Skip to content

Añorando la estabilidad que nunca existió

abril 25, 2017

Hace poco Mario Vargas Llosa lamentaba en un artículo que hoy en día “leer un buen periódico”, citando un verso de César Vallejo, ya no equivale a sentirse seguro en un mundo estable. Pese a la variedad de medios informativos, cree que nunca antes hemos estado tan aturdidos y desorientados como lo estamos ahora sobre lo que debería hacerse ante los conflictos que aquejan a la humanidad. También expresaba su desconfianza en las versiones digitales de los diarios, que le parecen más incompletas, artificiales y menos creíbles que las otras, por lo que prefiere leer los periódicos en papel.

No era como en sus años de estudiante, cuando en el autobús que le llevaba al colegio leía La Crónica, el diario peruano editado en Lima que desapareció en 1990, después de setenta y ocho años de vida. Desde entonces tiene la costumbre de leer dos o tres diarios por la mañana, antes de encerrarse en su escritorio para trabajar. Es la única manera de saber lo poco serias que son las informaciones que se publican.

César Vallejo

En la época dorada de la imprenta la lectura matutina del diario en casa o en el café era una costumbre apacible, que amenizaba el comienzo de la jornada. Formaba parte de esas rutinas en las que ni siquiera reparamos, hasta que un día alguna circunstancia imprevista nos obliga a romper con ellas.

Los lectores confiaban en uno o dos periódicos, a los que incluso se suscribían quienes podían permitírselo. Leían con interés el artículo editorial, aunque, por supuesto, discrepasen de su contenido de vez en cuando, y seguían atentamente a los columnistas favoritos. La confianza acentuaba la sensación de estabilidad y hacía que los lectores fuesen fieles a sus periódicos habituales.

Es probable que los lectores como Vargas Llosa, que se han pasado casi toda su vida leyendo dos o tres periódicos por la mañana, se muestren reacios a cambiar este hábito tan arraigado y sentarse ante una pantalla de ordenador o consultar la micropantalla de un móvil para mirar las versiones digitales de los periódicos. Prefieren continuar con su vieja costumbre de pasar las grandes páginas del diario, con la que a fin de cuentas han envejecido también. No les importa recibir las noticias al día siguiente ni privarse de las constantes actualizaciones informativas que se suceden en los medios digitales.

Mario Vargas Llosa

Aun así, conscientes de ser una minoría cada vez más exigua, no pueden escapar a la influencia del entorno, en el que día a día se impone entre los usuarios (antes se los denominaba lectores) la lectura digital en los dispositivos tecnológicos. Huelen a su alrededor la amenaza de extinción que planea no sólo sobre los periódicos de papel y su plácida costumbre de leerlos por la mañana, sino sobre la calidad de la información que leen en sus páginas.

Puede que parezca trivial, pero la primera consecuencia de ello es la sensación de inseguridad y desorientación apuntada por Vargas Llosa. El mundo se les antoja más incierto porque ya no encuentran en sus periódicos aquella confianza con la que han venido leyéndolos durante años, como si ahora las noticias fuesen menos fiables que antes y hubiesen perdido las referencias por las que se han guiado durante años.

Vargas Llosa no es el único que en la vejez añora la estabilidad de tiempos pasados, cuando el mundo parecía más seguro y, si damos crédito a su comentario, se sabía qué hacer ante los conflictos que azotaban a la humanidad. Sin embargo, no es preciso remontarse a tiempos lejanos para comprobar que la inseguridad y la incertidumbre han acechado a los hombres en todas las épocas a la hora de encararse con cualquier conflicto. Si al fin adoptaban una decisión, después de muchos titubeos e interminables consultas y, a menudo, sólo cuando estaba en juego la propia supervivencia, ignoraban su verdadero alcance o la posteridad confirmaba lo erróneo de sus cálculos.

Fotografía de viajeros leyendo en el tren

En la lista de añoranzas que tienen en su haber las  generaciones de nostálgicos de todas las épocas, el primer puesto suele ocuparlo la estabilidad. Cualquier tiempo pasado les parece estable si lo comparan con el presente. Naturalmente, se trata de una percepción falsa. La estabilidad añorada no fue tan duradera como ellos la recuerdan, al compararla con la zozobra del presente. Tuvo sus altibajos, por supuesto.

A medida que van cumpliendo años, las personas acumulan un rosario de pequeñas costumbres de cuya trascendencia ni ellas mismas son conscientes del todo. Esas costumbres conforman un régimen, que el Diccionario de la Real Academia define como “conjunto de características regulares o habituales en el desarrollo de algo” y “conjunto de normas por las que se rige una institución, una entidad o una actividad”. El seguimiento continuado de un régimen de costumbres imprime a la vida de esas personas una apariencia de estabilidad.

El mundo puede estar revuelto, como lo ha estado y lo estará siempre, pero ellas permanecen fieles a sus costumbres. La sensación de estabilidad les permite, por ejemplo, estar al corriente de las turbulencias -guerras, revoluciones, atentados terroristas, catástrofes de diverso género, naturales y provocadas por el hombre- y sentirse conmocionados por los horrores de los que se informan por la prensa todas las mañanas, con la misma puntualidad con la que toman el desayuno y luego se fuman un cigarrillo. La lejanía y la impotencia para aliviar esos conflictos no alteran su régimen de costumbres.

«Habitación en Nueva York» (1932), de Edward Hopper

Algo parecido sucede con la lectura de novelas en las que sufrimos con los personajes, sólo que en este caso tenemos la certeza de que sus padecimientos son ficticios, al contrario que la pena que nos provocan, mientras que aquéllos que afligen al mundo real sabemos que son verdaderos.

Pero cuando, por una fatalidad, el lector habituado a la lectura matutina de la prensa se ve envuelto en alguna de las turbulencias de las que hasta entonces se enteraba por los periódicos, la primera reacción es añorar la época en que “el mundo” era estable al menos para él. Ha encontrado la horma del zapato en la idealizada estabilidad del pasado, que ensalza para denostar la zozobra por la que ahora se siente acorralado.

Sólo cuando las luces se apagaron en Europa, en agosto de 1914, y estalló la guerra, los más lúcidos pensaron que la estabilidad en el continente se había esfumado por un tiempo indefinido. Sin embargo, a la vista del rumbo que tomaron los acontecimientos tendrían la ocasión de cerciorarse de que la estabilidad añorada había sido un espejismo, que debajo de ella se agitaban unas fuerzas oscuras, ahítas de resentimiento y odio, que se desencadenaron en la contienda y después de ella continuarían su deriva siniestra hasta desembocar en otra guerra aún más cruenta. La monstruosidad hitleriana se incubó en la Viena imperial de la Belle Époque.

Fotografía de Viena fechada en 1914

Stefan Zweig relató en El mundo de ayer que en los años previos a la Primera Guerra Mundial, en la milenaria monarquía austríaca se vivía la “edad dorada de la seguridad”. Todo parecía establecido sólidamente y destinado a permanecer bajo la garantía y protección del Estado. Nadie concebía una recaída en la barbarie, ni guerras o revoluciones como las que en el pasado ensangrentaron el suelo europeo.

Las contiendas balcánicas que sucedían a pocos kilómetros de distancia se veían lejanas. No se sospechaba que la Primera Guerra Mundial estallaría al poco tiempo, en parte como consecuencia de ese conflicto enrevesado.

Zweig anotó estas observaciones muchos años después, en el exilio brasileño y acuciado por las victorias bélicas de la Alemania nazi. Ahora se percataba de que la supuesta estabilidad imperante en Europa antes de 1914 había respondido a una percepción falsa. La mejor prueba de ello era la obsesión por la seguridad en la que se atrincheró la burguesía de la época.

Primera edición en alemán y en inglés de “El mundo de ayer”, de Stefan Zweig

Tampoco el jovencito Talleyrand ni la corte de viejos nobles que conoció durante la temporada que pasó en el castillo de su bisabuela, la princesa  de Chalais, en la región de Périgord, barruntaron el terremoto que se avecinaba en Francia. Sólo después de 1789 supo que, mientras él participaba de esa creencia, en los salones parisinos se estaban fraguando las ideas que unos años después desembocarían en la Revolución que derrumbó los pilares del feudalismo todavía en vigor en la Francia profunda.

Toda añoranza encierra un sentimiento de duelo por la pérdida de algo que cuando se tuvo no se apreciaba de la misma manera que en el presente, precisamente porque se tenía y ni siquiera se pensaba en la posibilidad de que algún día se dejase de tener por el advenimiento de una infausta circunstancia. Ocurre como con la salud: la valoramos al perderla.

Aunque inofensiva, la añoranza no sólo encierra el lamento por una pérdida sino la protesta contra la novedad que pretende suplantarla y que se percibe como una especie de usurpación. Se añora algo pero también contra algo. En realidad, la añoranza esconde un profundo malestar ante el hecho de que las novedades nos obliguen a modificar e incluso a demoler el régimen de costumbres en el que nos habíamos instalado como si fuera a durar siempre. Con la edad el “como de costumbre” va engordando y se vuelve comodón. Cada vez que una novedad lo obliga a cambiar de postura, refunfuña.

Charles Maurice Talleyrand

El nostálgico no puede invertir con su añoranza el curso inevitable de las novedades, pero, al exteriorizarla, al menos se resarce de su impotencia. En este sentido, desempeña una función parecida a la del llanto. Sirve para aplacar un enojo.

No importa que se mistifique el objeto añorado, hasta el punto de transformarlo en  otro distinto del que fue, con tal de que cumpla su cometido de denigrar aquello que desagrada en el presente. La añoranza demuestra que rara vez somos objetivos e imparciales con nuestros recuerdos. El resultado de la paradoja que supone viajar al pasado sin moverse del presente es que se llega a un destino distinto de aquel al que se cree haber arribado.

En cuanto evocamos algún episodio del pasado, la voluntad se entromete para sacar tajada del recuerdo y tornearlo a su gusto, según las conveniencias del momento. Aquí entra en juego la imaginación, que en este caso hace las veces de comodín. Al final no es tanto la memoria la que nos traiciona como los deseos y fobias que sentimos en el presente.

1q830)

“La libertad guiando al pueblo” (1830), de Eugène Delacroix

Pero, independientemente de nuestras apetencias, los cambios seguirán su curso, como ha ocurrido en todos los tiempos. Lo que nunca harán será amoldarse al régimen de costumbres de nadie. Aunque Talleyrand echase de menos la estabilidad después de la Revolución de 1789, el dulce vivir que conoció en su infancia y juventud bajo el Antiguo Régimen, no le quedó más remedio que afrontar las tempestades de la época y reorientar la veleta de su vida según la dirección en la que soplase el viento. La otra alternativa era pudrirse en el lamento, una actitud que no cuadraba en absoluto con su talante ambicioso.

El tiempo, que se comporta como cualquier fuerza de la naturaleza, nunca se detiene para nadie. Tampoco sabe qué es eso de la estabilidad. Somos nosotros quienes tenemos la sensación de haberla experimentado en el pasado, el único tiempo en el que puede sentirse. Porque lo que es en el presente, nadie que esté en su sano juicio y tenga los sentidos en su sitio podrá afirmar que el mundo se encuentra estable, como si fuese un enfermo. No, los únicos lugares en los que reina la estabilidad son los cementerios, a menos que aparezca algún zombi para interrumpirla.

Anuncios
3 comentarios leave one →
  1. abril 25, 2017 11:51 pm

    La tecnología de las comunicaciones han globalizado a la sociedad hacia la mediocridad. El hombre mediocre de José Ingenieros ha logrado trepar hasta la presidencia. El individuo se tatúa y se disfraza para distinguirse, pero tiene el intelecto del hombre masa. Orwell nos espera con los brazos abiertos.

  2. Rubén permalink
    abril 26, 2017 3:34 pm

    Dime qué lees y te diré quién eres….
    Lo que va desapareciendo no es el olor del papel y la tinta, sino el hábito de conocer otras opiniones. Hoy por hoy, las imágenes tienen más impacto que las palabras…El lenguaje de símbolos nos obliga a visualizar sentimientos, o interpretarlos.
    Lo endemoniado de los cambios actuales, no es el hermano mayor Orwelliano, que controla el presente, sino la tecnología que reemplaza (o desplaza), el contenido de la información.

    Nuestra existencia transcurre entre una comedia y una tragedia. A veces, somos víctimas inocentes, y otras, cómplices silenciosos de caprichos ajenos.

    No sé si es añoranza, pero leyendo nuevamente la biografía de R Rolland, de S Zweig, aparece este Manifiesto del espíritu humanista, redactado después de la Primera Guerra mundial

    “”El espíritu no debe ser esclavo de nadie, pero nosotros debemos servir al espíritu y no reconocer ningún dueño fuera de él…Ese pueblo de todos los hombres, que son todos, todos hermanos nuestros. Sólo falta que tengan conciencia de esa fraternidad; por eso los que sabemos, queremos tender el puente a gran altura sobre los luchadores ciegos en prueba de la nueva alianza,, en nombre del único, y. sin embargo, múltiple espíritu eterno y libre”

    ..Y como siempre, el infaltable abrazo, por tus líneas!!!

  3. abril 28, 2017 10:29 am

    Muchas gracias, Rubén, por estas reflexiones tan oportunas. Y también creo que “la tecnología reemplaza (o desplaza) el contenido de la información”. Un fuerte abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s