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A propósito de una fotografía

septiembre 29, 2015

La reciente difusión de una fotografía de John Blanding publicada en el diario The Boston Globe, en la que se ve a un grupo de gente detrás de una valla fotografiando con sus smartphones a los actores que presentaban la película Black Mass, con la única excepción de una anciana que desde la primera fila observa el evento con las dos manos juntas apoyadas en la valla, ha sido objeto de numerosos comentarios en las redes sociales. Publicada en Twitter por el fotógrafo Miguel Ángel Morenatti con el mensaje “Estamos perdiendo la capacidad de disfrutar de los momentos importantes”, la foto fue retuiteada 8.000 veces en menos de veinticuatro horas.

Esa abuela de ojos vivarachos y sonrientes, y tan imbuida de curiosidad como el resto de los “fotógrafos” que la rodean, se hizo merecedora de cientos de elogios. Todos coincidían en ponderar su actitud: que, en vez de fotografiar el espectáculo que presenciaba, como hacía el resto de los espectadores, se conformase con verlo, simplemente.

Fotografía de John Blanding publicada recientemente en

Fotografía de John Blanding publicada recientemente en “The Boston Globe”

Sin embargo, la foto se presta al menos a tres puntualizaciones. La primera, que no se trata de una anécdota propia de estos tiempos, como recordaba uno de los tuiteros, ilustrando su recordatorio con una fotografía de Oliver F. Atkins, fechada en 1969, en la que el presidente Nixon es fotografiado por decenas de jóvenes del servicio de voluntarios American Field Service. ¿Quién sabe si uno de aquellos espectadores prefirió también ver antes al hombre célebre que fotografiarlo?

Recuerdo la hilaridad que hace años suscitaba entre los viandantes nativos el espectáculo frecuente de un grupo de turistas japoneses que, en cuanto bajaban del autobús aparcado frente al monumento de turno, lo primero que hacían era apuntar con sus cámaras para fotografiarlo, sin molestarse en contemplarlo siquiera unos instantes. No obstante, se comprendía la propagación de semejante costumbre entre los habitantes del país pionero en la fabricación de cámaras fotográficas. Era algo así como la “Marca Japón”.

Fotografía de Atkinson publicada en 1969

Fotografía de Oliver Atkins publicada en 1969

Ahora esa extraña costumbre se ha vuelto planetaria y no hay monumento que se libre de la avidez de los turistas de todas las edades y condición. Bueno, en realidad lo que se ha universalizado es el uso del móvil con cámara de fotos.

La segunda puntualización es que sorprende que la anciana de la foto, exponente del pasado tecnológicamente obsoleto, se convierta en modelo a seguir para sus muchos admiradores, todos ellos a la última en tecnologías punteras. Un ejemplo que, sin embargo, la mayoría de ellos no se atreverá a emular. Una cosa es exhibir opiniones y sentimientos en el mundo virtual y otra muy distinta su repercusión en la realidad.

La tercera puntualización: esa foto no existiría si Blanding no hubiese estado allí para captar la anécdota realmente interesante, la multitud de espontáneos fotografiando con sus cámaras el previsible y anodino desfile de los actores que participaban en la presentación de su película y que seguramente esperaban convertirse en pasto de las cámaras anónimas de los curiosos que asistían a su pase/pose.

Visitantes del Museo del Louvre fotografiando el cuadro

Visitantes del Museo del Louvre fotografiando el cuadro “La Gioconda”, de Leonardo da Vinci

Seguro que muchos de ustedes habrán aprovechado las vacaciones de verano para viajar y, claro, se habrán puesto las botas tirando fotos a las cosas más variopintas. La tentación está demasiado cerca y basta sólo con apuntar y pulsar el botón del smartophone. Eso siempre será mucho más fácil que, por ejemplo, escribir un diario de viaje o algo por el estilo.

Sin embargo, hubo un tiempo en que, a falta de cámara fotográfica, el viajero confiaba al papel cuanto captaba con sus cinco sentidos en el curso del viaje, haciéndose eco de las sensaciones, pensamientos, ocurrencias y recuerdos que le suscitaban. No siempre los viajes encierran promesas de futuro, también pueden devenir inesperadamente en una ocasión para ajustar cuentas con el pasado, como  le sucede al viejo profesor Isak Borg, de la película de Bergman Fresas salvajes, en el viaje en automóvil que hizo de Estocolmo a Lund para recibir un premio en la Universidad de esta ciudad en compañía de su nuera y tres jóvenes -una chica y dos chicos- a los que recogen en el camino.

En Cuadros de viajes Heinrich Heine se explaya en sugerentes divagaciones ante los paisajes, las personas, escenas y cosas con las que se va encontrando en su periplo por Alemania, Austria e Italia, y en Viaje por mar con Don Quijote, Thomas Mann recopiló los comentarios que estuvo anotando mientras leía la novela de Cervantes en la traducción de Tieck durante su primer viaje en trasatlántico que le llevó de Europa a Estados Unidos en mayo de 1934. Ése fue el recuerdo que nos dejó de aquella travesía marítima. El viaje como pretexto.

Fotograma de la película

Fotograma de la película “Fresas salvajes” (1957), de Ingmar Bergman

Había un afán por dejar constancia de que se había viajado, pero aún más de las novedades que llamaron la atención del viajero. No sólo monumentos célebres o paisajes singulares, sino costumbres y, por supuesto, experiencias propias, esas que raramente se habrían vivido en el lugar habitual y que sólo podía proporcionar la estancia en escenarios inéditos, entre gentes y costumbres distintas de las conocidas. En fin, las pequeñas anécdotas que nos reserva la inmersión en una tierra extranjera.

Mucho tiempo después del largo viaje de placer que a los dieciséis años, una edad propicia para la recepción de impresiones nuevas, Arthur Schopenhauer hizo por Europa junto con sus padres, confesaba que su espíritu

“nutrido y adiestrado por la percepción directa de las cosas mismas, aprendió el qué y el cómo de ellas antes de que lo embotasen opiniones manidas”.

A partir de aquella experiencia, que plasmó en un Diario de viaje, aprendió también a ahuyentar el peligro de “confundir las palabras y las cosas”, registrando cuanto veía hasta en sus más mínimos detalles.

Retrato de Schopenhauer niño

Retrato de Schopenhauer niño

La crónica viajera escapa a la técnica de la fotografía, sin ser  incompatible del todo con ella. Porque al fin y al cabo ésta no es más que una técnica, y como tal se concibió para simplificar un proceso que de otro modo resultaría más complejo. Aquello que se deja fotografiar ya no es necesario que se lo describa. La foto reemplaza al relato oral y al texto.

Cada vez que fotografiamos algo es casi seguro que nos abstendremos de describirlo con palabras por la sencilla razón de que delegamos en la foto el trabajo que tendría que acometer nuestra memoria. De cuantos más medios técnicos dispongamos para reproducir la realidad, menores serán las oportunidades que le demos a la escritura para expresarla. Escribir es mucho más difícil que pulsar el botón de una cámara de fotos y exige también más dedicación y tiempo, aunque el esfuerzo invertido no se corresponda con la calidad del resultado final.

Es posible que, además, el viajero complementara sus escritos con las fotografías que tiraba con su cámara, como el escritor argentino Roberto Arlt en el viaje que hizo por España y el norte de África en 1935 y del que dio cuenta en una serie de artículos publicados en el diario porteño El Mundo. En ningún caso las fotografías pretendían sustituir al material escrito.

Roberto Arlt

Roberto Arlt

Las fotos que hacemos en nuestros viajes turísticos sólo pueden capturar la apariencia externa de las cosas que vemos a través del objetivo de la cámara. Otra cuestión es que, al mirarlas después, recordemos el momento en que la hicimos, algo que, en medio de la marabunta de fotos que acumulamos en la cámara, no es nada fácil.

Quizá algunos de ustedes recuerden aquella remota costumbre, hoy felizmente olvidada, del turista que con el viaje aún reciente en la memoria mostraba en el salón de su casa, ante amigos y familiares, las diapositivas de los lugares exóticos que recorrió, todo ello adobado con los correspondientes comentarios y anécdotas presuntamente amenas. Hasta que el imparable avance tecnológico relegó a la diapositiva y pronto fue sustituida por las películas rodadas con una cámara de vídeo, por lo que aquellas sesiones se volvieron un poco más entretenidas. En ambos casos, sin embargo, el resultado era el mismo: los espectadores disimulaban su aburrimiento o envidia, según los casos. Por cierto,  la propagación de esta costumbre dio pie a una secuela de chistes –todo un pequeño género- en los que siempre salía malparado el entusiasmo del viajero empeñado en deleitar a sus amigos con el pase de diapositivas.

El turista provisto con su teléfono inteligente y el curioso que acude con su cámara a un acto público, dispuesto a fotografiar a troche y moche el momento estelar, parecen confiar más en las fotos que tiran con su cámara que en lo que ven con sus ojos. Como esos que hablan antes de pensar, primero fotografían, sin molestarse en mirar directamente el objeto fotografiado.

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No sólo quieren que la cámara de su móvil vea por ellos, también que recuerde por ellos, guardando las fotos en su memoria electrónica con la esperanza de revisarlas tranquilamente en un futuro indefinido. Tan indefinido que lo más probable es que la foto en cuestión acabe durmiendo con otras muchas en el sueño de los justos de la papelera virtual. Un destino que recuerda al de las tarjetas postales con vistas turísticas que en tiempos pasados enviábamos a los familiares y amigos durante nuestros viajes vacacionales y que en el mejor de los casos acababan en algún cajón remoto.

A las tropas de fotógrafos pertrechados con la cámara de su móvil la mera idea de recordar en un futuro lo que ven en el presente les produce tal pereza que, a fin de ahorrarse el esfuerzo, delegan esa función en la cámara. Será por ello que en estos tiempos la fotografía más que inmortalizar el presente, lo embalsama, de la misma manera que si antiguamente inmortalizaba el objeto fotografiado, hoy lo mata a base de dosis mortales de redundancia.

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Lo único que nos les da pereza alguna es posar junto a los monumentos para acreditar, a modo de firma, que también ellos estuvieron allí; no vaya a ser que la objetividad de la foto levante sospechas y alguien crea que la tiró otro. Ramón Gómez de la Serna sugirió la prohibición de hacer fotografías con el ombligo. No sabía cuán profética se volvería esta greguería, de la que podríamos derivar otra nueva, aunque en esta ocasión recuerde a un mandato divino: prohibido hacer fotografías del ombligo.

La manía de dejar huella del lugar por el que se ha pasado fotografiándolo hace que cada vez queden menos lugares libres del objetivo de la cámara de cualquier aficionado. Esos lugares vírgenes, por los que quizá aún pasee alguien que se niega a dejar su huella, son los restos de poesía que sobreviven en una época que, hambrienta de protagonismo, suda chorreones de vulgaridad por los cuatro costados sin quejarse por ello, al contrario.

Fotografiar algo que se considera digno de guardar para el recuerdo, sin molestarse en contemplarlo, responde a la avidez imperante en una sociedad consumista en la que importa más retener que tener y tener que ser. No se goza del momento presente sino que se posterga el goce para disfrutarlo en el futuro y en versión reproducida. Es como si en lugar de comer un alimento recién cocinado cuando tenemos apetito, prefiriésemos que nos los guardasen en una lata de conserva para comerlo…cuando tengamos apetito.

Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna

Quienes se conducen de esta manera ignoran que sólo se recuerda aquello que se observa en su singularidad, y que contemplar no sólo es ver con los ojos sino sentir con los otros sentidos incluso las sensaciones que no sabemos que estamos sintiendo pero que quizá recordemos en el futuro, al evocar el momento y el objeto recordado.

El año pasado se publicó un estudio de  Linda Henkel, profesora e investigadora de Psicología Cognitiva en la Universidad norteamericana de Fairfield, sobre la forma en que las imágenes influyen en los recuerdos. Para ello envió a varios estudiantes a un museo de arte a fin de que miraran algunos objetos y fotografiasen otros.

Linda Henkel, autora del estudio sobre la relación de la fotografía con la memoria

Linda Henkel, autora del estudio sobre la relación de la fotografía con la memoria

El experimento demostró que los jóvenes recordaban mejor los objetos que miraron que los que fotografiaron. De estos últimos recordaban menos detalles, como la posición de las manos de la estatua o lo que llevaba sobre su cabeza. Resulta que la cámara no recordó por ellos, como habían esperado. Esa memoria de alquiler los traicionó.

Hoy los álbumes de fotos, de los que Ramón Gómez de la Serna dijo que eran cementerios de pensamientos perdidos, han pasado a mejor vida, excepto en las cómodas de las abuelas como la de la foto de  John Blanding, que guardan los recuerdos de sus buenos tiempos. Pero las fotografías que se almacenan –guardar es un verbo demasiado poético para estos tiempos de almacenaje- en los artilugios electrónicos, el que ustedes prefieran, ni siquiera alcanzan la categoría de tumbas de pensamientos perdidos.

Páginas de un álbum familiar de fotos del siglo XIX

Páginas de un álbum familiar de fotos del siglo XIX

Una foto convierte instantáneamente en pasado el momento en que se hace. Todos somos más jóvenes cuando nos vemos fotografiados, como lo son también el mundo y los objetos perpetuados por la cámara. Nos inmovilizan en un tiempo muerto mientras éste prosigue su curso siempre hacia delante. Por muy naturales que salgamos en las fotos, éstas destilan antinaturalidad, como si fuésemos otros los que nos vemos reflejados en ellas. Y vaya que lo somos.

También el cadáver del joven minero del cuento de Johann Peter Hebel Reencuentro inesperado fue hallado intacto cincuenta años después de su muerte accidental en las profundidades de la mina gracias al efecto del vitriolo. Tan intacto que su novia de antaño, medio siglo más vieja, lo identificó enseguida. En el largo tiempo transcurrido desde su desaparición la mujer había conservado en la memoria los rasgos juveniles del amado. Ésta hizo las veces de cámara fotográfica y de álbum de fotos.

Retrato de Johann Peter Hebel, por Eduard Schuler, fechado en 1815

Retrato de Johann Peter Hebel, por Eduard Schuler, fechado en 1815

No hay forma de evitar la melancolía del tiempo ido que rezuman las viejas fotografías. Tendremos que reconocer que las visitas ocasionales al álbum de fotos tienen algo de antinatural y hasta molesto. Fuerzan nuestra memoria artificialmente. Quizá por ello a Proust, defensor apasionado de la memoria involuntaria, le despertaban cierta antipatía. Pensaba que eran una especie de simulacro de la realidad. Es preferible que los recuerdos nos visiten cuando ellos quieran y no por el pase deliberado de unas fotografías que guardamos en algún cajón.

El rostro que vemos en una foto propia o de un ser querido no es más que una huella, un fragmento deshilachado de tiempo –el momento y la circunstancia singular en que posó para el fotógrafo-, por lo que ofrece también una visión fragmentaria y superficial. Sólo quienes hemos conocido de cerca y en vivo a las personas fotografiadas estamos en condiciones de comparar una foto suya con el ser real. Los demás podrán formarse una idea, imaginar cuanto quieran, forjar las conjeturas que consideren más apropiadas. Pero poco más.

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2 comentarios leave one →
  1. septiembre 29, 2015 2:32 pm

    Hay dos cosas que mencionás al pasar que me parecen esenciales y quizás valga la pena detenerse más en ellas. Una es la “confianza” mayor en el aparato que en el propio cuerpo. La otra es la idea de preferir un goce ideal postergado a uno real inmediato, tan propia del espíritu ahorrador. Las dos están relacionadas y suponen una cierta represión, a la vez que los fotógrafos compulsivos se muestran irreprimibles, como en el museo de Orsay, por ejemplo.

  2. octubre 2, 2015 8:23 pm

    Recuerdo que hace unos años una figura del deporte fue recibida con honores en una plaza pública colmada de espectadores. Todos estaban con cámaras fotográficas y teléfonos apuntando al balcón por el que saldría. Él finalmente salió… con una cámara filmadora apuntando a la gente. Por querer conservar el evento, este sencillamente no se producía, ya que nadie sacrificaba su “yo” para que el evento se produjera (vivar, aplaudir, levantar los brazos y saludar al público). La escena fue muy absurda.

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