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Victor Klemperer, el filólogo en la boca del lobo

septiembre 22, 2015

Todo empezó con una pelota de goma expuesta en el escaparate de una juguetería y con una pasta de dientes en el de una farmacia de Dresde. Ambos objetos tan dispares tenían en común un extraño detalle: llevaban impresa una cruz gamada. Victor Klemperer, catedrático de Filología Románica en la Escuela Superior Técnica de Dresde, judío de confesión protestante y casado desde hacía veintiséis años con la profesora de piano Eva Schlemmer, registró en las entradas del 22 y el 30 de marzo de 1933 de sus Diarios (1933-1945) estas dos observaciones que habrían de convertirse en el germen de su original investigación sobre la lengua del Tercer Reich, publicada en 1947 con el título  Lingua Tertii Imperii (La lengua del Tercer Reich), LTI. Anotaciones de un filólogo (traducción en la Editorial Minúscula, 2001).

Once años después, en plena guerra, la exhibición del vientre por las muchas mujeres embarazadas que se veían por las calles de Dresde le recordó a una especie de insignia del Partido Nacionalsocialista. Ante semejante espectáculo pensó que Alemania se había convertido “en una fábrica de carne y en una carnicería”.

Cubierta del primer tomo de la edición española de los Diarios de Klemperer

Cubierta del primer tomo de la edición española de los Diarios de Klemperer

En marzo de 1933 Hitler llevaba dos meses al frente de la Cancillería de la moribunda República de Weimar y se habían producido dos acontecimientos inquietantes y sólo aparentemente inconexos: el misterioso incendio del Reichstag en la noche del 27 al 28 de febrero, del que los nazis culparon a los comunistas, pero de cuya verdadera autoría dudaban pocos, y las elecciones del domingo 5 de marzo, que dieron una abrumadora mayoría al nuevo canciller y a su partido. Victor votó a los demócratas y Eva al Zentrum, el partido católico.

A partir de esa fecha comenzó la “revolución y la perfecta dictadura”, como la denomina Klemperer, y con ella una cadena interminable de prohibiciones por decreto y de medidas antijudías, con la oposición política desaparecida, “como si se la hubiera tragado la tierra”, y el absoluto hundimiento de un poder que había existido hasta sólo un instante. Todo esto le recordaba a la debacle de noviembre de 1918, tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, pero también al clima de terror que se adueñó de Francia bajo los jacobinos. “Nadie hace ni dice nada; todo el mundo tiembla y repta”.

Según la normativa del nuevo régimen, Klemperer no era alemán y ario, sino judío, mientras que su mujer era “aria”, una circunstancia que, de acuerdo con las leyes raciales de 1935, le ayudarían a salvarse del exterminio. Eva le fue fiel durante esos años terribles. No todas las esposas “arias” se comportaron de igual manera con sus maridos “no arios”. Se querían de verdad. Compartían gustos literarios -casi todas las noches él le leía novelas de diversos géneros y épocas-, les encantaba el cine, estaban muy apegados a sus dos gatos, a los que vieron morir antes del final de la guerra, eran fumadores empedernidos y mantenían frecuentes intercambios de visitas con viejos amigos.

Eva Schlemmer y Victor Klemperer

Eva Schlemmer y Victor Klemperer

Cuando Victor obtuvo el permiso de conducir disfrutaban viajando en el coche, a pesar de que él no fuese el conductor ideal. Pronto también les prohibirían este pequeño placer. Eva era una mujer decidida y práctica, como lo demostró en su empeño por construir la vivienda unifamiliar con jardín en la vecina población de Dölzschen en un momento poco propicio. Pronto las autoridades nazis se encargaron de robársela.

El matrimonio podía haberse marchado de Alemania en los primeros años de la dictadura, como hicieron muchos de sus amigos y familiares, pero los dos dejaron escapar las oportunidades, Eva seducida por la construcción de la casa a las afueras de Dresde y él probablemente por apocamiento. Tenía más motivos que su padre para aferrarse “con mucho miedo a la vida” y desear que fuese la hora de dormir “y que todo hubiera pasado”.

En los Diarios confiesa que no sabe hacer nada práctico, “ni siquiera hablar y escribir francés”, aunque era un especialista en la Francia del siglo XVIII. Sólo sabía hacer historia de la literatura. Incluso barajó la posibilidad de “ser un buen periodista”.

La casa de los Klemperer en Am Kirschberg 19, en Dresden-Dölzschen

La casa de los Klemperer en Am Kirschberg 19, en Dresden-Dölzschen

El día del cumpleaños de Eva, el 12 de julio de 1938, se reprochaba no haber conseguido emigrar. “Nosotros nos hemos quedado inmóviles aquí, en el oprobio y la estrechez, hasta cierto punto enterrados vivos, enterrados hasta el cuello, y esperando cada día las últimas paletadas de tierra”. El filólogo prefirió permanecer en la boca del lobo. Qué mejor lugar que ése para escrutar su lengua, la lengua del lobo (Hitler se hizo llamar entre sus amistades más íntimas, como los Wagner, “Tío Wolf”, lobo en alemán).

El 27 de marzo de 1933 Klemperer comentó en los Diarios la posibilidad de elaborar un diccionario con el nuevo lenguaje del flamante régimen. No tardó en poner manos a la obra, apuntando palabras y expresiones que leía o escuchaba a su alrededor, tanto a personas como en periódicos, en la radio, octavillas, folletos, carteles, rótulos o en los noticiarios que se proyectaban en las salas de cine.

El nombre de Lingua Tertii Imperii, LTI para abreviar, con el que bautizó a la jerga de los nacionalsocialistas parodiaba la manía de los dirigentes nazis de designar a los organismos políticos, administrativos y paramilitares con nombres pomposos, para luego simplificarlos en siglas con las que en realidad serían conocidos, hasta el punto de que la gente olvidaba su nombre real. Pero también contrariando la costumbre del régimen de machacar a la población con esa sopa de siglas, Klemperer adopta la LTI como un secreto que despliega en los también secretos Diarios, sólo conocido por él, su mujer y un puñado de amigos, que le sugerían nuevas palabras para su diccionario. Mientras uno lee los Diarios y La lengua del Tercer Reich imagina a Klemperer anotando en sus cuadernos “lo corriente, lo normal, lo carente de brillo y de heroísmo”, al tiempo que todos hablaban de invasiones y batallas.

Foto de Richard Peter tomada desde lo alto de la torre del Ayuntamiento de Dresde tras los bombardeos de febrero de 1945

Foto de Richard Peter tomada desde lo alto de la torre del Ayuntamiento de Dresde tras los bombardeos de febrero de 1945

Cuando, tras el bombardeo de Dresde por la aviación aliada el 13 y 14 de febrero de 1945, se arranca la estrella amarilla del abrigo y junto a su esposa huye con un nombre falso hacia Baviera, en un tormentoso periplo por aldeas y ciudades, escuchando y hablando con gentes de diversa condición y leyendo todo cuanto caía en sus manos, observa que la LTI se había propagado por todo el país. Incluso en la hora de la derrota se despotricaba abiertamente contra el nazismo utilizando aquella lengua paralela a la real.

A medida que el régimen nazi atosigaba con una legislación asfixiante a los judíos que se quedaron en Alemania, y Klemperer no sólo fue desposeído de su cátedra sino que se le prohibió sacar libros de bibliotecas, leer la prensa en público o escuchar la radio, se aferró aún con más ahínco a su investigación que durante los años de la guerra, cuando fue obligado a trabajar diez horas diarias en una fábrica, le ayudaba a olvidarse del miedo a los temibles registros domiciliarios por la Gestapo, a las detenciones y a los malos tratos. Todo ello a sabiendas de que día a día, palabra tras palabra, contribuía a desenmascarar las falacias de aquella dictadura criminal.

Otra ventaja nada desdeñable es que, en tanto que estudioso de una  lengua envenenada y venenosa, se libraba del contagio al que se hallaban expuestos los alemanes, incluidos los perseguidos por la despiadada policía, como aquella mujer judía, ayudante de cátedra, que se declaró ante Klemperer “judía liberal y fanáticamente alemana”. Cuando Victor le abrió los ojos (y los oídos), aclaró que había querido decir “apasionadamente”, y prometió no volver a utilizar “fanatisch”, la palabra favorita de Hitler, junto con “obstinado” y “obstinadamente”. Sólo en alguna rara circunstancia él mismo se sintió sorprendido utilizando determinada expresión de la LTI. El riesgo de intoxicación era muy elevado.

Folleto de la Federación estudiantil nazi fechado en 1933 que contiene las doce tesis que justifican la quema de libros considerados contrarios al

Folleto de la Federación estudiantil nazi fechado en 1933 que contiene las doce tesis que justifican la quema de libros considerados contrarios al “espíritu alemán”

Klemperer hizo un descubrimiento crucial (en un pasaje de los Diarios dice que los descubrimientos más hondos son todos triviales): que la ideología nazi se infiltraba en la mente de las personas no tanto a través de los discursos, casi siempre farragosos, que sus dirigentes pronunciaban o publicaban en la prensa, cuanto por la repetición de un puñado de palabras aisladas, expresiones y formas sintácticas que la población adoptaba inconscientemente, incluso las víctimas de ese lenguaje y los opositores al régimen. De su labor filológica dedujo que la palabra aislada

“permite de pronto vislumbrar el pensamiento de una época, el pensamiento general en que se inserta el pensamiento del individuo, por el que es influido y tal vez dirigido”.

En contra de la célebre cita del diplomático y estadista francés Talleyrand, que al hombre le ha sido dada la palabra para encubrir su pensamiento, Klemperer pensaba que el lenguaje “saca a la luz aquello que una persona quiere ocultar de forma deliberada, ante otros o ante sí mismo, y aquello que lleva dentro inconscientemente”. Una idea que concuerda también con el aforismo de Buffon “el estilo es el hombre”, y que se resume en este pensamiento:

“Las afirmaciones de una persona pueden ser mentira, pero su esencia queda al descubierto por el estilo de su lenguaje”.

Charles Maurice de Talleyrand

Charles Maurice de Talleyrand (1754-1838)

Trastocando el proverbio latino In vino veritas (“En el vino está la verdad”), Klemperer encabezó su estudio con el lema: In lingua veritas y la cita del influyente filósofo y teólogo judeo-alemán Franz Rosenzweig: “El lenguaje es más que sangre”. En la lengua está la verdad. “A veces alguien quiere expresar la verdad, pero la lengua es más verdadera que él”, escribió en la entrada de 31 de marzo de 1942.

“Contra la verdad de la lengua no hay defensa. Los investigadores de la ciencia médica pueden combatir una enfermedad en cuanto han reconocido su esencia. Los filólogos y escritores reconocen la esencia de la lengua; pero no pueden impedir a la lengua que diga la verdad”.

Klemperer matiza su tesis afirmando que el lenguaje

“no sólo crea y piensa por mí, sino que guía a la vez mis emociones, dirige mi personalidad psíquica, tanto más cuanto mayores son la naturalidad y la inconsciencia con que me entrego a él”.

No dominamos la lengua sino que es ella la que nos domina. Al elegir unas palabras determinadas, excluyendo otras con las que expresaríamos más o menos lo mismo, el lenguaje está eligiendo por nosotros; tiene la última palabra.

Portrait photo of Victor Klemperer taken by Ursula Richter, about 1930

Foto de Victor Klemperer alrededor de 1930, de Ursula Richter

Se puede engañar a los hombres, pero no a la lengua con la que se pretende engañarlos. Ésta engaña sólo a quienes se dejan engañar por ella. Basta con escucharla o leerla con atención, vocablo a vocablo, sin olvidar la puntuación, por supuesto, para desmantelar la mentira que encierra. Aunque el hablante mienta, sus palabras no mienten. Más aún, quien crea que puede engañar con ellas, ignora que más pronto que tarde éstas desenmascararán sus mentiras. El problema es que, fascinados por el discurso que escuchamos o leemos, hagamos caso omiso del lenguaje en el que se nos transmite, como si sólo se pudiera expresar con esas palabras y no con otras.

Los profesionales de la mentira saben que ésta se cuela con más facilidad a través de la expresión oral que de la escrita. La palabra hablada entra fácilmente por el oído, no fatiga la vista. El hablante puede distraer al oyente con las distintas tonalidades de la voz y los gestos y expresiones corporales que secundan el discurso.

Victor Klemperer (1881-1960)

Victor Klemperer (1881-1960)

La palabra oral permite numerosas licencias, generalmente ventajosas para el orador. En sus intervenciones éste puede prescindir de la precisión y del rigor conceptual requerido por la escritura. Como el oyente suele retener solamente las últimas palabras que le llegan a los oídos, apenas advertirá la repetición de viejos mensajes que quizá haya olvidado, pero cuyo rastro se deja notar en el subconsciente. En cambio, la palabra escrita se presta a la discusión. Tiene que persuadir con argumentos, no con eslóganes ni consignas.

Por algo Hitler prefería la palabra oral, a la que debía su éxito como político, y evitó ordenar por escrito las masacres en los campos de exterminio. Sus alocuciones eran por encima de todo un espectáculo para las masas que lo escuchaban embebidas, como a un antiguo predicador. Pero, a pesar de las correcciones que se le hicieron, el estilo de su libro programático Mi lucha es enrevesado y su lectura ahuyentó a muchos, aunque a partir de 1933 se convirtiera en un regalo obligatorio.

En un discurso pronunciado en 1937 ante ochocientos futuros cuadros dirigentes del Partido arremetió contra la lengua escrita en la comunicación interpersonal, aconsejando incluso el uso del teléfono. “¡Jamás ha de consignarse por escrito, nunca, todo lo que pueda ser solucionado con la palabra!”, les dijo. Desde la publicación de Mi lucha, donde reveló valiosas pistas a sus enemigos sobre su programa político, su desconfianza en la escritura no hizo sino aumentar. Y eso que el libro lo hizo millonario.

Una de las primeras ediciones de Mein Kampf (

Una de las primeras ediciones de Mein Kampf (“Mi lucha”) que Victor Klemperer leyó durante la Segunda Guerra Mundial, mientras tomaba apuntes para su estudio sobre la lengua del Tercer Reich (LTI).

Para Klemperer el principio básico de la lengua del Tercer Reich (LTI) era “la mala conciencia, su triple tono; defenderse, alabarse, acusar; nunca, en ningún momento, una declaración tranquila”. Y su característica especial, la desvergüenza con que mentía. “Continuamente, y sin sombra de escrúpulos, afirman lo contrario de lo que han afirmado la víspera”, anotó el 10 de septiembre de 1944 refiriéndose a los dirigentes del régimen. Pero el rasgo distintivo de la LTI era su pobreza de solemnidad, que tenía que contrarrestar con la repetición.

Hasta el derrumbe del régimen esta lengua tramposa se mantuvo fiel a sus tres principales características: limitación, uniformidad y monotonía. En la Alemania nazi daba igual que hubiese diez periódicos que mil; en todos se repetían los mismos comentarios y argumentos. Klemperer asoció esa monotonía a la exclamación entusiasta de Goebbels, el ministro de Propaganda de Hitler, mientras presenciaba un desfile a las Juventudes Hitlerianas: “¡Siempre el mismo rostro!”.

Miembros de las Juventudes Hilerianas

Miembros de las Juventudes Hitlerianas

También observó por experiencia propia que el repertorio de insultos de los policías de la Gestapo era limitado (“la imaginación no les da para más”),  al igual que el de los hombres, mujeres, jóvenes y niños que ocasionalmente lo injuriaban al verlo caminando por alguna calle con la estrella amarilla cosida en el abrigo.  Tan reducido era aquel registro de insultos que a Klemperer le pareció que “cualquier español lo supera con creces”.

Al poco tiempo de instalarse en el poder, el aparato de propaganda de Goebbels, autor de buena parte de la LTI, acuñó la expresión “época del sistema”, para referirse a la Constitución de Weimar y a los partidos democráticos que fueron borrados del mapa en 1933, acusándolos de corruptos. Ya en el poder, los nazis sustituyeron “sistema” por “organización”.

Cartel electoral del Partido Nacionalsocialista en el que se promete acabar con la corrupción de los partidos defensores de la Constitución de la República de Weimar

Cartel electoral del Partido Nacionalsocialista en el que se promete acabar con “la corrupción” de la que acusaba a los partidos defensores de la Constitución de la República de Weimar

Una de las palabras más antiguas y representativas de la LTI era “acción”. Todas las operaciones de ataque contra el frente rojo, contra los judíos, contra los partidos, se designaban con este vocablo. También al infame programa de eutanasia de deficientes mentales, ordenado por Hitler, y que empezó a aplicarse el mismo día en que Alemania invadió Polonia, el 1 de septiembre de 1939, fue bautizado con el eufemismo Aktion T4. Cuando un escolar terminaba sus estudios en la escuela profesional y recibía un “muy bien en conducta” se añadía una palabra que puede traducirse como “preparado para la acción”.

La autorización de Adolf Hitler para el programa de eutanasia, firmada en octubre pero fechada el 1 de septiembre de 1939

La autorización de Hitler para el programa de eutanasia, conocido con el nombre de Aktion T4, firmada en octubre pero fechada el 1 de septiembre de 1939, el día en que Alemania invadió Polonia

La LTI sentía una predilección especial por los superlativos, que Klemperer interpreta como una “mezcla de megalomanía y de crispada autosugestión”, así como por las cifras mastodónticas, a las que el propio Hitler era adicto desde la época de opositor a la República de Weimar. En este ámbito hay que incluir el término “eterno”, de evidentes connotaciones religiosas, que según Klemperer constituye “el último escalón de la larga escalera de superlativos numéricos nazis y que permite acceder al cielo”. Cuando el profesor le preguntaba a un estudiante con segunda intención: “¿Qué viene después del Tercer Reich?”, e ingenuamente respondía: “El Cuarto Reich”, se ganaba el suspenso. La respuesta correcta era: “Nada, pues el Tercer Reich es el Imperio eterno de los alemanes”.

Aunque la “cosmovisión” (Weltanschauung) era un término que se barajaba desde principios del siglo XX en los pequeños círculos intelectuales de la cultura austroalemana, el nazismo lo propagó indiscriminadamente, de modo que hasta el más ínfimo pequeñoburgués y comerciante carente de cultura podía presumir de disponer de una “cosmovisión”. Klemperer creía que con ello se trataba de establecer una alternativa contraria a la actividad filosófica. Si se tenía una cosmovisión, ya no se necesitaba pensar.

“Filosofar es una actividad intelectual, del pensamiento lógico, y el nazismo se enfrenta a él con una hostilidad que sólo merecía el más mortal de los enemigos”.

Aula en una escuela de la Alemania nazi

Aula en una escuela de la Alemania nazi

A veces una sola frase estaba completamente infestada de LTI. Por ejemplo, un teniente coronel publicó el 19 de septiembre de 1944 en el periódico de Dresde un artículo en el que decía que “con una indomable voluntad me conectaré a la corriente eléctrica de mi pueblo y aportaré a la central eléctrica alemana toda la energía que soy capaz de producir”. Su autor se retrataba a sí mismo, sin el menor sentido del ridículo, comparándose con una máquina.

En esta frase aparece una palabra relevante en la lengua del nacionalsocialismo, “voluntad”, de la que el individuo nazi se siente orgulloso por el fanatismo que la refuerza. El triunfo de la voluntad fue el título de la película de propaganda que Leni Riefensthal rodó por encargo de Hitler con motivo del Congreso del Partido Nacionalsocialista en Núremberg, en 1934. Próxima a esta palabra se encontraba “carácter”, término encumbrado por Goebbels, y que oponía a “intelectualismo” y “judaísmo”.

Fotograma de la película

Fotograma de la película “El triunfo de la voluntad”, de Leni Riefensthal

También se observa en la frase del teniente coronel la poderosa influencia del lenguaje de la industria. Klemperer destaca una palabra extraída de este ramo, que era fundamental en la LTI y sin la cual no se entiende la consolidación del régimen hitleriano: el verbo gleichschalten, sincronizar, coordinar, uniformizar. A veces una persona era comparada con un “motor” que funcionaba a un máximo número de revoluciones. Al propio Partido Nacionalsocialista se lo definía como “el poderoso motor interior de Alemania, el motor de la elevación anímica”. No había nada que no pudiese ponerse en funcionamiento, “en marcha”. Klemperer dedica especial atención a los verbos “montar”, derivado del montaje industrial (el régimen nazi siempre estaba “montando” algo), y “centrar”, y a la palabra “dinámico”.

La devoción por la jerga industrial no estaba reñida sin embargo con el lenguaje religioso tan del gusto de Hitler, o con el aborrecimiento que el nazismo profesó al menos al principio a la palabra “asfalto”, antítesis del suelo natural. Al inicio de su carrera, Goebbels tachó a Berlín de “monstruo del asfalto”, capaz de despojar al hombre “de alma y corazón”, y cuyos periódicos judíos eran “órganos del asfalto”. Pero en 1944, ya con la Alemania Judenrein (“limpia de judíos”: otra aportación de la LTI), había cambiado de opinión y elogiaba “a nuestra población metropolitana, que no puede haberse desarraigado tanto sobre el asfalto como nos hacían creer en repetidas ocasiones algunos libros intencionados”. Naturalmente, el único que repitió esa cantinela durante años no fue otro que él mismo. Una vez más, la lengua delataba las dos prácticas habituales del taimado ministro de Propaganda: la mentira acusadora y la repetición.

La influencia de la prensa popular, del cine y del deporte fue muy notoria en la LTI. Goebbels sentía debilidad por las expresiones tomadas del boxeo: “asalto decisivo”, “golpe bajo del enemigo”, “encajar los golpes” o “radical contragolpe”.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler

En la LTI el “judío” ocupa un lugar central (“plutocracia judía”, “judaísmo internacional”, “el judío internacional”, “guerra judía”, “pequeño judío”, “peste negra”, “diablo”, “raza parasitaria”). Los judíos estaban familiarizados con dos verbos de apariencia cotidiana, pero realmente siniestros: “presentarse”, sinónimo de Oficina de la Gestapo, e “ir a buscar”, que significaba no regresar jamás al lugar al que los policías secretas iban a buscar a una persona.

Su pesadilla era el miedo a los registros de la Gestapo –auténticos pogromos-, siempre acompañados de palizas, insultos, pillaje, detenciones y citas en las dependencias de la sede. Estos registros solían producirse a media tarde, hasta las diez de la noche. El pánico comenzaba con el ruido de un coche –la unidad móvil- que aparcaba enfrente de la Judenhaus (“casa de judíos”, viviendas confiscadas a familias judías en las que fueron concentrados aquellos que estaban casados con mujeres u hombres “arios”) y el timbrazo en la puerta.

Una de las tres

Una de las tres “casas de judíos” de Dresde (Judenhaus) en las que Klemperer escribió sus diarios

En la fase última de la guerra “impuesta” –¡el Führer siempre fue un “amante de la paz”!-, con las derrotas encadenándose unas tras otras, se propagaron las palabras “total” y “totalitario”, cuyo origen estaba en la “guerra total” que el discurso oficial repetía machaconamente. Cuanto más grande y evidente era el desastre, tanto más desvergonzados eran los superlativos del lenguaje nacionalsocialista. También se extendió por entonces la expresión amenazadora “el tiro en la nuca”, un indicio más de la histeria que se adueñó de los gerifaltes del régimen, muchos de los cuales terminaron suicidándose de un tiro en la boca en la primavera de 1945.

Fotografía de Margaret Bourke-Whithe tomada el 18 de abril de 1945 en la que se aparecen el tesorero del Ayuntamiento de Leipzig, Kurt Lisso, su mujer y su hija que se envenenaron poco antes de la entrada de las tropas estadounidenses en la ciudad

Fotografía de Margaret Bourke-Whithe, tomada el 18 de abril de 1945, con los cadáveres del tesorero del Ayuntamiento de Leipzig, Kurt Lisso, su mujer y su hija que se envenenaron poco antes de la entrada de las tropas estadounidenses en la ciudad

En sus Diarios, Klemperer reconoce no hallar una explicación al triunfo del hitlerismo, a pesar de los argumentos que se barajaron entonces: la humillante paz de Versalles, el desempleo masivo, el arraigo del antisemitismo. Pero quizá una respuesta convincente a esa incógnita haya que buscarla en la rápida infiltración de la LTI en la memoria de la mayoría de los alemanes. Lo que antes de enero de 1933 fue un goteo de palabras y frases, con el tambor Hitler a la cabeza, a partir de entonces habría de transformarse en una auténtica inundación, gracias al imponente aparato de propaganda de la dictadura y a su capacidad para uniformar a la estructurada sociedad alemana en torno a la ideología nazi.

De ahí que a los pocos años uno de los cabecillas del régimen, Robert Ley, se permitiera decir que el único hombre que en Alemania era todavía una persona particular “es alguien que está dormido”. Una persona particular significaba un individuo libre y liberado de la intoxicación lingüística que sufrían sus compatriotas, quienes, pese a estar despiertos, eran víctimas de una especie de hipnosis. El cacareado “despertar de la nación” que los nazis asociaban a su ascenso al poder no representó más que el hundimiento de la sociedad alemana en el hipnotismo. Al menos el hombre dormido podía soñar y los sueños son el único reducto impenetrable para la mentira.

Robert Ley, jefe del Frente del Trabajo Alemán

Robert Ley, jefe del Frente del Trabajo Alemán

El totalitarismo nazi constituye una advertencia para nosotros, puesto que no sucedió en Marte y ni los dirigentes nazis ni los millones de alemanes que los secundaron eran unos marcianos. Si algo demostró es lo fácil que resulta reemplazar en la ordenada sociedad de masas el civismo por el odio, la ley moral por el crimen y la realidad por la ficción. Se empieza por acoplar el lenguaje al “nuevo orden”, sustituyendo los nombres establecidos por otros adaptados a los fines de la ideología y forjando toda una gama de eufemismos para los delitos y los crímenes.

De esta forma las conciencias pueden dormir tranquilas y los servicios públicos, los transportes y las comunicaciones continuar funcionando como de costumbre. Así, nadie encontrará un pretexto para formular preguntas molestas y menos aún para quejarse. Como aquel médico que en 1933 lucía el brazalete de la cruz gamada, y ante la mirada interrogativa de una compañera de trabajo, buena amiga de los Klemperer, le dijo: “¿Qué va a hacer uno? Esto es como las compresas de las señoras, muy molesto pero imposible de evitar”.

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8 comentarios leave one →
  1. septiembre 22, 2015 10:21 pm

    El LTI nazi me hace pensar en la “neolengua” de 1984 de Orwell, en las que el lenguaje se va reduciendo cada vez más y se reduce a unas pocas palabras que son el apocamiento de otras – caso de ingsoc (socialismo inlés) o significan justo lo contrario “Ministerio de la Paz” (de la “guerra”). Es curioso. Al existir una estrecha relación entre lenguaje y pensamiento se puede controlar el pensamiento a través de la manipulación y empobrecimiento del lenguaje. Es lo que hace la publicidad.

    Saludos.

    Regi.

    PD. Me acaba de venir a la cabeza que de pequeño, en pleno franquismo, leí un cuento titulado “Caperucira “encarnada” – no podía ser roja, claro.

    • septiembre 24, 2015 10:09 am

      Las ideologías excluyentes, dictaduras y regímenes totalitarios necesitan forjar un lenguaje “nuevo” para desmontar la realidad y suplantarla por su ficción. Pero, ¡ay!, el lenguaje en el que se expresan termina por desenmascarar sus falacias, al menos mientras se conserve en la memoria el recuerdo del lenguaje normal. De ahí que estos regímenes sueñen con durar mil años, para que la gente olvide el lenguaje en el que se comunicaban antes de que la dictadura lo pisoteara con su aparato propagandístico, en su estúpido intento de sustituirlo por el “nuevo”. Saludos

      • septiembre 24, 2015 6:42 pm

        Pues menos mal que el “Reich de los mil años” solo duró doce, pero menudos doce…

  2. Ángel Saiz permalink
    septiembre 22, 2015 11:25 pm

    Está muy bien expuesto el tema, bien enlazadas las ideas y las reflexiones resulan contundentes. De acuerdo con tu exposiición, Jaime, se confirma la afirmación de que “el fascismo se cura leyendo”; pero podríamos darle la vuelta a la idea y decir también que las dictaduras se forjan gritando… y no dejando hablar al otro.

  3. septiembre 24, 2015 10:03 am

    Gracias, Ángel. Al lenguaje no se lo engaña tan fácilmente como creen los mentirosos y demagogos. Basta con escucharlo y leerlo. En la escritura las mentiras son más perceptibles. Será por eso que la mayoría de los mentirosos -políticos o no- son unos charlatanes de tomo y lomo.

  4. Rubén permalink
    septiembre 24, 2015 2:43 pm

    Qué buen análisis, y cuan cierta tus reflexiones! Cuando la palabra escrita pasa a segundo plano,dándole prioridad al lenguaje hablado, las multitudes se dejan arrastrar por consignas o mentiras, pues el impacto sobre los oyentes , cuando les ofrecen la posibilidad de convertirse en personajes , como colectivo ,éstos encuentran respuestas a las desilusiones, frustraciones o aspiraciones; y es allí donde la palabra escrita pierde su fuerza .”El triunfo de la adversidad” se convierte entonces en la derrota del individuo como ser libre y sensato.
    Toda dictadura termina acallando a las multitudes, y la gran mayoría tartamudea para que no los persigan tildándolos de traidores…
    Hitler , al igual que Stalin, anunciaron representar al hombre nuevo, convirtiendo luego, nuestro pasado en un gran cementerio. Despertaron tanto miedo con el diablo enemigo, que la existencia de sus pueblos no fue más que un infierno…El temor mutuo los convirtió en seres brutalmente iguales. Uno creció para derrotar la amenaza, y el otro, para demostrar su fortaleza. La necesidad de cada pueblo, no sólo permitió ser engañados, sino pagaron con su propia sangre, la sed de poder de ambos gobernantes.
    Me permito citar a S Sebag Montefiore , de su libro La corte del Zar rojo..
    ” cuando Ribbentrop propuso entonar un himno de alabanza a la amistad germano-soviética, Stalin replicó : “no le parece que deberíamos prestar más atención a la opinión pública de nuestros respectivos países? Durante muchos años nos hemos dedicado a tirarnos cubos de mierda a la cabeza y nuestros responsables de propaganda no se cansaban de inventar en ese sentido. Y ahora, de repente , vamos a hacer creer a nuestros pueblos que todo está olvidado y perdonado ? Las cosas no funcionan con tanta rapidez…..El Vozhd (Stalin ) pidió vodka e hizo un brindis : Sé cuánto ama la nación alemana a su Fuhrer . Es un tío genial. Quisiera beber a su salud. ” La corte del Zar rojo Simon Sebag Montefiore

    Un abrazo y un aplauso!

    • septiembre 24, 2015 7:16 pm

      Muchas gracias, Rubén, por tu interesante comentario y las curiosas citas del libro de Simon Sebag Montefiore. Hitler y Stalin copiaban uno del otro sus horribles métodos de terror. Fueron dos terroristas en el poder político y con mucho poder.
      Un abrazo

    • septiembre 25, 2015 4:13 pm

      Desde luego, me sumo a cualquier muestra de rechazo a ambos dictadores, pero ojo, que se le toma de cabeza de turco para ocultar otros genocidios comedidos por el imperialismo europeo. Un botón de muestra. Al sur de Australia hay una isla llamada Tasmania. Estaba habitada por 10.000 personas, incluyendo abuelitas y niños. Los británicos los asesinaron a todos porque querían robarles las tierra. A todos. El hecho se conoce como “Genocidio de Tasmania”. Asesinados estos aborígenes se dedicaron a masacrar a los de Australia. Se salvaron los que huyeron y se escondieron en el Gran Desiwerto Australiano, uno de los más secos del mudo. ¿Sabéis qué hicieron con los niños? Robárselos a las familias para educarlos a la británica. Desde luego no se trataba de que fueran ministros, sino criados.

      No todo es Hitler y Stalin. No se salva nadie: españoles, franceses, británicos, begas…

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