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Un periodista sincero acusa a Elena Ferrante de contar patrañas

octubre 25, 2016

La publicación de la nueva edición en inglés de La frantumaglia, firmada por la novelista italiana Elena Ferrante, se produce poco tiempo después de que un periodista proclamara urbi et orbi que detrás de ese nombre se esconde la escritora Anita Raja. Sólo a raíz del éxito alcanzado tras la publicación de la saga napolitana Dos amigas, compuesta por cuatro novelas traducidas a más de treinta lenguas, se disparó la curiosidad por conocer la verdadera identidad de una autora que desde hace veinte años viene publicando sus novelas con ese pseudónimo.

La frantumaglia es una recopilación de cartas, entrevistas y escritos autobiográficos publicada por primera vez en 2003. Pero ¿por qué ese título intraducible? Según la versión de Elena Ferrante, su madre utilizaba la palabra frantumaglia cuando se sentía poseída por un revoltijo de emociones contradictorias y tenía la sensación de perder todo lo que hasta ese momento parecía firme, estable, duradero y certero: imágenes, palabras, lugares y fragmentos de memoria de origen dudoso que todavía no pueden convertirse en relato y que, por tanto, se hallan en la antesala del lenguaje.

Cubierta de una edición de "Frantumaglia"

Cubierta de una edición en inglés de “La frantumaglia”

El libro nació por iniciativa de Sandra Ozzola, la copropietaria de la editorial en la que publica sus novelas. En una carta abierta le sugirió a la escritora que respondiera a la curiosidad de los lectores, más allá de las entrevistas de prensa, “no sólo para aplacar a aquellos que se pierden en las hipótesis más descabelladas sobre tu identidad real, sino también por un deseo saludable de tus lectores de conocerte mejor”.

Al hablar en La frantumaglia de sí misma, de su vida y de su pasado, deja de ser el simple pseudónimo de Anita Raja para transformarse en su heterónimo: la escritora Elena Ferrante, autora de varias novelas y también de este libro de título tan hermoso como sugerente. En la obra cuenta que tiene tres hermanas y que vivió en Nápoles hasta que se escapó de la casa familiar, donde su madre, costurera de profesión, solía expresarse en dialecto. También confiesa que odia las mentiras, pero que recurre a ellas cuando se trata de proteger su persona, y que la invisibilidad “es un magnífico aliado para observar el mundo sin que nadie te moleste”.

Sandro Ferri y Sandra Ozzola, editores de la obra de Elena Ferrante

Sandro Ferri y Sandra Ozzola, editores de la obra de Elena Ferrante

Por lo visto fue la publicación de La frantumaglia lo que llevó al periodista que ha desvelado la identidad real de Elena Ferrante a investigar el asunto con celo más policíaco que periodístico. El argumento esgrimido para justificar su afán de sabueso de la verdad es que en este libro parcialmente autobiográfico ninguno de los detalles que aporta “se corresponden con la vida y los antecedentes de Anita Raja”.

Emulando el entusiasmo del monje Savonarola, el periodista declaró que “si no hubiese habido una mentira, mi instinto para el periodismo de investigación no se habría activado”. Había mentira porque, según insinúa en su justificación, bajo la idea de ocultar el nombre real de la autora de las novelas subyacen intereses claramente publicitarios que forman parte de la estrategia de mercado urdida por los editores, con la probable connivencia de la novelista.

El objetivo de esta especie de farsa habría sido atraer la atención de los lectores para incrementar las ventas de los libros que, a la vista de los resultados, han enriquecido a sus beneficiarios, como el propio periodista comprobó al husmear en las cuentas corrientes de ambos. En otras palabras, que las ganancias obtenidas provenían de una mentira calculada. Habían engañado a millones lectores inocentones, en nombre de los cuales él se erigía en ferviente e imparcial abogado defensor. Y desinteresado, por supuesto, no como los editores (y probablemente la novelista), a quienes él ha desenmascarado revelando las tretas con las que han vendido millones de ejemplares de las novelas de Anita Raja.

Cubierta de otra edición de "Frantumaglia"

Cubierta de otra edición de “La frantumaglia”

Para redondear su declaración de intenciones soltó una frase lapidaria con la misma solemnidad que hubiera empleado en una situación idéntica el farmacéutico de Madame Bovary, Monsieur Homais, otro defensor entusiasta de los hechos. “Yo no arruiné ningún misterio, arruiné una mentira”. ¿Qué mentira?, se preguntará el lector que ha entendido que los textos autobiográficos de La frantumaglia fueron escritos por el heterónimo Elena Ferrante, no por su creadora, Anita Raja, y que, por tanto, no es ésta la que habla sino la otra, la que firma sus novelas con ese nombre. Pero lo que el periodista perseguía con tanto celo era contar al mundo el supuesto secreto que Anita Raja, por boca de Elena Ferrante, no había revelado y que él se jactaba de haber descubierto: “la complicada historia familiar de la autora”.

Como también necesitaba justificar este otro fisgoneo en la vida privada de una persona, alegaba que “conocer el pasado de un artista ensalza la comprensión de su trabajo, si no el trabajo en sí mismo”. Poco conforme con el papel estelar de sabueso de la verdad, se atrevía a impartir toda una lección de arte recurriendo a una vieja paparrucha: que se comprende mejor una obra artística si se conoce el pasado del artista, con lo cual se sobreentiende que éste se limita a reproducir en ella -en las páginas de sus novelas- todas y cada una de sus vivencias, como si se tratase de una autobiografía.

Cubierta de la edición italiana de "La frantumaglia"

Edición italiana de “La frantumaglia”

Ante semejante descubrimiento carecía de sentido aceptar la supuesta farsa urdida por los editores y Anita Raja -que ésta y Elena Ferrante son dos personas distintas- para embaucar a los lectores. Él no estaba dispuesto a entrar por ese aro. Así que sentenció que Elena Ferrante es el pseudónimo tras el cual se esconde Anita Raja, no su heterónimo, como ella pretende hacer creer quién sabe si para ocultar episodios de su pasado, como esa “historia familiar complicada” descubierta por su instinto de sabueso de la verdad. Ahora ningún lector se creerá el cuento insulso, disimulado bajo la identidad de Elena Ferrante, de que su madre era una costurera napolitana, madre de tres hijas, etc.

La “historia familiar complicada” a la que se refería el periodista es que, al contrario que Elena Ferrante, Anita Raja es hija de un magistrado y de Golda Frieda Petzenbaum, una maestra nacida en 1927 en Worms, Alemania, en una familia de judíos que emigraron de la ciudad polaca de Wadowice, cerca de Cracovia y a unos kilómetros de Auschwitz. Ante el acoso a los judíos por el régimen nazi y las constantes amenazas de Hitler, la familia huyó en 1937 a Italia, instalándose en Milán. También allí sufrió el antisemitismo del régimen fascista, sobre todo a raíz de la promulgación de las leyes raciales de 1938. Después de una huida peligrosa a Suiza, la familia fue a parar a varios campos de refugiados.

La mayor parte de los parientes de Golda fueron asesinados en los campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. Después de la contienda, los Petzenbaum se establecieron en Nápoles, donde Golda se casó con un juez napolitano, Renato Raja. Ejerció de profesora de alemán y publicó manuales de gramática alemana. Murió en 1986. Además, el periodista descubrió que Anita Raja tampoco tiene hermanas, como dice en La frantumaglia, sino sólo un hermano más joven, y aunque nació en Nápoles, se mudó a Roma con su familia a los tres años y allí ha vivido desde entonces.

Anita Raja

Anita Raja

El “caso Elena Ferrante” escenifica el conflicto larvado que parece dirimirse entre quienes piensan que al público le interesa más el relato periodístico de hechos verdaderos y noticiables -ya saben, aquello de “un hombre muerde a un perro”-, que el imaginativo juego de la ficción que puedan ofrecerle los novelistas o creadores de “realidades paralelas”. Sin embargo, no suelen ser estos últimos quienes provocan esa especie de guerra por atraer audiencias, sino la otra parte, que, como se ha visto en este asunto, se siente celosa de los éxitos que cosecha su adversaria con el uso excéntrico que hace de la realidad. Y es que su ambición carece de límites, como si no fueran suficientes los formidables canales de información de que dispone y a través de los cuales segrega cantidades industriales de información destinadas a una audiencia masiva.

Ahora se comprende mejor el concepto de “lepra celosa” que Flaubert empleó para referirse a los periodistas que la padecen y que, además, son incapaces de disimularla. La lepra es una enfermedad altamente contagiosa y los celos que el escritor atribuía a la profesión periodística se explican por su impotencia para estar a la altura de las obras literarias que comentan en la prensa. “Se hace crítica cuando no se es capaz de hacer arte”, añadía en su comentario.

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert

Por lo que respecta al “caso Ferrante”, el periodista que lo ha promovido ni siquiera se ha molestado en criticar la obra, de la que confiesa sentirse admirador, como sus millones de lectores, sí, los mismos que se creen las mentiras de Elena Ferrante-AnitaRaja que él se ha encargado de desenmascarar. Pero ha hecho algo peor que eso: “periodismo de investigación”, un término que, aplicado a un asunto estrictamente literario, resulta cuando menos pomposo y fuera de lugar. Ni sus sensacionales descubrimientos ni la repercusión internacional que tuvieron pueden disimular su irrelevancia desde el punto de vista literario, que es el que al fin y al cabo interesa a los lectores de las novelas firmadas por Elena Ferrante, aunque el periodista no lo crea así.

Si bien se mira, el periodismo de investigación y la ficción literaria persiguen despertar el interés de los lectores, pero por derroteros opuestos. Aquél desea estimular la curiosidad y la avidez de novedades, hurgando en hechos de los que se espera que sorprendan a la audiencia. La ficción literaria aspira a remover la imaginación de los lectores, a sacarlos de aquí, como decía Pessoa. La curiosidad se agota y extingue con la simple satisfacción; la imaginación ensancha el horizonte vital de quien se deja llevar por ella.

¿Qué mejor sorpresa que desenmascarar a la misteriosa novelista de éxito que se escondía detrás del célebre pseudónimo de Elena Ferrante, olisqueando los movimientos de sus cuentas bancarias, algo más bien sucio y reprochable –ay, los gajes del oficio-, pero, al mismo tiempo, ofreciendo al público la “historia familiar  complicada” que a cualquier periodista le hubiese encantado descubrir y vender? No importa que la historia ni siquiera pertenezca a la vida de Anita Raja sino a la de su difunta madre y su familia, cuando la mujer estaba soltera y aún no era madre de la novelista. Todavía importa menos que se exponga al público un doloroso recuerdo personal que Anita Raja, como cualquier persona, está en su derecho de reservarse.

Edición española de "Las deudas del cuerpo", tercera de las cuatro novelas que componen la saga de Elena Ferrante "Dos amigas"

Edición española de “Las deudas del cuerpo”, tercera de las cuatro novelas que componen la saga de Elena Ferrante “Dos amigas”

Pero el sabueso de la verdad insiste: el éxito de sus novelas la ha convertido en una persona pública, transparente como las televisivas casas de cristal, de la que el público tiene que saber toda la verdad, y por tanto, en objeto de la curiosidad ociosa. Esta clase de curiosidad –opuesta a la curiosidad intelectual- tiende a incidir más en el quién que en el qué o en sus motivaciones. Buena prueba de ello es el éxito hasta no hace mucho de la corriente historiográfica basada en el protagonismo de determinados individuos y de las biografías de “hombres ilustres” o “grandes hombres”.

En la sociedad del espectáculo la curiosidad ociosa se orienta principalmente hacia las vidas de famosos y celebridades, entre las cuales ocupan un lugar destacado los artistas también relacionados con el mundo del espectáculo. Hoy día un escritor se hará famoso más por su matrimonio con una celebridad espectacular que por sus obras.

De todos modos, como observó Auden, mientras que en el caso de un gobernante o un estadista el hombre es idéntico a su biografía, en el de un creador la historia de su vida y la historia de sus obras son muy distintas. En su búsqueda de la verdad, el historiador

“tiene plena justificación para indagar en la vida privada de un hombre de acción, siempre que tales descubrimientos arrojen nueva luz sobre la historia de su época y en cuya configuración él tuvo arte y parte, aun cuando la víctima prefiriese que sus secretos no llegaran a divulgarse”.

W.H. Auden

W.H. Auden

Pero en el caso de un artista, la biografía, siempre que tenga algún interés, es permisible “cuando el biógrafo y sus lectores comprendan que tal relación de los hechos no habrá de proyectar ninguna luz sobre la obra del artista”, puesto que toda obra de arte se revela por sí sola y nunca en su totalidad por más que se escudriñe en ella. Auden aseguraba que los artistas genuinos prefieren que no se escriba su biografía sino que se lean sus escritos, que se los estudie “con tanta atención como para detectar las erratas que se hayan podido colar” y con la suficiente paciencia e inteligencia como para extraer del texto “el mayor sentido que sea humanamente posible”. Más todavía, añadía Auden, los artistas genuinos no sólo prefieren carecer de biografía escrita sino que sus escritos se publiquen bajo el más estricto anonimato, algo que Anita Raja suscribe al mostrar su debilidad por los libros antiguos y modernos “que, sin un autor certero, tienen una vida propia intensa y continua”.

“Son como un milagro nocturno, como los regalos de la Befana que esperaba cuando era niña –decía en una entrevista por escrito– Los verdaderos milagros son aquellos cuyos hacedores no se conocen. Creo que los libros, una vez que ya fueron escritos, no tienen ninguna necesidad de los autores. Si tienen algo para decir, los lectores lo encontrarán tarde o temprano”.

Algo fundamental que el periodista que hurgó en la vida de Anita Raja parece no haber entendido es que si ésta no hizo público la referida “complicada historia familiar” fue simplemente porque no encajaba en su proyecto artístico y porque, mira por dónde y aunque al sabueso de la verdad se empeñe en demostrar lo contrario, la vida de Elena Ferrante no es la de su creadora.

Tarjeta de felicitación con la figura de la Befana, perteneciente al folclore italiano y que se asocia a la festividad de Epifanía

Tarjeta de felicitación con la figura de la Befana, perteneciente al folclore italiano y que se asocia a la festividad de Epifanía

Anticipándose a la revelación de las investigaciones del periodista, Anita Raja, por boca de Elena Ferrante, decía en otra entrevista que la verdad literaria “no es la verdad del biógrafo o del reportero, no es un informe policial o una sentencia judicial”; tampoco “la posibilidad de una narrativa bien construida”, sino “un asunto enteramente del lenguaje y es directamente proporcional a la energía que uno puede imprimirle a una frase”, por lo que cuando funciona

“no hay estereotipo o cliché de la literatura popular que resista. Todo se reanima, los temas reviven, todo, de acuerdo a sus necesidades”.

¿Qué demonios pinta el periodismo de investigación en una ficción literaria? Esclavo de la realidad, a la que sirve besándole incluso sus pies asquerosos, el periodista va en pos de hechos medibles y verificables que considera de interés general para el público destinatario de sus informaciones. El artista, por el contrario, no sólo no está al servicio de la realidad sino que hace con ella lo que le da la gana con tal de acomodarla a sus conveniencias. La moral pública esgrimida por los sabuesos de la verdad le trae sin cuidado. Su principal material de trabajo es la mentira, la enemiga número uno de los buscadores de hechos reales y fidedignos, los notarios de la realidad, como se los llamaba antiguamente.

Por eso los novelistas sólo cuentan patrañas, una palabra con la que, según el Diccionario de la RAE, se designa a un “relato breve de carácter novelesco” y de la que, por cierto, deriva  El Patrañuelo, la serie de cuentos cortos de Juan de Timoneda, publicado en Valencia en 1567. Si se mira desde este punto de vista, el periodista tampoco anda tan descaminado.

Reproducción digital de la edición de Valencia, en casa de Ioan Mey, 1567, de la primera parte de "El Patrañuelo"

Reproducción digital de la edición de Valencia, en casa de Ioan Mey, 1567, de la primera parte de “El Patrañuelo”

Hastiado de los savonarolas de bolsillo de su época, “de los apóstoles del nuevo puritanismo”, Oscar Wilde denunció la decadencia de la mentira y el auge de los moralistas que, en nombre de la realidad de los hechos, se erigían en abanderados de la verdad. Wilde decía que la Mentira, contar cosas bellas y falsas, es el objetivo propio del Arte. Por eso se oponía a la moda de escribir novelas “tan coincidentes con la vida que era imposible aceptar su verosimilitud”. Al escritor le sublevaba que

“un majadero graduado por los pelos se suba al púlpito y manifieste sus dudas sobre el arca de Noé o la burra de Balaam o Jonás y la ballena” y medio Londres corriera a escucharle, “traspuesto de admiración ante semejante intelecto”.

Oscar Wilde fotografiado en 1882

Oscar Wilde fotografiado en 1882

En contra de la costumbre de “los hombres de nuestro tiempo” de juzgar una obra de arte como si fuera una forma de autobiografía, eludiendo “el sentido abstracto de la belleza”, aclaraba que el propósito del artista consiste en revelar el arte y esconder al artista. Así es como el periodista ha juzgado la obra de Anita Raja con su periodismo de investigación: como si fuera una forma de autobiografía, ignorando por completo a su heterónimo Elena Ferrante.

Al señalar a los “hombres de nuestro tiempo” seguramente Wilde pensaba en “el hombre perfectamente informado”, cuya mente “es algo horrible, como una tienda de baratijas, llena de atrocidades y polvo, donde todo cuesta menos que vale”. Para el autor de El retrato de Dorian Gray la insinceridad no es tan terrible, sino un método “que nos permite multiplicar el número de nuestras personalidades”. Ni el hombre perfectamente informado ni los encargados de servirle en bandeja la información saben que la persona es menos ella misma cuando habla de sí misma y que, en cambio, dirá la verdad tras una máscara.

Mientras en el mundo se prodiguen verdades como las desveladas por el periodista, más necesitado estará de mentiras como las que cuenta Elena Ferrante.

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4 comentarios leave one →
  1. Lucas Vargas Sierra permalink
    octubre 25, 2016 9:10 pm

    Grandioso texto. Muy de acuerdo con todo lo expuesto. Enhorabuena.

  2. octubre 26, 2016 10:30 am

    ¡Gracias, Lucas!

  3. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    octubre 26, 2016 7:24 pm

    Estoy completamente de acuerdo contigo, Jaime. El periodista que se ha molestado tanto en desvelar la personalidad auténtica de Elena Ferrante no busca sino, a través del sensacionalismo que dimana de la fama de la autora, montarse en el caballo de su prestigio, prestigio del que él carece, acusándola de farsante, como si ése fuera un argumento suficiente. Como bien dices, la creación literaria es de libre imaginación y el escritor no tiene por qué llevar a cabo su creación literaria como si fuera un periodista.

  4. octubre 27, 2016 10:38 am

    Totalmente de acuerdo. Me interesa poquísimo quién sea la autora que se esconde tras Elena Ferrante. De hecho, hubiera preferido no saberlo. La obra es lo importante, no el autor.

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