Skip to content

La historia secreta del hombre dormido (y que sueña)

febrero 9, 2016

No hay placer más satisfactorio que dormir cuando se tienen ganas, incluso en condiciones adversas. Da gusto contemplar a esos viajeros que se duermen en cualquier sitio, como en el vagón del Metro, con el traqueteo del tren de fondo y ajenos al trajín de los que entran y salen en cada estación. Más sorprendente aún es que se despierten en el momento justo en que tienen que apearse. ¿Cómo lo consiguen? Misterios del sueño.

Pero dormir se reduciría a una necesidad física, además de un placer, si no fuese por los sueños, que hacen que cada noche vivamos auténticas aventuras de las que nos suelen despertar sus propios desenlaces, si es que antes no lo hace la alarma fastidiosa del reloj. Lo peculiar de estas aventuras nocturnas es que, pese a su aparatosidad, solemos olvidarlas en cuanto aterrizamos en el mundo real, desprendiéndonos de ellas para siempre, como de las legañas. Menos mal que a la noche siguiente volveremos a experimentar otras nuevas.

"El sueño de Jacob", de José Ribera

“El sueño de Jacob”, de José Ribera

La misma prodigalidad de los sueños y el menosprecio que se les dispensa al tratarse de experiencias virtuales, desprovistas de la carnalidad propia de las reales, hace que se los despache con un adiós definitivo en cuanto se esfuma el vago recuerdo que dejan al despertar. De todos modos, aun siendo susceptibles de ser narrados, hemos de reconocer que, así como nuestros sueños deberían interesarnos, escuchar o leer los sueños de los otros no suele despertar interés.

Tenía razón Heráclito al diferenciar el orden del mundo que rige para los despiertos, que es uno y común, y el que rige para cada uno de los que duermen, que se vuelve hacia el suyo particular, siendo, por tanto, incomunicable. Cada sueño es como una carta que recibimos a nuestro nombre y que sólo a nosotros nos corresponde leer. Noche tras noche, todos ellos van componiendo la historia secreta de nuestra vida en una lengua ciertamente extraña que no siempre logramos descifrar.

Presunto busto de Heráclito

Presunto busto de Heráclito

Sin embargo, desde tiempos remotos los sueños han estado ligados a su interpretación, lo que a su vez requiere contarlos o narrarlos, ya sea para uno mismo o para otros. La primera obra de interpretación onírica que se conoce es de Artemidoro de Daldis (siglo II d. C.). En El libro sobre la interpretación de los sueños recopiló hasta tres mil sueños de quienes acudían a consultarle para que se los descifrase. En 1562 el italiano Gerolamo Cardano, médico de profesión, publicó el Liber somniorum. Fiel a una antigua tradición, de la que abundan los testimonios en la cultura grecolatina y en la Biblia, a Cardano le interesaba el sueño de carácter premonitorio. En su autobiografía refiere numerosos sueños, en los que siempre veía alguna señal anunciadora de su destino.

A partir de los treinta y tres años de edad empezó a ver en sueños lo que iba a ocurrir en breve tiempo. Uno de los que tuvo con más frecuencia -hasta en cien ocasiones- era con un gallo de plumaje rojo y de cresta y sotabarba también rojas, del que temía que se pusiera a hablar con voz de hombre, lo que por fin sucedía. Sus palabras eran casi siempre amenazadoras. Cardano confiesa que de joven sufrió mucho como consecuencia de la impotencia sexual, aunque más tarde se recuperó del todo. ¿No sería ese gallo rojo un recuerdo de aquel sufrimiento y su amenazante voz de hombre, la expresión del temor secreto a un retorno de la impotencia?

Gerolamo Cardano

Gerolamo Cardano

Montaigne pasó de puntillas por los sueños no porque temiera despertarlos sino porque soñaba raramente. En De la experiencia, el último de los Ensayos, dice que son fieles intérpretes de nuestras inclinaciones, pero que organizarlos y entenderlos tiene su arte. También dejó caer una observación portadora de una verdad imbatible: que nuestro velar “está más dormido que el dormir” y que nuestros sueños “valen más que nuestras razones”.

Acorde con su talante racionalista, Descartes aconsejó buscar la verdad más en lo que pensemos estando despiertos que en los pensamientos que tengamos en sueños, a pesar de que las imágenes oníricas sean tan vivas y expresivas y más aún que en la vigilia. Curiosamente, él mismo eligió su destino filosófico a raíz de un sueño, prescindiendo de los deseos de su padre para que estudiase leyes o ingresara en la milicia.

Fue en el Romanticismo, sobre todo en Alemania, donde el mundo de los sueños tuvo un despertar por todo lo alto. Siguiendo la tendencia a la introspección que caracterizó al movimiento romántico, Novalis, Jean Paul Richter, Gotthilf Heinrich von Schubert, autor de El simbolismo del sueño (1814), E.T.A. Hoffmann, Moritz y Hamann, entre otros, ahondaron en la naturaleza de los sueños, tal como recuerda Albert Béguin en su legendario ensayo El alma romántica y el sueño (1937).

Albert Béguin

Albert Béguin

En el siglo XIX, autores como Senancour, Nerval, Baudelaire, Rimbaud, Stevenson o Hawthorne se ocuparon también de las fantasías oníricas. Por fin, los surrealistas y artistas de otras vanguardias del siglo XX convirtieron los sueños en el motivo conductor de sus obras y emblema de la libertad absoluta del ser humano ante las coacciones de la sociedad civilizada. Todos ellos estaban persuadidos, como Montaigne, de que la lucidez diurna no es más que una noche profunda y que la verdadera claridad sólo resulta accesible en los aspectos nocturnos de nuestra existencia.

Dos siglos antes que Freud, el ilustrado alemán Georg C. Lichtenberg comentó que si la gente estuviera dispuesta a contar sus sueños con sinceridad, éstos, más que el rostro, permitirían descubrir cosas sobre su carácter. Lamentaba que, siendo uno de los privilegios del ser humano soñar y saber que sueña, no supiese hacer uso de los sueños. Por ello, le resultaba sorprendente que todavía -a mediados del siglo XVIII- no se hubiera escrito la historia del “hombre dormido”, que quizá tuviese tanto interés como las de los despiertos.

Según Lichtenberg, los sueños son útiles “en la medida en que representan el resultado natural de todo nuestro ser, sin la coacción de una reflexión muchas veces artificial”, y están compuestos por las ideas y representaciones que tenemos en la vigilia. Aunque dormidos actuamos menos, “es precisamente ahí cuando el psicólogo despierto tendría muchísimo que hacer”. Confesaba saber por experiencia que los sueños le conducían al conocimiento de sí mismo. De ellos dedujo que las sensaciones que no son interpretadas por la razón son las más vivas.  Sobre todo al final de su vida soñaba que volvía a los paisajes de la infancia, en Renania, a las calles de su ciudad natal, a los sentimientos de piedad infantil.

Lichtenberg

George Christoph Lichtenberg

Algunos escritores y filósofos adoptaron la costumbre de anotar los sueños casi a diario. No querían olvidarlos. Theodor W. Adorno lo hacía al despertar. Tras su muerte se publicó una amplia selección de los que anotó entre 1934 y 1969. En La cámara oscura Georges Perec escribió ciento veinticuatro relatos-sueños recopilados a lo largo de cuatro años, entre 1968 y 1972,  y en los que están presentes sus obsesiones y fantasmas.

Entre 1965 y 1990, un año antes de su muerte, Graham Greene siguió un diario de sueños de los que daba cuenta en cuanto despertaba. Poco antes de morir preparó una selección de fragmentos con vistas a su publicación. Cada mañana, nada más despertar, Borges recordaba los que había tenido por la noche y los grababa o los escribía. Otros escritores, como Kafka, Jünger, Cheever y Burroughs, plasmaron algunos de sus sueños en cuadernos o diarios.

Sin embargo, George Orwell dudaba de las posibilidades del lenguaje para transmitir la atmósfera de los sueños. Si a esta dificultad se añade la tendencia de la mayoría de los sueños al olvido inmediato en cuanto salimos de su microcosmos y nos reincorporamos al acostumbrado mundo real, se entiende que muchos eludan cualquier tentativa por describirlos.

Georges Perec, autor de "El hombre que duerme"

Georges Perec

A propósito de la costumbre de pasar los sueños al papel, Walter Benjamin recomendaba, apelando a una tradición popular, que no se contasen los sueños por la mañana en ayunas, momento en que la persona aún permanece conectada con el mundo onírico. Contarlos en esos momentos significaría  traicionarlos, por lo que quien lo haga deberá atenerse a su venganza, “lo que, dicho en términos modernos, equivale a traicionarse a sí mismo”. Es mejor hacerlo después de desayunar.

“Sólo desde la otra orilla, desde la claridad del día, es lícito apostrofar el sueño con el poder evocador del recuerdo”.

Walter Benjamin

Walter Benjamin

Resulta cuando menos singular la relación del dormir y de los sueños con la memoria. Porque así como necesitamos olvidar para conciliar el sueño, ahuyentando el fantasma del insomnio, y el simple hecho de dormir nos induce a olvidarnos de la vida despierta, los sueños que tenemos dormidos nos la recuerdan, si bien disfrazada con unos ropajes distintos, desde luego mucho más llamativos, y en un lenguaje también diferente.

En el momento de adormecernos, en cuanto perdemos la conciencia y los sentidos del espacio y el tiempo, lo primero que nos viene a la mente es la imagen de un recuerdo olvidado y quizá lejano, como si una fuerza impersonal penetrase en nuestra memoria. El círculo de la relación ambivalente entre sueño y memoria se cierra cuando al despertar se desvanece el recuerdo de la última visión onírica que tuvimos.

1DaliSueNo

“Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar” (1944), de Salvador Dalí

Los sueños son escurridizos, no se dejan aprehender con facilidad. Los únicos que perduran algún tiempo, persiguiéndonos por el día, son aquellos que nos causaron una honda impresión y que, por su poderoso verismo, hasta nos obligaron a contrastarlos con la realidad en cuanto despertamos. Si, por ejemplo, una noche soñamos con que a un ser querido le ocurre una desgracia, a la mañana siguiente intentaremos hablar con él sólo para comprobar que se encuentra bien y espantar el doloroso recuerdo del sueño.

Mientras soñamos la inteligencia razonadora duerme, siendo relevada por ese mundo misterioso de intuiciones sabias, expresadas en imágenes y sensaciones muy vivas, que en la vigilia relegamos seguramente porque nos molestaban y a la espera de que la realidad las desmintiese. Frente a la impotencia de la razón para interpretar y resolver conflictos vitales, los sueños se limitan a traducirlos al lenguaje simbólico, inspirándose para ello en objetos significativos tomados de la realidad, que interpretan a su manera.

"El sueño" (1937), de Salvador Dalí

“El sueño” (1937), de Salvador Dalí

La unicidad con que creemos percibir el mundo real cuando estamos despiertos es suplantada en el universo onírico por una floración  de detalles de una variedad inconmesurable. En lugar de uniformidad, multiplicidad y polimorfismo; caos y confusión en vez de orden. Sucede lo contrario que en la vigilia, donde, pese a la certeza con que percibimos la realidad física, somos incapaces de aprehender el significado de las sensaciones en parte por la confusa rapidez con que se suceden. En cambio, en los sueños la percepción se agudiza hasta lo microscópico.

Es en la clarividencia onírica donde debemos buscar el punto de arranque de la interpretación del sueño. Quizá sea a esto a lo que se refiere El Talmud cuando señala que la interpretación radica en el propio sueño. Si erramos al interpretarlos es porque nos obligan a regresar al lenguaje común de la realidad con el que estamos familiarizados y que por eso mismo nos sume en una nueva confusión.

En contra de la corriente de la época, Elias Canetti discrepaba de la manía racionalista de interpretar los sueños, tachando incluso de loco a aquel que los interpreta inmediatamente porque, además de perderlos, “nunca más los vuelve a tener”, marchitándose antes de haber brotado. En uno de sus apuntes advierte de los daños imprevisibles que pueden causar los sueños interpretados.

"Sueño intenso", de Paul Klee

“Sueño intenso”, de Paul Klee

“Esta destrucción permanece oculta, pero ¡cuán sensible es un sueño! No se ve sangre alguna en el hacha del matarife cuando arremete contra la tela de araña, pero ¡lo que ha destruido!… y jamás vuelve a tejerse lo mismo. Muy pocos sospechan el carácter único e irrepetible de todo sueño”.

Canetti comparó al sueño con un animal, “pero un animal desconocido, y uno no ve la totalidad de sus miembros. La interpretación es una jaula, pero el sueño nunca está allí”. En su opinión, Paul Klee es el único que ha tratado el sueño con el respeto que merece.

Que la interpretación puede ser una jaula para el sueño y que éste goza de la suficiente autonomía como para echarse a volar cuando queramos apresarlo entre unas rejas fue lo que probablemente quiso decir un siglo antes que Canetti, en 1821, el filósofo alemán de origen noruego Heinrich Steffens, al otorgarle entidad propia. Más aún, tachaba de “acto de barbarie” cualquier tentativa de explicar los sueños en términos exclusivamente de la con­ciencia despierta, viendo en ellos imágenes y pensamientos semirreprimidos del día. Por el contrario, alegaba que constituyen un mundo aparte,

“una forma esencial y entrañable de nuestra existencia más auténtica. Somos en nuestros sueños tanto como en nuestra vigilia”.

Heinrich Steffens

Heinrich Steffens

Si no soñáramos, nuestra vida sería demasiado igual a sí misma, pobre en contrastes. Pero los sueños quiebran esa continuidad. Dividen al individuo para volver a soldarlo con más solidez que si no hubiese soñado. Por eso los sueños saben de nosotros más que nuestra razón despierta. La precisión milimétrica con que percibimos en ellos los acontecimientos, los gestos, las expresiones de los rostros, las palabras, no es ajena a la impresión de verdad que nos suscitan. No mienten ni nos engañan. Al contrario, revelan y desenmascaran.Tampoco suelen equivocarse, completando los juicios que esbozamos en la vigilia o, si viene al caso, arrojando una nueva luz sobre ellos. Ven por nosotros. Son el tribunal en el que se dirimen los conflictos que nos atribulan por el día. Heráclito fue todavía más lejos al afirmar que “muerte es cuanto vemos despiertos y cuanto vemos dormidos, visiones reales”.

Precisamente el carácter revelador de los sueños justifica la tradición que les atribuye poderes adivinatorios, aunque en realidad nos revelen aquello que en la vigilia nos negamos a reconocer. Así que cuando, por alguna circunstancia, nos vemos forzados a abrir los ojos ante situaciones cuyo reconocimiento hería nuestro amor propio o la elevada idea que tenemos de nosotros, nos viene a la memoria aquel sueño que un tiempo atrás nos reveló la realidad palmaria que ahora tenemos delante de los ojos.

En Anna Karénina, Tolstói muestra un caso de sueño premonitorio en la pesadilla recurrente que asalta por las noches a Anna Karénina poco tiempo antes de suicidarse. En el sueño ve a un campesino viejo, de barba enmarañada, que masculla en francés palabras sin sentido, mientras se inclina sobre un trozo de hierro, indiferente ante ella. Un domingo por la mañana, el que será último día de su vida, se despierta también con esta pesadilla. En el momento en que se dispone a morir arrollada bajo las ruedas del tren, le viene a la mente la figura del pequeño campesino que estaba trabajando sobre el hierro, como si lo aplastara.

La actriz Mariya Guérmanova en un fotograma de la película de 1914 "Anna Karénina", dirigida por Vladímir Gardin

La actriz Mariya Guérmanova en un fotograma de la película de 1914 “Anna Karénina”, dirigida por Vladímir Gardin

Cuanto más afecte una experiencia a los sentimientos y a los sentidos y escape a nuestro raciocinio, con mayor intensidad también el sueño la traducirá en una metáfora. Las metáforas oníricas son reveladoras de que van mucho más lejos que la razón. Arrojan una luz nueva, a veces incluso cegadora, sobre nuestros temores, deseos, expectativas y angustias.

Para ilustrar la naturaleza metafórica de los sueños, Nietzsche mencionó el caso de un hombre que se queda dormido con dos ligas de calcetín enrolladas en los pies y sueña que dos serpientes los rodean. Y en una de sus greguerías, Ramón Gómez de la Serna, el maestro de la metáfora, anotó que “si hay una miga en la cama, el sueño estará lleno de promontorios y peñascos”.

“La pesadilla” (1781), de Johann Heinrich Füssli

“La pesadilla” (1781), de Johann Heinrich Füssli

Los sueños confirman que la metáfora es la fórmula expresiva más arcaica del ser humano e innata a su condición. Su universalidad la hace asequible a todas las personas, independientemente de su extracción social o formación. Por el mero hecho de soñar dormido, cualquier individuo se convierte en un poeta, aunque no tenga conciencia de ello y en la vigilia no escriba ningún verso. El científico estudioso de los sueños Gotthilf Heinrich von Schubert decía que las almas profundas que aparentemente carecen de medios de expresión en la vigilia, encuentran uno más poderoso y rico en el sueño nocturno, resarciéndolas de las charlas inútiles que mantuvieron por el día. En cambio, Nietzsche pensaba que los sueños absorbían tanta capacidad artística que en la vigilia apenas nos queda un rastro de ella.

La ficción literaria -incluida la poesía, por supuesto- y el sueño están ligados por un hilo casi imperceptible, como si emanaran de la misma raíz. Borges comentó que la literatura no es más que “un sueño dirigido”, de tal manera que el relato ficticio imprime “un orden al desorden del material onírico”. Buen ejemplo de ello es la obra literaria de Kafka, que recuerda al mundo onírico no sólo por las fantasías que recorren sus novelas y relatos sino por la minuciosidad de las sensaciones que experimentan sus protagonistas. Era como si soñara despierto y escribiese en pleno sueño. Nada más natural que dedicase la noche a la escritura y que fantaseara con la idea de pasarse todas las noches escribiendo en una vasta cueva, con la única compañía de una lámpara.

Gotthilf Heinrich von Schubert

Gotthilf Heinrich von Schubert (1780-1860)

Los mitos y los cuentos de hadas hunden sus raíces en el sueño. Las visiones nocturnas de Don Quijote evocan a las fantasías oníricas y la misma locura del caballero no es más que un sueño del que despierta al morir en su lecho. En el teatro de Shakespeare son frecuentes las apariciones, los sueños y las escenas espectrales.

Dos novelas tan dispares en la forma y el fondo como Alicia en el País de las Maravillas y La muerte en Venecia se leen igual que si fuesen sueños, la una como un carnaval bullicioso y la otra como una sarcástica marcha fúnebre; ambas como un descenso al subsuelo del inconsciente. En las novelas de Dostoyevski los episodios de crímenes se desarrollan con el ritmo y la intensidad propios de las pesadillas, en habitaciones tétricas, escenarios dispuestos para la abyección. Los asesinos sufren el desdoblamiento de la personalidad característico de las fantasías oníricas.

Ilustración de John Tenniel para "Alicia en el País de las Maravillas"

Ilustración de John Tenniel para “Alicia en el País de las Maravillas”

En el sueño las leyes de la lógica racional, empezando por las del tiempo y el espacio, dejan de funcionar. En ellos todo se vuelve posible. Ni la imaginación más desbordante sería capaz de inventar las fantasías que nos deparan. Los muertos resucitan y hablamos con ellos. Los vivos mueren. Nos encontramos con personas que no vemos desde hace años. Viajamos al pasado, reviviendo los gozos y las angustias de antaño. ¿Quién no ha soñado con la ansiedad causada ante un examen escolar al que debe presentarse sin haber estudiado la asignatura?

Luis Buñuel soñaba a menudo que a los cincuenta o sesenta años volvía al cuartel de Madrid en el que hizo el servicio militar, enfundado en su viejo uniforme, con miedo a que se le reconociese y avergonzado de ser soldado a su edad, por lo que esperaba hablar con el coronel para explicarle su caso. Uno de los sueños que más se le repetía era que viajaba en un tren, sin destino conocido.

De repente, el convoy entraba en la estación y se detenía. Entonces él se levantaba para estirar las piernas por el andén y tomar una copa en el bar de la estación. Como ya sabía por sueños anteriores, estaba seguro de que el tren arrancaría de golpe, en cuanto pusiera el pie en el andén. Alertado por la desconfianza, ponía lentamente un pie en el suelo, mirando a derecha e izquierda. El tren estaba quieto y otros viajeros también bajaban. Pero justo en el instante en que ponía el otro pie en el suelo el tren salía disparado como una bala de cañón, llevándose consigo su equipaje. Enfadado por esta nueva trampa del tren, se quedaba solo en el andén que se había vaciado de pronto, y soltaba un taco. Cuando trabajaba junto con su colaborador y amigo Jean-Claude Carrière, ocupando habitaciones contiguas en algún hotel, éste le oía gritar a través del tabique. “Es el tren que se ha ido”, pensaba. 

Luis Buñuel

Luis Buñuel

El sueño de Buñuel no necesita interpretación alguna. Parece claro que la fuga del tren expresa su inquietud ante la posibilidad de que, como en ocasiones anteriores, se cumpliese lo que más temía, una sensación que Cesare Pavese plasmó en la última entrada de su diario El oficio de vivir, nueve días antes de suicidarse, en un aforismo inolvidable: “Siempre sucede lo más secretamente temido”.

También soñamos con animales conocidos e inéditos, que incluso hablan. En pleno día el cielo puede ser negro como la pez y la noche luminosa. Paseamos por las calles de ciudades extrañas o nos extraviamos en barrios periféricos y solitarios. Habitamos en casas espléndidas u horribles, llenas de humedad y con goteras, o en apartamentos que jamás hemos visitado. Caemos a precipicios profundos sin rompernos ningún hueso o volamos por los aires, corremos por túneles y desfiladeros.

En muchos sueños la impresión de belleza se alterna con la de fealdad monstruosa. Gritamos, reímos, nos enfadamos, lloramos y hasta cantamos. Hablamos en un idioma que sólo entendemos nosotros y que a los despiertos les parece un trabalenguas: esas palabras sólo tienen entidad real para el soñador, al igual que el mismo sueño. Si las escuchase despierto, tampoco las entendería. Oímos músicas deliciosas y componemos poesías. Algunos incluso se levantan de las camas y pasean sonámbulos por las habitaciones.

zerkalo1

Fotograma de la película “El espejo”, de de Andrei Tarkovski

Hacemos cosas que en la vida real ni se nos habrían pasado por la cabeza, como conducir un coche sin tener idea o tocar el piano sin haber pisado un conservatorio. Deseamos y tememos, sentimos placeres y dolores, angustia y serenidad. Somos desobedientes, infringimos todas las normas. Pensamos, decimos y hacemos aquello que en la vigilia no nos atrevimos por vergüenza o pudor, mostrándonos descaradamente agresivos, impúdicos o malvados. Lichtenberg confesaba que en sueños “somos todos locos y nos falta el cetro: la razón”. Él mismo soñaba a menudo que comía carne humana cocida.

Unas veces nos sentimos perseguidos por personas, animales o monstruos y huimos despavoridos y jadeantes; otras, corremos detrás de alguien o de algo que se nos escapa. A menudo sólo estamos de espectadores. También nos morimos o nos matan. Lichtenberg soñó una vez que iban a quemarlo vivo metiéndolo en una estufa que estaba instalada como una habitación y Adorno que era sumergido en el agua hasta el cuello para ser asado.

Theodor-Adorno-1

Theodor Wiesengrund Adorno

Cuando soñamos las cosas no son lo que parecen. Las metamorfosis se suceden una detrás de otra. El propio soñador se duplica, percibiéndose como espectador de sus propios actos. Puede ser otro, como otro es el que sueña, y estar en cualquier sitio menos en el que realmente se encuentra. Es posible que en un sueño reconozcamos las voces que escuchamos a nuestra espalda y que, al darnos la media vuelta, la persona de la que provienen se haya transformado en otra; que la voz que escuchemos sea femenina y la persona que vemos sea un hombre.

Otras veces soñamos una escena perturbadora estando acostados en la cama y en el dormitorio en el que realmente estamos acostados. De ahí que al despertar tardemos unos segundos en reaccionar, como si saliéramos de un desvanecimiento momentáneo, hasta que nos reconocemos. Ocasionalmente podemos soñar que estamos soñando.

Perro tumblr_kxj30lvmbB1qztk1wo1_400

Fotograma de “Un perro andaluz” (1929), de Buñuel y Dalí

La demencial confusión que sentimos en sueños no es más que un reflejo de la que presentimos en la realidad bajo las formas de miedo, deseos e incertidumbre, pero que en todo momento procuramos sofocar al menos para preservar la aparente unidad de nuestro yo. Si fuéramos conscientes del caos en que transcurre nuestra vida consciente probablemente no lo resistiríamos y terminaríamos por enloquecer. Pero mientras la locura sólo se manifieste en los sueños, estaremos a salvo del peligro de que emerja en la vigilia. La exacerbación de los sentimientos oníricos suaviza los que nos atormentan cuando estamos despiertos, lo que explica el efecto medicinal -el sabor amargo- de muchos sueños.

La novedad con que se revisten nos induce a creer que se basan en experiencias realmente inéditas. En realidad no es así, ya que casi todo cuanto soñamos está tejido de recuerdos de las acciones, pensamientos, impresiones e intuiciones que tuvimos durante la vigilia y que entonces olvidamos o abordamos superficialmente. Como observó Nietzsche, los sueños parafrasean nuestras vivencias, expectativas o circunstancias, resultando de todo ello una chapuza casi siempre, mientras que los sueños perfectos y logrados son una excepción.

Para Emerson los sueños son la secuela del conocimiento diurno. De ahí que las visiones que tenemos por la noche guarden cierta proporción con respecto a las experiencias diurnas. Decía que las pesadillas son exageraciones de los pecados diurnos, mostrándonos cómo nuestros peores afectos se encarnan en figuras repugnantes.

Ralph Waldo Emerson

Ralph Waldo Emerson

Los sentimientos, las sensaciones, los deseos, esperanzas y temores que la memoria y la conciencia eluden, coaccionadas por las imperiosas exigencias de la propia realidad, el sueño los recrea a su manera, normalmente en forma de acción pura. Aquí entra en juego la doble cara de las fantasías oníricas: la que muestra en la pesadilla, donde somos brutalmente privados de un goce real, como el amor de una persona, o en la ensoñación gratificante, donde las carencias e insatisfacciones que nos atormentan en la vigilia se transforman en dones gratuitos.

No tenemos la certeza de que un temor arraigado se manifieste en nuestros sueños. Es posible incluso que el inconsciente venga en auxilio del miedoso y que sus sueños nocturnos le alivien la carga proporcionándole en vez de una pesadilla, un sueño agradable. Y aun cuando le causen una pesadilla, hasta el punto de despertarle, el reencuentro con el mundo real siempre le reportará un motivo plausible para sentirse consolado. Después de todo, la utilidad de las pesadillas reside en que nos reconcilian con la realidad a la que, antes de dormir, observábamos con recelo e incluso con hostilidad. Por eso los insomnes deberían confiar en los sueños: nos redimen de nuestros males imaginarios.

1ChiricoSueno

“El doble sueño de primavera”, de Giorgio de Chirico

Cuando en un sueño se cumple alguno de nuestros deseos es probable que en la realidad hayamos dado por perdida cualquier posibilidad de satisfacerlo, aunque, pese a todo, el deseo permanezca intacto. Sólo que, ante la certeza racional de que éste jamás se hará efectivo, tiene que refugiarse en un espacio tan irracional como el sueño, lugar mágico en el que se realizan las esperanzas y deseos de imposible satisfacción en la realidad.

Por eso los sueños, al tiempo que nos recuerdan lo poco que nos conocemos, saben de nosotros mucho más que nosotros mismos y desde luego mucho más que nosotros de ellos, al interpretar nuestros recuerdos con mayor libertad que nuestra memoria consciente y ser también más libres que la voluntad, rehén de temores, deseos, prejuicios e inhibiciones. Son la verdadera voz de la conciencia. La otra, la que escuchamos despiertos, está distorsionada por nuestra propia voz. Un pequeño ejemplo: podemos tener un día apacible, sin preocupaciones ni remordimientos, y por la noche sufrir una pesadilla atroz. Eso significa que aquel día vivimos equivocadamente y que, a pesar de las apariencias, fue una jornada fallida.

"Sueño de una Niña que Quiso Entrar en el Carmelo" (1930), de Max Ernest

“Sueño de una Niña que Quiso Entrar en el Carmelo” (1930), de Max Ernst

En este sentido, los sueños constituyen una valiosa fuente de autoconocimiento, sobre todo cuando la conciencia despierta no da más de sí, y, por tanto, una oportunidad para conocernos. Ahondar en ellos, desmenuzarlos, reconstruir los múltiples y abigarrados detalles que los componen, puede ayudarnos a descubrir sensaciones y sentimientos que en la vigilia no queremos o no podemos discernir con la sola ayuda de la razón. Es a la luz de esta propiedad de los sueños como se entiende la cita de El Talmud:

“Un sueño que no ha sido comprendido es como una carta que no ha sido abierta”.

En la película Fresas salvajes, Ingmar Bergman muestra un caso de sueño revelador de un estado de ánimo que escapa a la razón de su protagonista. El profesor Isak Borg, un eminente físico ya jubilado y viudo, que se dispone a viajar de Estocolmo a Lund en compañía de su nuera para recibir un homenaje en la Universidad, lleva una existencia anodina, muerta en vitalidad y pensamiento. La noche anterior del viaje sueña que camina por las calles desiertas de una ciudad, bajo una intensa luz solar. Las puertas y ventanas de las casas están tapiadas. Observa con asombro que en el reloj que cuelga de una tienda han desaparecido las agujas, al igual que las de su reloj de bolsillo. Se siente extraviado en el espacio y en el tiempo, como alguien que camina sonámbulo, sin rumbo fijo.

En la acera se encuentra con un hombre de espaldas, inmóvil, vestido con un abrigo y sombrero, semejante a un maniquí: él mismo. Al tocarle la espalda con la mano, el hombre se da la media vuelta mostrando un rostro como de muñeco, con los ojos cerrados. Inmediatamente cae al suelo por su propio peso y empieza a sangrar. En ese momento se oyen los toques funerarios de una campana. De pronto irrumpe en una esquina de la calle una carroza de pompas fúnebres tirada por dos caballos. Una rueda choca contra una farola y el ataúd que porta en su interior se desliza hacia el suelo. Al volcarse éste, se abre la tapa, apareciendo en su interior el cadáver viviente del propio Isak Borg.

 

 

No resulta extraño que las fantasías oníricas se prodiguen en los periodos de confusión, en los que nos sentimos obnubilados por las pasiones que no conseguimos dominar ni, por tanto, interpretar con la simple ayuda de la razón. En esos periodos de intensas crisis emocionales los sueños transforman el conflicto real con el fin de iluminarlo. Seguro que al despertar de uno de estos sueños lo recordaremos como una deformación caricaturesca de la experiencia real, puesto que sólo lo grotesco y exagerado nos produce una impresión de autenticidad.

La exageración con que los sueños nos muestran un fragmento de la realidad cumple un cometido análogo al de la literatura satírica o hiperrealista: revelarnos lo que estaba escondido bajo las capas de la realidad costumbrista y que, pese al malestar que nos causaba, de otro modo no habríamos podido captar con tanta claridad. Por eso al recordar muchos sueños nos embarga una satisfacción secreta e intangible, aun cuando no podamos interpretarlos.

Esto explica también la tristeza que a menudo sentimos cuando despertamos por la mañana. Regresamos a las tinieblas de la razón, donde todo lo que queremos saber de nosotros mismos hemos de deducirlo de las ciegas sensaciones de las que somos receptores y objetos pasivos, con la conciencia debilitada y dividida por sus absorbentes efectos.

"El sueño", de Franz Marc (1912)

“El sueño”, de Franz Marc (1912)

Al contrario de lo que ocurre con los recuerdos, no participamos en la elaboración de los sueños ni soñamos lo que queremos, por lo que éstos se hallan exentos de posibles manipulaciones o maniobras de ocultamiento. Se presentan por sorpresa, aunque en el subconsciente ya hubiera suficiente materia como para que brotaran.

Al soñar aquello que necesitamos soñar, esa necesidad se revela más sabia que el pensamiento surgido de un aparente voluntarismo. De ahí que la libertad para soñar sea también más secreta e impenetrable que la de pensar, puesto que el pensamiento está sujeto a la voluntad, no como los sueños.

Anuncios
7 comentarios leave one →
  1. febrero 9, 2016 7:38 pm

    Impresionante trabajo que te agradezco compartas.
    Un abrazo

  2. Rubén permalink
    febrero 10, 2016 2:22 pm

    Mientras dormimos, la realidad de los sueños es fantástica y está libre de fronteras; mientras que en la vigilia , soñar significa representar una existencia sin penurias y sinsabores…Las pesadillas nocturnas terminan al despertar, y las diurnas se alivian al dormir…
    Dos citas para celebrar tu hermosa entrada…

    “Mis pesadillas acaban al despertar. . . Pero mi realidad no termina al dormir. “
    El imbécil de Martin

    “Nos prometieron que los sueños podrían volverse realidad. Pero se les olvidó mencionar que las pesadillas también son sueños.”
    Oscar Wilde

    • febrero 10, 2016 9:01 pm

      Gracias, Rubén. En sueños somos todos poetas, pero al despertar retornamos a la prosa.
      Las pesadillas son unas pesadas que pretenden disimularlo con ese nombre. Un abrazo

  3. febrero 11, 2016 12:13 pm

    Muy bien artículo. Me gustaría añadirlo en mi blog, con tu permiso. Para mí los sueños son un instrumento de trabajo. No sé qué haría sin ellos. No podría escribir, ni dibujar y tal vez ni siquiera pensar. Yo también los anoto como Adorno, los dibujo, los escribo, les pongo nombres y apellidos. Borges, el gran narrador de sueños admitió en cierta ocasión no soñar. Curioso no? Te interesará también la obra de Jung, que de sueños sabía mucho. ,))

  4. febrero 11, 2016 5:20 pm

    Puede incorporarlo a su blog, citando la fuente. Pero, como señalo en la entrada, Borges confesó que anotaba o grababa sus sueños al despertar. Quizá en alguna época de su larga vida no “recordarse” los sueños como en otras. Pienso que a veces no conviene remover los sueños y dejar que hagan su tarea. No privarlos del misterio que encierran. Un saludo

    • febrero 13, 2016 11:41 am

      Pues esa parte me la he debido saltar. Yo había leído lo contrario, pero qué más da. Lo que está claro es que para escribir como lo hizo tuvo que haber sacado sueños de algún lado. Gracias por el artículo, lo guardo en mis favoritos y lo publico en mi blog (huelga decir que a su nombre y con un enlace a este contenido)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s