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Schiller tacha a Goethe de “mojigata orgullosa” y al año engendran un libro

marzo 28, 2017

Desde tiempos remotos el amor ha sido el motivo central de buena parte de la literatura, en sus diversos géneros. Se lo ha definido con numerosas metáforas, algunas asociadas al fuego. “Fuego de amor” en el que se abrasa la mariposa atraída por su resplandor; “llama de amor viva”, aunque en este caso su autor, san Juan de la Cruz, se refiriese al alma en su ansiada unión con Dios. Por eso cuando un amor termina, decimos que se extingue, se apaga, se consume como un fuego o una llama.

Dos personas que se aman están enamoradas, quizá porque el amor es un estado pasajero, pero obsesivo y persistente como una enfermedad febril. Este destino confirma la incertidumbre e incluso la desconfianza que lo ponen a prueba constantemente bajo la férula del deseo, la posesión y los celos. Estos últimos pueden llevar a quien los padece a someter al ser amado a una vigilancia constante, como se somete a un preso en libertad condicional. A menudo el principal estímulo del amante es correr tras la sombra fugaz del ser amado, que a cada momento tiene la sensación de escapársele de las manos.

Retrato de san Juan de la Cruz

Pero “el fuego del amor”, siguiendo la vieja metáfora, se enciende con el chispazo de la disparidad. Cuanto más acusadas sean las diferencias que separan a los amantes, más intensos serán también el deseo y el ansia de posesión, y mayor el riesgo de que se abra la espita de los celos. El marchante Charles Swann, de En busca del tiempo perdido, se enamora de la cocotte Odette de Crécy, sintiendo unos celos terribles de ella. Pero al apagarse la llama del amor tuvo que admitir que la mujer no era su tipo (¿pensaría lo mismo ella de él?). Acabaron casándose.

Los personajes enamorados que desfilan por las páginas de la novela de Proust padecen la misma locura transitoria que afectó a Swann: son parejas tan desiguales en todos los aspectos como la que formaban el culto marchante y la seductora cocotte. Así de caprichoso es el amor. En vez de fijarse en la persona racionalmente idónea, vira en sentido contrario, como si buscara el conflicto. Sólo quienes no están enamorados, a los que no ciega el amor, piensan que podrán elegir a la persona amada deliberando sobre las ventajas e inconvenientes de su elección.

Jeremy Irons interpretando a Swann en “Un amor de Swann”, la película de Volker Schlöndorff

Los enamorados desean fundirse en uno solo, renunciando cada uno de ellos a su identidad para disolverla en la del otro. En la novela de Emily Brontë Cumbres borrascosas, Catherine Earnshaw dice, refiriéndose a su amante Heathcliff, que hay más de ella en él que en ella misma. “Sea cual fuere la sustancia de que están hechas las almas, la suya y la mía son idénticas”. “Yo soy Heathcliff”, le confiesa a Nelly Dean, su ama de llaves.

El poeta Luis Cernuda expresó este deseo de disolución del yo en el ser amado recurriendo incluso a la antinomia libertad-prisión: la única libertad por la que estaría dispuesto a morir es la de estar preso en el ser amado. El amor como una cárcel para presos voluntarios:

“Libertad no conozco sino estar preso en alguien/ cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;/ alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina/ (…) la única libertad que me exalta/ la única libertad porque muero”.

Luis Cernuda

La conflictividad del amor y sus paradojas explican que haya seducido a los poetas, novelistas y dramaturgos. En cambio, de la amistad se han ocupado principalmente los filósofos y moralistas, entre elogios y advertencias, y siempre para recordar su excepcionalidad. La amistad de Hamlet y Horacio es un paréntesis en la obra de Shakespeare y también el único rayo de luz en la corte tenebrosa y corrupta de Elsinor.

Pese a las diferencias que los separan, la amistad tiene en común con el amor que se nutre de mitos ancestrales. Los más recurrentes son el que se describe en el Libro de Samuel, entre David y Jonatán, el hijo de Saúl, primer rey de Israel, y la que unió a Aquiles y Patroclo, narrada en La Ilíada. Son los “amigos del alma”, milagros del destino, inexplicables como todos los milagros.

“David despidiéndose de Jonatán” (1642), de Rembrandt

Desde que el Romanticismo se identificó con el motivo amoroso, la amistad ha sido relegada a un segundo plano. Cuando se habló de ella en el siglo XX fue para ligarla a la juventud y a la filiación ideológica con tintes totalitarios, designándola con el nombre de “camaradería”. Como los soldados en la guerra, los “camaradas” estaban unidos por la militancia ideológica, el odio al enemigo y la obediencia ciega a un jefe. Y por el color de la camisa del partido en el que militaban. A eso se reducía su intimidad.

Entre los escritos que la han celebrado, destacan los dos libros de la Ética a Nicómaco que le dedicó Aristóteles, el diálogo De amicitia de Cicerón, también conocido como Laelius, y el ensayo de Montaigne De la amistad, incluido en el primer libro de su obra. Seneca comentó de ella que nada puede hacer disfrutar tanto al espíritu como una amistad “fiel y tierna”, que acoge cualquier secreto sin problemas y cuya conversación “alivia las preocupaciones”.

Para Aristóteles la amistad consiste más en amar que en ser amado. La vida en común es lo que mejor la caracteriza: amigos que pasan el tiempo haciendo juntos aquello que más les gusta en la vida. Lo que uno es para sí mismo lo es para el otro. Se dirige sólo a un individuo -con muchos es imposible tener una verdadera y ardiente intimidad- y exige tener una perfecta conformidad de carácter, algo nada fácil. Cree que, al igual que el amor, comienza por el placer de la vista. Si el aspecto de una persona no nos atrae, no se la puede amar.

Busto de Aristóteles en Roma, Palazzo Altemps

Aunque los amigos sean más necesarios en el infortunio, porque entonces nos son útiles, es más noble tenerlos en la fortuna porque en este caso se buscan gentes de mérito y de virtud. En la prosperidad su presencia nos agrada doblemente.

En el tratado de Cicerón, Cayo Lelio define su amistad con Publio Escipión como un consenso de voluntades, aficiones y pareceres que merece la pena rememorar

“porque de todos los siglos apenas se nombran tres o cuatro parejas de amigos”.

La amistad, según Cicerón, está por encima de cualquier grado de parentesco; en éste puede desaparecer la benevolencia, no así en la amistad. Después de la sabiduría, es el mejor regalo que han podido darles los dioses a los hombres. En ella no caben el disimulo ni el fingimiento.

Marco Tulio Cicerón, copia de un original romano por Bertel Thorvaldsen (1799-1800), en el Thorvaldsens Museum de Copenhague

La vida resulta agradable por la posibilidad de hablar con el amigo de lo que sólo uno habla consigo mismo. Con él nos alegramos en la prosperidad y se sobrellevan mejor las adversidades. Nada tan lejos de la amistad como la necesidad. Los más indicados para disfrutar de ella son los mejor provistos de sabiduría, de virtud y de todos los bienes. ¿Para qué me necesitaba a mí Publio?, se pregunta Lelio. Para nada. Ni tampoco él a Publio.

Los dos se admiraban por su virtud y por la buena opinión que tenían de sus costumbres. “Añadido el trato, se aumentó el cariño”. En cuanto a la elección de los amigos, Cicerón aconseja hacerlo entre individuos firmes, estables y constantes, o sea, “los más escasos”.

Pintura de una vasija griega en la que se ve a Aquiles curando una herida a su amigo Patroclo

Al contrario que el amor, la amistad no es una pasión. Si a aquél el tiempo lo enfría, para transformarlo a lo sumo en un vínculo fundado sobre el miedo a la soledad y el intercambio de costumbres, resulta beneficioso para la amistad, que puede durar al menos hasta la muerte de uno de los amigos, aunque también acabarse porque unas circunstancias extrañas los separen de aquello que los unió en el pasado.

Pero siempre que se cultive, el tiempo la acrisola y la mejora, como a los vinos. Jesús ben Sirá recomienda no abandonar al amigo de mucho tiempo porque al nuevo no se lo conoce. “Amigo nuevo es vino nuevo: deja que envejezca y lo beberás”. No obstante, la vida da tantas vueltas, y nosotros con ella -nuestra manera de ver las cosas-, que ni siquiera una amistad aparentemente sólida tiene asegurado el porvenir.

La amistad ha de ser un fin en sí misma, no un medio para alcanzar algo. Si lo fuese, se la rebajaría al nivel de otras relaciones basadas en el trueque de intereses y utilidades. Los amigos no se preocupan de medir los favores que se hacen. Su mayor gratificación consiste en darse cuanto pueden.

“Autorretrato con el doctor Arrieta” (1820), de Francisco de Goya

También se halla libre de la desconfianza -el amigo es el mejor confidente y depositario seguro de secretos- y del clima de competencia e incertidumbre imperante en el resto de las relaciones. Aborrece la envidia y comparte tanto los éxitos como las desdichas. Disculpa las debilidades, manías y defectos. En ella se reposa. También puede ser un refugio en la adversidad.

Se camina junto al amigo, nunca delante ni detrás. En la amistad resulta decisiva la conciliación entre las afinidades y las diferencias, de manera que cada cual preserve su autonomía, de la que depende la supervivencia de la relación. Para ello es preciso evitar “la confusión entre el yo y el tú”, como aconsejaba Nietzsche, manteniendo un equilibrio entre “el delicado toque de la intimidad”, necesario para  el trato amistoso, y la reserva de “la intimidad real y propiamente dicha”.

Todos los moralistas coinciden en que hay muy pocos amigos (“uno entre mil”, según Ben Sirá). Como en el amor, en ella lo ideal es el amigo en singular. Las amistades que han dejado huella han sido de este tenor. El plural “amigos” que se utiliza normalmente carece de nombre propio. Alude a los amigos de ocasión, amigos según cómo, dónde y cuándo, que sirven para distraerse de cualquier obligación, ya sea el trabajo, el matrimonio, la pareja o la familia, y escapar de la soledad y el aburrimiento. La amistad entendida como un medio, nunca un fin, por lo que esos amigos circunstanciales son intercambiables y en cuanto tales están dotados de una identidad difusa, como si fueran figuras fantasmagóricas. Bordean el anonimato.

“Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga” (1887-1888), de Antonio Gisbert Pérez

El lenguaje coloquial ha buscado sinónimos para los amigos ocasionales, como si en el fondo se reconociese que la palabra amistad les viene demasiado grande. La expresión “amigo de mis amigos”, frecuente en estos tiempos de amistades virtuales, y en apariencia absurda por redundante -no se es amigo de los enemigos-, viene a recordar lo obvio: que la amistad es un compromiso con sus correspondientes exigencias.

El verbo que acompaña a esta clase de amistad es “hacer”. Hacer amigos con vistas a la persecución de algún interés o, simplemente, para aliviar el peso de la soledad. Victor Bâton, el exsoldado de la Primera Guerra Mundial que protagoniza la novela Mis amigos de Emmanuel Bove, ve frustradas sus cinco tentativas de entablar amistades de ambos sexos en el París de los años veinte.

La resaca moral provocada por la contienda, el declive de los vínculos familiares, el auge de las aglomeraciones humanas y la consiguiente despersonalización de la gran ciudad forjaron un prototipo de joven desarraigado que se echa a la calle en busca de amistades. La indefinición del propósito de Bâton y la necesidad apremiante de conquistarlo sólo contribuyen a alejarlo de él. Al final tiene que conformarse con cualquier cosa y reservar para la imaginación su deseo de hacer amigos perfectos en el futuro, como si sólo en ella fuese posible el don de la amistad.

Cubierta de la primera edición de “Mis amigos”, fechada en 1924

Se duda del buen juicio de quien tiene muchos amigos o presume de tenerlos, y las falsas amistades están a la orden del día. La vieja sabiduría no se cansa de recordar que en la prosperidad no se conoce al amigo y que es en las adversidades donde se prueba su autenticidad.

Hannah Arendt recordó cómo a partir de 1933, bajo la bota de Hitler, lo sorprendente no fue lo que hicieron con los judíos sus enemigos –eso ya se sabía- sino sus amigos. En el trance de la persecución unos los abandonaron; otros no los conocían de nada, renegando de ellos, y también los hubo que los traicionaron para salvaguardarse y medrar en el nuevo régimen. Al formular esta afirmación quizá Hannah Arendt pensara en Martin Heidegger, su antiguo profesor y amante.

El filósofo Edmund Husserl había perdido a su único hijo en la Primera Guerra Mundial, por lo que en 1917 acogió a Heidegger, treinta años menor que él, con afecto paternal y luego con amistad (“amistad del alma”), prestándole el apoyo necesario en su carrera docente, hasta el punto de allanarle el camino para que, tras su jubilación en 1928, lo sustituyera en la cátedra que regentaba en la Universidad de Friburgo. A él le dedicó Ser y tiempo (1927).

Edmund Husserl (1859-1938)

Pero al ascender el nazismo al poder, en enero de 1933, fraguó la traición al maestro y amigo. De origen judío y casado con una judía, Husserl, por entonces profesor emérito, fue sometido a un aislamiento cada vez más asfixiante por las nuevas autoridades. Heidegger era el nuevo rector de la Universidad de Friburgo, aupado y amparado por el régimen nazi.

No hizo nada para aliviar la situación del viejo Husserl. En la reedición de Ser y tiempo en 1941 suprimió la dedicatoria, aunque conservó el elogio en una nota de a pie de página. Luego alegó que si la hubiese mantenido, no habría podido volver  a publicar el libro. Se rumoreó que le prohibió el acceso a la biblioteca de la universidad. A la muerte de Husserl, en abril de 1938, Heidegger estaba “enfermo en cama”. En el protocolo de desnazificación de 1945 no expresó arrepentimiento por no haber enviado a su viuda una carta de pésame.

Por cierto, Hannah Arendt pensaba también que, aun siendo verdad que sólo en la desgracia descubrimos quiénes son los amigos auténticos, consideramos verdaderos amigos sin esta prueba a aquellos a los que “revelamos sin reservas nuestra felicidad y con quienes compartimos nuestras alegrías”.

Hannah Arendt

Hannah Arendt

 

Ella misma mantuvo una amistad memorable con la escritora Mary McCarthy, seis años menor. Fruto de esa amistad fue la correspondencia publicada entre 1949 y 1975, año de la muerte de Arendt, y en la que las dos continuaron conversando sobre los asuntos que trataban cuando se veían. Se conocieron en Manhattan en 1944. Mary estaba casada con el célebre crítico Edmund Wilson y Hannah con el poeta y filósofo berlinés Heinrich Blücher. Ambos habían ido a parar a Estados Unidos huyendo de Hitler.

Mary se sintió fascinada por la “vitalidad extraordinaria, electrizante” de Hannah. Después de un malentendido en los inicios de la relación, ésta decidió zanjarlo confesándole que las dos pensaban de forma parecida. Su amistad fue para ellas, como dice la editora de la correspondencia Carold Brightman, un refugio contra los otros bandos, cuyos fracasos habían marcado a su generación.

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Mary MacCarthy

Los más escépticos se atreven a dudar de la existencia del sentimiento amistoso, al que comparan con el monstruo del lago Ness, del que todo el mundo habla sin que nadie lo haya visto. Es el cisne negro de Kant. Y quienes por casualidad la conocieron, como Montaigne, no encontraron las palabras apropiadas para explicarla, argumentando que para entenderla hay que haberla vivido.

En todas las épocas ha prevalecido la sensación de que la amistad auténtica pertenece a otros tiempos, que hubo una especie de Edad de Oro en la que existía el caldo de cultivo necesario para su surgimiento. Nietzsche decía que sólo en la Antigüedad se vivió la amistad en profundidad y con fuerza. “La ha pensado y casi se la ha llevado consigo a la tumba”. La añoranza de los ejemplos de amistades memorables permanece intacta. Todos se hacen la misma pregunta: ¿por qué ahora no hay amigos como los de antes?

La maliciosa perspicacia del moralista aseveró que en la adversidad de nuestros mejores amigos siempre encontramos algo que no nos desagrada y que pocas amistades sobrevivirían si cada cual supiera lo que dicen de él sus amigos a sus espaldas. A Aristóteles se le atribuye la sentencia: “Amigos, no hay ningún amigo”, que nos devuelve a la contradicción conceptual que se aprecia entre la amistad en plural –los amigos-, tan común que hasta el filósofo participa de ella, y la amistad en singular -el amigo-, a la que sin embargo niega la existencia.

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El escritor francés Jules Renard

Menos contundente, Jules Renard rescató un resto del naufragio: no hay amigos sino ratos de amistad. Así pues, sólo quedan los recuerdos de amistades que se desvanecieron. Antes de que esto ocurriese, nunca sospechamos que hubiera una puerta de salida reservada para ellas.

Para otros, mejor estar solo que aburridamente acompañado. Puede que algunos, al recordar los momentos que pasaron junto al amigo, prefieran retornar a la soledad. La conversación con su alter ego les parece más sugerente que la que sostuvieron con él. En su relato confesional Solo, August Strindberg, recientemente separado de su esposa y con poco más de cincuenta años, decide volver a la soledad después de reencontrarse con sus viejos amigos de Estocolmo.

August Strindberg

Pronto se percató de que ninguno reía con la facilidad de antes y que todos hablaban con precaución. La prudencia les había enseñado que las palabras dichas acaban pasando factura. Nadie quería exponer sus opiniones más íntimas. Aquellos encuentros eran mascaradas en las que todos estaban a la defensiva, en un constante repliegue.

En contra de la opinión del solitario Nietzsche, que otorgaba credibilidad a la amistad y consideraba el matrimonio como una larga conversación (seguro que su amigo Strindberg no opinaba lo mismo), Proust le restaba valor, sobre todo cuando se basa en afinidades intelectuales. El Narrador de En busca del tiempo perdido prefiere la compañía de las “muchachas en flor” en la estación veraniega de Balbec, que citarse con su amigo el aristócrata Robert de Saint-Loup, temporalmente afincado en el cercano cuartel-castillo de Doncières, para sostener profundas pero fatigosas conversaciones sobre libros y música.

Otras veces, cuando Saint-Loup aludía a la amistad de ambos como “una cosa importante y deliciosa que tuviese existencia fuera de nosotros mismos, considerándola incluso la mayor alegría de su vida”, el Narrador reconoce que esas palabras le entristecían y no sabía qué contestar. El motivo era que en sus conversaciones con Robert no podía sentir “esa felicidad que gozaba en cambio cuando estaba yo solo, sin compañía alguna”. En esos momentos de soledad a veces sentía afluir de lo hondo de su ser alguna impresión “de esas que me causaban delicioso bienestar”.

“Robert de Saint-Loup y el príncipe de Borodino en la barbería de Doncières”, de Van Dongen Kees (1877-1968)

En cambio, si se ponía a hablar con un amigo, su espíritu “daba media vuelta, de modo que mis pensamientos se dirigían ya a mi interlocutor y no a mí, y en cuanto seguían ese orden inverso dejaban de procurarme placer alguno”. El Narrador piensa que, en tanto que expresión de la amistad, la conversación es una divagación superficial “que no nos deja nada que ganar”. En suma, que se sentía mejor solo en su mundo de creador que acompañado por quien se consideraba su mejor amigo.

A pesar de todas estas objeciones, lo cierto es que si existe una palabra para designar el sentimiento amistoso, más allá de la banalización o el maltrato que ocasionalmente se le inflija, algo de verdad tiene que haber en ella. Las palabras no sobreviven en balde a lo largo de los siglos.

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“Retrato de dos amigos”, de Jacopo Pontormo (c. 1522)

Los amigos conversan, pero no sólo eso, naturalmente. Como en todos los vínculos gobernados por el afecto, los hechos son en última instancia la prueba determinante. Sin embargo, la conversación sincera, sin ceremonias ni formalidades, allana la senda hacia los hechos demostrativos de la autenticidad del vínculo amistoso.

Mientras los enamorados desean verse en persona el máximo tiempo posible, para mirarse, oírse y tocarse, porque en el enamoramiento participan todos los sentidos, en la amistad esa necesidad no es acuciante. Los amigos pueden recordarse en la ausencia, y seguro que cada uno de ellos tiene la certeza de ser recordado por el otro, e incluso sostener conversaciones imaginarias, preámbulo de las reales.

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“Autorretrato del artista con un amigo”, de Rafael Sanzio

Hasta el declive de la correspondencia epistolar, la faceta conversacional de la amistad la ligaba también a la escritura. Cuando los amigos tenían que separarse por algún tiempo, la misma libertad que reinaba en la charla presencial se trasladaba a la correspondencia. El intercambio de cartas, sobre todo si los dos se dedicaban a la literatura, era un testimonio de su amistad tan valioso desde el punto de vista humano y literario como cualquiera de sus obras.

La muerte de uno de los amigos dejaba al superviviente con una inconsolable sensación de orfandad. Era en la charla con otros amigos cuando reparaba en el vacío de la ausencia y en la singularidad irreemplazable del que jamás volvería. Perseguido por el recuerdo de las conversaciones que mantuvo con el ausente, evocaba con una añoranza dolorosa los viejos buenos tiempos. Entonces la escritura se convertía en la única válvula por la que podía escapar el pesar acumulado a raíz de la desaparición del amigo, continuando la conversación imaginaria con él o rememorando el tiempo en el que compartieron tantas experiencias.

Estatua de Étienne de La Boétie, en Sarlat, su ciudad natal

Tras la muerte de su gran amigo Étienne de La Boétie a los treinta y dos años, víctima de la peste, Montaigne sintió un vacío tan grande que al emprender la escritura de los Ensayos lo hizo pensando que era la mejor manera de proseguir la conversación con el difunto. En uno de los ensayos dice que si hubiese encontrado al corresponsal apropiado, es muy probable que, en lugar de éstos, nos hubiese legado una copiosa correspondencia. Habría estado más atento y seguro dirigiéndose por carta a un interlocutor “consistente y amigo” que mirando los diversos rostros de una multitud, como al escribir los Ensayos.

Montaigne era un soltero de veinticinco años cuando conoció al poeta y humanista Étienne de La Boètie. Éste tenía tres más y estaba casado con Marguerite de Carle, hija del presidente del Parlamento de Burdeos. La amistad duró cuatro años, hasta la muerte de Étienne en 1563. Al morir le legó su biblioteca de mil volúmenes, un “presente bien pequeño”, según le dijo a Montaigne en el lecho de muerte, pero “de buen corazón inspirado, y que bien os cuadra por la afección que las letras os inspiran”.

Primera página del “Discurso de la servidumbre voluntaria”, en una edición de Paul Bonnefon (1892)

Desde el día en que lo perdió no hacía más que “errar y languidecer”. Si comparaba el resto de su vida con los cuatro años en que disfrutó de la dulce amistad con Étienne no era “más que humo, una noche oscura e inclemente”. “Íbamos en todo a medias: ahora me parece que le estoy quitando su parte”. Estaba tan acostumbrado a ser en todo uno de dos, que ahora le parecía ser solamente medio. Los mismos placeres que se le ofrecían, en lugar de consolarle, redoblaban el dolor de su pérdida. Jamás encontró a nadie que supliera su ausencia.

Se conocieron en el Parlamento de Burdeos, del que eran miembros. Montaigne había leído de Étienne el manuscrito del Discurso de la servidumbre voluntaria, en el que trata de explicar por qué los hombres se someten voluntariamente a uno solo a cambio de unos cuantos halagos, le conceden todo tipo de prerrogativas, renunciando incluso a su libertad, y obedecen leyes injustas. Sólo serán libres si dejan de servir a ese hombre único que los tiraniza, quien entonces caerá por su propio peso.

Este opúsculo hizo de intermediario para el primer encuentro entre ambos. Que una reflexión sobre la libertad en una sociedad apresada en el conflicto entre los bandos católico y protestante fuese la chispa que prendió su amistad puede interpretarse como un hermoso presagio de lo que ésta habría de significar para ellos en aquel asfixiante clima de guerra civil: un pequeño pero valiosísimo oasis de libertad contra la intolerancia, un reducto de intimidad en el que los amigos son más amigos que ciudadanos de su país.

Retrato de Michel de Montaigne, por Daniel Dumonstier

En el ensayo De la amistad, uno de los más elaborados, confiesa la dificultad para acotar con palabras el sentimiento amistoso que los unía. Sólo quienes lo hayan probado podrán entenderlo. Está seguro de que los demás no lo entenderán. Creía que tampoco los discursos de la antigüedad abordaron este asunto con el suficiente vigor. No encuentra una explicación a la fuerza que hizo posible aquella unión extraordinaria, para cuya construcción se precisan tantas casualidades que ya es mucho si el azar la hace surgir una vez cada tres siglos. “Nos buscábamos antes de conocernos”.

En la edición póstuma de las Ensayos (1595) acierta con la respuesta que en la de 1550 no halló a la pregunta de por qué quería a su difunto amigo: “porque era él, porque era yo” (“par ce que c’estoit luy» y «par ce que c’estoit moy”), puntualiza en una anotación al margen. La unión amistosa no impedía que cada uno de ellos perseverara en su identidad, con las lógicas disimilitudes, sin fundirse la una en la otra, hasta su disolución, como, por ejemplo, les sucede a los amantes de Cumbres borrascosas.

Laurence Olivier (Heathcliff) y Merle Oberon (Catherine Earnshaw) en la película de 1939 “Cumbres borrascosas” que dirigió William Wyler

Porque cada cual seguía siendo él mismo, no se reservaban nada que les fuese propio. “Nuestras almas hicieron su andadura tan estrechamente unidas, se contemplaron con tan ardiente afecto”, que se descubrían hasta el fondo de sus entrañas, conociéndose una a la otra. “Antes me habría fiado de él que de mí mismo”. De acuerdo con la definición de Aristóteles, eran dos almas habitando un solo cuerpo.

Montaigne le dijo a su padre que durante el transcurso de la enfermedad que le llevaría a la tumba, La Boétie le hablaba

“tan de buen grado como al que más, como por la singular y fraternal amistad que nos tributábamos, tenía yo evidentísimo conocimiento de los designios, juicios y voluntades que durante su vida entera alimentara; tanto sin duda como un hombre puede estar penetrado de los pensamientos de otro hombre”.

Portada de la edición de los Ensayos de Montaigne fechada en 1598

En el ensayo razona que si la amistad se alimenta de la comunicación, hay que excluir de ella el vínculo entre padres e hijos, en el que es preciso preservar los límites naturales que los separan. Tampoco de las relaciones entre hermanos cabe esperar una amistad libre de obstáculos, aunque a Montaigne la palabra  hermano le parezca tan hermosa que no duda en aplicarla a su amistad con La Boétie. Al contrario que el amor, “un deseo demente por aquello que huye de nosotros”, la amistad es

“un calor general y universal que permanece templado e igual, en el que todo es dulzura y delicadeza, que no es ávido ni punzante”.

Así como se goza de la amistad a medida que se la desea, naciendo y creciendo en el goce, por ser espiritual, al amor lo pierde el goce al ser su fin corporal y susceptible de saciarse, por lo que cuando entra en el terreno de la amistad se desvanece. En cuanto al matrimonio, cree que surgen en él tantas complicaciones ajenas que bastan para enturbiar el curso de un vivo afecto. En cambio, en la amistad no hay más negocio que ella misma.

Escena en una vasija griega con amante y amado besándose (siglo V antes de Cristo)

Al compararla con la pederastia griega, en la que un hombre maduro se enamora de un joven, Montaigne objeta que, además de la disparidad de la edad, formación y oficios entre los amantes, en esta clase de relación también prima la atracción física, como en el amor heterosexual, y cita un comentario de Cicerón: “¿Por qué nadie ama a un joven feo o a un viejo hermoso?”.

No obstante, Montaigne reconoce que la amistad sería más total y plena si se pudiese dar “una unión libre y voluntaria en la que no sólo las almas tuvieran ese goce tan pleno sino también los cuerpos tuviesen parte en la alianza, comprometiendo al hombre por entero”. El goce físico como una prolongación del espiritual. Para quien el sexo era una forma de comunicación tan enriquecedora como la verbal, tenía que parecerle de perlas que dos amigos participasen también de ella, estrechando aún más el vínculo amistoso.

Coincide también con Cicerón en que la amistad se forja cuando el espíritu y la edad han madurado, algo que pudo comprobar por su propia experiencia. Ni él ni La Boétie eran unos jovencitos cuando se hicieron amigos.

Las estatuas de Schiller y Goethe ante el Teatro Nacional de Alemania, en Weimar (foto de Irene Lehmann)

No fue necesario que pasaran tres siglos, como auguraba Montaigne, para que surgiera una amistad de una naturaleza similar a la que él mismo vivió con Étienne de La Boétie. Ocurrió en la vecina Alemania, también entre dos hombres maduros, y pronto se haría legendaria: la que unió a Johann Wolfgang Goethe y Friedrich Schiller hasta la muerte de este último. Un testimonio de ella es el grupo escultórico, obra de Ernst Rietschel, que se erigió a ambos en Weimar, delante del Deutsches Nationaltheater. Los dos amigos en pie sobre el estrecho pedestal, sosteniendo con sus manos la corona de laurel.

Pero el testimonio más trascendental es la correspondencia -casi dos mil cartas- que mantuvieron durante once años, hasta la muerte de Schiller el 9 de mayo de 1805. Un cuarto de siglo después, Goethe comentó de esas cartas que eran el recuerdo más bello que poseía del amigo difunto y de lo mejor que había escrito. Al contrario que en la relación de Montaigne con Étienne de La Boétie, en este caso disponemos de abundantes testimonios de ambos amigos y no de uno solo.

Rüdiger Safranski ha relatado en un libro la historia de su amistad. Diez años menor que Goethe, Schiller había publicado en 1782 la obra teatral Los bandidos, en la que muestra “que el hombre no es sólo lo que hace la naturaleza, sino también lo que hace de él su libertad”, un motivo que recuerda al Discurso de la servidumbre voluntaria. De nuevo un pensamiento sobre la libertad se cruzó en el camino en el que se encontrarían ambos escritores. Un augurio venturoso, como lo fue para Montaigne y La Boétie.

Rüdiger Safranski

La amistad se fraguó tras pedirle a Goethe que colaborase en la revista Las Horas, junto a otros ilustres intelectuales. Aunque se conocían de vista, apenas se habían tratado. Durante una estancia de Schiller en Weimar, donde residía Goethe junto a su amante Christiane Vulpius, antigua florista y dieciséis años más joven que él  -se casaron en 1806 después de 18 años viviendo juntos, para escándalo de la pacata sociedad weimariana-, y August, el hijo de ambos, le disgustó que el autor del Werther no le invitase a su casa.

Por entonces le escribió a un amigo diciéndole que estar con frecuencia con Goethe le haría infeliz y que éste no era más que un egoísta que encadenaba a los hombres, mientras él sabía mantenerse libre. No había quien lo entendiera. Su irritación llegó al punto de compararlo con

“una mojigata orgullosa, a la que habría que dejar embarazada para humillarla ante el mundo”.

La comparación resultaba chocante. Tanto que en la misma carta le expresa al amigo su opinión sobre lo que acaba de escribirle: que se habrá reído de corazón a su costa. “Me gusta que me conozcas tal como soy”. Jamás olvidaría esa extraña imagen de Goethe como “una mojigata orgullosa” a la que habría que dejar embarazada. Puede interpretarse como un sueño, no sólo por la libertad imaginativa que la inspira, sino por la lucha soterrada que se advierte en ella entre el deseo y la impotencia para satisfacerlo. Schiller adopta el papel de hombre viril y fértil que desea penetrar en el mundo impenetrable del olímpico Goethe para engendrar juntos una obra.

Retrato de Friedrich Schiller (1759-1805) por Gerhard von Kügelgen

Unos años después, en 1796, retornó a esta curiosa fantasía, si bien involuntariamente, cuando en su casa de Jena disfrutaban él y Goethe escribiendo un libro de epigramas en los que se burlaban de los críticos literarios. En una carta a su amigo Körner le desveló que “el niño que Goethe y yo engendramos en común será algo travieso”. La “mojigata orgullosa” no sólo se había rendido ante el caballero bizarro deseoso de entrar en ella sino que, tras dejarla embarazada, ahora los dos se regocijaban del fruto de aquel amor de comienzo un tanto incierto.

El primer encuentro, inolvidable para ambos, se produjo en Jena, en 1794, donde Schiller era profesor de Historia en la universidad y residía junto a su esposa y su hijo pequeño Karl. Veinte años después, Goethe recordaría que le sorprendió la fuerza de atracción de Schiller. Enseguida se percató de que cada uno de ellos podía proporcionar al otro lo que le faltaba y recibir algo a cambio. Opinaba que  las personas constituyen la mitad del otro y no se repelen sino que se conectan y complementan.

Goethe volvió a esta idea en una de las conversaciones con su discípulo J.P. Eckermann, autor del libro en el que las recopiló. El domingo 2 de mayo de 1824 Goethe le reprochó que no hubiera acudido a visitar todavía a una respetada familia de Weimar. Eckermann le respondió que no había sido educado para moverse en sociedad ni estaba acostumbrado a ello. Tantas impresiones nuevas sólo podían anonadarlo. Bastante tenía con tratarlo a él. Luego le confesó que tendía a buscar una personalidad afín a su propia naturaleza para entregarse por entero a ella “sin tener nada que ver con los demás”.

Estampa de la época que representa a Schiller y Goethe paseando por Jena

Goethe le replicó que esa tendencia suya no era precisamente sociable y que sería una gran necedad exigir a las personas que armonicen con nosotros. Él no lo había hecho nunca. Siempre había visto a los demás como individuos autónomos a los que trataba de sondear a fin de conocer todas sus peculiaridades y sin reclamarles una simpatía adicional. Son las naturalezas contrarias a las nuestras las que nos exigen una mayor contención.

“Gracias a eso estimulamos los distintos aspectos que hay en nosotros, que de este modo contribuimos a desarrollar y formar”.

Schiller creía que Goethe se dejaba guiar por la intuición y la experiencia, partiendo de los estímulos sensibles, mientras que él se tenía por más especulativo. Si Goethe era un hombre de sentimientos, él lo era de conceptos, por lo que cada uno debería aprender del otro para encontrarse en el medio. Si Goethe sigue el camino de lo particular a lo universal, matiza Safranski en su libro, Schiller procede a la inversa: de lo general, las ideas y los conceptos, desciende a lo particular.

Goethe protegerá Schiller de los peligros de la abstracción, no así de la enfermedad pulmonar que contrajo en 1791 y que lo matará en 1805. Por su parte, Schiller aprenderá de Goethe a confiar en el inconsciente. Éste le agradecerá en una carta haberle devuelto una segunda juventud, convirtiéndolo de nuevo en poeta, apartándolo “de la observación demasiado rigurosa de las cosas” y enseñándole a “contemplar con más justicia la multiplicidad del hombre interior”.

Casa de Schiller en Weimar

La amistad se fortaleció después de la estancia de catorce días de Schiller en la amplia vivienda de Goethe en el Frauenplan de Weimar. Los dos salían a pasear  en los días apacibles. Schiller alto y delgado, de andar majestuoso y ojos dulces, según lo describió el propio Goethe, más bajo y corpulento que el amigo. Uno gesticulaba, el otro mantenía los brazos cruzados en la espalda.

Schiller se comparaba con Goethe, aunque para él lo importante era que, al medirse con él, eso lo estimulara. Safranski sostiene que, ante el peligro de caer en la envidia y el resentimiento, se protegía con el amor. Goethe, poco propenso a la envidia, se plegaba al espíritu claro y penetrante del amigo, sin oponerse a su “exagerada exigencia de transparencia”.

Por fin, el 3 de diciembre de 1799 Schiller se trasladó con su familia de Jena a Weimar, donde los amigos podían verse a menudo. El trato de Schiller con la compañera de Goethe  fue siempre distante. En cambio, éste simpatizaba con la esposa de Schiller, a la que conocía desde hacía años y pertenecía a un estatus social similar al de ambos.

Fachada de la casa de Goethe en Weimar

A la muerte del amigo, Goethe no salió en una semana de su habitación. “Pensé que me perdía a mí mismo, y lo cierto es que pierdo a un amigo, y con él, la mitad de mi existencia”, le confesó por carta al compositor Carl Friedrich Zelter. Su primer propósito fue terminar el fragmento del Demetrio de Schiller.

Ante el vacío dejado por el amigo temía que disminuyeran sus fuerzas poéticas. Un año después terminó la primera parte de Fausto con la mente puesta en el recuerdo de Schiller. Su muerte le hizo meditar acerca de la necesidad “de conservar el recuerdo de lo que ha desaparecido para siempre”, una reflexión que cuajaría en 1809 con la escritura de la autobiografía Poesía y verdad.

En 1823 ordenó la correspondencia con Schiller con vistas a su publicación. “Será un gran don ofrecido a los alemanes y, me atrevo a decir, también a los hombres en general”. La obra se publicó por fin en seis tomos en octavo en la prestigiosa editorial Cotta.

Retrato de Johann Wolfgang Goethe, por Karl Joseph Stieler (1828)

Veintiún años después de la muerte de Schiller se abrió la fosa funeraria del cementerio de Weimar en la que yacían sus restos, junto a los de otros miembros de estamentos superiores que no poseían un sepulcro familiar. A partir de su mascarilla funeraria, el alcalde de la ciudad decidió que el cráneo más grande tenía que ser el del difunto.

En un acto solemne, al que no acudió Goethe, alegando una indisposición, se lo depositó en la biblioteca ducal. A la semana siguiente el escritor hizo que el cráneo fuese llevado a su casa. Lo guardó en la biblioteca durante un año, mostrándolo a lo más íntimos, como Wilhelm von Humboldt. Hasta que el rey Luis de Baviera anunció su deseo de ver el cráneo en Weimar, por lo que Goethe lo devolvió a la biblioteca ducal. Finalmente, en 1827, fue trasladado al panteón del Duque. Hace unos años un análisis de ADN demostró que el cráneo no pertenecía a Schiller…

Precisamente Los bandidos fue la obra que hizo de santo y seña en los albores de la amistad que desde su adolescencia unió a los escritores rusos Alexandr Herzen y Nikolái Ogariov, ambos hijos de terratenientes. Se hicieron amigos por casualidad, después de que el tutor de Nikolái, un alemán conocido de la familia Herzen, decidiera llevarlo a casa de éste para que el chico se distrajera un poco, ya que, huérfano de madre desde su primer año de vida, acababa de perder a su querida abuela.

Alexandr Herzen (a la derecha) y Nikolái Ogariov

Alexandr se llevó una sorpresa agradable cuando, al proponer a Nikolái que leyeran algo de Schiller, descubrió que se sabía de memoria los textos mejor que él. Por si ésto fuese poco, se había aprendido exactamente los fragmentos que más le agradaban. Siempre consideraron a los personajes de sus tragedias como a personas reales y los amaban y odiaban como si fueran estuviesen vivos. Además, Herzen comprobó que Nik también estaba familiarizado con Pushkin y Ryléyev. Los dos hablaron de la frustrada rebelión liberal de los oficiales decembristas contra Nicolás I, el 26 de diciembre de 1825.

Treinta años después, Herzen le dedicó Ogariov sus maravillosas memorias El pasado y las ideas (si no las han leído, léanlas y seguro que no las olvidarán). En la breve introducción evoca con emoción el día en que se abrazaron en la colina de los Gorriones y juraron, con todo Moscú como testigo, que sacrificarían sus vidas en su lucha contra la autocracia zarista. En aquel lugar, como le diría en una carta Ogariov a Herzen, comenzó a desarrollarse “la historia de nuestras vidas, la mía y la tuya”. Herzen confiesa que “su corazón [“herz” en alemán] y el mío latían al unísono” y que, como él, Nik también se había apartado de las márgenes conservadoras.

“No hay nada en el mundo que purifique y ennoblezca más la adolescencia y que la haga más segura –escribió años después- que un apasionado interés por la suerte de la humanidad”.

Retrato de Alexandr Herzen (1867)

A los dos meses del primer encuentro no podían pasar dos días sin verse o escribirse cartas.

“Reo de mi carácter impetuoso, yo me sentía cada día más atado a Nik –dice Herzen-, él me amaba serena y profundamente”.

Desde el principio su amistad estuvo marcada por el tono serio. No se sentían atraídos por las travesuras propias de la edad. Tampoco es que se quedaran quietos. Se reían y hacían diabluras, como mofarse del tutor alemán y jugar al arco y la flecha en el patio de la casa de Herzen.

La base de la amistad rebasaba la camaradería de dos chiquillos. Durante sus paseos, la meta favorita eran las colinas de los Gorriones, en los márgenes del río Moscú. Nik se presentaba en casa del amigo alrededor de la siete de la mañana, junto al inseparable tutor alemán. Si aún dormía, lanzaba puñados de arena o piedrecillas contra la ventana de Herzen, quien se despertaba con una sonrisa y corría a su encuentro.

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Monumento que conmemora el juramento de Herzen y Ogariov en las colinas de los Gorriones de luchar contra la autocracia zarista. Fue inaugurado el 11 de diciembre de 1978

En sus Memorias dice no entender por qué se recuerda siempre el primer amor y no la amistad juvenil. ¿Es que la amistad que nace entre dos jóvenes no tiene todo el ardor y el carácter propios del amor?

“Hay en ella –observa Herzen- el mismo delicado temor a herir los sentimientos con palabras, dichas a destiempo, la misma inseguridad en uno mismo, la misma devoción absoluta, la misma dolorosa angustia ante cada separación y el mismo celoso deseo de gozar un afecto exclusivo”.

Herzen y Ogariov fueron amigos de toda la vida, a pesar de los avatares de sus respectivos destinos.

En los comienzos de la amistad de Montaigne con La Boétie y de Goethe con Schiller el pensamiento en la libertad en un clima de intolerancia religiosa y hostilidad generalizada representó una suerte de feliz presagio. Para Herzen y Ogariov lo fue la promesa sincera de luchar contra los enemigos de la libertad y cualquier forma de tiranía.

Placa en San Petersburgo en honor a los cinco decembristas ejecutados por el régimen zarista

Ya como estudiantes en la Universidad de Moscú, se rodearon de amigos con los que compartían ideas liberales. En 1834, a los veintidós años, fueron separados por la fuerza, tras la detención policial de Herzen, junto con varios amigos, acusados de conspirar contra el zarismo. Después de nueve meses en prisión, fue desterrado a la lejana provincia de Vyatka. Regresó a Moscú a los tres años.

Al mismo tiempo, Ogariov tuvo que permanecer recluido, bajo supervisión gubernamental, en la hacienda de su padre, en la provincia de Penza. Allí se casó al año siguiente con la hija de un propietario rural medio arruinado. Tuvieron que transcurrir más de veinte años para que los dos amigos volvieron a estar juntos, cuando en 1856 los reunió el exilio en Londres. La amistad continuó, tomando derroteros sorprendentes. Pero eso ya es otra historia.

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3 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    marzo 30, 2017 7:59 pm

    Jaime… El amor es una palabra sencilla,
    lo que no es sencillo es el amor.
    Gracias por enriquecernos con tus líneas!!

  2. marzo 31, 2017 6:41 pm

    Sí, la palabra y los hechos. Rubén, gracias a ti por la lectura. Un abrazo

  3. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    abril 9, 2017 10:25 pm

    Los escritores a los que aludes, Jaime, y de los que nos das referencias de lo que ellos entienden acerca del amor y de la amistad, me convenzo de que todos ellos hablan de modo muy subjetivo. A menudo mezclan y confunden (y mezclamos y confundimos también nosotros) uno y otro concepto, cuando está claro que en la amistad todo es sencillo, hermoso, espontáneo, enriquecedor, no pide nada y ante la separación se rompe sin problemas de ningún tipo. En el momento en que entra el amor, entran también el dolor, los celos, la pasión, el sentimiento ante la ausencia, la sensación de poseer (cuando se está junto al otro) o perder algo (cuando se separa del amado) y el dolor ante la muerte. Amistad apasionada creo que es imposible. Otra cosa es que algunos escritores hablen de “amistad” y no se atrevan a llamarlo “amor”.

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