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Lengua zarrapastrosa

abril 12, 2016

El director del Instituto Cervantes y antiguo director de la Real Academia Española de la Lengua, Víctor García de la Concha, afirmaba no hace mucho que en España se habla “un español zarrapastroso”. “Hay una gran dejación en la forma de hablar, estamos en un momento más bien zarrapastroso”. Añadía que no se trataba de proponer el uso de expresiones cursis o relamidas, sino de corrección normal.

Tal vez algunos, sobre todo los más jóvenes, ignoren la existencia del epíteto zarrapastroso, una de esas palabras que, amenazadas por su poco uso, tienen un futuro oscuro. Naturalmente la culpa no es de ella sino de los hablantes que, de generación y generación, van descabezando del vocabulario las palabras que exceden los límites del lenguaje trillado. Eso sí, aumenta el número de las que, dadas por muertas e incluso por no nacidas, son sustituidas por otras de importación, principalmente del inglés. Paradojas de la vida: ni la alfabetización masiva, ni la enseñanza obligatoria parecen haber contribuido al enriquecimiento de la lengua de comunicación.

Víctor García de la Concha

Víctor García de la Concha

Entre las primeras causas del descuido en la charla cotidiana se citará el bajo nivel de lectura de la población, aunque, según las estadísticas, nunca se había leído tanto en España, y probablemente también en la mayoría de los países latinoamericanos, como en los últimos años. Se supone que el acceso a Internet y demás dispositivos de lectura electrónica favorecen esta tendencia.

Otra posible causa es la nefasta influencia de ciertos programas “basura” de televisión que siguen millones de telespectadores; o la vulgarización del lenguaje en las películas y series. Desde hace años los guionistas, deslumbrados por un realismo zarrapastroso, se empeñan en que los personajes hablen lo que ellos entienden por el “lenguaje de la calle”, entre taco y taco.

A propósito de esta costumbre, Luis Buñuel comentaba en sus memorias, publicadas en 1982, un año antes de su muerte, que nada le parecía tan despreciable como la proliferación de palabras malsonantes que desde hacía varios años observaba en las obras y en las charlas de nuestros escritores. Para el cineasta esta práctica no era más que “una vil adulteración de la libertad”. De ahí su rechazo a “toda insolencia sexual y toda exhibición verbal”. Esto lo decía el director de La edad de oro y de Viridiana.

Luis Buñuel

Luis Buñuel

Buñuel podría haber limitado su desprecio al lenguaje malsonante en las obras, pero al hacerlo extensivo a la charla que sostienen los autores, donde no se muestran ante un público, les recordaba que tampoco en el ámbito privado debe olvidarse la cortesía que se debe al lenguaje.

En el menosprecio hacia la lengua hablada subyace un afán por distanciarse de la escrita, como si al hablar se dispusiera de más libertad verbal que en la escritura, donde la obediencia a las normas gramaticales permite que un texto sea legible. De una persona que habla correctamente, con claridad, decimos que se explica “como un libro abierto”.

Algunos creen que hablando se puede bajar la guardia con el lenguaje y saltarse las reglas que rigen en el escrito. Deben de pensar que la intrascendencia de las charlas privadas con amigos, familiares o personas de confianza, les autoriza a expresarse al margen de la corrección lingüística, práctica que asocian a una extraña idea de la espontaneidad.

 

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En cambio, en la conversación pública, el anonimato y la variedad de quienes participan en ella obligan a respetar las reglas más elementales de la cortesía y, por tanto, del lenguaje, un espacio común en el que están de más las licencias y excentricidades propias del léxico privado. Por eso el micrófono traiciona a tantos personajes públicos, singularmente políticos, que en una comparecencia en la que han intervenido con cierto aire solemne, se les olvida apagar el micrófono y sueltan un taco -los tacos se sueltan, lo que se escapa es otra cosa- o un exabrupto al compañero de al lado en la mesa presidencial.

A menudo se asocia la exhibición de la campechanía con el descuido de la lengua. A un tipo que se comporta de forma campechana se le disculpa que hable con negligencia, tanto da si es rey como periodista célebre. Recuerdo una entrevista televisada que le hacía un periodista, conocido por su campechanía, al jefe de un partido político, tan campechano y televisivo como el entrevistador, en la que por cada taco que soltaba éste, el otro soltaba tres o cuatro. Quizá celoso de que el político le estuviese robando su teatro, el periodista le espetó que le ganaba en eso de soltar tacos. Y los dos se rieron tan campechanamente en las narices de los telespectadores. Tal para cual.

Las personas con alguna responsabilidad en la vida pública deberían mostrarse cuidadosos con el lenguaje. Pero no siempre ocurre así, y, como se deduce del comportamiento del periodista y del político de la entrevista televisada, en vez de aprovechar su influencia para mejorar la ilustración de los destinatarios de su discurso, la empeoran, en una tentativa mezquina de atraer a más público. Esta propaganda de la pereza y la chabacanería en el lenguaje coloquial no data de ahora, ni mucho menos. García de la Concha ha recordado que en el siglo XIX se puso de moda hablar mal en la sociedad española, por lo que la Institución Libre de Enseñanza se sintió en la obligación de promover una campaña para que la gente hablase correctamente. Ya no eran sólo los carreteros y los cabreros los usuarios habituales del lenguaje chabacano.

Grabado con el proyecto del edificio destinado a la Institución Libre de Enseñanza

Grabado con el proyecto del edificio destinado a la Institución Libre de Enseñanza

Con el tiempo la moda derivó  en costumbre, hasta el punto de que los españoles adquirieron la fama de malhablados en otros países de Europa. Por ejemplo, el filólogo de origen judío, Victor Klemperer, sometido a vejaciones bajo la tiranía nazi por estar casado con una alemana “aria”, anotó en sus Diarios que el repertorio de insultos de los policías de la Gestapo era tan limitado que “cualquier español lo supera con creces”.

En esos años de opresión y miseria moral, Klemperer se dedicó a analizar el lenguaje en el que se comunicaban los alemanes, tanto si eran personas corrientes como autoridades del régimen. La conclusión de su escrutinio fue que muchos de ellos se conducían igual que autómatas, guiados por las mentiras que difundía la poderosa propaganda gubernamental, porque también hablaban y pensaban como autómatas.

retrato de Victor Klemperer, por Ursula Richter, alrededor de 1930

Retrato de Victor Klemperer, por Ursula Richter, alrededor de 1930

Un caso llamativo es la costumbre de aquellos que tienen más formación cultural de emular el habla populachera, en un ejercicio de esnobismo invertido. Se trata de una práctica consolidada en España desde hace tiempo. Ya tres años antes de la Guerra Civil, el filólogo Américo Castro criticó en un artículo titulado El español que solemos hablar la dejadez y la chabacanería en el uso de la lengua que observaba en las personas de clase media y en las elites del país. A esa deriva la denomina “popularismo de la llamada gente bien”.

Sin embargo, tampoco es una costumbre nacional ni de estos tiempos. En el siglo XVII, Jean de la Bruyère lamentaba que la juventud cortesana de la Francia de Luis XIV, el país que se consideraba el centro del buen gusto y la cortesía, adoptase cierta “manera baja de bromear del pueblo”. Seducidos por el capricho o la libertad en la charla, aquellos jóvenes introducían en las conversaciones “cosas escabrosas”, que se aceptaban como buenas “precisamente porque son malas”. La Bruyère comenta que, si bien esas conversaciones carecían de seriedad, ocupaban el sitio que podrían haber ocupado otras de más provecho.

Jean_de_La_Bruyère

Retrato de Jean de La Bruyère

Después de ver una adaptación para el cine de Pigmalión, la célebre pieza teatral que Bernard Shaw publicó en 1913, el escritor italiano Ennio Flaiano se preguntaba en una entrada de su Diario nocturno, fechada en 1948, hasta qué punto era actual la historia que se cuenta en la obra: la de una florista londinense que aprende a hablar correctamente con un prestigioso profesor de fonética, de modo que incluso llegan a confundirla con una dama:

“¿Todavía es necesario hablar correctamente para tener éxito en sociedad? ¿No vivimos acaso en una época en la que es debido expresarse crudamente para subrayar la propia desvergüenza?”.

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George Bernard Shaw en 1925

Por el contrario, Flaiano pensaba que en estos tiempos está bien vista la señora que se esfuerza por hablar como una florista, por lo que no hay que extrañarse de que la actriz famosa hable como un carretero y sea imitada enseguida por cien actrices menores que no quieren quedarse atrás; o de que los políticos alcancen el consenso en virtud de un lenguaje obsceno; o de que en el diccionario periodístico hayan entrado “las injurias más sangrientas”. A Flaiano el argumento de Pigmalión le parecía el testimonio de las costumbres de una Europa y una sociedad “que se apagan bajo el signo de la vulgaridad”:

“La lengua correcta es hoy en día el distintivo melancólico de la burguesía intelectual, arruinada por las buenas lecturas y la buena educación”.

La vulgaridad es un campo abierto, sin puertas ni ventanas. No cuesta nada acceder a ella y atravesarla de punta a punta sin encontrarse obstáculo alguno. Tampoco pregunta por antecedentes y orígenes, ni requiere pasaporte. Sus códigos son muy simples, no se necesita aprenderlos: son altamente contagiosos.

Ennio-Flaiano

Ennio Flaiano (1910-1972)

En cuanto al uso y abuso de palabras groseras en la charla privada que criticaba Buñuel, parece que con ellas se pretende enfatizar, e incluso darle una pátina de sinceridad, a la expresión de algún sentimiento, vituperar y hasta alabar algo, cuando en realidad se termina incurriendo en el cliché zafio y previsible. Nada más adocenado que esa letanía de tacos y expresiones soeces que adocenan también la expresión de los sentimientos, rebajándolos a un grado de falsificación sólo comparable al que se alcanza con el giro rebuscado y cursi del que se quiere huir precisamente por la vía del lenguaje bruto. Las expresiones malsonantes, que quizá debido a su vehemencia se contagian enseguida, son como los gritos en las charlas de barra de bar o en el plató de la televisión basura, donde se grita porque no se tiene nada que decir. Agresividad gratuita.

Hablar de forma descuidada no aporta nada y empobrece no sólo la lengua y el lenguaje mismo, sino el pensamiento que, en esas condiciones, se torna rutinario, indigente y vacuo. Es una manera de rellenar con palabras lo que no se puede llenar con pensamientos. Se habla mal porque se habla sin pensar, por un mero impulso y una necesidad primaria de desahogarse; también porque no se cree en lo que se dice, ni en el interlocutor que se tiene delante, pero al que se le conmina a que escuche. Lo más probable es que esas palabras le entren por un oído y le salgan por el otro: él es otro descreído.

Un ejemplo excelente de conversación lo encontramos en el Quijote y en sus dos protagonistas principales. Mientras el analfabeto Sancho Panza -un saco de refranes y proverbios populares- se regocija de la influencia benéfica derivada del trato con el culto Don Quijote, éste se desprende de su lenguaje libresco en cuanto empieza a dialogar con el ocurrente escudero y campesino en excedencia.

"Don Quijote y Sancho Panza", grabado de Gustave Doré

“Don Quijote y Sancho Panza”, grabado de Gustave Doré

En el coloquio que sostiene con el malhablado y falso escudero del igualmente falso Caballero del Bosque (el bachiller Sansón Carrasco disfrazado de tal), Sancho le recrimina que se refiera a él mismo y a su hija Sanchica con términos groseros, que hoy calificaríamos además de machistas (“Hideputa, puta, y qué rejo debe de tener la bellaca”). Sin perder la calma, el escudero de Don Quijote le ruega que hable comedidamente, “que para haberse criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesma cortesía, no me parecen muy concertadas esas palabras”.

La conversación se cultiva, al igual que la amistad y el arte. En su acepción original cultivar significa cuidar la tierra y las plantas para que fructifiquen. ¿Qué es la conversación sino un arte también, además del principal recurso expresivo de la amistad? Así lo entendieron los franceses de los siglos XVII y XVIII al convertir París en la ciudad del mundo “donde el gusto y el espíritu de la conversación estaban más ampliamente difundidos”, sin distinción de clases sociales, como explica Benedetta Craveri en su hermoso ensayo La cultura de la conversación. Allí la palabra no era solamente un medio para transmitir  ideas, sentimientos o asuntos de negocios, sino

“un instrumento que a la gente le gusta tocar y que reanima los espíritus, como hace la música en unos pueblos y los licores fuertes en otros”, en palabras del conde de Volney.

Benedetta Craveri

Benedetta Craveri

El propio Buñuel relató una anécdota que ilustra la profunda influencia de la tradición conversadora en la sociedad francesa. Durante su estancia en París, a mediados de los años veinte, conoció en un cabaret chino a una de las animadoras, que se sentó a su mesa y se puso a hablar con él. El joven se maravilló de la expresión admirable de aquella mujer poseída por “un sentido de la conversación sutil y natural, sin asomo de afectación ni pedantería”. Todo ello era motivo de asombro para un español que por primera vez pisaba tierra extranjera. No es que la chica hablase de literatura o de filosofía, sino de cosas tan simples como los vinos, París o las cosas de la vida diaria.

“Yo estaba admirado –confiesa Buñuel- Acababa de descubrir una relación entre el lenguaje y la vida, desconocida para  mí”.

No volvió a tratar a la cabaretera, pero ella fue su primer contacto auténtico con la cultura  francesa. En su confesión Buñuel da a entender que hasta ese momento para él la lengua y la vida iban por separado, cada una por su lado, sin mezclarse. La lengua era algo muerto, que se enseñaba en las escuelas y universidades españolas de manera rutinaria, con la ayuda de alambicados libros de texto. Desde ese punto de vista no había forma de ligar el  lenguaje con la vida real. Cuando un joven intentaba decir lo que sentía o pensaba, apenas lograba expresarse con claridad, atrapado en una sarta de balbuceos, frases inacabadas, giros extraños y clichés. En las charlas con los allegados hablaba de cualquier manera, evitando siempre la conversación sustanciosa y personal.

Américo Castro (1885-1972) hacia 1930

Américo Castro (1885-1972) hacia 1930

Remitiéndose a su experiencia docente, Américo Castro se quejaba de que, como resultado del divorcio de la lengua y el pensamiento, los alumnos del último año de carrera universitaria llegaban a su clase incapaces de contar ni referir nada correcta y sueltamente. El estudiante universitario, en general, no tenía habilidad sino para la conversación “descosida, violenta y desordenada”. Le costaba un esfuerzo ímprobo “una exposición clara, fina, metódica, de cualquier cosa, que no esa repetición de memoria”. A pesar de que Castro anotó estas observaciones hace casi un siglo, esa misma queja suelen repetirla actualmente, y casi en los mismos términos, muchos profesores de carreras humanísticas.

George Orwell

George Orwell

La corrupción en el lenguaje es un indicio de la corrupción de la sociedad. Aunque no hay una sola modalidad de corrupción -y una de las más frecuentes en nuestro tiempo es el uso de un lenguaje burocratizado y contaminado por la jerga tecnológica-, todas ellas esconden el mismo propósito, coincidente con el de los pulpos cuando arrojan tinta para defenderse de un ataque: oscurecer, confundir, apagar las luces de la razón, borrar caminos y también la memoria.

Si se descuida el lenguaje, los actos serán los siguientes en caer en el descuido. Cuando en el uso de la palabra todo da igual, seguro que también dará igual incumplir un propósito o una promesa. Los propósitos son vagos porque se formulan vagamente y por eso mismo también se precipitan hacia el incumplimiento.

A finales de la década de los cuarenta, George Orwell censuró la deriva de la lengua inglesa que, a su juicio, se encaminaba hacia un desplome general, como la civilización moderna. Decía que una lengua se torna fea e inexacta “porque nuestros pensamientos rayan la estupidez” y el desaliño del lenguaje de comunicación “facilita caer en esos pensamientos estúpidos”. “Si el pensamiento corrompe la lengua, también la lengua puede corromper el pensamiento”. No obstante, también creía que esto podía evitarse, por supuesto, siempre que los hablantes, y no sólo los escritores profesionales,  se tomen las molestias necesarias.

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2 comentarios leave one →
  1. Marisa SÁnchez permalink
    abril 12, 2016 5:06 pm

    Mil gracias por expresar de manera tan adecuada aquello que a muchos de nosotros nos ronda por la mente. Esto es lo que veo todos los días.

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    abril 14, 2016 8:31 pm

    Si en alguna ocasión se nos ocurre grabar nuestras conversaciones de amigos (sin que ellos se den cuenta) y luego las escuchamos, nos percataremos de lo mal que usamos el lenguaje y de la poca importancia que damos a ese mal uso. Frases sin terminar, palabras mal usadas, argumentos sin sentido… Es una buena terapia para convencernos del mal uso que solemos hacer del lenguaje.

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