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De libro maldito a “edición crítica”

octubre 4, 2016

A él, que le deslumbraban las cifras astronómicas, le hubiera gustado que, después de setenta y cinco años de semiclandestinidad, se hayan vendido cincuenta mil copias de su libro a los pocos meses de su salida de las catacumbas, ocupando incluso el número uno de la lista de superventas. Pero como tanto o más que las cifras millonarias le fascinaba comparar unas cosas con otras, para ensalzar a la que consideraba superior y humillar a la inferior, se habría disgustado al cotejar los doce millones y medio de ejemplares que vendió el libro cuando él estaba vivo y era famosísimo en todo el mundo, con esos modestos cincuenta mil.

Más todavía que esto le hubiese irritado que se publicara en formato de edición crítica para que los lectores conozcan las mentiras descaradas y las calumnias que vertió en sus páginas. Porque él no escribió su libro para que se lo criticase, por supuesto, sino para que se lo leyera como la revelación de verdades irrefutables que sólo él, el elegido para proclamarlas, había osado expresar en público.

Por si a estas alturas de la entrada no lo han averiguado, él es Adolf Hitler y el libro, Mi lucha (Mein Kampf), el maldito libro transformado durante siete décadas en libro maldito y ahora reconvertido en edición crítica con el título Mein Kampf, eine kritische Edition (Mi lucha, una edición crítica). Donde no se esperaba que ésta despertara tanto interés es en el Instituto de Historia Contemporánea de Múnich, encargado de editarlo en el nuevo formato.

Cubierta de la edición crítica de "Mein Kampf" publicada recientemente en Alemania a cargo de un equipo de historiadores

Cubierta de la edición crítica de “Mein Kampf” publicada en Alemania a cargo de un equipo de historiadores

Desde la muerte de Hitler y la derrota de su ominosa dictadura en mayo de 1945 esta obra desapareció de las librerías alemanas. Aunque ningún decreto prohibía su publicación, el Estado de Baviera, propietario de los derechos por decisión de los Aliados, rechazaba las solicitudes para reeditarlo. Se temía que si se editaba en las mismas condiciones que antes de 1945, y tras los Juicios de Nuremberg, los admiradores de la ideología nazi se encargarían de convertirlo en un vestigio viviente de ésta. Además, prevalecía la sospecha de que su publicación alentase la curiosidad morbosa entre muchos lectores, eximiéndolo de una lectura crítica.

El  objetivo de la nueva edición de 1.940 páginas y 3.500 comentarios (a un precio de 59 euros), es, según sus autores,

“deconstruir la propaganda de Hitler de una manera duradera y, así, socavar el poder simbólico que sigue teniendo el libro. De este modo, también es posible contrarrestar el mal uso ideológico, propagandístico y comercial de Mein Kampf”.

Christian Hartmann, director del equipo de historiadores que trabajaron en la versión, argumenta que ésta “desenmascara las informaciones falsas y las mentiras difundidas por Hitler y desnuda las innumerables medias verdades que buscaban un efecto propagandístico”.

Una de las primeras ediciones de "Mein Kampf"

Una de las primeras ediciones de “Mein Kampf”

Adolf Hitler comenzó a escribir Mi lucha en 1924, mientras cumplía una condena en la prisión-fortaleza de Landsberg (Baviera) por haber participado en la tentativa de golpe de estado perpetrada en Múnich el 9 de noviembre de 1923 contra la República de Weimar. El primer volumen del libro vio la luz en julio de 1925, siete meses después de la salida de Hitler de la cárcel,  y el segundo volumen en diciembre de 1926. Su publicación se enmarcaba en la campaña de propaganda del Partido Nacionalsocialista en un momento de depresión interna.

La cubierta del libro era ya un cartel propagandístico: la foto de la cara del golpista con la perturbadora expresión de fanático. La chaqueta negra, la camisa blanca y la corbata -prenda a la que jamás fue adicto- le daban aspecto de “luchador” de confianza y de hombre de orden. Nada que ver con los descamisados “luchadores” enemigos, los “marxistas”. La tipografía gótica del nombre y del título del libro remitía a la venerable tradición germánica, de la que él se erigía en defensor acérrimo. Todo un guiño de complicidad dirigido a los sectores de las clases medias contrarios a la democracia de Weimar y que anhelaban un cambio de rumbo.

Hasta 1930 se vendieron en Alemania alrededor de 32.000 ejemplares. A partir de ese año las ventas aumentaron, llegando a 230.000 copias a finales de 1932. Este incremento coincidió con el auge del Partido, que a su vez obedecía al auge del miedo, el descontento y la desconfianza entre las clases medias como consecuencia de la grave crisis económica de 1929 y la inestabilidad política.

Edición alemana de "Mi lucha"

Edición de “Mi lucha” cuando Hitler gobernaba en Alemania

Tras el ascenso de Hitler a la Cancillería el 30 de enero de 1933 y la transformación de la República de Weimar en una dictadura totalitaria, las ventas del libro se dispararon. Pronto el régimen obligó a que lo comprasen los centros escolares y bibliotecas públicas. Había que tenerlo en las casas. Tampoco podía faltar en los regalos de boda. El éxito de Mi lucha corrió paralelo al de su autor, quien presumía de haber salido de la nada, con un puñado de fieles seguidores a sus espaldas, hasta ser aclamado por millones de alemanes y de otros países europeos cuando el Tercer Reich los invadía o amparaba.

El libro hizo millonario a Hitler. También es cierto que pocos lo leyeron, al menos hasta la última de sus casi ochocientas páginas. George Steiner ha comentado que fue un error no leer una obra que define como una de “las cosas más poderosas del mundo, que son la idea y la palabra”. “Hubiéramos debido prestar mayor atención a sus afirmaciones, tanto más cuanto se revelaron exactas”. El filósofo Alexandre Koyré dijo que Mi lucha era una “conspiración en plena la luz del día”.

La obra es un compendio detallado de las ideas de Hitler así como del programa del Partido Nacionalsocialista que implantaría en Alemania a partir de 1933 y durante los doce años que duró el régimen nazi. El odio, la incitación al asesinato masivo, el racismo, el antisemitismo, la mentira y el fanatismo que destilan sus páginas sentaron las bases de la política que condujo a la Segunda Guerra Mundial y al Holocausto (la palabra “judío” aparece 373 veces, por delante de “Alemania”, “guerra” o “marxismo”). La redacción es torpe y enrevesada y los argumentos, muchos de ellos tomados de la extrema derecha alemana, están expuestos de forma desordenada y reiterativa, aunque guarden cierta coherencia interna.

Alexander Koyré

Alexander Koyré

Algunos años más tarde, cuando ocupaba el despacho de la vieja Cancillería, Hitler confesó que si hubiese sabido que un día sería canciller no habría escrito Mi lucha, una declaración en la que dejaba entrever cierto pesar por haber hecho público el programa del Partido para que lo conociera todo el mundo, incluidos sus enemigos. De hecho, el manuscrito de un segundo libro, redactado en 1928 con el título La expansión del Tercer Reich, en el que detallaba los planes del Partido en política exterior, nunca vio la luz.

 No deja de ser una paradoja que el único vestigio de la ideología nazi que ha sobrevivido a su derrota sea el libro de Hitler, un político que hizo carrera con mítines y discursos y que se jactaba de sus dotes de orador. Bajo el régimen que dirigió se quemaron miles de libros y se persiguió y asesinó a escritores, mientras las tiradas de Mi lucha se multiplicaban por varios ceros.

A mediados de los años veinte del siglo pasado la imprenta continuaba ejerciendo el monopolio en el ámbito de la comunicación pública, aunque la radio y el cine empezaban a expandirse. El propio Hitler fue un ávido lector de periódicos desde su juventud. No se entiende su mentalidad sin la influencia de la Babel periodística que imperaba en aquel tiempo. El caso Dreyfus, que destapó la poderosa corriente antisemita que circulaba a finales del siglo XIX por las alcantarillas de Europa, no sólo de Francia, desveló las miserias de la prensa.

Retrato del capitán Alfred Dreyfus

Retrato del capitán Alfred Dreyfus, el capitán francés de origen judío que fue injustamente acusado de espiar contra su país

Si algunos años después la propaganda segregada por los periódicos influyó en buena medida en la agitación de las masas que condujo al insensato entusiasmo con el que abrazaron el estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914, en el curso de ésta los bandos en liza se enzarzaron en una miserable guerra de mentiras en la que cada cual trataba de presentar al enemigo como un monstruo de inhumanidad. Perplejo ante las calumnias que se vertían contra Alemania, Freud acusó en 1915 a los países civilizados enfrentados de excluir de su comunidad “a una de las grandes naciones civilizadas”, tachándola de “bárbara”. Confiaba en que una historia imparcial demostrase en el futuro que esta nación había sido “la que menos ha transgredido las leyes de la Humanidad” durante el conflicto.

Fue en aquel caldero infernal, en el que las mentiras y las difamaciones descendieron al nivel más bajo, donde Hitler, combatiente entusiasta en el frente occidental, se persuadió del poder de la acusación, que permite al acusador envolverse en el victimismo con el que espera chantajear a sus acusados y presumir de una autoridad moral que pocos se atreven a cuestionar.

Fotografía de la manifestación en Múnich para celebrar la declaración de guerra de Alemania en la que se ve al joven Hitler entre la multitud

Fotografía de la manifestación en Múnich para festejar la declaración de guerra de Alemania en la que se ve al joven Hitler entre la multitud

Como tantos otros jóvenes, se alistó al ejército del Reich después de recibir con lágrimas de emoción la noticia del estallido de la guerra el 2 de agosto de 1914. Para un desarraigado, un vagabundo mendicante corroído por el resentimiento, huérfano desde los  diecinueve años y alejado de su familia, que no sabía hacer otra cosa que devorar periódicos, libros y enciclopedias para confirmar sus prejuicios –la lectura no era para él un fin en sí mismo sino un medio para algún fin- y perorar sobre cualquier asunto de moda, la guerra significaba una oportunidad.

Oportunidad para integrarse en una comunidad –era incapaz de mantener relaciones personales de igual a igual- y parasitar en ella a fin de cautivarla con su encendida oratoria y, de paso, compartir con sus paisanos el nacionalismo y la xenofobia. De esta manera evitaba comprometer su intimidad, si es que de alguien así, obsesionado con atiborrarse de las ideas que absorbía del mundillo chovinista en el que se agitaba, cabía esperar que tuviese una vida verdaderamente íntima.

Desde hacía un año malvivía de sus acuarelas simplonas en Múnich, donde se trasladó en mayo de 1913 procedente de Viena, escapando del servicio militar en el Imperio austrohúngaro, que le habría obligado a convivir con jóvenes eslavos y judíos. Al contrario que en la cosmopolita Viena, en la capital bávara se sintió completamente alemán, apoderándose de él un sentimiento de familiaridad que no experimentaba en el mismo grado por ningún otro lugar, según confesó en Mi lucha. El pangermanismo que en la capital del Imperio le zafó de su fracaso personal, en Múnich halló el clima apropiado en la marea völkisch que azotaba a Alemania.

Hitler de uniforme en 1914

Hitler de uniforme en 1914

Tenía motivos para abrazar la guerra, cuyo recuerdo le acompañó hasta la muerte. Por ello la noticia del armisticio de Alemania en noviembre de 1918, mientras se recuperaba en un hospital de las lesiones oculares sufridas en el frente de Flandes, a causa de un ataque con gas mostaza, le hundió en una profunda depresión, un episodio que Ernst Weiss recreó magistralmente en su novela El testigo ocular (1938).

Estaba seguro de que si el país hubiese continuado luchando habría ganado la contienda, una idea fija que veintisiete años después, en 1945, cuando en vez de un simple cabo del ejército del Reich era nada menos que su Führer, tuvo la ocasión de llevar a la práctica. El resultado fue la devastación completa de Alemania, la misma que habría sufrido el país en 1918 si sus gobernantes de entonces hubieran secundado la opinión de aquel cabo y de otros como él.

El escritor Ernst Weiss (1892-1940) era además médico. Se suicidó en París ante la llegada del ejército alemán

El escritor Ernst Weiss (1882-1940), nacido en Brno, era además médico. Se suicidó en París ante la llegada del ejército alemán

Hitler no olvidó la derrota, a cuyo recuerdo se aferró con la obstinación que lo caracterizaba. Tampoco olvidó el deplorable papel desempeñado por la propaganda de guerra contra Alemania. En Mi lucha sugiere que si él hubiese estado al frente del servicio de propaganda del Reich, éste no habría sido objeto de las difamaciones de sus enemigos.

Estas dos experiencias, la debacle de noviembre de 1918 y el fracaso de la propaganda alemana durante el conflicto, fueron cruciales en la ruta ideológica del Hitler político, como él mismo sugiere en su libro. Las compartía con muchos alemanes y sectores poderosos del país -los mismos que azuzaron la guerra-, por los que apostó en 1919, tras el fracaso del conato revolucionario en Baviera, durante su acuartelamiento en Múnich en el nuevo ejército del Reich (Reichswehr) organizado por la República de Weimar en cumplimiento del Tratado de Versalles. Pues antes del Hitler político hay otro, al que en Mi lucha le dedica varias páginas, que es preciso leer con las debidas sospechas. La crónica de esta primera parte de su vida –la privada- está determinada por el rumbo de la segunda –la pública-, por lo que se esmeró para que las piezas de la una encajasen en las de la otra.

El relato de traición y cobardía omnipresente en la leyenda de la “puñalada por la espalda” esgrimida por los nacionalistas para culpar de la derrota alemana a los comunistas, socialdemócratas y judíos, le permitió perfilar la estrategia de odio y fanatismo de la que se nutrió la ideología nazi desde sus inicios. Se trataba de aplicar las enseñanzas en materia de propaganda que aprendió en la guerra de los enemigos de Alemania, pero adaptándola a las nuevas técnicas que aún no existían en aquellos años.

Hitler, (primero por la izquierda) junto a unos compañeros de armas durante la Primera Guerra Mundial

Hitler (primero por la izquierda) junto a unos compañeros de armas durante la Primera Guerra Mundial

Había que amplificar la mentira de la “puñalada por la espalda”, repitiéndola machaconamente y señalando a los supuestos culpables para “vengar” la traición. Entre esos culpables “el judío” era al que se apuntaba con más énfasis. La “humillación de Versalles”, la permanente inestabilidad de la República de Weimar, azuzada entre otros por Hitler y su partido, y la crisis económica de 1929 contribuyeron a la expansión de semejante objetivo.

La idea de escribir el libro formaba parte del calculado cambio de identidad al que se sometió a partir de 1918, como resultado de su incursión en la “lucha política”, o sea, en la propaganda, ámbito en el que pronto demostró ser un experto. En esa estrategia no podía faltar el relato autobiográfico en el que daba testimonio del trascendental cometido para el que se creía destinado.

Por aquellos años ya habían empezado a publicarse libros en los que algunos de los antiguos combatientes relataban casi siempre en primera persona sus duras experiencias en el frente. El más célebre de todos, la novela Sin novedad en el frente, fue escrito también por un alemán, Erich Maria Remarque, al que, ya en el poder, Hitler persiguió ordenando la prohibición del libro, que los nazis tachaban de pacifista. Como observó George Orwell, no eran obras de propagandistas sino de víctimas de la guerra, soldados rasos u oficiales de baja graduación “que ni siquiera se las dieron de haber entendido de qué iba todo aquello”.

Erich Maria Remarque, ex combatiente en la Primera GuerraMundial y autor de la novela "Sin novedad en el frente" (1929)

Erich Maria Remarque, ex combatiente en la Primera Guerra Mundial y autor de la novela “Sin novedad en el frente” (1929)

Mi lucha se hallaba en las antípodas de estos testimonios sinceros y sólo demuestra que su autor aprendió lo peor de la guerra, su lado más inhumano: el odio generado por las mentiras y calumnias contra el enemigo que en la retaguardia promovían los gobiernos y el aparato propagandístico a su servicio; la manipulación de las masas;  la utilidad de la guerra de aniquilación contra el enemigo como único medio para conseguir los fines. Tenía razón Hannah Arendt cuando advertía que el ascenso al poder en Europa de antiguos soldados de la Primera Guerra Mundial no significaba ni mucho menos un cortafuegos contra una futura contienda, sino todo lo contrario.

El título que Hitler pensó para el libro era toda una declaración de intenciones: Cuatro años y medio de lucha contra las mentiras, la estupidez y la cobardía. Bastaba con cambiar el “contra” por el “a favor” para desvelar el verdadero contenido de una obra repleta de mentiras, estupidez y cobardía. Pero el responsable de las publicaciones del Partido, Max Amann, le propuso sustituir ese título tan hitleriano por el más conciso de Mi lucha, quizá para enlazarlo con el recuerdo de la guerra y la experiencia personal del antiguo combatiente dispuesto a reivindicar su reciente pasado, frente a quienes querían que se lo olvidase, como si se avergonzaran de él.

Max Amann con el uniforme de las SS. Fue director de Eher Verlag, la principal editorial del Partido nazi, y editor de "Mein Kampf"

Max Amann con el uniforme de las SS. Fue director de Eher Verlag, la principal editorial del Partido nazi, y editor de “Mein Kampf”

El preso político aprovechó las excelentes condiciones de que gozaba en la prisión, rodeado de adeptos, para transformar en todo un programa político su venganza, ahora redoblada por el nuevo fracaso. La escritura no era su mejor atributo, como revelaba el estilo enmarañado de esas frases oscuras que pulieron algunos de sus colegas del Partido. Lo suyo era la oratoria, en la que empezó su carrera política y con la que hechizaba a las masas.

Pero la letra impresa facilitaba la expansión de sus ideas, sobre todo en un momento en que las circunstancias externas no soplaban a favor del nazismo. A mediados de los años veinte la economía alemana se recuperó después de la traumática hiperinflación de comienzos de la década. Los ascensos y descensos electorales del Partido Nacionalsocialista dependían de la evolución del país. Sus perspectivas mejoraban cuando a los alemanes les iba peor y a la inversa, por lo que los nazis sabían que cuanto peor para todos, mejor para ellos.

Hitler deseaba que Mi lucha fuese el libro de los libros para los alemanes “arios”, como antes de la Ilustración lo fue la Biblia luterana, y en el que se reflejarían los libros restantes. Aquellos otros que discrepasen de los mensajes principales del suyo serían quemados, como sucedió en la noche del 10 de mayo de 1933, en que miles de libros ardieron en varias ciudades alemanas por orden de las nuevas autoridades. En ese deseo subyacía un elemento vagamente religioso-mitológico que encajaba con los tintes de religión pagana de los que se revistió el nazismo desde su nacimiento.

Jóvenes alemanes arrojando libros a la hoguera el 10 de mayo de 1933

Jóvenes alemanes arrojando libros a la hoguera el 10 de mayo de 1933

Lector atento y clandestino del libro, el filólogo de origen judío Victor Klemperer, que pudo permanecer en la Alemania nazi al estar casado con una mujer catalogada de “aria” por las leyes raciales del régimen, transcribió en una entrada de su diario de octubre de 1935, la definición que hizo de Mi lucha el director regional (Sajonia) de la Cámara de Escritores del Reich: “El libro sagrado del nacionalsocialismo y de la nueva Alemania”. Este dirigente exhortaba a que se lo viviera, que todos lo tuvieran en su poder, como un objeto de culto, y que el compatriota de condición modesta pudiera comprarlo más barato.

“Locura religiosa y locura publicitaria. Y siempre y en todo, la mentira”, anotó Klemperer.

Sin embargo, tenerlo en casa, como se tenía la Biblia, no significaba que se lo leyera escrupulosamente. Y menos aún de manera crítica. ¿Para qué leerlo si sabían lo que pensaba su autor, quien además se preocupaba de recordarles sus pensamientos todos los días a través de la prensa domesticada? Sólo era necesario actuar en consecuencia con esos pensamientos, no conformarse con leerlos en un libro. La lectura tenía que ser un medio para alcanzar un fin concreto, como lo había sido para Hitler en sus tiempos de lector voraz.

retrato de Victor Klemperer, por Ursula Richter, alrededor de 1930

Retrato de Victor Klemperer, por Ursula Richter, alrededor de 1930

En los primeros años de la postguerra, dominados por un clima de incertidumbre y agitación política y social, Hitler intuyó que no podía desperdiciar la ocasión para presentarse como el único que no dudaba de nada y que tenía respuestas para todo. La pluralidad de opiniones que segregaban los periódicos le parecía irrisoria. ¿A cuál de ellos creer cuando cada uno opinaba de forma diferente del resto? Lo mejor era saltar por encima de ese marasmo de opiniones y conformar una opinión única e inamovible hasta que la realidad se adaptase a ella. No importaba que el resultado de la adaptación fuese una realidad paralela, una realidad ficticia y sangrienta, como habría de serlo el Tercer Reich.

Esta certeza granítica explica la fascinación que suscitó en tanta gente. Él se limitó a obtener el máximo rédito de la inseguridad reinante postulándose como el portador de la verdad absoluta y definitiva. Intuyó también que cuanto más se alarga la incertidumbre, más perentoria es la necesidad de los hombres de creer en alguien que les prometa seguridad y solidez.

Basta con que uno solo crea firmemente para que poco a poco encuentre adeptos que se vayan adhiriendo a su creencia y a quien las postula. A partir del reducido núcleo de creyentes que se agrupan alrededor de la creencia, nadie podrá evitar que aumenten las adhesiones, a menos que el clima de incertidumbre se extinga. Si muchos se suman al nuevo credo es que sus promotores se hallan en lo cierto. Poco importa la calidad moral de éste y del postulante con tal de que transmita consistencia.

Hitler posa en 1933 con una multitud de admiradores cuidadosamente colocados.

Hitler sacó de dudas a la multitud de alemanes dubitativos que vieron en él y en su doctrina la certeza que deseaban. Una vez libres de dudas, al fin podían actuar en consecuencia con el credo que los había liberado de ellas. Desde que Alemania perdió la guerra en 1918, Hitler tuvo claro que la única acción posible en el país era una nueva guerra en la que el futuro Reich obtendría la victoria que los “criminales de noviembre” le hurtaron entonces. Al fin y al cabo, ¿no había sido la guerra “la época más inolvidable y sublime” de su mediocre existencia?

En su propósito de mentalizar a la población en el odio contra los enemigos internos e internacionales, entre los que incluía a los judíos dispersos por Europa, Mi lucha representa un hito importante en el camino hacia la guerra a la que quince años después Hitler empujaría a Alemania. Desde sus inicios en el activismo político había descubierto que la difusión sistemática del odio era un negocio rentable.

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Adolf Hitler en la prisión de Landsberg, en 1924

Toda utopía necesita de una narrativa biográfica o autobiográfica, de una fábula inteligible que seduzca a los creyentes. El cristianismo y los evangelios en los que se narran la vida y la muerte de Cristo son un fehaciente ejemplo histórico de ello. Ahora bien, la biografía con visos de hagiografía estaba concebida para los héroes espirituales, como los santos o los soldados ejemplares, cuyos seguidores habían querido perpetuar la memoria de sus acciones e ideas y hacer de ellas un modelo de vida universal, potencialmente imitable en una amplia comunidad de fieles.

Hitler, que tenía treinta y cinco años cuando escribió el primer volumen de Mi lucha, optó por el género autobiográfico para exponer sus teorías porque, a pesar de su participación en la guerra, no intentaba presentarse como un héroe del pasado sino del futuro. El pasado pertenecía a los vencidos, una clase de individuos a los que detestaba.

Un militar mutilado de la de la Primera Guerra Mundial mendigando en una calle de Berlín

Un militar mutilado de la Primera Guerra Mundial mendigando en una calle de Berlín

El uso del yo en un relato escrito pretendía otorgar verosimilitud y valor documental a sus mensajes y de paso alejaba las sospechas de fraude. Que un orador político mienta es previsible: las palabras corren deprisa y los oyentes no pueden retener con exactitud cuanto llega a sus oídos. Más difícil es que se atreva a mentir por escrito.

Precisamente porque escribió y publicó su libro, fue leído y hasta adorado cuando él y el régimen político que encarnaba estaban vivos, tras su muerte y el derrumbe del nazismo se prohibió oficialmente su lectura, y ahora, setenta años después, se puede volver a leerlo con criterio, o sea, críticamente. En suma, no hay manera de hacerlo desaparecer. Esas palabras escritas nos persiguen con la misma terquedad que el recuerdo de su autor y de los crímenes que alentó con ellas, como si las hubiera escrito con sangre.

Ya el título, Mi lucha, resulta significativo, lo que reviste cierta relevancia tratándose de un libro que muchos no se molestaron en leer. El hipotético lector alemán de la postguerra recibía una información decisiva por lo que respecta al sentido del mensaje transmitido por el autor: que, como combatiente en la Guerra Mundial, tenía mucho que contar acerca de su “lucha” tanto en el campo de batalla como en la vida misma.

Foto fechada en diciembre de 1924 en la prisión de Landsberg en la que se ve a Hitler con Rudolf Hess y otros colaboradores suyos. En la cárcel festejó su 35 cumpleaños ofreciendo una fiesta a la que asistieron cuarenta invitados (Foto de Topical Press Agency/Getty)

Foto fechada en diciembre de 1924 en la prisión de Landsberg en la que se ve a Hitler con Rudolf Hess y otros colaboradores suyos. En la cárcel celebró su 35 cumpleaños ofreciendo una fiesta a la que asistieron cuarenta invitados (Foto de Topical Press Agency/Getty)

Con semejante título se propiciaba la compenetración del lector con el autor, entre los mismos lectores y de todos ellos, ahora unidos por los lazos de la solidaridad, con el autor. Para que “mi lucha” se transformara primero en “tu lucha” y luego en “nuestra lucha”, la fábula debía reunir los ingredientes necesarios que facilitasen la identificación con ella de una hipotética multitud de alemanes.

Mi lucha tenía que ser el libro que hubieran querido escribir si no todos ellos, al menos quienes, como Hitler, fueron a la guerra con una indestructible fe en la victoria y que, después de la derrota, sintieron una análoga frustración y el mismo deseo de resarcirse de ésta apuntando a los culpables y exigiendo que se les infligiese un castigo ejemplar.

Hitler fotografiado por su fotógrafo Hoffman al salir de la prisión de Landsberg

Hitler fotografiado por su fotógrafo Hoffman al salir de la prisión de Landsberg

Esa lucha o combate encerraba no uno sino varios significados. Una lucha personal puede ser de índole espiritual, como la que sostenían los místicos y los fundadores de las religiones -Cristo contra los fariseos y sacerdotes y, por supuesto, contra Satán; los santos contra las tentaciones- o de naturaleza militar, sin descartar el significado, mucho más vasto, de “lucha por la vida”, es decir, por la subsistencia en unas condiciones precarias y contra innumerables obstáculos.

Aunque en Mi lucha se descarte la primera acepción, no puede obviarse su presencia subliminal; corresponde a la imaginación del lector, y con ayuda de los conocidos acontecimientos históricos del momento, dilucidar el simbolismo de ese enemigo “espiritual”. En 1925 en el imaginario popular de muchos alemanes Satán podía ser la Rusia comunista o los bolcheviques; pero si se consideran los progresos de la propaganda antisemita, también los judíos.

Cartel de propaganda nazi contra los comunistas

Cartel de propaganda nazi contra los comunistas

En cuanto a la acepción militar, el antiguo cabo del hasta hacía poco poderoso Ejército del Reich disponía de argumentos convincentes para justificar su lucha. Por ejemplo, que, a pesar de la derrota de 1918, ésta no había sido en balde, por lo que, seis años después del final de la guerra, todavía hallaba motivos para considerarla suya. Era algo que merecía la pena contar. No había que avergonzarse de haber combatido en el frente sólo porque los enemigos hubiesen decidido que el valeroso guerrero había sido vencido por ellos.

Alguien debía de proclamar el carácter heroico de aquel combate del que unos cuantos no sólo se zafaron cobardemente, delito que alguna vez pagarían caro, sino que con su actitud provocaron la deshonrosa sensación de derrota, que en realidad no había sido tal. Prueba de ello era que en el presente la guerra continuaba, sólo que por otras vías. Bastaba con señalar a los culpables y prescribir el castigo que sin duda merecían.

Por último, la tercera acepción de “mi lucha” aludía a la “lucha por la vida”. Aquí entraba en juego la leyenda autobiográfica: la historia de un pobre diablo que, sin el respaldo de un nombre ni de poder alguno, y bregando solitario contra múltiples adversidades, se había abierto paso para sobrevivir en un ambiente hostil y corrupto -como miles de soldados que en el infausto noviembre de 1918 se vieron en la calle y sucumbieron al paro y a la pobreza-, atreviéndose además a alzar su voz contra los culpables de aquella situación calamitosa.

Disturbios ante el Palacio Real de Berlín en noviembre de 1918, en medio del caos que siguió al armisticio del día 11

Disturbios ante el Palacio Real de Berlín en noviembre de 1918, en medio del caos que siguió al armisticio del día 11

El concepto hitleriano de lucha hunde sus raíces en el darwinismo social que equipara la vida en la sociedad  humana con la de los animales. En ese modelo estático los individuos están enzarzados en una contienda perpetua y han de someterse a la dura ley de la supervivencia “que da derecho a vivir al fuerte y priva de existencia al débil”, por lo que “el más fuerte determina el camino del más débil”.

En un mundo tan “cruel y despiadado” es lógico que la existencia de unos vaya siempre unida a la destrucción de otros. Vence el más fuerte, quien “ha podido imponerse a la vida”, demostrando suficiente capacidad para asegurar su existencia. Según Hitler, así había sido y será siempre; si el ser humano había conquistado la posición que ocupa, no se debía precisamente a “una forma pacífica de pensar”.

El discurso que justifica esta lucha se halla impregnado de pasiones universales y eternas, y por tanto, fácilmente traducibles, que se resumen en tres palabras: “valentía”, “traición” y “venganza”. Cada una de ellas se desarrollaba en un espacio temporal distinto; la valentía, en el pasado; la traición, en el presente; y la venganza, en el futuro. De la progresiva identificación que el autor esperaba con la mayoría de los lectores de su libro tenía que resultar el siguiente argumento: “Luchamos como él; fuimos valientes como él; somos traicionados como él, por lo que nos vengaremos como él quiere vengarse para devolver a Alemania su grandeza”.

Fotografía de un grupo de soldados entre los que se encuentra Hitler (con bigote)

Fotografía de un grupo de soldados entre los que se encuentra Hitler (a la derecha y con bigote)

Había que acomodar el argumento al momento adecuado, para lo cual se necesitaba suerte, sentido de la oportunidad y mucha perseverancia, así fuera por la cuenta que le tenía. ¿De qué iba a vivir un hombre que no sabía hacer otra cosa que vender mentiras al por mayor? Si de los numerosos hitleres que pululaban en la Alemania de Weimar destacó él, el que conocemos, se debe a su terquedad de tambor incansable, siempre repitiendo lo mismo, en un redoble creciente que se propagaba por todo el país, un día tras otro. Era como en la temporada que pasó en el hospital de la reserva de Prusia, en Pasewalk, recuperándose de la ceguera transitoria causada por un ataque de gas mostaza, donde por las noches vomitaba soflamas interminables desde su cama a los pocos que le escuchaban, impidiendo dormir al resto de los compañeros del pabellón.

La parte autobiográfica de Mi lucha entronca con una doble tradición, una autóctona, la de la novela de formación (Bildungsroman),  en la que se narra la crónica del aprendizaje vital de un hombre corriente, sus experiencias, deseos, sueños, expectativas, fracasos y esperanzas de superación, y otra de carácter universal, que arranca con la historia fabulosa de un pasado originario e idílico, en el que los habitantes de la utopía vivían felices, sanos y en común armonía, hasta que por culpa de la corrupción de unos pocos, o por la invasión de individuos y costumbres extrañas, fue destruido sin dejar otra huella que su recuerdo en la memoria colectiva.

 Hitler en el hospital militar de Pasewalk (en la fila de atrás, segundo por la derecha)


Hitler en el hospital militar de Pasewalk (en la fila de atrás, segundo por la derecha)

Este relato necesita de ambas fábulas matrices para hacer factible el objetivo sobre el que se fundamenta: la restauración del pasado idílico. La primera de ellas posibilita la identificación de los lectores con el protagonista de la ejemplar autobiografía, algo concebible en un pueblo de larga tradición lectora. La segunda fábula se justificaba por la constatación de la existencia de un desorden real, causado por unos individuos extraños y corruptos que, semejantes a parásitos, penetraron desde dentro en la venerable comunidad nacional, y la esperanza, reconvertida en objetivo político a corto plazo, de restaurar el antiguo y añorado orden, con las oportunas innovaciones.

La elección del tópico de la invasión de extraños en el “cuerpo popular alemán”, en lugar del pecado original, concordaba con el sentido último del relato y con su base moralizante; por un lado, la autoexculpación, y por otro, la inculpación. La autoexculpación negaba cualquier responsabilidad de Alemania en la derrota de la Primera Guerra Mundial, en la que el héroe-guerrero de la fábula autobiográfica había combatido por el engrandecimiento de la patria como soldado valeroso y abnegado.

Ernst Schmidt, Max Amann y Adolf Hitler

Adolf Hitler (con bigote), junto a sus compañeros de armas Ernst Schmidt y Max Amann en la Primera Guerra Mundial

Mediante la inculpación se acusaba de la derrota a esos extraños que, como venenosos bacilos, habían penetrado sigilosamente en el “cuerpo popular alemán” con el doble propósito de satisfacer sus ansias de traición y de chuparle la sangre aprovechando su debilidad. La autoexculpación implicaba el otorgamiento del derecho a la venganza contra los inculpados y la ulterior expiación cuando la venganza se hubiese consumado. Desde el principio Hitler tuvo claro que los culpables eran los judíos y los comunistas. Contra ellos habría de dirigir la venganza.

Las dos fábulas complementarias en las que se inspiraba la ideología nazi, la personal, inventada por su fundador, y la colectiva que eximía al pueblo alemán del sentimiento de culpa por su derrota bélica y acusaba a otros de ésta con vistas a una venganza no muy lejana, respondían al propósito de hacerlas inteligibles a las masas a las que iban destinadas. De estas últimas comentó en Mi lucha que, por su corto entendimiento, su escasa facultad para asimilar ideas y poca memoria, la propaganda dirigida a ellas debe limitarse a muy pocos puntos y mediante fórmulas estereotipadas y repetidas insistentemente hasta que todos capten la idea. Precisamente su libro se ajustaba como ningún otro a esa definición.

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2 comentarios leave one →
  1. octubre 5, 2016 12:07 am

    ¡Excelente!

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    octubre 7, 2016 2:33 pm

    Gracias, Jaime, por infomrarnos de la edición crítica del libro de Hitler. Creo que es muy oportuno publicarlo así, en lugar de ocultarlo o denostar su lectura. De esta forma, informamos a los lectores despitados y a los curiosos ignorantes de lo que fue en reliadad este libro y de lo que significó en nuestra Historia reciente.

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