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Del “Yo sé quién soy” de Don Quijote al “¿Por qué soy como soy?” de Julien Sorel

enero 24, 2017

Se ha comentado que la novela es el género literario propio de la sociedad burguesa no sólo porque ambientase las historias en alguna familia perteneciente a esta clase social sino porque situaba en primer plano una individualidad, que destacaba sobre el resto de los personajes. De ahí que a esta individualidad fuera de lo común se la denomine “héroe” o “heroína”, si se trata de una mujer.

Es significativo que la primera gran novela moderna, el Quijote, se titulase con el nombre de su protagonista principal, y que otras novelas también influyentes siguieran su ejemplo: Tom Jones, Tristram Shandy, David Copperfield, Madame Bovary o Ana Karenina, por citar algunas.

Cubierta de la primera edición de

Cubierta de la primera edición de “David Copperfield” (1849)

La historia novelada giraba en torno al personaje central que los lectores incorporaban a su memoria como si se tratase de una persona de carne y hueso que hubiera vivido en una época determinada. El novelista relataba con todo lujo de detalles sus peripecias, incluso desde la infancia.

Era un personaje que no se parecía a ningún otro, y, aun cuando se inspirase en un modelo real, la descripción detallada de su personalidad y el modo en que afrontaba los problemas terminaba por hacerle sombra, si es que no lo borraba del todo. ¿Qué nos importa que Cervantes al crear a Don Quijote se inspirara en un viejo hidalgo de pueblo que, estimulado por la lectura febril de libros de caballerías, empezó a imitar a los caballeros andantes?

Nos importa el personaje ficticio que describió en su novela, al que leemos mucho más que como un sujeto histórico, perteneciente a una época muy alejada de la nuestra y a una sociedad también diferente. Por eso cuatro siglos después seguimos hablando de él, compartiendo la inmortalidad con su creador. Es tan contemporáneo nuestro como lo fue de los primeros lectores que se rieron a carcajadas con sus ocurrencias o de los lectores románticos que descubrieron en él a un luchador solitario con el coraje suficiente como para combatir una sociedad incapacitada para aceptar la singularidad que nos distingue de las hormigas.

Grabado de Gustave Doré para el

Grabado de Gustave Doré para el “Quijote”

Si ha superado la prueba del tiempo no es por el empecinamiento de unos críticos e historiadores, sino porque, gracias a la fuerza y hondura de su humanidad, ha logrado sobrepasar las condiciones temporales en las que se desarrolla su historia. Tampoco es fruto del capricho que los historiadores de la literatura se hayan servido de los rasgos más singulares de estos personajes ficticios para acuñar un término que los identifica con un comportamiento o actitud con visos de universalidad. Hoy entendemos el “quijotismo” o el “bovarismo” como denominaciones que definen unas conductas asociadas a dos personajes ficticios que en este caso guardan cierto parentesco.

Aunque la singularidad responda casi siempre a una elección del protagonista central de la novela, él la siente como una llamada del destino. Son los demás, los iguales, quienes la tachan de excéntrica. Como resultado de su inadaptación al medio en el que le ha tocado desenvolverse, se convierte en un exiliado interior o en un extraño al que sus congéneres observan con desconfianza, cuando no con hostilidad, del mismo modo que los cautivos en la caverna del mito platónico percibieron a aquél de ellos que un día decidió salir fuera y que, al regresar a ésta, fue amonestado por sus compañeros, que no creyeron en las cosas que decía haber visto en el mundo exterior y se burlaron de él.

“La caverna de Platón”, (1604), por Jan Saenredam

Mientras el lector, que presencia la lucha que sostiene para perseverar en su identidad, lo juzga como un héroe, la comunidad en la que vive y contra la que se debate, lo considera un antihéroe, es decir, un marginado, un estrafalario y hasta un demente. No importa que su lucha concluya en fracaso, lo esencial habrá sido  la resistencia que opuso a aceptar su destino.

Los dioses sellaron la suerte de Edipo, pero, entretanto, él creyó conducirse con autonomía de criterio, por más que al final sus acciones se sometieran al designio divino. Don Quijote estaba loco y su empeño por conducirse como un caballero andante sólo podía concluir en un fiasco, como intuye el lector desde el principio de la novela. Pero él estaba convencido de lo contrario y actuaba de acuerdo con ese convencimiento. Siguiendo el ejemplo de los caballeros andantes, se tomaba en serio su imitación, hasta el punto de verse como un héroe a sus propios ojos, aunque para los demás fuese un viejo medio loco en quien hallaban un buen motivo para divertirse o burlarse no siempre con intenciones inofensivas.

Representación pictórica de Edipo y la Esfinge

Representación pictórica de Edipo y la Esfinge

Ignoraban que el desdoblamiento de la identidad que sufre Alonso Quijano responde más a la verdad del alma humana que a la aparente unicidad identitaria de la que se jactaban, amparados en la razón que el buen hidalgo perdió a causa de la lectura frenética de libros de caballerías.

En las circunstancias adversas a las que debe hacer frente el héroe de la novela, su yo se ve sujeto a una tormentosa crisis de identidad. Extraviado en el mundo real del que no se siente parte, cuando no rechazado, necesita comenzar por la primera pregunta: “¿Quién soy yo?”.

La sensación de extrañeza, la ausencia de otro ser humano que ratifique la legitimidad de su obsesión, deseo o propósito, le hace sentirse sacudido por una duda corrosiva que le lleva a preguntarse si estará en lo cierto o serán los otros, la mayoría, quienes se equivocan. Cuando poco después de su transformación en caballero andante, Don Quijote dijo saber quién era intuimos que con esas palabras quizá quiso decir que, como él mismo apostilla a continuación, podía ser no sólo un personaje de la literatura caballeresca sino varios (“Yo sé quién soy y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama”).

Ilustración en la que se ve a Don Quijote herido en el momento en que es atendido por Pedro Alonso, labrador y vecino suyo, y al que le dice que le dice

Ilustración en la que se ve a Don Quijote herido en el momento en que es atendido por Pedro Alonso, labrador y vecino suyo, y al que dice “Yo sé quién soy”

Esta confesión revela la fragilidad de su recién estrenada identidad. Necesitaba acciones que la avalasen, puesto que es a través de la acción como se va modelando nuestra personalidad. Aunque quizá tan importante como esto es que en el comienzo de la nueva etapa de su vida aún no tuviera a su lado al escudero Sancho Panza para que corroborase su condición de caballero andante.

La novela, al formular la pregunta “¿Quién soy yo?” al protagonista principal, hace extensiva la pregunta al lector. Una buena novela nos interroga y a su vez nos estimula a preguntarnos por nosotros mismos. Si, como decía Stendhal, la novela es un espejo a lo largo del camino, para el lector ella misma es también un espejo en el que se ve reflejado junto a los personajes y sus historias. Actúa como una conciencia viviente y perdura cuando muestra al lector una nueva manera de percibir la realidad.

Por cierto, antes de que el héroe de la novela moderna se interrogara por su identidad, Michel de Montaigne, un hombre del Renacimiento que justificó la escritura de los Ensayos a partir de la pregunta “¿Qué sé yo?”, acabó respondiendo esa misma pregunta: “¿Quién soy yo?”. La duda socrática que le instó a interrogarse por el alcance de sus conocimientos le condujo al conocimiento de sí mismo, tal vez porque el conocimiento del mundo es indisociable del de uno mismo.

Retrato de Michel de Montaigne, por Daniel Dumonstier

Retrato de Michel de Montaigne, por Daniel Dumonstier

Como Don Quijote, Julien Sorel, el héroe de Rojo y Negro, la novela que Stendhal publicó en 1830, sueña con abandonar su tierra provinciana, correr mundo y triunfar, estimulado no por el ejemplo de los caballeros andantes descritos en los libros de caballerías sino por el recuerdo de Napoleón Bonaparte, un personaje que, tras su fulgurante ascenso y estrepitosa caída, seducía a los jóvenes de la generación de Sorel-Stendhal que soportaba con los dientes apretados la atmósfera opresiva de la Restauración borbónica, dominada por el miedo, la hipocresía y el aburrimiento. Para aquellos jóvenes Napoleón era su caballero andante ideal y las victoriosas guerras napoleónicas que durante quince años ensangrentaron el suelo europeo, sus particulares batallas de Lepanto.

En semejante ambiente provinciano, los únicos entretenimientos posibles se reducían, como señala el narrador de la novela, a la agricultura y la lectura. No por casualidad, los libros favoritos de Julien Sorel eran el Memorial de Santa Elena y las Confesiones de Rousseau. El chico se siente un extraño en su mundo, empezando por su propia familia. Incluso en algún momento fantasea con la idea de ser hijo de un gran señor desterrado por Napoleón y no de un vulgar carpintero.“¿Por qué soy como soy?”, se pregunta cuando sufre el rechazo de la aristócrata Mathilde de La Mole.

Sorel aspira a ser distinto de quien podría haber sido si se hubiese resignado al destino que le aguardaba por su condición social. Al contrario que los oscuros gobernantes de aquella Francia ensombrecida por la resaca napoleónica, cree en la libertad y en las posibilidades del individuo para alzarse en  dueño de su destino. Y actuará consecuente con su creencia.

Fotograma de la película

Fotograma de la película “Le Rouge et le Noir”, de Jean-Daniel Verhaeghe (1997)

Ya en el siglo XX, a través de la figura del Narrador, Proust da cuenta en su ciclo novelístico En busca del tiempo perdido de la escisión que sufre a medida que se percata del abismo que separa sus fantasías románticas de la realidad que, como le sucede a Don Quijote, a cada momento ofrece un rostro distinto del que creía haber visto al principio, como si unos encantadores traviesos se encargaran de cambiárselo.

La discrepancia entre la opinión que cada cual tiene de sí mismo y la que los demás tienen de él lleva al Narrador a dudar constantemente de su identidad. “Nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás”, concluye el Narrador-Proust. Tampoco la subjetividad del amor erótico le ayuda a aclararse, si no es que acaba por confundirlo del todo por culpa de los celos, que sólo contribuyen a exacerbar su inseguridad identitaria.

En las novelas de Kafka sus protagonistas descubren su condición de desarraigados ante la extrañeza con que son observados por los demás y se sienten fuera de lugar. La indeterminación de su identidad, su desconcertante ambigüedad, se manifiesta en el anonimato de la letra inicial K de sus nombres -que el lector asocia con el apellido del escritor- e incluso, como ocurre en La transformación, en la súbita mutación del personaje en un bicho gigantesco cuyo único destino posible es la muerte.

Anthony Perkins en el papel de Josep K., en la versión de la novela de Kafka que en 1961 rodó Orson Welles

Anthony Perkins en el papel de Josep K., en la versión de la novela de Kafka que en 1961 rodó Orson Welles

El extrañamiento los dota de una rara lucidez que les permite traspasar con su mirada la realidad que los integrados -los “normales”- no pueden percibir precisamente como consecuencia de su integración. Pero esa lucidez sólo contribuye a reforzar la extrañeza en el ambiente en el que aspiran a integrarse y a cuestionar su identidad.

Uno de los grandes escritores contemporáneos, cuyas novelas están impregnadas de la dialéctica surgida en torno a la identidad, es Philip Roth. Partiendo de su condición de judío integrado en la sociedad urbana de Estados Unidos desde su infancia en Newark, la capital de New Jersey, Roth da vida a unos personajes que sostienen un conflicto constante derivado de ese desdoblamiento de la identidad y que los induce a una exploración implacable de su yo y del mundo en que viven.

Como artista, Roth encuentra en esta dialéctica -un auténtico no vivir- un motivo sugerente para recrear los argumentos de sus novelas, en los que aborda el tema de la doble identidad. De ahí los frecuentes desdoblamientos de sus personajes y la creación de otros simétricamente antagónicos (Roth es un atento lector de Shakespeare), que, desde las diferencias abismales que los separan, sostienen una lucha enconada.

Philip Roth

Philip Roth

El tormento de los personajes de Roth es que nunca se encuentran a gusto en ninguna de sus identidades, o bien creen ser lo que no son, o quieren ser lo que no pueden o no quieren ser lo que son. A esta inseguridad permanente se suma la incertidumbre de la realidad misma, en la que el destino gana casi siempre la partida tanto a la razón previsora como a la imaginación.

En la entrada anterior planteaba la hipótesis de que una de las causas del declive de la novela quizá haya que buscarla en que, como intuyó Chéjov hace más de un siglo, los novelistas no tengan a nadie enfrente contra quien debatirse, contra quien luchar y de quien defenderse. Pero, tal vez ligada a esta causa, la decadencia sea también inseparable del eclipse de personajes cuya identidad se forja en contra de quienes la niegan, sobreponiéndose finalmente a la de todos ellos. El novelista que no consigue hacer hablar a su personaje central con una voz característica, que lo distinga de los restantes, habrá fracasado en su tarea.

El primero en padecer las secuelas de esta indefinición -la limonada a la que se refería Chéjov- es el lector, que ante la ausencia de una voz lo bastante personal como para interrogarse por su identidad, tampoco se pregunta por la suya y se queda igual que estaba antes de haber leído la novela: con la tripa llena de limonada, sin una gota de alcohol.

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3 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    enero 25, 2017 11:58 am

    Respetado Jaime….”Si uno sabe quién es lo que es”, y otro conoce ” el por qué es como es” ,la gran mayoría desconoce “el sentido de lo que no tiene sentido”….
    Quizás lo único verdaderamente eterno son las preguntas, porque las respuestas nunca son definitivas…La figura del Quijote nos ofrece la opción de imaginar y recrear realidades; lo absurdo no son los castillos de viento, sino nuestra incapacidad de acabar con las maldades o las injusticias….
    Un fuerte abrazo!!!

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    enero 25, 2017 8:26 pm

    Toda novela, como bien dices, Jaime, debe ayudarnos a la introspección, por medio de la narrativa de la vida y obras de un personaje protagonista. La novela que no ayuda a ello, que se queda exclusivamente en una serie de acontecimientos más o menos bonitos que no sirven para hacernos autoanálisis no son sino vacío y “nonsense”.

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