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El “eminentemente práctico” Thomas Gradgrind arremete contra la imaginación

febrero 7, 2017

Estamos obnubilados por las noticias de hechos que nos impiden ver lo que hay detrás de ellos. La actualidad (palabra que viene de acto) y su subalterno, el periodismo, nos las sirven en bandeja al por mayor y en formatos variados las veinticuatro horas del día, a través de los múltiples canales de información. Noticias por la mañana, más noticias por la tarde y otra tanda por la noche. Sin tregua. La máquina de difundirlas no descansa.

Todas describen los hechos de pies a cabeza -qué, el quién, el cómo, el cuándo, el dónde-, por lejanos que sean los lugares en los que acontecen y dificultosas las condiciones para desentrañarlos. La prensa y los canales digitales despiertan la avidez de los lectores. Con ello éstos creen vivir el presente de manera más completa que si no estuviesen informados. No importa que sólo sean noticias, testimonios transmitidos por otros.

Ilustración de la época para la novela "Guerra y paz"

Ilustración de la época para la novela “Guerra y paz”

Antiguamente, para enterarse al momento de los acontecimientos relevantes de carácter público, había que estar en el lugar de los hechos o ser testigos directos de ellos. Sólo cuando ya habían sucedido, los cronistas -los historiadores de la época- se encargaban de transmitirlos, basándose en testimonios vivos y documentados. Tolstói recordó en Guerra y paz que muchos campesinos rusos que durante la invasión napoleónica de 1812 sufrieron la pérdida de sus posesiones no tenían ni idea de quién estaba en guerra o de qué iban las campañas.

En comparación con la masiva cantidad de noticias que se difunden en nuestro tiempo, entonces parecía como si sucediesen pocos acontecimientos dignos de transmitirse. Aunque ciertamente el mundo era más pequeño y estaba más disperso, al contrario que en nuestra informadísima y masificada aldea global, ahora parece que suceden muchos más hechos que antes sólo porque, gracias a la cantidad de canales disponibles, se difunden más noticias de él.

Hoy la aspiración de los medios no es ni siquiera contar los sucesos, sino retransmitirlos en directo y compartir su testimonio con los lejanos espectadores. Por eso los narradores y cronistas se han convertido en especies en extinción. Si todos ven lo mismo al mismo tiempo, ya no quedará a nadie a quien contárselo.

Imagen captada de un canal de televisión informando de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra los Torres Gemelas de Nueva York

Imagen captada de un canal de televisión informando de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra los Torres Gemelas de Nueva York

La información sobre los hechos constituye un negocio colosal basado en la captación de consumidores prestos para devorarla. Inmediatamente después de los ataques contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, el presidente Bush pidió a los televidentes que volviesen a comprar como antes de los atentados, pero no hizo falta que les rogase que permanecieran atentos  a televisión y conectados a Internet. El mundo se hundirá y la gente seguirá conectada a sus terminales para estar al corriente de su propio hundimiento.

Hace tres siglos Baltasar Gracián prevenía del exceso de confianza en las informaciones que se reciben de hechos que no se han vivido ni de lejos ni de cerca. En el epígrafe de Oráculo manual titulado “Atención al informarse” dice que vivimos de información y de fe ajena, siendo “lo menos lo que vemos”.

“Es el oído la puerta segunda de la verdad y principal de la mentira (…) La verdad raras veces llega en su elemento puro, y menos cuando viene de lejos (…) Tira siempre a impresionar: gran cuenta con quien alaba, mayor con quien vitupera”.

Por ello, advertía que estuviésemos atentos para descubrir la intención “en el que tercia”, conociendo de antemano “de qué pie se movió”.

Grabado con el retrato de Baltasar Gracián

Grabado con el retrato de Baltasar Gracián

Se trata de una tarea compleja cuando “el que tercia” juega con las cartas marcadas: unas veces, el miedo, aprovechando una incertidumbre que parece no acabar nunca; otras, los “buenos sentimientos” o “los sentimientos de la gente”, es decir, los de millones de espectadores que, sentados en el sofá del salón, asisten impotentes a las catástrofes retransmitidas por las televisiones.

Si Gracián hubiese vivido en estos tiempos habría comprobado la vigencia de su comentario. Hoy son más los que hablan de informaciones que reciben de hechos acontecidos en lugares muy distantes que de los que les ocurren a ellos mismos en el vivir cotidiano. Opinan sobre noticias pero son incapaces de formarse una opinión sobre sus asuntos personales, de los que no necesitan informarse.

Estos entusiastas de la opinión son parásitos de la fe ajena, dispuestos a creer en todo lo que les cuentan, como si la información que reciben de cada hecho fuera el hecho mismo, en su integridad, y sólo faltase que ellos hubiesen estado allí para ratificarlo.

Cubierta de la primera edición de "Oráculo manual" (1647)

Cubierta de la primera edición de “Oráculo manual” (1647)

La confianza que suscitan los hechos radica en que, al menos aparentemente, son susceptibles de ser explorados y, por tanto, conocidos en su totalidad y magnitud. Pueden probarse, demostrarse y verificarse. Son lo que son, no como se querría que fuesen. Verdaderos, no ficticios.

Su objetivo principal, y también su presumible utilidad, es demostrar algo que sin ellos estaría sujeto a la duda e incluso a la incredulidad. Porque se puede conocerlos, se les exige que se muestren al completo. No basta con “decirlos”, insinuarlos, anunciarlos o prometerlos. Hay que verlos para creer en ellos. De ahí que se los oponga a las palabras, a las que se les reprocha que no pasen de la superficie verbal.

“Menos palabras y más hechos”, “ya basta de teoría, es hora de pasar a los hechos”, son expresiones que escuchamos habitualmente. “¡Hechos!”, exclama Homais, el taimado boticario de Madame Bovary, exponente del pequeño burgués laborioso y práctico. Los científicos apelan a ellos como última instancia del conocimiento. Al contrario que las hipótesis, son indiscutibles. Una vez que ocurren, se incorporan al pasado, por lo que no se los puede modificar, alterar o desmentir.

Caricatura de Monsieur Homais anunciando la versión de "Madame Bovary" (1933) que rodó Jean Renoir

Caricatura de Monsieur Homais anunciando la versión para el cine de “Madame Bovary” que en 1933 rodó Jean Renoir

Los hechos tienen que ser irrefutables, de manera que nadie dude de ellos ni los cuestione. Tampoco se prestan a interpretaciones. Quien se atreva a cuestionarlos es que adolece de un defecto visual o ha visto de ellos una sola cara. Son como son o como fueron, no como quisiéramos que fuesen o que hubiesen sido. Esto lo saben los historiadores, que trabajan con verdades de hecho, sucesos de los que se tiene constancia a través de pruebas documentales de distinto género, que acontecieron de verdad, por lo que no cabe dudar de ellos.

Sin embargo, ni siquiera las verdades de hecho que manejan los historiadores escapan al juicio subjetivo de éstos. Nietzsche sostenía que el historiador trata sobre sucesos supuestos, “porque únicamente ellos han tenido efecto”. ¿Qué es la llamada historia universal sino opiniones sobre supuestas acciones y sus supuestos motivos, que a su vez generan opiniones y acciones? Esta “gestación continua de fantasmas sobre las profundas nieblas de la realidad inescrutable” lleva a Nietzsche a afirmar que “todos los historiadores hablan de cosas que nunca han existido excepto en la imaginación”.

Retrato de Friedrich Nietszche, por el pintor noruego Edvard Munch, contemporáneo de Hamsun

Retrato de Friedrich Nietzsche, por el pintor noruego Edvard Munch, contemporáneo de Hamsun

El filósofo Lev Shestov criticaba a los historiadores por emular a otros científicos en su intento de presentar los hechos acontecidos en el pasado como “la corte suprema y última de todo juicio, más allá de la cual no cabe apelar a nada ni a nadie”, como si los hechos constituyesen por sí mismos la verdad.

“A los historiadores les gustaría creer que ellos en absoluto emiten juicios, que se satisfacen simplemente contando «lo que ha ocurrido», como si obtuvieran del pasado determinados «hechos» olvidados o perdidos y los pusieran sin más delante de nosotros”.

Shestov se preguntaba qué es un hecho y cómo se puede distinguirlo de una ficción o de una idea suscitada por nuestra fantasía. También si los hechos no serán un pretexto, una pantalla, que oculta otras necesidades del espíritu. “¿Son hechos lo que realmente buscamos? ¿Son hechos lo que de verdad necesitamos?”.

Lev Shestov (1866-1938)

Lev Shestov (1866-1938)

Creía que tanto los hechos como la experiencia nos sulfuran, “porque no nos proporcionan conocimiento”. “El conocimiento es algo bastante distinto de la experiencia o de los hechos, y sólo ese conocimiento que nunca podremos encontrar ni en los hechos ni en la experiencia es el que nuestra facultad racional busca con todas sus fuerzas”.

La experiencia nos demuestra que, por más que los hechos se desnuden ante nosotros, eso no basta para desentrañarlos. La información exhaustiva de un hecho no siempre redunda en su conocimiento. Puede saberse todo de él sin que se lo entienda, como comprobamos ante las avalanchas de informaciones que recibimos a diario sobre hechos de índole diversa y de los que tenemos la sensación de no entender nada. A menudo la propia información contribuye a enturbiar las posibilidades de entendimiento.

El motivo de esta dificultad radica en algo tan aparentemente simple como que los hechos están sometidos a las palabras en las que se relatan. Sin ellas no sabríamos de su existencia o caerían en el olvido. Más todavía, el relato de los hechos sobrevive a éstos, aun cuando no hayan ocurrido. Es cierto que sin hechos, ya sean reales o ficticios, no habría relato, pero sin éste es como si no hubieran existido.

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Un inconveniente añadido es la unilateralidad y el dogmatismo con que se los observa. Como todos los perciben desde el mismo punto de vista, también el juicio que se forman de ellos es similar, sin apenas variaciones, de tal manera que se da por sentada la ausencia de otras perspectivas diferentes. De todos modos, ¿es suficiente con que los hechos demuestren una realidad para que se penetre en la esencia de ésta? ¿Y si no fueran la última instancia? ¿Y si hubiese algo más allá que trasciende su propósito de demostrar?

El compositor Arnold Schönberg refutaba la infalibilidad de los hechos, que fuesen suficientes para demostrar, como pretenden.

“El que se atiene a los hechos no irá más allá de ellos, a la esencia de las cosas. Yo niego los hechos. Todos, sin excepción. Para mí carecen de valor; porque yo me sustraigo a ellos antes de que puedan arrastrarme hacia ellos”.

Arnold Schönberg en 1948

Arnold Schönberg en 1948

Los hechos no bastan por sí solos.  Aunque resulte paradójico, se los aprecia con más claridad si se les da la vuelta con la imaginación. Entonces no sólo se los percibe con una luz nueva, sino que las posibilidades para comprenderlos son también mayores.

Objetivamente, hecho y ficción son antitéticos, como el fuego y el agua. Los hechos suceden, las ficciones se inventan. El ámbito de la invención pertenece a los poetas, dramaturgos y novelistas. Inventan hechos y experiencias que no sucedieron jamás en ningún sitio protagonizados por personajes inexistentes.

La ficción literaria es nuestro “como si” alternativo a la realidad de los hechos: la libertad de imaginar aquello que podría ser o pudo haber sido, pero también de crear una situación inédita, nunca vista antes en el mundo real. Sin embargo, no se trata de una libertad superflua, sino que la necesitamos así sea para seguir soportando el peso de lo real. “La realidad es un lujo, la ficción una necesidad”, decía Chesterton.

Gilbert Keith Chesterton

Gilbert Keith Chesterton

Aunque la imaginación yerra con frecuencia, cuando acierta se adelanta a los hechos, por más que éstos no la reconozcan, como si hubiesen llegado los primeros. En el momento en que los sucesos imaginados por un novelista ocurren de verdad se tiene la sensación de déjà vu y decimos que “esto lo he leído en alguna parte”. Lo leímos antes de que sucediera. Otras veces, la realidad se limita a imitar las ficciones.

Resulta significativo que el Quijote, la primera novela moderna, apele a la mentira literaria, lo que hoy entendemos por ficción, para distinguirla de la verdad de los hechos que se presumía a la crónica histórica y en la que basaba su prestigio. El “arábigo manchego” Cide Hamete Benengeli escribió la crónica de Don Quijote y Sancho Panza, parodiando los libros de caballerías que un traductor morisco vertió al castellano y que el Narrador-editor del Quijote adaptó para los lectores de su tiempo.

Imagen de Cide Hamete Benengeli

Imagen de Cide Hamete Benengeli

¿Por qué Cervantes eligió a un morisco, “flor de los historiadores”, como autor ficticio de su historia? Porque, según explica, es un mentiroso y “de los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas”. Ahora bien, el concepto de mentiroso, y por extensión, de mentira, no tiene aquí el sentido moralizante que le atribuimos nosotros.

Cide Hamete era un mentiroso porque inventaba o exageraba los hechos que narra en su crónica. No era un cronista al uso, que se sobreentiende que se ciñe a la fidelidad de los hechos tal como sucedieron. Es un “infiel”. Infiel a la realidad. En cambio, el fiel católico Alonso Quijano leyó los libros de caballerías, sus particulares Sagradas Escrituras, como si las historias que se narraban en ellos también hubieran sucedido en el mundo real, no como lo que eran, mentiras literarias, o sea, ficciones. Pero, afortunadamente, su caso fue excepcional, al igual que su locura: la mayoría de los lectores de esos libros eran lo bastante sensatos como para dar crédito a semejantes patrañas.

Sin embargo, el “mentiroso” Cide Hamete no inventó nada, puesto que la historia de Don Quijote ocurrió de verdad, como lo demuestra el realismo y la verosimilitud de su relato, al contrario que las inverosímiles historias que se narraban en los libros de caballerías y en cuya autenticidad sólo podía creer un loco como Alonso Quijano. La mejor prueba de la veracidad de la crónica de Cide Hamete es que fuese creída por quienes la leyeron, todos ellos lectores cuerdos, al contrario que el hidalgo.

Grabado alemán que representa a Alonso Quijano leyendo libros de caballerías en su biblioteca

Grabado alemán que representa a Alonso Quijano leyendo libros de caballerías en su biblioteca

Entonces, ¿por qué el narrador-Cervantes dice que Cide Hamete era un mentiroso? Porque la historia quijotesca era espuria, o sea, una mentira literaria, como también lo eran los libros de caballerías, sólo que era una mentira creíble por la verosimilitud con que está contada y, por tanto, exitosa. Para Cervantes lo importante no es que una historia sea ficticia -“mentirosa”- sino que resulte verosímil y creíble para sus lectores, aunque éstos sepan que se trata de una ficción. Que la lean como si hubiese ocurrido e incluso como si pudiese ocurrir en el futuro.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX la idea cervantina de la mentira literaria empezó a cambiar con la irrupción de la literatura de los hechos, es decir, de los sucesos reales que los novelistas presenciaban o de los que, si no se hallaban en el lugar de los hechos, recibían alguna información normalmente a través de la prensa.

A Oscar Wilde le escandalizaba que el relato de los hechos relegara a un rincón a la ficción literaria, al relato de lo que nunca ocurrió más que en la imaginación del novelista o del poeta, y que trasladó palabra por palabra al papel. Que la ficción literaria se dejara subyugar por la tiranía impuesta por el relato de hechos fidedignos.

Oscar Wilde

Oscar Wilde

Eso significaba ahogar una necesidad humana que se remontaba a sus orígenes más remotos: inventar una realidad alternativa a la “real”, pero no para sustituirla por ésta, sino por el placer puro de imaginar posibilidades distintas de las conocidas. De esta necesidad derivan la exageración, que es lo opuesto a la exactitud de lo real, y la inversión, mediante la cual aquello que se da por irreversible en el mundo real, en el ficticio se invierte para transformarse en lo contrario.

Así, los príncipes se transforman en mendigos y a la inversa, los reyes en súbditos; los esclavos en señores, los enamorados en enemigos acérrimos y, más allá de los límites del realismo, el hombre en un bicho monstruoso, en un mono o en un licántropo feroz. Cuando la inversión se traslada a sociedades, la imaginación literaria forja distopías, en las que los bomberos incineran libros o los muertos se levantan de sus tumbas para devorar a los vivos.

Con su clarividencia habitual, Wilde denunció que los hechos no sólo encontrasen hueco en la historia, sino que estuviesen usurpando el ámbito de la Fantasía e invadiendo “el reino del Romance”. “Su contacto glacial se extiende a todo. Están vulgarizando a la humanidad”.

Grabado de Lucas Cranach el Viejo (1512), donde se muestra a un hombre lobo

Grabado de Lucas Cranach el Viejo (1512), donde se muestra a un hombre lobo

Wilde comparaba a los historiadores antiguos que “nos dieron deliciosas ficciones en forma de hechos”, con el novelista moderno que “presenta hechos insulsos bajo guisa de ficción”, haciendo uso de un tedioso “documento humano” que examina con el microscopio. Su lugar de trabajo no era la mesa del escritorio de casa o del café sino la biblioteca nacional o el British Museum, adonde acudía para documentarse “sin vergüenza”.

“No se atreve ni a robar las ideas de los otros; para todo se empeña en acudir directamente a la vida, y entre las enciclopedias y la experiencia personal, acaba hundiéndose, una vez que ha dibujado sus tipos a partir del círculo familiar o de la lavandera semanal, y adquirido una porción de datos útiles de los que ya jamás, ni en sus momentos más meditativos, podrá liberarse del todo”.

A la hegemonía del hecho, denunciada por Wilde, Ortega y Gasset opuso la grandeza del mito. En contra de la tendencia de los pedagogos “practicistas” de su tiempo, que  preferían desde el primer día “implantar en el alma del niño ideas exactas de las cosas”, menospreciando la enseñanza que irradian los mitos y sus potentes imágenes, abogaba por dar preferencia a los mitos y relegar los hechos al final de la educación.

José Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset

Puede que el mito no nos proporcione una adaptación intelectual a la realidad ni encuentre en el mundo externo su objeto adecuado, pero  suscita en nosotros “las corrientes inducidas de los sentimientos que nutren el pulso vital, mantienen a flote nuestro afán de vivir y aumentan la tensión de los más profundos resortes biológicos. El mito es la hormona psíquica”. Auguraba que imágenes como la de Hércules y Ulises serán eternamente escolares y “gozarán de una irradiación inmarcesible, generatriz de inagotables entusiasmos”.

Los hechos no provocan sentimientos. ¿Qué sería no ya de un niño, sino del hombre más sabio de la Tierra si súbitamente fueran aventados de su alma todos los mitos eficaces? El mito, la noble imagen fantástica es una función interna sin la cual la vida psíquica se detendría paralítica.

Para ilustrar su apología del mito, frente a la tiranía de los hechos, Ortega cita precisamente a dos personajes literarios de la segunda mitad del siglo XIX que rindieron pleitesía a los hechos puros y duros: Thomas Gradgrind, el personaje de la novela de Dickens Tiempos difíciles (1854) y posteriormente el boticario Homais. Los dos reivindicaban los hechos, en contra de la imaginación.

Thomas Gradgrind, por el ilustrador Sol Eytinge (1867)

Thomas Gradgrind, por el ilustrador Sol Eytinge (1867)

Profesor de la ciudad industrial de Coketown, Thomas Gradgrind es un tipo “eminentemente práctico”, un hombre “de realidades, de hechos y de números” -así era como se representaba a sí mismo y como gustaba presentarse ante los demás-, que siempre parte del principio de que dos y dos son cuatro y nada más que cuatro. En la sala abovedada, desnuda y monótona de la escuela se dirige a “los muchachos y las muchachas”, designando a cada uno de ellos con un número, quizá porque los nombres propios le parecían demasiado tentadores para la imaginación.

Firme partidario de enseñar a los estudiantes sólo hechos reales, “lo único necesario en la vida”, piensa que el espíritu de los animales racionales se moldea únicamente a base de realidades y todo lo que no sea esto, no les servirá jamás para nada. Daba por sentado que sus alumnos veían las cosas de la misma manera. No sospechaba que cada uno de ellos la percibiera de una forma distinta. Por eso los trataba como si fuesen números y no personas.

Tenía tan poca imaginación que no podía imaginar que los hombres cuando creen estar pensando -no digamos ya recordando o investigando el pasado, la historia- en realidad están imaginando. Si no imaginaran, tampoco desearían ni temerían. No podrían amar ni odiar. Serían incapaces de formarse una idea de sí mismos y de los demás. No soñarían nunca ni albergarían esperanza alguna. El futuro no existiría para ellos y no sabrían entenderse con el pasado. Privados de la posibilidad de ser otros, de metamorfosearse, tendrían que permanecer cautivos en una identidad inmutable. Sin las alternativas que ofrece la imaginación, la realidad se volvería plana, aburrida y penosa.

Gradgrind exhortaba a los alumnos a que no imaginaran nada, que no se dejasen llevar nunca por la imaginación, que se guiaran en todas las circunstancias por lo real, suprimiendo para siempre la palabra imaginación porque “no sirve para nada en la vida”. Hasta se atrevía a vaticinar un Gobierno futuro integrado por jefes de negociado, realistas, que obligarán a la gente a vivir de acuerdo con la realidad, descartando cuanto no fuese real.

Seguro que a los lectores les sonará la letra de esta música eminentemente ratonera.

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3 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    febrero 8, 2017 2:00 pm

    Qué buen análisis Jaime !
    “El mundo se hundirá y la gente seguirá conectada a sus terminales para estar al corriente de su propio hundimiento”…así tan simple y triste es nuestra realidad binaria…me gusta, no me gusta; acepto o rechazo; agradable o desagradable; sensible o indiferente…
    Cierto:” nadie se forma una opinión”, puesto que los pensamientos implican activar las neuronas. Soy un consumidor de noticias y me doy cuenta, que tanto editores como periodistas , viven prisioneros del rating o la publicidad.
    En una de mis reflexiones resumo:
    Reconocer las limitaciones y renunciar, o indagar y avanzar, a sabiendas que el camino a recorrer no tiene fin. Lo esencial es no detenerse; desalentarse, o acobardarse; la porfía es el eslabón que permite sentirnos parte de una cadena interminable de tropiezos.
    No estamos destinados a resolver las incógnitas, sino a continuar eternamente con la búsqueda….

    “Dudar de todo o creerlo todo son dos opciones igualmente cómodas, pues tanto una como otra nos eximen de reflexionar” Henri Poincaré

    Un gran abrazo!!!!!!!!

    • febrero 9, 2017 9:05 pm

      Muchas gracias, Rubén, por las observaciones. Para reflexionar es preciso interrogarse y ambas cosas exigen observar. Y hoy todo el mundo tiene demasiada prisa (que en realidad suele ser una excusa) como para hacer un alto en el camino. Es más cómodo aceptar a ciegas cualquiera de las creencias que se compran y se venden en el mercado. Un abrazo

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    febrero 9, 2017 11:08 am

    Es cierto que es difícl conocer la verdadera realidad, tanto la que nos cuentan los periodistas en los medios de información como la que nos indican los “concienzudos” historiadores. James Hamilton, investigó arduamente los Archivos de Indias en Sevilla para concluir que la llegada de los fletes de América cargados de oro hacian bajar automáticamente su valor en Europa. Ramón Carande hizo el mismo “arduo” trabajo y sacó concluiones opuestas. He sido protagonista de acontecimientos directos que luego la prensa ha contado de forma muy distinta a como los vi yo. No obstante, no me declaro partidario de la ficción porque ésta ayuda a “interpretar” la realidad cotidiana y diaria, propia y ajena, tan difícl de conocer en su verdadera dimensión.

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