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La Ley de Lem o el fracaso de la lectura

marzo 8, 2016

En su ensayo Provocación (1982), Stanislaw Lem promulgó una provocadora Ley de Lem que consta de tres breves enunciados: “Nadie lee nada; los pocos que leen, no comprenden nada; a los pocos que entienden, se les olvida enseguida”. La cita está precedida por una observación acerca del temor de los editores a publicar libros debido a la habitual falta de tiempo, la oferta excesiva y la publicidad “demasiado perfecta”. Ni el carácter genérico de la ley, ni la exageración, y menos aún la ironía, logran desvirtuar el sentido de esas tres frases taxativas, escritas como en espiral, y que, a pesar de ir de menos a más -de ningún lector a los lectores más despiertos-, concluyen en la nada de la que partieron.

Hace casi tres siglos Georg C. Lichtenberg observó algo parecido, si bien con matices. Decía el sabio de Gotinga que los libros eran una de las mercancías más extrañas que había en el mundo porque, siendo impresos por gente que no los entiende, los vende gente que no los entiende, son encuadernados, criticados y leídos por gente que no los entiende; y, lo que es peor, escritos por gente que no los entiende.

Stanislaw Lem

Stanislaw Lem

Lichtenberg dedicó a los lectores algunas reflexiones jugosas. En la mayoría de ellas también plantea dudas acerca de la calidad de la lectura, sobre todo en los asiduos de los libros, por no hablar de los profesionales, los eruditos, a los que dedicó algunas pullas. Comentando el efecto de un buen libro, observó que hace “más ingenuos a los ingenuos, más inteligentes a los inteligentes”, y el resto, varios millares, permanecen inmutables. En esto último coincide con Lem. La mayoría ni se inmuta. Leen un libro porque está de moda y “hay que leerlo”, y tras la lectura se quedan igual que estaban. Puede que reincidan en otros libros -la lectura anodina es también reincidente- y que los lean de la misma manera. Al no cambiar la forma de leer, la experiencia lectora tampoco contribuye a mejorar la calidad de su lectura.

El comentario de Lichtenberg se fundamenta en el exceso de oferta, un fenómeno con varios siglos de antigüedad en los países occidentales y con el que nadie sabe qué hacer, excepto dar fe de su existencia. Ya en la primera mitad del siglo XVII Jonathan Swift se preguntaba cómo se las arreglaría en el futuro cualquier persona para cultivarse si los libros continuaban creciendo al ritmo que lo habían hecho en los últimos cincuenta años. ¿Cómo abrirse paso en la selva libresca? En Estados Unidos se publican alrededor de 180.000 libros al año. En la década de los treinta del siglo XX la cifra rondaba los 25.000, algo que ya entonces se consideraba una barbaridad.

Jonathan Swift

Jonathan Swift

Hubo una época en la que el respetado estamento de críticos alumbraba el camino con sus juicios, no siempre atinados, por supuesto: nadie es perfecto y menos todavía los críticos literarios y sus recomendaciones. Pero también éstos se han visto devorados por la inflación de libros, siendo reemplazados por la tropa de reseñadores dispersos por los medios tradicionales y digitales, que, seguramente con la mejor intención, se limitan a exponer su opinión acerca de los libros que caen en sus manos.

Antiguamente un libro se publicaba con la pretensión de que durase un tiempo determinado e incluso de que resucitara mucho después de la muerte del autor (los cien años de Stendhal o los cincuenta de Proust). Alrededor de 1930, el escritor y crítico británico Cyril Connolly  advertía que era raro que un libro, sobre todo si se trataba de una obra de imaginación, durase una década y que lo primero que se desmoronaba era la calidad intrínseca que había contribuido a su éxito, por lo que aconsejaba a los autores perseguir una calidad que mejorase con el tiempo.

Casi un siglo después, simplemente se espera que al nacer un libro no muera de inanición. Y los que sobreviven lo hacen bajo la etiqueta de libro del año o del mes. A este paso, pronto lo serán del día. La pugna por la supervivencia en la selva editorial discurre paralela a la lucha por captar lectores cada vez más entretenidos con los variados formatos de pantallas, versión sofisticada de las sombras móviles de la caverna platónica.

Cyril Connolly fotografiado por Cecil Beaton en 1942

Cyril Connolly fotografiado por Cecil Beaton en 1942

La Ley de Lem es dura y tajante, como lo fue la apelación del joven Franz Kafka a aquel amigo al que en una carta le dijo que uno no leía un libro para ser feliz sino para que le despierte “como un puñetazo en la cara”, para que le golpee “como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos”, y “rompa el mar helado dentro de nosotros”. Sólo quien pensaba de esta manera pudo escribir lo que escribió apenas diez años después.

Cada uno de los tres enunciados de la Ley de Lem puede transformarse en una pregunta sólo con anteponer un “por qué”: ¿Por qué nadie lee nada? ¿Por qué los pocos que leen no comprenden nada? ¿Por qué los pocos que entienden, se les olvida enseguida? Y que cada cual responda según su criterio.

A la afirmación de que nadie lee nada, los expertos en estadística objetarán que nunca se ha leído tanto como en estos tiempos y que jamás se han vendido tantos libros, aunque los verbos leer y vender sólo coincidan en las dos últimas letras. Es probable que Lem quisiera decir que no se lee nada en el sentido de que se leen libros inanes, libros de usar y tirar, de leer y olvidar.

Stanislaw Lem en Cracovia el 30 de octubre de 2005

Stanislaw Lem en Cracovia el 30 de octubre de 2005

En cuanto a los pocos que leen y no comprenden nada (otra vez esa “nada” incordiando), parece referirse al lector que lee a bulto, dando palos de ciego sobre las páginas del libro y sin apartarse apenas de sus ideas preconcebidas, ni prestar la suficiente atención a las palabras, todo lo contrario del empeño que puso el autor al escribirlo. Cuanto leen les entra por un ojo y les sale por otro. Son como esos que fingen escuchar, como si no tuviesen a nadie enfrente.

A los libros que leen les sucederán otros que no dejarán rastro alguno en ellos, ni en su memoria ni en su espíritu. De todas sus lecturas no sobrevivirá ni siquiera el recuerdo del momento en que leyeron un libro y que, en todo caso, se confundirá con otros momentos, como les ocurre a esos turistas que en pocos días visitan muchos lugares y de vuelta a casa, al recordar el viaje, los confunden unos con otros.

Cuando esta forma de leer se convierte en un hábito -el llamado hábito lector-, con cada libro se repite el mismo y monótono ciclo: leer para evadirse de la realidad, concentrándose en la lectura, y cuando ésta concluye, olvidar lo leído y enfrascarse en otro libro nuevo. Y así sucesivamente. La biblioteca de este prototipo de lector no es más que un largo etcétera. El devoralibros no es siempre el mejor de los lectores. Más bien al contrario, suele ser el peor. Tampoco el glotón suele ser un exquisito degustador de platos. Aquí también es aplicable la máxima del hábito y el monje.

Cubierta de la edición española de

Cubierta de la edición española de “Provocación”

Cesare Pavese desconfiaba de quienes creen que leer es fácil sólo porque mantienen un trato frecuente con los libros. En cambio, le daban confianza aquellos otros que, tratando más con hombres y cosas que con libros, de vuelta a casa después del trabajo, cuando se embarcan en una lectura tienen conciencia de hallarse ante

“algo ingrato y raro, algo evanescente y al mismo tiempo duro, que lo agrede y lo desalienta”.

Por lo que respecta al tercer enunciado de la Ley de Lem, el que se refiere al lector que entiende, pero olvida enseguida lo leído, se trata sin duda del más duro de los tres, así sea porque damos por sentado que, de todos los medios de expresión de que hacemos uso, se confía en que la escritura sea el menos susceptible de ser olvidado. Precisamente el origen de ésta se fundamenta en las posibilidades para perdurar en la memoria, frente a la volatilidad de la palabra hablada. Su misma plasmación en signos materiales pretende garantizar la perdurabilidad.

Cesare Pavese

Cesare Pavese

Si no fuese por la escritura, ¿qué sobreviviría a las charlas sostenidas únicamente por la instantaneidad y destinadas al olvido en cuanto se difumina su falso esplendor? A lo sumo el gesto, la expresión no verbal, o sea, todo lo que gira de forma espontánea alrededor de la conversación y que no responde a ningún estímulo racional. Las conversaciones más jugosas las leemos en las novelas.

No basta con entender lo que se lee. Entender no es más que la condición necesaria para entrar en un libro, como la puerta que se abre a una habitación. Podemos entender y continuar indiferentes, recorrer con los ojos las paredes de la habitación como si hubiese muchas como ella y disponernos a pasar a la siguiente. Y así una tras otra.

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“El lector”, de Ferdinand Heilbuth (1826-1889)

Quienes dan por leído un texto porque lo han entendido, no van más allá de la superficie del entendimiento, con el que se dan por satisfechos. El texto no ha penetrado en ellos. Pasan de puntillas por las frases y los detalles, que incluso consideran superfluos. Quién sabe si no se saltarán párrafos enteros, tal vez hasta alguna página. Al terminar la lectura del libro, lo cierran para siempre, lo sellan. También el libro se cierra para ellos.

Recuerdan al joven rico del Evangelio que quiso seguir a Jesús. Pero cuando éste le dijo que para ello prescindiera de sus riquezas, se dio la media vuelta. Como esos lectores que entienden un texto, creía que era suficiente con entender el discurso del Maestro para poder seguirlo. Y es que son muchos los llamados por la lectura y pocos los escogidos por ésta.

Hay tantas cosas en la vida que entendemos perfectamente y que, sin embargo, no dejan huella alguna en nosotros, como si su único objeto fuese poner a prueba nuestra capacidad de entendimiento, igual que un problema matemático. De ahí al olvido no hay más que un paso. Olvidamos aquello que carece de verdadero interés para nosotros y por lo que no nos sentimos concernidos, aunque lo hayamos entendido, y que, si no nos aburre del todo, nos resulta indiferente. Si acaso estimula el intelecto, a modo de ejercicio mental. Quizá la gimnasia de la lectura mantenga en forma a este tipo de lector, pero poco más.

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“La lectora” (1861), de Henri Fantin-Latour

Los lectores comprensivos que encuentran una novedad en las páginas de los libros, no la reconocen, mientras se detienen en los argumentos que  confirman sus ideas. Al menos en el ámbito intelectual, lo nuevo suele acogerse con indiferencia, cuando no con desconfianza. Son lectores pasivos que no entienden que la lectura sea una actividad dialéctica, susceptible de enriquecerse con la imaginación y la experiencia. Y que como todo lo que tiene vida, representa una oportunidad para salir de uno mismo, para escuchar argumentos diferentes de los que conocemos y entablar una conversación que tal vez nos permita modificar nuestros puntos de vista sobre cuestiones vitales, asumiendo que la realidad es más compleja de lo que pensábamos antes de leer.

La lectura fracasa cuando el lector da por terminada la conversación con el libro. Como consecuencia de ese fracaso olvida lo leído, al ser incapaz de relacionarlo con su propio mundo, excluyéndolo no sólo de la memoria sino de su pensamiento. Un libro hay que leerlo desde todos los lados, con todos los sentidos y no sólo con los ojos. No conformarse con entenderlo. En este sentido, la lectura tendría que ser como un despertar, como un nacimiento e incluso como una resurrección -milagrosa, como todas las resurrecciones- de algo que estaba muerto en nosotros, un sentimiento, una emoción o un recuerdo.

“La lectura” (1874), del pintor chileno Cosme San Martín

A menudo la relación del lector con el libro se asemeja a una historia de amor no correspondido. Una idea o una frase que el autor quiso expresar con rigor, después de darle muchas vueltas, pueden dejarle indiferente, hasta el punto de despacharla con una lectura rápida y olvidadiza. Imaginar también lo contrario: un lector que se prenda de una frase o de un adjetivo que el autor escribió a vuelapluma, sin prestarles mucha atención.

La lectura no deja de ser una oportunidad para que el autor y el lector se aproximen casi hasta la confluencia. El escritor desea ser leído como él escribe para sí mismo, con un empeño y una intensidad similar. Pero generalmente el lector lee lo que le interesa en el  momento de la lectura y no aquello que el escritor espera que le interese y que ha escrito para él. Quizá en la relectura repare en aspectos del libro que en la primera lectura se quedaron en los límites del entendimiento y descubra matices que si el propio autor llegara a conocer le sorprenderían por su agudeza.

Virginia Woolf en una fotografía de 1927, un año antes de las conferencias en las que aludió a la necesidad de que las mujeres tuviesen una habitación propia como un indicio de emancipación personal

Virginia Woolf en una fotografía de 1927

La relectura goza de una ventaja que se aviene mal con el tercer enunciado de la Ley de Lem: que el olvido favorezca el reencuentro con un libro al que sólo se arribó, sin consecuencia alguna. Más aún, la memoria puede convertirse en un inconveniente, pues al releer un libro el lector memorioso volverá a cruzarse con las mismas sensaciones e ideas que le suscitó la primera y lejana lectura, impidiéndole cambiar de perspectiva.

Virginia Woolf decía que el lector crea el libro tanto como el escritor, e incluso más en el caso de los mejores libros y lectores. También advertía a éstos del error de considerar que los autores están hechos de una pasta distinta de la suya y que saben más sobre los hombres que ellos. En cambio, abogaba por una estrecha e igualitaria alianza entre unos y otros para evitar la castración de la lectura y de los propios libros.

De todos modos, el olvido de las lecturas ha traído de cabeza a algunos autores que también eran lectores curiosos. Por ejemplo, a Jules Renard le desesperaba no retener nada de cuanto leía. Por más esfuerzos que hacía, todo se le escapaba. “Aquí y allá se quedan algunos jirones, todavía frágiles, como esas vedijas de humo que indican que ha pasado un tren”, anotó en la entrada de su Diario de 28 de agosto de 1889.

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Jules Renard

Veinte años más tarde, en plena madurez, su opinión cambió radicalmente. Ahora se jactaba de estar dotado de una “memoria feliz”, que le permitía olvidar instantáneamente cualquier lectura. El obstáculo de antaño, la memoria olvidadiza, con la edad y la experiencia lectora se había convertido en un aliado.

En una entrada de su Diario, fechada en 1830, el escritor austríaco Franz Grillparzer confesó que estaba asustado de verdad. Mientras leía con placer y con una sensación de aprobación, “como sucede en la primera lectura de una obra ingeniosa”, el prefacio de Samuel Johnson a la edición de las obras de Shakespeare realizada por Boswell, se había encontrado con una errata corregida a lápiz. Puesto que el libro no había pasado por otras manos distintas de las suyas, sólo podía haberla corregido él. También leyó con sorpresa algunos pasajes. Este descubrimiento le llevó a una extraña conclusión: a pesar de haber leído aquel ensayo, no se acordaba de nada.

“¿Para qué se lee entonces –se preguntaba-, si las huellas de lo leído desaparecen tan de raíz?”.

Ca. 1865. Franz Grillparzer .

Franz Grillparzer, alrededor de 1865.

Lichtenberg reconocía que olvidaba todo lo que leía igual que todo lo que comía, aunque ambas cosas contribuyesen al mantenimiento de su espíritu y de su cuerpo. En otro pasaje de sus Cuadernos hizo hincapié en lo necesario que es haber observado mucho para poder usar las observaciones ajenas, leídas en los libros, como si fueran propias. De lo contrario, se estancarán en la memoria “sin mezclarse con la sangre”.

Lector devoto de Lichtenberg, Schopenhauer desarrolló una idea parecida. Pensaba que, así como se vive físicamente de lo que se ha comido, se vive espiritualmente de lo leído. Y al igual que el cuerpo asimila sólo aquello que le es homogéneo, cada cual conservará en sí lo que le interesa, o sea, lo que se adapta a su sistema de pensamiento y a sus fines. El problema es que son pocos los que tienen un sistema de pensamiento propio. De ahí que nada despierte en ellos un interés objetivo y que en sus almas no perdure rastro alguno de sus lecturas.

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Arthur Schopenhauer

Leer por esnobismo, para mejorar la idea que se tiene de uno mismo a fin de proyectarla sobre los demás, para almacenar conocimientos, para instruirse, para matar el tiempo -como si no hubiese otros entretenimientos más efectivos- o porque es lo correcto, sin relacionar lo leído con la propia vida, además de no conducir a nada, supone una perversión de la lectura.

Un libro que nos dice mucho porque, como aseveraba  Schopenhauer, se adapta a nuestro sistema de pensamiento, hará que su lectura y relectura profundice en la parte de nuestra personalidad sobre la que ha influido más. Desde este punto de vista, nos ayudará a conocernos mejor que si no lo hubiésemos leído, al menos tanto como pueda hacerlo una experiencia. Los libros que nos influyen desentierran rasgos, tendencias, características de nuestra personalidad que permanecían aletargadas. Las novelas de caballerías despertaron en Alonso Quijano su faceta de aventurero.

Don quijote leyendo libros de caballerías

“Don Quijote leyendo libros de caballería en su estudio”, de Adolph Schrödter (1805-1875)

La Ley de Lem recuerda a la parábola del sembrador. En la versión del evangelista Marcos, Jesús enseña a la gente la parábola de las parábolas, aquella que es preciso entender para entender todas las demás, la del sembrador que salió a sembrar y según iba sembrando, una parte cayó junto al camino, y llegaron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en el pedregal, donde había poca tierra, y brotó enseguida por carecer de profundidad de terreno, pero cuando salió el sol se quemó y se secó por carecer de raíz. Y otra parte cayó en los espinos, pero crecieron éstos y la ahogaron, y no dio fruto. Sin embargo, los granos que cayeron en tierra buena, “daban fruto que subía y crecía”.

La explicación que Jesús dio de la parábola es que el sembrador “siembra la palabra”, pero cuando unos la oyen, “va enseguida el Adversario y quita la palabra sembrada en ellos”. En cuanto a la parte sembrada que cae en los pedregales, se refiere a aquellos “que cuando oyen la palabra la aceptan enseguida con alegría, pero no tiene raíz en sí mismos, sino que son inconstantes y en cuanto vienen la tribulación, caen enseguida”.

“La parábola del sembrador” (c.1560), de Jacopo Bassano

Para Jesús el sembrado que cae en los espinos representa a quienes “oyen la palabra, pero las preocupaciones de esta vida, el atractivo de las riquezas, y la codicia de lo demás se aúnan para ahogar la palabra y queda infecunda”. En cambio, la parte del sembrado que cae en la tierra buena “son aquellos que oyen la palabra y la acogen y fructifican”.

Quien pueda entender, que entienda.

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17 comentarios leave one →
  1. Aguelo odiseo permalink
    marzo 8, 2016 7:48 pm

    Magnífico artículo. Buena redacción , bien cuidado, con referencias precisas y acertadas. Me ha gustado mucho,

  2. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    marzo 9, 2016 12:49 pm

    Y no has dicho nada, Jaime, relativo a la calidad de los libros. Porque a veces la lectura no nos engancha porque el libro que leemos carece de garra. En este caso, la culpa es del autor. Cuántos “bestsellers” caen dentro de este grupo. Como decía Cervantes, la lectura tiene que entretener e instruir, amenizar y enseñar a la vez. Este tipo de libros no cae fácilmente en el olvido. Muy bueno tu artículo, me ha entretenido y me ha hecho percatarme de muchas cosas en torno a la buena lectura y al buen lector.

  3. marzo 9, 2016 1:39 pm

    Gracias, Ángel. La ley de Lem alude solamente a las reacciones de los lectores ante los libros en general. Por supuesto, hay libros que merecen el olvido.

  4. marzo 9, 2016 8:21 pm

    Tan interesante como siempre, Jaime. Y, entrando en el tema, yo creo que se ha magnificado mucho los libros. Después de todo, los libros son como las personas: unos interesan y otros no, unas conmueven y enamoran y otras no…

  5. marzo 10, 2016 10:28 am

    Gracias, Antonio.

  6. marzo 20, 2016 7:26 am

    Me ha encantado tu articulo, muy interesante y con muchas citas de autores. Buen trabajo. Muchas gracias

  7. Juan Romero permalink
    marzo 27, 2016 5:10 pm

    Excelente descripción de los tipos de lector con agudas observaciones. Muy buen artículo

  8. Ferran permalink
    marzo 31, 2016 11:54 pm

    Muchas gracias por el artículo. Me ha gustado la introducción, la explicación y la conclusión. Por mi profesión me he comprado muchos libros, para consultar la información técnica y artística que poseen, pero a veces pienso que me he comprado libros por el simple hecho de tenerlos, como si poseerlos ya te diera su sabiduría. Mi família siempre ha leido, y me han inculcado la lectura desde pequeño -y gozo de ella siempre que puedo- y veo que mis padres leen como instrumento de tiempo libre, y yo también muchas noches. Pero siempre me quedo con las ideas y el espíritu de la novela (tengo demasiada memoria, la verdad). Leer y viajar son dos de los mejores instrumentos de la cultura y el saber. Y si encima sabes escuchar y comprender ya es… 😉

    Lo dicho, gracias por tu artículo.

  9. abril 12, 2016 7:21 pm

    Caray, qué bueno…

  10. Libros de Cíbola permalink
    junio 30, 2016 7:47 pm

    Reblogueó esto en ·Libros de Cíbola·.

  11. mayo 9, 2019 4:32 pm

    Reblogueó esto en Alicia Adamy comentado:
    Un artículo para pararse a leer:

  12. mayo 9, 2019 4:33 pm

    Lo reblogueo. Gracias.

  13. mayo 10, 2019 1:12 am

    Revelador artículo, con sus deliciosas referencias literarias. Sin embargo, desde ya me propongo olvidarlo. Ay, quizás porque me siento demasiado retratado.

Trackbacks

  1. La ley de LEM o el fracaso de la lectura. Jaime Fernández | Trama editorial

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