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¿Por qué la gente prefiere gastarse el dinero en un par de pantalones y no en un libro?

noviembre 22, 2016

En su admirable autobiografía Groucho y yo (1959), Groucho Marx dedica unas palabras al “lector furtivo”, al que considera, junto a la televisión y el amor libre, uno de los principales obstáculos a la hora del lanzamiento de una obra maestra literaria. El lector furtivo, “ese miserable individuo conocido como El gorrón”, es el tipo que entra en las librerías con aire distraído y ni corto ni perezoso se pone a leer las páginas de un libro que devora casi entero en cuarenta y cinco minutos. Luego se larga por una puerta lateral de la librería  con la esperanza de regresar otro día “y ayudar a enviar a la miseria a algún otro honrado autor”.

Groucho termina su comentario con una observación en la que lo único que ha perdido vigencia es el precio: que “a un hombre no le importa pagar cuatro o cinco dólares por un par de pantalones, pero lo pensará mucho antes de emplear la misma suma de dinero en un libro”.

El actor Gorucho Marx

El actor Groucho Marx

La mención exclusiva al “hombre” resulta extraña en nuestra época en que las mujeres leen bastante más que los hombres -principalmente novelas- y compran también más libros que ellos. Por lo que respecta al lector gorrón, hoy ni siquiera tiene que molestarse en acudir a una librería. Le basta con pasearse por Internet pirateando impunemente todos los libros que quiera, sin moverse de casa.

 La aprensión que suscitan los libros no data de estos tiempos. Alrededor de 1775, Lichtenberg anotó en uno de sus cuadernos un aforismo que recuerda mucho a la frase de Groucho: “Quien tenga dos pares de pantalones, que venda uno y se compre un libro”. Ambos se referían a alguien que, disponiendo del suficiente dinero como para poder elegir entre un objeto relativamente prescindible, como lo es un segundo par de pantalones, y un libro, prefiere gastárselo en la prenda de vestir.

Estatua de Lichtenberg ante el edificio que alberga el Instituto de Matemáticas de Gotinga

Estatua de Lichtenberg ante el edificio que alberga el Instituto de Matemáticas de Gotinga

Más taxativo se mostró el intelectual ruso de la segunda mitad del siglo XIX Dmitri Písarev al pronunciarse en contra de la primacía de los libros sobre un bien de primera necesidad. Este pensador de filiación populista (en ruso “naródnik”) aseveró que para el hombre del pueblo un par de botas valía mil veces más que las obras de Shakespeare o de Pushkin. Primero calzar los pies de quienes no tienen dinero para comprarse un par de botas y luego ocuparse de los libros de los grandes poetas. ¿Por qué Písarev, un intelectual, confrontó las botas con los libros y no con cualquier otro bien que no fuese de primera necesidad, como, pongamos por caso y para no ser muy originales, un segundo par de botas?

Sin negar que unas botas son imprescindibles para cualquier persona, y sobre todo en los gélidos inviernos rusos, no por ello dejan de ser un objeto. Pero un libro de Shakespeare o de Pushkin siempre será mucho más que una cosa útil y perecedera, como seguramente sabía Písarev. Siendo unos malpensados, podemos conjeturar que con semejante aserto tenía en mente más a quienes como él frecuentaban los libros de esos autores consagrados, que al abstracto “hombre del pueblo”. No era la primera vez, ni lo sería en el futuro, que se golpeaba a  los libros para acusar a otros de algo. Los nazis lo hicieron con sus enemigos: primero quemaron sus obras y luego los quemaron a ellos.

Dimitri Písarev

Dmitri Písarev

A Groucho Marx y a Lichtenberg les costaba entender que la gente se compre casi a ciegas un objeto que no es de primera necesidad y en cambio se piense dos veces la compra de un libro, un bien que puede ilustrar al individuo y ayudarle a comprender la realidad y quizá a entenderse algo a sí mismo, despertando su conciencia adormecida por los clichés, los eslóganes, las simplificaciones al uso, las falsedades mil veces repetidas y la propaganda (¿qué no es propaganda en esta sociedad donde se compra y se vende de todo y donde todo vale más de lo que cuesta?). “Lee y conducirás, no leas y serás conducido”, reza un viejo apotegma. Es la eterna lucha de lo concreto y visible contra lo abstracto e invisible, de lo superficial contra lo profundo, de lo inmediato contra lo más lejano, de aquello cuya utilidad salta a la vista contra lo que en principio no se considera útil y se duda si lo será en el futuro.

En un artículo publicado en febrero de 1946 George Orwell se preguntaba por qué estaba tan extendida la idea de que comprar un libro e incluso leer libros es una afición cara fuera del alcance de la gente común. El escritor se molestó en  hacer un inventario de los libros que tenía en su biblioteca y calcular cuánto se había gastado en éstos en los últimos quince años. Comprobó que la cantidad total era inferior a la que destinó durante ese mismo tiempo al consumo de tabaco, un vicio de cuyos peligros para la salud se advertía ya entonces.

George Orwell

George Orwell

Su conclusión fue parecida a la de Groucho Marx: que leer es uno de los pasatiempos más baratos. Pero, además, agregaba que si su consumo se mantenía bajo se debía a que “leer es un pasatiempo menos excitante que ir a las carreras de galgos, al cine o al pub, y no a que los libros, ya sean comprados o prestados, resulten demasiado caros”. En otras palabras, esgrimir el precio de los libros para no comprarlos huele a excusa.

No se trata de un descubrimiento sensacional, pero sí la constatación de un hecho que, al menos en los ambientes en los que se exterioriza respeto por la cultura, se procura a menudo disimular para que no se note, pero que fuera de ellos se manifiesta sin pudor alguno. Mientras la propaganda oficial y extraoficial alaba las bondades de la lectura, en el mundo real se cuestiona el precio de los libros, pero no de otros “pasatiempos” y sucedáneos, por los que se pagan cantidades desorbitadas con los ojos cerrados. A raíz de la reciente crisis económica se ha sabido que los libros, y no los artilugios tecnológicos por ejemplo, fueron los primeros en padecer los recortes en los hogares. Sí, leer es muy recomendable…para los demás.

Las estadísticas apuntan a que casi un cuarenta por ciento de la población no lee un libro al año y que la cifra va en aumento. Al final la difusión de estos datos sólo sirve para que el otro sesenta por ciento que lee alguno se sienta orgulloso de no pertenecer al vergonzante club de los que no leen nada. En cuanto a éstos, es probable que la mayoría ni siquiera tenga noticia de la estadística y piense, por supuesto, que leer está muy bien, de la misma manera que quienes se alimentan de comida basura y nunca hacen ejercicio físico piensan que no hay nada en este mundo como una vida saludable.

 "La lecture" (1870). Museo Calouste Gulbenkian

“La lecture” (1870). Museo Calouste Gulbenkian

Los libros van desapareciendo de las habitaciones de las casas de los jóvenes y no porque sus inquilinos carezcan de recursos para adquirirlos sino porque simplemente no les interesan. Esto tampoco significa que se leyese más en la época en que se compraban por metros cuadrados, para rellenar los huecos del mueble-librería del salón. Parece que entonces exhibirlos en la estancia principal de la casa era, además de una moda, una muestra de respetabilidad cultural. Hoy ese viejo prejuicio ha desaparecido, al igual que los libros en los muebles de la mayoría de las viviendas.

Cualquier ejemplo extraído de la vida cotidiana ilustra la conclusión a la que llegaron Groucho Marx y Orwell. Usted se compra una pieza de ropa en una tienda y la paga sin pesar porque espera lucirla con la expectativa nada desdeñable de que algunas personas admiren su gusto. Pero si compra un libro del que ha oído alabanzas esporádicas o de cuyo contenido usted mismo ha procurado informarse en alguna librería antes de dar el paso de comprarlo, sin incurrir en la gorronería denunciada por Groucho Marx, sabe que, después de pagar un precio por él, tiene que leerlo, no ojear algunas de sus páginas.

Interior de la librería El Ateneo Grand Splendid, en Buenos Aires

Interior de la librería El Ateneo Grand Splendid, en Buenos Aires

Es posible que nada más empezar la lectura se le atraganten las primeras frases -y eso ha ocurrido y ocurre con novelas célebres-, o se atasque en las páginas siguientes. No en todos los libros se entra por la puerta grande ni por el camino llano y recto. O que antes de llegar a la mitad se vea forzado a concluir que no mereció la pena haberlo comprado y, claro, al contrario que un pantalón, ahora no hay manera de devolverlo a la librería y cambiarlo por otro.

Tras leerlo no será fácil que encuentre a una persona a la que expresarle la satisfacción que le ha deparado su lectura. Y si al fin encuentra a alguien, después de contarle maravillas del libro, quizá tenga la sensación de haberle aburrido con su entusiasmo. Los libros no se prestan al lucimiento, como una prenda de vestir e incluso que el relato de un viaje exótico (un viaje normal ya lo hace cualquiera). Para eso están los críticos y reseñadores.

Siendo optimistas, lo más probable es que la lectura del libro le satisfaga, que lo lea con gusto e incluso con deseo. Que cuando tenga que separarse de él para emprender alguna actividad indispensable -acudir a la oficina, ir a comer o a dormir porque mañana hay que madrugar- lo haga con pena. ¿Por qué las horas placenteras correrán tan deprisa? Ojalá fuese así siempre: que la lectura de un libro sea comparable a los momentos deliciosos que hayamos pasado junto a un ser querido.

"El lector" (1874), de Claude Monet

“El lector” (1874), de Claude Monet

Por desgracia, y a tenor de los testimonios que se oyen por ahí, las horas de felicidad que depara la lectura parece que van disminuyendo con la edad. Lectores experimentados reconocen que desde hace años, cuando eran jóvenes, no aciertan con un libro que los mantenga atados a la butaca, desterrados del tiempo, del reloj, del recuerdo de cualquier actividad inmediata y de las obsesiones de turno.

En la fascinación que nos suscita un libro influyen numerosos factores, uno de ellos la inexperiencia. El adanismo del lector principiante lo predispone a una lectura entusiasta de los libros que caen en sus manos, y que, al igual que el primer amor, nunca se olvida. Como es natural, en esa etapa iniciática el nivel de exigencia en casi todos los ámbitos de la vida, entre los que hay que incluir la lectura, suele ser más modesto que cuando se acredita cierto bagaje de conocimientos. A cambio, la curiosidad y el ardor de la entrega casi amorosa se grabarán en la memoria como una experiencia irrepetible cuyo recuerdo nostálgico nos acompañará el resto de nuestra vida.

Las nieves de antaño evocadas por el poeta cuando nevaba de verdad son ahora las lecturas que hicimos en la época en que leíamos con todos los sentidos cualquier fantasía que se nos cruzase en el camino. Son los días de la adolescencia añorados por Proust que pasamos con el libro favorito en la habitación solitaria y silenciosa de la casa. Días plenamente vividos aunque creyésemos que los dejábamos sin vivir.

Marcel Proust a los dieciséis años

Marcel Proust a los dieciséis años

Normalmente leer bien, con la debida atención, y no de cualquier manera, cuesta bastante más que el dinero que se paga por un libro. Algunos autores han advertido de la dificultad que entraña una lectura bien hecha. Uno de ellos, el filósofo Lev Shestov, creía que de cada cien personas que saben leer, noventa y nueve no entienden lo que leen.

En Conversaciones con Goethe, Eckermann relata que en una ocasión, bromeando sobre la dificultad de la lectura y la arrogancia de quienes pretenden leer directamente una obra filosófica sin preparación alguna, el viejo Goethe le dijo que “esa buena gente no tiene ni idea del tiempo y el esfuerzo que le cuesta a uno aprender a leer”. A continuación le reveló que a él le habían hecho falta ochenta años, y ni siquiera en ese momento podía afirmar que hubiera alcanzado su objetivo.

Montaigne se tomaba el asunto con más sosiego. En el ensayo que dedicó a los libros reconoce que si al leer se tropezaba con dificultades no se iba a morder las uñas por ellas. Prefería dejarlas a un lado, después de intentar uno o dos asaltos. “Si me atascaba en ellas. Me perdería yo y perdería el tiempo, pues tengo un espíritu impulsivo”. Lo que no había visto en una primera acometida, lo vería aún menos si se empecinaba en vencerla.

Retrato de Michel de Montaigne, por Daniel Dumonstier

Retrato de Michel de Montaigne, por Daniel Dumonstier

Cuando un libro le resultaba fastidioso, cogía otro. La persistencia y la excesiva concentración le atolondraban el juicio (“me lo mustian y hastían”). Los autores modernos le atraían poco. De éstos, sus libros favoritos eran el Decamerón de Boccaccio, los de Rabelais y los Besos de Juan Segundo. Al contrario que al viejo hidalgo Alonso Quijano y otros muchos lectores coetáneos, nunca le atrajeron los libros de caballerías, ni siquiera en la infancia, y de mayor perdió el interés por el Ariosto y las fantasías de Ovidio.

En los últimos años de su vida admitía que la lectura no es un placer neto ni puro, como tampoco lo son los demás. Aunque se ejercite el alma con los libros, el cuerpo queda a merced de la inactividad, “se postra y deprime”. Tampoco a Goethe le hacían gracia los ratones de biblioteca que se estilaban en la Alemania de su tiempo.

Johann Wolfgang von Goethe

Johann Wolfgang von Goethe

La lectura requiere tanta o más atención que escuchar a una persona. Abre los oídos de la mente, y lo más probable es que los lectores formados en la lectura atenta sean también los más aptos para la escucha. De hecho, leer es una forma de escucha, aunque el único sentido que utilicemos sea el de la vista. Un libro nos habla con todas las palabras escritas en sus páginas. Todas, sin excepción. Quien aprende a leer, aprende también a escuchar con los sentidos despiertos y la memoria vigilante. No vale saltarse una palabra y menos aún una frase, o un capítulo en el que de pronto percibimos un descenso del interés, debilidad que casi siempre achacaremos a la obra y a su autor. “Terminar la lectura de cualquier libro es siempre hazaña”, dice Nicolás Gómez Dávila en uno de sus aforismos.

El proceso de desciframiento de la escritura exige unas condiciones y unos requisitos básicos: soledad, silencio, concentración, una iluminación adecuada y un diccionario a mano, por si acaso. También una implicación del intelecto superior a la demandada por un relato oral, inteligible incluso para un analfabeto. Cuando Don Quijote eligió a Sancho Panza para el oficio de escudero sabía que era un iletrado. Le bastó con que tuviese un oído despierto, aunque a veces no entendiese el significado de algunos términos habituales en el código caballeresco por no haber leído ninguna novela de caballerías.

Don Quijote y Sancho Panza, por Gustave Doré

Don Quijote y Sancho Panza, por Gustave Doré

Al igual que quien escucha a otra persona proyecta toda su atención sobre la voz que le habla y deja de escucharse momentáneamente a sí mismo, el lector se entrega sin condiciones a las palabras y a las frases que lee en las páginas del libro, viendo las imágenes que le ofrecen y compartiendo con los personajes, si se trata de una ficción, sus mismas sensaciones, hasta el punto de aislarlo del mundo exterior. El encuentro con ambientes y sucesos distintos de los que conoce le obliga a desprenderse de prejuicios e ideas preconcebidas.

Sin embargo, salir de uno mismo para adentrarse en una lectura requiere a menudo esfuerzo, sacrificio y renuncia provisional al exigente yo, que no deja de tirarnos de la ropa para que volvamos a él, como el lector comprueba al toparse con una idea en la página del libro que está leyendo y en la que repentinamente descubre una íntima asociación con su propia experiencia o con algún recuerdo. Fernando Pessoa confesaba que nunca pudo leer un libro con una entrega absoluta. Siempre, a cada paso, el comentario de la inteligencia o de la imaginación entorpecía la secuencia de la propia narración, por lo que, al cabo de unos minutos, el que escribía era él.

Fernando Pessoa

Fernando Pessoa

El único criterio válido para una lectura de calidad es la atención y a veces algo de paciencia. Leer tiene que ser algo más que un hábito y una costumbre. No por habituarse a la lectura se lee mejor. Incluso puede surtir un efecto opuesto. Leer como de costumbre resulta contraproducente cuando la costumbre es, por ejemplo, la lectura superficial, interrumpida y a trompicones. El hábito está asociado a la cantidad y aquí al menos ésta no sirve de nada. La lectura masiva e indiscriminada nunca será un indicio de calidad. Simplemente se lee más deprisa. No se dialoga con un libro que se devora.

Si escribir resulta difícil para las personas que escriben, dudo que leer sea más fácil para quienes leen habitualmente. En primer lugar, no leemos todos los libros de la misma manera. La diferencia comienza por la diversidad de géneros. No se lee igual la prosa que la poesía, la novela que un ensayo, un diario o un libro de aforismos, o que una obra teatral o un epistolario. Otro tanto sucede con los autores.

Un libro es único, pero sus lectores son variados, como variadas serán las lecturas que hagan de él. No se puede esperar que tenga un mismo tipo de lector, excepto cuando carece de personalidad y atrae al lector adocenado que, como los borrachos, lee para olvidar lo leído y engancha un libro tras otro, en una interminable sesión continua. Este prototipo de lector superficial, que sólo busca la intriga en la novela -único género literario que frecuenta- ignora el placer y las ventajas de la relectura. Para él cada libro acaba de una vez por todas. Si te he visto no me acuerdo.

Lectores en el vagón del Metro

Lectores en el vagón del Metro

De vuelta al ejemplo de la prenda de vestir, un pantalón que compramos con gusto no se luce sólo el primer día sino tantas veces como queramos, hasta que nos aburramos de él o hasta que se estropee. En cambio, la relectura de libros que la merezcan -y en verdad son muchos más de los que creemos- no suele ser lo habitual. Si la idea de la relectura, y no la del consumo de páginas, calase entre el público lector quizá no se pensara tanto en el precio de los libros a la hora de comprarlos.

Porque algunas obras literarias, sean del género que sean, pueden convertirse en amigos de por vida, de esos que nunca fallan, que nos acompañarán durante largas temporadas, de modo que cada vez que las abramos por cualquier página descubriremos en ellas detalles que se nos escaparon en la lectura anterior, nuevos matices que ahora captamos mejor al acompasarlos con la experiencia adquirida desde la última lectura. Canetti pensaba que la auténtica vida del espíritu consiste en releer. Poco tiempo antes de su muerte a los 89 años confesó en uno de sus apuntes que en la relectura “te subyugan libros que tienes en tu casa desde hace cincuenta años”.

Cesare Pavese

Cesare Pavese

En sus reflexiones acerca de la dificultad de leer, Cesare Pavese comentó que quien anhela acceder al mundo de la fantasía y del pensamiento suele carecer de las ventajas del estudioso: tiempo, medios y fuerzas para leer y el alfabeto de todo lenguaje. Además, no se mueve ágilmente en el mundo del conocimiento y del gusto, y “lo que es peor, ha sido descarriado por falta de preparación o por la propaganda que bloquea y desfigura los valores”. En cambio, el estudioso a  menudo “carece de alma y está acorazado y endurecido por el egoísmo de la casta”.

Pocos se percatan de  la necesidad de tener cierto bagaje técnico para aproximarse a una novela, una poesía o un ensayo, que no encontrarán en ningún manual. Pavese criticaba la idea de que un relato o una poesía, por el hecho de no dirigirse al contable o al especialista, sino al hombre que hay en todos ellos, sea naturalmente asequible para la ordinaria atención humana. Recordaba que para comprender las novelas es necesario situarse en la época y, por tanto, aprender los lenguajes de éstas.

También Virginia Woolf opinaba que leer una novela es un arte difícil y complejo. “Debemos estar dotados no sólo de una percepción aguda, sino de una imaginación audaz si vamos a hacer uso de todo lo que el novelista -el gran artista- nos dé”.

virginia-woolf1939

Virginia Woolf

Groucho Marx decía que la televisión era uno de los obstáculos que impedían el lanzamiento de una obra maestra de la literatura. Casi cuarenta años después de su muerte los obstáculos relacionados con la pantalla –sí, porque con ella empezó todo- se han multiplicado, alcanzando un sorprendente grado de refinamiento.

Antes de la propagación de Internet y de los múltiples dispositivos electrónicos con pantalla que manejan diariamente millones de personas en todo el mundo, George Steiner vaticinaba que la dificultad para entender textos considerados clásicos haría que éstos quedasen reservados “a los afortunados monjes que sepan leerlos y apreciarlos entre sí, casas de lectura o seminarios de letrados, como lo que sucedió en el siglo VI y el Renacimiento, cuando sólo los grandes maestros leían a Horacio, Cicerón, Tito Livio o Plauto”. A fin de combatir la dificultad de los lectores para entender los libros que no fuesen de autoayuda sugería la creación de casas de lectura, donde se pueda aprender a leer algo distinto de un mensaje televisivo o un periódico.

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3 comentarios leave one →
  1. noviembre 22, 2016 11:06 pm

    Reblogueó esto en Espacio de Juan.

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    noviembre 28, 2016 2:01 pm

    Interesantes reflexiones acerca de la lectura y de todo lo que gira en torno a ella. Yo creo , de todas formas, que el que no está acostumbrado a leer, es decir, que no tiene curiosidad cultural, es difícl que la adquiera. Le lector nace, difícilmente se hace. Y cuando se posee la afición a la lectura, dura toda la vida.

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  1. ¿Por qué la gente prefiere gastarse el dinero en un par de pantalones y no en un libro? – Cambio de tercio

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