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Los mensajeros del miedo

noviembre 24, 2015

Sobre el miedo se ha escrito mucho, aunque nunca lo suficiente. No me refiero al miedo racional y justificado, que nos permite sobrevivir y evitar peligros certeros, y que compartimos con la mayoría de las personas, sino al otro, el que nace de la desconfianza, la incertidumbre y la subjetividad más radical, lo que no lo exime de ser compartido con los demás. Un miedo que se fundamenta en la ambigüedad, en la indefinición, en la sospecha, cuando no en la ignorancia. Un miedo anónimo y, mientras no se demuestre lo contrario, aparentemente infundado, que se insinúa y más que sentirse, se presiente. Por eso con frecuencia se manifiesta como una simple sensación de fragilidad y desamparo.

Teorizar sobre el miedo resulta complicado. Es a través de la ficción como mejor se lo ha entendido. No sólo los hay de muchas clases, por más que nos refiramos a él en singular, sino que ni siquiera nos ponemos de acuerdo en si se trata de un sentimiento, de una sensación o de las dos cosas a la vez. Para variar, el filósofo Thomas Hobbes lo catalogó como pasión. “La única pasión de mi vida ha sido el miedo”, confesó el autor de Leviatán (1651).

Retrato de Thomas Hobbes (1588-1679)

Retrato de Thomas Hobbes (1588-1679)

“El miedo y yo nacimos gemelos”, dijo tras enterarse de que nació en un parto prematuro ante el temor que se adueñó  de su madre, como de tantos ingleses, a raíz de las noticias que circulaban sobre la llegada a las costas británicas de la temida Armada Invencible de Felipe II. Parece como si al venir prematuramente al mundo, el propio Hobbes hubiera puesto algo de su parte: vivió noventa y un años -una edad bíblica para la época-, durante los cuales presenció las luchas políticas que azotaron a la Inglaterra del siglo XVII.

En Leviatán dejó escrito que los hombres sufren al convivir unos con otros a causa del clima de competencia por el estatus personal y social, por la desconfianza que los acecha y por el deseo de gloria. Su idea de la vida humana es desoladora. Cinco epítetos le bastaron para acotarla: solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta.

Pero la marca con la que Hobbes distinguió al ser humano es el miedo. Por miedo “se arma y va acompañado cuando tiene que emprender un viaje”; tranca la puerta cuando se dispone a dormir “y hasta en su casa cierra con candado los arcones”, y todo ello a sabiendas de la existencia de unas leyes y de agentes públicos armados, predispuestos para vengar los daños que se le inflijan.

Portada de la edición príncipe de "Leviatán"(1651)

Portada de la edición príncipe de “Leviatán”(1651)

Para contrarrestar el peligro de que sucumban a una guerra de cada hombre contra cada hombre y de ahuyentar el miedo  a perecer en una muerte violenta, propuso instaurar un poder superior “capaz de atemorizarlos a todos”. Su concepto del Leviatán, metáfora con la que designó al Estado absolutista, es el de un poder fuerte constituido por un solo hombre, un soberano, o una asamblea plural que reduzca las voluntades de los súbditos a una sola y garantice la paz y la seguridad de la comunidad.

La existencia de un “otro” real o imaginario, pero en todo caso extraño, es la condición primigenia para que aparezca el temor, que ve fantasmas donde no hay nada u otra cosa distinta de la existente. Se trata de un miedo sonámbulo, descabezado, que camina a ciegas, con la mirada fija en el objeto que se lo inspira. Sin embargo, objetivamente no es más que la proyección de la inseguridad en sí mismo y en cuanto le rodea que manifiesta aquel que, consciente o no de ello, se siente preso en sus redes.

Nietzsche dijo que el temeroso “no sabe lo que es estar solo; detrás de su silla siempre hay un enemigo” y que el miedo es el “maestro de la empatía humana”. Tiene la virtud de olfatear con su intuición “el sentimiento ajeno”, haciendo que busquemos en las cosas “un segundo sentido escondido”.

Retrato de Friedrich Nietszche, por el pintor noruego Edvard Munch, contemporáneo de Hamsun

Retrato de Friedrich Nietszche, por el pintor noruego Edvard Munch

Su explicación histórica a este fenómeno es que durante milenios el hombre

“vio en todo lo desconocido y animado un peligro: ante cualquier presencia reproducía inmediatamente la expresión de sus rasgos y de su actitud, y sacaba la conclusión sobre la posible intención aviesa detrás de esos rasgos y de esa actitud”.

Elias Canetti comenzó su ensayo Masa y poder con una reflexión acerca del temor que resulta esclarecedora:

“Nada teme el hombre más que a ser tocado por lo desconocido. Deseamos ver qué intenta apresarnos; queremos identificarlo o al menos, poder clasificarlo. En todas partes el hombre elude el contacto con lo extraño. De noche o en la oscuridad, el terror ante un contacto inesperado puede llegar a convertirse en pánico. Ni siquiera la ropa ofrece suficiente seguridad (…) Todas las distancias que los hombres han ido creando a su alrededor han surgido de este temor a ser tocado”.

Cubierta de una edición española de Masa y poder

Cubierta de una edición española de “Masa y poder”

Solamente inmerso en la masa, concluye Canetti, puede el hombre liberarse de este miedo a ser tocado por el extraño.

“Quienquiera que sea el que se estreche contra uno, es idéntico a uno mismo. Lo sentimos como nos sentimos con nosotros mismos. Cuanto más intensamente se estrechen entre sí, más seguros estarán los hombres de no temerse unos a otros”.

El miedo al extraño se proyecta a menudo sobre el extranjero, el que no habla nuestro idioma y cultiva unas costumbres e ideas diferentes de las nuestras. Este miedo aísla y al mismo tiempo destruye la individualidad en beneficio de la tribu. Miedo, por tanto, como una reacción narcisista e instintiva, que ahoga la curiosidad racional que tendría que suscitar la diferencia y gracias a la cual la Humanidad ha podido dar el salto de la barbarie a la civilización.

Pero el hombre no sólo teme al otro, al extranjero, sino a los que ya no están en el mundo, a los muertos. En todas las civilizaciones se los ha visto como unos seres extraños que abandonan sin posibilidad de retorno el mundo de los vivos para internarse en un misterioso más allá que, dependiendo de la religión, pintan con unos colores oscuros o una inquietante ambigüedad. De esta manera los vivos convierten a los muertos en “otros”. Incluso el lenguaje ha encontrado una palabra para designarlos: difuntos.

"El triunfo de la muerte", de Brueghel

“El triunfo de la muerte”, de Brueghel

Aunque hay un acuerdo universal en que se carece de un solo testimonio de un muerto resucitado, se ha fantaseado con la idea del regreso de algunos de ellos al mundo de los vivos. Un retorno siempre perturbador, y a menudo revestido de imágenes aterradoras, como la fantasía de los zombis difundida por la moderna cultura popular: muertos que, a causa de las radiaciones emitidas por un satélite, se levantan de sus tumbas y, dotados de una fuerza sobrenatural, matan e incluso devoran a los vivos, que pronto mutan también en muertos vivientes.

Menos agresivos que éstos fueron los difuntos con los que una noche, de vuelta a casa, se encontró en su casa el melancólico enterrador del cuento de Pushkin El sepulturero. En realidad se trataba de un sueño que tuvo tras abandonar una reunión con unos amigos en la que le pareció que se habían burlado de su oficio, por lo que ya en casa decidió, borracho y malhumorado, que la próxima vez sólo se reuniría con sus muertos.

Retrato de Alexandr S. Pushkin (1827), de Wassilj A. Tropinin

Retrato de Alexandr S. Pushkin (1827), de Wassilj A. Tropinin

Aquella misma noche soñó que cuando se disponía a entrar en su casa, después de ajustar un ataúd para alguien que acababa de morir, se encontró con que estaba llena de gente paseando por las habitaciones. Pronto el sepulturero reconoció horrorizado a las personas que había enterrado. La luna iluminaba sus rostros amarillos y azules, las bocas hundidas, los ojos turbios y semicerrados, las narices abiertas. Todos ellos, damas y caballeros, le rodearon entre saludos y reverencias…Y alguno para recordarle que vendió su primer ataúd haciendo creer que era de roble cuando no era más que de pino.

Detrás del miedo a los difuntos se esconde el ancestral miedo a la muerte. Epicuro fue de los primeros pensadores que previno contra él al afirmar que es una necedad angustiarse mientras se la espera. Además, cuando llegue, dejaremos de existir y, por tanto, de sentir:

“Mientras somos, la muerte no está presente, y cuando se presenta, ya no existimos. En nada afecta, pues, ni a los vivos ni a los muertos, porque para aquellos no está y éstos ya no son”.

Fotograma de La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero

Fotograma de “La noche de los muertos vivientes” (1968), de George A. Romero

Tal vez Tolstói haya sido el escritor que sufrió con más intensidad el miedo a la muerte -el “horror rojo, blanco y cuadrado” que se apoderó de él en el hostal de la remota ciudad de Arzamás en el que pernoctó durante un viaje de negocios-, que en sus novelas transforma en un desafío moral para quienes tienen que enfrentarse a ella. En los últimos momentos de su vida esos personajes agonizantes se convierten en seres trágicos, como en una obra dramática los que mueren en el fragor de la acción. El pensamiento en la propia muerte los impulsa a revalorizar sus vidas, impidiendo que éstas se disuelvan en el caos de la irreflexión, el olvido, el sinsentido y la superfluidad material.

Las tres agonías que se describen en Guerra y paz transcurren en habitaciones, en un tenso clima de expectación. Son esperadas y se las recibe con la solemnidad propia de tal acontecimiento. En el relato La muerte de Iván Ilich, éste muere después de reconciliarse con su pasado y de ajustar cuentas con su vida, consciente como ninguno de sus allegados de la trascendencia de semejante suceso.

Antes que Tolstói, Shakespeare, por boca del dubitativo príncipe Hamlet, escribió que el miedo a la muerte -“ese país por descubrir y de cuyos confines ningún viajero retorna”- nos hace pacientes ante el infortunio, paralizando la toma de decisiones y empresas trascendentales. Es así como la conciencia nos vuelve cobardes.

Grabado de John Gilbert que representa al príncipe Hamlet ante el Espectro de su padre, el rey Hamlet

Grabado de John Gilbert que representa al príncipe Hamlet ante el Espectro de su difunto padre, el rey Hamlet

El miedo se mueve como pez en el agua en determinados ambientes y circunstancias tendentes a favorecer la inseguridad. Por ello le son propicias la noche, la oscuridad y el silencio. Está comprobado que cuando en el exterior se apagan las luces, dentro se encienden las de la imaginación. A falta de luz, el oído extrema su agudeza hasta el punto de oír más allá de lo audible.

Nietzsche observó que el oído es el órgano del miedo y que

“sólo ha podido desarrollarse con la riqueza con la que se ha desarrollado en la noche y en la penumbra de oscuros bosques y cuevas, de acuerdo con el modo de vida de la época miedosa, la más larga época humana que ha existido: a la luz, el oído es menos necesario”.

Las manifestaciones físicas del miedo son universales: un temblor corporal, mirada hosca, labios apretados, facciones descompuestas, sudor en las manos, respiración entrecortada e incluso disfunciones fisiológicas que escapan al control del sujeto. El instinto dicta al niño que cante en el momento de cruzar un pasaje tenebroso. Al adulto lo pone a la defensiva, los ojos muy abiertos -aunque en esa circunstancia quisiera tener cuatro por lo menos- y el oído avizor.

"Don Quijote y Sancho descubren los mazos de batán", grabado de Gustave Doré

“Don Quijote y Sancho descubren los mazos de batán”, grabado de Gustave Doré

En cuántas ocasiones la subjetividad característica del miedo ha hecho sentirse ridículo a quien, presa de él durante la noche, al venir el día descubrió la falsedad de la alarma. Al final resulta que el miedo parió un ratón. Eso fue lo que les sucedió a Don Quijote y Sancho Panza la noche cerrada en que trataban de conciliar el sueño en un paraje poblado de árboles, cerca de un río, y el pavor se adueñó de ellos al oír un ruido como de cadenas. Inmediatamente la imaginación de los dos se desencadenó –Sancho Panza incluso se cagó-, y con ella el miedo. Al venir el día descubrieron que la causa de aquel canguelo eran los golpes rítmicos producidos por los seis mazos del batán que había en una casa en ruinas.

La imaginación y la literatura se han aliado a menudo para crear fantasías de miedo. Son numerosas las obras del movimiento romántico y sus seguidores en las que predomina el terror asociado a lo sobrenatural y fuerzas desconocidas que, más que manifestarse, se sugieren en una atmósfera de misterio. Con ello sus autores expresaban su desconfianza en el racionalismo y la falsa seguridad en la que se sustentaba la sociedad burguesa del siglo XIX y principios del XX. De ahí que los relatos de miedo transcurriesen en escenarios tenebrosos, como cementerios, castillos arruinados o mansiones tétricas.

Pero, dada la tendencia romántica al cultivo de sensaciones excitantes, en la literatura de terror subyacía también un intento por sus autores de experimentar ellos mismos con el miedo, involucrando a los lectores en el experimento y comprometiéndolos de esta manera aún más con el texto. Esta clase de miedo juega con un sentimiento casi universal de temor a lo desconocido.

"Entrada del cementerio", de Caspar Davcid Friedrich

“Entrada del cementerio”, de Caspar David Friedrich

Desde entonces el miedo ha sido objeto de innumerables ficciones literarias. Con la invención del cine adquirió el rango de género. Una de las películas pioneras del cine mudo fue precisamente de terror, la obra maestra del expresionismo Nosferatu, una sinfonía de horror (1922), del director alemán F. W. Murnau. Se trata de una adaptación de la célebre novela de Bram Stoker, Drácula.

En la Alemania de la República de Weimar la película representó toda una metáfora de la situación caótica que atravesaba el país y una profecía del ascenso del nazismo. En la nave fantasma que se dirige a la ciudad alemana (ficticia) de Wisborg, viaja el cuerpo del vampiro Nosferatu acompañado por una legión de ratas inmundas que, después de exterminar a la tripulación, propagarán la peste mortal entre sus habitantes.

La soledad impuesta puede derivar en una fuente de temores para quienes la padecen. En los relatos que escribió Maupassant sobre todo a partir de 1880, con treinta años y bajo los efectos de la depresión nerviosa que en la década siguiente le obligó a internarse en casas de salud, describe a personajes acosados por el miedo.

Fotograma de la película "Nosferatu, el vampiro de la noche"

Fotograma de la película “Nosferatu, el vampiro de la noche”

Se trata de hombres de mediana edad, solitarios, misántropos, huraños, que huyen todo el tiempo del terror que se adueña de ellos. La soledad, la noche y el silencio son el telón de fondo de los ataques de pánico que les asaltan. Como dice uno de ellos, el miedo es hijo del Norte y el sol lo disipa como la niebla. Pero, ¿en qué consiste el miedo? Este mismo personaje lo define en pocas palabras:

“Algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un horrible espasmo del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia”.

Otro personaje confiesa su propósito de casarse al día siguiente de conocer a su futura esposa. No le importa que sea bajita, rubia y regordeta, ni que pertenezca a una familia de clase media. Al menos ese matrimonio insulso lo liberará de la soledad aterradora.

Guy de Maupasannt fotografiado por Nadar

Guy de Maupasannt fotografiado por Nadar

El miedo tiene la particularidad de mostrarse contagioso. De hecho, las epidemias de miedo suelen causar más estragos que las otras. El temor colectivo ha acompañado periódicamente a la Humanidad haciendo brotar oleadas de violencia inusitada. Desde el milenarismo hasta el miedo al comunismo, pasando por el pánico asociado a las grandes pestes y hambrunas y las cazas de brujas, los hombres se han sentido sacudidos por esta experiencia que en los tiempos antiguos se canalizaba a través del rumor y en los modernos a través de los medios de comunicación y las redes sociales, que a su modo han institucionalizado el rumor.

Cada época cultiva sus miedos. Ninguna se libra de ellos. Nuevos temores relegan al olvido a los establecidos, pero el miedo prevalece. Y mientras se propaga un temor, se soslayan los problemas que realmente merecen la atención y cuyo enquistamiento causará a medio plazo preocupaciones mucho más lacerantes que el viejo temor.

"Miedo", de Jean Dubuffet

“Miedo”, de Jean Dubuffet

El siglo XX, el siglo de las masas, comenzó con una ola de miedo azuzada por los periódicos a raíz de la noticia sobre el advenimiento del cometa Halley en mayo de 1910. Era la primera vez en que millones de personas de naciones de los cinco continentes compartían un sentimiento común. Aquel acontecimiento cósmico, que a efectos prácticos no tuvo ninguna trascendencia, resultó sin embargo premonitorio de las periódicas avalanchas de miedo que en las décadas siguientes padecería la sociedad moderna.

A partir de la Revolución soviética de 1917 medio mundo vivió conmocionado por el temor al fantasma del comunismo, sin el cual no se entiende un fenómeno tan letal como el nazi-fascismo, y posteriormente, el macarthismo en Estados Unidos. Con ello se demostró que el miedo sólo provoca miedo y que éste puede ser más nocivo que el objeto que lo suscita, aunque los contagiados por el temor no se percaten de ello. También Nietzsche acertó en este punto al afirmar que

“tres cuartas partes de todo el mal que se hace en el mundo se deben al miedo”.

Aunque esta viñeta data de 1857, en 1910, días antes del retorno de Halley, circularon versiones de ella

Aunque esta viñeta data de 1857, en 1910, días antes del retorno de Halley, circularon versiones de ella

Durante la larga Guerra Fría el mundo vivió atemorizado por la amenaza de una guerra atómica entre las dos superpotencias enemigas, Estados Unidos y la Unión Soviética. A aquel clima de tensión universal se lo denominó “equilibrio del terror”.

Desde entonces no han dejado de sucederse lo que los propios medios de comunicación han denominado “alarmas sociales”. Alarmas sobre enfermedades, pandemias, terrorismos, virus informáticos, catástrofes financieras, crisis económicas, cambio climático. El terrorismo de masas persigue sembrar el caos, el pánico y el descontrol en las ciudades. Los economistas repiten que el dinero es muy miedoso y, ante un clima de incertidumbre, busca refugios seguros.

Pero tan peligrosas como las secuelas del miedo colectivo es que, a medida que éste se apodera de la persona, su individualidad se reduce a la mínima expresión. Ya no piensa ni siente por sí misma, en consonancia con las variadas sensaciones particulares que pueda suscitarle la multiplicidad de lo real, sino que éstas se supeditan violentamente al temor inducido por el objeto que se lo produce, compartiéndolo con otros individuos.

Cartel de propaganda anticomunista en Estados Unidos, en la época de la Guerra Fría

Cartel de propaganda anticomunista en Estados Unidos, en la época de la Guerra Fría

Miedo y poder suelen confraternizar. Donde aparece uno, no suele estar muy lejos el otro. El poder necesita del miedo y de la desconfianza para justificarse. Tiene a su favor la propensión generalizada a la credulidad. El miedo es de esas mercancías que nadie quiere pero que compra mucha gente sin reparar en el precio y menos aún en su calidad. Por eso se vende con facilidad, la misma con la que se fabrica.

Se puede sospechar de la autenticidad de alguien que expresa un sentimiento, ya sea de alegría o de tristeza, pero pocos dudarán de quien se siente invadido por el miedo, lo que explica su proverbial capacidad para propagarse incluso entre aquellos que en principio carecen de motivos para albergarlo. El miedoso se nos antoja frágil y vulnerable. Las expresiones de temor que percibimos en sus ojos, en la cara, en las manos, nos resultan convincentes. No parecen fingidas, lo que nos induce a pensar que la causa de su temor tiene que ser auténtica. ¿Cómo sospechar que pueda tratarse de una invención? Se sobreentiende que nadie teme por gusto.

"El grito" de Edvard Munch

“El grito” de Edvard Munch

La empatía que concita el miedo ajeno se fundamenta en el respeto que sentimos por el propio. Tomamos en serio el temor de los demás porque también nos tomamos en serio el nuestro. Damos por sentado que alguien que manifiesta miedo tiene que ser un individuo vulnerable ante un enemigo poderoso por el que se siente amenazado y ante el cual carece de fuerzas para defenderse. El enemigo se agranda ante sus ojos en la misma medida que su miedo. Se siente acosado por él, no le deja en paz ni de día ni de noche. Ese enemigo suelen tener la extraña facultad de reproducirse. Pronto encuentra aliados para coaligarse. La presencia de enemigos por todas partes obliga al miedoso a propagar su temor en una proporción similar. A más enemigos, más miedo.

Nunca se nos ocurriría sospechar que su temor obedezca a una estrategia oculta de manipulación, ni que lo utilice como un instrumento no ya defensivo sino de poder y coacción. Tampoco pensaríamos que ese pobre hombre acosado por el miedo pueda encarnar al objeto del temor del que dice sentirse víctima, ni que su facultad para contagiar el miedo a otros constituye su principal arma, la que le permite afianzar su poderío.

"La pesadilla" (1781), de Johann Heinrich Füssli

“La pesadilla” (1781), de Johann Heinrich Füssli

Sin embargo, miedo, poder y paranoia conforman una peligrosa trinidad. La paranoia se sirve del miedo para propagarlo a su alrededor y, una vez conseguido este objetivo, transformarse en una tiranía para la cual quienes creen en su miedo no son más que peones de su estrategia de dominación. Los regímenes totalitarios que sembraron el terror en Europa en los años treinta y cuarenta del siglo pasado fueron un lamentable exponente de este fenómeno que no debemos olvidar jamás.

Ejerce el monopolio del miedo quien lo trueca en creencia, haciéndolo creíble. El siguiente paso es que se postule como alternativa al miedo y atraiga hacia sí a quienes creyeron en él para que muden su angustiosa creencia en el temor por la creencia en la alternativa aparentemente liberadora que ofrece para vencerlo. A los mensajeros del miedo no les interesa que se conozca el objeto de éste porque entonces se revelaría la falsía de su mensaje. Es a ellos a los que hay que temer no tanto para protegernos de los terrores bastardos que difunden cuanto para desenmascararlos.

El genio maligno de Hitler hurgó en los miedos de una época acosada por la inseguridad y los fantasmas que agitaban determinada prensa y algunas facciones políticas. A aquellos que reclamaban protección ante el miedo, alegando que no querían problemas, Hitler les respondía: “No os preocupéis, yo los resolveré por vosotros. No hagáis nada. Quedaos en casa con los vuestros, cerrad bien las puertas y las ventanas, resguardaos. Yo vigilo las calles; vosotros vigilad vuestra casa”. Así, Hitler se adueñó de la calle para cometer sus crímenes y apresó al hombre cada vez más atemorizado en su propia casa, al fin convertida en cárcel.

Adolf Hitler

Adolf Hitler

Pero no siempre el miedo y el poder se complementan en una simbiosis perfecta. Ello ocurre cuando el temor se convierte en una manifestación impotente de rechazo al poder. Nada hay más opuesto a éste que esa impotencia que incita al sujeto a rehuirlo, intuyendo que si se enfrenta a él podría contagiarse de sus tretas.

La experiencia demuestra que quienes se oponen a cualquier forma de poderío terminan por contaminarse de su influjo, aprendiendo de sus estrategias y hasta acariciando el deseo de reemplazarlo para imitarlo. En caso de conseguir este propósito, lo más probable es que endurezcan las manifestaciones de poder que sufrieron cuando eran sus víctimas. Un exponente de ello han sido las revoluciones políticas que, tras derrocar una tiranía, se limitaron a suplantarla implantando métodos de terror más sangrientos que los del régimen derrocado.

El miedo que rehúye el poder, y que ni siquiera aspira a derribarlo por impotencia, jamás aspirará a reemplazarlo, aunque sea con el objetivo de conducirse de forma diferente cuando tenga la oportunidad de ejercerlo. Esta clase de miedo prefiere la huida e incluso a la autodisolución no por cobardía sino por la repugnancia que le inspira cualquier contacto con el poder.

Foto de Robert Walser

Foto de Robert Walser  adolescente

En la literatura encontramos dos ejemplos de esta actitud en Robert Walser y Franz Kafka. Aunque en las obras de ambos esté ausente la palabra miedo, no se las entiende sin el temor que les inspiraba cualquier forma de poder. En su intento de desvelar el miedo oculto de Walser, Canetti  subrayó que toda su vida estuvo negándolo y que sólo más tarde “se formarán las voces que se vengarán en él de todo lo ocultado”. La mejor prueba del temor que lo atenazaba era el afán por evadirse de los lugares en los que se instalaba y que transfería también a los jóvenes protagonistas de sus novelas y relatos, “antes de que se acumulase en él demasiado miedo”, y empequeñeciéndose para servir a otros.

Pero tal vez el autor del siglo XX que mejor expresó el miedo tanto en sus obras como en su correspondencia y escritos personales haya sido Kafka. Son numerosos los testimonios que dejó de este sentimiento que lo atormentó desde la infancia, remontándose a la tortuosa relación con su padre, un comerciante que se hizo a sí mismo y dotado con un temperamento fuerte que chocaba con la timidez y la sensibilidad de su hijo primogénito. Precisamente la Carta al padre que nunca se atrevió a enviarle, comienza con una alusión al miedo que le inspiraba:

“No hace mucho me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestarte; en parte, precisamente por el miedo que te tengo; en parte porque en la explicación de dicho miedo intervienen demasiados pormenores para poder exponerlos con mediana consistencia (…) las dimensiones de la materia exceden con mucho los límites de mi memoria y de mi entendimiento”.

Kafka con 23 años, en 1906.

Kafka con 23 años, en 1906.

Pocos años antes de morir de tuberculosis, le rogó por escrito a su amante Milena Jerenská que fuese comprensiva con su miedo, que “es cada vez mayor porque significa un retroceso ante el mundo”. Como Gregor Samsa, el joven empleado del relato La transformación que se despertó una mañana en su lecho transformado en un bicho monstruoso, le decía que buscaba “un mueble bajo el cual esconderme, tembloroso y casi inconsciente”.

El temor le quitaba el sueño por las noches, era su compañero fiel. “No tengo a nadie, a nadie más que al miedo. Aferrado el uno al otro rodamos a través de las noches”. Reconocía que si no fuese por él, estaría casi sano. En otra carta le confesó que desconocía las leyes internas de su temor: “Sólo conozco su mano en mi garganta y eso es lo más terrible que he vivido jamás”. Como escribió Milena en la nota necrológica que le dedicó, la debilidad que le impedía luchar era la de los hombres nobles y rectos que, aun reconociendo su incapacidad para combatir el miedo, la incomprensión, la falta de amor y la hipocresía, prefieren rendirse avergonzando así al vencedor.

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8 comentarios leave one →
  1. Rubén permalink
    noviembre 25, 2015 6:12 pm

    Jaime , aunque parezca repetido…Brillante análisis. “Yo no creo en las brujas, pero que las hay, las hay”. El miedo siempre ha sido el mejor aliado del poder, y también el motor principal de los conflictos, ya sea entre nuestros congéneres, o entre los pueblos…Qué es la religión sino una coraza contra el miedo?
    Qué es la fuerza sino una barrera contra la amenaza de los más poderosos? Qué es la autoridad sino una forma de amedrentar a los desobedientes? Qué es la timidez sino un sentimiento de inferioridad frente a los modelos de belleza , de perfección o de éxito?
    Tres reflexiones adicionales :
    Lo normal es tener miedo, lo anormal es no intentar dominarlo.
    …..
    Hay miedos que paralizan, otros destruyen, y unos pocos permiten protegernos
    ………
    El miedo viene a ser como el torrente de un río, cuando no aprendemos a esquivarlo,
    la corriente termina por ahogarnos…
    …..
    Dos pensamientos adicionales…:

    “El hombre que siente miedo sin estar en peligro, inventa el peligro para justificar su miedo.”
    J W Goethe

    “Es una estupidez perder el presente sólo por el miedo de no llegar a ganar el futuro”
    José Saramago

    Un fuerte abrazo!

    • noviembre 26, 2015 11:42 am

      Me ha gustado la cita de Goethe: el miedo está obsesionado con justificarse cuando carece de objeto real en el que sustentarse. Tu comentario es oportuno, como siempre. Muchas gracias, Rubén, y un fuerte abrazo.

  2. noviembre 26, 2015 12:43 am

    todos los temas, casi sin excepción, me merecen gran interés y gusto por la lectura
    pero éste me ha tocado en un momento en que vivo algo relacionado estrechamente con el tema. Saludos y Gracias !

    dora goldemberg

  3. noviembre 26, 2015 12:55 am

    Muy a proposito para los tiempos que corren.

  4. Ángel Saiz permalink
    noviembre 26, 2015 12:08 pm

    Desde luego, Jaime, muy a propósito para los tiempos que vivimos y para el mes de difuntos en el que estamos. Y, a propósito del concepto de Hobbes sobre al vida, (“cinco epítetos le bastaron para acotarla: solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”), yo le preguntaría: si es tan desagradable, ¿por qué la encuentras corta?
    Has ofrecido un magistral análisis de las múltiples variedades que presenta el miedo en la psicología del ser humano. Como siempre, nos ayudas a analizarnos y a conocernos. Y, como siempre, a través de los autores y de las obras que escribieron.

    • noviembre 26, 2015 12:21 pm

      Muchas gracias,Ángel, por tu comentario. También yo pensé lo mismo que tú con respecto a la apreciación de Hobbes. Creo que dijo eso porque a la mayoría de la gente la vida le parece corta y le gustaría que durase más. Él mismo vivió 91 años, a pesar del miedo que padeció.

  5. noviembre 26, 2015 11:41 pm

    Mi comentario, Jaime es solo para felicitarte una vez más y agradecerte esta disección del miedo tan extraordinaria.

    Un abrazo

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