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¿Por qué somos tan veletas?

diciembre 8, 2015

Intrigados por la inconstancia humana, algunos pensadores han tratado de responder a la pregunta de por qué una persona se comporta de manera opuesta en situaciones análogas y apenas separadas por un breve lapso de tiempo. ¿A qué se debe esa aparente incoherencia, más común en el ámbito de las opiniones? En el ensayo que dedicó Montaigne a este asunto responde a la cuestión apelando a las circunstancias cambiantes e ilustrando su respuesta con relatos de casos reales. ¿Cómo se explica que el soldado que ayer se mostraba temerario al día siguiente se muestre cobarde? ¿Qué le metió el valor en las tripas? Montaigne sugiere que probablemente alguna de estas circunstancias variopintas: la ira, la necesidad, la compañía, el vino o, simplemente, el sonido de una trompeta.

Nosotros mismos tampoco nos conducimos de igual manera en todos los momentos, pudiendo incluso mostrarnos lo bastante contradictorios en nuestros comportamientos como para desconcertar a cualquiera que sea testigo imparcial de semejantes cambios. Si nos examinamos y observamos a los demás podremos comprobar que no hay nadie que esté hecho de una sola pieza, y que el tímido oculta una veta de extroversión; que el insípido puede revelarse divertido e ingenioso en determinada circunstancia; el torpe, avispado; el avaro, generoso; el valiente, cobarde y a la inversa. “Estamos hechos de fragmentos y somos de contextura tan informe y diversa que cada pieza, cada momento, actúa por su cuenta”, concluye Montaigne.

Portada de la edición de los Ensayos de Montaigne fechada en 1598

Portada de la edición de los Ensayos de Montaigne fechada en 1598

Los únicos personajes monocolores son los ficticios que vemos actuar en determinadas novelas, obras de teatro y películas, y que sus creadores forjaron con esa catadura para que los identifiquemos claramente y los percibamos como la viva encarnación de la cualidad o el defecto con que se nos presentan, como hizo El Bosco al pintar las escenas costumbristas de la Mesa de los Pecados Capitales o el pintor clasicista que representó a la Caridad en el cuerpo de una mujer.

En la literatura la interpretación simplona de algunos personajes universales los ha convertido en símbolos de cualidades y defectos también universales. Por citar dos ejemplos representativos de esta tendencia, el prestamista Shylock, de El mercader de Venecia, es considerado un símbolo de la avaricia. Hamlet constituye el exponente del individuo indeciso. Del mismo modo, se ha erigido a Don Quijote en el prototipo del defensor de causas perdidas.

Pero si observamos de cerca a estos personajes comprobaremos que también ellos, en tanto que reflejos de la vida real, adolecen de unas contradicciones análogas a las nuestras. Que la locura de Don Quijote se alternaba con episodios de sorprendente lucidez; que Sancho Panza era unas veces cándido y otras astuto a su manera, interesado y desinteresado, realista y soñador, crédulo y desconfiado; y que Hamlet no demostró ser tan indeciso como parecía. Esa ambigüedad los hace humanos por los cuatro costados y explica que nos identifiquemos con ellos. Seguro que también en nosotros la racionalidad se alterna con algún ramalazo de locura, la astucia con la candidez y la indecisión con la determinación.

Al Pacino en el papel de Shylock, en la versión para el cine de "El mercader de Venecia" que se estrenó en 2004

Al Pacino en el papel de Shylock, en la versión para el cine de “El mercader de Venecia” que se estrenó en 2004

Nadie es en todo momento el mismo y lo mismo, por más que tienda a inclinarse hacia un lado, como Don Quijote hacia la locura, Sancho hacia la candidez y el interés propio, y Hamlet hacia la duda. Nuestras veleidades se deben a que, al hallarnos inmersos en la marea del tiempo, estamos condicionados por sus vaivenes. Somos como somos en el presente; es probable que en el futuro seamos otros distintos. Una actitud manifestada en el pasado no garantiza su repetición.

Tampoco nuestras palabras y sentimientos obedecen a un patrón inalterable. Amarrados al curso del tiempo, también lo estamos a sus fluctuaciones. El presente marca la pauta, como recuerda Montaigne:

“Sólo pensamos en lo que queremos en el instante en que lo queremos y cambiamos como ese animal que adopta el color del lugar en el que lo colocan”.

El hombre es una criatura contrahecha; voluble como sus deseos y pasiones, veleidoso, olvidadizo y contradictorio. Con el mismo entusiasmo con que se postula a favor de algo, se postulará en contra no mucho tiempo después. Todo en él parece abocado a la provisionalidad, a lo inmaterial e inaprehensible. Lo que dice hoy, ya habrá caducado mañana. Sus sentimientos difieren de sus palabras. Eso que siente de verdad en el presente, se habrá transformado en un sentimiento opuesto e igual de verídico en un plazo breve. No hay nada seguro, firme y duradero en él, quizá porque es un ser vivo y la sangre fluye por sus venas. Y ese fluir constante se propaga también a su existencia.

"Don Quijote leyendo libros". Adolf Schrödter (1834)

“Don Quijote leyendo libros”. Adolf Schrödter (1834)

Es resueltamente imposible acotarnos en una definición precisa. Parece como si fuésemos obra de algún loco que nos hubiera creado con retazos sueltos, de distintos colores, formas y materiales. En nosotros todo es desmentido, una cosa y la contraria, dependiendo además del momento, de la circunstancia y de la clase de persona con la que estemos. Somos una caja de sorpresas incluso para nosotros mismos; seres inconclusos que se están rehaciendo constantemente, cambiantes y multiformes.

Vistos de lejos, podemos parecer enteros y de una sola pieza. Pero en cuanto se nos mira de cerca, no somos más que un mosaico compuesto por teselas distintas y sumidas en un cambio perpetuo. Quizá sólo los locos estén hechos de una sola pieza. En ellos todo circula en una misma dirección y hacia una meta única. Con estas características, el juicio que los demás se formen de nosotros adolecerá siempre de superficialidad.

A la variedad de las circunstancias a las que nos vemos sometidos hay que añadir la volubilidad de nuestra memoria, aunque, siendo la voluntad la ejecutora de nuestras decisiones, le atribuyamos a ésta nuestras veleidades. En realidad, nos limitamos a acomodar la voluntad a las circunstancias, no así la memoria, estimulados más por el sentimiento o las sensaciones momentáneas que por el recuerdo de acciones pasadas.

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De ahí que nos comportemos de forma desigual ante hechos de índole parecida. La inconstancia y la veleidad son olvidadizas. Si nos recordásemos como fuimos, y al acometer una acción lo hiciéramos guiados por el recuerdo con que en el pasado acometimos otra de naturaleza similar, actuaríamos siempre de la misma manera. Pero como las circunstancias que acompañan a nuestras acciones nunca son idénticas, prescindimos de la memoria y actuamos conforme a ellas, como unos oportunistas.

El camaleón no cambia de color caprichosamente, sino adaptándose al del lugar que pisa. Su lugar es el equivalente de nuestras circunstancias. Así se explica que quien se mostró cobarde en una ocasión, demuestre arrojo en otra distinta, y a la inversa. El que imaginemos cómo nos comportaremos en el futuro ante determinado acontecimiento no significa en absoluto que cuando éste se presente vayamos a comportarnos de esa manera. Las intenciones deambulan por senderos distintos de los actos.

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El apóstol Pedro prometió a su maestro Jesús que jamás lo abandonaría. Sin embargo, como le advirtió el maestro tras escuchar su promesa, no transcurrieron ni veinticuatro horas para que en el momento decisivo renegase de él hasta tres veces. Y Nietzsche indagó en el origen del impulso que empuja a un hombre sin antecedentes heroicos a arrojarse al agua para salvar a otro que está ahogándose, a pesar de no sentir nada por él.  Es probable que ese mismo hombre se hubiese comportado de un modo muy distinto en una circunstancia que hubiera exigido de él una concienzuda deliberación. A menudo la irreflexión coadyuva más a tomar decisiones trascendentales que el examen exhaustivo.

Cuántos héroes imprevistos surgen de individuos aparentemente anodinos y encerrados en sí mismos, de quienes lo último que se espera es un acto heroico y de entrega incondicional por una causa noble. Y a la inversa, cuántos con apariencia de arrojados que, sin embargo, en la hora crucial se amilanaron y dieron un paso atrás, por miedo a perderlo todo, dando al traste con su fama de valerosos.

"Pedro negando a Cristo", c. 1651, de Georges de La Tour

“Pedro negando a Cristo”, c. 1651, de Georges de La Tour

La aparente obviedad de la célebre sentencia de Ortega y Gasset “Yo soy yo y mi circunstancia” tiene más enjundia de la que parece a primera vista. El yo a secas no es nada. Cobra entidad por las circunstancias en las que se ve obligado a manifestarse.

Mandamos menos de lo que creemos en nosotros mismos. La deslealtad hacia nuestra supuesta identidad está a la orden del día, y quizá más aún en aquellos que presumen de coherencia. Por ello el esencialismo identitario deriva pronto en impostura y en pose teatrera, en un deliberado intento de confrontación con otro yo al que percibe impregnado de un esencialismo parejo al suyo, sólo que inverso.

Sólo Dios pudo permitirse decir “Soy el que soy” porque es uno y el mismo todo el tiempo. Pero nosotros, juguetes de los dioses, los somos también de las circunstancias. Más que dueños de nuestros actos, son éstos los dueños de nosotros, algo que sin embargo no nos exime de responsabilidad ante cada uno de ellos.

José Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset

Somos un nido de contradicciones y por ello inestables, escurridizos e imprevisibles. En nosotros todo es incertidumbre. No hay cualidad y defecto que no lleve aparejado su contrario. Qué razón tenía Kant cuando dijo que del leño torcido de la humanidad no puede hacerse nada a derechas.

En cuanto formulamos una afirmación, sembramos la semilla de su negación. Sólo acertamos cuando dudamos. Pero como la duda nos atormenta, pronto tomamos alguno de los caminos que se abren a nuestros pies. Cualquiera que éste sea, seguro que erraremos en nuestra elección. Y volveremos a equivocarnos cuando rectifiquemos. Suponiendo que tuviésemos tiempo para emprender todos los caminos, nos saldrían al paso otros nuevos y desconocidos. Nuestro sino es andar a tientas y equivocarnos.

Respiramos por los poros de la inconstancia. Renegar de ella equivale a renegar de nuestra condición humana. Nos mantiene despiertos y vigilantes. El origen de la duda, así como de todas las preguntas, radica en la inconstancia. Si permaneciésemos en un mismo estado de ánimo siempre, en una coherencia inmutable, la vida carecería de sentido y se volvería insoportable. Sólo tendríamos respuestas, pero éstas también acabarían agotándose, conduciéndonos al vacío y a una esterilidad suicida.

Retrato de Immanuel Kant

Retrato de Immanuel Kant

Lo peor es que, siendo como somos, ambiguos y contradictorios, apenas toleremos la ambigüedad y las contradicciones en los demás, como si no estuviésemos hechos con la misma masa que ellos. Esperamos ser comprendidos cuando ni siquiera nos comprendemos a nosotros mismos. De ahí que cueste tanto conocernos y conocer a los demás.

El mandato escrito en el frontispicio del templo de Apolo, “Conócete a ti mismo”, no es para nosotros más que una aspiración inalcanzable, puesto que para satisfacerla tendríamos que permanecer inmovilizados, como estatuas vivientes. Mientras sigamos con vida, estaremos sometidos a continuos vaivenes, sumidos en un movimiento ondulante, con sus avances y retrocesos, subidas y bajadas, ascensos y descensos, siempre cayéndonos y levantándonos.

¿Quién conoce los designios de una voluntad impredecible? Son tantos los factores que influyen en nosotros sin que nos percatemos de ello que, si acaso, percibimos la influencia por sus efectos, cuando no podemos hacer nada para controlarla ni reorientarla con nuestro raciocinio. En cambio, los demás se hallan en mejores condiciones para percatarse de nuestras veleidades, aunque si están al corriente de nuestro pasado, las observarán con análogo desconcierto con que las veríamos nosotros si dispusiéramos de la amplitud de su perspectiva.

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Tienen que ser los otros los que nos recuerden nuestros cambios de humor. Ellos se conducen como espectadores imparciales de nuestras acciones. Nosotros tenemos bastante con acometerlas. A lo sumo nos limitamos a darles la razón: que somos unos veletas, al menos desde su punto de vista.

Los pensadores del Barroco ahondaron como quizá no lo hayan hecho los de ningún otro periodo histórico en la inestabilidad y contradicciones del ser humano. Conocedores del complejo funcionamiento del microcosmos cortesano y algunos de ellos antiguos soldados en las guerras monárquicas que asolaban Europa, fueron testigos, cuando no partícipes, de ascensos y bruscos descensos en el escalafón social, de victorias y derrotas militares en sus propios países.

La dialéctica del pensador barroco proviene de su concepción del impredecible destino de los hombres. No resulta extraño que los tópicos que se manejaban en aquella época girasen alrededor de las contradicciones y paradojas, como el desengaño que produce la ilusión cuando se la confronta con la realidad, o la idea de que la vida del hombre no es más que un sueño del que despierta con la muerte.

Retrato de Blaise Pascal

Retrato de Blaise Pascal

Pascal señaló a la inconstancia y el tedio como los causantes del desasosiego que agita al ser humano, incapaz de permanecer quieto en una habitación. ¿Cómo se explica que un hombre afligido por la muerte de su mujer y de su único hijo y agobiado por pleitos y querellas, a las pocas horas ya no piense en ello? No hay que asombrarse, argumenta Pascal, acaban de servirle una pelota y tiene que devolverla a su compañero. De la aflicción matutina ha pasado sin transición alguna al solaz vespertino, que lo mantiene ocupado en ver por dónde pasará el jabalí que sus perros persiguen con ardor desde hace seis horas.

¿Y qué decir de ese otro que, nacido para gobernar un Estado, para juzgar todas las cosas o conocer el universo, “está absorto en el cuidado de cazar una liebre”? Pascal añade que

“si no se rebajase a ello y quisiera estar siempre en tensión sería más tonto, porque querría elevarse por encima de la humanidad y a fin de cuentas no es más que un hombre, es decir, capaz de poco y de mucho, de todo y de nada. No es ni ángel ni bestia, sino un hombre”.

Si el hombre es desigual ello se debe a que no es uno solo, sino varios, sentenció Jean de La Bruyère, contemporáneo de Pascal. “En cada momento es lo que no era y muy pronto será lo que nunca ha sido; se sucede a sí mismo”. Más que preguntar por su carácter, es preciso preguntar por sus caracteres, y no por su genio, sino por las clases de genio que alberga.

Retrato de Jean de La Bruyère

Retrato de Jean de La Bruyère

La Bruyère imaginó también a un individuo que en un mismo día se entrega a pequeñas alegrías y se deja dominar por penas igualmente pequeñas.

“Nada más desigual y menos coherente que lo que en tan corto lapso de tiempo pasa en su corazón y en su espíritu”.

Miguel de Unamuno reflexionó sobre el carácter agónico de la existencia humana. “Lo que más le une a cada uno consigo mismo, lo que hace la unidad íntima de nuestra vida, son nuestras discordias íntimas, las contradicciones interiores de nuestras discordias”. Él mismo se consideraba un cúmulo de contradicciones, como demostró a lo largo de su vida. En una ocasión expresó su deseo de pensar cada día de modo distinto y reclamaba su derecho a contradecirse.

“¿Contradicción? ¡Ya lo creo! ¡La de mi corazón, que dice sí, y mi cabeza, que dice no! ¡Contradicción!, ¡naturalmente! Como que sólo vivimos de contradicciones, y por ellas; como que la vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha sin victoria ni esperanza de ella: es contradicción”.

Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno

Confesaba conocer espíritus singularmente constantes y consecuentes consigo mismos sacudidos por “el más vivo cambiar de opiniones y de ideas”, y otros que, predicando siempre el mismo sermón y enseñando siempre las mismas enseñanzas teóricas, apenas guardaban afectos permanentes.

Coetáneo de Unamuno, Fernando Pessoa encarnó sus propias contradicciones en los heterónimos, personajes con identidades diferenciadas, de caracteres y temperamentos muy distintos, cuando no opuestos.

“Dicen que una de las grandes contradicciones en mí es precisamente esto: ¡la heteronimia! Mi verdad es que siento que soy muchos. He construido dentro de mí varios personajes, varias personalidades… distintas entre sí y distintos a mí. Cada sueño mío es inmediatamente encarnado en alguna otra persona…”.

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8 comentarios leave one →
  1. diciembre 8, 2015 1:40 pm

    Otro ejemplo, éste del cine, que me parece genial, como a mucha otra gente, aunque también ha sido muy cuestionado: Ethan Edwards (John Wayne), al final de The Searchers, cuando persigue a Nathalie Wood supuestamente para matarla, pero la alza en sus brazos y dice su célebre línea “Debbie, let’s go home”. Toda la búsqueda ha sido para decidirse a tomar un rumbo en una sola encrucijada. Le ha tomado años.

  2. diciembre 8, 2015 7:39 pm

    Gracias, Jaime, por compartir tan interesante entrada.

    Un abrazo

  3. Rubén permalink
    diciembre 9, 2015 10:31 pm

    Un placer leer tu análisis, Jaime!
    Amos Oz en su último libro, El evangelio según Judas ,sostiene: “ Quien tiene el valor de cambiar , siempre será visto como un traidor por aquellos que son incapaces de renovarse, y se mueren de miedo de los cambios”…y yo agrego:
    Traicionamos la razón cuando el orgullo nos impide admitir nuestros errores….
    A medida que avanzamos en años, y quedamos desfasados con los cambios, los equilibrios necesitan ajustar los puntos de referencia….
    Siempre será más cómodo recitar una misma idea que confrontarlas con la fragilidad de las verdades…
    Un fuerte abrazo!

  4. angel.saiz2011@gmail.com permalink
    diciembre 12, 2015 9:32 pm

    Muy buen análisis de la complejidad de la persona y de la mente humana, Jaime. Mientras leía tu artículo, a veces me avergonzaba de que los humanos seamos tan volubles y variables. Otras veces me negaba a reconocerlo. He terminado por aceptarme y aceptar a los demás como volubles y cambiantes. Porque es verdad, como dices, que si pensáramos siempre igual la evolución no se hubiera producido. Otra vez la humildad salva nuestra dignidad más digna.

    • diciembre 13, 2015 12:19 pm

      Gracias, Ángel. Por cierto, ¿qué fue de las veletas y giraldas que se instalaban en los tejados de las casas y de las torres?

  5. febrero 27, 2017 8:16 am

    Y es que en ocasiones no hacen falta muchas palabras para sostener viva la
    llama del amor.

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