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Elena Ferrante quiere que la dejen en paz

octubre 18, 2016

El reciente descubrimiento de la identidad real de la novelista italiana que se escondía tras el nombre de Elena Ferrante ha revolucionado al mundillo editorial, tan necesitado de polémicas que lo arranquen de su postración. El interés por averiguar la identidad del pseudónimo surgió a raíz del éxito entre los lectores dentro y fuera de Italia de la saga napolitana de cuatro novelas Dos amigas (2011-2014), en la que se narra la amistad de dos mujeres desde la infancia en el Nápoles de postguerra hasta hoy. De 1992 a 2006 se publicaron tres novelas con el nombre de Elena Ferrante, pero como el éxito no las acompañó, nadie se interesó por la identidad de la autora. La crítica internacional ha elogiado la calidad literaria de estas obras.

Casi se daba por hecho que era napolitana, de unos sesenta años, que estaba separada y tenía hijos, aunque también se dudaba de que fuese mujer. Como sus historias están contadas en primera persona por Lenù, diminutivo de Elena Greco, y giran en torno a su amistad con otra mujer de una edad similar, se pensó que difícilmente un hombre habría podido afinar tanto en la descripción de la sensibilidad y los sentimientos femeninos. Se intuía que entre el creador (o más bien creadora) y sus criaturas tenía que existir un lazo estrecho.

Edición española de "Dos amigas", la primera novela de las cuatro que componen la tetralogía "napolitana" de Elena Ferrante

Edición española de “La amiga estupenda”, la primera novela de la saga “Dos amigas”

Al desconocerse su identidad, no circulaban fotografías de su cara. En contra de lo habitual, no promocionaba sus libros ni ofrecía lecturas públicas. A pesar del éxito y de la calidad literaria de las novelas, no se le podía otorgar ningún premio, puesto que nadie se hubiera presentado para recogerlo. Tampoco había manera de averiguar qué pensaba acerca de las cuestiones variopintas sobre las que a menudo se pronuncian los escritores en artículos, entrevistas, tertulias televisivas y presentaciones de sus obras.

Sólo respondía por correo electrónico a los cuestionarios que se le enviaban. Elena Ferrante no era más que un nombre, como la dirección postal de una casa en la que no se sabe quién vive. Que cada cual elucubrase cuanto quisiera sobre su identidad real.  Los editores guardaban el secreto con celo exquisito.

El relato en primera persona de Lenú se prestaba a conjeturas sobre el pasado de la persona que se ocultaba detrás de Elena Ferrante. ¿Cuánto había de ella en el yo ficticio que habla en sus novelas? ¿No sería el anonimato una forma de ocultarse para contar la propia vida, escapando así de la curiosidad ociosa que impregna a esta sociedad del espectáculo, ávida de hechos reales probados, o que al menos lo parezcan?

Foto tomada en Nápoles en 1959

La propia Elena Ferrante confesaba en una de las entrevistas que concedió por escrito que no se arrepentía de su anonimato. Le parecía que descubrir la personalidad del escritor a través de sus textos, personajes, objetos y paisajes que describe y del tono de su escritura, era un buen modo de leer. Con estas palabras ella misma alentaba a los lectores a establecer hipotéticas analogías entre la vida de la escritora ficticia con la real, de la que no se sabía nada.

El pseudónimo atizaba la intriga en torno a la autoría, al menos en el ámbito editorial y entre los periodistas especializados. Quizá entre algunos lectores. Ese nombre deliberadamente literario y afín al de otra novelista italiana, Elsa Morante (1912-1985), se había convertido en la marca visible, más aún que los títulos de sus cuatro novelas, que exhibían las editoriales. Resulta llamativo, por ejemplo, que en la cubierta de los libros publicados por las editoriales de algunos países, el nombre de Elena Ferrante aparezca con un tipo de letra de tamaño superior al del título de la novela. El texto de la contracubierta termina con la misma coletilla: el misterio en torno a la persona que se oculta tras el pseudónimo.

La escritora Elsa Morante en 1961

La escritora Elsa Morante en 1961

Sin embargo, las sospechas de los curiosos apuntaban a varios escritores conocidos, entre ellos Domenico Starnone, de setenta y dos años, napolitano, quien negó enseguida la autoría. Algunos señalaban incluso a la mujer de éste, la prestigiosa traductora Anita Raja, editora de la primera novela firmada por Ferrante. Otros barajaban la posibilidad de que las novelas estuviesen escritas a cuatro manos.

Las pesquisas de un periodista empeñado en seguir el rastro financiero de los sospechosos condujeron al desvelamiento: Anita Raja (Nápoles, 1953). La noticia causó cierta sensación, ocupando incluso las portadas de los diarios. El periodista fisgón se sentía tan ufano de su descubrimiento como el primer filósofo que notificó al mundo que no había sido Dios quien creó al hombre sino al revés, o como aquel maestro que desveló a sus alumnos que los Reyes Magos son los padres. ¡Adiós, Elena Ferrante! ¡Hola, Anita Raja! Bien, ¿y qué?

La novelista Anita Raja

Anita Raja

La editorial italiana ha expresado su irritación con el método de investigación empleado para destapar el nombre verdadero de la autora. También ésta tachó de peligroso y vulgar el modo en que se ha llegado a mentir para averiguar su identidad, violando su privacidad y las reglas. Sólo ha pedido que la dejen en paz, anunciando que no hablará más en nombre de Elena Ferrante ni dirá nada de sus libros.

El descubrimiento de la identidad del pseudónimo no tendría por qué influir en la admiración que millones de lectores profesan a sus novelas. Por si acaso, Anita Raja ha recordado que los libros publicados son y seguirán siendo de Elena Ferrante, no de ella. Así que, una vez desvelado el misterio, se acabó la intriga.

Cubiertas de la edición italiana de las cuatro novelas "napolitanas" de Elena Ferrante

Cubiertas de la edición italiana de las cuatro novelas “napolitanas” de Elena Ferrante

Antes de conocerse su identidad real, la autora aclaró en otra entrevista concedida por correo electrónico que para ella escribir es “una actividad bajo un control riguroso, que contempla una única confrontación posible: la lectura”. También comentó que “la escritura es diferente de cualquier exhibición pública” y que los libros, una vez publicados, pueden y deben prescindir de la persona que los escribió. Consideraba erróneo que no se proteja la escritura mediante la garantía de un espacio anónimo, lejos de las preguntas de los medios de comunicación y del mercado:

“Creo que los autores deben buscarse en los libros donde están sus nombres, no en la persona física que escribe o en su vida privada. Fuera de los textos, sólo hay habladurías. Restablezcamos la auténtica centralidad para los libros en sí mismos”.

En sus declaraciones planteaba uno de los asuntos que desde hace tiempo planea sobre la creación literaria: el peligro de que la exposición pública del autor  haga sombra a su obra; que el creador aplaste con su figura a la obra creada; que, a cuento de la fama obtenida, se hable más de su persona, de su vida, que de sus personajes.

Fotografía de Nápoles en 1960, por Henri Cartier-Bresson

Fotografía de Nápoles en 1960, por Henri Cartier-Bresson

La publicación de libros no obliga a su escritor a convertirse en una figura pública, a no ser que lo desee y haga cuanto esté de su mano para satisfacer su deseo. Pero si, como Anita Raja, prefiere mantenerse en la sombra del pseudónimo, ¿por qué exigirle lo contrario? Se debe a sus lectores, para quienes escribe sus libros, y a nadie más. No a la prensa ni al aparato publicitario.

Bastante responsabilidad tiene con rendir cuentas ante el lenguaje -sufrir “las humillaciones de los adjetivos y los ultrajes de los que relativos”(Flaubert)- como para ocuparse de responder públicamente de su vida personal. Los escritores que no quieren que se sepa nada de sus vidas, además de estar en su derecho a preservar su intimidad, como cualquier ser humano, sólo aspiran a que se lean sus obras, no sus intimidades; que los lectores conozcan las vidas de sus personajes, no la de su creador.

El fetichismo en torno al nombre de los autores y a su privacidad circula por el mundo literario a modo de reclamo destinado a despertar o impulsar el interés por sus libros. En una época de famas efímeras y de olvidos duraderos, el nombre (con su correspondiente cara) funciona como un seguro de vida para la obra del escritor. Pretende reforzarla cuando el público lector se interesa por ella y apuntalarla cuando el interés empieza a mermar.

Edición noruega de una de las novelas de Elena Ferrante

Edición noruega de una de las novelas de Elena Ferrante

No importa que apenas se lean los libros de un novelista mientras su nombre permanezca vivo en la memoria de la gente. Se confía en que la obra se beneficie algo de ese recuerdo. La única condición es que el propio autor lo alimente con su presencia pública más o menos constante en los medios de comunicación. Que se hable de él, que suene su nombre para que nadie tenga que preguntar qué habrá sido de él o, lo que es todavía peor, si sigue vivo. Ya que la obra no le hace sombra, que al menos se la haga él.

En un comentario acerca de la autoría en la creación literaria, Milan Kundera cita el caso de Kafka, uno de los nombres de escritores modernos que ha generado más fetichismo desde que su obra alcanzó fama mundial, hasta el punto de derivar en un epíteto muy socorrido que excede el ámbito académico: “kafkiano”. Kundera sostiene que en cuanto Kafka llame más la atención que Joseph K. –el joven protagonista de El proceso– sus libros habrán enfilado el sendero hacia la muerte póstuma. Todo esto sin que Kafka haya tenido arte ni parte en el asunto, puesto que su nombre y obra saltaron a la fama algunos años después de su fallecimiento en 1924.

Milan Kundera

Milan Kundera

Conscientes de este riesgo, algunos escritores que gozaban de cierto renombre cuando aún estaban vivos, subrayaron que para ellos lo único importante era su obra, no sus vidas. El propio Kundera refiere algunos ejemplos. Hermann Broch, hablando de sí mismo, de Musil y de Kafka, dijo que “ninguno de nosotros tres tiene una verdadera biografía”.

“Eso no quiere decir –matiza Kundera- que su vida fuese pobre en acontecimientos, sino que no estaba destinada a ser distinguida, a ser pública, a convertirse en auténtica biografía”.

Nabokov detestaba “meter la nariz en la valiosa vida de los grandes escritores”. Y Faulkner deseaba “ser anulado en tanto que hombre, suprimido de la Historia, no dejar huella alguna, nada más que los libros impresos”.

William Faulkner

William Faulkner

A raíz del éxito de su novela Mis amigos (1924), el editor de Emmanuel Bove le pidió que le enviase datos de su vida, pero el novelista le respondió que “lo que usted me pide es superior a mis fuerzas por múltiples motivos, el más importante de los cuales es una timidez que me impide hablar de mí mismo. Todo lo que pudiera decir parecería falso. Sólo mi fecha de nacimiento es verdadera”.

Habría que preguntarse hasta qué punto el conocimiento de la vida de los escritores no contribuirá a enturbiar el sentido de sus obras en lugar de aclararlo, como se pretende; si, en vez de ofrecernos pistas, no nos despistará. La ficción literaria nunca será  una autobiografía, por más que en ella influyan, como es lógico, las experiencias vividas por su autor. La autobiografía constituye un género autónomo, con entidad propia: un examen de la propia vida en el que los recuerdos descienden directa y ordenadamente de la memoria al papel, no como en la ficción, donde dan muchos rodeos y se fragmentan para dispersarse entre los personajes ficticios

Ignoramos casi todo de las vidas de muchos escritores que han dejado una profunda huella en la literatura. De algunos se duda incluso de su identidad y no disponemos más que del nombre. Al carecer de conocimientos sobre sus vidas, no tenemos más remedio que leer sus obras prestando atención sólo a ellas, como si las hubiesen escrito anónimamente. Las lagunas biográficas estimularán a lo sumo nuestra imaginación, incitándonos a establecer relaciones imaginarias entre las historias que nos cuentan y el ignorado itinerario vital de sus autores.

Emmanuel Bove paseando por París

Emmanuel Bove paseando por París

Sobre el autor anónimo del Lazarillo se han escrito ríos de tinta erudita desde que se publicó. Sin embargo, cinco siglos después esta novela nos sigue fascinando y la leemos y releemos con renovado asombro. Shakespeare es poco más que un nombre y constantemente se especula sobre su verdadera identidad. ¿Será o no será? Pero esas especulaciones no repercuten en absoluto en la lectura de las obras de un autor de quien Flaubert dijo que pertenecía a la clase de poetas que

“resumen la humanidad sin preocuparse de sí mismos ni de sus propias pasiones, dejando de lado la personalidad para abstraerse por completo en la de otros, reproduciendo así el universo  que se refleja en sus obras, brillante, variado, múltiple”.

Imaginemos cómo leeríamos la novela de un autor de cuya vida no supiésemos casi nada, narrada en primera persona por un personaje que, como Elena Ferrante en sus novelas, llevase el mismo nombre de pila que él y, afinando un poco más las similitudes, fuera también escritor y aspirase a novelar la historia de su vida. La traducción en el mundo real de esta hipótesis es la falsa autobiografía novelada En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Cierto que si éste se escondió detrás del Narrador de nombre Marcel, Anita Raja se ha escondido tras el pseudónimo de Elena Ferrante, la cual a su vez se esconde tras el personaje de Elena Greco (“Lenù”). Parece que con ese doble disfraz hubiese querido protegerse de los buscadores de hechos reales, como el intrépido periodista que destapó a Elena Ferrante husmeando en la cuenta bancaria de la autora real.

Marcel Proust

Marcel Proust

Al contrario que de Elena Ferrante-Anita Raja, de Proust lo sabemos casi todo. Pues bien, suponiendo que no supiésemos nada, ¿pensaríamos que el Narrador de nombre Marcel, alter ego de Proust, coincide plenamente con el novelista de carne y hueso? Entonces no habríamos entendido una de las reflexiones más instructivas sobre el proceso de invención literaria que plantea en su obra: que al infundir vida a sus personajes, su creador se distribuye entre la mayoría de ellos, dejando su impronta en casi todos y evitando retratarse por completo en uno solo.

Una ficción en la que la primera persona lleva la voz cantante exige al novelista distanciarse de su propio yo más aún que si optara por la narración en tercera persona, forzándole a rehuir la tentación de identificarse con él, de convertirlo en un reflejo de  sí mismo, en una suerte de autorretrato. El yo narrador tiene que ser un disfraz para su creador, aunque el lector ingenuo o el periodista simplón caigan en la trampa de confundirlo con éste.

Ese yo ficticio no es más que un hontanar de hipótesis para su creador: tan pronto puede albergar fragmentos del yo real que fue en el pasado, y con el que apenas se identifica en el momento presente, como del yo que podría haber sido e incluso que podría ser: una alternativa fantástica al yo real. Por eso el personaje del yo narrador requiere de su creador tanta o más imaginación que el resto de los personajes, en quienes también proyecta algo de sí mismo. En consecuencia, el resultado de los intentos por reconstruir la vida de un autor a partir de los argumentos de sus novelas será una vida imaginaria, no apta para periodistas obcecados con encontrar la verdad de los hechos. Que la busquen en otra parte, pero no en una novela o en el pseudónimo de un autor.

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2 comentarios leave one →
  1. octubre 18, 2016 5:03 pm

    Interesante. Gracias 🙂

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    octubre 20, 2016 12:59 pm

    Son curiosas tus apreciaciones sobre la relación que existe entre la novela escrita y la personalidad del autor, así como la imaginación que siempre nos hacemos sobre la personalidad del escritor de la novela que leemos. En este mundo en que vivimos, en el que la curiosidad juega un papel tan importante en la información y en la comunicación, es difícil, ciertamente, separar ambos conceptos y limitarnos a leer sin querer o desear saber nada de quién es el autor, qué piensa el autor, qué personalidad y qué valores morales tiene el autor. El valor literario en sí, puro y simple. Parece sencillo, pero la curiosidad nos vence.

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