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Cuando los novelistas escribían contra algo

enero 10, 2017

En 1590 Miguel de Cervantes solicitaba “humildemente” al rey Felipe II un empleo en las Indias “de los tres o cuatro que al presente están vacos”. Uno era en la contaduría del nuevo reino de Granada, otro en la gobernación de la provincia de Soconusco, en Guatemala, de contador de las galeras en Cartagena o corregidor de la ciudad de la Paz. Además de relatar con detalle los servicios que había prestado a la Corona en los últimos veinte años, en particular su participación en la batalla de Lepanto, en la que perdió una mano de un arcabuzazo, le informaba de su cautiverio en Argel y la ruina económica que ocasionó a su familia el coste de su liberación.

El rey trasladó la solicitud al Consejo de Indias. La respuesta, fechada en Madrid en junio de 1590, fue negativa y de una amarga brevedad: “Busque por acá en qué se le haga merced”. Desde su regreso del cautiverio en 1580 venía buscando un oficio que le permitiera vivir en unas condiciones dignas. En 1582 había elevado una petición similar. Pensaba que las Indias eran “refugio y amparo de los desesperados de España”.

Petición de Cervantes de un oficio en América, denegado por el Consejo de Indias

Petición de Cervantes de un oficio en América, denegado por el Consejo de Indias

El historiador Américo Castro sostuvo que la rebeldía de Don Quijote contra la realidad que le circunda fue una reacción de Cervantes a la respuesta negativa de Felipe II a que emigrase a América, seguramente por su condición de ascendiente de judíos conversos o cristianos “nuevos”, como se decía en la España de la época. “La genialidad consistió en renunciar el autor a autobiografiarse”, añade Castro.

Al traspasar su rabia a un personaje ficticio dio vida a un símbolo de proyección universal e intemporal. Desde entonces Don Quijote y el quijotismo encarnan la confianza del individuo en sus propias fuerzas, por débiles que sean -como lo eran las de un viejo enloquecido por la lectura de aventuras caballerescas-, para combatir las injusticias y los agravios, en contra del criterio de  la mayoría.

Al renunciar a la autobiografía, Cervantes renunció al relato del yo, con sus limitaciones, la primera de las cuales es que pierda la posibilidad de transformarse, y por tanto de trascenderse, al permanecer sujeto para siempre al momento en que se escribió. Si, tal como sugiere Américo Castro, una contrariedad grave conmocionó la imaginación de Cervantes lo suficiente como para crear a Don Quijote, una vez que la criatura echó a andar –nunca mejor dicho tratándose de un caballero andante-, aquella chispa con la que comenzó todo se fue transformando en un fuego de grandes dimensiones.

Supuesto retrato de Cervantes atribuido a Juan Jáuregui

Supuesto retrato de Cervantes atribuido a Juan de Jáuregui

Un personaje ficticio cobra vida en cuanto suelta amarras y se emancipa de las primeras intenciones que puso su autor al crearlo. Esa autonomía habría sido imposible en un relato de corte autobiográfico, en el que su autor se deja guiar exclusivamente por la corriente de los recuerdos.

El ejemplo de Cervantes es representativo de un hecho que, por regla general, está asociado a la génesis de las grandes novelas que se escribieron desde entonces: todas ellas nacieron como una reacción de sus autores a situaciones y experiencias vitales insoportables, que a veces compartían con otros individuos de su generación, sólo que ellos fueron capaces de reflejarlas en una ficción con tan buena fortuna que pronto se convirtieron además en metáforas de ámbito universal, algo que difícilmente habrían logrado si hubiesen optado por el relato autobiográfico.

De hecho, el escritor que se encuentra con un obstáculo insalvable en su vida y que, a pesar de todo, intenta vencerlo una y otra vez, sin éxito alguno, ya tiene un motivo para seguir escribiendo. La escritura nace y crece en esta clase de lucha sin cuartel y probablemente abocada a la derrota.

“La época en la que se defiende uno contra algo es para el escritor la más importante. En cuanto se rinde, deja de ser escritor”, anotó Elias Canetti.

Ricardo Piglia observó con buen criterio que “uno escribe y elige lo imaginario porque está desajustado en relación con la vida”, lo cual “no supone ningún privilegio ni garantiza una profundidad”.

El escritor argentino Ricardo Piglia, recientemente fallecido

El escritor argentino Ricardo Piglia, recientemente fallecido

Los autores europeos que nacieron alrededor de los años ochenta del siglo XIX se encontraron en su juventud con una sociedad anquilosada en unas formas de vida que a ellos les parecían absurdas. Fueron los primeros en sufrir en propia carne la presión de los barrotes de la “jaula de hierro”, como la llamó Max Weber con una metáfora certera para referirse a una sociedad en la que primaba el cálculo racional y el culto a las formas.

Para la sensibilidad de aquellos jóvenes resultaba intolerable la rígida normativa de la que se dotó la burguesía, así como su utilitarismo de vuelo corto, porque menospreciaba el mundo interior de los deseos, instintos y ensoñaciones. Lo único que importaba era obedecer la norma y a la autoridad que la encarnaba, y cuyo poder se propagaba por todas las instituciones sociales: la familia, comandada por el padre emprendedor y autoritario; el Estado, gobernado por reyes y emperadores sujetos a protocolos anacrónicos; unos ejércitos con mentalidad imperialista; escuelas en las que los docentes ejercían de brazo armado del Estado; compañías y fábricas en las que los empleados eran simples marionetas.

Esa concepción de la vida social se desmoronó tras la carnicería de la Primera Guerra Mundial. Pero ya antes de 1914 los jóvenes artistas e intelectuales se percataron de la tormenta que se avecinaba. Percibían por todas partes las señales de descomposición que latían en las entrañas de una sociedad presa de su propia rigidez. Se estaba fraguando la rebelión de los hijos contra los padres y de los súbditos contra las testas coronadas que estallaría después de la guerra, cuando muchos jóvenes que sobrevivieron a ésta se percataron de que habían sido miserablemente engañados por sus mayores al empujarlos a un conflicto del que se decía que duraría como unas vacaciones escolares.

Soldados marchan eufóricas al frente de la Primera Guerra Mundial

Soldados marchan eufóricos al frente de la Primera Guerra Mundial

De los escritores de la época que plasmaron en sus obras el desasosiego ante la figura paterna y todo lo que representaba destacó Franz Kafka, en cuyos relatos y novelas narra las dolorosas peripecias de sus jóvenes protagonistas en la lucha que sostienen para desenmascarar  al poder misterioso y corrupto que pretende aplastarlos. También en ellas reflejó la otra lucha que sostenía para salvaguardar su vocación literaria de las obligaciones a las que estaba sujeto un hijo de familia burguesa: un matrimonio como es debido, hijos, propiedades y una carrera profesional en continuo ascenso.

La resistencia que opuso a esos obstáculos forjó al escritor que conocemos, aunque, como él mismo reconoció, le causara la tuberculosis de la que moriría a los cuarenta y un años. Cuando en agosto de 1914, el mismo mes en que estallaba la Primera Guerra Mundial, Kafka empezó a escribir El proceso, lo hizo bajo la dolorosa presión a la que estuvo sometido los meses anteriores como consecuencia de su frustrado compromiso matrimonial con su novia, la berlinesa Felice Bauer.

Pero tan relevante como esto es que transformase sus preocupaciones de índole personal en metáforas universales, más allá de la sociedad y del tiempo en el que vivió, y receptivas a interpretaciones variadas. Al igual que Cervantes, renunció a la autobiografía y quizá ésta sea una de las razones por las que cien años después sus ficciones literarias nos parecen tan vivas y sugerentes. Mucho más que las de buena parte de nuestros contemporáneos.

Franz Kafka y su hermana menor Ottla a la que siempre se sintió muy apegado

Franz Kafka y su hermana menor Ottla a la que siempre se sintió muy apegado

Ocho años mayor que Kafka, Thomas Mann se encontró desde su juventud con obstáculos de otra índole. En su novela juvenil Tonio Kröger planteó el malestar que se apodera de un muchacho sensible y entregado sinceramente a la literatura cuando descubre con amargura la extrañeza que siente en su propio medio social al percatarse del abismo que lo separa de los amigos y compañeros “normales”, con unas aspiraciones muy distintas de las suyas.

En una edad crítica, en la que la identidad personal empieza a configurarse, Tonio tiene que reconocer que es un inadaptado, un excluido del grupo al que por simple inercia tendría que pertenecer si no hubiese abrigado esas inquietudes artísticas. Once años más tarde, en 1912, Mann abordó en La muerte en Venecia la soledad del artista, con la diferencia de que aquel joven con vocación literaria que describió en Tonio Kröger es ya un escritor consagrado y reconocido por el público burgués, y hasta por el poder estatal que decide ennoblecerlo con motivo de la publicación de un ensayo dedicado al rey Federico II de Prusia.

Thomas Mann, que escribió esta novela a los 36 años y estaba casado y con hijos, retrata a su protagonista, Gustav von Aschenbach, en la cima del éxito, cincuentón y viudo. Pero justamente entonces intuye que ese reconocimiento público no es más que la prueba concluyente de la traición que ha perpetrado a sus verdaderas aspiraciones, que si se hubiese atrevido a plasmar en su obra probablemente no le habría granjeado el aplauso de los lectores.

Gustav von Aschenbach en la película de Visconti "Muerte en Venecia"

Gustav von Aschenbach en la película de Visconti “Muerte en Venecia”

El viaje a Venecia que emprende para cambiar de aires, a modo de vacaciones, será la oportunidad que le brinde el destino para romper sus lazos con su público burgués, al abandonarse a una pasión prohibida –la repentina atracción que siente por un jovencito que se aloja junto a su familia en su mismo hotel- y cuestionar el orden riguroso en el que había vivido hasta entonces, como en una burbuja. En este caso no es el obstáculo el que se interpone en el camino del escritor sino que es éste quien sale en su búsqueda. La ruptura con el orden burgués por el que había regido su vida y su labor literaria convierte a Aschenbach en el personaje rebelde de la novela que nunca escribió y que, si no se hubiese traicionado a sí mismo, debería haber escrito hacía tiempo, aunque el público burgués le hubiese dado la espalda.

En una reflexión crítica sobre la creación literaria, el narrador de La muerte en Venecia dice que en un pasaje poco conocido de su obra Aschenbach había anotado que

“casi todas las cosas grandes que existen son grandes porque se han creado contra algo, a pesar de dolores y tribulaciones, de la pobreza y el abandono; a pesar de la debilidad corporal, del vicio y de la pasión”, y que ésta era la clave de sus libros.

Thomas Mann

Thomas Mann

La novela como expresión de rebeldía contra un medio extraño e incluso hostil a su autor ha dado obras que hoy seguimos leyendo con un asombro similar al de anteriores generaciones de lectores. No se entiende la literatura de imaginación de Stendhal sin su propósito de saldar cuentas con los poderosos de su tiempo que, en nombre de un orden enmohecido, asfixiaron la libertad y las expectativas de los jóvenes que combatieron en los ejércitos de Napoleón y se vieron obligados a agachar la cabeza tras la derrota de éste.

Retrato de Stendhal

Retrato de Stendhal

Al igual que Kafka en su escritos personales, este autor narró en su autobiografía Vida de Henry Brulard la pésima relación que mantenía con su padre y con una tía suya, representantes de todo lo contrario de aquello que él más amaba: la libertad, la imaginación, la apertura de miras. Bajo el régimen de la sombría Restauración, aquellos jóvenes románticos como Stendhal se veían “condenados al reposo por los poderosos del mundo, en brazos del ocio, del aburrimiento y de patanes de la peor especie”, en palabras de Alfred de Musset, que los comparó con “gladiadores ungidos para el combate” que, sin embargo, “sentían en el fondo del alma una insoportable miseria”.

A Flaubert le sublevaban las ambiciones mezquinas del prototipo de pequeño burgués provinciano, su charlatanería y vulgaridad, su estúpido materialismo y la crueldad que podía demostrar en su anhelado ascenso en la escala social. Sin embargo, temía que, como el boticario Homais de Madame Bovary, se saliera con las suyas y sus éxitos fraudulentos recibiesen el reconocimiento público.

Gustave Flaubert en una fotografía de Nadar

Gustave Flaubert en una fotografía de Nadar

Dostoyevski concibió la terrible historia que narró en Crimen y castigo en la ciudad alemana de Wiesbaden, después de perder mucho dinero jugando a la ruleta y de acudir a una usurera para empeñar un objeto apreciado por el que la mujer le pagó la tercera parte de su valor. Entonces se le ocurrió la historia de un joven pobre pero culto que, obnubilado por una profunda crisis anímica, asesina a una vieja y avara usurera, a cuya casa había acudido unos días antes para empeñar un objeto de valor.

La reclusión de cuatro años en el penal de Omsk, en Siberia, “eternamente encadenado, eternamente custodiado y nunca solo”, rodeado por delincuentes de toda laya, cristalizó en la novela Apuntes de la Casa Muerta. Hijo de un padre tiránico, que fue asesinado por sus siervos, en las novelas y relatos de Dostoyevski abundan las historias de ofensores y ofendidos.

Fiódor Dostoievski retratado por Vasily Perov

Fiódor Dostoievski retratado por Vasily Perov

Tolstói encontró el obstáculo en su propio medio social, en la organización de la sociedad burguesa que programaba la vida de las personas desde su juventud para cumplir una función práctica, sin conciencia propia ni reflexión, mientras fomentaba el cultivo de las apariencias y un mimetismo ciego. También el viejo y decrépito Tolstói abandonó un día las comodidades de la casa familiar y se subió a un tren hacia ninguna parte que, sin embargo, le llevaría a la muerte en la estación de Astápovo el 20 de noviembre de 1910.

Al igual que Gustav Aschenbach, con aquel último acto de rebeldía el propio Tolstói se transformaba en el personaje hipotético de la novela que nunca escribiría: aquél que, en contra de lo previsto, rompe los lazos con una sociedad en la que se sentía cada vez más extraño y, como si no hallara salida alguna en su propio laberinto, se arroja en los brazos de la muerte. Mientras escribieron, Aschenbach y Tolstói pudieron ser otros: los personajes ficticios que salieron de sus plumas. Pero cuando dejaron de escribir, ellos mismos tuvieron que convertirse en otros.

Sofía Bers, en la casa donde su marido estaba mintiendo

Sofía Bers, asomada a la ventana de la casa de la estación de Astápovo en la que estaba agonizando su marido Lev Tolstói

En una estela parecida a la del novelista ruso, August Strindberg concentró sus obsesiones en la vida de pareja, una relación que consideraba una forma de poder en la que cada uno de sus miembros intenta dominar al otro recurriendo a toda clase de tretas. Sus tres matrimonios fueron desastrosos.

Proust escribe En busca del tiempo perdido presionado por el recuerdo de los reproches que le hacía su madre en su juventud por perder el tiempo, llevando una vida ociosa, de niño mimado. De ahí que a la muerte de aquélla saliera en busca del tiempo perdido, que recobra al final de su gran novela, cuando él y su alter ego, también escritor, se alejan de la ajetreada vida social para escribir la obra de su vida. Si el trabajo literario contrarrestó el lacerante recuerdo del reproche materno, ya es más dudoso que aliviase las dolorosas experiencias de celos que atormentaron a Proust y a su alter ego.

Fotografía del joven Marcel Proust

Fotografía del joven Marcel Proust

Desde su exilio en el continente, Joyce plasmó en los relatos de Dublineses y en Ulises las miserias ocultas de la sociedad dublinesa de la que huyó asqueado, aunque para ello tuviese que renunciar  a las ventajas y comodidades que le habría reportado quedarse en su país.

En la visita que en un día de finales del siglo XIX Anton Chéjov le hizo a Tolstói en su mansión de Yásnaia Poliana, el viejo novelista le confesó que admiraba sus cuentos y que incluso podría haberlos escrito él mismo, pero detestaba sus piezas teatrales. “Eres un dramaturgo terrible! ¡Eres espantoso! ¡Eres aún peor que Shakespeare!”, le espetó. Por entonces era conocida la aversión que Tolstói sentía por el teatro del bardo inglés. En 1903, a los setenta y cinco años, escribió el panfleto Shakespeare y el drama, en el que justificaba los motivos de la repulsión y el tedio que le inspiraba la obra del autor de Hamlet.

Chejov fotografiado junto al ya anciano Tolstói

Chejov fotografiado junto a Tolstói

Al recordar esta anécdota, Norman Mailer cree que a Tolstói le irritaba que los personajes de las obras de Chéjov “se quedasen sentados en su propio excremento espiritual”, sin hacer nada, pronunciando discursos suaves, y que suspiraran y gruñeran atrapados en su parálisis, la misma en la que estaba sumida la pequeña burguesía de la Rusia profunda que describió en sus relatos y dramas.

Es probable que a Chéjov el reproche del maestro no le sorprendiese. No era de los que se engañaban a sí mismos. Unos años antes en una carta a su amigo Aleksei Suvorin reconocía que los escritores de su generación, los que tenían entre treinta y cuarenta y cinco años -admiradores de las obra de Tolstói-, pintaban la vida “tal cual es, y luego nada de nada”.

“No tenemos objetivos, ni próximos ni lejanos, y nuestra alma está totalmente vacía…No tenemos visiones políticas, no creemos en la revolución, Dios no existe, no tememos los retornos y, personalmente, no temo a la muerte ni a la ceguera”.

Retrato del escritor Vladímir Galaktiónovich Korolenko, por Iliá Repin

Retrato del escritor Vladímir Galaktiónovich Korolenko, por Iliá Repin

En las obras de todos ellos echaba de menos “el alcohol que enerva y subyuga”. Los libros de Korolenko, de Nadson y otros dramaturgos eran “de limonada”, y los cuadros de Repin o Chichjin no hacían perder la cabeza a nadie. Eran autores elegantes y talentosos, pero que al mismo tiempo no olvidaban ni por un instante “que les gustaría fumar un cigarro”.

Así como la ciencia y la técnica atravesaban una gran época, para la creación literaria y artística era una época “blanda, hipócrita, pesada, y somos nosotros mismos los hipócritas y pesados”. No es que faltase inteligencia y talento, no, se trataba de una enfermedad que para un artista era peor que la sífilis o la impotencia sexual: si se levantaba la falda de la musa de esos escritores, se descubría que debajo no había nada.

Concluía su carta a Suvorin diciendo que quien no quiere nada ni espera nada y nada teme, no puede ser un artista. Al menos él era lo bastante inteligente como para no esconderse de sí mismo y no mentirse enmascarando su vacío interior con harapos robados a otros.

Retrato de Aleksei Suvorin, amigo y editor de Chéjov, por Ivan Kramskoy (1881)

Retrato de Aleksei Suvorin, amigo y editor de Chéjov, por Ivan Kramskoy (1881)

Chéjov entrevió la amenaza que planea sobre el novelista moderno: el vacío, la inanidad, la falta de “alcohol enervante”, en suma, la carencia de dificultades, de enemigos a los que atacar y de los que defenderse. Quizá la única diferencia es que ahora la ciencia y la tecnología condicionan aún más las vidas de las personas -¡también de los escritores!- que a finales del siglo XIX.

Al contrario que en los viejos tiempos, aparentemente el novelista no tiene obstáculos inexpugnables a los que enfrentarse: no hay padre contra el que luchar; el Estado garantiza las libertades individuales; las satisfacciones materiales alcanzan por suerte a cada vez más personas; la sociedad ha abierto sus puertas a gustos y costumbres que hasta no hace mucho estaban perseguidas por la ley.

Por supuesto, en este mundo plácido las miserias personales siguen su curso ordinario, como ha ocurrido siempre y en todos los tiempos, pero, ay, ¿dónde encontrar una metáfora lo bastante consistente y universal que las libere de los límites del yo, del aquí y del ahora?

Retrato de Anton Chéjov

Retrato de Anton Chéjov

Después de las tentativas de los años sesenta y setenta por romper los esquemas convencionales del género, a costa de olvidarse de los lectores, la novela ha vuelto a sus cauces por los que sin embargo continúa segregando litros de limonada, para satisfacción de la muchedumbre de lectores abstemios. Son novelas que, a lo sumo, como decía Chéjov, pintan la realidad con la ramplonería acostumbrada y que oscilan entre el reportaje periodístico, el costumbrismo de toda la vida y la sociología. Eso si no se arrojan de cabeza al folletín kitsch. Y se acabó.

Como ocurre con casi todo en esta época, también la novela se ha industrializado y sus autores corren el peligro de convertirse en novelistas-técnicos -algunos se forman en talleres de escritura-, que más que escribir, redactan en una prosa plana y rutinaria historias insulsas, con personajes estereotipados, para pasar el rato y olvidarlas para siempre.

Poeta solitario, Robert Walser malvivió de la escritura. En las conversaciones que sostuvo con su mecenas Carl Seelig en el sanatorio psiquiátrico de Herisau, donde permaneció interno desde 1933 hasta su muerte en 1956, le confesó que la felicidad no es un buen material para un escritor por ser demasiado autosuficiente (“puede dormir enrollada sobre sí misma, como un erizo”). En cambio, el dolor, la tragedia y la comedia “están llenos de potencial explosivo”. Sólo es preciso encender la mecha en el momento oportuno.

Robert Walser en uno de sus paseos por los alrededores de Herisau

Robert Walser en uno de sus paseos por los alrededores de Herisau

Los artistas que no mantienen una relación de tensión con la sociedad se paralizan enseguida. No pueden dejarse mimar por ella “porque entonces se sienten obligados a plegarse a las circunstancias dadas”. Él conservó siempre su libertad personal. Pensaba que las obras de madurez de Thomas Mann carecían de la belleza de las primeras. Aunque su formalidad burguesa y su esfuerzo casi científico por el detalle impusieran respeto, la tranquilidad burguesa, la seguridad, la felicidad familiar y el reconocimiento transmitían a sus obras cierta sequedad, un aire de despacho, como quien trabaja entre libros de contabilidad.

En uno de sus relatos breves titulado Los artistas narra la historia de una compañía de artistas itinerantes que llegaron una tarde a un palacio principesco, donde fueron recibidos calurosamente por su dueño, quien les rogó que trabajaran a su aire, sin que les faltase de nada. Los artistas estaban encantados con la invitación. Pero con el tiempo se volvieron presuntuosos, descuidaron sus actividades, el fervor artístico menguó y se esfumó la creatividad de sus espíritus. Olvidando sus deberes con el rigor del arte, se entregaron a los excesos materiales. Conscientes de los perjuicios que les ocasionaba la estancia en el palacio, decidieron abandonar la vida cortesana en contra de la voluntad del príncipe. La tranquilidad, la dicha, el bienestar, la estabilidad y la moderación no eran precisamente lo que necesitaban para crear sus obras.

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11 comentarios leave one →
  1. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    enero 10, 2017 10:20 pm

    Interesante reflexión y exposición, Jaime, de lo que subyace en las grandes novelas de los grandes escritores. No se me habría ocurrido nunca pensar que la rebeldía y el inconformismo son la espoleta que provoca la explosión literaria en la mayoría de ellos. Rebeldía y denuncia, efectivamente, subyacen en las grandes novelas, tan distintas de la mayoría de “best sellers” de nuestro tiempo, que nos son sino transmitsores de vacío y vulgaridad.

  2. enero 10, 2017 11:50 pm

    Fascinante. Y además me llega en un momento donde todo lo que se expone lo llevo interiorizando desde hace algún tiempo.

  3. enero 11, 2017 12:31 am

    Excelente entrada. Enhorabuena.

    Umberto Eco escribió en su ensayo “Sobre literatura” unas líneas que vienen como anillo al dedo en este tema.

    Yury Lotman, en Cultura y explosión, retoma la famosa recomendación de Chéjov por la cual si en una narración o en un drama se nos muestra al principio un fusil colgado de una pared, antes del final ese fusil tendrá que disparar. Lotman nos deja entender que el verdadero problema no es si, al final, el fusil llegará a disparar de verdad. Precisamente el no saber si disparará o no es lo que otorga significatividad a la trama. Leer un relato quiere decir también ser presa de una tensión, de un espanto. Descubrir al final si el fusil ha disparado o no, no adquiere el sencillo valor de una noticia. Es el descubrimiento de que las cosas han ido de una determinada manera, y para siempre, más allá de los deseos del lector. El lector debe aceptar esta frustración, y a través de ella sentir el escalofrío del Destino. Si se pudiera decidir el destino de los personajes, sería como ir al mostrador de una agencia de viajes: “Entonces, ¿dónde quiere encontrar a la Ballena, en las islas Samoa o en las Aleutinas? ¿Y cuándo? ¿Y quiere matarla usted, o deja que lo haga Quiqueg?”. La verdadera lección de Moby Dick es que la ballena va donde quiere.

    Y más adelante, después de analizar esa misma cuestión en Los Miserables de Victor Hugo, termina el primer capítulo de su libro con una reflexión que a mí particularmente me fascina, y que muestra esa lucha ‘contra’ los elementos que tan elegantemente has plasmado en tu entrada.

    Esto es lo que nos dicen todas las grandes historias, si acaso sustituyendo el sino a Dios, o las leyes inexorables de la vida. La función de los relatos “inmodificables” es precisamente ésta: contra cualquier deseo nuestro de cambiar el destino, nos hacen tocar con nuestras propias manos la imposibilidad de cambiarlo. Y al hacerlo, nos cuenten lo que nos cuenten, nos cuentan también nuestra historia, y por eso los leemos y los amamos. Necesitamos esa severa lección “represiva”. La narrativa hipertextual puede educarnos a ser libres y creativos. Está bien, pero no lo es todo. Los relatos “ya hechos” nos enseñan también a morir. Creo que esta educación al Sino y a la muerte es una de las funciones principales de la literatura. Quizá haya otras, pero ahora no se me ocurren.

  4. Rubén permalink
    enero 11, 2017 5:07 pm

    Respetado Jaime….Cómo me identifico con tus palabras! Nuestra época también espera a escritores como Cervantes, que escriban ironizando sobre ésta realidad tan llena de violencia, crueldad e indiferencia, y sean capaces de conmover la conciencia, proyectando un mundo con esperanzas…No obstante, “la probable derrota”…”la escritura…debe dar la lucha sin cuartel”.
    Quizás , con tu brillante claridad y profundidad ,seas el destinado a cometer esa tarea..
    Quiero creer que creo. Quiero creer que creo en la vida que se forma entre cada uno de nosotros. Creo que puede existir lo que desconocemos. Entiendo el temor, respeto lo desconocido, acepto la fuerza del misterio.
    Cuando somos nada, el todo no desaparece. El viaje del miedo a la sinrazón es más corto que el viaje de la razón a la armonía.
    Creo conocer por qué suceden algunas cosas pero, la mayor parte de lo que acontece es una interrogación permanente. Creo que mi buena conducta no cambiará la furia de los volcanes….. Pero lo que cuenta es el intento…
    Y para ganarnos una sonrisa no hay como Nicanor Parra

    “CREO EN UN + ALLÁ
    DONDE SE CUMPLEN TODOS LOS IDEALES
    AMISTAD
    IGUALDAD
    FRATERNIDAD
    EXCEPCIÓN HECHA DE LA LIBERTAD
    ÉSA NO SE CONSIGUE EN NINGUNA PARTE
    SOMOS ESCLAVOS X NATURALEZA”

    Un fuerte abrazo!!!

    • enero 12, 2017 8:09 pm

      Muchas gracias, Rubén, por tu comentario. Me quedo con tu afirmación: “Acepto la fuerza del misterio”. Como creo que sugieres, la literatura, al igual que la propia vida, es (o tendría que ser), una interrogación constante. Preguntas sin respuestas que, si acaso, generan nuevas preguntas. Aceptar la fuerza del misterio es aceptar también nuestras limitaciones. Un fuerte abrazo

  5. luis pabon permalink
    enero 12, 2017 4:09 pm

     ¡¡Hola Jaime!! Por alguna razón que ignoro, tus entradas del blog llegan a mi correo… las leo a causa del maldito vicio de la lectura que me persigue y del cual no logro esconderme. Rehuyo los comentarios por mi pobreza de estilo y capacidad de análisis. Pero esta entrada: “Cuando los novelistas escribían contra algo”, como decimos en Colombia: “¡qué vaina… carajo! La interpreto como una visión de la cruda realidad del presente literario mundial, asomada a la ventana del pasado que nos visionó, podríamos decir, cien años antes como mercenarios de las letras y  que el propio García Márquez calificó como: “falta de responsabilidad”. Gracias por tan buen aporte.

  6. enero 12, 2017 8:15 pm

    Gracias, Luis, por la lectura de la entrada y por tu reflexión. Yo tampoco puedo aclararte el motivo por el que recibes las entradas del blog en tu correo, como no sea que te hayas suscrito en el pasado y no lo recuerdes.

  7. enero 27, 2017 4:36 pm

    Los hombres más grandes de la historia son aquellos que han luchado contra algo, vebigracia, los grandes generales de las épocas pasadas o los magnates de nuestra época. Quizás, y es mi humilde opinión, sigamos leyendo estos libros por que nos muestran la inmortalidad que todos nosotros, hombres mortales, ansiamos.

  8. Leonardo Londoño permalink
    febrero 5, 2017 10:23 pm

    Si la literatura, y el arte en general, no está inspirada en la sedicion; será un diálogo de comadres urdiendo mordazas.

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