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Viejo castigo para un crimen nuevo

junio 14, 2016

150 aniversario de Crimen y castigo

Este año se cumplen ciento cincuenta años de una de las novelas más fascinantes y probablemente también más leídas de la historia moderna de la literatura. En enero de 1866 la revista literaria “El mensajero ruso” publicaba la primera entrega de Crimen y castigo. Fiódor Dostoyevski, que entonces tenía cuarenta y cuatro años, concibió la trama de la novela en la ciudad alemana de Wiesbaden, después de perder mucho dinero jugando a la ruleta y de acudir a una prestamista para empeñar un objeto apreciado por el que la mujer le pagó la tercera parte de su valor. Esperaba que la publicación periódica de la novela le reportase el suficiente dinero como para saldar sus deudas. Pero los catorce mil rublos que ganó con ella se esfumaron pronto por el hostigamiento de los acreedores. Hasta el final de sus días vivió acosado por la miseria y las deudas que acumulaba.

Parece que el novelista proyectó la fantasía criminal que tuvo que apoderarse de él en aquellos momentos sobre el héroe de su historia, Rodión Raskólnikov, un joven solitario de veinticuatro años que una tarde de julio asesina a la prestamista Aliona Ivánovna, una vieja con fama de despiadada y explotadora, no tanto para robarle el dinero y las joyas que guardaba en su casa como guiado por la idea de que un ser tan vil no merecía seguir viviendo. Pero, en contra de sus planes, se vio forzado a matar también a la hermanastra de Aliona, Lizaveta, una costurera de treinta y cinco años, tímida y apocada, que convivía con la vieja.

Ilustración para la novela de Dostoyevski "Crimen y castigo"

Ilustración para la novela de Dostoyevski “Crimen y castigo”

El doble crimen cometido por este muchacho culto, inteligente y pobre, que malvive en una miserable pensión de San Petersburgo, lejos de su madre y su única hermana, tras abandonar la carrera de Derecho por falta de dinero, recuerda a las noticias periodísticas de sucesos parecidos a éste que, por citar dos ejemplos célebres, inspiraron a Stendhal para Rojo y negro y años más tarde a Flaubert para su Madame Bovary. Sin embargo, esta vez ocurrió a la inversa y unos días después de la publicación de la primera entrega de la obra, el 14 de enero, un estudiante de Moscú asesinó a un usurero y a su criada en unas circunstancias idénticas a las descritas por Dostoyevski. Además, un intelectual moscovita encarcelado tras asaltar un banco justificó su delito con unos argumentos similares a los expuestos por Raskólnikov.

Son pocas las novelas que logran el raro privilegio de influir en la realidad y menos aún aquéllas que incluso la anticipan. También en este segundo caso Crimen y castigo figura entre las privilegiadas. Al igual que muchos de los lectores que nos han precedido, hoy leemos la novela como una pesadilla premonitoria de las matanzas masivas perpetradas en el siglo XX por las tiranías totalitarias, del mismo modo que la espantosa pesadilla de Raskólnikov con la yegua esquelética golpeada hasta la muerte por su dueño y unos cuantos desalmados presagia el doble crimen que el joven cometería pocos días después.

Fiódor Dostoievski retratado por Vasily Perov

Fiódor Dostoievski retratado por Vasily Perov

El asesinato y las motivaciones que impulsan a sus autores a perpetrarlo preocuparon a Dostoyevski toda su vida y se halla presente en sus grandes obras. La reclusión de cuatro años en el penal de Omsk, en Siberia, “eternamente encadenado, eternamente custodiado y nunca solo”, le permitió intimar con delincuentes de toda laya. Era el lugar más adecuado para que incubase una historia como la que años después narraría en Crimen y castigo.

Pensaba que el crimen no es una simple enfermedad social o una consecuencia de la deficiente organización de la sociedad, sino que está arraigado en la naturaleza humana porque la inclinación al mal por el mal es una fuerza antigua y fundamental en el hombre. Su padre, médico de profesión, viudo y retirado en una casa de campo, fue asesinado por los siervos, hartos de su temperamento tiránico. Fiódor tenía entonces apenas dieciocho años.

Excepto en unos pocos capítulos, Crimen y castigo está narrada desde el punto de vista de su inquieto protagonista, al que el lector sigue, un tanto agitado también, en sus andanzas por las calles de San Petersburgo, esa ciudad de la que un personaje, el taimado Arcadi Svidrigáilov, dice que, a la vista de la cantidad de personas que hablan solas mientras caminan por la calle, debe estar poblada por semidementes (entre ellos el propio Raskólnikov), dignos de ser analizados por médicos, juristas y filósofos. “Será difícil hallar otra ciudad en la que se ejerzan sobre el alma humana influencias tan tenebrosas, agudas y extrañas como en ésta”. A continuación se pregunta si ello se deberá al clima.

"luminación en San Petersburgo, 1869", del pintor Feodor Alexandrovich Vasilyev

“Iluminación en San Petersburgo, 1869”, del pintor Feodor Alexandrovich Vasilyev

Dostoyevski empezó a escribir Crimen y castigo en primera persona, a modo de confesión, pero se inclinó por el narrador omnisciente, quizá para distanciarse del estado de ánimo de Raskólnikov, con el que debió de identificarse al principio, y dedicar algunos capítulos a otros personajes secundarios, sobre todo a Svidrigáilov. Por su estructura, la sucesión de las escenas y las citas y conversaciones que sostienen los personajes, la novela recuerda a una obra de teatro y confirma el talento para la dramaturgia de que estaba dotado el autor ruso.

No obstante, las descripciones, casi siempre escuetas, de los ambientes y de los personajes, resultan inolvidables para el lector, al igual que las pesadillas nocturnas que asaltan a algunos de ellos. En los pocos días del sofocante mes de julio en que transcurre Crimen y castigo se huelen las calles polvorientas, las tabernas con sus atmósferas cargantes, las cocinas, las habitaciones cerradas.

El narrador presenta a Raskólnikov como un lobo estepario aclimatado a la ciudad, pariente cercano del protagonista de Memorias del subsuelo, publicadas dos años antes, y, como éste, cautivo en una burbuja tan angosta como el cuartucho de la pensión en la que se hospeda; un tipo obsesionado con una sola idea, de temperamento nervioso, sensible e irritable, que en los últimos tiempos vive sometido a una tensión extrema, al borde de la locura. Pero además de teórico, Raskólnikov es también un hombre de acción que no se conforma con madurar en la mente una idea sino que necesita trasladarla al mundo real con todas las consecuencias.

Conversación de Raskólnikov con Marmeládov, padre de Sonia, por Mijaíl Petróvich Klodt

Conversación de Raskólnikov con Marmeládov, padre de Sonia, por Mijaíl Petróvich Klodt

Hasta la aparición fortuita de su viejo amigo y antiguo compañero de Universidad, Dimitri Razumikhin, y más tarde de la joven prostituta Sonia Marmeládov, Raskólnikov es un personaje monolítico, carente de contrapunto. El aislamiento lo mantiene rehén de su obsesión. El reencuentro con Razumikhin -desde hacía tres meses no se veían- tras cometer el crimen, introduce en su vida sombría un amago de luz. Por suerte, éste representa todo lo contrario que él: es sensato, servicial y con un elevado sentido de la amistad, enérgico, práctico y con las ideas claras sobre lo que quiere y sobre su futuro. Tiene ganas de enamorarse, por lo que la aparición de la bella y temperamental Dunia, la hermana de Rodión, será la oportunidad que le presente el destino para satisfacer sus expectativas.

Si bien Dostoyevski se abstiene de contarnos las costumbres de Raskólnikov, quien irrumpe en la novela al mismo tiempo que la idea que le atribula, tendremos la ocasión de enterarnos por el juez que instruye su caso, Porfirio Petróvich –tío de Razumikhin-, de que dos meses antes del doble asesinato una revista publicó un artículo suyo en el que analizaba el estado de  ánimo de un asesino durante la ejecución del crimen. Por tanto, estamos ante un joven fantasioso e intelectualmente inquieto, probable lector de revistas como ésa en la que apareció su extravagante artículo, al que sólo le obsesiona una idea: la extraña prerrogativa que tienen determinados individuos -catalogados de “extraordinarios”-, del estilo de Napoleón o Mahoma, para transgredir la ley moral, incluida la prohibición de matar.

Sonia Marmeládov en una ilustración para "Crimen y castigo"

Sonia Marmeládov en una ilustración para “Crimen y castigo”

Algunos de estos monstruos sanguinarios pueden ser incluso unos bienhechores y reformadores de la humanidad, a los que no les importa destruir el presente en aras de un futuro prometedor. Raskólnikov los contrapone a la masa informe de los sumisos y disciplinados, que se complacen en vivir en la obediencia. Como otros jóvenes de su generación, él también anhelaba cambiar el mundo, eliminando a las personas que juzgaba improductivas.

La primera cita que tuvo con la vieja usurera Aliona, a cuya casa acudió para empeñar el reloj que le regaló su hermana, y el estado mísero en el que se encontraba, fueron alimentando aquella idea planteada en el artículo de la revista. Al matarla a hachazos, el ex estudiante hambriento y desarraigado en la gran ciudad, alejado de la familia y de su único amigo, quiso demostrarse si era un gusano como los demás o un hombre. “El poder pertenece a quien se atreve a bajarse para obtenerlo. Basta con atreverse, eso es todo”, le dirá posteriormente a su novia Sonia Marmeládov, al confesarle su delito. A partir de ese momento tuvo que reconocer que en realidad era un gusano como el resto de los mortales. A fin de cuentas asesinar a una vieja en su casa y a su apocada hermanastra tampoco era una hazaña pretenciosa.

Raskólnikov le confiesa a Sonia su doble crimen, según una ilustración de la época

Raskólnikov le confiesa a Sonia su doble crimen, según una ilustración de la época

Pero a Raskólnikov sólo le interesaba superar la prueba, demostrarse a sí mismo la efectividad de su idea, por lo demás nada original, como él mismo pudo verificar antes del crimen, a raíz de la charla que casualmente escuchó en una taberna entre un oficial y un estudiante en la que mencionaron a Aliona y este último le comentó a su colega que sería capaz de matarla para robarle “sin el menor escrúpulo de conciencia” y emplear el dinero robado en buenas acciones. ¿Es que la vida de la vieja usurera no pesaba menos que la de un piojo?

Raskólnikov pertenece a la estirpe de dialécticos intransigentes que se las arreglan para encajar su interpretación del mundo a sus desvaríos, y a quienes les importa más el método, al que se aferran con auténtico fanatismo, que el resultado de su aplicación. Sólo cree en su idea y en la Idea en general, a la que subordina todo lo demás, empezando por las sensaciones y los sentimientos.

Sin embargo, el joven es víctima de una contradicción que escapa a su teoría. Mientras rebate el exitoso positivismo de la época, divulgado por las “nuevas ideas”, con su culto a la ciencia y al progreso indefinido, él mismo encarna una forma de utilitarismo amoral e inhumano, según el cual determinados hombres dotados de virtudes excepcionales, como Napoleón, pueden violentar la ley moral establecida, eliminando a personas que ellos mismos consideran indignas de seguir viviendo por entender que son improductivas, cuando no dañinas para la sociedad.

Rodión Raskólnikov en una ilustración para la novela de Dostoyevski

Rodión Raskólnikov en una ilustración para la novela de Dostoyevski

De esta manera la figura de Napoleón, en tanto que prototipo de hombre fuerte en el que, a pesar de su derrota y de cuanto representaba, se miraron las generaciones posteriores, incluido Raskólnikov, se erige en un símbolo primordial de una peculiar concepción del poder que cifraba sus expectativas en la fuerza de la voluntad individual. En la secularizada sociedad burguesa de mediados del siglo XIX Napoleón ejemplificaba el ascenso a la cumbre del poder del hombre proveniente de la periferia y hecho a sí mismo, que con la sola ayuda de su inteligencia y una voluntad de hierro, alcanzó cuanto se propuso, sorteando todos los límites establecidos así como los obstáculos que le salían al paso. Cualquiera podía aspirar a imitarlo, siempre que tuviese una idea clara  y a prueba de toda duda, de lo que quería y se sintiese liberado de prejuicios y escrúpulos de conciencia.

Aunque no lo manifieste, y parezca que la antipatía que Raskólnikov profesa a las “nuevas ideas” propugnadas por los positivistas de la época obedece al rechazo que le inspiran los esnobs que las propagaban, como el prometido de su hermana, el fatuo y mezquino abogado Piotr Luzhin, el motivo de orden ideológico que explica esa antipatía es que en el positivismo materialista predominaba el factor impersonal, frente al acusado personalismo que caracteriza al héroe de inspiración napoleónica y que en aquella época apenas tenía predicamento en la sociedad europea, pero que unas décadas después experimentaría un auge insospechado.

"Napoleón cruzando el San Bernardo, 1801", de Jacques-Louis David

“Napoleón cruzando el San Bernardo, 1801”, de Jacques-Louis David

Dostoyevski opone a la singular transgresión moral que acarrea la puesta en práctica de la idea que impulsó a Raskólnikov a matar a la usurera y su hermana el amplio catálogo de infracciones cometidas por los muchos que todos los días del año atentan contra la moral común y el código penal. Para ello confronta la actitud del joven ante su doble crimen con la demostrada por el nihilista Svidrigáilov, sospechoso de haber envenenado a su esposa Marta Petrovna, causándole la muerte, para así quedarse con su fortuna, sentirse libre de las ataduras del matrimonio y dar rienda suelta a sus apetencias sexuales. Además, sobre él pesaba la sospecha de que en tiempos pasados violó y asesinó a una niña.

De lo que sí se tiene una certeza absoluta es que trató de seducir con malas artes a Dunia, la hermana de Rodión, cuando ésta trabajaba de institutriz en su casa familiar. Ante el fracaso de la tentativa, Svidrigáilov no dudó en acusarla de haber intentado seducirlo. Con esta calumnia esperaba predisponer a Marta Petrovna contra la muchacha y manchar su reputación.

Astutamente, en esta ocasión el narrador se desentiende de su omnisciencia y se abstiene de ofrecerle al lector alguna pista que avale las sospechas que pesan sobre el presunto criminal. Nadie dispone de pruebas objetivas que permitan inculparlo y que probablemente él mismo se encargó de borrar. En este sentido, Svidrigáilov se revela como el criminal perfecto que se las arregla para no dejar huella alguna de sus delitos, como también lo habría sido Raskólnikov si no hubiese confesado su crimen justamente en el momento en que se esfumaron las pruebas que podrían haberlo inculpado. Dostoyevski, que conoció a numerosos delincuentes y criminales durante su confinamiento en Siberia, parece creer en el crimen perfecto y, por tanto, impune.

Peter Lorre en el papel de Raskólnikov en la adaptación para el cine que rodó Josef von Sternberg en 1935

Peter Lorre en el papel de Raskólnikov en la adaptación para el cine que rodó Josef von Sternberg en 1935

Al contrario que Svidrigáilov, Raskólnikov confiesa sus crímenes porque tiene a otras personas enfrente que, lógicamente preocupadas por su suerte, intentan aliviar su situación. Sabe que mientras no se declare culpable continuará atrapado en el desarraigo en el que germinó su idea y la terrible decisión de hacerla realidad. Antes que romper los puentes con ellas decide confesarles el delito, aunque la consecuencia más trágica de la confesión sea el trastorno mental que se adueñó de la madre y su inmediata muerte.

No obstante, entre la confesión y el arrepentimiento sincero habrá de transcurrir un periodo largo de asimilación de la culpa. Al compararse ante Sonia con Lázaro de Betania resucitado a los cuatro días de su muerte por su amigo Jesús, Raskólnikov no imaginaba que ablandar una conciencia endurecida por la autarquía de la idea llevaría mucho más tiempo. La soberbia se resistía a rendirse.

En cambio, Svidrigáilov no tiene a nadie a quien confesar sus delitos, excepto a la policía y a los jueces. Nadie le ama ni le espera en algún lugar. Durante demasiados años las personas a las que podría haber amado no fueron para él más que simples objetos manipulables y destinados a satisfacer sus apetitos sexuales. La única vez en que el sentimiento de culpa asomó en su conciencia fue en las tres pesadillas que tuvo la turbulenta noche en que se alojó en un hotel, antes de descerrajarse un tiro en la boca. La obstinada negativa a reconocer su culpabilidad estalló en los sueños, donde resulta imposible escapar del tribunal de la conciencia.

Raskólnikov le confiesa a Sonia su doble crimen, según una ilustración de la época

Raskólnikov le confiesa a Sonia su doble crimen, según una ilustración de la época

La buena acción de donar un dinero para los pequeños hermanastros de Sonia, huérfanos recientes de padre y madre, y para Raskólnikov, sólo aliviaba momentáneamente su sentimiento de culpa. Al final, no encontró otra salida que el suicidio (emigrar a América, como le dijo a Sonia: su última mentira).

Aún antes de matarse ideó un nuevo plan para seducir a Dunia mediante una encerrona en su apartamento, donde intentó incluso forzarla a mantener relaciones sexuales con él. Pero la inesperada resistencia que opuso la joven, disparándole con una pistola, aunque errara el tiro, le convenció de la inutilidad de esta última tentativa. No le quedaba otra alternativa que rendirse y dar por perdida cualquier esperanza. Al revelarle a Dunia y más tarde a Sonia que Raskólnikov no tenía otras opciones que confesar su doble crimen y ser condenado a prisión o suicidarse, en realidad estaba pensando en su propia situación y en el negro destino que le aguardaba.

Si Raskólnikov pudo sobrevivir a la vergüenza que le causó la confesión de sus crímenes gracias al amor de Sonia y a la comprensión de los suyos, Svidrigáilov murió asfixiado bajo el peso de su culpa a cambio de salir indemne del juicio de los hombres y de la temida opinión ajena.

Aadptación de "Crimen y Castigo para la televisión, con Ben Kingsley, Patrick Dempsey y Julie Delpy

Aadptación de “Crimen y Castigo para la televisión, con Ben Kingsley, Patrick Dempsey y Julie Delpy

El otro personaje malvado, pero con las manos limpias de sangre, que Dostoyevski confronta con Raskólnikov es el pretendiente de Dunia, Piotr Luzhin. Por su parentesco con la esposa de Svidrigáilov este hombre maduro y atildado estaba al corriente de los problemas que tuvo la joven en la época en que trabajó de institutriz en casa de Svidrigáilov a cuento del acoso sexual al que fue sometida por éste. Cuando Dunia y su madre llegaron a San Petersburgo -Rodión ya había cometido su doble crimen- para entrevistarse por primera vez con el pretendiente, se percataron de algo que Raskólnikov intuía por una carta en la que la madre le contó todo: que no era más que un fatuo, un miserable y un codicioso que trataba de comprar a Dunia, presentándose no sólo como el reparador su reputación, manchada por las calumnias de Svidrigáilov, sino como el que habría de redimirla de la pobreza.

La diferencia crucial que distingue el delito exclusivo de Raskólnikov de los ordinarios que cometen Svidrigáilov y Luzhin es que está desprovisto de las pasiones, deseos o necesidades que impulsaron a éstos últimos a perpetrarlos. Raskólnikov no mata alentado por una pasión incontrolable o una necesidad imperiosa, aunque ante el tribunal esgrima la miseria material en la que se hallaba en el momento de asesinar a la usurera y su hermana, para así poder ser juzgado y penalizado de acuerdo con el código establecido.

El único móvil de su doble crimen fue aplicar una idea según la cual los hombres pueden asesinar a seres humanos improductivos y socialmente dañinos. Basta con que se lo propongan. De ahí que no sienta remordimiento alguno. Él sólo actuó en calidad de ejecutor de una idea que, como había tenido ocasión de comprobar, era incluso tema de conversación en las tabernas. Otro asunto es que nadie se hubiese atrevido a ejecutarla hasta entonces. Al menos en este sentido demostraba ser original y coherente.

Retrato de Fiódor Dostoyevski

Retrato de Fiódor Dostoyevski

La justicia humana habría comprendido mejor un delito del mezquino y manipulador Luzhin o del lujurioso Svidrigáilov, que el cometido por el moralmente intachable Raskólnikov, capaz de donar sus últimos kópecs a una familia necesitada o de arriesgar su vida para apagar un incendio en una casa y salvar a unos niños. Su víctima, la vieja y malvada usurera, no era para él más que un exponente de lo que consideraba una lacra social y, por tanto, exterminable. Matándola exterminaba a una representante de esa lacra.

Raskólnikov cree que su crimen no debe ser enjuiciado a la luz del código penal, al tratarse de una ejecución en toda regla, realizada en cumplimiento de un mandato superior, como el que cumplen los grandes “ejecutores” de la Historia del estilo de Napoleón (y en el siglo XX, Lenin, Stalin, Hitler o Mao). En este sentido recuerda a la figura del Verdugo imaginada por Joseph de Maistre, quien mata por mandato divino, para expiar los delitos de la humanidad, desempeñando el trabajo sucio que las personas “normales”, sometidas a la ley y a su moral tradicional, no se atreven para no mancharse las manos, pero que en su fuero interno aplauden.

Retrato de Joseph de Maistre

Retrato de Joseph de Maistre

El verbo exterminar irá asociado para siempre al recuerdo del siglo XX y a las matanzas perpetradas por las tiranías totalitarias, ejecutoras también de alguna idea, ya sea la de eliminar a los miembros de una clase previamente catalogada como improductiva o a los de una raza legalmente excluida de la comunidad “aria”, y en la hora del exterminio, de la misma comunidad humana. La etimología de la palabra exterminio resulta reveladora: alejar o desterrar a alguien más allá de las fronteras, en este caso de los límites humanos, para destruirlo. En latín el “exterminator” es el que “echa o arroja”, es decir, alguien con la suficiente autoridad sobre los hombres como para adoptar semejante medida.

Por primera vez en la historia de la civilización cristiana el hombre se convierte para sus congéneres en un dios despiadado, aunque compartan las mismas miserias y dependencias. Una de las grandes intuiciones de Dostoyevski fue desenmascarar la inmoralidad de las ideologías o movimientos políticos con pretensiones redentoristas que, escudándose en una nueva moral pública, se otorgaban a sí mismos carta blanca para ejecutar sus planes sanguinarios. Entre sus seguidores no han figurado las usureras ni los Luzhin o los Svidrigáilov de turno, sino los implacables “héroes” de la despersonalización. Ladrones, primero, y luego asesinos del alma humana, a la que sacrificaron en el altar de alguna obtusa abstracción. Esta clase de asesinos jamás rinde cuentas al tribunal de su conciencia mientras desprecia los tribunales humanos.

Cubierta de la edición rusa de "Crimen y castigo", fechada en 1867

Cubierta de la edición rusa de “Crimen y castigo”, fechada en 1867

El novelista ruso señaló con acierto el pecado que se escondía tras esas ideologías criminales, en cuyo nombre se ha asesinado y torturado tanto o más que bajo el yugo opresor del que se pretendía liberar a la humanidad: la soberbia luciferina, un pecado clasificado como capital por la moral cristiana y emparentado con la avaricia de Luzhin o la lujuria depredadora de Svidrigáilov. Por tanto, a pesar del grosero utilitarismo social con que Raskólnikov pretendía revestir su doble crimen, éste se encuadra dentro de los límites tanto de la moral tradicional como de la jurisdicción establecida. No representa ninguna excepción. La Justicia hizo lo correcto al eludir la “idea” que le impulsó a cometerlo, tratando al culpable como a cualquier criminal común. No incumbía a los tribunales examinar esta cuestión sino a la conciencia del asesino.

Una vez preso en el penal siberiano, el joven se percata de que su idea continúa intacta. No ha sido capaz de desarrollarla adecuadamente por culpa de la debilidad de su inteligencia y de su voluntad. Es evidente que el arrepentimiento no tiene cabida en esta conclusión. Como no siente remordimiento, tampoco halla la redención verdadera, aunque pague el tributo que le debe a la justicia humana.

Ha matado sólo por la idea, no por odio ni ninguna otra pasión, por baja que hubiese sido. Él mismo, su persona sensible, fue el principal obstáculo. Resulta que, además de inteligencia y voluntad, estaba compuesto de otros elementos cuya influencia no había sopesado y que a la postre traicionaron la idea al escapar a su raciocinio. El más poderoso de ellos era el instinto de conservación que le impulsó a entregarse a la justicia, apartándole del suicidio al que, si no hubiera sido por la comprensión de Sonia y sus seres queridos, tendría que haberse abandonado.

Raskolnikov y Sonia (Sonja). Imagen de una versión francesa de 1935

Raskolnikov y Sonia en un fotograma de la versión francesa estrenada en 1935

El narrador describe una de las visiones que, en estado febril, Raskólnikov tuvo al llegar al penal, en la que su delirante idea se expande entre la población europea, como una peste. Excepto un puñado de privilegiados, todos son víctimas de unos parásitos nuevos que desatan en ellos una furia espantosa hasta que mueren. La enfermedad se manifiesta en una locura que les hace creer que están en posesión de la verdad y distinguir el bien del mal. Las personas infectadas por los malignos microbios se matan entre sí bajo el imperio de una cólera absurda. Sólo unos pocos, los elegidos, se salvan de los estragos de la peste. Son los predestinados a fundar una nueva vida y a purificar la tierra. Pero nadie escucha a esos hombres en parte alguna.

Una persona aparentemente anodina, una pobre prostituta forzada por la miseria a ejercer el oficio, descompuso el gélido mundo de raciocinio en el que estaba confinado Raskólnikov, despertando en él las sensaciones que hasta ese momento habían permanecido aletargadas bajo el hielo de la idea. Todo ello gracias a la perseverancia y a la confianza que Sonia depositó en él y a medida que fue comprendiendo que es a través del amor a Otro susceptible de ser admirado como el Yo alcanza la armonía necesaria. “Sólo experimentaba sensaciones -observa el narrador- La vida reemplazaba a la dialéctica y algo por entero distinto se elaboraba en su conciencia”. Pero Dostoyevski reserva la historia de la recuperación moral del recluso para una hipotética novela que nunca escribió.

Dostoievski en su lecho de muerte (1881), pintado por Ivan Kramskoi

Dostoyevski en su lecho de muerte (1881), pintado por Ivan Kramskoi

En cuanto al papel del juez de instrucción Porfiri Petróvich, la lectura del artículo publicado por Raskólnikov en una revista y los indicios que lo relacionaban con la usurera y el doble crimen le llevaron a concluir que era culpable, aun careciendo de pruebas demostrables que pudiesen inculparlo. Porfiri es un perspicaz psicólogo, mal que le pese a Raskólnikov; un observador nato y tal vez el personaje más cabal y lúcido de Crimen y castigo.

Soltero de unos treinta y cinco años, con escasos amigos y de fisonomía “casi afeminada”, se definió ante el ex estudiante como un hombre “sensible y compasivo, no del todo desprovisto de saber, pero acabado por completo”. Curiosamente, en la primera y en la última de las tres conversaciones que sostuvieron ambos utilizó esta misma expresión, “un hombre acabado”, sólo que la primera vez añadió: “casi momificado”.

En aquella charla le hizo una extraña confidencia: se quejaba de que, al menos en los círculos petersburgueses, cuando dos hombres inteligentes se encontraban no tuvieran nada que decirse durante una hora, y hasta se mirasen con embarazo, y que las personas de clase media “como nosotros”, se mostraran hoscas y taciturnas, acaso miedosas, al contrario que la gente común, que siempre disponía a mano de temas de conversación. ¿Sería porque no tenían intereses sociales o porque eran demasiado honestos para engañarse unos a otros? A Raskólnikov estas confidencias le parecieron pura cháchara.

El actor Innokenti Smoktunovski encarnó a Porfiri Petrovich en la versión soviética para el cine de "Crimen y castigo" que en 1969 dirigió Lev Kulidzhanov

El actor Innokenti Smoktunovski encarnó a Porfiri Petrovich en la versión para el cine de “Crimen y castigo” que en 1969 dirigió Lev Kulidzhanov

Sin embargo, con sus palabras Porfiri Petróvich se hacía eco del aislamiento que padecían las personas independientes, con criterio propio, en una sociedad entumecida por la mediocridad y el mimetismo. El juez intuyó desde el principio que la soledad de Rodión, el asesino obsesionado con una idea ominosa, era un reflejo exagerado de la suya. Si algo los unía era su desprecio hacia cualquier forma de engaño en las relaciones personales. Antes que involucrarse en la comedia de una vida social estúpida y vacua preferían permanecer en el mutismo.

En su última conversación con el ex estudiante, cuando se presentó inesperadamente en su habitación a título particular, el juez volvió a definirse como “un hombre acabado” después de que Raskólnikov le reprochase que se diera “aires de profeta”. Pero el verdadero propósito de su visita fue decirle a bocajarro que era el asesino de la usurera y su hermanastra y aconsejarle que confesase el doble crimen y se entregara a la justicia. Ya se encargaría él de alegar a su favor que mató a las dos mujeres a causa de un trastorno mental transitorio, “pues en realidad se trata de eso”.

Estaba seguro de que Raskólnikov aceptaría la expiación de su delito. Eso sí, antes tendría que sufrir. Profiri Petróvich elogia el valor del sufrimiento, una “gran cosa” en la que “existe una idea”, aunque él mismo no tenga el aspecto de sufrir mucho y tampoco se prive de nada.  El sufrimiento entendido como una expiación por los propios delitos, un castigo impuesto por alguna autoridad. Ni Schopenhauer, el filósofo que, sin privarse de nada, comparó este mundo con un lugar de penitencia y una colonia penitenciaria, se habría expresado mejor que este juez tan juicioso que, como se conoce a sí mismo y asume lo limitado de sus expectativas, se engaña lo menos posible.

El filósofo Arthur Schopenhauer

Arthur Schopenhauer

Porfiri descarta de antemano la posibilidad de hacer una excepción legal ante un delito tan singular. No habrá jurisdicción especial para un crimen nuevo desde la perspectiva de la ley y la moral establecida, pero crimen a fin de cuentas. Después de todo fue una suerte que matase a una vieja malvada, le dice a Raskólnikov, ya que

“si se le hubiera ocurrido otra teoría quizá hubiese cometido un acto cien millones de veces peor”.

En 1866 faltaban aún veintitrés años para que naciese Hitler, el ejecutor, más que autor, de una “teoría”, el antisemitismo, que en pleno siglo XX condujo al exterminio sistemático de millones de inocentes y que, semejante a una nueva Peste Negra, circulaba desde hacía años por las alcantarillas de la cultura europea -el propio Dostoyevski contribuyó a expandirla en sus escritos-, sin que todavía nadie se atreviese a trasladarla al mundo real. La pregunta inquietante que suscita la lectura de Crimen y castigo es hasta qué punto una idea perversa, concebida por una mente extraviada, puede dar el salto mortal a la realidad en unas circunstancias propicias, como lo fueron la miseria, el desarraigo y el fanatismo en el caso de Raskólnikov.

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5 comentarios leave one →
  1. junio 15, 2016 12:37 am

    Excelente!!! Gracias.

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    junio 15, 2016 12:07 pm

    Jaime, tu artíclo resulta impresionante, es un perfecto análisis de la obra de Dostoyevski “Crimen y castigo”. Recorres los trasfondos sicológicos de los personajes de la novela, los analizas a la luz de la historia y de la situación Europea de la época en que la escribió el autor. Es cierto que esta obra era un aviso de lo que podría ocurrir (e iba a ocurrir) pocos años después con locos como Hitler, Stalin y Mao. De locos así todavía no estamos libres en nuestros tiempos y creo que no lo estaremos nunca. Vale la pena leer de nuevo esta maravillosa obra que tantos mensajes encierra y que resulta de tanta utilidad en nuestros tiempos, no solopor los mensajes que contiene sino por lo que profundiza en el alma de los humanos.

    • junio 15, 2016 9:51 pm

      Muchas gracias, Ángel por tu lectura y el comentario. Sí, “Crimen y castigo” es una gran novela, que de verdad merece la pena releer o leer para quienes no la hayan leído. Y no es ningún lugar común afirmar que Dostoyevski fue un visionario, además de un novelista realmente singular.

  3. Milagros Quilcat permalink
    junio 25, 2016 12:15 am

    Excelente !!! estoy leyendo esta gran novela por tercera vez y encuentro mas detalles…gracias .

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  1. Crimen y castigo (Fiódor Dostoievski) | Devaneos

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