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Cuando el durmiente despertó, todavía estaba allí

febrero 23, 2016

“No hay un fenómeno tan emocionante para mí como el despertar”, anotaba en 1944 Paul Valéry en uno de sus cuadernos. “Conmoción, estupor, contraste” son las palabras con las que pretendía acotar esa sensación extraordinaria. Despertar por la mañana, después de un sueño ininterrumpido, es como volver a nacer y tener conciencia de ello. Hemos dormido e incluso soñado, pero no teníamos conciencia ni de lo uno ni de lo otro. Recuperamos la conciencia y con ella el recuerdo de quiénes somos y de dónde estamos, una experiencia que no por previsible resulta más tranquilizadora. Es también el reencuentro con nuestras costumbres, a las que volvemos a encadenarnos, como lo hicimos el día anterior. Para eso las hemos recordado inmediatamente.

Paul Valéry

Paul Valéry

La memoria voluntaria toma de nuevo las riendas que durante el sueño llevó la memoria inconsciente. Soñando no sabíamos que estábamos recordando. Una vez despiertos lo sabemos y esa certeza nos reconcilia con la memoria. Todo vuelve a estar en su sitio y nosotros en el nuestro. Por excéntricos que hayan sido los sueños que tuvimos -y seguro que lo fueron-, retornamos a la centralidad del yo en el mundo real, aunque en los primeros momentos nos sintamos desconcertados, todavía con las imágenes y las sensaciones oníricas calientes en la memoria. A veces incluso humeando, como restos de un fuego recién extinguido. “Bueno es soñar. Despertar es mejor / si se despierta en la mañana”, escribió Emily Dickinson. Después del viaje incierto que simboliza el sueño -tanto como el que hizo Ulises de vuelta a Ítaca-, el despertar equivale al retorno a la casa de la razón y del buen sentido, que es lo que representa Penélope para Ulises.

Heráclito decía que el sol es nuevo cada día. Para el hombre que cada mañana se encuentra con el astro rey en el cielo es nuevo porque él también se siente como nuevo al despertar de un sueño restaurador. Otra cuestión es que, como dijo el autor del Libro de Cohélet, no haya nada nuevo bajo el sol y la tierra permanezca siempre viendo pasar a una generación tras otra. Pero lo importante es que vemos ese sol ordinario con una mirada renovada, distinta de la del día anterior. En este mundo casi todas las cosas son para nosotros en función de la forma en que las miremos. Será por eso que la evidencia salta a la vista, prescindiendo de nuestra dudosa subjetividad.

Emily Dickinson

Emily Dickinson

Aun así, la espontaneidad del despertar tiene algo de misterioso. Por más que se produzca a la hora acostumbrada, el cuerpo y la mente han consumido su porción de sueño y reclaman el relevo. Todavía con los párpados pesados, abrimos los ojos legañosos, entrando de nuevo en el mundo real, que también vuelve a entrar en nosotros. Proust comparaba el despertar con una resurrección “después de ese benéfico acceso de enajenación mental que es el dormir”, como ocurre cuando recordamos súbitamente un nombre, un verso o una melodía que habíamos olvidado.

Cuánta naturalidad en ese abrir de ojos casi sobrenatural. Que el despertar comience en ellos significa que es a través de la vista como mejor sentimos el mundo. Un despertar forzado por la alarma del reloj, por algún ruido o una voz, lo priva de naturalidad y lo desnaturaliza. El retorno violento a la realidad nos desconcierta y no sólo porque nos arranque del sueño que tengamos en ese momento.

Sin embargo, la costumbre de despertar todas las mañanas le resta el asombro al que hacía alusión Valéry, como se lo resta a la salida del sol. A fin de cuentas se trata de algo predecible, que se siente al margen del pensamiento, como otras tantas sensaciones cotidianas. Victor Bâton, el joven protagonista de Mis amigos, la novela de Emmanuel Bove, constata que se despierta por la mañana con la boca abierta y los dientes pastosos porque no se ha habituado a cepillárselos la noche  anterior. También, que algunas lágrimas se le han secado en el rabillo de los ojos, que los hombros no le duelen y unos pelos lacios le cubren la frente. Poco más. Ninguna sensación que trascienda el ámbito de lo meramente sensitivo. La emoción que Valéry descubría en el despertar se solapa con los detalles prosaicos que lo acompañan, como la sequedad de la boca, el mal aliento, el cabello revuelto y el inevitable sudor corporal.

Primera página de "Mis amigos" en una edición francesa

Primera página de “Mis amigos” en una edición francesa

La costumbre de despertar es como la de estar vivos. No conocemos otra distinta, por lo que carecemos de una referencia que nos permita compararla con su contraria. El día en que no despertemos será porque probablemente ya no despertaremos nunca. En cuanto abrimos los ojos, lo primero que nos  viene a la mente es el recuerdo del último sueño que tuvimos. Es como si volviésemos a nacer. La costumbre no hace mella en lo renovador de esta sensación.

Nunca despertamos de la misma manera porque el sueño del que venimos es distinto cada noche, aunque al abrir los ojos nos hallemos en la misma habitación. Hasta que más pronto que tarde el recuerdo del sueño es desplazado por el de los asuntos que nos aguardan en la nueva jornada, como la cita con el trabajo y la tarea inmediata que esperamos acometer. Y el resurgir de alguna preocupación de la que nos desprendimos provisionalmente durante el sueño. 

Marco Aurelio aconsejaba que al amanecer, cuando despierte “de mala gana y perezosamente”, cada cual piense que despierta “para cumplir una tarea propia de hombre”, o sea, aquella que justifica nuestra existencia y para la que hemos venido al mundo. Guiado por un evidente sentido práctico, Nietzsche sugería comenzar la jornada, nada más despertar, pensando en la manera de dar una alegría al menos a una persona. Si se sustituyese este hábito por el de de la costumbre religiosa de la oración, “los semejantes extraerían una ventaja de este cambio”.

Busto del emperador Marco Aurelio

Busto del emperador Marco Aurelio

Las horas nocturnas en que dormimos la Tierra sigue girando como todos los días y gracias a ello la mitad de la Humanidad permanece despierta, alumbrada por la luz solar. Siempre ha sido así: mientras unos duermen, otros velan, guardando un turno riguroso. El insomnio de nuestro planeta discurre parejo a su hiperactividad. Por nuestro bien. También durante el sueño nocturno suceden muchas cosas en el mundo, incluso en el que sentimos más próximo a nosotros. Como sucederán cuando durmamos en el sueño eterno: nuestra insignificancia carece de límites. Al despertar, las cosas habrán cambiado sin pedirnos permiso, aunque al principio, engañados por la memoria, no apreciemos cambio alguno y las veamos tal como las dejamos antes de dormirnos.

Creemos que el mundo es como el dinosaurio del microcuento de Augusto Monterroso (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”) y que todavía está ahí cuando despertamos. Pero tal vez ocurra al revés, y el dinosaurio que sigue todavía ahí seamos nosotros, gracias a nuestra memoria, que en cada despertar nos recuerda cómo eran el mundo y nosotros mismos antes del sueño. Y con ese recuerdo sobreviene la responsabilidad de tener que ser lo que uno es, sin que pueda delegarla en nadie.

Así que en el momento del despertar nos decimos para nuestros adentros: “Otra vez estás aquí, viejo dinosaurio, no te has marchado”. Volvemos a encontrarnos con el deber de recordar, de reconstruirnos a cada momento, sin prisa pero sin pausa, bajo el peso de la incertidumbre, por la que deambulamos como por un tupido bosque de senderos borrosos.

Augusto Monterroso

Augusto Monterroso

Alejandra Pizarnik expresó con estas inquietantes imágenes lo que sentía al despertar:

“Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en duelo, he de comprender lo que dice mi voz.”

Ahora bien, ¿se imaginan que sucediese lo contrario, que al despertar no nos acordásemos de quiénes somos y creyésemos ser otros distintos de los que fuimos antes de dormirnos? Entonces ese despertar se convertiría en una aventura prodigiosa, además de incierta. Al dormirnos por la noche ya no sabríamos con qué –o, mejor dicho, con quién- nos encontraríamos a la mañana siguiente. Ya no seríamos para nosotros el eterno dinosaurio de Monterroso, sino cualquier otra criatura imprevisible.

Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik

Valéry observó que el despertar es un momento en el cual “uno no es todavía la persona que es, ¡y podría volver a ser otra! Lo fantástico sería que el individuo externo permaneciese invariable y todo lo psíquico renovado”. No fue eso precisamente lo que le aconteció a Gregor Samsa la fatídica mañana de otoño en que se despertó en la cama de siempre transformado en un bicho, pero con las facultades intelectuales intactas, excepto la del habla y su sensibilidad, oportunamente adaptada a la transformación física.

Si en los primeros minutos barajó la hipótesis de que aquella súbita mutación no fuese más que una pesadilla pasajera, pronto tuvo que rendirse ante la evidencia y aceptar que se trataba de un hecho ineluctable. A pesar de la metamorfosis física, su alma, y por tanto su memoria, seguía siendo la misma de la noche anterior. Se acordaba perfectamente de quién era o había sido hasta aquel despertar tan perturbador. En este caso el viejo dinosaurio del cuento había mutado en un extraño insecto, insólito en la fauna animal, sobre todo por su tamaño monstruoso.

Cubierta de la primera edición de "La transformación"

Cubierta de la primera edición de “La transformación”

Inspirándose en alguna leyenda antigua, Shakespeare recreó en el prólogo de La fierecilla domada la historia de un hombre que despierta convertido en otro distinto del que recordaba ser antes de dormir y en un lugar también diferente del habitual. Tras cruzarse en la calle con un calderero llamado Christopher Sly durmiendo la borrachera, un noble decide recogerlo y gastarle una asombrosa broma con la ayuda de sus criados.

La broma consiste en conducirlo a la cama de una alcoba perfumada de su mansión, rodeado por pinturas lascivas, vestirlo con hermosos ropajes, ponerle anillos en los dedos, colocar junto al lecho un refrigerio delicioso y disponer criados diligentes cerca de él cuando despierte, instante en el que unos músicos tocarán alguna melodía suave que acaricie sus oídos. Un paje disfrazado de mujer hará el papel de esposa solícita que con cariñosos abrazos, besos y lágrimas le mostrará su gozo al ver a su amado señor que ha recobrado la salud después de los últimos siete años en los que, completamente enajenado, se había considerado un mendigo. El propósito de la broma es que una compañía de comediantes que se aloja en el palacio del noble represente para él una comedia.

Ante la perplejidad que se adueña del hombre al despertarse en semejante lecho y alcoba, se le convence de que ha estado loco. Cuando dice que no es más que un calderero, se le persuade de que eso es lo que ha soñado y que en realidad es un señor poderoso. Pero al hombre no se le ocurre otra cosa que pedir una cerveza floja. En el momento en que los criados se dirigen a él con un “Vuestra señoría”, se acuerda de quién es, por lo que tiene que instarles a que pregunten por él a la tabernera gorda de Wincot. El señor de la casa le ruega que destierre los sueños abyectos que ha tenido nada menos que durante quince años. Ahora que ha recobrado la conciencia sólo debe recordar que es un caballero.

Ilustración que representa a Christopher Sly despertando de su borrachera en una cama principesca

Ilustración que representa a Christopher Sly despertando de su borrachera en una cama principesca

Al principio el calderero cree estar soñando, pero ante la evidencia de los hechos no le queda más remedio que aceptar su nueva condición. Por fin, un mensajero se presenta en su alcoba para anunciarle que, por consejo de los médicos, se va a representar una comedia exclusivamente para él con el fin de devolverle la alegría. Esa comedia será La fierecilla domada.

Después de la lectura de esta fantástica historia es posible que el lector se reserve una sospecha razonable: que quizá el burlado siguiera el juego a los burladores (e incluso a su creador, Shakespeare), fingiendo que se había tragado la burla, a sabiendas de que no tenía nada que perder y mucho que ganar; y también que, pese a los efectos de la borrachera, no dudase en absoluto de su verdadera identidad y disimulara creer en la postiza que le endilgaron sus burladores. Ya que el destino le ofrecía la oportunidad de elegir, mejor dormirse como mendigo y despertar como príncipe que perpetuarse en la pobreza por pura coherencia, o lo que es lo mismo, por pura cabezonería.

A Christopher Sly el encuentro casual con un noble caprichoso y burlón le dio la oportunidad de despertar de su borrachera sin por ello reencontrarse con el viejo dinosaurio-mendigo que era antes de echarse a dormir en medio de la calle, como le había sucedido en ocasiones anteriores, en las que sólo fue príncipe en sueños. Ahora las tornas se invertían por primera vez en su vida y, siguiendo el guión de la burla, en su sueño había sido un mendigo borrachín y en la realidad, más duradera que ese sueño, un príncipe envuelto en placeres cortesanos.

Edición de "La fierecilla domada", impresa en 1631

Edición de “La fierecilla domada”, impresa en 1631

Otra fantasía asociada al despertar es la del individuo que, después de un sueño tan largo como el que en la comedia de Shakespeare el noble atribuyó al calderero al salir de su borrachera, despierta en un mundo que lógicamente difiere mucho de aquel que vio por última vez antes de cerrar los ojos. Un mundo en el que él sigue todavía ahí, como el viejo dinosaurio del cuento, a pesar de los cambios que han acaecido a su alrededor.

El problema principal al que ha de enfrentarse este individuo deriva de la triste circunstancia de que durante su letargo los viejos dinosaurios como él desaparecieron de la faz de la Tierra, y no por la explosión de un meteorito sino por el inexorable paso del tiempo. En consecuencia, quienes asisten a su despertar de la tumba del sueño lo miran perplejos, casi como los padres y la hermana de Gregor Samsa lo miraban la mañana en que amaneció transformado en un bicho. Los jóvenes no saben quién es y los más viejos sólo conservan de él un vago recuerdo: eran unos niños cuando estaba despierto. Todos los demás, sus coetáneos, incluidos parientes y amigos, murieron años atrás.

Lo llamativo de la fantasía del durmiente que despierta después de un letargo inmemorial radica en el contraste entre los recuerdos del mundo que dejó al dormir, y que su memoria conserva intactos, y la realidad de ese mundo que durante su letargo prosiguió un curso imparable, por lo que al despertar tiene la sensación de encontrarse en otro mundo que no se parece nada al de sus recuerdos. Una derivación de esta fantasía es el dicho condicional “Si levantara la cabeza”, que se usa comúnmente para referirse a la sorpresa, por lo general desagradable, que un difunto se llevaría si resucitase y presenciara los grandes cambios acaecidos desde su muerte.

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A diferencia de los relatos clásicos del durmiente que al despertar se encuentra con el mundo muy cambiado, el microcuento de Monterroso muestra que el dinosaurio-mundo, pese a estar despierto, no cambió nada durante el sueño del durmiente, sobreviviendo incluso a la extinción sufrida por los animales de su especie. Puesto que, como dijo Agustín de Hipona, sin cambio no hay tiempo, éste cesó de transcurrir para los dos, de modo que ambos conservaron intactas sus respectivas identidades.

En cuanto el durmiente despierta de su sopor, el tiempo recupera sus constantes vitales y empieza a transcurrir también para él, igual que para el resto de los mortales. A menudo esa recuperación se produce con efectos retroactivos, por lo que el cuerpo del durmiente, momificado a causa de la parálisis temporal, se adapta inmediatamente a su edad real, lo que se traduce en un repentino envejecimiento.

Aunque, al menos transitoriamente, el tiempo no transcurra para el durmiente, la realidad despierta ha continuado fluyendo sin cesar. El letargo lo desterró del mundo, pero eso no significa que se evadiese de él. Sólo fue su subjetividad la que permaneció hibernada, interrumpiendo su relación con el mundo, que continuó impertérrito su marcha, igual que el curso del tiempo y de la Historia. En su cuento Reencuentro inesperado (1811), Johann Peter Hebel se hizo eco de la marcha imparable de ésta, sobre todo cuando se la observa con una mirada retrospectiva y al margen del destino de los individuos que, sin embargo, a menudo tienen que sufrirla en contra de su voluntad.

Ilustración en una edición de la época del relato "Reencuentro inesperado", en la que se el cadáver incorrupto del minero hallado cincuenta años después en la mina de Falun

Ilustración en una edición de la época del relato “Reencuentro inesperado”, en la que se ve el cadáver incorrupto del minero

El hallazgo casual en las entrañas de una mina, en la ciudad danesa de Falun, del cadáver de un minero -incorrupto por el efecto conservante del vitriolo-, que falleció cincuenta años atrás a causa de un accidente, lleva al narrador a mencionar los principales acontecimientos históricos -guerras, invasiones, desastres naturales- ocurridos desde la desaparición del minero y que, al contrario que los destinos de las personas anónimas que los vivieron y padecieron, fueron inmortalizados por los cronistas.

El rescate de ese cuerpo juvenil pero inánime (el narrador se refiere a él como “joven durmiente”), por el que no pasó el tiempo en medio siglo, contrasta con el olvido de quienes, habiendo sobrevivido al difunto minero, al cabo de cincuenta años ya estaban muertos también, sin que nadie los recordase. Precisamente el encanto de Reencuentro inesperado reside en el hecho de que la única persona de Falun que pudo reconocerlo fuese su antigua novia -ahora ya una anciana-, que nunca lo olvidó en los cincuenta años de ausencia.

Al durmiente que un día se reincorpora al mundo y al tiempo no le queda más remedio que amoldarse a los cambios ocurridos en su ausencia, debiendo mutar su condición de dinosaurio por la de camaleón, a no ser que se resigne a languidecer de melancolía. Esta parábola nos demuestra que no somos imprescindibles para el mundo y que éste se las arregla perfectamente sin nosotros. Pero también, que siempre habrá alguien que se ocupe de hacer aquello de lo que nos abstuvimos mientras nos tumbamos a la bartola.

Busto de Epiménides de Creta

Busto de Epiménides de Creta

El primer dormilón del que se tiene alguna noticia es el filósofo Epiménides (siglo VI a. C.). Tanto Plinio como Diógenes Laercio cuentan que, siendo muchacho, su padre lo envío al campo con una oveja; pero al mediodía, cansado del camino y del calor, entró en una cueva donde durmió cincuenta y siete años. Creyendo haber dormido un rato, al despertar y no encontrar a la oveja descarriada, salió sobresaltado. Su sorpresa fue todavía mayor cuando comprobó que a su alrededor todo tenía otro aspecto y que el campo había cambiado de dueño. Desconcertado, se dirigió a la ciudad. Al llegar a su casa, donde lo recibieron como a un extraño, halló a un anciano que resultó ser su hermano menor. Plinio matiza que en sólo cincuenta y siete días se hizo viejo, aunque vivió hasta los ciento y cincuenta y siete años. Una vez que en Grecia se conoció este suceso extraordinario, todos lo tuvieron por muy amado de los dioses.

Pero la primera leyenda en la que se recrea la fantasía del durmiente que despierta después de muchos años dormido es la de Los siete durmientes de Éfeso, fechada en los primeros tiempos de la Cristiandad, alrededor del año 250. Ante la resistencia que opusieron siete jóvenes nobles al propósito del emperador Decio de restaurar el culto a las divinidades paganas, éste los amenazó con ejecutarlos si no abjuraban de su fe cristiana. Entonces, huyendo de una muerte segura, se ocultaron en una gruta, en el Monte Anquilos. Cuando fueron hallados por los soldados de Decio los encontraron profundamente dormidos, por lo que se ordenó tapiar la gruta. Un cristiano se preocupó de escribir los nombres de los mártires en la pared y dejar constancia de su hazaña.

Entretanto, el cristianismo triunfó bajo el emperador Teodosio (379-395). Un rico hacendado llamado Adolio mandó a abrir la cueva de los durmientes para usarla como establo. Entonces, ¡oh milagro!, los jóvenes despertaron de su sueño. Creyendo que habían dormido una noche y que nada había cambiado a su alrededor, uno de ellos se acercó a Éfeso para comprar comida, sorprendiéndose de que hubiese iglesias y cruces por todas partes. Le costaba creer que en una noche la ciudad se hubiese convertido al cristianismo. Era como si estuviese soñando. El panadero al que trataba de comprarle el pan no entendía que le pagase con monedas acuñadas cien años atrás con la efigie de Decio. ¿Es que había encontrado un tesoro? Por fin se aclararon los malentendidos y las autoridades cristianas subieron a la cueva, donde los jóvenes, después de rezar y alabar a Dios, murieron, siendo bendecidos por el propio Teodosio.

Pintura medieval que representa a Los siete durmientes de Éfeso en la cueva

Pintura medieval que representa a “Los siete durmientes de Éfeso” en la cueva

Los siete durmientes de Éfeso murieron poco después de su letargo centenario porque, en recompensa por su fidelidad a la religión perseguida, sólo despertaron para presenciar el triunfo de ésta y la derrota de quienes intentaron asesinarlos. Si hubieran continuado vivos, probablemente su identidad de mártires se habría diluido en la memoria de las gentes y en un tiempo en el que la victoria del cristianismo hacía inconcebible el martirio, que sólo sobrevivía como el recuerdo glorioso de una época felizmente fenecida, cuando los cristianos eran perseguidos por la autoridad pagana.

Además, en las nuevas circunstancias también habrían visto esfumarse la gracia divina que conquistaron mediante el martirio. Ahora tendrían que reconquistarla con alguna acción de naturaleza distinta, quién sabe si contraria a los intereses de las nuevas autoridades. Tenían que morir para convertirse en ejemplo público de fidelidad a la religión victoriosa en tiempos adversos. También para que los cristianos devotos invoquen su protección cuando se sientan asediados por el insomnio (el 27 de julio se celebra su santo). Puestos a probar, tal vez este método resulte más eficaz que el recuento de ovejas y menos complicado que descerrajarse una bala en el cráneo, como el protagonista del cuento de Virgilio Piñera.

Cueva de los siete santos durmientes, en Éfeso

Cueva de los siete santos durmientes, en Éfeso

Washington Irving narró en Rip Van Winkle (1819) una historia que bien podría haberse inspirado en Los siete durmientes de Éfeso. Ambientada en la época que precedió a la guerra de la independencia de los Estados Unidos, cuenta el singular caso del aldeano Rip Van Winkle, quien un día se refugió en un bosque, escapando de su temible esposa, provisto de una escopeta de caza y acompañado por su perro Wolf. Allí se encontró con un desconocido, un hombre viejo, pequeño y robusto, sobre cuyos hombros portaba un pesado barrilete que, a petición suya, Rip le ayudó a llevarlo.

Al cabo de un buen rato los dos llegaron a una especie de valle, donde Rip vio otros personajes tan extraños como el desconocido. Éste empezó a vaciar el licor del barril en grandes jarros que Rip repartió entre aquellos hombres. Picado por la curiosidad, también bebió de su jarro. El licor le supo a una excelente ginebra. Al primer sorbo le siguieron otros cuantos. Como resultado de ello, Rip se hundió en un profundo sueño, igual que el calderero de La fierecilla domada.

"Rip Van Winkle", por John Quidor (1801-1881)

“Rip Van Winkle”, por John Quidor (1801-1881)

Al despertar pensó que había transcurrido una noche, aunque era extraño que en tan poco tiempo la barba le hubiese crecido casi medio metro. De regreso a la aldea, enseguida se percató de que habían cambiado muchas cosas y que su vivienda estaba en ruinas. No reconocía a los vecinos con los que se iba encontrando por las calles, y lo que quizá era peor, tampoco lo reconocían a él. Le llamó la atención que en la antigua posada ondease una bandera de barras y estrellas y que en una de sus paredes colgara el retrato del general Washington y no el del rey de Inglaterra Jorge III. Simplemente, ocurrió que en los veinte años transcurridos desde que se echó a dormir la borrachera en el bosque, Estados Unidos se había independizado de Inglaterra y el país había cambiado de dueño. En medio de aquel formidable desconcierto, Rip tenía motivos para sentirse extraviado en su aldea natal y dudar de su identidad.

Pronto alguien le aclaró la confusión. Su mujer había muerto hacía años -la única noticia consoladora que recibió desde su despertar-, y su hijo se dedicaba a las labores del campo, heredando de él su escaso amor al trabajo. La hija, ya madre de un niño, lo acogió en su casa. La leyenda deja al lector que imagine la nueva vida de Rip renacido de las cenizas de su largo sueño de borracho. Se supone que se habituó al nuevo escenario y a las personas extrañas que le rodeaban, cuidándose de pillar una curda ginebrina como aquella que lo mantuvo aletargado veinte años.

Ilustración para el cuento "Rip van Winkle"

Ilustración para el cuento “Rip Van Winkle”

El destino de la princesa del cuento La bella durmiente recuerda al cuento de Monterroso. Después de cien años durmiendo, tal y como predijeron las hadas, compartió su repentino despertar con todos los moradores del castillo: el rey y la reina, los cortesanos y sirvientes, los caballos de los establos, los perros de caza, las palomas, las moscas pegadas a las paredes y hasta el fuego de la cocina, que también sufrieron una pena similar y en el mismo momento que ella. En ese periodo el castillo permaneció sumido en el letargo, desterrado del tiempo, al abrigo  del bosque frondoso y las plantas trepadoras que crecieron a su alrededor, envolviéndolo como un sudario.

Cuando un siglo después un príncipe franqueó por casualidad las puertas del castillo,

“reinaba un silencio terrible, la imagen de la muerte reinaba por doquier y no se veían más que cuerpos tendidos de hombres y de animales, que parecían muertos” (versión de Charles Perrault).

En el mismo instante en que el joven besó la mano de la princesa dormida y ésta abrió los ojos, todos sus moradores se levantaron, mirándose sorprendidos. Habían regresado a la vida y a la corriente del tiempo para encontrarse todo igual como estaba antes del letargo. El único nuevo en aquel viejo escenario era el príncipe, cuyo ocasional papel de despertador cambiaría para siempre el destino de la bella durmiente.

"La princesa durmiente", por Víktor Vasnetsov (1848-1826)

“La princesa durmiente”, por Víktor Vasnetsov (1848-1926)

Si después de veinte años dormido, Rip van Winkle se encontró con bastantes cambios en su aldea natal, imagínense con qué se hubiese encontrado si hubieran transcurrido nada menos que doscientos tres años. Pues bien, eso le ocurrió a Graham, el protagonista de la novela de ciencia-ficción Cuando el durmiente despierta que H.G. Wells publicó en 1899 y reescribió diez años después, bajo el influjo de la imaginación futurista impulsada a comienzos del siglo XX por los avances tecnológicos.

A partir de ahora el letargo de los durmientes ya no se atribuiría a un don especial de los dioses ni a un milagro; tampoco a la ingesta de un exótico licor y menos todavía a el sombrío augurio de unas hadas. Las luces de la Ilustración mermaron las de la imaginación, si bien los progresos científicos y tecnológicos habrían de orientarla hacia la hipótesis futurista. La mentalidad secular, normalmente reacia a las licencias de la fantasía, requiere una causa verificable que justifique un sopor de duración anómala. ¿Qué mejor causa que el estado de coma producido por una enfermedad, un accidente e incluso un error médico?

 Herbert George Wells fotografiado por George Charles Beresford en 1920

Herbert George Wells fotografiado por George Charles Beresford en 1920

En la novela de Wells, escrita en plena Belle Époque, se narra la historia de un hombre que, después de un insomnio interminable a causa del estrés, cae en un trance cataléptico del que despierta en el año 2104, en un sanatorio y en un mundo radicalmente distinto del que dejó antes de su sueño bicentenario.

En las ciudades superpobladas sobresalen los edificios gigantescos, unidos por puentes levadizos y plataformas. Unas cintas transportan a los viajeros a gran velocidad. Hay aviones de un solo pasajero. Todo funciona por energía eólica. Los medios audiovisuales han relegado al olvido a los libros y los periódicos. La televisión de forma ovalada convive con unos extraños aparatos, las máquinas parlantes, que sólo cuentan chismes y banalidades, pero que todo el mundo sigue con atención. Se habla un idioma parecido al inglés. La gente viste con uniformes distintos según la clase social a la que pertenece.

Cubierta de "Cuando el durmiente despierta", de H.G. Wells

Cubierta de “Cuando el durmiente despierta”, de H.G. Wells

Graham descubre que no sólo ha cambiado el mundo sino también su propia situación financiera. En esos doscientos años se ha convertido, además de en una celebridad, en el amo del mundo gracias a la inmensa fortuna que ha acumulado por la especulación en la Bolsa. No sospecha los quebraderos de cabeza que le causará su poderío, obtenido involuntariamente.

En su película El dormilón (1973), Woody Allen se basó en la novela de Wells. Hibernado por un error médico en 1973, tras una operación quirúrgica rutinaria, Miles Monroe, un clarinetista propietario de una tienda de comida sana de Nueva York, despierta doscientos años después en un Estados Unidos sometido a una dictadura totalitaria y cuya población vive alienada, con todas las necesidades materiales cubiertas, pero donde los disidentes son brutalmente perseguidos. Woody Allen incide en la faceta siniestra de la sociedad ultramoderna pintada por Wells en su novela, en la que la tecnología sofisticada coexiste con la intolerancia y el liberticidio, una experiencia con la que estamos familiarizados desde los regímenes totalitarios del siglo XX.

Cartel de la película "El dormilón", de Woody Allen

Cartel de la película “El dormilón”, de Woody Allen

La caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 y el súbito desmoronamiento del régimen comunista, que acababa de conmemorar su cuarenta aniversario, en la República Democrática Alemana (RDA), inspiró al cineasta Wolfgang Becker la comedia Good Bye, Lenin! (2003). En esta película retorna el motivo del despertar cuando el dinosaurio-mundo ya no estaba allí, mutando en un animal contemporáneo, y el verdadero dinosaurio es el durmiente que despierta convencido de que todavía sigue ahí.

Christiane Kerner, una mujer de mediana edad, divorciada de un hombre que huyó en 1978 a la República Federal Alemana, madre de dos hijos y ferozmente leal al gobierno comunista para el que trabaja como funcionaria, sufre un infarto al enterarse de que su hijo ha sido detenido por la policía, acusado de participar en una protesta contra el régimen. La mujer queda en estado de coma, despertando a los ocho meses en su casa, cuando la RDA ha desaparecido para integrarse en la República Federal.

Cartel de "Good bye, Lenin!"

Cartel de “Good Bye, Lenin!”

Temiendo por su frágil recuperación y aconsejado por los médicos, su hijo Alex se las ingenia, junto a su hermana Ariane y un amigo estudiante de cine, para ocultarle la verdad, convirtiendo el apartamento familiar en una isla separada de la realidad, último bastión del comunismo en Alemania, como si en esos meses no hubiese cambiado nada en el país y, en fin, borrando las huellas del flamante capitalismo dispersas por las habitaciones de la casa. Siendo la televisión la única ventana al mundo exterior, el hijo monta falsos telediarios para la madre convaleciente, que aún no ha notado ninguna señal del terremoto que ha sacudido al país en esos ocho meses.

Hasta que un día la mujer descubre que frente a la ventana de su cuarto han instalado un enorme cartel de Coca-Cola. Cuando sale a la calle, observa que los vecinos han comprado muebles nuevos y ya no usan el mobiliario típico de la RDA sino el de Ikea. Casualmente, en ese momento un helicóptero transporta una estatua de Lenin que acaba de ser retirada de su pedestal.

Este vídeo recoge la escena en la que Christiane se levanta por primera vez de la cama y sale a la calle, donde le aguardan algunas sorpresas:

 

 

Alex tiene que inventar nuevas mentiras para ahorrarle un disgusto. Pero Christiane sufre otro infarto. Poco antes de morir en el hospital, la novia de su hijo le dice la verdad: que éste la engaña para salvaguardar su salud quebradiza. En una reacción inesperada, ahora es ella la que, a sabiendas del engaño piadoso, le sigue el juego al hijo para no malograr su loable empeño. Engaño de madre y engaño de hijo.

De vuelta a la literatura, Elias Canetti imaginó una extraña fantasía en la que el tiempo dedicado al sueño recuerda a la muerte y el despertar a una especie de resurrección. En el lugar imaginado por Canetti los hombres permanecen a lo largo de su vida dos años en alerta y despiertos y otros diez años durmiendo sin soñar. Cuando despiertan de su sopor en el mismo lugar donde estaban al dormirse, se encuentran siempre con personas y situaciones nuevas. Pero basta con que empiecen a acostumbrarse a ellas para que sucumban de nuevo al sueño.

En todas las casas se reservan espacios destinados a parientes que duermen. A fin de no causar trastornos a su familia, algunos prefieren retirarse a “monasterios del sueño”, alquilando celdas para los diez años de sueño. Allí está prohibido decir el día y la hora en que uno va a dormirse. La alternancia de los periodos de sueño y vigilia hace que las amistades y las relaciones personales en general tengan una duración insegura. “Nada duraría más de dos años, pues nada resistiría diez años de sueño”. Aquel al que le sorprende la muerte durmiendo se reseca como un murciélago y a menudo se ignora durante años que alguien ha muerto.

Tumba de Elias Canetti en el cementerio de Fluntern, en Zúrich

Tumba de Elias Canetti en el cementerio de Fluntern, en Zúrich

Por cierto, la noche del 14 de agosto de 1994 Canetti se durmió en su casa de Zúrich sin que despertase jamás. Tenía ochenta y nueve años. Está enterrado en una tumba elegida por él, muy cerca de la de Joyce, en el cementerio de  Fluntern. Unas horas antes había trabajado en la redacción de un ensayo sobre la inmortalidad. Confesaba haber vivido en una resistencia constante contra la muerte. Le parecía que todos los seres humanos mueren demasiado pronto. En uno de sus cuadernos escribió que al enterarse de que los vencejos vuelan de noche dormidos a gran altura, le conmovió saber “que el sueño y el vuelo siguen siendo una misma cosa”.

Pero de todos los despertares imaginados por los hombres, el que impone más respeto es el que sobreviene después de la muerte de una persona. En la tradición cristiana, este despertar tiene su máximo exponente en su fundador, Jesucristo, quien resucitó al tercer día de su trágico sacrificio en la cruz. A su vez esta leyenda se fundamenta en el renacimiento del profeta Jonás tras ser vomitado en la playa por la ballena, en cuyo vientre moró tres días y tres noches.

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“Jonás y la ballena”, de Pieter Lastman (1583–1633)

De las resurrecciones de muertos atribuidas por los evangelistas a Jesús la más llamativa es la de su amigo Lázaro, el hermano de Marta y María. Aunque el Evangelio de Juan, que es donde se relata la historia, no ofrece detalle alguno de la reacción del resucitado, lo cierto es que ya ante su tumba Jesús dijo a los que estaban presentes que Lázaro sólo estaba dormido, una afirmación que sus discípulos interpretaron al pie de la letra, por lo que tuvo que aclararles enseguida que en realidad había muerto. Pero si nos atenemos a la metáfora del sueño con la que al principio describió la muerte de su amigo, se deduce que éste más que resucitar, despertó después de un letargo de cuatro días.

Suponemos que al levantarse de la tumba -un gran nicho en la pared tapado con una piedra-, abriría los ojos y empezaría a despojarse de las vendas y del sudario. Quizá su cuerpo aún despidiese el hedor cadavérico. Tuvo que alegrarse de reencontrarse con los suyos, sus hermanas y su gran amigo Jesús, el autor del milagro. A Lázaro bien podría aplicársele la antigua y grave sentencia española:

“No hay cosa que más despierte que dormir sobre la muerte”.

"Resurrección de Lázaro" (1304-1306), fresco de Giotto di Bondone

“Resurrección de Lázaro” (1304-1306), fresco de Giotto di Bondone

Sin embargo, al cabo de los años tampoco él escapó de la muerte, como el resto de los mortales, y su resurrección -sin duda el recuerdo de mayor trascendencia en su larga vida- fue sólo provisional, la obra de alguien que, en virtud de sus poderes milagrosos, no se resignó a perder a su mejor amigo. En suma, Lázaro resucitó de su primera muerte para volver a morir una segunda y última vez, aunque a la espera de la resurrección de los muertos que, según la escatología cristiana, despertarán del sueño eterno, levantándose de sus tumbas, para comparecer ante Dios en el Juicio Final, el Día de la Ira. Un despertar del que no se librará nadie y que obligará a cada fiel a rendir cuentas de sus acciones y omisiones. Seguro que algunos preferirían seguir dormidos otros cuantos años más con tal de demorar una cita tan engorrosa y ahorrarse así un susto de muerte.

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6 comentarios leave one →
  1. febrero 23, 2016 6:23 pm

    ¡Genial tetralogía! Comenzamos en la hora crepuscular del principio del relato ‘La Bolsa’ de Balzac a la espera de la noche, nos adentramos en el frenético trabajo nocturno, el insomnio, los sueños y por fin el complejo despertar.

    Y todo apunta a que la noche y sus fronteras revelan nuestra ambigüedad, nuestras disonancias y contradicciones. ¿Por qué somos tan veletas?

    Un viaje apasionante Jaime.

    (Apunte: el fragmento lúgubre que citas de la Bella Durmiente prosigue con la nariz repleta de granos y la cara roja de los guardias; este vuelco siempre me causó mucha risa. Perrault en estado puro.)

  2. febrero 23, 2016 10:48 pm

    Muchas gracia, Kim. Leyendo tu comentario pienso en el influyente papel que desempeñan la memoria y el tiempo durante la noche. No me extraña que Proust escribiera su gran novela principalmente en las horas nocturnas. Estuve a punto de añadir la descripción que citas de los guardias, por cuyas narices enrojecidas el príncipe dedujo que toda aquella gente no estaba muerta sino que sólo dormía. La versión de los hermanos Grimm es también muy atractiva.

  3. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    febrero 28, 2016 9:20 pm

    Desde luego, Jaime, la cantidad de reflexiones, recursos literarios y comentarios a que pueden dar lugar los temas del sueño y de la muerte. Fray Virila, del monasterio de Leyre, también fue otro que durmió cien años, según (dicen) cuenta Alfonso X el Sabio en su Grande e General Estoria. La imaginación y la fantasía no tienen límites. Gracias por este repaso de las obras literarias que tocan el tema y que a nosotros nos permiten tener conocimiento de ellas.

  4. febrero 29, 2016 8:13 pm

    Gracias, Ángel, por la noticia del durmiente Fray Virila. Sin duda se trata de una fantasía o mito que ha cruzado numerosas fronteras.

  5. abril 14, 2016 2:10 pm

    Magnífico blog. Literatura de primera. Deseando tener vacaciones para dedicarme a leerte en esos largos desayunos sinónimos de buena vida. El placer con los placeres.

    • abril 14, 2016 10:21 pm

      Gracias, Mónica. Espero que te gusten las entradas del blog y que disfrutes de los desayunos, por supuesto.

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