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Fuego en la biblioteca

diciembre 13, 2016

En un artículo publicado en 1930 Aldous Huxley arremetía contra el abaratamiento del papel para el que propuso un impuesto del 4.000 o 5.000 por ciento con el objetivo de restringir la producción al por mayor del material de lectura de una calidad inferior. El efecto inmediato de tal medida sería la revalorización de los libros, tanto como lo fueron en las épocas clásicas y medievales, siendo atesorados con un cuidado piadoso y estudiados con fervor. La escasez redundaría en la recuperación de la pasión por la literatura y en el “respeto casi religioso por la cultura que distinguía a los hombres de otros tiempos”. Tachaba de vicio el hábito de leer demasiado y sin sentido. Lo comparaba con el consumo de una droga. “No leemos para enriquecer nuestras almas sino para matar el tiempo y distraer la percepción”. ¿Qué diría hoy de la lectura masiva y líquida en versión digital?

Huxley imaginó una suerte de distopía en la que la piratería de textos de Shakespeare se convierte en una de las profesiones más rentables y los corredores de libros desembarcan cargamentos con obras de Homero y Dante a las puertas de cuevas solitarias mientras policías armados patrullan los campos a la caza de fábricas de papel ilegales y de ejemplares clandestinos de Platón y Spinoza.

Aldous Huxley

Aldous Huxley

Dos años después, en otro artículo titulado Demasiados libros, se hacía eco de “la casi frenética producción de libros”. Había demasiados para cada individuo. “Estamos en peligro de sacrificar la calidad de la lectura a la cantidad, en peligro de leer demasiado y demasiado rápido como para estar en posición de juzgar lo que leemos”. En 1932 una durísima crisis económica golpeaba a Europa, por lo que Huxley observó que si se dejara de pensar un momento en ella, “nos daríamos cuenta de que también estamos en las garras de una crisis estética e intelectual”.

Siguiendo la recomendación de Wordsworth de acercarnos a la poesía y a las artes en general pertrechados con “un pensamiento riguroso y un prolongado intercambio con los mejores modelos de composición”, aconsejaba pensar con más rigor y pasar más tiempo con los modelos supremos. Concluía el artículo con un pronóstico sombrío: la cultura corría el peligro de ser enterrada bajo una avalancha de libros. Aunque en los tiempos modernos la mente estuviese más libre y activa que nunca, “por una extraña paradoja la libertad sofoca y el dinamismo es paralizante”.

Retrato de William Wordsworth

Retrato de William Wordsworth

En sus reflexiones Huxley hace hincapié exclusivamente en los lectores y en la oferta abrumadora de libros. Pero apenas alude a la calidad de esa oferta. A ella se refirió unos años más tarde Cyril Connolly en su incisivo ensayo Enemigos de la promesa (1938), donde alertaba del escaso tiempo de vida de los libros que se publicaban. Su única ambición era escribir uno que al menos mantuviese una vigencia de diez años.

Connolly temía que pronto se escribiesen libros, sobre todo de ficción, que no durasen ni una década. Aunque quizá esta breve duración hubiese que atribuirla a la menguante calidad de la lectura en unos lectores viciados por los periódicos, la radio y el cine -los medios que por entonces competían con el libro-, pensaba que la forma más segura de garantizar la perdurabilidad de una obra era dotarla de una prosa consistente, que rehúya los clichés, las profundidades imprecisas, las mistificaciones, los falsos coloquialismos, las expresiones pedantes o los fingidos accesos de lirismo. Nada más eficaz para frenar la publicación masiva de libros que una prosa de calidad.

Otro inconveniente del exceso de libros es que no se dispone del tiempo necesario para leerlos como es debido, a no ser que se incurra en la lectura rápida y superficial criticada por Huxley. Un libro no es un periódico, que leemos sólo para informarnos, pero nunca para releerlo, como hacemos con los libros de calidad. Contra el bombardeo de publicaciones de todo género en una época en la que la letra impresa reinaba casi solitaria sobre el tiempo de ocio de los lectores, Karl Kraus se preguntaba de dónde iba a sacar tiempo para no leer tantas cosas.

Cyril Connolly fotografiado por Cecil Beaton en 1942

Cyril Connolly fotografiado por Cecil Beaton en 1942

Veintitrés años después de que Huxley esbozase su distopía, Ray Bradbury publicó Fahrenheit 451, la novela distópica donde se persigue con saña la lectura de libros bajo la acusación de provocar angustia en los lectores y de impedir su felicidad. Al mismo tiempo se fomenta la adicción a las pantallas gigantes que los ciudadanos tienen instaladas en casa y ante las cuales se pasan sentados horas y horas, viendo programas de entretenimiento. Patrullas de bomberos, provistos con potentes mangueras cargadas de queroseno, se presentan en los domicilios donde se sospecha de la existencia de libros para arrestar a sus propietarios y proceder a la quema de ejemplares. La consigna que guía la misión de estos bomberos pirómanos es que el fuego “destruye responsabilidades y consecuencias”.

Como resultado de la persecución despiadada contra la letra impresa, una minoría decide pasar a la clandestinidad. Ante la imposibilidad de conservar los libros que han iluminado las mentes durante siglos, acuerdan guardarlos en la memoria quizá con la esperanza de devolverlos al papel en un futuro, cuando la tiranía anti-libro sea derrocada, y así restaurar la cadena de transmisión rota por las incineraciones masivas perpetradas por los bomberos. Esta minoría de héroes que con la sola ayuda de su memoria trata de burlar a las poderosas autoridades incendiarias recuerda la labor de los copistas de la Edad Media que, enclaustrados en los monasterios, salvaron miles de valiosos manuscritos grecolatinos de la destrucción vandálica causada por las horas de bárbaros.

Grabado de época que representa a un copista medieval

Grabado de época que representa a un copista medieval

A pesar de la disparidad de ambas distopías, la de Huxley con su propuesta de acabar con la industrialización de los libros, de la lectura y de los lectores, multiplicando por varios ceros los impuestos sobre el papel, y la de Bradbury, en la que se persigue a muerte la lectura,  a los lectores y a quienes conserven libros en casa, el resultado es el mismo: la supervivencia de una minoría de lectores dispuestos a sacrificar no ya su tiempo de ocio o su dinero sino sus vidas con tal de salvaguardar los libros realmente merecedores de semejante objetivo.

En otoño de 1930, Elias Canetti empezó a escribir la novela Auto de fe, que publicaría cinco años después, en la que el sabio sinólogo Peter Kien prende fuego a su hermética biblioteca de 25.000 volúmenes y él mismo arde dentro de ella, como una antorcha. La idea de Canetti era escribir no una novela como las de antes, sino una historia que mostrara la desintegración del mundo mediante una imagen verosímil. Para ello ideó la del erudito preso voluntario en su biblioteca, como un ratón en su ratonera, que un día decide quemar los libros y él mismo se incinera entre ellos.

Si un siglo y medio después de la invención de la imprenta a Alonso Quijano se le secó el cerebro de tanto leer los libros de caballerías y un día decidió romper con ellos definitivamente para transformarse él mismo en un libro de caballerías viviente, a Peter Kien la erudición libresca le secó la sangre y los libros se convirtieron para él en objetos estériles, como su propia vida, por lo que al incendiarlos no dudó en quemarse con ellos.

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“El ratón de biblioteca” (1850), de Carl Spitzweg

Para Alonso Quijano los libros estaban tan vivos que los personajes ficticios cobraban vida en su imaginación y hasta imaginaba pelearse con algunos de ellos. Así que no hubo nada de extraño en el hecho de que la lectura pertinaz de novelas de caballerías terminase por transformar al lector Alonso Quijano en el caballero Don Quijote, arrancándolo al fin de la biblioteca doméstica para arrojarlo al mundo real en el que los caballeros andantes habían desaparecido hacía tiempo y sólo sobrevivían en los libros del género y en la memoria de sus lectores. Peter Kien, el hombre-rata de biblioteca que en todo momento era idéntico a sí mismo y que, al contrario que Alonso Quijano, se privó de la oportunidad de transformarse, de ser otro, murió asfixiado por los libros.

En los años treinta las fantasías literarias en torno al incendio de libros tuvo su réplica real el 10 de mayo de 1933, con la incineración de obras prohibidas por el régimen nacionalsocialista en Berlín y en las principales ciudades alemanas. Estos autos de fe fueron orquestados por el ministro de Propaganda Joseph Goebbels, doctor en letras por la Universidad de Heidelberg y novelista frustrado. La paradoja del filólogo ordenando la quema de libros no desentona en el historial de aquel régimen criminal en el que numerosos médicos participaron activamente en el asesinato de enfermos. Una ideología perversa, sustentada en el fanatismo de una minoría y la indiferencia de la mayoría y en el uso de la tecnología de la época, hizo posible que la más espantosa distopía jamás imaginada por el hombre se hiciese realidad en el corazón de la moderna Europa.

Jóvenes alemanes arrojando libros a la hoguera el 10 de mayo de 1933

Jóvenes alemanes arrojando libros a la hoguera el 10 de mayo de 1933

Pero aún más llamativa que estas paradojas era que en Alemania, el país de los libros, de los poetas y pensadores, según la curiosa definición acuñada en el siglo XIX por Madame Staël, un gobierno comandara la quema de libros con la consigna, formulada también por el ministro-doctor-literato, de que “el futuro hombre alemán no sería solamente un hombre de letras”, sino “un hombre de carácter”, al que el nuevo Estado se encargaría de educar adecuadamente. Para el nazismo y el fascismo, doctrinas surgidas de la venganza y el resentimiento, “carácter” era un eufemismo de “acción”, que a su vez era un eufemismo de algo que los europeos habían sufrido veinte años antes y que no habían olvidado, a pesar de los felices años veinte: la guerra, la invasión, la masacre, el exterminio.

También Aldous Huxley jugueteó con la fantasía del incendio de libros cuando en 1947 publicó el artículo Si mi biblioteca ardiera esta noche. La primera frase empezaba con este siniestro título, al que seguían unos puntos suspensivos tras los cuales aclaraba que “afortunadamente para mí, nunca ha sucedido”. Las mudanzas de casa y los préstamos de libros sin devolución que había hecho a sus amigos le bastaban para formarse una idea aproximada de la naturaleza de la catástrofe. No obstante, le parecía tétrico el mero pensamiento en esa terrible posibilidad. Por si acaso, se consolaba con la certeza de que los libros de su biblioteca eran reemplazables. Carecía de la avidez del coleccionista de primeras ediciones.

El autor de Un mundo feliz, probablemente la distopía más atinada de las que se escribieron en el siglo XX, no sospechaba entonces que la hipótesis inverosímil con la que comenzaba su artículo se convertiría en un hecho real catorce años después. La noche del 12 de mayo de 1961 la biblioteca de su casa de Los Ángeles ardió por los cuatro costados, destruyendo todos los libros, buena parte de su correspondencia y manuscritos valiosos. En aquella fecha fatídica Huxley revivió la infernal tríada de libros, fuego y noche encerrada en el título de aquel lejano artículo. Como en tantas otras ocasiones, también entonces la literatura se anticipó a la vida.

Primera edición de

Primera edición de “Un mundo feliz” (1932)

Habría que preguntarse hasta qué punto las fantasías sobre el incendio de libros que imaginaron Canetti, Bradbury y, si bien con una intención bien distinta, el propio Huxley, y que los dirigentes nazis hicieron realidad con la quema de obras prohibidas, no estarán relacionadas con la conversión del libro en una industria y su equiparación con el resto de los objetos fabricados a escala industrial para su posterior venta en el mercado. Como se deduce de la lectura de Fahrenheit 451, un libro no es un objeto de consumo, ni la lectura una modalidad de entretenimiento equiparable a las que se compran en el mercado del ocio, sino que pretende remover la conciencia de los lectores e incitarles a pensar y plantearse preguntas que quizá no se hubiesen hecho antes de la lectura.

Un libro tiene vida propia, la que le insuflan las palabras que escribió el autor en sus páginas y que dicen y hablan por escrito. Porque se trata de algo vivo, no es un producto que se fabrique en serie ni que se almacene en una estantería para disfrute del hombre-ratón. Tampoco es un objeto de adorno, como un bibelot, ni un pretexto para mostrar ante los demás la supuesta cultura libresca que se acumula.

Fotograma de la versión para el cine de

Fotograma de la versión para el cine de “Fahrenheit 451” de François Truffaut

Desde el momento en que la identidad del libro esté determinada por la cantidad y la producción en cadena, degenerará en cosa, como cualquier objeto fabricado en serie y destinado al consumo y, por tanto, de usar y tirar. No fue casualidad que la deshumanización del libro precediera a la deshumanización de los hombres que con las mentes esclavizadas estaban dispuestos a obedecer cualquier orden que recibieran de la banda de criminales que los gobernaba.

Tenemos testimonios de autores que creyeron de verdad en los libros, que no pudieron vivir sin ellos, que fueron su tabla de salvación y que, al contrario que Peter Kien, compartieron con los demás los conocimientos de la vida que aprendieron en ellos. Por ejemplo, a Flaubert la lectura de un libro le conmovía más que una desgracia auténtica, según le confesó a su amante Louise Colet.

El joven Kafka recomendaba a un amigo  solamente libros “que muerdan y pinchen”, que nos golpeen “como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio”, que despierten al lector “como un puñetazo en la cara”, no precisamente para que nos haga felices, un objetivo para el que no hace falta ningún libro. “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”.

Franz Kafka, en 1904, cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Praga

Franz Kafka, en 1904, cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Praga

La viuda de Tomasi di Lampedusa, el autor de El Gatopardo, reveló que éste nunca salía de casa sin un ejemplar de Shakespeare en su bolsa con el que poder consolarse si veía algo desagradable por la calle.  Uno de sus libros favoritos era Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens, el mismo del que Pessoa dijo que era una de las grandes tragedias de su vida y que por eso ya no podía releerlo.

Casi un siglo después del diagnóstico de Huxley parece como si el estado de cosas hubiese cambiado poco. La diferencia es que entonces la letra impresa ejercía un monopolio absoluto y el libro sólo competía con la prensa escrita. Hubo que esperar varias décadas para que ese monopolio fuese desbancado por la revolución audiovisual propiciada por la tecnología. El cambio empezó con la televisión y sus cada vez más variadas ofertas de entretenimiento.

El viejo libro se encontró con un enemigo muy poderoso, aunque Groucho Marx viese en ella un aliado imprevisto de la lectura: cada vez que alguien encendía la televisión, él se retiraba a otra habitación para leer un libro. Sin embargo, lo normal es lo contrario. Cada vez que alguien enciende el televisor en la casa, sus inquilinos toman posiciones alrededor de la nueva divinidad doméstica.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Nadie hubiera imaginado hace unas décadas que la “pequeña pantalla”, como se la denominaba entonces para oponerla a la gran pantalla de los cines, sería la precursora de las micropantallas unipersonales adheridas a los teléfonos móviles que se han expandido por todo el mundo. Si en los años treinta del siglo pasado (¿se acuerdan cuando el siglo pasado era el XIX? ¡Ay, cómo pasan los siglos!) Huxley apreciaba una considerable desproporción entre la cantidad de libros que se publicaban y el número de lectores, hoy, con casi toda la población alfabetizada, la brecha  alcanza dimensiones oceánicas.

Los demasiados libros de antaño son “más demasiados” mientras desciende el número de lectores de calidad. Los otros, los que leen de cualquier manera, suelen apuntarse a esos monocultivos librescos fabricados con los mismos criterios que se aplican en la producción de coches o móviles. Son los libros-artefactos (novelas, por supuesto), escritos y publicados para venderse por millones, con el correspondiente aparato publicitario a cargo de la editorial y del autor y el repertorio previsible de clichés y fraseología sentimentaloide. Y muchos millones de todo: de ejemplares, de lectores y de euros o dólares, por supuesto.

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3 comentarios leave one →
  1. diciembre 13, 2016 2:25 pm

    Excelente entrada, muy interesante. Ha sido todo un placer leer ese recorrido histórico sobre la producción literaria. Si Huxley levantara la cabeza… Te felicito, compañero. Saludos.

Trackbacks

  1. Fuego en la biblioteca. Jaime Fernández Martín – Trama editorial

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