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Leer para vivir, aunque parezca lo contrario

mayo 31, 2016

George Steiner ha advertido del riesgo de que el escritor, y el artista en general, se entreguen a su obra con tal ensimismamiento que se abstraigan por completo del mundo real, permaneciendo insensibles al dolor ajeno que gime tras la puerta de su estudio pero compartiendo el que sufren sus personajes. Flaubert vomitó después de describir los vómitos de sangre que sacudieron a Emma Bovary tras ingerir el arsénico que habría de matarla unas horas después y Balzac lloró la muerte de la duquesa de Langeais ante la perplejidad del amigo que acaba de visitarle y que no conocía a ninguna mujer en París con semejante título nobiliario. 

Steiner ilustra su advertencia con una cita de Coleridge: “La poesía estimula en nosotros sentimientos artificiales; nos hace insensibles a los verdaderos”. En un sentido parecido, Chesterton dijo que las posibilidades de trastorno mental que hay en la literatura no se deben tanto al amor por los libros como a la indiferencia hacia la vida y los sentimientos. Desde este punto de vista, también el lector se hallaría expuesto a un riesgo similar. Mientras se zambulle en las páginas de un libro, sobre todo si se trata de una ficción, deja de estar en el mundo que le rodea, rompe provisionalmente los vínculos con él, obstruyendo los canales de la sensibilidad que le comunican con “el mundanal ruido”.

George Steiner

George Steiner

La lectura nos permite descansar de la realidad, aunque nos mantenga ocupados con otra de orden mental de la que también extraemos emociones análogas a las que nos proporciona la realidad sólo que, salvo contadas excepciones, carentes de consecuencias reales. Como la imaginación o el sueño, un libro nos transporta a una esfera distinta de la real, otro espacio, otro tiempo y personajes, situaciones y conflictos ajenos a los nuestros y a los que acaecen a nuestro alrededor. Ahí también late la vida, por supuesto, pero en una dimensión que, por su artificialidad, nos exonera de cualquier compromiso directo con el siempre conflictivo entorno exterior.

Porque las lecturas que atraen no son las que reflejan el mundo en el que vivimos, sino aquellas que trasladan al lector a otros mundos en los que se siente más en casa que en la propia. Se trata de la paradójica virtud de la lectura a la que se refiere Daniel Pennac: “abstraernos del mundo para encontrarle un sentido”. Salir fuera para entender mejor lo que hay dentro. También para saber dónde se está, para no extraviarse. Elias Canetti reconoció que sin los libros viviría más intensamente, pero no sabría cual era su lugar en el mundo, no podría orientarse. Eran para él “compás, memoria, calendario, geografía”. Leer para vivir, como  aconsejaba Flaubert, aunque parezca lo contrario.

Daniel Pennac

Daniel Pennac

Decimos que un lector está enfrascado o embebido en la lectura de un libro. El primer verbo alude a un aislamiento en una especie de burbuja que lo mantiene separado del mundo real; el segundo, a la absorción por un objeto que reclama su atención, de tal forma que lo enajena incluso de su propio existir en el mundo. Leyendo con todos los sentidos despiertos no es el que es durante el resto del tiempo ni se encuentra donde realmente está.

William Hazlitt decía que la literatura anticipa e incrementa la disolución  de los objetos reales y

“genera una inquietud ficticia y un deseo de variedad, creando a nuestro alrededor un mundo de ficción, no solamente llevándonos a través de la imitación de escenas de la vida, sino sumergiéndonos en los innumerables laberintos de la imaginación”.

El resultado de todo ello puede traducirse en una indiferencia general hacia los objetos que nos rodean, hacia las personas y las cosas reales, provocada por la disparidad entre el mundo de la imaginación y el exterior. Cuando nos cansamos de un libro, añade Hazlitt, podemos dejarlo a un lado, “pero no es fácil colocar a los amigos en un estante cuando nos importuna su compañía”. Compara a estos lectores insensibles ante lo real con los hombres de la caverna de Platón, que confunden las sombras de las figuras que ven desfilar por la pared con personas y seres reales.

Si la realidad es suplantada por las ideas y la mente se habitúa a la contemplación, los objetos reales apenas obrarán efecto sobre ella. Hazlitt se remite al caso de Cicerón, quien dejó de lamentar la muerte de su hija cuando recordó la gran oportunidad que se le presentaba para componer un panegírico en su memoria. “La insensibilidad de los autores hacia las calamidades domésticas y privadas se ha llevado a menudo hasta extremos absurdos” y la existencia de un mero hombre de letras y emociones

“se nos aparece, en el mejor de los casos, como una muerte en vida, un triste ocaso, una especie de errar por unos Campos Elíseos fabricados para nosotros mismos”.

Autorretrato de William Hazlitt (1802)

Autorretrato de William Hazlitt (1802)

Un testimonio de lector absorbido por la lectura de ficciones nos lo dejó Fernando Pessoa, para quien los personajes de las novelas son tan reales “como cualquiera de nosotros”. Lamentándose por no haber podido ser en la vida como el señor Pickwick, el personaje de la novela de Dickens Papeles póstumos del Club Pickwick, ni haber vivido en aquel tiempo, “con aquella gente, gente real”, anotó que

“los desastres de las novelas son siempre hermosos porque en ellos no corre sangre verdadera, ni en las novelas se pudren los muertos, ni la podredumbre está podrida en las novelas”.

También se preguntaba si la novela no sería una realidad más perfecta que la vida. Muchas veces reparó en que algunos personajes novelescos llegan a tener para nosotros una importancia que nunca podrían alcanzar nuestros conocidos y amigos, los que hablan con nosotros y nos oyen en la vida visible y real. Esta conclusión le llevó a preguntarse si “la totalidad de este mundo no será una serie de sueños y novelas alternativamente insertos”. Le parecía que la mejor manera de empezar a soñar es a través de los libros, principalmente las novelas, que permiten al lector abandonarse a la lectura, vivir de manera absoluta con los personajes, de modo que “nuestra familia y sus desgracias nos parezcan repulsivas e insípidas al lado de ellas”.

Pessoa recomendaba al lector que evite la lectura de novelas literarias, donde la atención tiende a desviarse hacia la forma de la novela. No sentía vergüenza de que él empezase a leer de esta manera. Sus primeras lecturas fueron novelas policíacas. En cambio, las novelas amorosas se le caían de las manos por una cuestión personal: ni siquiera en sueños tenía él la hechura de amante.

Fernando Pessoa fotografiado en una calle de Lisboa

Fernando Pessoa fotografiado en una calle de Lisboa

El lector de ficciones participa de ellas hasta el punto de convertirlas en una prolongación de sus propias experiencias, sintiendo con los personajes y acompañándoles en sus aventuras y desventuras. Para él la letra impresa es más que eso: carne y sangre. Le basta con entender lo que lee y, por encima de todo, sentir, sin reparar en la forma o en los aspectos técnicos de la escritura en los que quizá se detenga el lector experto, que conoce los intríngulis de la creación literaria. Una descripción sumaria y precisa, seca en adjetivos, es más que suficiente para encender su imaginación; el tono de voz que el novelista presta a sus personajes, y no tanto la enumeración de sus rasgos externos, le basta para formarse una idea de ellos.

El lector adánico lee atendiendo únicamente a la historia, guiado por su credulidad, el instinto y la intuición. Así es como hemos leído en nuestra infancia y primera juventud, cuando las novelas nos entretenían o nos aburrían, nos identificábamos con alguno de sus personajes y otros nos causaban un vivo rechazo. Éramos lectores sin más prejuicios que aquellos que manifestábamos ante las experiencias reales: intuitivos, inexpertos, crédulos y sumamente receptivos, como es propio en las edades tempranas.

Proust escribió que los días que pasamos en nuestra infancia con un libro preferido, sobre todo en las vacaciones escolares, fueron los que vivimos plenamente, aunque creyéramos que los dejábamos de vivir. La demostración evidente de esa plenitud es que años después él mismo los evocase detalladamente, como cualquier experiencia compartida con otras personas. Que la lectura constituye una experiencia análoga a cualquier otra actividad o acción se desprende del hecho de que, al igual que al recordar éstas las asociamos a las sensaciones que nos depararon, también la lectura de un libro se recuerda por la sensación que nos acompañó mientras lo leíamos. Leer para vivir.

Marcel Proust, retratado por Blanchard

Marcel Proust retratado por Jacques Émile Blanche

En su breve discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1978, Issac Bashevis Singer mencionó las características principales que podrían definir a un lector ingenuo, al que asoció con la infancia. Singer confesó que si había escrito historias destinadas a los niños fue porque éstos “no critican al autor”, “no leen para hallar su identidad”, ni “para liberarse de sus culpas, calmar sus ansias de rebelión o librarse de su alienación”.

Además, “no saben psicología”, no “intentan comprender a Kafka”, “quieren historias, no comentarios ni guías”. Cuando les aburre un libro “no tienen temor de su autoridad” y, por último, “no piensan que el escritor vaya a redimir a la Humanidad”, pues, jóvenes como son, “saben que eso es imposible, sólo los mayores tienen estas ideas juveniles”.

Sin embargo, hay lectores que jamás salen de esta etapa primaria y el resto de su vida siguen leyendo con la misma inocencia y el mismo entusiasmo del principio. La experiencia lectora no ha mellado su curiosidad ni su imaginación. Sin ser jóvenes lectores son lectores juveniles. Cada lectura nueva (también la relectura) los renueva.

Isaac Bashevis Singer

Isaac Bashevis Singer

Como quizá no podía ser de otra manera, el caso más célebre de un lector que, seducido por las ficciones que leía, rompió totalmente sus vínculos con el mundo real, forjando uno paralelo e inspirado en la ficción libresca, ha sido descrito en una novela. El realismo con el que Cervantes quiso dotar a la fantástica historia que narró en el Quijote explica que trasladase esta ruptura con la realidad a un hombre al que la lectura intensiva de libros de caballerías enloqueció por completo. De este modo el carácter extraordinario de la historia de Alonso Quijano-Don Quijote pudo tornarse comprensible: en la locura tienen cabida todas las singularidades, todas las excepciones y eso que desde el punto de  la realidad calificamos en términos generales de exageraciones, de las que se nutre la ficción literaria.

El desarraigo del viejo hidalgo Alonso Quijano, por el que el Cervantes pasa de puntillas, afectaba sólo a la realidad en la que vivía físicamente y se fue ahondando a medida que estrechaba los lazos con el exótico universo caballeresco. Su mundo –un paraíso artificial- no era de este mundo, pero aun así era mundo a su manera. Como se dice en el lenguaje coloquial para referirse a una persona medio trastornada, estaba más para allá que para acá. Su “allá” era el universo de los libros.

Los verdaderos amigos Alonso Quijano eran los personajes de sus amadas novelas de caballerías, con quienes compartía sus sentimientos, deseos, temores, esperanzas y demás pasiones, viviéndolas en propia carne. Gozaba, sufría, temía, deseaba y soñaba mucho más con ellos que con las personas que le rodeaban, a las que, pese a la proximidad física, veía distantes y hasta fantasmagóricas.

"Don Quijote leyendo", de Honoré Daumier (1867)

“Don Quijote leyendo”, de Honoré Daumier (1867)

Es probable que sintiese con más intensidad la desgracia, e incluso la muerte, de alguno de esos personajes que la de cualquiera de sus allegados. La presencia física le afectaba menos que la ficticia, si es que no le resultaba indiferente. Somos lo que sentimos, sin que en la práctica importe si los sentimientos se proyectan sobre el mundo real, y por tanto común y compartido con otros seres también reales como nosotros, o sobre uno ficticio, en el que sólo existen criaturas igualmente ficticias, pero de apariencia tan real como las de carne y hueso.

Esos libros eran sus Sagradas Escrituras, la luz que lo alumbraba en las sombras cada vez más alargadas de la vejez. La sustitución de una creencia por otra -en el mundo real por el ficticio- dejó intacta su credulidad. Alonso Quijano nunca permaneció en los márgenes de la creencia, sólo cambió una por otra, como hace tanta gente a lo largo de su vida, aunque algunos no se percaten de ello y, por un fallo de la memoria, sostengan que siempre creyeron en lo mismo. Si cambió su fe en las cosas en las que creían sus paisanos y compatriotas por la fe en los mentirosos libros de caballerías es porque encontró esas creencias enmohecidas y en las que la mayoría de la gente creía sin verdadera fe, sin esperanza y sin caridad.

Al igual que somos lo que sentimos, también somos lo que creemos. Toda creencia es una patria. Se echa raíces en un credo. Credo ergo sum. En el mundo se está, pero en la creencia se vive y algunos –los vividores, parásitos de la creencia- hasta viven de ella, aunque al cabo del tiempo no se sepa muy bien quién es el parásito de quién. Los personajes del Quijote aficionados a los libros de caballerías sabían distinguir las trepidantes ficciones que se describían en ellos del mundo real, con el que se identificaban sin fisura alguna.

Grabado de Gustave Doré para el prólogo del "Quijote"

Grabado de Gustave Doré para el prólogo del “Quijote”

Eran unos lectores cuerdos, en su sano juicio. Estaban con un pie en las páginas del libro y con otro en la realidad circundante, a sabiendas de que en ésta les iba la vida. Ninguno creía con la devoción del hidalgo en unas historias extravagantes que leían para entretenerse, para olvidarse momentáneamente de la realidad aldeana y del tiempo histórico en el que les tocó vivir, retrocediendo a la época esplendorosa, pero fenecida hacía tiempo, de los caballeros andantes: nunca cualquier tiempo pasado fue mejor para aquella España en la que Cervantes ubicó su historia (“no ha mucho tiempo”).

Para hacer más comprensible la locura libresca de Don Quijote, Cervantes dio vida a un lector opuesto a Alonso Quijano. Se trata del otro hidalgo de la novela, Don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, como lo rebautizó Don Quijote por el atuendo de ese color que vestía cuando él y su escudero lo vieron por primera vez. Alejado de la ciudad y de la vida cortesana, Don Diego lleva una vida morigerada con su esposa y su hijo, aborrece los libros de caballerías, hasta el punto de prohibirles la entrada en su biblioteca, desconfía de las letras y admira la teología en perjuicio de la poesía. Como puede verse, estamos ante un hidalgo nada ingenioso al menos si se lo compara con su antagonista.

Al contrario que Don Quijote, teme lo imprevisible, aquello que pueda desentonar en su uniforme vivir, tan monocolor como el traje verde que viste. Ha cerrado las puertas a la imaginación y la fantasía no menos que a la acción y a la curiosidad. Está conforme con lo que tiene: una vivienda amplia y cómoda, una esposa eficiente y un orden vital revestido de una racionalidad que él desea inconmovible. La cordial acogida que dispensa a los dos extraños viajeros no impide que Don Quijote acortara su estancia, quizá incómodo con la frialdad que el anfitrión mostraba hacia los libros de caballerías.

Don Lorenzo, el hijo de Don Diego de Miranda, leyendo sus versos ante Don Quijote

Don Lorenzo, el hijo de Don Diego de Miranda, leyendo sus versos ante Don Quijote

De todas las paradojas que alberga el Quijote tal vez la más significativa pero menos perceptible, pese a su evidencia, es que la locura de Don Quijote empieza a agrietarse desde el momento en que deserta de la lectura de los libros de caballerías y sustituye su identidad de hidalgo Alonso Quijano por la del caballero andante Don Quijote de la Mancha. En su nueva vida jamás dedicará un solo recuerdo a su pasado de hidalgo lector. Tabla rasa, ruptura total. Ahora lleva esos libros en la memoria: un mundo ficticio en una cabeza despojada de mundo real. Vive, duerme y sueña con ellos, pero sin tocarlos ni leerlos.

Aburrido de una existencia dividida entre las noches que dedicaba a sus placenteras lecturas y el retorno obligado a la tediosa realidad aldeana, un día decidió que lo mejor era acabar con esa escisión, convirtiendo todo el tiempo de su vida -y ya no le quedaba mucha- en un placer ininterrumpido. Por ello tuvo que desprenderse de su identidad de hidalgo para reencarnarse no sólo en un caballero andante sino en un libro de caballerías viviente, mejor dicho, andante, que se lee a sí mismo en las páginas que guarda en su portentosa memoria confrontándolas con las aventuras que le deparará su viaje por tierras de España, junto a Sancho Panza.

Escena de la ópera de Jules Massenet "Don Quichotte"

Escena de la ópera de Jules Massenet “Don Quichotte”

Mientras estaba en casa, encerrado en la biblioteca, empuñando ocasionalmente la espada contra los fantasmas librescos -así fue como le sorprendió una noche su sobrina por la cerradura de la puerta-, la locura permanecía a buen recaudo y protegida de los embates de la realidad. Pero cuando el hidalgo sale de su casa una mañana de julio transformado en caballero andante nadie podía evitar el choque estrepitoso con el mundo real, que desde el principio no dejará de infligirle derrotas que él acoge como pruebas necesarias para fortalecer su valeroso brazo.

El resultado final de ese constante enfrentamiento se saldará con la derrota de Don Quijote y el retorno forzoso a su aldea, a su hogar y a su sólo aparentemente extinta identidad de viejo hidalgo rural con un pie en la tumba. Si en lugar de transformarse en un caballero andante, Alonso Quijano se hubiera quedado en casa, leyendo y releyendo  libros de caballerías, éstos le habrían preservado de los embates de la realidad, pero Cervantes no habría escrito su ingeniosa novela, ni nosotros estaríamos hablando de ella y de sus personajes como de unos viejos amigos con los que venimos conversando desde hace muchos años.

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9 comentarios leave one →
  1. mayo 31, 2016 12:32 pm

    Brillante y aportando esencialidad, como siempre. Enhorabuena.

  2. Juan Carlos Ansin permalink
    mayo 31, 2016 9:38 pm

    Muy buenooooo!!!….Copio, robo, guardo y comparto. Una pequeña inquietud….la realidad….el mundo que nos rodea es como una inmensa biblioteca o mejor, como un museo de cosas y de gente y demás seres….es un mundo que nos es dado como si fuera una enciclopedia…lo vivimos escogiendo o aceptando lo que nos ponen o escribe el destino, dios o el azar. La lectura nos libra de esto…de lo que el Gran Escritor del Universo nos ha dado a vivir, lo que ÉL ha escrito para nosotros. Y nosotros pequeños dioses rebeldes, no resignados a lo que, Quien sea, nos impone…escribimos, inventamos y vivimos ese Universo que preferimos u odiamos. La Realidad, creo firmemente, es lo que nosotros creemos ver y SENTIR en lo que nos rodea y eso para el Otro es otro mundo…ancho y ajeno. La realidad no existe sin nosotros…existe la muerte. Lo único y verdaderamente real…y hay quienes se rebelan a esa imposición y se apropian de ella y se quitan la vida ficticia…la que llamamos real…pero eso, como toda ficción, no nos libera de esa realidad absoluta…la verdadera.La que nos espera a todos por igual.

  3. junio 1, 2016 1:16 am

    Un texto brillante. Enhorabuena.

  4. junio 1, 2016 11:23 am

    ¡Gracias!

  5. Ernesto Restrepo permalink
    junio 2, 2016 2:23 am

    Muy interesante y completo el ensayo , muy agradable lectura
    Mil gracias

  6. the cuentista permalink
    junio 10, 2016 5:19 pm

    Muy interesante articulo e invitación a la reflexion. Eso si, no estoy de acuerdo prácticamente en nada.

  7. septiembre 15, 2016 4:22 pm

    En su lecho de muerte y al verse abandonado por los médicos que le asistían, Balzac, con el último aliento de vida que le quedaba, dijo: “Que llamen al doctor Bianchon”, y se murió. Bianchon, el médico de La comedia humana.
    Parafraseando a Borges hablando del Quijote: ¿Por qué nos inquieta que Balzac llore la muerte de la duquesa de Langeais o pida auxilio al doctor Bianchon? Creo haber dado con la causa: tales confusiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser reales, nosotros, sus lectores, podemos ser ficticios.

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