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Edipo en el Capitolio de Roma

mayo 17, 2016

La conmemoración del cuarto centenario de la muerte de William Shakespeare constituye un buen pretexto para releer algunas de sus obras que cuatro siglos después nos siguen planteando interrogantes cuyas respuestas no hacen más que sugerir nuevas preguntas. El universo shakesperiano es como un tapiz en el que las figuras y las escenas aparecen representadas con una primorosa economía de medios. Sin embargo, el reverso del tapiz está formado por un amasijo de hilos ante cuya desconcertante visión sólo cabe preguntarse cómo es posible que de semejante laberinto resulte una obra tan perfecta.

Poco importa que sus piezas teatrales transcurran en tiempos pasados, en escenarios cortesanos, en castillos y en palacios, y que sus personajes sean emperadores, reyes, príncipes, vasallos o nobles. Las historias que en ellas se narran pueden trasladarse a otras épocas y escenarios, con personajes de otra condición. En todas confluyen pasiones, sentimientos y pensamientos universales.

Retrato de Shakespeare con autógrafo

Retrato de Shakespeare con autógrafo

Shakespeare es un guía extraordinario para el autoconocimiento y el conocimiento del mundo. Pero requiere una lectura meditada, de largo alcance, recordar las palabras de los personajes, formarse una idea lo más completa posible de ellos. De lo contrario, se corre el riesgo de quedarse en la comprensión distante y superficial del argumento de las obras, en la conclusión sumaria o, lo que es peor, en el gastado comentario de la contraportada de cualquiera de sus libros.

Una de las obras de aparente sencillez es Julio César, en la que Shakespeare, inspirado por la lectura de Plutarco, ahondó en los motivos de la conjura contra Julio César que culminó con su asesinato el 15 de marzo del año 44 antes de Cristo a manos de los conspiradores encabezados por el noble patricio Marco Bruto, de quien se rumoreaba que era su hijo natural (Shakespeare no menciona este dato). El meollo de la obra reside en el conflicto emocional que el complot representó para éste, dividido entre su amor a César y la obligación política de eliminarlo que se impuso ante el temor de que el dictador sentara las bases para la restauración de la monarquía. Por ello bien podría haberse titulado Marco Bruto.

No obstante, Shakespeare prefirió titularla con el nombre de César. Pese a que éste muere en el acto segundo, su sombra planea a lo largo de la obra y los conspiradores terminaron derrotados por las tropas del sobrino nieto del propio César, el joven Octavio, su sucesor, y de Marco Antonio. También después de muerto ganó esta batalla.

"La muerte de Julio César", de F. H. Fuger

“La muerte de Julio César”, de F. H. Fuger

Con su proverbial sagacidad, Shakespeare introduce en la escena primera del acto primero el motivo de la protesta en la élite dirigente contra las pretensiones de Julio César de reforzar sus poderes hasta límites peligrosos para las libertades. Una mañana, dos tribunos, Flavio y Marulo, ordenan a varios ciudadanos, artesanos de oficio,  desperdigados por las calles de Roma, que vuelvan a sus casas. Pero ellos replican que ese día están de asueto para ver a César y regocijarse con su triunfo tras su regreso de la batalla de Munda, en España, donde derrotó a los hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto. Convencidos por las razones de los tribunos, los artesanos obedecen “amordazados por su culpa”, la de  haber festejado el triunfo de César sobre la sangre de Pompeyo.

A continuación Flavio y Marulo despojan las estatuas engalanadas con los trofeos de César mientras prosiguen su tarea de disolver a la plebe de las calles de Roma, evitando que se formen grupos, y ordenar el regreso a sus casas. Con esta medida trataban de hacer ver al dictador que sus triunfos no eran aclamados por el pueblo como él esperaba.

“¡Si a César le arrancamos esas plumas que le crecen/ su vuelo alcanzará la altura común;/ si no, se elevará adonde no llegue la vista/ y a todos nos tendrá en terrible sumisión”. (Versión de Ángel-Luis Pujante)

En este comienzo Shakespeare insinúa el tema central  alrededor del cual girará la obra, en una estrategia de aproximación que en la escena siguiente alcanzará a sus principales protagonistas. En ella asistimos a una procesión presidida por Julio César, acompañado por el leal Marco Antonio y el círculo de íntimos: su esposa Calpurnia, Porcia y su marido Marco Bruto, Cayo Casio, cuñado de éste, Cicerón, Decio Bruto y Casca. De pronto aparece el Adivino para advertir al dictador que se guarde de los idus de marzo.

Busto de Marco Bruto

Busto de Marco Bruto

En la secuencia siguiente Shakespeare da pie a una conversación entre Casio y Bruto, en la que éste, al preguntarle Casio si acudirá a las carreras, le confiesa que no es aficionado a los juegos y que carece del talante alegre de Marco Antonio. Casio le responde que últimamente no halla en él la gentileza acostumbrada, reprochándole que se muestre “áspero y huraño con el amigo que te estima”. Bruto le aclara que no se equivoque, que el descontento sólo va contra él mismo. Desde hace algún tiempo le afligen sentimientos encontrados.

Al fin Casio halla el pretexto que buscaba para involucrar a Bruto en la conjura que planea contra César, por lo que le pregunta si puede verse la cara. Él mismo se ofrece para hacer de espejo  y descubrirle lo que no ve en sí mismo, su valor oculto. Ha oído a muchos de los hombres más respetados de Roma gemir bajo la opresión de la época, deseando que “el noble Bruto” abra los ojos.

Incluso trata de seducirlo alabando el prestigio de que goza entre el pueblo romano con la tortuosa estrategia de arrojarle por la ventana cartas redactadas por él mismo, pero con letras distintas, a fin de que crea que se las han escrito admiradores anónimos. Sabe que está necesitado de halagos y le interesa atraerlo para la causa porque, al contrario que él, es apreciado por César, aunque no tanto como Marco Antonio.

Busto de Julio César

Busto de Julio César

En ese momento se oyen clarines y aclamaciones, lo que suscita en Bruto el temor de que el pueblo escoja por rey a César. Ante semejante comentario, Casio le sondea para conocer su opinión sobre las pretensiones del dictador. La respuesta de Bruto es que no quisiera que se lo entronizase, para añadir a rcontinuacón que le ama sinceramente. Entonces Casio le revela su inquina personal contra César, haciéndole partícipe de su indignación y animándole a que encabece el malestar general contra el dictador.

Esta forma un tanto retorcida de indagar en el pensamiento de Bruto para conducirlo a su propio terreno demuestra la astucia de Casio, ponderada por César en la conversación que sostiene posteriormente con Marco Antonio y en la que le confiesa que le gusta rodearse de hombres gruesos y que duerman bien. Antonio no duerme demasiado: le gusta trasnochar en las fiestas privadas que organiza. Pero César no está pensando en él al formular ese juicio. Piensa en Casio.

Cayo Casio Longino

Cayo Casio Longino

Como la mayoría de los poderosos, Julio César está dotado de una extraordinaria agudeza psicológica cuando tiene que aplicarla sobre individuos de los que desconfía y que considera perjudiciales para sus objetivos. Casio es uno de ellos. De él dice que tiene un aspecto famélico y que piensa demasiado. No le teme, pero debería estar más grueso. “Lee mucho, es un gran observador/ y cala  los motivos de los hombres”. Apenas sonríe y, cuando lo hace, parece que se burlara de sí mismo, “despreciándose por ceder a la sonrisa”.  Al contrario que Marco Antonio, no es amigo de espectáculos ni escucha música, una carencia que en El mercader de Venecia Shakespeare atribuye a Shylock y que asocia a individuos poco fiables.

Hombres como él, concluye César, “nunca están en paz consigo mismos/ mientras ven que otro los supera/ y por eso son muy peligrosos”. Aun así, aclara que no es eso lo que teme, sino lo que hay que temer, pues él siempre será César. Marco Antonio le disuade de sus sospechas. Acto seguido le ruega a éste que se coloque a su derecha, pues no oye nada con el oído izquierdo, y que le diga francamente qué opina de Casio.

Esa sordera parcial y la autosuficiencia confirman el progresivo aislamiento de la realidad que le conducirá a la muerte. No hay que olvidar que los conspiradores alzaron su mano contra él en el Capitolio, después de que desechara con una dureza inconmovible la súplica que le hizo el senador Metelo Cimbro, y reiterada luego por Bruto y Casio, para que  revocase el destierro de su hermano Publio.

Escena de la película de Mankiewicz con Julio César y Marco Antonio, papel interpretado por Marlon Brando

Escena de la película “Julio César”, de Joseph L. Mankiewicz (1953), con Julio César y Marco Antonio, papel interpretado por Marlon Brando

Aunque no se equivoque con Casio, Julio César comete el error de no reparar en la tristeza que en los últimos tiempos éste apreciaba en el rostro de Bruto, hijo de una de sus amantes, Servilia Cepionia. Quizá por la cercanía familiar no sospechara de él. Ignora que, como Casio, también pertenece a la clase de hombres que no duermen bien y piensan demasiado. Esa ignorancia explica que en el momento en que los conspiradores blandieron sus cuchillos contra él, exclamara: “Y tú también, Bruto”. Sí, también. Su olfato de poderoso le falló nada menos que con Bruto, acaso porque no era un hombre famélico, como Casio.

Al concluir la lectura de la obra, lo primero que salta a la vista es la desproporción entre la causa que llevó a Bruto encabezar el complot -la certeza de que la avidez desmedida de César entrañaba un peligro para Roma- y la consecuencia, el asesinato. Pero aún más enigmático para el lector resulta el hecho de que en el mismo momento en que lo hería de muerte, en aras de la salvaguardia de las libertades republicanas, reconociera su amor por él. ¿Cómo es posible amar a una persona mientras se la asesina premeditadamente?

En este sentido, resulta llamativo que en cuanto anidó en Bruto la idea de la conspiración, espoleado por Casio, tratase de apartar cualquier sombra de animosidad personal hacia César, insistiendo en que él lo amaba, pero que amaba aún más a Roma. A la hora de elegir entre  estas dos querencias, optará por la patria, en detrimento del padre de la patria. Sólo tiene que persuadirse de ello.

Escena del asesinato de Julio César en la película que en 1953 dirigió Joseph Mankiewicz

Escena del asesinato de Julio César en la película de Mankiewicz

Estaba convencido de la legitimidad de su acción criminal, tras la cual no se agazapaban la envidia ni el afán de usurpación, sino el interés general. Su caso no es comparable al de Macbeth, quien, alentado por su esposa, ordenó el asesinato del bondadoso rey Duncan para adueñarse de la corona de Escocia y eliminar a los competidores que pudieran arrebatársela.

A pesar de esta explicación, el lector no deja de interrogarse por la rigidez de alguien capaz de sacrificar sus sentimientos personales en aras de los que le inspiran la patria, una abstracción al fin y al cabo. Una hipótesis plausible es que Bruto no estimaba en vano a César. La devoción que le profesaba discurría paralela a un grado creciente de exigencia. De ahí que vigilara cada uno de sus pasos, como si esperase el menor tropiezo del dictador para arrojarlo del pedestal al que lo había encumbrado. Incluso parece como si necesitara hallar una excusa -un pequeño resquicio- para desprenderse de la admiración que le tributaba y emanciparse de ella.

El tropiezo se produjo al comprobar que César había caído tan bajo a sus ojos como para dejarse seducir por la megalomanía, un defecto imperdonable para quien alardeaba de una moralidad rigurosa. Desde ese momento sólo pudo percibirlo como un peligroso dictador, borrando de su memoria la imagen idealizada que antes de la caída le llevó a rendirle una admiración incondicional.

"Muerte de Julio César", de Vincenzo Camuccini, 1798

“Muerte de Julio César”, de Vincenzo Camuccini, 1798

Por lo general, no se admira gratuitamente a alguien, sino que la admiración se tributa a cambio de una contrapartida cuyo verdadero alcance sólo conoce el admirador. Pero el propósito último de éste, y que se reserva para sí, es liberarse algún día de la admiración, rompiendo los lazos de dependencia con la persona admirada, aunque sea a costa de romper también con ella.

Como el resto de los sentimientos que nos suscitan los demás, la admiración está sujeta a las vicisitudes no sólo de su destinatario sino de la subjetividad de quien se la tributa, por lo que no existen garantías de que permanezca invariable. Al cabo del tiempo, el admirador hallará un motivo convincente para el desmoronamiento de la admiración.

A raíz del juicio desfavorable que se formó de César, Bruto estaba predispuesto para abrazar con naturalidad la idea de asesinarlo en connivencia con Casio y el resto de los conspiradores, quienes abrigaban contra el mandatario prejuicios convencionales, como la envidia y el resentimiento. Por ejemplo, a Casio le resultaba insoportable la posibilidad de que fuese entronizado. Nada más tenía que recordar que años atrás él lo salvó de morir ahogado en el Tíber, mientras los dos trataban de cruzar el río a nado, en medio de la corriente. ¿Por qué un hombre de naturaleza débil “se adelanta a la grandeza del mundo/ y él solo se lleva la palma”?

Cayo y Bruto, en la película de Mankiewicz

Cayo Casio (a la izquierda) y Marco Bruto en la película “Julio César”, papeles interpretados respectivamente por John Gielgud y James Mason

Como reconocerá Marco Antonio tras el suicidio de Bruto, éste era el único de los conspiradores que jamás se dejó dominar por la envidia sino “por un motivo generoso y en interés del bien público”. Lo que no dijo es que asesinando a Julio César creía librarse al fin de su sombra, que presentía cada vez más alargada, amenazando incluso con absorberlo, en un momento de su vida en que anhelaba por fin ser él mismo, quién sabe si el iniciador de una saga de mandatarios, los Bruto. Los gritos de libertad, independencia y emancipación que Casio pide que profieran algunos desde las tribunas, inmediatamente después del asesinato de César en el Capitolio, son un reflejo de la emancipación anhelada en secreto por el propio Bruto, en quien el motivo político se solapaba con el personal.

Su ambigüedad ante César se evidencia en el hecho de que, mientras esgrimía el puñal contra él, lamentase que tuviera un cuerpo. Él sólo deseaba matar su espíritu, en el que no hay sangre, corrompido por la ambición y la megalomanía. “¡Ojalá se pudiera apresar el espíritu/ sin desmembrar a César”. Por ello rogó a los conspiradores que lo asesinaran con brío, pero sin saña. “Cortémosle como manjar digno de los dioses/ y no como carnaza para perros”. Su acción debía responder únicamente a la necesidad, nunca al rencor, y así es como quiere que la perciba el pueblo. La comparación del cuerpo de César con un manjar divino alude a un sacrificio expiatorio, incomprensible para el sacrificado pero útil para la comunidad.

Pero, ¡ay! al matar su espíritu era inevitable que matase también su cuerpo. Bruto ignoraba que, al contrario que éste, el espíritu es inmortal y sobrevive a la muerte física. El espectro del difunto se le aparecerá presentándose como “tu espíritu maligno” y anunciándole que se verían en Filippos, donde las tropas de los conspiradores serán derrotadas por las de Octavio y Marco Antonio.

Batalla de Filipos - Tapiz en el palacio de la Almudaina, Palma de Mallorca

Batalla de Filipos, tapiz en el palacio de la Almudaina, en Palma de Mallorca

La actitud de Bruto es opuesta a la del celoso Othello. Éste sólo deseaba matar el cuerpo de Desdémona, del que emanaban sus celos sexuales, no su alma, motivo por el cual antes de estrangularla le preguntó si había rezado sus oraciones. Cada uno tuvo su particular demonio que despertó en ellos el instinto asesino: Othello a Yago y Bruto a Casio, estos últimos impulsados por un análogo sentimiento de humillación y venganza.

Othello y Bruto representan la dualidad que alberga el ser humano en una lucha constante: sensualidad atormentada por la difícil conciliación del deseo y la posesión, en el caso de Othello, y desasosiego por la disparidad entre el ansia de pureza moral y los medios no precisamente puros para satisfacerla, en el caso de Bruto. Esta clase de desasosiego es el que desde tiempos inmemoriales ha determinado el curso de las revoluciones políticas, cuyo cabecillas trataban de implantar una intachable moralidad pública a costa de ríos de sangre tanto en el bando enemigo como en el propio.

Si Bruto y los conspiradores se hubiesen adueñado del poder en Roma es probable que hubieran rodado muchas más cabezas que la del dictador y que el autoritarismo de su gobierno hubiese hecho palidecer al del propio César. Me atrevo a conjeturar que Bruto habría sido el primero en caer a manos de Casio, el verdadero instigador de la conjura y al que el perspicaz César caló a la perfección.

"Otelo y Desdémona", de Muñoz Degrain (1881)

“Otelo y Desdémona”, de Muñoz Degrain (1881)

El deseo impracticable de Bruto de asesinar el espíritu maligno de César sin herir mortalmente su cuerpo se refleja en el sueño premonitorio que tuvo la esposa del dictador, Calpurnia, la noche antes del magnicidio en el Capitolio. La mujer soñó que asesinaban a su marido, quien escuchó las voces de ésta en las que pedía socorro mientras gritaba “¡Asesinan a César!”. En el sueño vio la estatua del dictador manando un raudal de pura sangre como “de una fuente de cien aberturas” y a la que acudían “muchos intrépidos romanos” para empapar sus manos en ella.

El propio César relató el sueño a su ayudante Decio Bruto, también involucrado en el complot, comentándole que Calpurnia le había rogado que no acudiese al Capitolio. Decio interpretó el sueño ante César de un modo que le resultara halagador: que “la gran Roma beberá/sangre vivificadora y que, agolpándose/aun los grandes hombres querrán de ella reliquias, tintes, manchas”. Pero la verdadera finalidad de esta interpretación era alejar de su mente cualquier sospecha que le disuadiese de la cita que tenía aquella mañana en el Capitolio. No en vano Decio estaba al corriente de las supersticiones a las que se abandonaba César desde hacía algún tiempo.

El sueño de Calpurnia entronca con el conflicto de Bruto y su forma de resolverlo. No era el cuerpo de César al que apuñaló sino a su estatua, o sea, a su representación idólatra, su espíritu maligno. La sangre que manaba de ésta simboliza la purificación tanto del dictador, al vaciarse por completo y reducirse a materia inerte, como de quienes se lavaban las manos en ella.

La Curia Julia, lugar de reunión del Senado Romano, mandada edificar por César durante su dictadura pero terminada por Octavio Augusto

La Curia Julia, lugar de reunión del Senado Romano, mandada edificar por César durante su dictadura pero terminada por Octavio Augusto

No tuvo que ser fácil para Bruto explicar a los romanos que amaba a César en el mismo momento en que lo hería de muerte. Así se entiende que justificase el magnicidio apelando a la necesidad, no al odio, para que el pueblo acogiera a los asesinos como purificadores, no como asesinos. En este sentido, Bruto se revela como un político frío y maquiavélico, que subordina cualquier medio al fin, pero al que le importa preservar su reputación.

En el polo opuesto se encuentra Marco Antonio, un tipo aparentemente más superficial que Casio y Bruto, apto para adaptarse a las circunstancias y salir indemne de conflictos complejos, postulándose en todo momento por el bando adecuado. En el brillante discurso fúnebre que pronuncia tras el asesinato de César, con el cadáver aún caliente en los brazos, elogia al asesinado repitiendo a modo de estribillo que Bruto es un hombre honrado. Su situación es sumamente frágil. No sabe que ha escapado de la muerte gracias a Bruto, quien, en contra del criterio de Casio, se opuso a un baño de sangre.

Sin embargo, esa repetición persigue el efecto contrario del que aparenta: señalar a Bruto y sus secuaces como lo que son, unos asesinos, aunque justifiquen el magnicidio en nombre de las libertades republicanas. La inmediata lectura del testamento de César, en el que legó al pueblo propiedades y dinero, le permitirá conquistar el favor de los romanos para la guerra que se avecina entre los conspiradores y  Octavio, al que Marco Antonio servirá con la misma lealtad que a su tío.

"Discurso de Marco Antonio", de George Edward Robertson

“Discurso de Marco Antonio”, de George Edward Robertson

Al contrario que en otras de sus tragedias, en Julio César Shakespeare se limita a exponer los puntos de vista de los personajes y sus diferentes estratagemas para defenderlos, reservando al lector la tarea de juzgar esos puntos de vista y a quienes los plantean. Si acaso su conclusión es que todos y cada uno de los personajes tienen sus razones y ninguna de ellas es superior a las de los demás.

Ni César es un tirano sanguinario, aunque tampoco tan inocente como el rey Duncan en Macbeth; ni Bruto un Macbeth traidor, asesino y usurpador, aunque termine matando a su amado César. Al contrario que Lady Macbeth, Porcia, la mujer de Bruto, se mantuvo al margen de la intriga de su marido, aunque se suicide también como aquélla después del asesinato de César. Tampoco Marco Antonio, el fiel lugarteniente de César, puede compararse con Macduff en su combate contra Macbeth. De hecho, tras el suicidio de Bruto, le rinde un sentido homenaje. Hasta los motivos de Casio para conspirar contra César no carecen de justificación, pese a que, de todos los personajes, sea el que desempeñe un papel más mezquino.

La posteridad ha dado el nombre de cesarismo al sistema de gobierno que, inspirándose o no en el modelo de Julio César, se ha atribuido a gobernantes que, bajo unas circunstancias extraordinarias, implantaron un régimen autoritario en torno a su persona. Sin embargo, los historiadores no han hallado un nombre para quienes se sublevaron contra esa forma de gobernar, quizá porque fracasaron. A menudo el fracaso sobrevino a causa de la división interna en el bando de los sublevados, reflejo inverso de la unidad personificada por el dictador cesarista.

Julio César pintado por Rubens

Julio César pintado por Rubens

En Julio Cesar esa división está representada por los papeles de hijo y hermano que encarnan Bruto y Casio, respectivamente. Mientras Bruto percibe a Julio César como un padre al que durante un tiempo admiró con devoción, hasta que se sintió defraudado por la arbitrariedad de su autoritarismo, Casio lo percibe como un hermano con el que en sus años juveniles compartió experiencias en igualdad de condiciones y cuyo fulminante ascenso al poder supremo hizo añicos la amistad fraternal.

Si en Bruto el móvil personal que justifica su hostilidad contra César es la emancipación, en Casio lo es la envidia, un sentimiento vergonzante que necesita zafarse tras alguna causa compartida con otros para así pasar desapercibido. El mito que más se aproxima a la ambigüedad que Bruto manifiesta ante César es el de Edipo: la rebelión del hijo que se siente subyugado por un padre absorbente. La envidia emparienta a Casio con Caín: el hermano que, incapaz de extirpar los celos que le inspiran los éxitos de su hermano, decide matarlo.

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Cayo y Bruto, en la película de Mankiewicz

Ambos ejemplifican la reacción característica que suelen manifestar los protagonistas principales de las revueltas políticas, sacudidos por pasiones análogas a las que se dan en conflictos de índole privada. Ha sucedido en muchas ocasiones y el modelo se repite con idéntico esquema: la sublevación de una hornada de contestatarios contra el poder atrincherado en la inercia del corporativismo y que, hartos de su papel de espectadores impotentes, enarbolan la bandera de la limpieza moral o de la libertad con el fin de derrocarlo y arrebatarle la cadena de mandos, arrastrando consigo a una masa amorfa de seguidores dispuesta a secundar al ganador y al que le prometa beneficios tangibles.

En la obra de Shakespeare los personajes anónimos que representan a los ciudadanos de Roma tan pronto festejan en las calles los triunfos de César, como, en nombre de la libertad, aclaman a los conjurados después del asesinato de éste. Hasta que, una vez conocido el testamento del difunto en el que legaba parte de sus propiedades al pueblo, se revuelven contra de ellos.

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Fotograma de “Julio César”

Nietzsche afirmó que Julio César era la mejor tragedia de Shakespeare. Admiraba la independencia de espíritu de Bruto y su “terrible” concepto de moral superior. Le parecía encomiable que, en nombre de esa moral y de la libertad, se sacrificase “al amigo más querido, al hombre más excelente y genio incomparable”. Pintando a César “con rasgos de genialidad”, creía que Shakespeare ensalzaba “el problema íntimo de Bruto”. Luego se preguntaba si fue realmente la libertad política lo que impulsó a Shakespeare a simpatizar con Bruto o si esa libertad política era un símbolo de algo inexpresable, “algún oscuro suceso y aventura del alma propia del poeta, que permanecen desconocidos”.

En su reflexión, Nietzsche observa que Shakespeare tuvo que inspirarse en experiencias propias al transmitir la melancolía a Bruto, como más tarde al príncipe Hamlet. Pero esto no es más que una conjetura característica de esta época, obsesionada por ligar la obra de arte con la vida del artista, y análoga a otras muchas de las que se han tejido y tejerán en torno a un autor de quien se sabe poco, pero que nos legó unas historias de gran complejidad no para que las relacionemos con los inciertos avatares de su vida sino para vernos reflejados en ellas.

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10 comentarios leave one →
  1. mayo 18, 2016 8:18 pm

    ¡Chapeau! Se me ocurren tantos comentarios que no hago ninguno. Quizá algún día…

  2. Luis Ángel permalink
    mayo 21, 2016 12:24 am

    En hora buena Jaime, como dices tú, las respuestas generan otras preguntas; y es porque, aunque los tiempos cambian, la condición del ser humano siempre es la misma debatiéndose entre el amor, el odio, la envidia y el poder. Excelente análisis en esta entrada.

  3. Rubén permalink
    mayo 23, 2016 2:23 pm

    Sin la sensibilidad de lectores con la capacidad de análisis tuyas, Jaime, Shakespeare no hubiera vivido durante tantos siglos…..Más abrazos

  4. mayo 24, 2016 11:49 am

    Muchas gracias , Rubén. Creo que las obras de Shakespeare se defienden muy bien por sí mismas, aunque los comentarios que hagamos de ellas ayuden algo. Lo que hace falta es que la gente siga leyéndolas. Un abrazo

  5. mayo 27, 2016 8:43 pm

    Gracias por este extraordinario artículo.

  6. mayo 28, 2016 10:31 am

    Gracias, Javier, por la lectura.

  7. mayo 30, 2016 1:33 pm

    Ya veo, Jaime, que has visto el “comentario” prometido en mi blog. No obstante, por si interesa a alguno de tus seguidores, dejo el enlace aquí: https://antoniopriante.com/2016/05/29/la-muerte-de-cesar-como-sacrificio-expiatorio/

  8. mayo 30, 2016 1:45 pm

    Gracias, Antonio, por el atinado comentario que has publicado en tu blog.

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