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Bartleby, Akaki y otros copistas originales

junio 28, 2016

Las sucesivas innovaciones tecnológicas acabaron con el viejísimo oficio de copista, amanuense, escribiente, escriba o escribano, que son los sinónimos con los que también se lo designaba. Pero la literatura se encargó de inmortalizarlo en dos personajes que seguramente les resultarán familiares a numerosos lectores: Bartleby y Akaki Akákievich. El nombre del primero encabeza el título del relato Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, en el que el jefe del copista, un abogado de nombre desconocido y entrado en los sesenta, narra su extraña y triste historia. Publicado en 1853 anónimamente, pasó desapercibido para los lectores y los críticos.

Las peripecias de Akaki Akákievich se cuentan en El capote, el relato que Nikolái Gógol publicó en 1842. Como el de Melville, también éste acaba con la repentina muerte del copista por culpa de un resfriado invernal y sobre todo por el disgusto que le ocasionó el robo en plena calle del capote recién estrenado. Al contrario que el misterioso Bartleby, el destino quiso que, tras su fallecimiento, Akaki resucitara en forma de fantasma para vengar el humillante robo.

Grabado de época que representa a un copista medieval

Grabado de época que representa a un copista medieval

Tratándose de un oficio urbano, asociado al funcionamiento de las administraciones pública y privada, ambas historias transcurren en dos grandes ciudades, Nueva York y San Petersburgo, ninguna de ellas capital política de sus respectivas naciones, aunque las más representativas de éstas en tanto que urbes modernas y abiertas. Sin embargo, los escenarios en los que están ambientadas ambas historias no eran los más relumbrantes de ellas. Tampoco sus protagonistas representaban su esencia.

A mediados del siglo XIX el mundillo de las oficinas y su silenciosa actividad burocrática no despertaba el interés de los artistas ni incitaba a los poetas y novelistas a seductoras fantasías literarias. Nada tan lejos como una prosaica oficina del sentimentalismo romántico o de la convulsa y a menudo misteriosa naturaleza. Los empleados, muchos de ellos escribientes, desempeñaban un trabajo imprescindible pero rutinario y pobre en expectativas personales. A lo sumo se prestaban a la sátira social. Siendo la pluma y el tintero sus herramientas de trabajo, pronto se encontró para ellos un epíteto burlesco, rayano en el insulto: chupatintas.

En 1850 Nueva York ya destacaba como capital de las finanzas y de las transacciones comerciales. El abogado de Bartleby, el escribiente tiene su oficina en el segundo piso de un edificio alto de Wall Street, el centro de negocios de la ciudad que rezumaba vitalidad todos los días de la semana pero que por las noches y los domingos se quedaba tan desierto como un paraje de Arabia. El local no era precisamente ameno: las ventanas daban a una pared de ladrillo ennegrecida por los años y las sombras.

Herman Melville

Herman Melville

La función del amanuense consistía en escribir a mano las palabras que le dictaban otros o un texto original. No era más que un intermediario. Él sólo ponía la caligrafía y el trabajo físico que le llevaba escribirla. La letra tenía que ser clara y legible, por supuesto, y la redacción gramaticalmente correcta. Debía entregar los documentos en el plazo acordado y, cuando se le dictaba el texto, demostrar rapidez y eficiencia. Del relato de Melville se infiere que en Nueva York se pagaba a cuatro céntimos la página (cien palabras). Akaki, el funcionario más bajo del escalafón, trabajaba por cuatrocientos rublos anuales en un departamento de la administración.

El oficio de copista era humilde por naturaleza. En una época en la que abundaban los aspirantes a escribir textos limpios de toda influencia ajena, o que al menos ésta pasara desapercibida para los lectores, el copista, fiel al nombre de su profesión, basaba su labor en la copia, prescindiendo de toda originalidad.

ilustraciones de Stéphane Poulin para "Bartleby, el escribiente"

ilustración de Stéphane Poulin para “Bartleby, el escribiente”

Sin embargo, pese a que la caligrafía del escribiente estuviese influida por la moda de su tiempo, algo personal latía en esas letras garabateadas por una mano viva que, como todo lo vivo, estaba sujeta a la variabilidad de los estados de ánimo de su dueño. No siempre el hábito ni el ejercicio metódico garantizaban la uniformidad de la caligrafía. Una noche de insomnio, un estado nervioso a cuento de cualquier incidencia doméstica o acontecimiento imprevisto, e incluso un mal día, podían dejar su huella indeleble en la caligrafía, alterando su estilo.

De los dos escribientes que trabajaban en la oficina neoyorquina del abogado de Bartleby, uno de ellos, conocido por el sobrenombre de Turkey, ya sesentón, como su jefe, y vestido con trajes descuidados, dejaba notar en sus copias las señales de un temperamento arrebatado, mientras que la caligrafía de su joven colega Nippers –otro sobrenombre- revelaba un temple fogoso. Así como Turkey trabajaba con entusiasmo por la mañana y empezaba a declinar a partir del almuerzo, a mediodía, cuando su sensibilidad se exacerbaba, volviéndose provocador e insolente, hasta que se extinguía alrededor de las seis de la tarde, Nippers se mostraba por las tardes más sereno que por las mañanas.

Representación teatral del relato de Melville

Representación teatral del relato de Melville

Como consecuencia del cambio de humor en Turkey, después de mediodía salpicaba de manchas los documentos. Además, derramaba la arena y al cortar las plumas, las rajaba con visible impaciencia, arrojándolas al suelo en súbitos arrebatos de ira. Incluso se echaba sobre la mesa, desparramando sus papeles “de la manera más indecorosa”. Si hacemos caso de la descripción que ofrece de ellos el abogado-narrador, el mecanicismo de las conductas que manifiestan estos dos copistas en el desempeño de su trabajo los asemeja a muñecos articulados o a marionetas de movimientos tan acompasados como rutinarios.

Una de las tareas del escribiente consistía en verificar la fidelidad de la copia, palabra por palabra. Cuando había dos o más amanuenses en una oficina, se ayudaban en este examen, uno leyendo la copia y el otro siguiendo el original. Precisamente el fatal destino de Bartleby empezó el día en que, al poco tiempo de que fuese contratado y tras un periodo de efervescencia copista,  se negó a obedecer a su jefe cuando éste le pidió que cotejase una copia con el documento original. La respuesta del taciturno amanuense lo dejó perplejo: “Preferiría no hacerlo”.

Viñeta que ilustra una versión moderna del cuento de Melville "Bartleby, el escribiente"

Viñeta que ilustra una versión moderna del cuento de Melville “Bartleby, el escribiente”

Unos días después repitió estas mismas palabras en el momento en que su jefe le rogó que se uniera a los otros escribientes y al mozo de los recados Ginger Nut –otro sobrenombre- para cotejar las cuatro copias que el propio Bartleby acababa de escribir. A pesar de las tentativas del abogado para que entrara en razones, su réplica era siempre la misma: “Preferiría no hacerlo”.

Aquella desconcertante fórmula con la que respondía a las órdenes del jefe puso a prueba la paciencia de éste, quien, finalmente, y al contrario que los tres colegas de Bartleby, se tomó el absentismo del excéntrico escribiente como un desafío para su piedad de calvinista puntilloso. Esperaba que si salía airoso del envite tendría asegurado un excelente porvenir en el mundo de ultratumba. Pero el asunto empeoró hasta el punto de que el copista, abducido por su absentismo, se negó incluso a abandonar la oficina, por lo que acabó con sus huesos en la cárcel, adonde fue a visitarlo su ya ex jefe.

Grabado de Wall Street en 1867

Grabado de Wall Street en 1867

En el relato tendencioso que el abogado nos ofrece de Bartleby, el más original de los ya de por sí originales copistas que confiesa haber conocido a lo largo de su carrera, pretende convencernos de la sinceridad de sus esfuerzos para salvar al escribiente de su funesto destino, cumpliendo con el deber cristiano de mostrarse caritativo con él hasta el final. En la última visita que le hizo en la prisión se lo encontró muerto en el patio. Se había negado a comer. Ése fue el final de un hombre que, sin familia y sin amigos, se dejó morir por el simple procedimiento de dejar de vivir.

No era una casualidad que en aquella oficina lúgubre, el único de los empleados que tenía un nombre propio fuese Bartleby, pues su jefe, el abogado con pretensiones literarias que narró su historia, se abstuvo de revelarnos el suyo, y a los otros dos copistas y al mozo de los recados se los llamaba con sobrenombres. Si el absentismo hizo de Bartleby un personaje especial, que lo diferenciaba de sus laboriosos colegas, la posesión de un nombre propio lo convirtió en un hombre único en un escenario poblado por hombres sin nombre, susceptibles de ser copiados hasta el infinito.

En 1971 Anthony Friedman adaptó al cine el relato de Melville

En 1971 Anthony Friedman adaptó al cine el relato de Melville

Que el oficio para el que Akaki, el protagonista de El capote, estaba destinado era el de copista se deduce incluso del episodio en el que sus padres eligieron bautizarlo con ese nombre, Akaki, una auténtica copia de su apellido, Akákievich (literalmente, hijo de Akaki). Es evidente que no se rompieron la cabeza a la hora de ponerle un nombre.

Pero no se trataba sólo del oficio; también su destino era ser la copia de alguien, no se sabe exactamente de quién. Gógol lo describe como un funcionario perteneciente al más bajo escalafón de la intrincada administración zarista, soltero y de unos cincuenta años,

“más bien bajo, algo picado de viruelas, algo pelirrojo, a primera vista algo cegato, algo calvo, las mejillas cubiertas de arrugas y la cara de ese color que suelen presentar las personas que padecen almorranas”.

“Eligiendo el nombre de Akaki Akákievich” (1937), ilustración del artista ruso Nathan Altman

“Eligiendo el nombre de Akaki Akákievich” (1937), ilustración del artista ruso Nathan Altman

Con estos datos era difícil concretar a quién se parecía Akaki. De una persona cuyos rasgos físicos no superan la escala del “algo”, lo más probable es que pase desapercibida para quienes tengan la nada extraordinaria oportunidad de encontrarse con ella incluso en un desierto. De alguien así decimos que nos recuerda a alguien. Y si nos preguntan que a quién, volveremos a responder lo mismo: a alguien que a su vez se parece a alguien y así hasta el infinito.

En realidad “alguien” es eso que entendemos por arquetipo, un modelo de individuo con el que nos cruzamos frecuentemente, incluso todos los días, pero en el que no nos fijamos nunca por no hallar en él un rasgo distintivo. Lo miramos sin verlo, sólo porque se encuentra en el radio de acción de nuestra mirada. Pertenece a esa clase de personas que al verlas por primera vez parece como si las hubiésemos visto ya muchas veces. Apenas las miramos, las olvidamos. No dejan huella alguna en la memoria. Sus rostros se nos reproducen por doquier. No nos dicen nada, nos dejan indiferentes. Todo en ellas se nos antoja previsible. Nos basta con echarles un vistazo para formarnos una idea completa de sus vidas, incluyendo su pasado y hasta su porvenir, aunque jamás crucemos una palabra con ellas y carezcamos de cualquier información. Fiamos por completo nuestro juicio a la intuición, al prejuicio y al lugar común, sin prever la posibilidad, así sea remota, de equivocarnos.

En cuanto abren la boca más que para decir algo, para balbucear, producen el curioso efecto de que se abra la boca de quienes se disponen a escucharlos, pero no para expresar asombro sino para algo tan simple e inevitable como bostezar. No son “interesantes”. Ocupan los últimos puestos de cualquier fila. Más aún, son los últimos de entre los últimos (pues también en la parte terminal de la fila hay categorías).

Digital Capture

Ilustración para “El capote”

Nacieron para ser invisibles. No hace falta que mueran para que se los olvide. El anonimato en que transcurrió su vida continuará su curso normal después de la muerte. En realidad es como si no hubiesen nacido para el mundo. Son el patito feo del cuento, pero sin la posibilidad de que un buen día se transforme en cisne. Nunca llegan a nada. Nadie quiere parecerse a ellos, ni son ejemplo para nadie, más bien al contrario. No se parecen a nadie.

Así era Akaki. Por ejemplo, nadie le guardaba el respeto en la oficina y los jefes le trataban “con una frialdad despótica”. Ni siquiera se molestaban en mirarlo, como si fuese una mosca.  Él tomaba los papeles que le alargaban para que los copiase, sin fijarse en quién se los daba ni si tenía derecho a ello. Se limitaba a copiarlo. En sus menesteres de copista entreveía un mundo variado. Tenía sus letras favoritas. Aparte de este trabajo no existía nada más para él.

Hablaba poco y cuando quería decir algo, balbuceaba. Nunca terminaba una frase. Era despistado y caminaba por las calles sin fijarse en nada de lo que le rodeaba. Tenía la mala suerte de pasar bajo las ventanas en el preciso momento en que alguien tiraba basura a la calle, por lo que llevaba siempre en el sombrero cáscaras de sandía o alguna cosa parecida.

Sello conmemorativo de "El capote"

Sello conmemorativo de “El capote”

No participaba de las diversiones usuales para distraerse ni asistía a veladas, como sus colegas de la oficina, en las que todos se esmeraban por distinguirse de sus compañeros, con lo cual todos terminaban por parecerse entre sí. Al final de la jornada laboral se acostaba pensando qué le enviaría Dios a la mañana siguiente para copiar. Se conformaba con su suerte. En suma, Akaki era el empleado más original de la oficina y probablemente de todas las oficinas de San Petersburgo. Nadie le superaba en originalidad, aunque él no lo supiera y le importase un bledo. Era tan original que nadie se molestaba en disputarle su puesto.

Los empleados jóvenes se burlaban de él incluso en su presencia, descaradamente. El copista reaccionaba con aparente indiferencia ante esas burlas y seguía copiando. Sólo cuando le empujaban con el codo, obstaculizando su trabajo, les rogaba que le dejasen en paz: “¿Por qué me ofendéis?”.

Ilustración para "El capote" que plasma el episodio en el que los compañeros de oficina de Akaki se burlan de él

Una viñeta para “El capote” que plasma el episodio en el que los compañeros de oficina de Akaki se burlan de él

El narrador se detiene en un joven oficinista, recién ingresado, que un día, mientras se burlaba de Akaki junto a otros compañeros, copiándose unos a otros, al escuchar la queja de éste se sintió “como herido por el rayo”. Desde entonces todo lo vio con otros ojos. Se había percatado de la inhumanidad de aquellas burlas contra el compañero. A partir de ese momento se distanció de sus colegas.

Con su actitud disidente el joven oficinista sellaba la ruptura con la masa de hombres-copia para acceder al casi desierto país de los originales, los que actúan al dictado de su conciencia, al margen de tendencias, modas, tradiciones o costumbres establecidas. Al reconocer en Akaki a un hermano no tuvo más remedio que compartir con él su condición de original en un lugar poblado de hombres-copia.

Cubierta de una edición rusa de "El capote"

Cubierta de una edición rusa de “El capote”

Robert Walser dedicó algunos de sus escritos a la figura que más se parecía al amanuense: el “personaje notable del oficinista” que trabaja en una oficina “estrecha, enjuta, escasa y antipática”. A él le dedicó una estampa literaria. El relato no lo firma Walser sino el estudiante Fritz Kocher, autor de unos cuadernos en los que durante un tiempo anotó muchas cosas, y que murió poco después de terminar sus estudios. Walser se presenta al lector como responsable de la publicación de los cuadernos por encargo de la madre del joven difunto.

El propio Walser tenía una acreditada experiencia en el ramo de la administración, ya que en su juventud ejerció de oficinista en bancos y empresas. Al igual que sus personajes, también sintió la alegría del trabajo en una oficina, la sensación de cumplir un deber, algo que al menos le ayudaba a ahuyentar la nostalgia que invade al ocioso.

Foto de juventud de Robert Walser

Foto de juventud de Robert Walser

El autor justifica la escritura de la estampa del oficinista por entender que ya era hora de que alguien se detuviese “en este personaje”, que nunca había sido objeto de un estudio escrito, seguramente porque

“el joven encogido, con la pluma y la pizarra de hacer cuentas en la mano, era excesivamente inofensivo y cotidiano, demasiado poco pálido y depravado, demasiado poco interesante para servir al señor poeta como material”.

De él observa que sobrelleva con gusto su silenciosa existencia de escribiente, “deja al mundo y la disensión ser lo que son, es prudente y sabio, y da la impresión de entregarse a su destino”. Aunque no lo parezca, durante su ocupación monótona y descolorida “tiene no pocas oportunidades de experimentar qué es ser un filósofo”. Sus herramientas son la pluma, lápiz negro, lápiz rojo, lápiz azul, regla y toda clase de tablas de cálculo. Su pluma es generalmente “de punta recta, afilada y feroz” y la escritura “limpia, no falta de brío, incluso a veces demasiado briosa”.

Una oficina en la década de los años treinta del siglo XX

Una oficina en la década de los años treinta del siglo XX

Cuando toma la pluma, el oficinista titubea un instante “como para recogerse debidamente, o como para apuntar al modo del cazador experimentado”. Luego dispara, con el resultado de que las letras, las palabras y las frases “vuelan como sobre un campo paradisíaco, y cada frase tiene una cualidad elegante, muy expresiva”. Incluso puede que invente al vuelo construcciones de frases que podrían despertar la admiración de muchos profesores instruidos. No se parece a los poetas, que

“esperan ser famosos y recompensados en cada andrajo de lenguaje que sueltan”.

Melville, Gógol y Walser sabían que la vida real está tejida de paradojas y que donde menos se espera salta la liebre. Por ello encontraron tipos originales donde a otros autores no se les habría ocurrido buscarlos: en el gremio de los copistas, cuyo oficio, como indica su nombre, consiste en copiar lo que escriben otros, descartando, por tanto, cualquier amago de autoría.

Retrato de Gógol

Retrato de Gógol

Con semejante oficio no cabía esperar que quienes lo desempeñaban portasen un solo rasgo de originalidad. Más aún, era en ese gremio donde la turba de novelistas-copia que, a falta de imaginación, tienen que presumir de originales, habrían buscado a individuos a costa de los cuales componer sátiras trilladas. Como apunta Gógol en El capote, personajes del estilo de Akaki Akákievich eran objeto de mofa por cierta clase de escritores que, siempre en comandita, “tienen la plausible costumbre de ensañarse con los que no se pueden defender”.

Pero, guiados por el ingenio y la imaginación, Melville, Gógol y Walser intuyeron, como los  novelistas cuya obra ha sobrevivido a las modas y al escrutinio del tiempo, que la verdad no reside donde la lógica y el sentido común indican que debe estar. Así que fueron a buscarla no en el centro de atención de todas las miradas y del que habla todo el mundo, sino en la otra parte, en el reverso en el que nadie repara, a las afueras, en la antesala, en el cuarto de la costurera, como Proust, o en una vulgar oficina de copistas.

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2 comentarios leave one →
  1. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    julio 4, 2016 8:08 pm

    No es fácil encontrar valores en lo vulgar, en lo cotidiano, en lo sencillo y corriente. No es frecuente que descubramos valores que están casi ocultos a diario a nuestros ojos. Así somos de vulgares nosotros mismos. Pero más valioso todavía es hacer una obra de arte con esos personajes o acontecimientos vulgares, rutinarios y corrientes como hicieron Melville, Gógol y Walser. Verdaderamente, la obra de arte puede encontrarse en cualquier lugar, por indiferente que nos parezca. El artista es el que nos lo hace descubrir, como tú has hecho, Jaime, con este preciso artículo.

    • julio 5, 2016 12:13 pm

      Gracias, Ángel. Es más difícil ver lo que se tiene cerca de los ojos que lo lejano. A veces tiene que pasar bastante tiempo para que al fin lo atisbemos.

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