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Se acabó la paciencia: adiós a los libros de quinientas páginas

noviembre 8, 2016

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince ha confesado que ya no tiene paciencia para leer o escribir obras de quinientas páginas. Ese “ya” denota una fatiga que probablemente venga dada por una larga experiencia con la lectura y la escritura. Sí, a veces la experiencia limita, contiene, modera. La desmesura suele estar ligada a la inexperiencia.

Como a Héctor Abad les sucede a otros lectores y autores que superan la barrera de los cincuenta años de edad. Ha llegado el momento de seleccionar, de limitar y, por tanto, de excluir. La vida es corta y la lectura larga. ¡No somos máquinas de leer! Y en las estanterías nos aguardan los libros que leímos hace años y a los que les prometimos con la boca pequeña releerlos en un futuro indeterminado, y también aquellos otros que adquirimos con la idea de leerlos pronto, pero que, por algún motivo, hemos relegado al olvido, permitiendo que el polvo cubra sus páginas inmaculadas.

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Héctor Abad Faciolince

A la inflacionaria oferta de libros editados en papel se suma la cantidad de textos que se expande por Internet, al calor de la autopublicación y al margen de los filtros selectivos que normalmente rigen en la edición impresa. Ante lo ilimitado de la oferta, el lector tiene que ceñirse a un estricto orden de prioridades, además de elegir con criterio y desconfiar de las modas.

Cuántos libros hay en las bibliotecas domésticas que sus dueños compraron, y quizá hasta se leyeron, al dictado de la moda y que al cabo de los años no hacen más que estorbar. Si Sócrates entrase en una de nuestras librerías atestadas de volúmenes seguro que diría lo mismo que le dijo en una ocasión a uno de los discípulos con el que paseaba por una calle de Atenas en la que se vendían todo tipo de objetos:

“No sabía que existieran tantas cosas que no necesito para nada”.

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Escultura de Sócrates, obra de arte romana del siglo I d. C.

El inconveniente de la decisión de no leer libros voluminosos es que nos perdamos algunos que quizá nos gustasen de veras si los leyésemos sin esa limitación. A fin de evitar semejante extremo, aquellos que sigan el ejemplo de Héctor Abad podrían establecer una cláusula que les permita desobedecer su propia orden cuando sientan curiosidad por algún mamotreto. Como no están obligados a nada, pueden abandonar la lectura en la página que quieran. Pero al menos no serán esclavos de su decisión. La curiosidad es demasiado valiosa como para amurallarla, limitar sus movimientos o privarla de alimento.

Dudo que resulte conveniente recurrir a la santa virtud de la paciencia para leer un libro, tenga las páginas que tenga. Una cuestión diferente es el hecho inevitable de que la lectura de un libro voluminoso nos lleve varias jornadas. Qué se la va a hacer. La otra alternativa es la práctica caníbal de devorar los libros leyéndolos en diagonal.

Como las tecnologías de la comunicación (y a menudo de la incomunicación y el aislamiento) avanzan que es una barbaridad, ya se han inventado aplicaciones para que los lectores de un texto largo, e incluso de un libro, no pierdan el tiempo leyéndolo y crean que con unas cuantas dosis de palabras extraídas del texto se enterarán de su contenido. Son lectores que sólo leen para llegar cuanto antes a la última página del libro, obtener algo parecido a la satisfacción de haber leído “otro” libro más y olvidarlo inmediatamente. Se trata de una lectura autodestructiva que aspira antes a devorar las páginas que a saborearlas. No sólo no sirve para nada sino que supone una pérdida de tiempo.

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Lectores en el Metro de Nueva York

A cuántas cosas puede uno dedicarse en lugar de leer un libro al parecer estimulado por el deseo de terminarlo en el menor tiempo posible, pero no porque se espere con impaciencia el desenlace del argumento, como sucede con las novelas de intriga, sino por el estúpido prurito de que una vez leído se tenga la gratificante sensación de haber cumplido algo así como un deber intelectual.

Por lo visto una de estas aplicaciones permite leer la Biblia en trece horas exactas, ni un minuto más. La intención de sus inventores es extenderla a las obras literarias, o sea, elevarla a la categoría de plaga bíblica. En fin, se trata de otro método ideado más que para pervertir el hábito lector, sencillamente para erradicarlo. Si Ray Bradbury levantase la cabeza…

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Ray Bradbury

Héctor Abad justifica su gusto por la contención lectora con el argumento de que el viejo “tiempo del libro” en el que creció “ha sido confinado a pocas horas del día o la noche” y que la mayor parte de la lectura ahora es “breve y frenética”: la revolución digital e Internet han cambiado sus hábitos de lectura y escritura. Esta reflexión no proviene de un lector común, sino de un profesional que hasta la era de Internet leyó muchos libros y seguramente algunos de quinientas o más páginas.

El tiempo del libro y para el libro se reduce a pasos agigantados. Ahora tiene que enfrentarse a competidores muy distintos de los tradicionales, que le hurtan el tiempo y la concentración que se le dedicaba antes de que irrumpieran en el escenario. La lectura de un libro, tanto da el número de páginas que tenga, exige continuidad y dedicación. El maestro George Steiner sostiene que el tiempo mínimo de lectura ininterrumpida de una obra tendría que rondar las tres horas. ¿De dónde sacar esas horas seguidas para leer en una época en la que el tiempo de ocio está repleto de ofertas, a cuál de ellas más tentadora?

Hoy las pantallas e Internet se han convertido en una de las ofertas que atrae a más público no sólo en las horas de ocio sino a todas horas, incluyendo las destinadas a la actividad laboral ordinaria. Aparentemente, la confabulación tecnológica está a punto de infligir una derrota casi definitiva al temido aburrimiento que tanto atormentó en el pasado a cientos de generaciones de ociosos.

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George Steiner

Ya no hay manera de aburrirse o, en otros términos, nunca fue tan fácil como ahora matar el tiempo, gracias a los portentosos juguetitos con pantalla. La dispersión mental y la dependencia de las “reacciones” a los mensajes telegráficos que se envían a otras personas a través de los distintos sistemas de comunicación virtual, la excitación que esto produce en algunos, impide no ya aburrirse sino ahondar en algo que tenga unos milímetros, no mucho más, de profundidad intelectual.

La masificación y la prisa que embrutecen nuestros hábitos en la vida cotidiana amenazan con infiltrarse también en la lectura de libros, tan contraria por su idiosincrasia a esas dos tendencias. De este modo la lectura espasmódica, a ratos perdidos, entre estación y estación de Metro, sustituye a la lectura sosegada, en el rincón favorito de la casa, de textos largos, de historias y argumentos exhaustivos y detallados.

En cuanto empieza a leer algo, independientemente del medio en el que esté publicado -un libro, un artículo, esta misma entrada del blog-, el gusano de la prisa apremia al lector en busca del final, de la conclusión, aunque para ello tenga que saltarse párrafos y hacerse trampas. Todo lo contrario de “une lectura bien-faite, une lecture honnête», postulada por Charles Péguy. Era muy difícil que la lectura se librase de la superficialidad característica de la sociedad líquida, en la que la obsolescencia de casi todo impide que nada dure y menos aún que abrigue alguna expectativa de perdurar.

La lectora

“La lectora”, de Henri Fantin-Latour

Como dice el escritor colombiano, el fenecido “tiempo del libro” se rige también por un modelo de tiempo radicalmente distinto del que gobierna en las actividades prácticas. Es un tiempo que discurre al margen de la tiránica contabilidad del reloj, ajeno a las interrupciones y a la dispersión propiciada por el uso de las pantallas. Un tiempo en reposo, felizmente desconectado de la multitudinaria maquinaria que nos envuelve. En uno de sus aforismos Elias Canetti anotó que si leer mientras se oye el tic-tac del reloj es una lectura responsable, con todos los relojes parados es una lectura feliz. Sin paciencia ni impaciencia.

De todos modos, el declive del viejo y entrañable hábito lector no data de esta época. Nada menos que hace un siglo, en 1916, Paul Valéry observó que el lector de calidad, que lee “con sutileza, con lentitud, con tiempo e ingenuidad armada”, estaba en trance de desaparición. A principios de los años cuarenta Jean Cocteau daba por muerta la lectura entendida como una actividad artesana –la misma que crea el lujo- como resultado del culto moderno a la velocidad. “Vamos con prisa. Nos saltamos líneas. Vamos a ver cómo termina una historia”.

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Jean Cocteau (1889-1963)

La edad de oro de la novela, el siglo XIX, fue la de las grandes historias destinadas a lectores que disponían de tiempo y que disfrutaban de las condiciones ambientales adecuadas. La prensa escrita (no había otra) era el único competidor que, no obstante, ocasionalmente desempeñaba el papel de aliado útil, puesto que muchas de las grandes novelas se publicaban por entregas en los folletones de los propios periódicos antes de que se editasen en libro.

El hogar burgués, en el que la mujer no trabajaba fuera de casa, se prestaba al cultivo de la lectura de obras voluminosas. El objetivo era que durante varias jornadas el lector permaneciera enganchado a una historia, de la que a menudo se prometía una segunda parte. La comedia humana, de Balzac, y Los Rougon-Macquart, de Zola, inspirada en la anterior, fueron exponentes del exitoso ciclo novelístico o novela río que mantiene la unidad de la historia al relatar la vida de los personajes principales a lo largo de varias décadas y en sucesivos volúmenes.

Todo eso cambió después de la Primera Guerra Mundial, coincidiendo con la crisis de la estabilidad burguesa y del régimen político que la hacía posible. En ese periodo el ritmo del tiempo en las sociedades urbanas experimentó un aceleramiento como no se conocía desde la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas. El fuerte impulso en las comunicaciones y en la tecnología intensificó en un grado hasta entonces insólito la movilidad de las personas en un mundo cada vez más masificado.

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Edición reciente publicada por Hermida Editores de uno de los volúmenes de “La comedia humana”, de Balzac

Estos cambios trajeron beneficios prácticos y los inevitables inconvenientes, pero también produjo damnificados. Uno de ellos fue el lector de calidad y la lectura bien hecha. La disposición temporal que permitió la existencia de ambos en el pasado se contrajo peligrosamente. Al asociar la decadencia del hábito lector con la prisa, las observaciones de Valéry y de Cocteau se revelaron acertadas.

La nueva manera de leer repercutió también en las formas de creación literaria. La novela decimonónica, como se empezó a tacharla desde entonces, desapareció de la oferta editorial, siendo desbancada por obras fragmentarias y de construcción más liviana. El narrador omnisciente fue reemplazado en muchos casos por un personaje que en un tono confesional y en un estilo impresionista relataba en primera persona sus vivencias cotidianas y aparentemente triviales, e incluso por el monólogo interior, en el que el personaje principal se dejaba llevar por la corriente de sus pensamientos inmediatos.

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Paul Valéry

Habría que preguntarse hasta qué punto los cambios en el hábito lector derivado de las condiciones ambientales influyen en la escritura y publicación de los libros. Después de todo, los escritores, como los artistas en general, comparten con el público las mismas costumbres, viven y trabajan en una sociedad y en un tiempo común. Escriben para sus contemporáneos, aunque  algunos sean más leídos y mejor comprendidos por las generaciones futuras.

Es posible que a día de hoy sobrevivan algunos ejemplares del lector ideal tal como lo definió Valéry hace un siglo, pero habrá que reconocer que su salud deja mucho que desear y que, siendo mínimamente realistas, las perspectivas tampoco son halagüeñas. Y ya que hablamos de la salud quebradiza del lector, no está de más que nos interesemos también por la de quienes escriben para él.

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6 comentarios leave one →
  1. noviembre 8, 2016 4:47 pm

    Hola Jaime,

    Voy a infestar, como siempre, los comentarios de tu entrada con citas. Primero una reflexión de Modiano que se parece mucho al cierre de tu artículo:

    “A veces un escritor puede ser un completo prisionero de su tiempo. La lectura de los grandes novelistas del siglo XIX -Balzac, Dickens, Tolstoi, Dostoievski- inspira cierta nostalgia. En esa época, el tiempo transcurría de forma más lenta, y esta lentitud concedía al novelista el poder enfocar mejor su energía y su atención. Desde entonces, el tiempo se ha acelerado y avanza dando tumbos y sufriendo jalones, lo que explica la diferencia entre la gran masa del pasado romántico, con sus catedrales y sus arquitecturas, y los trabajos discontinuos y fragmentados de la actualidad. En esta perspectiva, yo pertenezco a una generación intermedia. Siento curiosidad por saber cómo la próxima generación, que nació con Internet, teléfonos celulares, correos electrónicos y tweets, expresará la literatura… esta generación en la que todo el mundo está “conectado” permanentemente y donde las “redes sociales” comienzan por la privacidad y el secreto -que antaño se conservaba como algo preciado, daba profundidad a la gente y podía ser un gran tema romántico-. Pero quiero ser optimista sobre el futuro de la literatura y estoy convencido de que los escritores del futuro se harán cargo, al igual que todas las generaciones desde Homero…”

    Por otro lado Ricardo Piglia que siempre defiende una velocidad de lectura inalterable:

    “Vivimos un momento histórico en el que circulación de la información es muy rápida. Pero esta circulación vertiginosa está en conflicto con la velocidad de la lectura, que sigue siendo la misma que antes. Es decir, leemos a la misma velocidad que en los tiempos de Aristóteles. No hay un dispositivo ni chip que nos haga leer más rápido, el tiempo que impone la lectura es exactamente el mismo que hace cientos de años. Por eso podemos pensar que la relación entre la temporalidad y el lenguaje encuentra su espacio pleno en el momento de la lectura””

    Un abrazo Jaime y gracias por el artículo. He conseguido leerlo de principio a fin.

    • noviembre 9, 2016 11:10 am

      Muchas gracias, Kim, por las citas tan oportunas de Modiano y Piglia. Dan que pensar. Y por haber leído la entrada hasta el final. Un abrazo

  2. noviembre 8, 2016 7:28 pm

    Pues debe ser que me estoy acercando a los cincuenta que son pocos los libros que me resultan interesantes y ya pocos los que me tientan. Pocas las historias que me arrebatan el alma o me sorprenden. Cada vez me inclino más por los ensayos, pero poco lo que es capaz de absorver mi débil memoria tras el exceso de información y una curiosad infatigable. En el último tiempo mis deseos se inclinan por retomar los estudios universitarios; sobre todo por un tema de filtrar lo útil de lo inútil. Me apabullan las redes. No comprendo el deseo multitudinario de querer ser conocido pero sin reconocer al otro. El cambio continuo de fotos de perfil, desde todos los ángulos posibles. “Todo te lo muestro”. El misterio ha perdido su valor. El interés surge cuando queda algo por conocer. Ya no hay nada para rasgar tras la superficie del otro: todo se ve, todo se cuenta, todo se comparte. Y me ocurre con las historias también: me cuentan demasiado. Nos subestiman. El mundo se contrae cuando hay exceso y no lo contrario. El cerebro se ensancha cuando se le exige. El mundo se vuelve un poco más inhóspito cuando me bombardean las neuronas con la cultura de la incultura. Y así voy.

    • noviembre 9, 2016 11:14 am

      Muchas gracias por tu comentario, Maia. Me quedo con estas frases: “El misterio ha perdido su valor. El interés surge cuando queda algo por conocer. Ya no hay nada para rasgar tras la superficie del otro: todo se ve, todo se cuenta, todo se comparte”. Me han recordado a la reflexión de Modiano, reproducida en el comentario de Kim (responsable del blog literario “Calle del Orco”), acerca del valor del secreto “que antaño se conservaba como algo preciado, daba profundidad a la gente y podía ser un gran tema romántico”. Un abrazo

  3. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    noviembre 8, 2016 10:19 pm

    Yo creo que la extensión de la obra nada tiene que ver son su calidad literaria. Para ejemplo, El Quijote. A este respecto, recuerdo a un crítico literario de una importante editorial madrieña que aconsejaba publicar o no una obra leyendo solo las 20 primeras páginas del original. Decía que “para saborear una tarta no era necesario comérsela toda”. Y así le iba a la editorial…

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