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La noche subterránea de la imaginación

enero 12, 2016

Con la llegada del invierno en el hemisferio norte la noche se precipita y la tarde apenas nos deja margen de tiempo para disfrutar del crepúsculo, en el que si flotan algunas nubes, el sol leonado las transformará durante unos minutos en un estático mar sangriento de olas pequeñas, como dunas difuminándose paulatinamente, aunque sin tregua, en el horizonte. Ese momento fue el que captó Balzac en su relato La Bolsa, que comienza con una evocación de la hora crepuscular, en la que el día no se ha desvanecido del todo y la noche no ha llegado todavía, y cuyo resplandor “lanza sus tintes suaves o sus reflejos extraños sobre todos los objetos, y favorece un ensueño que se une de un modo vago con los juegos de la luz y de la sombra”.

La ilusión reina despóticamente, observa Balzac, desplegando sus alas para transportar el alma al mundo de las fantasías, “fértil en voluptuosos caprichos”. “¿No es la ilusión para el pensamiento una especie de noche que amueblamos con sueños?”, se pregunta.

Retrato de Honoré de Balzac. Óleo realizado a partir de un daguerrotipo de Louis-Auguste Bisson, de 1842

Retrato de Honoré de Balzac. Óleo realizado a partir de un daguerrotipo de Louis-Auguste Bisson, de 1842

Balzac sabía mucho de la noche. Escribió buena parte de su gigantesca obra, La Comedia Humana, siguiendo un horario estricto. Todos los días se levantaba a la una de la madrugada, después de haber dormido desde las seis de la tarde, tomando ingentes cantidades de café que lo mantenían despierto hasta por la mañana y que finalmente minaron su salud. Al igual que él, muchos autores eligieron la noche para escribir. El silencio y el círculo de luz artificial favorecen la concentración en la obra y el vuelo del pensamiento y la imaginación.

Gérard Depardieu en el papel de Balzac que interpretó en la película

Gérard Depardieu en el papel de Balzac que interpretó en la película “Balzac, una vida de pasión”

Aislado en su casa de Croisset, en Normandía, donde vivió varios años con su madre, aunque con visitas periódicas a París para reencontrarse con su amante Louise Colet y visitar a los amigos, Flaubert, que acostumbraba a acostarse a las tres de la mañana y a levantarse a las diez, creía que la noche estaba concebida “para un orden de ideas muy particular, distinto de aquel en que vivimos todo el día; es el momento de los suspiros, de los deseos, del recuerdo y de la esperanza”. Es entonces cuando

“solo y despierto, el pensamiento flota a gusto entre cielo y tierra, como esas aves que viven en las nubes”.

Sin duda, estas condiciones son las más apropiadas para concentrarse en la escritura. Eso le sucedió a Mary Shelley la noche del 16 de junio de 1816 en que alumbró su célebre novela de terror Frankenstein. Mary se encontraba en Suiza con su prometido, el poeta  Percy Bysshe Shelley, siendo vecinos de Lord Byron, que residía en la Villa Diodati, cerca del Lago de Ginebra, inmerso en la redacción del canto tercero de Childe Harold. Aquel verano fue especialmente riguroso y húmedo. La lluvia incesante obligó a los veraneantes a encerrarse en casa.

Villa Diodati en una ilustración de la época

Villa Diodati en una ilustración de la época

Durante tres jornadas coincidieron en la Villa Diodati, además de Lord Byron, el anfitrión, Percy, Mary  y John William Polidori, médico de Byron y escritor aficionado. Por las tardes se reunían en torno al fuego de la chimenea leyendo algunos relatos alemanes de fantasmas. Estas lecturas despertaron en ellos el deseo de imitación. Byron propuso a sus invitados que cada uno escribiese una historia fantástica. Después de varios días, Mary era la única que no había escrito nada, aunque no cesaba de pensar en una historia “que hablase de los miedos misteriosos de nuestra naturaleza y despertase un horror estremecedor”.

La chispa saltó tras escuchar una conversación que mantuvieron Lord Byron y Shelley sobre la naturaleza del principio vital y la posibilidad de que se descubriese tal principio y se lo trasladara a la materia inerte. Aquella noche los cuatro se acostaron bastante tarde, después de la hora de las brujas. Mary no era capaz de dormirse. Algo empezaba a hervir en su imaginación. Y así fue como nació Frankenstein, el moderno Prometeo.

Ilustración de Frankenstein o el moderno Prometeo, de Theodor von Holst para la edición de 1831

Ilustración de “Frankenstein o el moderno Prometeo”, de Theodor von Holst, para la edición de 1831

En unas circunstancias ambientales muy distintas de las que propiciaron el nacimiento de Frankenstein brotó la idea germinal de uno de los cuentos más desconcertantes de la historia moderna de la literatura: Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas. La tarde del 4 de julio de 1862, paseando en barca por el Támesis en compañía del reverendo Robinson Duckworth y de las tres hermanas Liddell, Lorina Charlotte, Alice y Edith, de trece, diez y ocho años, respectivamente, e hijas de un buen amigo suyo, el reverendo Charles Lutwidge Dodgson, posteriormente conocido con el pseudónimo de Lewis Carroll, las entretuvo con el relato improvisado de una historia fantástica.

Tanto le gustó a las niñas (y asombró a Robinson Duckworth) que decidió pasarla al papel por la noche, aunque tardaría varios meses en terminarla: en la Navidad siguiente le regaló el manuscrito (con ilustraciones propias) a Alice. Aventuras de Alicia bajo tierra tituló aquel relato compuesto en la noche subterránea de su imaginación.

Lewis Carroll

Lewis Carroll

Los cuentos de Las mil y una noches inspiraron a Proust para desplegar su metáfora en torno a la escritura nocturna a la que él mismo se entregó en cuerpo y alma para redactar su particular relato de las Mil y una noches, En busca del tiempo perdido. En el último volumen de la novela, El tiempo recobrado, el Narrador, alter ego de Proust, se ha propuesto escribir la historia de su vida y de su pasado, eligiendo la noche para esta tarea, en un intento de aplazar la hora de la muerte que amenazaba su cuerpo enfermo, como Sherezade cuando todas las noches le contaba al temible sultán Shahriar una historia, que interrumpía al venir el alba para reanudarla en la noche siguiente, demorando así la amenaza de muerte que pendía sobre ella.

“Si escribía, sólo lo haría de noche. Pero necesitaría muchas noches, a lo mejor cien, a lo mejor mil. Y viviría con la ansiedad de no saber si el Dueño de mi destino, menos indulgente que el sultán Shahriar, por la mañana, cuando interrumpiera yo el relato, tendría a bien aplazar mi sentencia de muerte y me permitiera seguir adelante con él la siguiente noche”.

El ama de llaves de Proust, Céleste Albaret, se preguntó después de la muerte de su señor si éste habría dormido alguna vez, al menos mientras estuvo a su servicio. Sólo descansaba, seguramente dormitaba, pero jamás abandonaba totalmente la vigilia.

“Había que haberle visto vivir noche tras noche durante los ocho años que dedicó a su gran novela para medir toda la pasión por sus personajes y por la obra”.

Ilustración imaginaria que representa a Proust escribiendo en la cama de su apartamento parisino

Ilustración que representa a Marcel Proust escribiendo “En busca del tiempo perdido” en la cama de su apartamento parisino

Las noches en que no salía, se enfrascaba en el trabajo, después de tomar un café, examinar los periódicos y revisar su correo. Entonces podían pasar tres o cuatro horas antes de que tocara el timbre porque necesitaba algo o para hacer un alto y hablar con Céleste. Escribía en la cama, apoyado en la almohada y utilizando las rodillas a modo de pupitre, rodeado de la luz que expandía la pantalla verde de la lámpara. En esa postura su pluma volaba sobre el papel, en una escritura fina y cuidada. Sintiéndose perseguido por la muerte, temía no poder acabar la obra. No es que pretendiese escribir Las mil y una noches, ni tampoco las Memorias de Saint-Simon, que también se escribieron de noche. “A lo mejor iba a ser un libro tan largo como Las mil y una noches, pero diferente por completo”.

La referencia a Saint-Simon y sus Memorias era oportuna. Louis de Rouvroy, más conocido por su título nobiliario de duque de Saint-Simon, empezó a escribir poco antes de cumplir los veinte años, en 1694, seducido por su amor a la Historia que en la infancia y adolescencia leyó con devoción en la biblioteca de su padre. Él también quería escribir la historia de su país, con el deseo y la esperanza de ser alguien y conocer lo mejor posible los asuntos de su época, pero también, como el gran historiador británico de la Antigua Roma Edward Gibbon, aturdido por la brevedad de la vida y lo efímero de los acontecimientos. El tiempo pasa y la memoria de los hombres es frágil, por lo que conviene anotarlo todo, observar hasta el último detalle.

Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon

Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon

Saint-Simon vivió los últimos treinta años de su vida redactando sus Memorias, al amparo de la quietud nocturna, como Proust, y también como éste, en busca del tiempo perdido en la noche del pasado. Durante sesenta años escribió todos los días, con una perseverancia ejemplar, hasta el punto de que su biografía puede resumirse en una entrega incondicional a la escritura. Testigo y espectador-actor privilegiado, Saint-Simon no se conformó con vivir, sino que también quiso dejar constancia de los avatares de su ajetreada existencia en el complejo universo cortesano.

Como la mayoría de los escritores que trabajaban en un empleo “civil” durante el día, Kafka, abogado de profesión en una compañía de seguros hasta su temprana jubilación por enfermedad, escribía casi siempre de noche. El silencio y la oscuridad encendían su imaginación, transportándola con la misma ligereza y profundidad del sueño.

Fantaseaba con la idea de pasarse las noches “escribiendo como loco”, encerrado en “una vasta cueva” con la única compañía de una lámpara” y donde alguien le llevaría la comida dejándosela detrás de la puerta más exterior de la cueva, de modo que él tuviese que levantarse para buscarla, vestido con un camisón y a través de todas las bóvedas. Luego, “comería lenta y concienzudamente”, para reanudar pronto  la tarea interrumpida por la comida.

Søren Kierkegaard

Søren Kierkegaard

Estaba convencido de que toda soledad y todo el silencio no eran suficientes para escribir y que incluso la noche “es demasiado poca noche”. También para su admirado Kierkegaard el silencio de la noche es el confidente idóneo. ¿Por qué el confidente? Porque calla.

La noche, en la que damos por clausurada la actividad propia del día, se presta al recogimiento, al examen, al balance, a la recapitulación. Al reencuentro con esa parte del yo que en las horas previas se limitó a observar. El yo espectador del mundo. En el rincón de luz favorito, inmersos en la plenitud del silencio, desbrozamos sobre el papel los pensamientos que nos rondaron a lo largo de la jornada y nos abrimos a otros insospechados, buscando la concordancia de la idea con la escritura.

Es probable que Cesare Pavese dedicase la noche a su diario El oficio de vivir. Entonces sentía la alegría de acostarse en la cama, desaparecer y cerrar los ojos, con la esperanza de que por la mañana se despertaría, reanudando “el inaudito descubrimiento” de abrirse a las cosas. En la entrada del 1 de marzo de 1948 confiesa que al llegar “la noche triste, con el corazón oprimido, sin porqué”, se consolaba con el pensamiento de que tampoco la noche alegre tiene un porqué, como no fuese el de una cita o una idea que tuvo por el día. Si todo era casual bastaba con tener confianza “en el simple acaecer”. Mientras las cosas sólo sucedieran y no hubiese nada debajo, podía estar tranquilo. “Es la renuncia epicúrea, es el tranquilo vivir”. “¿Sería posible?”, se preguntaba a continuación.

Cesare Pavese

Cesare Pavese

Pocos meses antes de suicidarse anotó que por la noche, cuando empezaba a amodorrarse, cualquier ruido le absorbía como un remolino en el que se hundía su cerebro y el mundo. En ese momento esperaba el terremoto, el fin del mundo. Por entonces, el tranquilo vivir comenzaba a agitarse bajo sus pies, anunciando el terremoto del suicidio que, después de algunos tanteos sombríos, consumaría el 27 de agosto de 1950. Finalmente, no fue posible.

Coetáneo de Pavese, Ennio Flaiano llevó durante muchos años un Diario nocturno en el que anotaba impresiones, crónicas, retratos, observaciones, aforismos, pequeños retratos imaginarios y fábulas inspiradas en la sociedad italiana de la postguerra. Buena parte de la obra se publicó en 1956, abarcando un periodo de diez años. Son apuntes trufados de ironía, humor, mordacidad, melancolía y escepticismo, en los que destroza sin piedad la “pornografía sentimental” tan descaradamente representada en nuestras sociedades. Una tentativa lúcida de explicar el mundo que le rodeaba desde la observación microscópica. Su modo de ver la realidad puede resumirse en este apunte:

“Atrapar lo increíble en el gesto más habitual, asombrarse siempre. Sucede que la vida está llena de espectáculos poco acordes con nuestros hábitos visuales, espectáculos y formas que deberían desconcertarnos por su desconexión del mundo circundante o por las alegorías que así han querido proyectar”.

Ennio Flaiano (1910-1972)

Ennio Flaiano (1910-1972)

El compatriota de Ennio Flaiano y de Pavese, Primo Levi, reveló que su trabajo literario era también nocturno porque se trataba del momento más propicio para confiarse al inconsciente.

Durante cincuenta y un años Paul Valéry escribió las anotaciones que componen los Cuadernos, unas 26.600 páginas (3.000 en la edición de La Pléiade, divididas en treinta y una secciones). El momento elegido para este ejercicio diario e ininterrumpido de introspección era la madrugada, poco antes de las cinco, “entre la lámpara y el sol”. En el último tramo de la noche y después de cumplir con los deberes del sueño. Era su forma de estar consigo mismo y hasta de ser él.

Ante esos cuadernos se encontraba como en pantuflas, pensando en lo que le venía y no “en lo que hace falta pensar para los demás”. A las ocho tenía la impresión de haber vivido ya toda una jornada con la mente y de haberse ganado “el derecho a ser tonto hasta la noche”.

Paul Valéry fotografiado en su estudio en 1930

Paul Valéry fotografiado en su estudio en 1930

Nietzsche pensaba que al caer la noche se altera nuestra sensación con respecto a las cosas más cercanas. El viento merodea “como por caminos prohibidos, buscando algo, enojado porque no lo encuentra”. “La luz de las lámparas, de tétrico, rojizo brillo, resistiendo desganadamente la noche, esclava impaciente del hombre que vela”. Luego se preguntaba qué filosofía envolvería a los hombres con sus velos si careciesen de sol y condujesen la lucha contra la noche con el claro de luna y el aceite de las lámparas. Una filosofía nocturna como la postulada por Hegel en su metáfora de la lechuza de Minerva que alza el vuelo en el crepúsculo, cuando la realidad ha envejecido y sólo se puede penetrar en ella con las luces del entendimiento.

Un filósofo admirador de Nietzsche y crítico con el idealismo hegeliano, el ruso Lev Shestov, proponía olvidar la luz y los temores del idealismo y salir al encuentro de la noche y su oscuridad, que da la libertad, y donde reinan “la fantasía con su arbitrariedad” y no “la lógica con sus imperiosas conclusiones”. A Shestov la noche “oscura, lóbrega y preñada de horrores”, se le antojaba “infinitamente hermosa”. ¿Es que su belleza “apacible, pero enigmática e insondable”, no era más seductora que “el torpe y ruidoso día”?

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Lev Shestov (1866-1938)

La humanidad lleva poco tiempo alumbrando sus noches con la luz eléctrica si se lo compara con los muchos siglos en los que vivió a la luz de las velas, candelabros, candiles, farolas y hasta los mismos fuegos de las chimeneas. A Lichtenberg las ventanas de las casas  en las que se reflejaba el resplandor de las velas le sugerían la idea de que, pese al progreso material, los hombres vivían como en la época de las cavernas. Ese resplandor ígneo le recordaba a las hogueras que debieron de arder dentro de éstas.

Con aquella iluminación tan básica, las noches, especialmente en el invierno, tenían que hacerse largas, sensación que se combatía con la costumbre de dormirse pronto y madrugar muy temprano, con la salida del sol. Los que podían permitírselo leían el periódico o un libro, a la luz de las velas, de una lámpara de gas o de un quinqué de petróleo, aunque también era frecuente que uno solo leyese para varios algún texto, en muchos casos extractos de las novelas que se publicaban en los folletones literarios de los periódicos.

“Mujer leyendo a la luz de la vela” (1908), del pintor danés Peter Ilsted

Aparte de la lectura estaban los juegos de mesa, las labores de costura a la que se dedicaban las mujeres, las tertulias amenizadas con algún licor y en los hogares más piadosos, los interminables rezos. En la aldeas era habitual que alguien contara alguna anécdota sugerente rescatada del pasado o un relato en el que la realidad se entreveraba con la fantasía. El claroscuro de la noche, sobre todo en invierno, se prestaba a la narración de cuentos de brujas, trasgos y demonios.

La anécdota seminal del Quijote, la historia de un pobre y viejo hidalgo de una aldea perdida de La Mancha que, después de leer muchos libros de caballerías, dio en decir que él también era un caballero andante como los que se describían en éstos, surge de la idea del relato contado probablemente en una larga velada de invierno al calor de la lumbre. Lo curioso es que la novela y la propia anécdota arranquen con las sesiones nocturnas de lectura de  libros de caballerías a las que el hidalgo Alonso Quijano se entregaba placenteramente  en la biblioteca de su casa.

“Don Quijote leyendo”, de Honoré Daumier (1867)

De este modo los lectores u oyentes de su historia se identificaban mejor con el personaje por el hecho de que, antes de enloquecer del todo, también se entretuviera por las noches leyendo “de claro en claro” los libros de caballerías, como ellos mientras leían (o escuchaban de labios de algún lector) su historia con un placer análogo. Hasta tal punto el hidalgo estaba subyugado por aquellos libros que algunas noches su sobrina lo había sorprendido al entrar en su gabinete con una espada en la mano, dando cuchilladas a las paredes.

No tiene nada de extraño que la mayoría de las “aventuras” quijotescas transcurran de noche, mientras el caballero vela, aunque la oscuridad también constituya un aliciente para su laboriosa imaginación. Su demencia se asemeja a un largo sueño plagado de visiones caóticas relacionadas con el obsesivo universo fantástico de la caballería andante.

Pero la noche más sombría que conoció Don Quijote fue aquella en la que, durante su estancia en el palacio de los Duques, Sancho Panza tuvo que abandonarle para hacerse cargo de la gobernación de la ínsula Barataria. Cuando, tras despedirse del escudero, se retira a su estancia y empieza a descalzarse, descubre a la luz de dos velas que se le ha roto una media. El “buen señor”, “el pobre caballero” de las derrotas y apaleamientos es presa de una honda aflicción. De pronto experimenta una sensación inédita en su corta vida de caballero andante, pero tan real que es el espejo de la realidad misma: la pobreza, un mal que sufrían la mayoría de los españoles de la época, incluidos los hidalgos.

Así vio Gustave Doré el nombramiento de Sancho Panza como gobernador de la ínsula Barataria

Así vio Gustave Doré el nombramiento de Sancho Panza como gobernador de la ínsula Barataria

Según el relato del narrador Cide Hamete Benengeli, incapaz de conciliar el sueño, se levantó del lecho y abrió la ventana de la habitación que daba al jardín. Era su identidad de caballero andante la que estaba al borde del colapso mientras el débil Sancho, completamente quijotizado, era recibido en la ficticia ínsula por sus habitantes con la pompa digna de un “perpetuo gobernador”.

Esa desdichada noche en que Don Quijote se sintió solo y abandonado en el palacio de los Duques recuerda a la noche en el Huerto de los Olivos de Getsemaní descrita por los evangelistas, en la que Jesús fue presa de la angustia al ver que sus discípulos se quedaban dormidos, ajenos a su sufrimiento e ignorantes de la trágica muerte que le aguardaba en el monte Gólgota.

!Cristo en el Huerto de los Olivos

“Cristo en el Huerto de los Olivos”, de Paul Gauguin (Autorretrato). 1889

Si aquello que durante el día resulta impenetrable e irreal, por la noche parece real y, más aún, factible, también puede ocurrir que la noche vuelva inverosímil lo que a la luz del día nos parece verosímil, normal y normativo. La duda es nocturna y la creencia, diurna. Al joven aristócrata vienés del relato de Stefan Zweig Noche fantástica la noche le hizo ver con claridad meridiana la dudosa normalidad que le ocultaba la luz diurna, como comprobó el domingo 8 de junio de 1913, un año antes de la guerra en la que moriría combatiendo, a raíz de la conmoción espiritual que habría de marcar un antes y un después en su vida.

Harto de la rigidez formal y del formulismo imperante en su clase social, aquella noche decidió desprenderse de su existencia mortecina de rentista con la vida material resuelta, adentrándose en la realidad, para él desconocida hasta entonces, de  las gentes sencillas, la inmensa mayoría, que se agitan entre necesidades y esperanzas. Gracias a aquella experiencia escapó del narcisismo al que parecía abocado, recuperando su humanidad extraviada en la burbuja del bienestar burgués. Al encontrarse con su verdadero yo, se abrió también a la comprensión del mundo.

Stefan Zweig

Stefan Zweig

La noche despierta la sensualidad dormida durante el día. Los fantasmas del deseo se guarecen en las sombras mostrando sus dotes seductoras al soñador solitario. Para el joven James Joyce la noche encerraba un erotismo inverosímil a la luz diurna. Al recordar las cartas empapadas de “latidos de lujuria” que las dos noches anteriores le había escrito a su novia Nora Barnacle, en otra misiva le comenta que “deben de haber parecido horribles a la fría luz del día”.

“Cuando he recibido tu carta urgente esta mañana y he visto lo cariñosa que eres con tu despreciable Jim, me he sentido avergonzado de lo que escribí. Sin embargo, ahora la noche, la secreta y pecaminosa noche, ha caído de nuevo sobre el mundo y vuelvo a estar solo escribiéndote”.

James Joyce y su esposa Nora Barnacle

James Joyce y su esposa Nora Barnacle

Si la noche está asociada al amor y al erotismo, también suscita pensamientos lúgubres, vinculados a la muerte. La oscuridad circundante predispone a la memoria para recordar a los difuntos. El propio Joyce evocó en su relato Los muertos el poder de la noche para resucitar a los seres queridos muertos. Después de haber compartido una larga velada en la noche de Reyes, cena incluida, con familiares y amigos en casa de sus ancianas tías, Gabriel Conroy y su esposa Gretta deciden pernoctar en un hotel de Dublín, en vez de regresar a su hogar.

Con esa decisión rendían un homenaje secreto a su primera y lejana noche de luna de miel, en la que los dos se entregaron mutuamente, libres al fin de toda dependencia. Pero ahora ya no sería igual que antaño. El tiempo y las rutinas de la vida conyugal habían mellado la pasión. Todavía enamorado de su mujer, Gabriel no parecía sentirse tan seguro de que le correspondiese con un ardor análogo al suyo. El incidente del que habría de ser testigo aquella extraña noche no hizo  más que corroborarle esta temida sensación.

Fotograma de la película

Fotograma de la película “Los muertos”, de John Huston (1987), en la que Gretta desvela a su marido Gabriel Conroy el episodio de su primer amor con un joven que murió de tuberculosis

Influida por la charla melancólica que los comensales sostuvieron durante la cena, Gretta recordó en la habitación del hotel, mientras afuera caía una nevada copiosa, su primer amor de juventud, un joven trabajador que murió de tuberculosis sin que pudiera consolarlo en los últimos momentos por hallarse interna en un colegio de monjas. Aquella postrera resurrección en la memoria de la mujer pronto se transformó en un inesperado duelo por el difunto, al que ahora Gabriel asistía en calidad de testigo molesto.

No somos los mismos de día que de noche. De día percibimos una perfecta coherencia entre nuestras percepciones y los pensamientos. Todas las piezas encajan. Las disonancias están localizadas y confiamos en corregirlas. Pero durante la noche, la armonía diurna se altera hasta límites insospechados. La oscuridad obra el milagro virtual de eliminar obstáculos que sólo son visibles por el día. No menos virtual es la impresión de disponer de una mayor capacidad de concentración. En realidad ocurre que, bajo los efectos de la oscuridad, desaparecen de la vista los múltiples elementos que percibimos en el día y volcamos nuestra atención en el objeto que reclama nuestro interés. Hasta que, al tropezar con ellos, nos percatamos de que están ahí, en el mismo lugar que ocupaban por el día.

“Noche estrellada”, de Van Gogh

Aislados por la tupida capa de oscuridad y silencio, que encubre la variedad y los matices visibles a la luz del día, nos sentimos abandonados a nosotros mismos. Los pensamientos van por un lado y las percepciones por otro. Nos vemos asaltados en tropel por temores irracionales y deseos disparatados. Las preocupaciones diurnas experimentan un brusco aceleramiento y mutan en obsesiones. Es como si por el día viviéramos en la planta alta y más luminosa de la casa y de noche descendiéramos al sótano.

La ausencia de referentes externos sobre los que proyectarnos hace que nos concentremos exclusivamente en el limitado círculo de luz artificial que nos rodea. Concebimos ideas y fantasías que durante el día ni se nos habrían ocurrido. Será por eso que las ocurrencias más brillantes acostumbran a visitarnos justo cuando acabamos de meternos en la cama. Con la luz recién apagada, afloran en nuestra mente mientras aguardamos la llegada del sueño. Pero ¿cómo levantarse en ese momento del cálido lecho, en el que nos hemos acomodado, encender la luz y ponerse a buscar un bolígrafo y un papel para anotar esas ocurrencias tan maleables y jugosas como escurridizas? Así que preferimos dormirnos con la esperanza de que retornen.

“Noche estrellada sobre el Ródano”, de Van Gogh

Cuántas ideas y proyectos forjados en la oscuridad nocturna se nos antojaron factibles, tanto que sólo deseábamos que alborease para acometerlos sin demora. Estas noches, cuyo final aguardamos impacientes por franquear la frontera de lo imaginado, son las que se nos hacen más largas. Pero cuando por fin vuelva el día, la espera se habrá revelado vana y banal y los propósitos y las ideas luminosas que nos asaltaron en la oscuridad se disiparán al venir la mañana, tan sensata ella, como el cuerpo de Nosferatu bajo los primeros rayos solares. Incluso nos preguntaremos cómo pudimos fraguar semejantes ideas, insostenibles a la luz diurna.

En Relato soñado Arthur Schnitzler narró la crónica de la aventura nocturna de un joven médico de Viena que, azuzado por los celos que siente de su esposa, se echa a la calle en busca de alguna experiencia erótica que le depare sensaciones nuevas. El encuentro fortuito con el sexo y la muerte, y los peligros reales a los que se vio expuesto, lo reconciliaron consigo mismo, despojándolo de sus sospechas. La luz del día le reveló, como le dice su mujer tras contarle los pormenores de la aventura nocturna, que “la realidad de una noche, incluso la de toda una vida humana, no significa también su verdad más profunda”.

Fotograma del ritual de la mascarada en la mansión neoyorkina con William

Fotograma del ritual de la mascarada en la mansión neoyorkina con William “Bill” Harford (Tom Cruise), de la película “Eyes wide shut”, de Stanley Kubrick, basada en “Relato soñado”

Además, la noche suele ser mala consejera y, por tanto, poco fiable. A veces puede incluso traicionar, como traicionó al apóstol Pedro al negar antes quienes se lo preguntaban que conociera a su maestro Jesús. El canto del gallo le recordó la autenticidad de la profecía de éste, quien,  contrariando la entusiasta promesa verbal del discípulo en unos momentos críticos, le había vaticinado que antes del amanecer le negaría tres veces.

Su hechizo seduce al solitario que detesta el bullicioso trajín de la vida diurna. Pero a la hora de la verdad la seducción se revierte en miedo y angustia. Al narrador del cuento de Maupassant La noche, ésta le jugó una mala pasada. El amor apasionado e instintivo que le inspiraba, se transformó en horror tras el paseo solitario de la noche anterior por las calles de París. Hasta ese momento el día le cansaba y aburría. Lo encontraba brutal y ruidoso. En cambio, con la puesta del sol, “una confusa alegría” se apoderaba de él. Le hacía sentirse distinto, “más joven, más fuerte, activo y feliz”. La ola nocturna “oculta, borra y destruye los colores, oprime las casas, los seres, los monumentos, con un tacto imperceptible”.

“Boulevard Montmartre de noche”, de Camille Pissarro (1897)

El amargo recuerdo del paseo de la noche anterior le obligó a desmentirse, concluyendo que “aquello que uno ama apasionadamente acaba por destruirlo”. De vuelta a casa, después de una larga caminata, la ciudad dormía en un sueño “profundo y espantoso”, las avenidas estaban desiertas y las farolas apagadas. Eran las dos de la mañana. De repente se sintió perdido. Caminaba a ciegas. El tiempo pasaba. Al mirar la hora del reloj del bolsillo descubrió que no tenía cerillas para alumbrarse. Llamó a una cochera, pero nadie respondía. Tuvo miedo. Tocó el timbre de la casa de al lado. Nadie. Había ido a parar a los muelles del Sena. Encontró la escalera y bajó. Hundió el brazo en las aguas gélidas. Entonces creyó que no tendría fuerzas para subir y que iba a morir allí abajo. La soledad y la noche no son la mejor compañía para quien, como el personaje del relato de Maupassant, cree disponer de más fuerzas defensivas de las que en realidad posee.

Un ejemplo de ilusionismo nocturno es el relato Noches blancas, en el que Dostoyevski ofrece al lector la doble historia de amor entre dos jóvenes, una ficticia, la nocturna, y otra real. Las noches blancas a las que remite el título son las que en el solsticio de verano se viven en San Petersburgo, la ciudad en la que transcurre la historia. Se trata de un fenómeno natural de las regiones septentrionales en el que las puestas del sol se retrasan y el amanecer se anticipa.

Fotograma de

Fotograma de “Noches blancas”, la versión cinematográfica del relato de Dostoyevski que en 1957 estrenó Luchino Visconti

El protagonista de la historia y narrador es un muchacho solitario e introvertido que la primera noche blanca encuentra junto a uno de los canales de San Petersburgo a Nastenka, una  chica de diecisiete años. A partir de esa noche y las tres siguientes ambos se citan para contarse sus particulares historias de soledad, desamparo y extrañeza en el mundo. Ella le relata cómo se enamoró de un joven pobre y culto, sin oficio ni beneficio. Pero un día el joven, que correspondía a su sentimiento, le notificó que tenía que emigrar a Moscú para buscar trabajo y que se reuniría con ella al cabo de un año.

Un año después, Nastenka comprueba que el novio no ha cumplido su promesa. Mientras ella le cuenta su historia de amor y desamor al narrador, éste se va enamorando de ella, quien empieza a corresponderle. Pero en la cuarta noche blanca, en el momento de despedirse, reaparece el novio de la joven y ésta se arroja en sus brazos, dejando plantado al enamorado narrador.

A la mañana siguiente recibe una carta de ella en la que le consuela confesándole que, a pesar de todo, le sigue queriendo y que será fiel al grato recuerdo de las cuatro noches de “dulce sueño” -como esos que uno recuerda al despertar-, en las que él le abrió fraternalmente su corazón. La carta diurna zanjó cualquier posibilidad de correspondencia entre los dos, revelando el espejismo de las citas personales que mantuvieron las cuatro noches blancas. El lector tiene la impresión de que si el antiguo novio de Nastenka no hubiese aparecido, en algún momento la ilusión erótica también se habría desmoronado a la luz natural del día.

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8 comentarios leave one →
  1. enero 12, 2016 10:23 pm

    Fascinante lectura de la influencia de la noche–compañera de tantos desesperados y esperanzados que no encontraron en la luz del día respuesta a sus obsesiones y deciden escribir sus relatos al amparo de la noche–“cómplice ideal, porque calla”

  2. Rubén permalink
    enero 13, 2016 11:22 am

    Para adornar tu excelente entrada. Chapeaux!!!
    V
    “Por esa senda desolada y triste
    que recorren tan sólo ángeles malos,
    senda fatal donde la Diosa Noche
    ha erigido su trono solitario,
    donde la inexplorada, última Thule
    esfuma en sombras sus contornos vagos,
    con el alma abrumada de pesares,
    transido el corazón, he paseado…
    ¡He paseado en pos de los que huyeron
    fuera del Tiempo y fuera del Espacio!”

    Dreamland, Edgar Allan Poe

  3. enero 13, 2016 3:41 pm

    Muy bonito, enriquecedor e inspirador paseo por lo más grande de la literatura, pintura y vamos a ver si el cine también. Digo lo último porque me he apuntado las películas citadas para verlas.

  4. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    enero 13, 2016 11:57 pm

    Muy bello y sugestivo tu comentario, Jaime. Bien esbozado y trabado. Tienes capacidad para escribir sobre cualquier tema y relacionarlo con la literatura. Eso supone muy grandes conocimeintos literarios… como los que tú tienes. Disfrutamos con ellos de verdad. Gracias.

    • enero 14, 2016 10:00 am

      Gracias, Ángel. En la literatura la noche no es cualquier tema. A ella le debemos la mayor parte de las grandes obras literarias.

  5. enero 14, 2016 4:02 pm

    Magnífico como siempre, Jaime. Pero, ¿y los escritores diurnos (de Goethe a Hemingway, por ejemplo)? Esa fascinación por la noche…A veces pienso que aún no hemos salido del Romanticismo.

  6. enero 14, 2016 7:27 pm

    Gracias, Antonio. Sí, hubo (y supongo que habrá) excelentes escritores diurnos, por supuesto. A mí me gusta la observación de Primo Levi: le gustaba escribir de noche porque se trataba del momento más propicio para confiarse al inconsciente. Además, la noche es el momento apropiado para hacer balance del día.

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