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¿Qué fue de Berthe Bovary?

septiembre 6, 2016

El revuelo vivido en 1848 en la localidad normanda de Ry y en los alrededores a raíz de la muerte de Delphine Delamare se habría esfumado a los pocos años si Flaubert no hubiese escrito Madame Bovary. Casada con un oficial de sanidad, Eugène Delamare, viudo y diez años mayor que ella, la mujer se entregó a amores adúlteros para saciar la insatisfacción que le producía su matrimonio. Además de guapa, Delphine se daba aires de grandeza  y soñaba con imitar las costumbres de la aristocracia. Las deudas acumuladas para satisfacer sus gustos caros y las decepciones amorosas la empujaron al suicidio cuando sólo tenía veintiséis años. El marido murió al año siguiente también en Ry. El matrimonio tuvo una hija.

Aunque Flaubert inmortalizó en Madame Bovary el drama de provincias protagonizado por la imaginativa y casquivana Emma Bovary, sabía que esa inmortalidad se debería no a la anécdota narrada en las páginas de la novela, sino a la forma de contarla. Episodios como el del matrimonio Delamare ha habido, hay y habrá muchos. Lo único que realmente puede singularizarlos es la calidad del relato que se haga de ellos, y los detalles, la intrahistoria, que ningún reportaje periodístico logrará desmenuzar.

Calle principal de Ry, el pueblo normando en el que vivió y murió el matrimonio Delamare

Calle principal de Ry, el pueblo normando en el que vivió y murió el matrimonio Delamare

El terreno de juego en el que se mueve la inventiva del novelista excede las fronteras del limitado campo de la realidad, en el que no hay nada nuevo bajo el sol y, siguiendo los versículos del Libro de Cohélet, “lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará”. Los hechos mondos y lirondos varían poco, por diferentes que sean los lugares y hasta las circunstancias en los que acontecen. Pero sus protagonistas y las personas que se ven involucrados en ellos –su sensibilidad, sus creencias, su mentalidad y, por supuesto, el entorno en el que se mueven- jamás serán las mismas. Si todas las ficciones artísticas versan sobre temas parecidos, como suele decirse, es cierto que cada una de ellas se nos antoja diferente de las restantes precisamente por el carácter distintivo que les imprimen los detalles, en los que la convergencia resulta difícil.

Madame Bovary concluye con el desmoronamiento del cúmulo de ilusiones que su heroína intentó en vano hacer realidad. Sin embargo, al contrario que en la crónica de esa tentativa inútil, el narrador apenas se detiene en el derrumbe. En poco más de página y media trazó el precipitado epílogo que siguió al suicidio de Emma y sus turbulentos antecedentes y que pronto habrían de conducir al olvido de todo.

Tumba en el cementerio de Ry de Eugène Delamare y la lápida dedicada a su esposa Delphine

Tumba en el cementerio de Ry de Eugène Delamare y la lápida dedicada a la memoria de su esposa Delphine

El derrumbe empezó con el olvido paulatino de su pasado con Emma por el propio Charles Bovary, oficial de sanidad como el marido de Delphine, aunque pensara en ella a menudo. Esta aparente contradicción se manifestaba en el sueño recurrente que tenía casi todas las noches. Soñaba que se acercaba hasta Emma y cuando iba a estrecharla entre sus brazos, se convertía en un montón de podredumbre. Abatido por el descubrimiento casual de las cartas de ésta a sus amantes, el hombre se adentró en una depresión de la que no saldría jamás. Un día su hija Berthe, una niña aún, lo encontró muerto en el cenador de la casa que tenían en Yonville.

La familia vendió las propiedades para saldar  las deudas y costear la vida errante de Berthe. Después de pasar por las casas de varios parientes, cada vez más lejanos, la muchacha terminó de empleada en una fábrica de algodón, antítesis de las ensoñaciones románticas y los aires de grandeza con los que su siempre insatisfecha madre se paseó por la vida de provincias desde la adolescencia hasta su trágica muerte.

El fatal desenlace hizo que la hija de una familia pequeñoburguesa, criada con las pretensiones propias de esta clase social,  descendiera repentinamente a la condición de obrera en la industria manufacturera. De su pasado infantil sólo sobrevivirá el nombre, Berthe, el que eligió para ella Emma, en recuerdo del memorable baile al que asistió en una ocasión con su marido en el castillo de Vaubyessard. Fue allí donde escuchó ese nombre de labios de la marquesa al dirigirse a una de las invitadas.

Escena de la película de Minnelli con Emma Bovary en el baile del castillo de Vaubyessard

Escena de la película de Vincente Minnelli “Madame Bovary”, con Emma Bovary en el baile del castillo de Vaubyessard

Es como si sobre el oscuro destino de Berthe hubiese planeado desde el principio la frustración que la madre sintió inmediatamente después de su nacimiento. Durante el embarazo deseó que fuese niño. El narrador precisa que, al tener un varón, esperaba que éste la resarciera de las impotencias pasadas. Recordando sus decepcionantes experiencias eróticas, Emma pensaba que, al contrario que el hombre, la mujer “se veía obligada a sentirse siempre cohibida en sus aspiraciones”, teniendo siempre en su contra “las debilidades de la carne y los rigores de la ley”.

Víctima de las indeseables consecuencias que acarreó a la familia la inmadurez y el egoísmo de su madre, Berthe Bovary encarna no sólo el final del mundo de ilusiones falsas por las que se dejó seducir Emma sino el principio de uno muy diferente, desprovisto del oropel bovarista, pero mundo al fin y al cabo. Como le dijo Flaubert en una carta a su amante Louise Colet, la Vida sobrepuja a la Muerte, haciendo crecer la hierba dentro de las calaveras petrificadas.

El narrador se abstiene de ofrecer más detalles acerca del paradero de la joven, pero lo más probable es que, ante un destino tan alejado de las expectativas de la madre y la muerte prematura del padre, olvidase los recuerdos borrosos que quizá conservara de su infancia. No obstante, puede que guardase en la memoria alguna anécdota minúscula, o al menos esbozos de imágenes de aquel pasado que desde su tiempo y circunstancia ella quizá considerase remoto y extraño, casi como un sueño o una experiencia vivida por otra persona.

Escena de la película de Vincente Minnelli "madame Bovary", con el nacimiento de Berthe Bovary

Escena de la película “Madame Bovary”, con el nacimiento de Berthe Bovary

Al contrario que la truculenta historia de Emma Bovary, novelada por la pluma impersonal de Flaubert en los cinco años que dedicó a su escritura, esta vez no habría ningún escritor que narrase la vida de una anónima empleada en una fábrica de algodón, arrancada bruscamente de su familia, pero provista de la oportunidad que supone todo comienzo, dispuesta a forjar un mundo propio en la ciudad. Un mundo que no admitirá una comparación con el de sus padres.

El final de Madame Bovary recuerda al de la otra gran novela de Flaubert, La educación sentimental, en el que su héroe, Frédéric Moreau, evoca ante su amigo de juventud Deslauriers la única anécdota que sobrevivió en su memoria a esa etapa turbulenta de sus vidas: el domingo en que veintisiete años atrás se presentaron los dos en el lupanar de una conocida prostituta, apodada la Turca, con un ramo de flores, decididos a pisar por primera vez aquel antro de perdición, y la repentina huida que emprendieron ante la riña en la que se enzarzaron las prostitutas que salieron a recibirles, creyendo que se burlaban de ellos.

Tres años después todavía perduraban algunos rescoldos de aquella anécdota banal que ahora los dos hombres maduros rescataban del olvido, reconociendo que eso era lo mejor que les había ocurrido en sus vidas. Todo lo demás, el torbellino de las pasiones juveniles, las prometedoras expectativas que compartieron con los jóvenes de su generación, se había diluido en el olvido.

Portada de la primera edición de "La educación sentimental"

Portada de la primera edición de “La educación sentimental”

Thomas Mann reservó un destino más triste que el que Flaubert imaginó para Berthe Bovary al último descendiente de los Buddenbrook, la poderosa familia de comerciantes de la ciudad hanseática de Lübeck, al norte de Alemania, cuya decadencia narró en Los Buddenbrook, a través de cuatro generaciones y en un periodo de cuarenta años, de 1835 a 1876. Estudiante poco dotado, enclenque,  enfermizo  y sensible a los placeres de la música, que heredó de su madre, la violinista holandesa Gerda Arnoldsen, Hanno Buddenbrook muere de tifus a los quince años. Su creador no quiso prorrogar una existencia cuyo destino no habría sido muy distinto del que persiguió al tío del joven, el hipocondríaco y bohemio Christian Buddenbrook, garbanzo negro de la familia.

En vano su padre, el senador Thomas Buddenbrook, fallecido repentinamente cuando Hanno era aún niño, había intentado inculcar al chico el pragmatismo burgués, la energía y el ímpetu para los negocios y el afán por el poder y el éxito que esperaba del heredero del patrimonio familiar. La decepción ante la forma de ser del hijo recuerda a la que sentía Emma Bovary ante Berthe por el mero hecho de ser niña.

Ninguno de estos dos padres pudo satisfacer su deseo narcisista de proyectar sobre los hijos las ambiciones con las que esperaban resarcirse de sus propias insuficiencias. Quisieron que fuesen perfectos, de acuerdo con la idea de la perfección que ellos mismos tenían. Pero quien desee hijos perfectos, mejor que no los tenga.

Casa de la familia Mann en Lübeck, en 1870, en la que se inspiró para recrear la de la familia Buddenbrook

Casa de la familia Mann en Lübeck, en 1870, en la que se inspiró para recrear la de la familia Buddenbrook

En esta ocasión el narrador ahorra al lector la descripción de la agonía, el velatorio y el sepelio del difunto adolescente, al contrario que en los casos de otros miembros de la familia: para la burguesía los ritos fúnebres eran una forma más de exhibición de su poderío. Deja que transcurra el tiempo –seis meses exactamente- para comunicarle su muerte, después de que en el capítulo anterior le haya referido los pormenores de la evolución clínica del tifus.

Tras el fallecimiento de Hanno en 1877, la madre volvió a Amsterdam con su familia, consumándose la extinción de la rama masculina de los Buddenbrook. Esta muerte prematura presagiaba el declive no sólo de la antaño próspera saga de comerciantes sino de la vieja burguesía europea y de los valores que representaba desde hacía dos siglos –laboriosidad, emprendimiento y rigidez moral- y cuya muerte definitiva sobrevendría con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Si cumplir años sirve para algo es para percatarnos de la evanescencia de las cosas, de la fugacidad de los hechos y de los sentimientos y del olvido que planea sobre casi todo. La guadaña del tiempo es mucho más implacable que la de la muerte, aunque su filo mortífero no resulte tan visible y haga su trabajo “tan callando”.

El padre de Thomas Mann, Thomas Johann Heinrich Mann, modelo en el que se inspiró para el personaje de Thomas Buddenbrook

El padre de Thomas Mann, Thomas Johann Heinrich Mann, modelo en el que se inspiró el escritor para el personaje de Thomas Buddenbrook

Hasta aquello que parecía lo bastante curtido por el tiempo como para resistir a sus embates, termina desvaneciéndose en la bruma de los años. Amores que se juraron fidelidad eterna, se descomponen sin remedio. Amistades en apariencia fuertemente atadas, se aflojan al menor revés, deshaciéndose en unos instantes. Familias prolíficas que prometían durar varias generaciones, se agostan en uno de los eslabones, quebrando para siempre la cadena de la descendencia.

Civilizaciones influyentes en su época perecieron al cabo de unos cuantos siglos, legando a la posteridad un puñado de ruinas y algunos legajos. Imperios, religiones, doctrinas, ideologías, costumbres, tradiciones, edificios, ciudades y, cómo no, libros, han naufragado en la marea del tiempo y del olvido. También un día se desmoronan las penalidades que amenazaban con perpetuarse en medio de la impotencia para derrotarlas. No hay mal que dure cien años.

Quien vive mucho, sólo verá rastros de esta devastación universal. El recuerdo que conserve de lo vivido se le antojará como un sueño cuyo relato no interesará a ninguno de sus contemporáneos. No encontrará ni un solo espectador que presencie el papel de último que le toque representar, ya sea en calidad de protagonista o de testigo. Él mismo será también el único espectador de la devastación, como lo fue Berthe Bovary.

En el relato Los muertos (1906), que clausura los quince que componen Dublineses, James Joyce endosó el papel de “último” a Gabriel Conroy, profesor en un liceo de Dublín, reseñador ocasional de libros de literatura en un diario anglófilo, felizmente casado y padre de dos hijos en edad escolar. Conroy es el personaje desde cuyo punto de vista el narrador describe los pormenores del baile y la cena de Noche de Reyes que, como todos los años en esa fecha, las dos ancianas hermanas solteras Morkan y la sobrina que vive con ellas, ofrecen en su casa, en el número 15 de Usher Island, a Gabriel, también sobrino carnal de las mujeres, a su esposa Gretta y a viejos amigos con los que, entre otras cosas, comparten la afición por la música.

Escena de la película "Los muertos", de John Huston, con el banquete de la noche de Reyes en cada de las hermanas Morkan

Escena de la película “Los muertos” (1987), de John Huston, con el banquete de la noche de Reyes en casa de las hermanas Morkan

En la atmósfera melancólica que se respira durante la cena, en la que las anfitrionas y sus amigos exhuman antiguos recuerdos de una época hace tiempo fenecida, la sombra de la muerte se cuela en la imaginación de Gabriel. Las incidencias minúsculas que presencia a su alrededor le confirman el ímpetu del cambio generacional que amenazaba con desplazar a las gentes de su edad, más próximas a los viejos que a los jóvenes invitados, seguramente amigos y alumnos de la sobrina de las Morkan, profesora de piano en una academia.

Gabriel percibe señales significativas de que ésa será la última cena que se celebre en una fecha tan señalada en casa de sus tías. Aunque no se atreva ni a pensarlo, intuye que el año próximo todo será muy distinto. Durante ese tiempo la muerte habrá cumplido su cometido.

La revelación que le hace su esposa en el hotel en el que pernoctaron acerca del amor apasionado que, siendo una adolescente, le profesó un muchacho de su edad que poco tiempo después murió de tuberculosis, acentuó en él la sensación de inseguridad que había experimentado unas horas antes en casa de las hermanas Morkan, tras percatarse de la divergencia entre el discurso del brindis que pensaba pronunciar, y que ahora juzgaba algo pedante y forzado, y la tormenta de sentimientos encontrados que se estaba fraguando en su interior.

Fotograma de la película "Los muertos", de John Huston (1987), en la que Gretta desvela a su marido Gabriel Conroy el episodio de su primer amor con un joven que murió de tuberculosis

Fotograma de la película de John Huston “Los muertos”, en la que Gretta desvela a su marido Gabriel Conroy el episodio de su primer amor con un joven

Al ver a Gretta dormida en la cama, después de la luctuosa confesión que acababa de hacerle, y sofocada la perspectiva de una noche de sensualidad compartida, se adueñó de él la soledad propia del superviviente que, testigo de la muerte que se propaga a su alrededor y él mismo atrapado en el halo de la mortalidad, no le queda más que la certeza de que

“el sólido mundo en el que estos muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose”.

Consciente al fin de su papel de último, se abandona al torrente de pensamientos sombríos, restableciendo así la armonía entre los sentimientos y las palabras a cuya ruptura asistió impotente en el curso de la velada en casa de sus tías. Era imposible solapar el contraste cada vez más palmario entre el mundo decadente que encarnaban éstas, verdaderas abanderadas de virtudes tan entrañables como la hospitalidad, la cercanía, el cultivo de la amistad y la conversación o el amor por la música, y el nuevo que despuntaba en el horizonte, aparentemente más complejo, pero dominado por la abstracción ideológica e identitaria que pronto habría de contribuir al levantamiento de fronteras nacionales en Europa.

"Joyce House", la casa en que Joyce ambientó "Los muertos", ubicada en 15 Usher's Island, Dublín

“Joyce House”, la casa en la que Joyce ambientó “Los muertos”, ubicada en 15 Usher’s Island, Dublín

Ni la nueva música “atormentada por las ideas” escapaba a esa tendencia. ¿Qué había sido de la dulce época en que el viejo Teatro Real de Dublín acogía a las voces más exquisitas del bel canto? ¿Por qué no se cantaban ya las grandes óperas?

Incluso se imaginó velando el cadáver en la casa, junto al resto de la familia, de la ya decrépita tía Kate. De las tres hijas que tuvo el abuelo Patrik Morkan, dueño de una fábrica de almidón, sólo la madre de Gabriel se había casado y tuvo hijos: él mismo y su hermano Constantine, sacerdote. Así pues, de los dos nietos, él, un intelectual sin demasiadas pretensiones, era el único que había asegurado la descendencia del emprendedor Patrik.

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Fotograma de la película “Los muertos”, con las dos tías de Gabriel, Julia y Kate Morkan, junto a Gretta

También su nombre parece marcado por el destino de heraldo del ocaso: en la tradición judía Gabriel es el ángel portador del mensaje del Fin de los Tiempos. Se trata del Último que, sin anunciar nada nuevo, se limita a dejar constancia del declive de cuya inmediatez nadie más que él parece percatarse. Es también la voz del poeta que pregunta “¿Pero dónde están las nieves de antaño?” Sin embargo, ese papel no le otorga ningún privilegio ni lo exime de la inminente disolución.

Habituado a ejercer más de espectador que de actor en el teatro del mundo, el destino lo ha elegido para ese ingrato cometido por atisbar el ocaso antes que los demás e interpretar lúcidamente las señales que lo presagian. Como no se engaña a sí mismo, tampoco pretende embaucar a quienes de buena gana abrazarían el engaño. ¿Para qué negar lo inevitable? De ahí que no encuentre a nadie con quien compartir su amarga misión y deba sobrellevarla en absoluta soledad. Eso mismo le sucede con los recuerdos de los muertos que conserva en la memoria: no tiene  con quien compartirlos. Se encuentra solo ante ellos, tanto que a veces cree haberlos soñado.

Gabriel Conroy junto al lecho de su esposa Gretta, ya dormida, en la habitación del hotel en el que pernoctaron después del baile en casa de sus tías

Gabriel Conroy junto al lecho de su esposa Gretta, ya dormida, en la habitación del hotel en el que pernoctaron después del baile en casa de sus tías

Al emprender la escritura de su gran novela En busca del tiempo perdido, Marcel Proust era consciente de la fragilidad de su salud, amenazada desde la infancia por el asma, y del declive de la aristocracia parisina, con algunos de cuyos más insignes representantes se codeó desde su temprana juventud. La obsesión por fijar mediante la escritura las sensaciones y experiencias vividas, desmenuzándolas con auténtica fruición, era la de quien sospechaba que no viviría mucho tiempo. Sin embargo, no se rindió ante la amenaza de la muerte, al contrario, se encaró con ella, atacándola por el flanco opuesto: la eternidad.

Su habilidad para escindirse entre el atento observador de la restringida sociedad aristocrática parisina y el personaje mundano que fingía ser, para así posibilitar la observación y el análisis, sólo es concebible en alguien que intuía la trascendencia de la misión que se había encomendado: preservar para el recuerdo un mundo que sobrevivía porque las circunstancias le eran favorables, no porque concordase con la realidad.

"Canción de Gibert en el salón de Madame Madeleine Lemaire" (1891), de Pierre Georges Jeanniot

“Canción de Gibert en el salón de Madame Madeleine Lemaire” (1891), de Pierre Georges Jeanniot

La sociedad aristocrática que Proust describió minuciosamente en su ciclo novelístico tenía los días contados, como las monarquías sobre las que se sustentaba. Si éstas eran ya anacrónicas en su tiempo y desempeñaban una función meramente instrumental -dotar de estabilidad política a unos estados dominados por una burguesía que se beneficiaba de esa solidez más aparente que real-, la fastuosidad de la nobleza cortesana reforzaba la imagen de las monarquías. Esa función decorativa fue la que llamó la atención de Proust, un escritor dotado de una poderosa imaginación estética.

La predilección por la aristocracia que siente el joven Narrador de En busca del tiempo perdido, hijo de una familia burguesa y alter ego del escritor, se explica por la poesía que apreciaba en la apariencia de que estaba revestida, desde el vestuario hasta su lenguaje, pasando por los nombres de los títulos que ostentaba, los modales cortesanos, los rituales y el fabuloso pasado que acreditaba. En sus tentativas por acceder al universo aristocrático de los Guermantes, el Narrador no pretende medrar en la escala social.

Élisabeth Greffulhe, condesa de Greffulhe, (1860-1952), modelo principal de Oriana de Guermantes

Élisabeth Greffulhe, condesa de Greffulhe, (1860-1952), modelo principal de Oriana de Guermantes

Marcel no es un esnob, como otros personajes burgueses de la novela que, después de la Primera Guerra Mundial, no sólo consiguieron acceder a los salones sino que algunos incluso se apropiaron de los codiciados títulos nobiliarios por la vía del matrimonio. Carece de la vulgaridad, de la doblez y del talante prosaico que se precisa para semejante empeño. Si le atrae la duquesa Oriana de Guermantes es porque ve en ella la reencarnación de una dama medieval, semejante a una figura de vitral gótico.

Su debilidad por la aristocracia responde a una preferencia innata por lo singular, por lo individual, por lo genuino, único e irrepetible. Y prontamente extinguible. La vejez y la muerte -el saldo final del Tiempo- inmoviliza a los personajes de En busca del tiempo perdido, que ya no pueden volver atrás como no sea para convertirse en estatuas de sal. Sólo el escritor que revive el pasado en la novela que está escribiendo se halla en condiciones de darle la vuelta al Tiempo. La obra proustiana constituye un valioso testimonio contra la muerte y contra la liviandad de la vida humana.

Manuscrito de "En busca del tiempo perdido"

Manuscrito de “En busca del tiempo perdido”

Al contrario que Proust, Giuseppe Tomasi di Lampedusa descendía de una vetusta familia aristocrática de Sicilia. Dos años antes de morir, en julio de 1957, escribió El Gatopardo, la novela en la que recreó la historia de sus ancestros, abarcando el extenso periodo de cincuenta años, entre 1860 y 1910. El modelo en el que se inspiró para el héroe de la historia, el príncipe de Salina, Don Fabrizio Corbera, era su bisabuelo, el también príncipe Giulio di Lampedusa. Sin embargo, la recreación era bastante libre. El escritor se sirvió de este personaje para proyectar sobre él sus obsesiones.

En realidad, Don Fabrizio era él mismo, mejor dicho, el personaje que habría querido ser. Último descendiente de un antiguo linaje, Lampedusa, que no tuvo hijos, se sentía responsable de los recuerdos que guardaba de los antepasados. Por su amplia cultura literaria, nadie como él se hallaba en mejor disposición para dar cuenta por escrito de esos recuerdos. Enfermo y prematuramente envejecido, al embarcarse en la escritura de El Gatopardo sabía que le quedaba poco tiempo de vida, por lo que tendría que darse prisa para acometer la tarea de rescatarlos del olvido.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

La venta de la casa de campo de Santa Margherita y la destrucción del palacio familiar de Palermo durante la Segunda Guerra Mundial le animaron a escribir la historia de la familia. La decadencia de ésta le deprimía, por lo que antes de morir trató de indagar en las causas que la habían provocado.

Don Fabrizio será testigo y partícipe del declive de la antaño todopoderosa familia de los Salina, impotente ante los cambios políticos, sociales y económicos que sacudían a la vieja Europa. Como él mismo reconoce, a la iglesia católica se le había prometido la eternidad, pero a su clase social no, de modo que cualquier paliativo que prometiera durar cien años equivalía a una eternidad.

Palacio Filangeri di Cuto, en Santa Margherita di Belice, en Sicilia

Palacio Filangeri di Cuto, en Santa Margherita di Belice, en Sicilia

En el balance de su vida que hizo en el momento de la muerte, el viejo príncipe  de Salina sólo pudo extraer algunas pepitas de oro de la inmensa montaña de cenizas: sensaciones pasajeras, momentos de arrebato amoroso -pensaba que el amor no era más que “un año de de ardor y llamas y luego treinta de cenizas”- y la voluptuosidad de las mujeres que había conocido.

Los recuerdos más consistentes eran para su afición por la astronomía. Don Fabrizio pasó incontables horas mirando las estrellas desde el observatorio que ordenó instalar en su palacio, “absorto en cálculos abstractos y en la búsqueda de lo inalcanzable”. Era un pasatiempo que lo resguardaba de las adversidades. Y mucho más que eso, la afirmación de la infinitud del Universo frente a la finitud terrenal; de lo perenne, frente a la caducidad de los sentimientos y las cosas; de lo perdurable, frente a lo pasajero; de lo inmortal e incorruptible, frente a lo corrupto y mortal.

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4 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    septiembre 7, 2016 11:22 am

    …Y al final del estío, una brisa delicada de imágenes literarias , con tu delicada percepción literaria, para recibir el otoño, y luego esperar la primavera. Gracias!

  2. septiembre 7, 2016 11:53 pm

    Gracias, Rubén por la lectura. Por aquí no hay rastro del otoño. Hoy hemos alcanzado en Madrid casi 40º, así que la lectura de la entrada del blog tiene cierto mérito. Un abrazo

  3. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    septiembre 8, 2016 12:34 am

    Jaime, con este artículo puedes considerarte maestro en hilvanar diversos temas novelísticos de grandes personajes de la literatura contemporánea. Asombroso. Al terminar de leerlo, parece que asistimos a la creación de una nueva gran novela descriptivo-narrativa.

  4. septiembre 8, 2016 10:15 am

    Gracias, Ángel.

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