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El nombre, entre la poesía y la máscara

noviembre 17, 2015

La infancia es la edad de la ignorancia por el mismo motivo que lo es de la imaginación, la curiosidad y los descubrimientos. En ninguna etapa de la vida se está tan despierto y receptivo a todo. Uno de los motivos favoritos para la imaginación infantil es el lenguaje, concretamente los nombres. Nombres de personas, de animales, de objetos, pueblos, ciudades y países.

En esos años el niño dispone de más nombres que de cosas que no ha tenido la ocasión de conocer in situ. Aunque muchas de ellas pueda verlas de forma virtual en fotografías, dibujos o, como suele ser más común, a través de los medios audiovisuales, empezando por la televisión, esa maestra involuntaria, hay otras de las que no tiene más referencias que su nombre, por lo que su imaginación tiene que llenarlas de contenido, a menudo ciñéndose a la simple composición morfológica de las palabras que las designan.

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Para un niño imaginativo cada nombre nuevo representa casi tanto como para los adultos una ciudad inédita en su historial de viajes. Mientras su intelecto lo aprehende (y aprende) mediante la lectura y la escritura, su imaginación lo transforma en un objeto casi secreto de goce, sin que ni él mismo tenga conciencia de su labor de zapa. La relación de las palabras con la imaginación infantil son un ejemplo claro de hasta qué punto ésta necesita de bien poco para expandirse. En este caso, apenas unas letras ordenadas de forma legible.

Algunos escritores han recordado el poder evocador que tenían los nombres en sus años infantiles. Así, Proust desveló en su novela En busca del tiempo perdido las secretas correspondencias que en esa etapa de la vida establece la imaginación con los nombres propios de personas o de ciudades que no conocemos más que de oídas. Esas correspondencias, en cuya formación resultan determinantes las asociaciones que el sujeto inventa entre la fonética del nombre en cuestión y cosas y sensaciones ajenas a  su significado, pero vinculadas por una sonoridad familiar, forman un variopinto conglomerado de nombres-objetos que desembocan en el Nombre-Persona o Nombre-Ciudad.

El joven Proust fotografiado junto a unos amigos en París

El joven Proust fotografiado junto a unos amigos en París

Al contrario que los nombres comunes, que, según argumenta Proust, “se conciben como semejantes a todos los de su clase”, los de personas y ciudades pueden presentarnos “una imagen confusa que extrae de ellas, de su sonoridad brillante o sombría, el color que uniformemente las distingue”. Es lo que el autor de En busca del tiempo perdido denomina “duplicados”: cosas desconocidas a las que el Narrador-niño de la novela prestaba una personalidad puramente ficticia, elaborada en su rica imaginación y tomando como única referencia su nombre.

Las ciudades, los paisajes y los monumentos se le antojaban esencialmente distintos de los demás, “de los que alma estaba sedienta y que le sería provechoso conocer”, y no como cuadros recortados acá y allá de un mismo material. La individualidad con la que eran percibidos por el niño se debía a la individualidad de sus nombres que sólo pertenecían a ellos, unos nombres como los de las personas.

Por ejemplo, el nombre de “Parma”, una de las ciudades italianas a la que el Narrador desea viajar desde que leyó La Cartuja de Parma, de Stendhal, se le aparecía “compacto, liso, malva, suave”. Lo imaginaba así

“únicamente gracias a la sílaba pesada del nombre de Parma, por donde no circulaba ningún aire y que yo empapé de dulzura stendhaliana y de reflejos de violetas”.

El duomo y el baptisterio, en la ciudad italiana de Parma

La catedral y el baptisterio de Parma

Si pensaba en Florencia, la veía “como una ciudad de milagrosa fragancia y semejante a una corola, porque se llama la ciudad de las azucenas y su catedral la bautizaron con el nombre de Santa María de las Flores”.  En cuanto leía o escuchaba los nombres de Florencia o Venecia sentía deseos de ver el sol, los lirios, el palacio de los Dux y Santa María de las Flores. Y cuando por primera vez se topó en un libro con el nombre de Balbec, la imaginaria estación costera de Normandía en la que veraneaba la aristocracia y la burguesía parisina y a la que pronto acudiría el Narrador-niño junto a su abuela, se despertó en él “un anhelo de tempestades y de gótico normando”.

Proust no tenía duda de que los nombres “son dibujantes fantasiosos” que nos proporcionan de las personas y de las comarcas croquis tan poco parecidos a los modelos originales que “sentimos algo así como estupor” cuando tenemos delante el mundo visible en lugar del mundo imaginado. Más aún, cuesta creer que dos nombres tan distintos, el sugerido por la imaginación y el que luego muestra la realidad, tengan una procedencia común.

El aura, o hada, como la denomina Proust, con el que la imaginación envuelve el nombre de una persona o de una ciudad se desvanece cuando por primera vez nos encontramos con la una o la otra. Basta con que permanezcamos junto a la persona para que el hada muera definitivamente y con ella el nombre, “como aquella familia de Lusignan, condenada a extinguirse el día en que desapareciera el hada Melusina”.

"Hada Melusina" (1844), por Julius Hübner

“Hada Melusina” (1844), por Julius Hübner

En el torbellino de la vida cotidiana, donde los nombres sólo tienen un uso práctico, éstos pierden el color, “como un tropo prismático que, al girar demasiado deprisa, parece gris”. Hemos de retroceder a la época en que sólo teníamos el nombre y no a la persona, para comprobar cómo se yuxtaponen los dos completamente diferenciados.

El día en que por vez primera el joven Narrador acudió a un almuerzo al palacio de los Guermantes tuvo la sensación de que los invitados con los que compartía mantel, portadores de fabulosos apellidos aristocráticos, estaban en realidad disfrazados. Sus cuerpos e inteligencias eran iguales o inferiores a los de las personas que conocía, causándoles la misma impresión “de vulgaridad insulsa que sentiría un lector loco de Hamlet al entrar en el puerto danés de Elsinor”.

El nombre propone y la imaginación dispone mientras la realidad permanece ausente. Pero cuando ésta toma el relevo, toma también las riendas y desbanca a la imaginación casi siempre con malos modos. Inferir la desconocida fisonomía de lo real a partir de su nombre resulta un empeño peregrino, rayano en la superstición, pero justificado por la curiosidad innata del ser humano y por su portentosa capacidad para imaginar.

Retrato de Karl Philipp Moritz

Retrato de Karl Philipp Moritz

Antes que Proust, el escritor alemán Karl Philipp Moritz narró en su novela autobiográfica Anton Reiser (1785) una experiencia similar, que también ubica en la infancia. Cuando Anton era niño el sonido de los nombres propios de personas o ciudades “solía inducirle a componer curiosas imágenes y representaciones de los objetos designados”, siendo la altura o profundidad de las vocales de tales nombres lo que más contribuía a formar esa imagen. Por ejemplo, el nombre de Hannover le sonaba a “algo  magnífico”, y ya antes de haber visto la ciudad, le parecía “un lugar de altos edificios y altas torres y de una apariencia clara y luminosa”. París se le antojaba como un lugar lleno de casas blancas.

Anton Reiser considera natural que de una cosa de la que no se sabe más que el nombre, la mente procure formarse una imagen aproximada sirviéndose hasta de las más remotas semejanzas. Al carecer de puntos de comparación, no le queda otra alternativa que refugiarse en el nombre arbitrario de la cosa, estableciendo entre sus variados sonidos y el objeto una suerte de comparación que sólo por casualidad puede resultar apropiada.

A Dickens le ocurría algo parecido, aunque su punto de mira era la grafía de las palabras. En Grandes esperanzas Pip, al rememorar su infancia, se forma una idea de sus difuntos padres a través de los nombres escritos en las lápidas de sus sepulturas. La forma de las letras de la tumba de su padre le producía la extraña sensación de que era un hombre fornido, moreno y con el cabello negro y rizado. La inscripción: “Y Georgiana, esposa del anterior” le llevó a la conclusión de que su madre tenía pecas y era enfermiza.

Charles Dickens

Charles Dickens

En una sociedad dominada por la fe religiosa y la devoción al adulto podía sucederle lo mismo que a estos personajes literarios en su infancia: que el nombre santificado surtiera un efecto análogo al que en la mente del Narrador de la novela de Proust surtían los nombres de ciudades antiguas y de aristócratas de abolengo.

Montaigne se hace eco de la influencia que en la Edad Media podía ejercer un nombre sagrado en la imaginación de quien lo escuchaba al relatar la leyenda sobre la fundación en el siglo X de la iglesia de Notre-Dame-la-Grande, en Poitiers. Un joven disoluto, que vivía en el mismo lugar en el que se había procurado una furcia, al preguntarle por su nombre, que era María, se sintió tan poderosamente invadido de religiosidad y respeto por ese sacrosanto nombre de la Virgen, que no sólo la despidió de inmediato, sino que se enmendó para el resto de su vida. Según la leyenda, a raíz de este milagro se construyó en el mismo lugar que ocupaba la casa del joven una capilla con el nombre de Nuestra Señora y, posteriormente, la iglesia.

Iglesia de Notre-Dame, en Poitiers

Iglesia de Notre-Dame-La-Grande, en Poitiers

Como se deduce de estos ejemplos, la imaginación carece de límites y escapa a cualquier raciocinio. Lamentablemente, ya de adultos pocos evocan sus primeros recuerdos de los nombres con la precisión con que lo hicieron en sus obras Moritz, Dickens o Proust.

Sólo aparentemente, en las antípodas de estas imaginativas experiencias infantiles con el nombre se encuentra la que nos cuenta Laurence Sterne en su alocada novela La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy. El padre de éste, Walter Shandy, tenía la extraña costumbre de relacionar los nombres de las personas con su forma de ser y de actuar. Esta teoría daba por sentado que todos los nombres propios, aunque no significasen nada, eran exactos y, que como Sócrates planteó con ironía en el Diálogo de Platón Crátilo, permitían conocer a las personas que designaban. De esta manera, el nombre se convertía en una infalible fuente de conocimiento.

El padre de Tristram estaba convencido de la extraña relación mágica que los nombres buenos o malos, como él los clasificaba, imprimían de manera irresistible a los caracteres y conducta de los hombres. Cuántos Césares y Pompeyos no se habían hecho por la mera inspiración de sus nombres, alegaba a favor de su tesis.

Laurence Sterne, por Sir Joshua Reynolds

Laurence Sterne, por Sir Joshua Reynolds

Influido por su teoría, y pese a jactarse de carecer de los prejuicios mezquinos de su educación, Walter Sandy evitó llamar a su hijo Judas, el nombre maldito para los cristianos que asocian con el apóstol que, después de traicionar a su maestro Jesús, decidió ahorcarse. Semejante nombre “le habría acompañado a lo largo de toda su vida como una sombra y, a la postre, habría hecho de él un canalla y un truhán”, a pesar del buen ejemplo que le hubiese dado su padre, un hombre serio que creía de veras en la influencia de los nombres no sólo en el destino las personas sino hasta en el de los perros.

No obstante, Walter Shandy consideraba neutros algunos nombres, es decir, que no influían ni para bien ni para mal en el destino de sus portadores, como Jack, Dick, Tom o Bob, que era como se llamaba el hermano de Tristram. Walter cita algunos ejemplos de nombres que tenían algún significado para él. Por ejemplo, Andrew era “algo así como una cantidad negativa de Álgebra”, William le gustaba bastante, Numps ya menos, pero Nick “era el mismo diablo”. El único criterio por el que se regía para establecer estas arbitrarias asociaciones con dichos nombres era la antedicha relación mágica.

Pero de todos los nombres, el que le inspiraba más aversión era precisamente el de Tristram. Incluso escribió una disertación que versaba sobre “los fundamentos de su inconmesurable odio por este nombre aborrecible”. ¿Por qué entonces se lo puso a su hijo? Por un error. Resulta que como consecuencia del uso incorrecto del fórceps, el niño nació con la nariz aplastada. Para su supersticioso padre aquel accidente representó una auténtica tragedia. Pensaba que, al igual que los nombres, el tamaño y la cualidad de la nariz eran determinantes en la formación de algunas características del sujeto, como la imaginación o la virilidad.

"Vida y opiniones de Tristram Shandy", de Laurence Sterne

“Vida y opiniones de Tristram Shandy”, de Laurence Sterne

A fin de contrarrestar la desesperación que le produjo el aplastamiento de la nariz del niño, no se le ocurrió otra cosa que bautizarlo con un nombre que lo proveyera de las características perdidas por culpa de la nariz. El nombre elegido era Trismegisto, “la más grande de todas las criaturas terrestres, el mejor rey, el mejor legislador, el mejor filósofo y el mejor sacerdote”.

Pero un nuevo accidente trastocó su ingenioso plan. A la hora del bautizo, la madre de la criatura no pudo recordar el nombre elegido por su marido, por lo que el nuevo cristiano recibió el que ustedes quizá imaginen…Tristram, palabra que deriva del latín tristris, o sea, triste.

Walter Shandy anteponía el nombre a la persona, de tal manera que el destino del pobre Tristram tendría que ser tan triste como su nombre y serlo además el resto de su vida, sin posibilidad alguna de enmienda. Pues lo peor de un nombre de pila indigno es que, aun cuando se pusiera por equivocación o insensatez, no se podía rectificar jamás, al contrario que una mala reputación, con el consiguiente daño para la víctima del fatal error.

Hermes Trismegisto, en un mosaico de la Catedral de Siena

Hermes Trismegisto, en un mosaico de la Catedral de Siena

Al dar por sentado que el nombre propio determina el carácter y hasta el comportamiento de las personas, Walter Shandy se ahorraba el esfuerzo por conocerlas. Los únicos que escapaban a la fatalidad de su juicio eran aquellos cuyo nombre ignoraba. Pero, ¡ay del que cargase con alguno de los que catalogaba en el bando de los nombres malditos!

La individualidad del nombre es indisociable de la individualidad de la persona. No todos los nombres son iguales, aunque formalmente lo sean, por el mero hecho de que sus portadores son seres únicos e irrepetibles. Por eso la teoría de Walter Shandy de clasificar a las personas por el nombre de pila era absurda, por arbitraria, puesto que de ella se infiere que los nombres determinan a las personas y no las personas a los nombres, como en realidad suele ocurrir. Dos, doscientos millones de individuos pueden llevar el mismo nombre, pero, al contrario de lo que propugnaba el padre de Tristram Shandy, cada uno de ellos es diferente de los restantes.

Si se catalogase a las personas por sus nombres, la humanidad sería muy limitada, reduciéndose a un puñado de caracteres. Pero a fin de cuentas eso es lo que perseguía Walter Shandy con su teoría: simplificar a la humanidad, limitar su gigantesca variedad, “liliputizarla”, para así poder clasificarla en unos cuantos arquetipos, ahorrándose el esfuerzo por conocer a las personas una por una.

"El bautismo de Tristram", ilustración de William Hogarth para la novela de Sterne

“El bautismo de Tristram”, ilustración de William Hogarth para la novela de Sterne

Sin embargo, el destino parece que castigó la arbitrariedad de Walter Shandy haciendo que el azar dispusiera que su hijo fuese bautizado con uno de los nombres malditos, y no con el “bueno” que él había previsto, para que se percatase de la estupidez del criterio con el que catalogaba a las personas. Por suerte para el pobre Tristram su padre se equivocó y el chico resultó ser de lo más normal, con sus cualidades y defectos. Ni triste ni melancólico. Lo único que no se pudo evitar es que se pareciese a sus progenitores.

Al contrario de lo que le ocurría al padre de Tristram Shandy, a Elias Canetti le asustaban “la disección y la explicación de los nombres”. Las temía más que a un asesinato. En cambio, las relaciones a través de los nombres le resultaban “estimulantes y verdaderas”. Su dios era el nombre y “la respiración de mi vida es la palabra”. Luego confesaba que “todas las relaciones aritméticas, las proporciones, los destinos y las trayectorias elípticas” le eran indiferentes. No había estado en ningún lugar cuyo nombre no le atrajera. Pensaba que Gérard de Nerval era ya un poeta por el simple hecho de haber creído que descendía de Nerva.

Gérard de Nerval (1808-1855)

Gérard de Nerval (1808-1855)

Siguiendo la estela del padre de Tristram, aunque sin su pedantería, sino en un sentido funcional y artístico, numerosos novelistas han bautizado a sus personajes en consonancia con su principal característica, la que los define como tales personajes. Un ejemplo aislado, pero significativo: en Madame Bovary Lheureux (traducido literalmente “El feliz”) es el usurero que presta el dinero a Emma Bovary para que se lo pueda gastar en sus caprichos y en los placeres adúlteros; en suma, para hacerla feliz.

La hacía feliz, sí, pero sólo de momento y a cambio de una infelicidad infinita que la abocará al suicidio y a la destrucción de su familia. No por casualidad, Flaubert llamaba a la felicidad, la usurera…Su idea de ésta se amoldaba a la que buscaba su heroína a un precio tan elevado: una usurera “que por un cuarto de hora de alegría hace pagar con toda una carga de infortunios” y que “nos hace devolverle cien por diez”. Como Lheureux en el turbio negocio que mantenía con su manirrota clienta.

El nombre es una máscara que se nos coloca al nacer, según el criterio de quienes lo han elegido para nosotros, o que, si luego no nos gusta, nos colocamos ya adultos, cambiando el nombre de pila por otro que juzgamos más apto para nuestros propósitos, como hacen tantos artistas -actores, cantantes y escritores principalmente- y el Romano Pontífice cuando sube a la silla de Pedro. Jorge Wagensberg ha recordado que en muchas culturas prevalece la superstición de cambiar el nombre de los moribundos en un último intento por despistar a la muerte. Saben que en semejante trance ésta no se molestará en pedirles el documento nacional de identidad.

Jorge Wagensberg

Jorge Wagensberg

Ya sea impuesto o elegido por el interesado, el nombre es un compañero inseparable, tanto como el cuerpo. Puede estar en boca de unos pocos o de millones de personas, morir con uno o sobrevivirnos. Cualquiera lo pronunciará más veces que nosotros, que no necesitamos pronunciarlo más que cuando nos lo piden (y mejor que se abstengan). Por el nombre somos alguien; sin él nuestra identidad se difuminaría en la vasta tierra de Nadie.  Nos identifica ante los demás, distinguiéndonos. Con él nos llaman y nos llamamos. No tenemos escapatoria.

A fin de liberarse de la esclavitud del nombre y evitar que estuviera en boca de cualquiera, en el Antiguo Egipto a las personas se las designaba con dos nombres, el nombre pequeño, conocido por todos, y el gran nombre, que se ocultaba a los demás. Algo así como un nombre público y otro privado, que el individuo consideraba el auténtico. Era una forma de salvaguardar no sólo la intimidad sino la libertad, a la inversa de lo que se estila en la sociedad de la información, donde lo habitual es mostrar públicamente no ya el nombre sino incluso el rostro.

Romain Gary

Romain Gary

El escritor Romain Gary (nacido Romain Kacew), que firmó sus libros hasta con tres seudónimos, dijo que el nombre de una persona no es más que un seudónimo. Sabía de lo que hablaba. Toda su vida intentó escapar de sí mismo, mudándose de nombre. Pero esas mudanzas nominales no lo libraron de la autodestrucción y terminó suicidándose.

Lo cierto es que, impuesto o elegido, no hay forma de librarnos de nuestro nombre, esa losa que nos acompaña desde el nacimiento hasta la última losa de todas, la funeraria. La única opción, y también la más divertida, es que nos lo cambiemos de vez en cuando, aunque la burocracia administrativa nos prohíba semejante licencia en nuestro documento de identidad y en la hora de la comparecencia oficial nos exija con el rostro muy serio que nos identifiquemos con el nombre también oficial. Nada de diversiones ni de juegos. La imaginación y el poder nunca harán buenas migas, aunque hace un montón de años algunos concibiesen el extraño deseo de auparla al poder.

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One Comment leave one →
  1. Ángel Saiz permalink
    noviembre 17, 2015 9:27 pm

    ¡Cómo nos haces bucear en el subconsciente, Jaime! Porque no conocer una persona, un lugar, un país y crear mentalmente una imagen subjetiva de ellos, es instantáneo. Y nos siguen forzando la imaginación hasta que la realidad, como dices, no transforma esa imagen. Es imposible crear un pensamiento sin crear simultáneaente una imagen. Es el poder de los nombres. En las antiguas culturas del Oriente Próximo el dar un nombre a las cosas, a los hijos, a los animales era signo de poder sobre ellas. Como dice el Corán, al comprobar ese fenómeno, los ángeles se convencieron de que los hombres eran superiores a ellos… porque los ángeles, afirma, tienen la inteligencia simplemente por instinto… Es el poder de los nombres unido al de la imaginación de la mente humana.

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