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Todos contra uno

septiembre 8, 2015

Cuatro meses antes de su muerte, Gustave Flaubert recibió una buena noticia: su discípulo Guy de Maupassant, al que además quería como a un hijo, publicaba el relato largo Bola de Sebo (“Boule de Suif”). Emocionado tras la lectura de esta nouvelle, le escribe el 1 de febrero de 1880 deshaciéndose en elogios. Era la primera vez que lo tuteaba. “Ardo en deseos de decirte que considero Bola de Sebo una obra maestra. Sí, jovencito, ni más ni menos, eso es de un maestro. Es original en su concepción, completamente coherente y de un excelente estilo. El paisaje y los personajes se ven y la psicología es fuerte. En definitiva, estoy orgulloso: dos o tres veces me he reído a carcajadas. Este pequeño cuento será de los que queden, no lo dude”. Flaubert no se equivocó.

Maupassant tenía por entonces treinta años y era su primera gran obra, la que habría de consagrarlo como cuentista. Aun así, escribió Bola de Sebo en medio de circunstancias adversas. Además de problemas laborales relacionados con su puesto de funcionario ministerial, sufría migrañas, de las que padecerá el resto de su vida, y un dolor en el ojo derecho que le obligaba a cerrarlo mientras escribía.

Guy de Maupassant

Guy de Maupassant

En una nota fechada el 25 de abril de aquel año, Flaubert le comenta que la dedicatoria que le ha escrito en el ejemplar ha removido su mundo de recuerdos. La madre de Maupassant, Laure Le Poittevin, era una vieja amiga del autor de Madame Bovary, al igual que lo fue su hermano, el poeta Alfred Le Poittevin (“el hombre que más he querido en el mundo”, confesó en 1857, nueve años después de su muerte a los treinta y dos años), y conocía a su familia. La dedicatoria rezaba: “A Gustave Flaubert, al ilustre y paternal amigo al que quiero con toda mi ternura, al irreprochable maestro que admiro entre todos”. Lo de “irreprochable maestro” estaba más que justificado. En Bola de Sebo se aprecian indicios claros de la influencia del maestro en el discípulo no sólo en el estilo literario sino en la composición de algunos personajes.

Fulminado por una apoplejía, el 8 de mayo de 1880 moría Flaubert en su casa familiar de Croisset, cuando trabajaba en las últimas páginas de Bouvard y Pécuchet. Nada más recibir la noticia, Maupassant viajó a la pequeña localidad normanda. Fue el primero de los amigos en llegar, haciéndose cargo de las honras fúnebres, como si hubiese muerto su padre.

Tumba de Flaubert en el panteón familiar del cementerio de Ruán

Tumba de Flaubert en el panteón familiar del cementerio de Ruán

Bajo la apariencia de un cuadro costumbrista y de época, Maupassant ofrece en Bola de Sebo una visión descarnada de la condición humana, con sus secuelas de ingratitud, egoísmo, hipocresía, bajeza moral e inhumanidad. El argumento de la historia es sencillo. Una madrugada invernal diez personas parten de Ruán, la capital de Normandía, en dirección a El Havre, escapando de los prusianos que habían invadido Francia el 15 de julio de 1870, ocupando el país hasta el 1 de febrero de 1871.

En la gran diligencia de cuatro caballos viajan tres matrimonios -el comerciante de vinos Loiseau y su esposa, el comerciante de algodón Carré-Lamadon y su esposa y los condes Hubert de Bréville-, dos monjas de las que no se revela su identidad, y dos solitarios: Cornudet, conocido por sus inclinaciones democráticas y “terror de la gente respetable”, y Elisabeth Rousset, una prostituta apodada Bola de Sebo, a la que sus “virtuosos” compañeros de diligencia miran despectivamente, como puede verse en esta escena de la película de Christian-Jaque basada en el relato de Maupassant, que se estrenó en octubre de 1945.

Después de varias horas de viaje, todos sienten hambre. A ninguno se le ha ocurrido traerse unas provisiones, excepto a Bola de Sebo que, en presencia de los viajeros hambrientos, saca de su cesta unas viandas exquisitas. Ante las miradas ávidas de éstos, la mujer no duda en compartir la comida con ellos. Al principio algunos se muestran reticentes, sobre todo las pudibundas damas que durante el trayecto le hicieron el vacío. Hasta que los pinchazos en el estómago se aliaron para rendirse ante las delicias culinarias de Bola de Sebo.

Más adelante, frente a un albergue de postas en Tôtes, lugar de parada obligada de camino hacia Dieppe, el oficial del ejército prusiano que ha presenciado la llegada de los viajeros ordena por boca del hostelero que la diligencia no reemprenda el viaje hasta que “la señorita Élisabeth Rousset” haya satisfecho su apetito sexual. Al enterarse de semejante petición, la mujer se niega en redondo por tratarse de un enemigo de su patria.

Ante las súplicas de sus compañeros de viaje, que al igual que ella permanecen retenidos en el albergue, Bola de Sebo termina plegándose a los requerimientos del oficial. Al día siguiente reanudan el viaje hacia El Havre. De nuevo en la diligencia, las damas y sus esposos muestran su desprecio hacia “la pecadora”.

Cartel de película estrenada en 1945 basada en el relato Bola de Sebo

Cartel de película estrenada en 1945 basada en el relato Bola de Sebo

El relato termina al revés de como empezó. Las horas de viaje despiertan el apetito de los viajeros. Esta vez han tenido la precaución de hacerse con unas provisiones, por lo que uno tras otro se disponen a abrir sus fiambreras. Pero con las prisas, Bola de Sebo no pudo preparar la merienda. Ahora observa compungida que sus compañeros de diligencia comen los víveres sin que ninguno le ofrezca un bocado. Entonces recuerda que ella les ofreció su merienda cuando estaban en una situación similar a la suya en este momento. Sintiéndose humillada, llora en un rincón del carruaje mientras Cornudet, el demócrata, se pone a cantar La Marsellesa, que en aquellos años era considerada subversiva por mucha gente.

El título del cuento otorga el protagonismo de la historia a Elisabeth Rousset y al apodo con el que era conocida en Ruán. Como la mayoría de los apodos, éste remite a una característica física, su gordura. La única ocasión en que se la llama por su nombre es cuando el posadero de Tôtes pregunta a los viajeros, de parte del oficial prusiano –cuyo nombre no se menciona jamás en el cuento, como si hubiese nacido anónimo-, por “la señorita Elisabeth Rousset”, a la que vio salir del coche al aparcar en el patio del albergue, junto al resto de los viajeros, en el momento en que él mismo abrió la portezuela de la diligencia.

Si se interesó por ella fue porque, al pedir informes de los recién llegados, averiguó su oficio. Por tanto, el único que se dirige a Bola de Sebo por su nombre de pila es el extranjero y casualmente su enemigo, que ignora el mote con el que era conocida en Ruán.

Fotograma de la película de 1945 en la que se ve al oficial prusiano dirigiéndose a Bola de Sebo

Louis Salou interpretó al oficial prusiano en la película “Bola de Sebo”

“Bola” evoca la obesidad de la mujer que el narrador describe con detalle: “bajita, redonda en todas sus partes, mantecosa”, con dedos  “como rosarios de cortas salchichas” y “un pecho enorme que se desbordaba bajo el traje”. Además, compara su rostro con una manzana roja, añadiendo que era “apetitosa y estaba muy solicitada”. Con la palabra “sebo” se alude a la grasa sólida y dura que se extrae de algunos animales para hacer velas, jabones, y que se vendía en tiendas. Es evidente la connotación de esta palabra con el oficio de Elisabeth Rousset, en el que también se comercia con “carne”.

En Bola de Sebo el hambre y la comida desempeñan un papel esencial, siendo primeramente la apetitosa merienda de Bola de Sebo el objeto de la voracidad de sus compañeros de viaje (“las bocas se abrían y cerraban sin cesar, tragaban, masticaban, engullían ferozmente”, apostilla el narrador en un tono precursor del estilo expresionista), y luego su cuerpo rollizo por parte del oficial prusiano, hambriento de sexo. Tenía razón el narrador al presentarla como una persona “apetitosa y muy solicitada”.  Y tanto.

El hambre no sabe de identidades privadas o públicas, ni de prejuicios. Iguala a quienes la padecen. Todos la sienten de la misma manera. Puede incluso ignorar las leyes elementales de la civilización y de la moral establecida. Como otras carencias de orden físico, nos recuerda nuestra condición animal. La expresión “hambre canina” con la que a menudo se define al hambre borra las fronteras que separan al ser humano del animal. También se dice de ella que despierta el ingenio que en circunstancias normales permanece dormido. Del hambriento que se las arregla para vencerla se dice que “es más listo que el hambre”.

Cubierta de una edición de Bola de Sebo, fechada en 1907

Cubierta de una edición de Bola de Sebo, fechada en 1907

Por ejemplo, a los pudibundos compañeros de viaje de Bola de Sebo no les importó que fuese puta cuando devoraron la exquisita merienda que les ofreció generosamente; tampoco cuando la arrojaron en los brazos del invasor para así obtener un nuevo beneficio de ella. Lástima que con el estómago lleno tuvieran que rebajarse  a darle palique.  “No se podía comer las provisiones de la chica sin hablarle”, observa el narrador.

El tema de conversación fue la guerra contra los prusianos, en la que luchó el propio Maupassant. Mientras los viajeros elogiaban  la valentía de los compatriotas que combatían al invasor, sin reparar en que estaban haciendo precisamente lo contrario que aquellos, es decir, huir del enemigo sin oponer resistencia, Bola de Sebo contó cómo les plantó cara, atacando a uno de los soldados prusianos que se alojaron en su casa, motivo por el que tuvo que esconderse y escapar de Ruán.

Al recibir la felicitación de sus compañeros por semejante hazaña, la mujer se enfadó reprochándoles su cobardía. No se mordió la lengua. “Si Francia estuviese gobernada por granujas como ustedes la única solución sería marcharse”. Tenía motivos para echarles en cara su comportamiento. De las diez personas que viajaban en la diligencia hacia El Havre, era la única que huía por miedo a las represalias del enemigo. Los demás lo hacían solamente para salvaguardar sus bienes o refugiarse en un lugar más seguro.

Bola de Sebo

Bola de Sebo

Bola de Sebo constituye un hito memorable en la historia de los relatos literarios cuyo argumento gira en torno al “todos contra uno”, y dentro de la cual el Quijote se erige en su exponente más universal. El protagonista de estas historias es casi siempre un individuo marginal y solitario, que se encuentra en el lugar y en el momento más inoportuno para él entre un grupo uniforme de personas, con las cuales no tiene nada en común, y al que éstas miran con hostilidad, como si fuese un intruso.

Son personajes que se atreven a salirse de la fila, en contra de la inclinación mayoritaria y del instinto de supervivencia; que, en vez de hacer lo que se espera de ellos, y que la mayoría considera que debería hacerse, optan a conciencia por la acción desaconsejable, la menos conveniente y que sólo les causará perjuicios, al menos desde el punto de vista de esa mayoría.

Sin duda Bola de Sebo pertenece a esta categoría de personajes, por otra parte frecuentes en la obra de Maupassant, y con los que pretendía contrarrestar el “idealismo exagerado” y expresar su protesta “contra la teoría secular de lo poético”, como él mismo comentó en el periódico literario Le Gaulois. Su marginación de la sociedad burguesa y biempensante de Ruán explica que, en unas circunstancias tan problemáticas como la invasión de Francia por el poderoso ejército prusiano en 1870, Bola de Sebo adopte una actitud verdaderamente patriótica, al contrario que sus compañeros, que anteponen la defensa de sus bienes a la liberación del país mientras, sin perder la compostura, vierten alabanzas a quienes no siguen su mal ejemplo. “Haz lo que yo digo y no lo que yo hago”.

Boule de suif (1884), de Paul-Émile Boutigny (1854-1929)

“Boule de suif” (1884), de Paul-Émile Boutigny

No presume de patriotismo sino que, a la menor ocasión, se enfrenta a los soldados prusianos, eludiendo las consecuencias de su belicosa hostilidad. Tampoco hace gala de principios filantrópicos ni de ideales igualitaristas para luego traicionarlos en cuanto amenazan sus intereses particulares. De igual modo, profesa la fe católica sin ostentación, con la simplicidad de las gentes del pueblo, como las entrañables putas del cuento La casa Tellier, que un día viajan al pueblo de una de ellas para celebrar la primera comunión de su sobrina.

Para Maupassant la prostituta, la “mujer galante”, no es un arquetipo, como pretendía hacer de ella el burgués, siempre necesitado de contra-modelos cuyos vicios le sirvieran para resaltar las virtudes que creía encarnar mejor que nadie. Al contrario que él, que sí responde a las características del arquetipo, la prostituta es libre, no se debe a nadie. Comercia con su cuerpo para disponer libremente de su alma, no como los desalmados que la miraban con desprecio. Pero, en tanto que ser libre en una sociedad obsesionada por el control de la identidad individual y la uniformidad, se expone a la vigilancia de sus censores, cuando no a la persecución. Representa al uno frente a casi todos, entre los que hay que incluir a la mayoría de los burgueses, maridos ejemplares de día que sin embargo reclamaban a escondidas sus servicios sexuales.

Grabado con una escena de

Grabado con una escena de “Bola de Sebo”, por François Thevenot

No es que Bola de Sebo tenga que perder menos que éstos, y la prueba a la que se verá sometida en el viaje será una demostración de lo contrario. Simplemente, su actitud cuadra con su bonhomía. De la misma forma que no aguanta a los invasores y se enfrenta abiertamente a ellos, es capaz de olvidar el menosprecio con que la trataron los burgueses al principio del viaje, ofreciéndoles luego las exquisiteces que guardaba en su cesta. Ella es así, desinteresada, espléndida y espontánea. No sabe ser doble. El “cálculo egoísta” del que Marx acusaba a la burguesía de la época no entra en sus cálculos. Tampoco conoce los sucios rincones del rencor. Ante una adversidad es de esas personas que no duda en dar la cara, dejando a un lado las mezquindades.

Maupassant se muestra implacable con las tres parejas de viajeros, incluida la formada por las monjas anónimas, la mayor de las cuales ha dedicado su vida de religiosa a cuidar militares enfermos o heridos en batallas lejanas (parecía hecha “para vivir en campamentos y domar con una palabra a los grandes soldadotes indisciplinados”, apostilla el narrador). En la campaña del “todos contra uno” la pareja se revela como un instrumento eficaz en el miserable cometido de acosar al solitario indefenso. En pareja resulta más cómoda la estrategia de intimidación al “uno”. La complicidad se acentúa cuando se trata de atacar el mismo objetivo. Entonces el cemento que une a los dos cómplices se endurece. El “dos contra uno” suelda las viejas grietas, revitalizando la unidad quebrantada.

La vieja leyenda bíblica del Paraíso y la Caída acredita la antigüedad de la vocación conspiradora de la pareja. También allí la traición y el “todos contra uno” se fraguó entre dos, en este caso incluso con la complicidad de un tercero, la Serpiente tentadora. Y eso que en esta historia “uno” era nada menos que Dios. Las burlas más astutas y sarcásticas que sufrieron Don Quijote y Sancho Panza –probablemente la única pareja de la historia de la literatura que escapa a la tendencia conspirativa de la mayoría- provienen también de una pareja, el matrimonio de los Duques con los que casualmente se encontraron el caballero y su escudero, y a los que Cervantes sólo nombra por su título nobiliario. No era para menos.

“Llegada de Don Quijote y Sancho Panza al palacio de los Duques”, por Gustave Doré

Al igual que Flaubert, Maupasssant jamás se sintió atraído por lo que el bien casado Lichtenberg denominó el “fratrimonio”. Maestro y discípulo tuvieron sus amores y relaciones, pero salvaguardando siempre su espacio personal que dedicaron al oficio literario casi hasta la extenuación. Ambos consideraban el matrimonio burgués una especie de rendición, el paso imprescindible para el aburguesamiento y los valores que encarnaba: el orden, la familia y la propiedad.

La soltería los convierte en espectadores privilegiados de matrimonios ajenos y de sus miserias, ridiculeces, triquiñuelas y demás artimañas para sobrevivir con tal de esquivar el frío de la soledad. No tenía nada de extraño que ambos convirtieran en protagonistas de sus ficciones a individuos solitarios, marginados e infelices en el doble sentido de la palabra, que, como la desdichada sirvienta Félicité -un nombre traidor- del cuento de Flaubert Un corazón sencillo, no entendieron las reglas del emparejamiento.

Adaptación de Bola de Sebo para la televisión francesa (2010)

Adaptación de “Bola de Sebo” para la televisión francesa (2010)

También Maupassant dedicó el cuento breve En una noche de primavera a una mujer que recuerda a Felicité. En sus páginas se narra la historia de dos primos hermanos que se enamoraron en la infancia, mientras se criaban juntos, y terminan casándose. Las madres de los novios, ya viudas, se muestran encantadas con esa boda. Tenían una hermana soltera con la que convivían, la tía Lison (Lise hasta que se le pasó la oportunidad del casamiento) que “casi no contaba en la familia”. Era una mujer “bajita (como Bola de sebo) que hablaba poco, no hacía nada de ruido, aparecía solamente en las comidas, volvía a subir enseguida a su habitación, donde permanecía encerrada sin cesar” y tenía “un aire bondadoso y anticuado”. 

Las hermanas la trataban “con una especie de familiaridad sin miramientos que ocultaba una especie de bondad algo despreciativa hacia la solterona”. En la familia la querían “con un cariño en el que entraban el hábito, la compasión y una  benévola indiferencia”. Cuando no estaba presente, nunca se hablaba de ella.“Era uno de esos seres borrosos que sus allegados desconocen, como inexplorados, y cuya muerte no deja un hueco ni un vacío en una casa”. Maupassant se detiene en los arrumacos de la pareja de enamorados en contraste con la indiferencia que todos sienten hacia tía Lison.

Monumento a Maupassant en el parque parisino de Monceau. Fue inaugurado el 24 de octubre de 1897 con un discurso de Émile Zola

Monumento a Maupassant en el parque parisino de Monceau. Fue inaugurado el 24 de octubre de 1897 con un discurso de Émile Zola

La exhibición de sus simpatías republicanas no libra a Cornudet de la mezquindad en la que incurre el resto de los viajeros. El narrador observa que la propuesta que hizo a Bola de Sebo de acostarse con ella la noche en la que pernoctaron en el albergue de Tôtes, donde se alojaban el oficial prusiano y sus soldados, y el rechazo tajante de la mujer, que alegó que ni era el lugar ni el momento más adecuado para ello (la escena fue espiada por el quisquilloso Loiseau), “debió despertar en su corazón una dignidad desfalleciente”.

Fue sólo después del sacrificio de Bola de Sebo a la voracidad sexual del prusiano cuando les dijo a sus compañeros de viaje que habían cometido una canallada con la mujer. Con ese reproche tardío limpiaba su mala conciencia por la tentativa frustrada de acostarse con ella y de paso expresaba el repudio a aquellos burgueses. Nada más. Al igual que sus enemigos ideológicos, también se benefició de la “canallada” que acababan de perpetrar contra Bola de Sebo, participando con su pasividad del juego sucio del “todos contra uno”.

Al ponerse a silbar y a ratos incluso a canturrear La Marsellesa en la diligencia, al tiempo que Bola de Sebo desahogaba su cólera en un llanto incontenible ante las humillaciones infligidas por todos, trataba de fastidiar a aquel grupo de bonapartistas, entre los que, por cierto, también se encontraba la bondadosa prostituta. Ni una palabra de consuelo para ésta. No era a ellos a quienes dirigía su canto sino a todo cuanto representaban, a la Abstracción ideológica. Para Cornudet la persona no cuenta, excepto cuando se trata de la conquista de algún interés particular, una faceta que lo equipara con sus denostados burgueses.

Adaptación para un cómic del relato de Maupassant, por Li-An (2008)

Adaptación para un cómic del relato de Maupassant, por Li-An (2008)

Es el típico personaje que esgrime sus simpatías democráticas y republicanas porque en el futuro, con la sustitución del Imperio de Napoleón III Bonaparte por la Tercera República que se instaurará tras la derrota de Francia por Prusia en 1871, espera obtener un puesto de funcionario en el nuevo régimen. No es más que un oportunista que aguarda impaciente su oportunidad. Como dice el narrador, después de haberse comido con sus hermanos y amigos una regular fortuna, “esperaba impacientemente la República para conseguir por fin el puesto merecido por tantas consumiciones revolucionarias”.

Cornudet utiliza la ideología política para encubrir su resentimiento hacia los burgueses que se enorgullecen de la fortuna amasada con métodos no siempre honrosos. Al contrario que éstos, él no puede mostrar ningún trofeo con el que acreditar su laboriosidad. Por eso, desde el punto de vista de los burgueses, vive del cuento, es decir, de los clichés, eslóganes y consignas que ha aprendido y repite como un loro, en los periódicos, pasquines y demás material de propaganda partidista. El motivo de su viaje a El Havre era presentarse por si se le necesitaba para nuevos atrincheramientos, después de haber colaborado sembrando trampas contra los prusianos en las carreteras próximas a Ruán, para replegarse seguidamente hacia la ciudad.

Micheline Presle interpretando el papel de Bola de Sebo en la película de Christian-Jaque

Micheline Presle interpretando el papel de Bola de Sebo en la película de Christian-Jaque

Setenta años después de la guerra franco-prusiana, en junio de 1940, Francia volvió a ser ocupada por sus vecinos, esta vez por los entonces victoriosos ejércitos de Hitler. La historia se repitió con los pertinentes matices. Muchos franceses emprendieron la huida hacia el sur. “Todo el mundo quería hacer la guerra sentado en una cómoda butaca” y “las gentes burguesas clamaban la paz a cualquier precio sencillamente porque les molestaba andar a oscuras por las calles, porque se había reducido el servicio de autobuses, porque se les había suprimido los aperitivos tres días a la semana, porque estaban prohibidos los chocolates de lujo” (Manuel Chaves Nogales).

También en esta ocasión casi todos se coaligaron, amparados en la sucia nebulosa de la masa, contra las indefensas minorías perseguidas por el poder totalitario que buscaba su exterminio. Ellas fueron las Bolas de Sebo de la época. Podemos imaginarnos el papel que habrían desempeñado los diez viajeros del relato de Maupassant en aquella Francia cuarteada y envenenada por la indiferencia, cuando no el colaboracionismo con el invasor que demostró buena parte de la población. Los Loiseau de turno y sus colegas, los  Carré-Lamadon y los condes de Bréville, habrían esgrimido la defensa de la patria, alabando a quienes daban la vida por ella, mientras huían por la puerta de atrás, poniendo a buen recaudo sus bienes.

En cuanto a Cornudet, se habría preparado para aguardar su oportunidad, sin mover un dedo. Bola de Sebo, mal vista por su dudosa lealtad a la familia, a la que, junto a la patria y el trabajo, el régimen colaboracionista de Vichy rendía tributo, habría sido la única en sabotear al enemigo, arriesgando su vida. Es posible que incluso hubiese repetido el reproche que en el relato de Maupassant hace a sus compañeros de viaje: “Si Francia estuviese gobernada por granujas como ustedes, la única solución sería marcharse”.

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7 comentarios leave one →
  1. septiembre 8, 2015 1:22 pm

    ¡Qué maravilla de entrada, Jaime! No conocía la amistad de Maupassant y Flaubert. Bola de sebo es uno de mis cuentos favoritos así que he disfrutado mucho con tu análisis. ¡Gracias!

  2. septiembre 8, 2015 5:17 pm

    recuerdos de antaño—qué magnífica historia– que vuelve tras años idos–en que también las lecturas me apaciguaban los ánimos… De paso, quiero recordar a una “bola de sebo”
    que fue solidaria y generosa conmigo en momentos en que mi país sangraba a lo largo de su estrecha geografía…

  3. Ángel Saiz permalink
    septiembre 10, 2015 12:01 am

    Magistral tu análisis de “Bola de sebo”, Jaime. Mientra leía tu artículo, me parecía estar analizando una película en aquellos antiguos “cine fórum” al que asistíamos de jòvenes, analisis que nos permitía desentrañar los entresijos de una buena película..

  4. Rubén permalink
    septiembre 10, 2015 4:01 pm

    No hay comentario más certero para tu hermoso análisis , y la afrenta a Bola de Sebo, por parte de sus acompañantes, que recurrir a las palabras de Gandhi: “Siempre ha sido un misterio para mí cómo puede haber hombres que se sientan honrados con la humillación de sus semejantes”
    En una sociedad narcisista, donde el placer está por encima del saber, o la apariencia por sobre lo auténtico, se premia más la ambición que la modestia, y no queda espacio para la humildad..
    Un fuerte abrazo!

    • septiembre 11, 2015 11:54 am

      Mucha gracias, Rubén. En realidad, a Bola de Sebo sus compañeros de viaje no le perdonaron que les dijese la verdad: que eran unos granujas. Un fuerte abrazo

  5. Elias Cardenas permalink
    diciembre 6, 2016 6:19 pm

    Extraordinario relato crítico de Bola de Sebo.

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