daban la puntilla al antiguo régimen que las precedió y forjaban uno nuevo con perspectivas de estabilidad, pero régimen al fin y al cabo, en nuestro tiempo el concepto de régimen ha perdido sentido bajo el embate de los cambios que se suceden vertiginosamente. La “lucha por la vida” de antaño se reduce a adaptarse a éstos lo antes posible.

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“La persistencia de la memoria” (1931), de Salvador Dalí

El mundo líquido exige al individuo dedicar buena parte del tiempo a la adaptación; estar al día para no quedarse fuera de órbita. La jerga de la informática, que encabeza la actual revolución tecnológica, ha sintetizado este hecho en una palabra con la que el usuario no tiene más remedio que familiarizarse: actualización.

Aquél que no sabe o no consigue adaptarse por la inercia de su pasado o de la experiencia, es sustituido por quien, sin experiencia alguna ni pasado a su espalda, se presenta no ya como adalid del cambio, sino como su personificación. Su seña de identidad es la pronta disposición a “adoptar el color del lugar en el que lo colocan”, como decía Montaigne a propósito de la condición humana. No importa que tenga que desplazarse todo el tiempo de un lugar a otro: él está preparado para adoptar el color del lugar que ocupe provisionalmente. Hoy dirá una cosa y mañana la contraria, y al día siguiente la contraria de las que dijo los dos días anteriores. Los dinosaurios de los tiempos sólidos, que siempre están ahí después de mil despertares, le reprocharán su incoherencia, pero él les replicará que se limita a adaptarse.

La adaptación constante hace que no se tenga tiempo para pensar en la incertidumbre, reduce la perspectiva del futuro a su mínima expresión y evita formarse una idea de conjunto. Absorbido por los esfuerzos por adaptarse, el individuo no sabe muy bien en qué punto se encuentra, ni logra formarse una idea general del resultado de las sucesivas adaptaciones a las que se ve forzado.

Charles Chaplin en “Tiempos modernos” (1936)

Así como en los tiempos sólidos, los tiempos modernos de la película homónima de Charles Chaplin (1936), el obrero metalúrgico apretaba tuercas como un robot en la cadena de montaje de una fábrica, conociendo al menos el objeto para el que trabajaba, en los tiempos líquidos el empleado se adapta a los cambios regulares que se le imponen sin saber ciertamente adónde conducen. Es más, quizá no lo sepan ni sus propios jefes.

La presión que ejerce sobre el individuo esta dinámica de cambio acelerado hacia no se sabe muy dónde, le impide mirar al pasado, a tomar conciencia de lo que hizo él mismo y aún más de lo que hicieron sus ancestros. El presentismo absorbente en el que está sumergido lo sume en una ignorancia absoluta de la Historia, incluso de la más reciente. Bastante tiene con dedicar sus energías a los cambios y a adaptarse a las efímeras novedades derivadas de éstos como para destinar un minuto de su precioso tiempo al conocimiento del pasado, que considera superfluo o, a lo sumo, un objetivo secundario al que no merece la pena dedicar esfuerzo alguno.

Y aunque lo conozcamos, tenemos la impresión de que no nos sirve, que nos hemos quedado solos en el sendero de la Historia, con un atrás muy largo y sinuoso a nuestra espalda y un adelante lleno de enigmas y espejismos que nos dejan perplejos y con cara de susto. No sabemos dónde estamos, qué lugar ocupamos en el escalafón de la Historia. Unas veces parece que subimos, otras que bajamos. Todo está sujeto a algún “depende”. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué camino elegir? No pensamos ya en metas, como si hubiésemos llegado a todas. Simplemente, nos conformamos con partir, sin que nos importe ignorar el destino. Lo importante es no quedarse quietos.

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Ralph Waldo Emerson

Si, según la cita de Emerson, al patinar sobre una fina capa de hielo, la velocidad es la salvación, en la era líquida ésta sólo sirve para llegar antes a los sitios, gracias a los medios de transporte cada vez más rápidos, pero no para ganar tiempo. De cuantos más recursos se dispone para hacer más cosas y con mayor celeridad, se tiene la sensación de disponer de menos tiempo.

No nos bastan las veinticuatro horas del día para las múltiples tareas que acometemos, incluida la de reservarnos un paréntesis para el descanso y el ocio. Emulando al Conejo de Alicia en el País de las Maravillas, siempre pendiente de su reloj de bolsillo, llegamos tarde a todas las citas porque en el último momento surgió algo que nos impidió presentarnos a la hora prevista.

El galicismo “estrés” se ha incorporado a nuestras vidas con una naturalidad perversa. Ya ni siquiera se sale a pasear, como antes, sino a correr. Pasear es cosa de viejos, los únicos que disponen de tiempo, aunque, por razones ajenas a las circunstancias externas, también a ellos se les pase volando. Hasta el temido cambio climático corre más deprisa de lo esperado, dejando inservibles los nombres de las estaciones.

Ilustración de John Tenniel para el cuento “Alicia en el País de las Maravillas”, de Lewis Carroll

De todos modos, el tiempo siempre ha sido el enemigo tradicional del hombre, junto al aburrimiento que pueda germinar en él. Ya Lucrecio ironizaba en De la naturaleza de las cosas acerca del hombre que, enfermo y sin conocer su dolencia, huye de sí mismo, y corre de un lado para otro, tratando de olvidarse de sí mismo, como si fuera a apagar el fuego de su casa. Mientras se lucha contra el tiempo, haciendo muchas cosas a la vez, no se nota su presencia. Las quejas por no disponer de todo el que se querría para descansar son puro teatro.

No ha sido necesaria la invención de los teléfonos inteligentes para comprobar que el aburrimiento, o sea, el sobrante de tiempo en el que no hay nada que hacer, es el enemigo a batir y que vale cualquier cosa con tal de mantenerlo a raya. ¿Para qué arriesgarse a pensar, observar las cosas de alrededor o imaginar sin estímulos externos si se tiene a mano el juguetito electrónico que puede impedirlo sólo con pulsar unas teclas?

Escultura de Lucrecio (859-1861), Parco del Pincio, Roma

Ahora ni siquiera se precisa hacer algo para matar el tiempo. Basta con mirar la micropantalla del teléfono móvil, la fuente milagrosa de la que manan durante las veinticuatro horas del día todas las expectativas de usar y tirar, aunque la más duradera podría resumirse en este extraño deseo: “Que alguien se acuerde mí”.

En unas circunstancias tan maleables, ¿qué entendemos por sólido? Aquello que es consistente, que echa raíces y perdura, pese a los avatares. Al contrario que lo líquido, que no arraiga en ningún sitio y fluye constantemente, en un nomadismo sin meta fija, cambiando siempre de dirección y de forma, lo sólido se mantiene estable en un mismo punto, sin por ello renunciar a la innovación. Esa relativa quietud en el espacio y el tiempo garantiza su durabilidad, imprimiéndole una identidad y, por tanto, haciéndolo fácilmente identificable.

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“Subway” (1934), óleo sobre lienzo de Lily Furedi

Por sus dimensiones y estructura, lo sólido resultaba todavía controlable por el individuo. Al permanecer en un mismo sitio mucho tiempo, favorecía el establecimiento de unos vínculos familiares, basados en la costumbre y en virtudes tan entrañables como la hospitalidad y el cultivo de la amistad y la conversación íntima. Además, conservaba algo así como un sabor local y, por tanto, relativamente diferenciador, preservando su autonomía con respecto a estructuras de dimensiones muy superiores. Lo sólido ofrecía seguridad y cierta continuidad, por lo que permitía a las personas planificar su vida a medio plazo.

Éste mundo sólido fue el mismo que Gabriel Conroy, el protagonista de Los muertos, el cuento que Joyce escribió en 1907, intuyó que estaba desvaneciéndose mientras participaba en la celebración de la noche de Reyes en la casa dublinesa de sus dos ancianas tías, junto a los viejos amigos de éstas. Era “el sólido mundo” en el que vivieron y se criaron esas personas que en aquellos momentos de lucidez se le antojaron como muertos vivientes de un tiempo ya desaparecido.

Pocas veces en la Historia toda una época se habrá demorado tanto en su despedida como lo hizo el “sólido mundo” en el que pensaba Gabriel Conroy. Pocas veces también se tuvo una conciencia tan lúcida del carácter irreversible del final de un modo de vivir, de ver y de sentir, de una mentalidad. Aquel ocaso lento como el de un verano estuvo precedido de una larga despedida trufada de sentimientos y palabras, en cuya fuerza todavía se confiaba incluso en el momento previo al enmudecimiento.

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El actor Donal McCann interpretando el papel de Gabriel Conroy, en la escena última de “Los muertos”, de John Huston (1987)

Fue como un augurio de que el mundo que hasta hacía poco se había enorgullecido de su solidez se desvanecería sin apenas dejar rastro y que la época que se avecinaba sería muy distinta, un salto en la oscuridad para quienes procedían del mundo sólido y una promesa de felicidad para los jóvenes que se aventuraban en ella, dispuestos a tomar las riendas. No tuvieron que transcurrir muchos años para que la promesa se transformara en una retahíla de desgracias.

Embarcado en una dinámica imparable de cambios sin rumbo fijo, en el mundo líquido se descarta la mera idea del ocaso, al menos como el que se vivió en el mundo sólido: lento, melancólico, evocador, elocuente y no exento de cierta carga de narcisismo y autocompasión. Las despedidas se han vuelto prescindibles y superfluas. En un tiempo dominado por la ductilidad no hay experiencia que dure lo suficiente como para que se conserve un recuerdo consistente de ella y que en el momento de ser reemplazada por otra suscite una sensación de pérdida. En resumidas cuentas, si te he visto no me acuerdo.

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3 comentarios leave one →
  1. mayo 9, 2017 3:02 pm

    El gusto del poder por la novedad corresponde a que ésta aún no está legislada y no hay derecho sobre ella más que de hecho. “Usted tiene derechos sobre ese mundo en vías de extinción, pero no, al menos todavía, sobre este que estamos construyendo. ¡A trabajar, ciudadano!”

  2. Rubén permalink
    mayo 10, 2017 11:28 am

    Estimado Jaime… Lo que llamas “adaptación constante”, es una descripción fiel de nuestra época…
    Shumpeter en su libro Capitalismo, socialismo y democracia (1913), explica que la creación destructiva es un proceso a través del cual la economía está en constante evolución, cambio y reorganización productiva interna. Este proceso tiene incorporada una fuerza que alimenta la destrucción de viejas técnicas y la aparición de nuevas….y este es el “El motor en movimiento que constituye el capitalismo”.. modelo que rompe los esquemas de” izquierdas y derechas”
    Agrego de mi propia cosecha estas reflexiones, junto con el debido abrazo que mereces!!!

    Tiempos presentes
    ””””””””””””””””””””””””””’
    Goza. Aprovecha. Consume.
    Aplasta. Desprecia. Humilla.
    Olvida el mañana.
    Disfruta el pan de cada día,
    aunque el precio sea
    llenar la tierra de basura.

    La indiferencia pasó a ser la esencia del ser.
    Vamos resignados hacia el futuro,
    aplastados y sin respuestas.
    Pusilánimes. Displicentes. Conformistas.

    Giramos en una realidad binaria,
    ahogados con objetos innecesarios,
    corriendo por un camino sin destino.
    La voluntad desfallece,
    derrotada por la oferta y la demanda…
    Vivimos añorando pasados, porque entonces,
    el deseo y la porfía tenían más porvenir …..
    __________________________________________

    Levi Straus sostiene que la antropología ( la ciencia del hombre) culminará en la ciencia de la entropía ( ciencia de la extinción)

    • mayo 11, 2017 9:51 pm

      Muchas gracias, Rubén, por tu comentario. Pensé en la paradoja de Schumpeter: “Creación destructiva”.
      El vaticinio de Lévi-Strauss da que pensar.
      “Un camino sin destino”. Como ciegos sin bastón.
      Y quizá lo peor sea la indiferencia a la que aludes, la conformidad, el “hormiguismo”.
      Un abrazo

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