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La curiosidad viaja al planeta Marte

marzo 7, 2017

Desde tiempos remotos los filósofos y escritores se han preguntado qué es el hombre, una pregunta que en sí misma ya encierra una definición: el único ser vivo que se pregunta una y otra vez por su identidad. Todas las definiciones han tratado de centrarse en la faceta que sus autores han considerado exclusiva del ser humano.

Para unos es un animal de costumbres (Dostoyevski), el único que ríe (Rabelais), cuyos defectos ofenden a sus congéneres (Montaigne), que teme a la muerte, que es deseante y no exclusivamente racional (San Agustín), que teme a los de su especie (Thomas Hobbes: “el hombre es el lobo para el hombre”). Para otros es un ser que piensa (Descartes), de naturaleza multiforme y tornadiza (Pico Della Mirandola), capaz de juzgar (Kant), que trabaja (Marx),  que inventa y fabrica (Homo faber), que piensa en el futuro o que forja utopías (Ernst Bloch).

Retrato de François Rabelais

Retrato de François Rabelais

Entre las definiciones más célebres figuran las de Platón y Aristóteles. El primero aseveró con cierta sorna que el hombre es un animal bípedo implume, lo que le valió el sarcasmo de Diógenes de Sínope, el Cínico, cuando, tras desplumar un pollo, lo arrojó al interior de la Academia exclamando: “¡Aquí tenéis al hombre de Platón!”.

Para Aristóteles el hombre es un animal racional que, a diferencia de los animales gregarios y sociables como él, habla y piensa. Esta última acepción deriva de otra sentencia formulada por el Estagirita: que aquél que pueda vivir en completa soledad, fuera de la polis, es una bestia o un dios.

Josep Pla enmendó la definición aristotélica al afirmar que el hombre es ante todo un animal sensual. Dentro de esta categoría, podríamos añadir que, además, es un animal curioso, que no parará hasta descubrir qué se esconde detrás o debajo de algo que le llama la atención, y siempre al acecho de alguna novedad, de un suceso, de una anécdota que despierte su interés.

Busto de Aristóteles

Busto de Aristóteles

Pocas cosas hay tan sensuales en la vida humana como la curiosidad. Se curiosea por gusto, nunca por obligación ni por deber, para satisfacer un deseo vehemente de saber acerca de algo que se ignora. Por eso decimos que la curiosidad pica y, claro, la reacción inmediata es rascarse con fruición. Aristóteles consideraba esta forma de curiosear inútil y contraria el espíritu de la filosofía, cuyo móvil es el asombro.

Se alegará que los gatos, los perros y hasta las moscas también son curiosos, pues siempre están husmeándolo todo con su hocico o su minúscula trompa. Pero, a diferencia de los humanos, olisquean siempre lo mismo (a los perros se los adiestra incluso para eso), mientras que las cosas que despiertan nuestra curiosidad son muy variadas.

Hoy nos parece apropiada la definición del hombre como un ser curioso, por lo que tampoco nos sorprende que un sabio y eminente hombre de ciencia como Albert Einstein reconociese carecer de talentos especiales, pero ser “profundamente curioso”. Para el inventor de la teoría de la relatividad lo importante en esta vida es “no dejar de hacer preguntas, no perder jamás la bendita curiosidad”. Creía que era un milagro que ésta sobreviva a la educación reglada.

Albert Einstein

Albert Einstein

Tampoco nos llama la atención que la poetisa polaca y Premio Nobel de Literatura Wislawa Szymborska confesara que tenía muchísimos defectos, pero una virtud, la curiosidad por todo. “Ése es mi motor”, añadía, esgrimiendo a favor de esta preferencia que la vida es muy rica y todo está lleno de variedad. Nabokov la calificó de “insubordinación en su forma más pura” y, por tanto, una muestra de rebeldía contra los clichés, contra lo convencional y establecido.

Hay palabras por las que pareciera que el tiempo no pasa, aunque pase, por supuesto, sólo porque su apariencia exterior permanece invariable. Una de éstas es la curiosidad, que hasta la revolución científica iniciada en el siglo XVIII permaneció rehén del juicio exclusivamente moralista al que estuvo sometida.

Wisława Szymborska

Wisława Szymborska

Entonces, cuando apenas se veía en ella alguna utilidad, habría sido impensable apellidarla con los nobles epítetos de “intelectual” y “científica” con los que hoy solemos calificarla. Ese concepto peyorativo cambió en cuanto se empezó a percibirla como un instrumento imprescindible para acceder al conocimiento.

Las críticas contra ella provenían principalmente de los pensadores y moralistas. Mientras unos la acusaban de fisgar en las intimidades de los demás, otros le reprochaban que prestase atención a menudencias de las que era imposible extraer leyes generales. Se la mencionaba para censurar su insignificancia y que, cegada por la avidez y la soberbia, no reparase en la calidad de los medios para saciarse, siempre con prisa por obtener su botín.

Otras veces se la culpaba de inoportuna ante el interés que demostraba por asuntos que más le convenía seguir ignorando. Para estos pensadores la curiosidad era una especie de lujuria que con su apetito desenfrenado excede incluso la “breve vehemencia del placer carnal”, como sentenció Hobbes.

Retrato de Thomas Hobbes (1588-1679)

Retrato de Thomas Hobbes (1588-1679)

En el Tratado de la curiosidad Plutarco la califica de vicio, una inquietud nacida al calor de la envidia y la malignidad por descubrir algún defecto en la casa ajena. Por ello aconsejaba cerrar las ventanas que dan a la casa del vecino y abrir las de la propia vivienda, donde residen la familia y los criados. Si se vuelca la curiosidad en uno mismo, seguramente encontrará una tropa de defectos.

Incluso propone fórmulas para reprimir los asaltos de la curiosidad, como estudiar los secretos de la naturaleza, pasear por el campo, no para mirar los viñedos de los demás y criticar su estado, sino para disfrutar del paisaje; ejercitar la memoria y leer las crónicas escritas por los historiadores, aunque relaten todo tipo de delitos y crímenes. Al tratarse de sucesos ocurridos hace mucho tiempo, se los leerá sin curiosidad malsana: a ésta sólo le atraen los males recientes. También Marco Aurelio instaba a dejar de pensar en lo que hace el vecino y examinarse uno mismo.

Busto de Plutarco, en Queronea

Busto de Plutarco, en Queronea

San Agustín la equiparó a la concupiscencia de la carne al denominarla “concupiscencia de los ojos”. En el capítulo que le dedicó en Confesiones aclara que con la curiosidad todos los sentidos “usurpan en cierta manera el oficio y nombre de ver –propio de los ojos- al tratar de conocer algo”. De ahí que digamos “mira cómo huele” o “mira cómo suena”. Sólo que no busca tanto cosas hermosas en las que deleitarse como husmear en las contrarias simplemente por el placer de conocer y experimentar. Para probar.

¿Cómo explicar entonces el deleite en ver un cadáver despedazado que tanto horroriza? La curiosidad malsana quiere saber los secretos de la naturaleza que, sin embargo, “no sirve de nada conocer”, regodeándose en el teatro, la magia y hasta en la religión, cuando busca en ella señales y prodigios. Por último, Agustín de Hipona reprueba la curiosidad por las cosas triviales e insignificantes.

Admirador de Plutarco, Montaigne, que en los Ensayos despliega todo un mapamundi de anécdotas curiosas, calificó la curiosidad de “pasión ávida y glotona de noticias”, que ha sido entregada a los hombres como un castigo. Pascal incluyó entre las principales enfermedades del hombre “su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber”.

Estatua de Montaigne, frente a la Universidad de La Sorbona de París

Estatua de Montaigne, frente a la Universidad de La Sorbona de París

Cervantes trató el asunto de la curiosidad inoportuna en la historia que intercaló en el Quijote, titulada El Curioso impertinente. Su  protagonista, el joven Anselmo, le ruega a su amigo Lotario que haga de cebo para probar si su esposa, la hermosa Camila, le es fiel. Pero la muchacha termina enamorándose de Lotario, tal como había temido Anselmo. La moraleja de la historia es que, por culpa de su curiosidad impertinente, perdió a la mujer y al amigo.

El deseo de saber más de lo conveniente vincula a la curiosidad con el secreto, que es como decir a la araña con la mosca o al gato con el ratón. Al igual que la prohibición, el secretismo no hace más que estimularla. Sin embargo, para que la curiosidad acceda a los secretos que los demás guardan celosamente debe disponer de los medios necesarios para conseguirlo.

Ilustración para "El curioso impertinente"l

Ilustración para “El curioso impertinente”

Los poderosos son los únicos que pueden satisfacer esta clase de curiosidad. Luis XIV, el monarca absolutista, reconoció en sus Memorias el placer que le producía

“conocer a toda hora las noticias de todas las provincias y de todas las naciones, el secreto de todas las cortes, el humor y la flaqueza de todos los príncipes y de todos los ministros extranjeros; hallarse informado de un número infinito de cosas que creen los demás que nosotros ignoramos; descubrir entre nuestros súbditos aquello que nos ocultan con el mayor cuidado”.

En el siglo XX los Estados totalitarios reforzaron sus servicios secretos y su policía secreta para penetrar en la intimidad de los enemigos y sospechosos.

Luis XIV de Francia

Luis XIV de Francia

La desconfianza ante la curiosidad ha planeado desde siempre, como se desprende de la interpretación de dos antiguos mitos que cifran en ella nada menos que el origen de todos los males en el mundo. En la mitología griega la curiosidad está encarnada por Pandora, la primera mujer que modeló Hefesto a imagen de las diosas por encargo de Zeus y que éste regaló a Epimeteo. Desobedeciendo la orden de su hermano Prometeo de aceptar cualquier presente de Zeus, Epimeteo cayó rendido ante la belleza de Pandora.

Según la versión de Hesíodo, Prometeo había capturado todos los males encerrándolos en una vasija, pero la funesta Pandora, picada por la curiosidad, quiso conocer el contenido de ésta. En contra de la orden de su marido, retiró la tapadera del recipiente, saliéndose de él todos los males, que se esparcieron por toda la Tierra. Sólo quedó dentro la esperanza que, con sus pobres consuelos y consejos falaces, impide a los hombres suicidarse.

La tradición cristiana ha recalcado que el pecado entró en el mundo por culpa de la curiosidad de Eva, también como Pandora la primera mujer de la Creación, al desobedecer el mandato divino de no probar el fruto del Árbol del Bien y del Mal, e inducida por la promesa de la Serpiente de que si lo probaban, ella y Adán serían como dioses. Una interpretación clásica del mito es que si Dios no les hubiera prohibido comer el fruto del Árbol probablemente habrían pasado de largo ante éste, y más habiendo tantos y tan variados en el Edén.

“Adán y Eva”, de Rafael Sanzio

Pero como no hay mal que por bien no venga, también se puede esgrimir a favor de la curiosidad de Adán y Eva que les permitió salir de la burbuja paradisíaca, aunque fuese por la puerta de atrás y con la cabeza gacha, que es como normalmente se sale de las burbujas.

Una de las poquísimas cosas que se trajeron de su breve estancia en el Paraíso fue la curiosidad, el detonante de su expulsión. Aquello que en el Jardín del Edén causó la catástrofe, fuera de él habría de convertirse en el mejor antídoto contra sus indeseables consecuencias. Gracias a la curiosidad este valle de lágrimas es menos lacrimoso y a veces hasta bastante entretenido, amenizando nuestras vidas mucho más que los estímulos que tratan de vendernos todos los días a precios desorbitados.

Nos anima a seguir viviendo incluso en medio de las adversidades, de los temores e incertidumbres. Además, al prevenirnos de las indigestiones del amor propio, esas que lo vuelven quejumbroso, nos protege de la melancolía, de la autocompasión y hasta de la envidia.

Tabla central del tríptico “El Jardín de las Delicias”, de El Bosco

La civilización aviva la curiosidad, el deseo de estar al corriente de todo, la avidez de novedades. Si no sintiésemos curiosidad, nos encontraríamos en el mismo punto todo el tiempo, como lo habrían estado Adán y Eva si no hubiesen sucumbido a ella, y sumidos en la ignorancia, únicamente a merced de los cambios provocados por la naturaleza.

El aguijón que la suscita es el deseo de mirar hacia fuera, allí donde se percibe o intuye algo distinto de lo conocido y que justamente por eso seduce y se presta a que se lo imagine. Y es que la curiosidad y la imaginación se alimentan una de la otra. Quien está dotado de poca imaginación lo más probable es que adolezca de una curiosidad escasa, y a la inversa. Una imaginación viva la espolea. Por ello, lo prohibido la excita, al dar pábulo a la fantasía.

No resulta casual que el verbo con el que normalmente asociamos la curiosidad sea “despertar”, la metáfora que mejor la define. Despierta porque antes de encontrarse con el objeto que la provoca estaba dormida. Sólo aguardaba la señal del exterior, como una campanada, que la arrancase de su postración.

Clara Ma

La curiosidad hace que los hombres se interesen por sus congéneres y por las cosas que los rodean, las más lejanas y las más cercanas tanto en el espacio como en el tiempo, las pequeñas y las grandes; las profundidades inabarcables del Universo y las entrañas de una bacteria, el aquí y ahora y el pasado milenario.

Desde el 6 de agosto de 2012 el laboratorio espacial Curiosity explora los desiertos de Marte en busca de pruebas que demuestren que este planeta ha albergado vida o si existen condiciones para que aflore algún día. El nombre del laboratorio fue idea de Clara Ma, una niña que tenía doce años cuando ganó el concurso convocado por la NASA para seleccionar un nombre para el artefacto.

En la redacción que compuso justificando su propuesta afirmaba que la curiosidad es la llama eterna que arde en la mente de los hombres, la pasión que impulsa nuestra vida cotidiana, convirtiendo a los hombres en exploradores y científicos asaeteados por la necesidad de hacer preguntas. Sin la curiosidad no seríamos lo que hemos llegado a ser. El nombre Curiosity fue seleccionado por unanimidad: la curiosidad había sido el acicate que llevó a los investigadores de la NASA a fabricar el robot que ahora curiosea por las planicies del planeta rojo.

Autorretrato de octubre de 2012 hecho por el “Curiosity” en Marte

Al abrirnos al mundo exterior, nos ayuda a salir de nosotros mismos, de nuestra ciudadela, aunque a cambio de ello nos expongamos a peligros ignotos. Esos que dicen viajar a un lugar determinado para encontrarse consigo mismos no saben lo que dicen, por lo que quizá haya que perdonarlos. Uno viaja justamente por lo contrario: para interesarse por lo que no es él, sin que trate de huir de sí mismo; eso sería como pedalear en una bicicleta estática: aunque se muevan las piernas el cuerpo permanece inmóvil. Simplemente, se dirige hacia las cosas que están ahí fuera para explorarlas con la mirada.

La curiosidad es una expedición hacia lo desconocido sin otros recursos que la ignorancia y el deseo de conocer. El sabelotodo no la necesita. De ahí que ésta le parezca ingenua. No se equivoca: la curiosidad es un estado de inocencia. Carece de edad; ni lo conocido ni la experiencia acumulada la excluyen. El curioso lo es hasta el último momento de su vida. Si cree en el más allá, al morir aguardará la hora final deseando ver con qué se encuentra, llevándose consigo a la tumba su curiosidad, como si también allí pudiera sacarle algún provecho.

Tras conocer el veredicto de los jueces que lo condenaron a muerte, Sócrates les confesó a sus fieles que si la muerte era un tránsito de un lugar a otro, le alegraría encontrarse allí abajo con los héroes de la antigüedad que fueron víctimas de alguna injusticia, como lo era él, y comparar sus sufrimientos con los de ellos. El colmo de su felicidad sería pasar los días interrogando y examinando a todos esos personajes para distinguir quién era sabio y quién creía serlo y no lo era.

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“La muerte de Sócrates”, de Jacques-Louis David

Sentimos curiosidad porque ni las personas ni las cosas nos resultan indiferentes. Es un síntoma de vitalidad, de ganas de vivir, de continuar en este mundo lleno de rincones en los que curiosear. En cambio, la pérdida de curiosidad presagia la decadencia y la muerte.

La mitología acertó al relacionarla con la infancia de la Humanidad, los primeros padres Adán y Eva en la leyenda bíblica, y Pandora, la primera mujer en la mitología griega. Será porque la curiosidad y la infancia van siempre unidas, como lo demuestra el que los niños sean unos curiosos recalcitrantes.

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“Pandora”, de John William Waterhouse

Para Karl Jaspers las preguntas que suelen plantear las criaturas son una maravillosa señal de que el hombre filosofa. Citaba dos ejemplos: el del niño que manifiesta su admiración diciendo “me empeño en pensar que soy otro y sigo siendo yo”, con lo cual expresa su asombro ante el enigma del yo, y cuando, ante la historia de la Creación, se pregunta: “¿Y que había antes del principio?”, la misma cuestión con la que arranca la filosofía: ¿Por qué hay algo en lugar de nada?

Jaspers lamentaba que con la edad se cayese en la prisión de las convenciones y las opiniones corrientes, perdiendo así la ingenuidad propia de la infancia, la “insubordinación” a la que se refería Nabokov. No es casual que los adultos más curiosos conserven cierto aire infantil, a prueba de demostraciones y hechos irrefutables.

Karl Jaspers

Fuente de conocimiento, la curiosidad es gratuita y representa un fin en sí misma. No tiene por qué estar determinada por una utilidad ni servir a unos fines. Ella es el fin, aunque nos conduzca a conocimientos de los que carecíamos, o a otros distintos de los que imaginábamos que podríamos descubrir en el objeto que atrajo nuestra curiosidad. Ésta constituye sólo un principio, la chispa que provoca el incendio del conocimiento. Cada hallazgo al que nos conduce, nos abre la puerta a otro, y así sucesivamente.

Más que la Caja de Pandora, la curiosidad es una caja de sorpresas. Cuando decimos de algo que es “una curiosidad” con ello aludimos a una cualidad excéntrica, que se sale de la norma. De hecho, una de las acepciones del adjetivo “curioso” es insólito, algo nunca visto anteriormente. “¡Qué curioso!”, decimos de un objeto o suceso inaudito. Del mismo modo, empleamos el adverbio curiosamente para referirnos a una acción o una idea que se nos antoja chocante, paradójica e incluso contradictoria con su esencia.

En el Renacimiento, la época de los grandes descubrimientos, proliferaron en Europa las cámaras de maravillas o gabinetes de curiosidades, precursores de los modernos museos de historia y de ciencias. En estos recintos se guardaban objetos raros conseguidos en sus viajes por exploradores, naturalistas y científicos: fósiles, minerales raros, piedras preciosas, exóticos animales disecados, esqueletos, conchas marinas, piezas arqueológicas, instrumental geométrico y astronómico, juegos mecánicos y obras de arte.

Frontispicio de Musei Wormiani Historia mostrando el cuarto de maravillas de Worm

El gabinete de curiosidades más curioso de la época fue el que montó en el Castillo de Praga Rodolfo II, emperador germánico, rey de Hungría y Bohemia (dicen que él mismo era una curiosidad andante) y el objeto más extraño de uno de estos museos lo describió Nikolái Leskov en su relato La pulga de acero (1881).

Durante su viaje a Inglaterra, con motivo del Congreso de Viena, el zar Alejandro I, que llevaba en su comitiva a un cosaco llamado Platov, recibió un sorprendente regalo en la visita que hizo a un museo de curiosidades de Londres en compañía de Platov, y con el que los ingleses trataron de impresionarlo: una diminuta pulga de acero a la que si se le daba cuerda se ponía a bailar.

Aunque el emperador se quedó maravillado, confirmando así su teoría de que en Rusia no se hacía nada digno de admiración, el regalo no convenció a Platov. Así que, de vuelta a la amada patria, le entregó la pulga de acero a un artesano de Tula, la ciudad en la que se fabricaba el armamento del ejército imperial, para que construyese otra pulga igual de diminuta y bailona que sería destinada al nuevo zar Nicolás, hermano del recién fallecido Alejandro. Se trataba de demostrarle que los rusos podían superar a los ingleses…imitándolos. La única alternativa a la imitación habría sido fabricar una pulga todavía más diminuta que la original.

Ilustración para el relato “La pulga de acero”, de Leskov

Uno de los escritores más curiosos de la literatura española, Ramón Gómez de la Serna, no quiso ser menos que aquellos ilustres coleccionistas de rarezas y creó su propio gabinete de curiosidades en un torreón de la calle Velázquez de Madrid. Entre animales disecados, pisapapeles, orinales, recortes de prensa, espejos, candelabros, fotografías, piernas de muestra de sedería, ojos de cristal, lápidas funerarias, una callejera farola de gas para leer el periódico sin pasar frío, y otros cachivaches, destacaba una muñeca de cera y de tamaño real. En aquella cámara atestada de desperdicios se recluía para escribir, como un moderno Diógenes pero sin su vena cínica.

Al igual que en el pasado, la variedad de intereses de la curiosidad suele suscitar la desconfianza, sobre todo en una sociedad dominada por el cultivo de la especialidad. En el mundo académico y científico se sospecha de alguien que, en vez de centrarse en su especialidad, salta de un interés a otro, como los dos copistas de Bouvard y Pécuchet, la última novela de Flaubert. La dispersión característica de la curiosidad se considera una extravagancia desprovista de toda utilidad y propia de diletantes.

Ramón fotografiado junto a la muñeca de cera de su gabinete

Sin embargo, limita su curiosidad quien sólo se ocupa de una materia, como el especialista o el erudito monográfico, o que se recluye en su afición. La lectura obsesiva de libros de caballerías estuvo a punto de asfixiar la curiosidad de una mente tan despierta como la del ingenioso hidalgo Alonso Quijano.

Por suerte, también se interesó por la crónica histórica y la poesía. ¡Qué no sabría él! Esa fue la impresión que causaba en quienes lo trataban, personajes cultivados como el Canónigo, el cura Pedro Pérez, el bachiller Sansón Carrasco, el también hidalgo Don Diego de Miranda o el analfabeto pero astuto Sancho Panza. Se había pasado toda la vida curioseando en su nutrida biblioteca y observando por aquí y por allá. También su creador, Miguel de Cervantes, fue un curioso nada impertinente, como se deduce de la confesión que dejó caer en el capítulo 9 del Quijote: que su afición a la lectura era tal que leía hasta los papeles rotos de las calles.

Precisamente el personaje de su novela con la curiosidad atrofiada es el primo de Basilio -Cervantes lo privó de nombre-, un estudiante chiflado, precursor de Bouvard y Pécuchet, con aires de erudito, aficionado a los libros de caballerías, y en cuyos estudios mezclaba lo estrafalario con lo trivial.

Ilustración que representa a Bouvard y Pécuchet

El primo pertenece a la categoría de escritores que, en palabras de Don Quijote, “se cansan en saber y averiguar cosas, que después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entretenimiento ni a la memoria”. Erasmo de Rotterdam ya había retratado en Elogio de la locura a este tipo de eruditos pedantes a quienes

“las preocupaciones y la excesiva concentración les ha secado el cerebro y la vitalidad” y emplean su  erudición “para una minoría ilustrada”, siempre “pendientes del juicio de Persio o de Lelio”.

También están aquellos que reprochan a la curiosidad que sólo se ocupe de bagatelas, como si los curiosos salieran a buscarlas y esperasen encontrarlas. Nada más lejos del espíritu de la curiosidad, que si por algo se caracteriza es por su talante aventurero.

Retrato del humanista Erasmo de Rotterdam, por Hans Holbein

Schopenhauer decía que mientras el deseo de conocer lo general es auténtico deseo de saber, la curiosidad apunta sólo al detalle, a lo aislado y, por tanto, desconectado de la corriente general del saber. Se entiende la idea que quiso transmitir el filósofo y no le falta razón, pero su menosprecio por el conocimiento del detalle aislado omite que la curiosidad por ellos ha dado frutos valiosos.

El desdén de Schopenhauer por la curiosidad de segundo orden se inscribe en la tendencia de su época hacia la formulación sistemática del pensamiento y cuyos efectos en el siglo XX, el de las “cosmovisiones” al por mayor, fueron desastrosos.

El curioso no sabe qué hallará en el subsuelo de la Tierra o en los desiertos de Marte. Puede que su olfato le engañe y no encuentre nada interesante, lo cual no tiene por qué repercutir en su afán. En ese caso le bastará con cambiar de objetivo. Quizá el rover Curiosity no halle una sola bacteria en Marte, y menos aún una gota de agua helada, pero el intento habrá merecido la pena. Como si no hubiese más planetas que explorar.

Retrato de Arthur Schopenhauer

La curiosidad es infatigable, no se rinde ante los fracasos. Si el Universo es infinito, ella no lo va a ser menos. Y aunque encontrase todo lo habido y por haber, jamás se saciaría. Una vez que despierta, ya no vuelve a dormirse, aunque se duerma, por supuesto. Sabe que en el mundo hay demasiadas cosas por descubrir como para darse por satisfecha. Le ocurre como a los niños que, hambrientos también de curiosidad, cuando se despiertan por la mañana piensan que nunca volverán a dormirse ni se cansarán de estar despiertos.

También la ficción literaria arranca con la exploración que emprenden los personajes, ya sea a través del viaje desde la villa natal a la gran ciudad o de vuelta al hogar después de un turbulento itinerario, como en La Odisea. A lo largo de la travesía se encontrarán con experiencias que les abrirán los ojos, haciéndoles ver las cosas de una manera distinta de como las veían antes de salir de su lugar de nacimiento.

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“Ulises y las sirenas”, por Herbert James Draper

Junto a la  novela de viajes está la novela de formación en la que un joven va aprendiendo de las experiencias diversas que le depara su inmersión en la vida. “Reventaba por ver mundo” dice el jovencito Gil Blas de Santillana, héroe de la novela de Lesage Aventuras de Gil Blas de Santillana, cuando su tío el canónigo le propuso viajar desde su pueblo cántabro a Salamanca para estudiar en la universidad y luego colocarse en un buen puesto.

Lo más curioso de todo es que los lectores de estas historias las leen atraídos por la curiosidad: conocer las vidas de otras personas, sin importarles que sean ficticias, a través del relato detallado que hace de ellas el novelista. Una curiosidad análoga suscitan las biografías o relatos históricos.

Cubierta de “Aventuras de Gil Blas de Santillana”

De entre los escritores curiosos de la era moderna descuella Georg Christoph Lichtenberg, el científico alemán del siglo XVIII del que sólo después de su muerte se publicaron sus Cuadernos en los que anotó todo tipo de curiosidades. Aconsejaba permanecer atento, no sentir nada en vano, medir y comparar: tal es toda la ley de la filosofía. Una vez se alojó en Hannover en una habitación cuya ventana daba a una calle estrecha que enlazaba con otras grandes. Pues bien, se lo pasó bomba viendo cómo la gente cambiaba de cara al llegar a esa callejuela, en la que se creía menos observada; así, uno orinaba allí al lado, otro se ataba las medias un poco más allá, éste se reía a solas, mientras aquel meneaba la cabeza

“y las jovencitas sonreían pensando en la noche anterior y se acomodaban las cintas para hacer nuevas conquistas en la próxima calle”.

De este “espíritu hormigueante” comentó otro curioso, Elias Canetti, que su curiosidad “está libre de toda atadura y surge de cualquier parte y se dirige a cualquier parte”.

Pero quizá el novelista más curioso del siglo XX haya sido Marcel Proust. Como su antepasado literario el duque Saint-Simon, cuyas Memorias leyó con la misma curiosidad que impulsó a su autor a escribirlas a lo largo de casi toda su vida, noche tras noche, también él dio cuenta en su gran novela En busca del tiempo perdido de las múltiples curiosidades que espigaba durante el día en los salones parisinos.

Dormitorio de Proust en el apartamento de la calle Hamelin, donde murió el 18 de noviembre de 1922

Su ama de llaves Céleste Albaret reveló que se mantenía al corriente de las noticias y de la actualidad. Lo seguía todo en la prensa: la política, la Bolsa, las artes, la literatura. No escatimaba los medios para hacerse con la información detallada que necesitaba para la escritura de su novela. La curiosidad fue la válvula de escape en un escritor cuya vida estuvo limitada por el asma, pero que aprovechó su trato regular con la aristocracia, sumida ya en un esplendoroso ocaso, para desmenuzar sus rituales con la meticulosidad de un detective.

La habitación con las paredes forradas de corcho del piso de la calle Hamelin en la que Proust pasó sus últimos años era también una especie de gabinete de curiosidades. A Jean Cocteau, que lo visitó en una ocasión,  le llamó la atención una mesilla llena con frasquitos, un teatrófono (aparato que permitía oír lo que ocurría en determinados teatros) y una pila de cuadernos escolares. También había otra mesa de ébano, en la sombra, sobre la cual se amontonaban fotografías de mujeres de la vida, de duquesas, de duques y de lacayos de casas de nobles.

Aquel cuarto de Julio Verne

“era un Nautilus atestado de aparatos de precisión para calcular nuestros números, nuestras medidas y donde se convertía en inevitable la aparición del capitán Nemo en persona: Marcel Proust, delgado, exangüe, luciendo la barba de Carnot de cuerpo presente”.

Walter Benjamin

Walter Benjamin observó que en los salones aristocráticos desarrolló el vicio de la curiosidad, a la que achaca su don para la parodia. Veía en ella un soplo detectivesco.

“Sus conocimientos más exactos, más evidentes, se posan sobre sus objetos como insectos sobre sus hojas, flores y ramas, insectos que nada delatan de su existencia hasta que un salto, un golpe de alas, una pirueta, muestran al espectador asustado que una vida incalculablemente propia se ha entrometido, inadvertida, en un mundo extraño”.

Pero la mirada proustiana apuntaba no sólo a los personajes de la sociedad aristocrática sino a los que desempeñaban la función de servirlos, los lacayos y criados. Benjamin se pregunta si esta curiosidad se debía a la envidia que les suscitaba el que ellos pudiesen observar mejor los detalles íntimos de las cosas que a él le interesaban. Maurice Barrès dijo de él que era un poeta persa en una portería (“Un Poéte persan dans une loge de concierge”).

Maurice Barrès

El prestigio alcanzado por la curiosidad no la libra, sin embargo, de su cara más mezquina, esa que repugnaba a los moralistas antiguos y que permanece invariable en el curso de los siglos. Por poco que nos agrade, forma parte de nuestra condición humana. Es la curiosidad metomentodo y malsana que, como las moscas, acude donde hay excrementos, atraída por el hedor que despiden.

En esta época de individualismo a ultranza, donde los vecinos apenas se tratan, los programas televisivos de cotilleos han sustituido al antiguo patio de vecindad desde cuyas ventanas indiscretas se espiaba a los vecinos y se murmuraba de ellos. De este modo se fomenta una curiosidad pasiva e inducida hacia asuntos banales, chismes, sucesos escabrosos, “escándalos”, intimidades de personajes más o menos famosos, que no dudan en vender su privacidad para que no se olviden de ellos y puedan vivir de la publicidad comercial que generan.

“Fumadores y bebedores”, de David Teniers

Quienes suministran esta casquería porteril conocen la atracción que provoca en una masa informe de espectadores que en su tiempo de ocio no tiene otra cosa que hacer que entregarse a un voyerismo bobo con el que sólo consigue matar el tiempo y el aburrimiento y hablar de ello con otros espectadores asiduos de esos programas.

Sentados en el sofá del salón de su casa, millones de televidentes siguen concursos de “telerrealidad” en los que un grupo de personas corrientes, casi siempre jóvenes de ambos sexos, convive durante un tiempo en una casa llena de cámaras, de manera que los espectadores pueden escuchar sus conversaciones y seguir todos y cada uno sus movimientos y los líos sentimentales en los que se enzarzan.

La curiosidad ociosa, y en realidad (tele) dirigida, distrae a los espectadores del temido aburrimiento en el que podría anidar la curiosidad por cuestiones significativas. Al mostrar únicamente la anécdota amarillista y banal, con el propósito de incitar la curiosidad instintiva, se oculta la categoría, para cuya comprensión se precisa de algo más que esa clase de curiosidad pasiva, enemiga de cualquier complejidad y, por tanto, del esfuerzo necesario para comprenderla.

La casta Susana y los viejos

Las sociedades actuales se muestran tan vitales en parte por el instinto de curiosidad promovido por los medios electrónicos, empezando por la televisión. El acceso masivo a Internet y el uso individualizado a las terminales de ordenador y telefonía móvil han acentuado hasta niveles inauditos eso que San Agustín denominó la concupiscencia de los ojos.

Es probable que el progreso tecnológico permita que dentro de unos años otros sentidos puedan involucrarse también en la oferta virtual de productos como los que ahora sólo podemos curiosear con la mirada. La televisión e Internet han sustituido al antiguo ojo de la cerradura por el que espiaban los mirones y a la mirilla de la puerta de casa.

En Internet los motores de búsqueda son utilizados a diario por millones de personas de todo el mundo, en muchos casos para enterarse de cualquier asunto que despierte su curiosidad y visitar sitios con los contenidos audiovisuales más variopintos, algunos bordeando incluso los márgenes de la ley. El mismo verbo visitar aplicado a Internet recuerda a la vieja expresión “echar un vistazo”, una mirada fugaz sobre el contenido visitado, que satisface prontamente la curiosidad y se dispone a saltar a otro nuevo en el que recrear la mirada ávida de novedades.

Cartel del programa de televisión “Gran Hermano”, que se emite en numerosos países

La posibilidad de acceder a muchos sitios en poco tiempo hace que el internauta apenas recuerde algún detalle significativo de sus visitas. Esta curiosidad frenética, que para satisfacerse no necesita más que pulsar una tecla, se presta al olvido fulminante.

Las redes sociales fomentan la exhibición voluntaria de la privacidad de sus usuarios, algo que ya hubiera deseado para sí la red de espías de Luis XIV. En correspondencia con la exhibición masiva de intimidades -remedo de la que se ve en los personajes famosos del mundillo del espectáculo-, se propaga la curiosidad pasiva entre quienes consumen esa información.

Hace casi veinte años el pensador Roger Shattuck se preguntaba en su ensayo Conocimiento prohibido si la curiosidad es el único impulso humano que no debe restringirse o si encarna la mayor amenaza para nuestra supervivencia como seres humanos. Con la expansión de Internet y de las tecnologías de la comunicación esta pregunta cobra una nueva dimensión.

Barbebleue

Ilustración de Gustave Doré para el cuento “Barba Azul”, de Charles Perrault

El mito dice que la esperanza fue lo único que quedó en la caja de Pandora, pero no precisa cuál fue el destino de la curiosidad,  a no ser que se la incluya entre los males del mundo que salieron de la caja. Al igual que la esperanza, también ella apunta hacia un futuro prometedor y se regocija en sí misma.

Como Pandora en el momento en que abría la vasija misteriosa, no curioseamos en algo temiendo que nos quemaremos los ojos. Sólo sabemos que la curiosidad que mira hacia atrás se expone a un peligro idéntico al que convirtió a la mujer de Lot en estatua de sal: la parálisis. George Steiner cree que no podemos elegir los sueños del no saber, por lo que espera que abramos

“la última puerta del castillo [de Barbazul] aunque nos lleve, quizá justamente porque nos lleve, a realidades que están más allá del entendimiento y del control humano (…) porque abrir puertas es el merecimiento trágico de nuestra identidad”.

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6 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    marzo 8, 2017 8:19 am

    Para celebrar esta entrada , respetado Jaime, aquí va un aporte personal ….

    El misterio de la Creación

    El hombre
    fue hombre
    antes
    y después
    que dios
    pusiera una manzana
    en las manos de Eva
    dejándolo sin paraíso.

    Eva
    fue mujer
    antes
    y después
    que dios
    le contara el cuento
    de la costilla de Adán
    obligándola
    a vivir endeudada.

    Adán y Eva
    probaron el deseo,
    que tenía gusto a manzana,
    culpando a la curiosidad
    que tenía cara de víbora,
    y se avergonzaron de la belleza,
    cubriéndola con una hoja de parra.

    La hoja de parra
    fue hoja
    antes
    y después
    que terminara el paraíso,
    y fue también
    la primera en esconder
    el misterio de la creación.

    Un fuerte abrazo!!!

    • marzo 9, 2017 10:54 am

      Muchas gracias, Rubén, por este curioso poema.
      ¡Ay!, esa curiosidad “que tenía cara de víbora”. Un fuerte abrazo

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    marzo 9, 2017 8:56 pm

    Interesantes reflexiones, Jaime, sobre la curiosidad y el ansia de saber. No hay ansia de saber (como bien dices) sin curiosidad. Pero creo que no toda curiosidad es válida, es preciso jararquizar, ya que la curiosidad que no lleva a enriquecernos intelectualmente o científicamente, es decir, a crecer en valores, se queda en si misma y no produce fruto de ningún tipo. Muchas gracias por hacernos reflexionar sobre ello, ya que nos ayudará a saber seleccionar nuestras lecturas.

    • marzo 10, 2017 6:04 pm

      Gracias a ti, Ángel, por la lectura. Quizá abrir puertas sea “el merecimiento trágico de nuestra identidad”.

  3. marzo 9, 2017 11:42 pm

    genial la galería de personajes que has elegido—me da escalofríos ver el dormitorio de Proust–imagino los vapores que emanaban de sus tiestos que inhalaba por el asma que lo consumía— el paralelo entre Eva y Pandora–acertadísimo—-Gracias !

  4. Luis Ángel Pabón Forero permalink
    marzo 13, 2017 6:37 pm

    Híjole mano!! Es que “la curiosidad mató al gato” y nos incumbe a todos sin medida tratando de entender por qué la esperanza encerrada en una caja nos llena de ilusión.

    Enviado desde mi iPhone

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